A los niños · Unidad 15 de 24
Unidad 15 · Á LOS NIÑOS. 37
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Á LOS NIÑOS. 37
habia surgido en mi corazón como un surtidor de agua clara y caliente. Toda máxima ])uena puede ser mal aplicada, así como todo dicho de mala índole puede ser á veces bien aplicado. En esta ocasión lo hubiese sido el siguiente : contra un c[iié clirán hay un qué se me da á mi, Pero no sucedió así, sino que no me determiné á darles sino á cada uno... ¡dos cuartos! Al recibir sus monedas, am~ Í)os , por un movimiento simultáneo , echaron mano de su haz de escobas para darme una en cambio; pero yo les dije que no era el precio de mas escobas, sino que eran para ellos. Los dos me miraron con sus grandes ojos asombrados , besaron la moneda, y se íiieron sin decir una sola palabra; por lo visto, no habían nunca tenido ocasión de aprender las muchas frases que espresan la gratitud. Y ahora que se han ido, estoy llorando. Dos cuartos les di , cuando estamos en riguroso invierno, cuando nació el Niño Dios, y ellos, infelices, ¡estaban descalzos! ¡Pobrecitos! Dos cuartos les di , cuando todas las confiterías y puestos rebosan de turrones y tortas, y nuestras despensas están provistas de golosinas, ¡y ellos quizás no tendrían pan! ¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos! Dos cuartos les di, cuando las tiendas y tenduchos están atestados de zambombas y panderetas, y ellos las miran con sus hermosos y tristes
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ojos, y pasan de largo con sus escobas, buscando un comprador que les rechace y denigre su pobre mercancía, su linico liaber. ¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos! ¡Oh! ¡Qué desgraciada casualidad de tener á mano esa maldita moneda de cobre! Y para castigarme , he querido ponerme á la pública yergiienza relatando lo acaecido, porque puede que algún lector , recordando mi triste remordimiento, si encuentra algunos infelices en espectativa ante esos vistosos acopios de manjares y dulces que aparecen á su vista , como á la nuestra los palacios y tesoros de las 3íü y una noches , se mueva á darles parte en el alegre festin de estos dias , que es por escelencia el festin de la caridad.
UN SUCEDIDO.
Así como los periódicos traen anécdotas y sucedidos verídicos, así quiero yo, niños mios, contaros de vez en cuando algo de lo ocurrido entre vosotros, lo que de cierto no dejará de interesaros.
En un pueblo de campo que no nombraré, habia ido á establecerse un negro, el que se habia conducido con su amo con tanta lealtad, cariño y esmeroso cuidado, que este, al morir, no solo le dio la libertad, sino que le dejó cuanto tenia. El buen negro lloró mucho á su amo y bienhechor por cariño y por gratitud.
Viéndose en buena posición, se casó con una paisana suya, y tuvieron un hijo, mono y agraciado, negro como lo eran sus padres. Frente á la casa que ocuparon vivia un caballero rico y principal , que tenia un niño de la misma edad del otro; un niño blanco como un cisne, rubio como el oro, y al que