Agricultura armónica (expectante, popular) · Sección preliminar

Preliminares

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

AGRICULTURA ARMÓNICA

(EXPECTANTE, POPULAR)

OBRAS COMPLETAS

AGRICULTURA ARMÓNICA

(EXPECTANTE, POPULAR)

POR

D. JOAQUÍN COSTA MARTÍNEZ

Tomo I de la "Biblioteca económica,

lio £S 03

MADRID

«BIBLIOTECA J. COSTA Naciones, 4, hotel

I9II

Es propiedad.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

Madrid. — Imprenta de Fortanet, Libertad, 29. — Teléfono 991

JOAQUÍN COSTA Y SU OBRA

(BOSQUEJOS BIOGRÁFICOS)

Es costumbre al imprimir los escritos que dejara al morir un autor y formar con ellos libros, poner al frente del mismo su biografía. La de Joaquín Costa está por escribir, y no consideramos el momento ni el lugar más oportuno éste; pues si bien en general es desconocida su vida y sacrificios, todavía se conservan frescos en nuestra memoria algunos de sus geniales hechos, por muy pocos igualados. Cuando aquélla se publique, será tan extensa y abarcará tanto espacio, que se precisará un abultado volumen. Por otra parte, nuestro ánimo emocionado no está hoy dispuesto á relatar paso á paso la vida de aquel hombre sobre el que pesó tanta y tanta injusticia; el que vivió, como decía Cervantes, ¡en medio de una sociedad cuyo ambiente le asfixiaba y la cual fué para él «cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación ! »

Queriendo, pues, librarnos de aquella costumbre y para nosotros de aquella tortura, pero comprendiendo la necesidad ó, mejor dicho, conveniencia de decir algo

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del glorioso autor, al dar comienzo á esta obra de divulgación, nos ha parecido que nada mejor podíamos utilizar que las crónicas y trabajos publicados por escritores tan meritorios y de nombres tan prestigiosos en el campo de la ciencia y de la literatura, engarzándolos á esta introducción, y avalorándola con ellos. Moya, Rocamora, Castro, Cavia y Miguel del Val tienen la palabra.

Todas las grandes ideas tienen un profeta que las anuncia; todas las Iglesias, un Pontífice que las gobierna; todas las reformas, un mártir que hasta el sacrificio las defiende; todas las utopias, un genio que las acaricia; todas las revoluciones, una voz que es precursora de ellas, y su luz y su alma; todas las grandes crisis de un pueblo y de una raza, un anatema implacable y un hombre que por encarnación milagrosa le personifica. Joaquín Costa es quien más hondo ha buceado en la crisis presente de la raza española; quien mejor supo abrir ante nuestros ojos atónitos el hondo abismo de la negra caída...

Por esto, por haber pintado con trazos dantescos la imagen de nuestro pueblo fulminado por el rayo, subvertido por un terremoto, arrebatado por un remolino, hundido en las aguas de un nuevo Guadalete; por haber sacudido más rudamente que nadie nuestra conformidad musulmana; por sus gritos de combate; por sus arengas de fuego; por apóstol luminoso de la renovación conquistó rápidamente una popularidad por nadie entre nosotros superada. Los que le temían eran muchos más que los que le admiraban: se le conocía bien, pero no del todo. Guando el soberano caudal de sus obras de Derecho, de historia, de sociología, de política, de literatura, de colonización fertilice como debe la

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cultura nacional, serán legión los que propaguen sus enseñanzas, será España entera quien le admire y le rece.

Guía de muchedumbres, hablaba de nuestro aniquilamiento, que fué obra como de un fenómeno sísmico que removió hasta los cimientos, envolviéndolos con la edificación en una común ruina, buscando para los españoles una vida nueva, la que habrá de impedir, rota toda idealidad, que la historia moderna sea lo que es: una historia sin corazón. Pensador y jurisconsulto, ofrecía al estudio de las más altas inteligencias mundiales la labor portentosa de sus libros de Derecho consuetudinario; contribuía poderosamente á la reconstitución del alma española; hacía de su erudición incomparable aureola para la patria bien amada, y merecía que de los que él llamaba «Materiales de investigagación», se dijese como Zola del templo que elevó á la nonovela moderna el insigne autor de La Comedia Humana: «Podran desplomarse trozos de muro, podrá haber suelos que se hundan; podrá haber escaleraras que se rompan; las hiladas de sillares resistirán constantemente; la gran torre se alzará tan erguida, tan alta como antes, apoyada en los amplios pedestales de sus gigantescas columnas. Poco á poco irá desapareciendo todo lo que es barro y arena, y ese día surgirá en el horizonte el esqueleto de mármol del monumento como el inmenso y recortado perfil de una ciudad».

¿Una biografía de Costa? ¿Para qué? Todas las fechas, todos los títulos, todos los cargos, dicen menos que su nombre esclarecido.

Que nació en Monzón el día 14 de Septiembre de 1846; que á los seis años de edad se trasladó á Graus, y allí, donde se cerraron para siempre sus ojos á la luz se abrió por vez primera su prodigiosa inteligencia al estudio; que en Huesca se hizo Bachiller, y Maestro, y Agrimensor, y casi

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Arquitecto; que apenas contaba veinte años cuando pronunció su primer discurso, maravillando á todos su palabra fulgurante y su elocuencia arrebatadora y tribunicia; que pensionado por el Gobierno para visitar la Exposición de París de 1867, trajo de allí su primer libro, espléndido regalo de amor á la tierra oséense; que en Madrid ganó los premios de licenciado y doctor en Derecho y en Filosofía y Letras; que fué Oficial letrado de Hacienda, Notario, Catedrático y Académico; que estudió mucho, que escribió mucho, que arengó mucho, que enseñó mucho...

¿Verdad que es bien poco para dibujar la excelsa figura de quien supo conquistar la veneración de sus contemporáneos con labor soberana y fecunda de eterna juventud? El más hermoso pedestal para la estatua gigantesca de Costa son sus libros. No hay hoy español que le tenga más amplio, con relieves más admirables, mejor cimentado, más firme.

Las obras de Costa asombran por el número y por la diversidad de materias. Sólo entre las jurídicas pueden contarse las siguientes:

«Teoría del hecho jurídico individual y social», 1880. — «Concepto del Derecho de la poesía popular española», 1881. — «La libertad civil y el Congreso de jurisconsultos aragoneses», 1883. — «Tranvías y ómnibus», estudio de Derecho administrativo, 1883. — «Materiales para el estudio del Derecho consuetudinario de España», 1885. — «Plan de una historia del Derecho español en la antigüedad», 1887. — «Derecho consuetudinario del Alto Aragón», 1887. — «Los Ayuntamientos y las alineaciones de calles», estudio de Derecho administrativo, 1889. — «Reorganización del Notariado, del Registro de la propiedad y de la Administración de Justicia», 1890. — «El Consejo de familia en España: Comentarios á los arts. 293 al 314, título x del Código civil», 1890.— «La servidumbre entre los iberos», 1891. «Los fideicomisos de

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confianza y sus relaciones con el Código civil español», 1894.— «El Derecho consuetudinario de España», 1896-1897. «Colectivismo agrario en España: Doctrinas y hechos» 1898. «El problema de la ignorancia del Derecho y sus relaciones con el «status» individual, el referendum y la costumbre», 1901.— «Oligarquía y caciquismo», 1901-1902. — « El juicio pericial y su procedimiento», 190 i.

Si estos libros, fruto de un benedictino de la investigación, que pasó lo mejor de su vida en Bibliotecas, Archivos, Audiencias, Notarías y Registros, abarcan toda la vida histórica y jurídica de España; si resplandece en ellos una erudición pasmosa; si no tienen pareja en la originalidad, rotundidez y acierto de los juicios; si son modelo de exposición clara, metódica y elocuente; si pintan de mano maestra, en instituciones de tan hondas raíces como la familia y la propiedad, la fisonomía de nuestro pueblo; si uno de ellos fué premiado con el voto entusiasta de autoridades tan indiscutibles como Moreno Nieto y Giner de los Ríos; y otro mereció que la Dirección de los Registros y del Notariado le señalara como orientación salvadora; y de otro pudo decir en justicia el Sr. Hinojosa, que era «notabilísima muestra viviente de jurisprudencia consuetudinaria creada y sostenida al amparo de una codificación expansiva y familiar»; y de otro Silvela «que el primer deber del político y del propagandista ante la complejidad del hecho sociológico (y Costa predicaba con el ejemplo) es el respeto casi idolátrico á la sociedad, calificando de crimen y de demencia el imponer novedades cuando no están extinguidos sus antiguos ideales y roídas completamente sus raíces»; y de otro, á propósito del Colectivismo agrario, Azcárate, que es un arsenal inmenso en materia en que Laveleye se contentaba con apoderarse aquí y allá de elementos sueltos y fragmentarios, ¿necesitaré yo hacer resaltar las notas

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principales del concurso que el insigne políglota prestó al desenvolvimiento del Derecho?

Huir de los hombres, decía Byron, no es odiarlos: no todos hemos nacido para vivir y trabajar entre ellos.

Así Costa. Pero á distancia, como correspondía á su excelsitud, habló de este modo.

A los legisladores:

«Podríamos representarnos la nación como un compuesto de dos distintas sociedades: una que es ya casi europea, otra que vive aún en estado de tribu: aquélla, la España chica formada de los grandes, la que se ve, la que mete el ruido; la de los órganos, la que ha ocupado y ocupa á los historiadores y á los periodistas; la otra, la España grande formada de los pequeños, la silenciosa y que no se ve, semejante á los mapas-mundis de las escuelas, la que no conoce la ley sino al modo de Israel á su Dios, sólo por la espalda, quiero decir por su lado negativo, por lo que le estorba, por los obstáculos que le opone, por las aflicciones, el dinero y la sangre que le cuesta.

»Si el pueblo crea una costumbre contra ley, es que el legislador por distracción, por precipitación ó por soberbia, no comprendió la naturaleza de la necesidad ó no quiso comprenderla, y le impuso una norma que no era la adecuada, que le venía ancha, que le venía estrecha ó que le era enteramente exótica. Y en ese caso no digamos que el pueblo ha sido infiel á la ley, sino que el legislador ha sido infiel al derecho; no es el pueblo quien desobedece al legislador; es el legislador quien desobedece al pueblo, único soberano».

A los políticos:

«¿Un programa? Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, enseñar al que no sabe, redimir al cautivo.

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Y el hambriento son 17 millones de españoles; el sediento, la tierra; el ignorante, la nación en todas sus clases; el cautivo, los labradores, los comerciantes, los que producen, los que trabajan, siervos del fisco, de la Administración y del cacique».

Al porvenir:

aEl honor y la seguridad de la nación está en manos de los que aran la tierra, de los que cavan la viña, de los que plantan el naranjo, de los que pastorean el rebaño, de los que arrancan el mineral, de los que forjan el hierro, de los que equipan la nave, de los que tejen el algodón, de los que conducen el tren, de los que represan la lluvia, de los que construyen los puentes, de los que estampan los libros, de los que acaudillan la ciencia, de los que hacen los hombres y los ciudadanos educando la niñez. De esas escuelas saldrán los soldados, de esas forjas saldrán los cañones, de esos montes bajarán los navios, de esos canales nacerá la sangre, de ese hierro brotará la fortaleza, de ese algodón, de ese cáñamo y de e^os árboles, saldrán las tiendas de campaña, y las velas y el asta sagrada que ha de desplegar al viento la bandera rejuvenecida de la patria».

¿Conocéis á Costa?

Migueí, Moya (1).

(1) En el tomo primero de la obra Los jurisconsultos españoles, que la Academia de Jurisprudencia y Legislación dedica al Instituto de Derecho Internacional, entre varios notabilísimos estudios biográficos está el siguiente, trazado con el vigor de una agua fuerte por nuestro muy querido é ilustre amigo D. Miguel Moya: Tomo i, páginas 2 :>7-242. Madrid, 1911.

A nadie ha sorprendido la muerte de Costa. La temíamos desde que vino á Madrid á informar sobre la ley del terrorismo, en aquella noche memorable en que dijo entre sollozos, con voz de doliente y de desesperado, que España estaba paralítica como él. No ha dado tiempo la agravación de su enfermedad á que la nación desagraviase á uno de sus más esclarecidos varones, que vio en su mente una patria nueva y que quiso convertir en realidad su ensueño patriótico.

De otros muertos se podrá decir qne llevaron á la tumba los gérmenes más preciosos de su espíritu. De Costa sería imposible decir otro tanto sin ofensa de la verdad. Costa volcó todo el contenido de*su alma en discursos inolvidables, en obras labradas sobre la amorfa materia del dato inexplorado todavía, en gritos de dolor, que encendieron por instantes el organismo inerte de nuestro pueblo é hicieron concebir la esperanza de su rehabilitación inmediata.

No cabía el pensamiento de Costa en las fórmulas viejas consagradas por la política al uso ni en los partidos ala antigua usanza, y concibió una Liga, en la cual habían de estar representados todos los intereses de España, como la de Manchester, cuyo oráculo fuéCobden; como la antiesclavista, que presidió Wilberforce; como la de los católicos de Irlanda, que tuvo por consejero al gran O'Conell.

El sabio que hasta la pérdida de las colonias había embargado su intelecto genial en el estudio de cuestiones jurídicas, de problemas de historia, y de sociología, y de filosofía, y de moral, y de geografía, y de poesía y de ciencia política, salió á la palestra cuando nos escarnecieron los yanquis para alzar á España contra España, para buscar ejecutores de la sentencia fulminada contra los que causaron la catástrofe, para herir el corazón y la cabeza de los españoles con el sentimiento de su derrota y la afrenta de su desmedro.

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Costa quiso destruir y edificar sobre las ruinas de lo viejo una patria que desmintiese á Salisbury, con alardes de vital pujanza, y fijó su mirada en la escuela y en la despensa. Vio que sin el florecimiento de Ja cultura seguiríamos derivando de potencia de tercer orden á tribu de Dahomey, y que sin una reorganización de la Hacienda se malbarataría nuestro patrimonio, comprometido é hipotecado, á las resultas de la vergüenza colonial, y expuso un plan orgánico de reconstitución de la mentalidad española y de reconstrucción del haber público sobre bases que diferían de las consagradas por nuestra historia.

El gran pensador buscó al pueblo, y lo encontró en algunas piedras miliarias de su camino; pero las clases neutras le abandonaron, los partidos políticos volviéronse hoscamente contra él, fuera de alguna excepción, como quien siente que se le arrebata la presa de la boca, y el removedor de la conciencia del país, abatido por sus dolores físicos y por el quebranto que le produjo la atonía délos que siguieron formando en la masa coral de los fracasados estadistas, cerró sus labios y tiró el bisturí con que hab(a disecado los miembros enfermos, ya que no halló el magno y férreo cirujano que se necesitaba para hacer la amputación salvadora subsiguiente al diagnóstico de nuestra enfermedad.

Costa lo quería todo y quería hacerlo todo á la vez. Para él era ir á la muerte dilatar la aplicación del remedio. Hablaba y escribía como un iluminado, sólo que su Dios era la España ideal que había concebido. Nunca revolucionario más elocuente, pensador más profundo, historiador más intenso, filósofo más amplio de miras había bajado de su torre de marfil para ponerse al habla con las multitudes y agitar ante sus frentes abatidas el látigo de las amargas censuras, de los vituperios sangrantes.

Maestro y acusador, político y caudillo de muchedumbres

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desorientadas, atraillólas un momento y las vio después dispersas, sin que su voz hablada ni su pensamiento escrito les infundiera la unidad en la acción que había de hacer eficaces sus esfuerzos soberanos. No he visto nunca entusiasmo más grande que el que produjeron sus andanzas por el país como profeta de la buena nueva que había de redimirnos y había de elevarnos por encima de los Pirineos para volver á un desconocido esplendor.

Ese su tránsito maravilloso de la especulación doctrínala la conversación con el pueblo no]lo hizo sin conmover á las gentes con los cuadros que su verbo sollozante trazaba de la España pretérita y de su reconstitución en los tiempos más calamitosos de su historia.

Costa no era un crítico; quería ser un actor, y merecía ser un amo. Hay pueblos que necesitan dictaduras, y él había pensado tal vez en la dictadura inteligente, que convierte el rebaño en hombres y los prepara para el desatamiento de todas las servidumbres.

El fué el que dijo:

«Ha concluido el áureo reinado de los Augustos y empieza la férrea y homicida labor de los Trajanos y de los Teodosios. No será ya desde hoy el poder una satisfacción: será un sacrificio y una cruz. Quien no sienta vocación más que para el Capitolio, quien no vea en el poder sino sus esplendores, eso que de ordinario se ha mirado en 'él, un instrumento para decorar el miserable minuto presente del gobernante; quien no haya de gobernar por amor de Dios, puestos los ojos en la fosa y en el olvido que le aguardan para la hora siguiente, no nos sirve. Necesitamos en el Gobierno «impersonales»: Bismarcks injertos en San Franciscos de Asís, con más de San Francisco que de Bismarck. ¿Los hay? Puede dudarse, aunque son muchos los que lo creen. Pero, de todos modos, no se lo preguntemos á nadie; inquirámoslo

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por nosotros mismos. Veamos si es verdad que hay un alma nueva en España y verbo que la sepa encarnar».

Y del rayo de su elocuencia que tantas veces iluminó con sus resplandores nuestros cerebros, son estas terribles palabras que sacaban á la vergüenza pública las carnes del pueblo español:

«Todo, menos seguir arrastrando un año y otro año nuestra agonía sin consuelo y sin esperanza, objeto de lástimas y de piedad de parte de los pueblos que, como las vírgenes sabias, no dejaron apagar su lámpara ó se apresuraron á reencenderla; todo, menos que se nos represente coronados y penitentes, diciendo que sufrimos, pero no padecemos, que hemos tomado demasiado «filosóñcamenti'» el desastre; todo, menos seguir reprimiendo la ira que rebosa en nuestros corazones y consintiendo cobardemente, como hemos consentido hasta ahora, que nos ponga el pie al cuello y se lo tengan puesto al país sujetos que debieran arrastrar grilletes -en Ceuta ú ocupar una celda en el manicomio ó un banco en la escuela; todo menos seguir engañándonos con la'ilusión de estas instituciones de papel, que inocentemente hemos tomado en serio. Parlamentos de mozos, que no sirven para ganarse la vida en el trabajo ó el estudio y van á divertirse con el país, hasta hacerlo rodar en el abismo; ministerios desalumbrados, que parecen no haber estudiado en otro libro de política que aquel de Benjamín Frankiin, «arte de hacer una nación chica con una grande»; arbitristas de imperio abisinio, que presumen redimir la Hacienda subiendo el precio del sello de correos y rebajando el presupuesto de Fomento; escuelas de todos grados, que en vez de mejorar al hombre natural, dotándolo con alguna nueva excelencia, lo malean con un falso barniz de civilización, que pervierte sus cualidades nativas; marina de guerra estacionada en la introducción de la cual no ha sabido salir desde la víspera

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de Trafalgar; Diputaciones provinciales, las más de las cuales encierran un presidio en potencia; simulacros de Tribunales, donde rara vez penetran las personas honradas sin dejar en ellos la dignidad ó el caudal, especie de clavo pintado de que no podría colgarse una capa que no fuese pintura también, y del cual, sin embargo, está colgado todo un pueblo, compuesto de diez y ocho millones de españoles, declarados libres por la Constitución...»

Fracasó en su tentativa, que tenía mucho de genial, pero dejó escritas para los jóvenes de hoy y paralas generaciones de mañana las tablas inolvidables de su ley.

Costa, para honor nuestro, para bien de ios españoles, noha muerto intestado. Su testamento — el de los espíritus superiores, es la suma délas ideas que estremecieron su mente— está en todos sus libros, y la cláusula política más importante, en el que publicó el Directorio de la Liga Nacional de productores en 1900 con el título Reconstitución y europeización de España.

Un hombre que así se entregó á su nación, que supo adoctrinarla y ennnoblecerla, que lloró sobre ella, porque no pudo arrancarla de su abatimiento, que vertió sobre la misma tanta grandeza mental, es algo más que la caduca encarnación de una existencia transitoria.

Costa y la catástrofe son dos símbolos de la España pasada. En Costa hemos de ver la parte sana del corazón nacional que se dispuso á la enmienda. En la catástrofe, la liquidación definitiva de nuestros errores, acumulados por la desidia de los que no supieron mantener incólume el honor de la raza.

El pensamiento de Costa, las ideas de Costa, perdurarán. El es de los pocos que, recordando las palabras de una víctima de la intolerancia de otros tiempos, pueden decir: non omnis moriar, «no moriré del todo», porque el agravio ma-

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yor que podemos nosotros los españoles inferir á España es «enterrar con el cadáver del sabio su testamento, que pide desde hoy albaceas cumplidores de la última voluntad.

José Rocamora (l).

Costa, tribuno. — La noche triste. — La oratoria de Costa fué de una hermosa estirpe clásica. Recia, majestuosa y varonil. Tenía su figura todas las cualidades que asigna Quintiliano al orador tipo: buen talante, cabeza venerable, erguida, modales vehementísimos y voz recia y sonora, de profeta.

Viéndole, arrebatado é iracundo, roja la faz y luminosa mirada, alzar entrambas manos temblorosas ante el pueblo atónito; oyendo aquella voz tonante, crepitante, como la de un profeta bíblico, sollozar ó rugir ante la patria en ruinas, la emoción del oyente evocaba perfiles griegos ó romanos, días de Convención, francesa, las cúspides más altas de la oratoria.

No fué el verbo de Costa populachero ni dogmático, ni toleraba en sus grandiosos desbordamientos cauces de Parlamento ó de Academia; fué la palabra del tribuno, el apostrofe ó el sollozo humano, la vibración genial de un alma que, corno la de Esquines ó Cicerón, como la de los Gracos ó la de San Pablo, como la de Mirabeau ó la de Barnave, sentía todos los dolores y albergaba todas las cóleras de la patria.

Fué en el frontón Central su último apostolado á la multitud. Habían perorado ilustres oradores del Parlamento;

(1) Este interesante trabajo fuá publicado en el Heraldo de Madrid en la noche del 8 de Febrero del año actual.

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estaba el pueblo en vibración y aguardaba con sed la voz de Costa.

Vimos, erguida y arrogante, la genial cabeza; los ojos volteábanse como los de un león; las recias manos se cerraban en dos puños potentes, de gladiador ó atleta, y de aquel manantial viril, de aquella poderosa y firme figura, salió una voz quebrada por la ira: «¡Ciudadanos!»... ¡Ciudadanos! Así fué la salutación del Pritaneo y de la Agora, del Foro y de la Convención francesa. ¡Ciudadanos! Así nos quiso él, posesores de la ciudad y del derecho, fiscales de traiciones y de injusticias, centinelas de la cultura y de la patria.

A la salida de aquel mitin memorable, el pueblo llevó en triunfo á Costa. Rodeándole fuimos en el coche, entre aclamaciones frenéticas y aplausos que retemblaban en las calles, hasta llegar á aquel paseo de Atocha, donde, desde un balcón, saludó por postrera vez al pueblo.

Era una noche clara y tibia, con suavidad de primavera y luna clara, de poema ó de madrigal. Negro estaba el paseo de multitud; blanco por la blancura de hostia déla Luna.

Los grupos, descubiertos, tenían los sombreros en la mano, como en recogimiento de misa. Costa salió al balcón entre la luna clara. Hubo un silencio memorable; sintióse el jadear de un tren, y la voz del tribuno, sollozante de cólera y dolor, cayó como óleo santo sobre el pueblo.

Aquella inolvidable arenga restallaba con sus chasquidos de fuerte látigo pidiendo un ejemplar castigo para los delincuentes de la débacle.

Costa evocaba las colonias, sus fértiles riquezas y nuestro despojo, los días de repatriación de los soldados y la hora de dolor y de ignominia en que se arrió nuestra bandera.

Cuando acabó, ninguno tuvo fuerzas para aplaudir. Tal era la emoción y tan profunda; tan amargo el dolor y tan vergonzante la ira.

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Aquella fué la «noche triste». Y esta noche de hoy, esta noche que nos sorprende huérfanos del maestro y de su sombra, será no más que aquel «remember», no más que aquella evocación de aquella luna bella y fría, de aquel pueblo callado y vergonzante, de aquel hombre que, todo alma, se consumió de amor entre una multitud cobarde y una luna tan fría como el Misterio...

Cristóual de Castro (!).

Doctrina! de Joaquín Cosía. — Ecce líber. He ahí el libro. El libro de gran divulgación, de continua enseñanza y perenne consulta para todos, que hace falta como base de homenaje nacional á Costa: un selecto florilegio — que tratándose de tal cerebro y tal pluma, más bien debería llamarse fructilegio — en el cual se compendiase lo más esencial, importante, significativo y de prática lección para el pueblo y para los aplicados de toda calidad, que el gran escritor y orador ha dejado en libros, informes y discursos, en todos los órdenes de su amplísima actividad intelectual.

En semejante aspecto de los honores postumos que los españoles debemos al malogrado patricio — harto malogrado, sí, aunque haya muerto á los sesenta y cinco años — se han expuesto estos días varios proyectos, muy bellos y muy loables, sí, señor, pero de muy larga y dificultosa realización en este delicioso país de indolentes y olvidadizos, en

(l) En el citado diario Heraldo de Madrid del 8 de Febrero último. Este joven escritor calificó á Costa, en memorable ocasión, de baso espiritual y, efectivamente, parece haber bebido en él éste publicista toda la savia que contuviera.

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esta clásica tierra de los arranques de potro jerezano y las paradas de mulo manchego.

¿No se ha hablado de reimprimir «todo Costa», así de un tirón y como quien no dice nada, en tomos baratitos, como si fuesen novelas de Dumas ó de Julio Verne?... ¡Ahí es una friolera! Con haber dedicado Costa mucho más tiempo á estudiar que á producir, lo que entregó en vida á sus distraídos conciudadanos representa un caudal poligráfico que asusta. Y todavía nos queda por ver y por admirar lo que deja inédito, que no es, según noticias, sino un mediano monte de cuartillas en letra menudita.

Ya nos contentaríamos con que antes de emprender aquella descomunal tarea de divulgar estudios académicos y universitarios que están muy por encima del vulgo inquieto y curioso, agotaran las personas instruidas— en cualquier disciplina que lo sean — los muchos ejemplares de obras de Costa que yacen almacenados en los estantes délos libreros. Innumerables son, de seguro, los españoles bien acomodados y muy presumidos de cultura general, que no poseen en su biblioteca un solo libro de aquel hombre, á quien no aplicaré las profanadas y manoseadas palabras de «prohombre» y « superhombre», y al cual no ha conocido ese vulgo de frac, de levita, de toga y de uniforme, más que por aquellas fulgurantes arengas y aquellas políticas campañas que emprendiera, cuando á cada paso, amén de la dejadez de sus compatriotas, había de hacer traición su irremediable flaqueza física á su insuperable fortaleza espiritual.

¡Ahí es una friolera, vuelvo á decir, reimprimir de un golpe el «todo Costa» conocido porque aún queda mucho Costa por conocer, para la pronta y rápida tarea de la divulgación! Préstanse para ella grandes y sustanciosos trozos del Colectivismo agrario y de Oligarquía y Caciquismo; pero hay libros de Costa que pesarían demasiado sobre la

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frivolidad del vulgo, por mucho interés y amor que á todos inspire el nombre del nunca bastante llorado aragonés.

Tales, por ejemplo, estas obras que Gómez de Baquero cita en serio y -razonado artículo; «... Su Teoría del hecho jurídico individual y social, una de las primeras y acaso todavía la mejor de sus obras, es uno de los tratados de Derecho más metódicos, más ricos en observaciones y en potencia analítica que se han publicado en España, modelo de exposición didáctica no sólo por su sistema excelente, sino por la claridad y elegancia de su forma; un libro alemán por el método, latino por la elocuencia de la locución y la agilidad del pensamiento. La Mitología y literatura celtohispanas le llevó al campo poco espigado de las antigüedades españolas; sus estudios acerca de la poesía y el Derecho hicieron lucir sus dotes de historiador y crítico. Sus trabajos sobre el Derecho consuetudinario del Alio Aragón acreditaron que no sólo era un filósofo, sino un investigador del hecho jurídico».

Y tantos más así.

Pero de entre todos estos monumentales productos del pensamiento, de la erudición y de la elocución, además de sus discursos políticos y de sus escritos en la Prensa, puede hacerse — por de pronto y como base para mayor y más detenido homenaje — una luminosa selección de lo qne Costa nos deja enseñado en materias jurídicas, políticas, históricas, geográficas, folklóricas (pase el barbarismo), agrarias y literarias, en lo más substancial, lapidario, culminante, sentido hondo, pensado alto y liablado claro, para constante lección y fortalecimiento de doctos é indoctos: muchedumbre que en España suele andar inseparablemente revuelta; porque ni los doctos lo son del todo, ni los indoctos lo son enteramente.

Este Doctrinal de Joaquín Costa, Evangelio laico del cam-

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po y la ciudad, de toda la raza y de sus anhelos todo?, cabría ea un volumen, lo más barato y manejable en lo posible, de unas 400 ó 500 páginas. ¿Quiénes se atreven con ello? La faena no es fácil. Requiérense para llevarla á cabo, pronto y bien, muy seria aplicación, gusto muy depurado, profunda y consciente devoción al espíritu y á la sabiduría de Costa, y por necesario aditamento, aquella envidiable holgura de tiempo y de posición que no tiene por qué padecer los agobios, brutalmente implacables, de la cotodiana ocupación, que retrasa y entorpece acciones de más pura perentoriedad. — Y aquí vienen á los puntos de la pluma nombres que brillan por igual en el agitado Madrid y en el sereno Aragón. Pero tente, pluma, y deja que asientan con las suyas aquellos á quienes parezca oportuno lo que seles propone y puedan realizarlo pronto y bien, así con los medios inteligentes como con los pecuniarios, que en ninguna otra ocasión habrán de tener aplicación más alta y educativa.

Opino de todo corazón que lo propuesto es bueno. Bien sé que no es lo mejor. Mas harto sabido es también que lo mejor es enemigo de lo bueno. Y como lo gran.de no se improvisa, córrese peligro de que al ir pensando en grandezas y maravillas, todo este hermoso movimiento nacional que ha provocado la pérdida de Joaquín Costa pueda ir quedando en hueco vocerío y pueril cascabeleo, en aquel flalus vocis y aquellas nagx sonorx, de que ha luengos siglos se habló en Roma, y siempre son de actualidad en nuestra España.

Mariano de Cavia (1).

(1) Publicado en El Imparcial el día 11 de Febrero. Como todos los escritos del maestro Cavia, contiene éste pensamientos atinados, esculpidos con su inimitable cincel-pluma mojada en sangre del más sentido patriotismo.

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Para Mariano de Cavia.

Doctrinal de Joaquín Costa. — He ahí el verdadero monumento. El maestro Cavia lo ha dicho en El Impartía! : « El *libro de gran divulgación, de continua enseñanza y perenne consulta para todos, que hace falta como del homenaje nacional á Costa: un selecto florilegio en el que se compendiase lo más esencial, importante, significativo y de práctica lección para el pueblo y para los aplicados de toda calidad, que el gran escritor y orador ha dejado en libros, informes y discursos, en todos los órdenes de su amplísima actividad».

Manos á la obra. El Ateneo de Mabrid cuenta con los mejores elementos para llevarla adelante; sus honras fúnebres no pueden ser en este caso, como dice muy bien Pérez Bueno, una velada más, de esas veladas necrológicas para las que en la docta casa hay un viejo patrón fácilmente adaptable á todas las medidas.

Repártanse entre unos cuantos ateneístas estudiosos y activos los libros todos del insigne polígrafo, encargando cada uno, según su género, á la persona más indicada por su competencia en la materia, y dentro de pocos meses pudiera estar la obra terminada.

Para que ésta, á más de su importancia, escepcional, sea útil por su fácil consulta, la selección de lo que Costa nos deja enseñado en materias jurídicas, políticas, históricas, geográficas, folklóricas, agrarias y literarias deberá hacerse por el sistema de papeletas, ordenándolas luego, en la formación de un libro semejante al Diccionario filosófico, de Yol taire.

He hablado ya de personas competentes y natural es que, á pesar de mi voluntad y decisión, tenga reparo en brin-

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darme, tanto más cuanto que ya no falta quien se vea en la necesidad de censurarme tomando mi humilde solicitud por afán de mostrarme imprescindible.

Pero como no deja de ser lógico que en esta coronada villa de la Puerta del Sol se vea con extrañeza, y hasta con desconfianza, la actividad de alguno, cargaré de muy buen grado con todos esos sambenitos, y muchos más que me pretendieren colgar, antes que negarme á contribuir, en la medida de tmi inteligencia, mi tiempo y mi peculio, ala preparación y publicación inmediatas de ese gran libro iniciado por Gavia, y cuyo título no debe ser otro que el que él le ha puesto: Doctrinal de Joaquín Costa.

Mariano Miguel de Val (1).

(1) Este trabajo vio la luz en El Liberal del día 12 de Febrero del año actual. Su autor, que siente verdadera pasión por la cultura, recogió con cariñoso desinterés las indicaciones del genial escritor aragonés y con un desprendimiento que le honra.

Precisa divulgar la obra de Costa, que, como decía Ortega Muni- 11a, «era menos conocido de lo que se imaginaba>... < Había transcendido á las muchedumbres el estruendo de su nombradla; pero »la mayor parte de los ciudadanos no habían leído sino algún tro- »zo, algún artículo, algún discurso del gran pensador. ..>

Por su parte, Luis Araquistain, hablando de «Costa en Inglaterra», dice: «Nuestro muerto era poco conocido en Inglaterra. De ello es responsable, en primer término, el mismo Costa — nuevo mérito suyo — , que sacrificó la manufactura de su fama á la solución de los problemas nacionales; y, en segundo término, somos responsables la mayoría de los españoles». « Sólo teniendo en consideración su honradez intelectual , incapaz de ir mendigando por el extranjero un empréstito de gloria, y la indiferencia del medio ambiente, puede explicarse que la obra científica de Costa no gozara de más renombre en Inglaterra...» «Hay varias razones que explican el hecho. Costa no trató de difundir su obra en el extran-

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Al lector. — Con la presente edición que publicamos de La fórmula de la Agricultura Española, de que es autor mi llorado hermano D. Joaquín Costa, compuesto por una serie de trabajos escritos en diversas fechas, repartidos entre revistas, periódicos, boletines, los más de ellos desaparecidos, y en notas y borradores inéditos, los que nos propusimos coleccionar á fin de ir formando con ellos la «Biblioteca J. Costa», en la cual pueda el lector de hoy y singularmente las personas del mañana á quienes interese, encontrar con facilidad el medio de adquirir las obras que escribiera aquel glorioso autor, damos comienzo á nuestra tarea.

Por nuestra parte, deseosos de prestar humilde tributo á la cultura patria, nos proponemos poner estas obras al alcance de todas las fortunas, publicando simultáneamente ediciones económicas de todos aque-

jero, porque carecía de vanidad, porque era un hombre cuya vida estaba íntegramente enlazada á un problema objetivo: ai magno problema de crear ciencia, moral y riqueza en España. No era uno de esos grandes farsantes, conocidos de todos, que se imaginan estar en el centro del mundo y que se pasan la vida pidiendo á alaridos la inmortalidad — Yo he sentido algo de vergüenza al leer libros extranjeros en que se hablaba con gran encomio de escritores españoles sin ningún mérito, saludando en ellos á los hombres de nuestro resurgimiento, mientras que no se hacía mención de Costa, el Atlas que sostiene y sostendrá por mucho tiempo las nuevas ideas de reforma.

» Costa es la columna vertebral de nuestro liberalismo; pero mientras no la coloquemos en su verdadero sitio, mientras no estudiemos profundamente á Costa y no sea el eje de nuestra política, no podemos quejarnos de que en el extranjero permanezca obscurecida su obra.> (El Liberal, 13 Febrero 1911.)

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líos libros que consientan su división en partes. El tomo que ofrecemos bajo el título de Agricultura armónica (expectante, popular), es el primero que aparecerá y constituye la primera parte de La fórmula de la Agricultura Española; las otras tres restantes partes, han de publicarse bajo la sintética rotulación de Política hidráulica; El arbolado y la patria; y La tierra y la cuestión social.

Como quiera que abrigamos la persuasión de que el fundamento de la Agricultura estriba principal y casi exclusivamente en la relación de amor entre el hombre y la Naturaleza, y que cuando ésta llega á sentirse, se puede asegurar que se inicia un cambio de verdadero progreso, y como todos los problemas que á tan interesante asunto puedan afectar, son tratados por nuestro genial autor con delicada sugestión y conocimiento, en prosa cuya lectura deleita y encanta; que hace sentir, como Virgilio, el amor á la tierra, al río y al árbol con mayor intensidad, digno émulo de Columela, de fray Luis de León, de Virgilio, de Alonso Herrera y de Jovellanos; y como entendemos que engendrar amor á la tierra y llamar la atención hacia ella constituye obra de patriotismo puesto que de ella nace, no sólo la riqueza, sino también el embellecimiento de la vida, es por lo que nos hemos impuesto gustoso tan ardua tarea al acometer una empresa superior á nuestros medios con la creación de la «Biblioteca J. Costa» y publicación de las obras completas, conservando absolutamente todo aquello que el autor consideró pertinente, para que la Agri-

cultura entre en el verdadero camino del progreso, tomando como punto de partida su carácter propio y tradicional: en esto precisamente consiste el mayor valor del libro de Joaquín Costa que hoy ofrecemos al pueblo español. Esta obra, que ponemos á la disposición del agricultor, es excelente para servirle de guía y vehículo el más apropiado para sugerirle el medio más factible á la transformación de la antigua á la moderna explotación agrícola, que debe ser industrializada, arrancándola de su actual estacionamiento; pues á tal fin, en este libro y en los tomos sucesivos, encontrará cuanto ambicione el lector que contribuya á penetrarse de las nuevas tendencias y de los mejoramientos en todos los ramos que comprende puedan alcanzarse, abriéndole nuevos horizontes que podrá recorrer sin riesgo y siempre con provecho, porque va fortalecido con la prudencia que da el estudio, con el sano consejo del polígrafo eminente...

Nuestro no mentido y probado cariño á la Agricultura., al labrador singularmente, y á todo aquello que de alguna manera pueda contribuir al progreso agrícola, nos dieron ánimo para ofrendar al agricultor español y á todo aquel que dedique parte de su atención á tan necesaria como primitiva industria, como el primer fruto del árbol, el primer ejemplar de la naciente Biblioteca. Aquel muerto ilustre que nos habla á través de estas páginas y cuya voz espiritual suena en nuestros oídos, quiso levantar en diversas ocasiones bandera que sirviera de centro alrededor

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de la que se habían de reunir las fuerzas vivas del país, todas aquellas que se interesaban por la mejora del cultivo de nuestros campos; por el cultivo del erial cerebro del labrador español, y por el engrandecimiento del área sagrada de la patria, regada por la sangre y por el sudor de tantas y tantas generaciones de labradores. Y, aquellos superiores pensamientos, alcanzaron la simpatía y la resonancia que la sinceridad y el desinterés del apóstol merecía; pero no alcanzó la ayuda, calor y adhesión de que tan nobles iniciativas hubieron menester. ¡Lástima grande, que en aquella ocasión se desoyera la voz del apóstol, que como dijo el ilustre Zulueta, entonces como siempre dominase en el cerebro del labrador la ley del mínimum: que no le comprendiéramos! ¿Cuándo tendrá España otro hombre que la haya amado tanto y con mayor desinterés? Conteste por nosotros el Evangelio de San Juan: ¡Hominem non habeo! (Cap. v., volumen 7).

Después de esta breve explicación debida por nosotros, oigamos al autor, conocido con el sobrenombre de el león de Gratis.

Tomás Costa.

Madrid, Septiembre de 1911.