Agustín Álvarez: su ética social · Unidad 5 de 23

Unidad 5 · 292 JosÉ INAENIEROS

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292 JosÉ INAENIEROS

sarios pudieran tener la más mínima parte de ella. Así surgieron los improvisadores bien intencionados, que causaron males tanto más grandes cuanto mayor era la bondad de sus intenciones; así se buscaron razonables disfraces constitucionales para encubrir los más bajos egoísmos instintivos; asi pretendió cada grupo de facciosos tener el monopolio de la razón; así se inventaron las más razonables “banderas de principios”, entre cuyos pliegues fueron ahogados hasta los rudimentos de la moral cívica.

Los caudillos no sospechaban que la razón natural no implica la menor competencia para gobernar; su exceso de razonamientos primitivos para probar que “tenían razón” al obrar como lo hacían, les llevó a construir una verdadera “lógica de las barbaridades”, desenvuelta con toda “tranquilidad de conciencia”, con fines de “regeneración” eterna y en concordancia con la razón natural de la “opinión pú- ' blica”. Atafagada la cabeza por frases sin sentido, siempre usadas como sofismas justificadores de actos irracionales, cayeron los caudillos en la intolerancia absoluta y sus partidarios en la fe ciega. La falta de ideas engendró el culto de las palabras; la ausencia de ideales fué llenada con un exceso de lemas y divisas. La grandilocuencia verbal, tan frecuente en las cabezas vacías, exaltó la vanidad de los gobernantes instintivos, que gustaron tomar nombres pomposos: Libertadores, Restauradores, Protectores de los Pueblos, Héroes de la Causa Americana, Regeneradores de la Patria, etc.

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Con semejante chafalonía ideológica no podían los caudillos instaurar otra cosa que la anarquía feudal, fácil de adivinar tras el mal llevado antifaz de las doctrinas europeas y de las constituciones norteamtericanas. Los voceros de ese régimen southamertcano han pretextado siempre su “profunda sinceridad” personal y se han jactado de dar a sus súbditos las “leyes más' perfectas”; todo ello ha sido, por lo general, una- farsa impúdica o inc asciente. ¿Para qué sirven leyes óptimas donde reinan costumbres pésimas? Las leyes no valen sino en la medida en que pueden practicarse y nada hay más peligroso para un pueblo que soportar la coyunda de códigos incompatibles con las costumbres, pues ello equivale a vivir sin leyes de ninguna especie.

El cultivo de los sofismas racionales y la incapacidad práctica para la vida civil, fueron las dos herencias de la mentalidad hispan”-colonial Con capciosos razonamientos han pretendido todos los malos gobernantes “tener razón” contra sus opositores; y, negándosela a éstos, a punto de creerlos incapaces de llegar a ser razonables, han preferido casi siempre desterrarlos o fusilarlos, como si la única paz posible consistiese en uniformar la opinión pública hasta el limite extremo de la unanimidad.

Huelga decir que los partidos opositores han pretendido siempre ser mayoría y tener razón. Llegados al gobierno han emprendido la “salvación” del pueblo, sacrificando lo necesario real a lo perfecto