Al-Hamar, el nazarita: leyenda oriental · Capítulo real 5 de 14

LXXIII

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LXXIII.

No tiene en las ignotas minas que avara encierra tesoro igual la tierra ni en piedra, ni en metal: cada una de las gotas del celestial rocío, de plata vale un rio en precio á un reino igual.

LXXIV.

¡Bendito al que tesoro tál poseer le cabel ¡Bendito el que le sabe empleo digno dar! ¡Dichoso el Nazarita Amir (4) del pueblo moro, en quien está bendita la estirpe de Nazárl

LXXV.

Gayó Al-liamar de hinojos, y alzando al firmamento las manos y los ojos con exaltada fé, «Señor, dijo, yo admito un don tan opulento, y á don tan infinito corresponder sabré.»

LXXYI.

Y asi Al-hamar diciendo, y el don agradeciendo que liberal le envía la mano del Señor, las perlas recogía-, y acaba al recogerlas

EL LIBRO DE LAS PERLAS:

¡de Alá sea en loor!

j Granada! Ciudad bendita reclinada sobre flores , quien no ha visto tus primores ni vió luz, ni gozó bien. Quien ha orado en tu mezquita y habitado tus palacios, visitado há los espacios encantados del Edén*

Paraíso de la tierra, cuyos mágicos jardines con sus manos de jazmines cultivó celeste hurí, la salud en tí se encierra*, en tí mora la alegría, en tus sierras nace el dia, y arde el sol de amor por tí*

III.

Tus fructíferas colinas, que son nidos de palomas, embalsaman los aromas de un llorido eterno Abril : de tus fuentes cristalinas sulcan cisnes los raudales: bajan águilas reales á bañarse en tu Genil.

IV.

Gayas aves entretienen con sus trinos y sus quejas el afán de las abejas que en tus troncos labran miel; y en tus sauces se detienen las cansadas golondrinas á las playas argelinas cuando emigran en tropel.

En tí como en un espejo se mira el Profeta santo; la luna envidia el encanto que hay en tu dormida fáz, y al mirarte á su reflejo el arcángel que la guia un casto beso te envía diciéndote: — «Duerme en paz.»

LIBRO DE LOS ALCAZARES.

VI.

El albor de la mañana se esclarece en tu sonrisa, y en tus valles va la brisa de la aurora á reposar. ¡Oh Granada! la sultana del deleite y la ventura, quien no ha visto tu hermosura al nacer debió cegar.

VII.

¡Alá salve al Nazarita, que derrama sus tesoros para hacerte de los Moros el alcázar imperial! ¡Alá salve al rey que habita los palacios, que en tí eleva! ¡Alá salve al rey que lleva tu destino á gloria tall

VIII.

Las entrañas de tu sierra se socavan noche y dia ; dan su marmol á porfía Geb- Elvira y Macáel (1). Ensordécese la tierra con el son de los martillos , y aparecen tus castillos maravillas del cincel.

IX.

Ni un momento de reposo se concede: palmo á palmo como á impulso de un ensalmo se levanta por do quier el alcázar portentoso, que mofándose del viento será eterno monumento de tu ciencia y tu poder.

Reverbera su techumbre por las noches á lo lejos de las teas á la lumbre (2), que iluminan sin cesar los trabajos misteriosos, y á sus cárdenos reflejos ván los génios sus preciosos aposentos á labrar.

¿De quién es ese palacio sostenido en mil pilares, cuyas torres y alminares de inmortales obra son? ¿Quién habita el régio espacio de sus cámaras abiertas? < ¿Quién grabó sobre sus puertas atrevido su blasón?

LIBRO DE LOS ALCAZARES.

¿De quién es aquella corte de galanes Africanos que le cruzan tan ufanos de su noble Amir en pos? En su alcázar y en su porte bien se lée su nombre escrito: Al-hamar. — ¡Alá bendito! Es la alhambra. - — ¡Gloria á Dios!

2Ui)itmbra

xni.

¡Salud, favorita bella del Amir mas poderoso! I Salud, tienda de reposo de la gloria y el placerl i Vele Dios tu buena estrella, dichosísima señora! ¿quién de tí no se enamora si una vez te llega á ver?

XIV.

Al-hamar vertió en tu seno de sus perlas los tesoros, te hizo perla de los Moros, puso reinos á tus piés. Noble Reina, de labores tu real manto arrastras lleno, y cada una de sus llores un soberbio alcázar és.

LIBRO DE LOS ALCÁZARES.

Hermosísima Africana, ríe y danza voluptuosa: tu albo seno es una rosa en lo fresco y lo gentil. Regocíjate, Sultana, rie y danza sin pesares, que el compás de tus danzares llevarán Darro y Genil.

Rie y danza: ¿quién descuella como tú en poder y gala? ¿quién compite, quién iguala tu opulenta magestad? Donde tú sientas la huella ván sembrando los amores la semilla de las flores que perfuman tu beldad»

¿Dónde está la altiva reina que á la par de tí se ostente?' ¿dónde está la que su frente se corone como tú? Son jardines tus cabellos, que aromado el viento peina , cuando Mayo prende en ellos tocas de verde tisú.

(38

LEYENDA DE AL-IIAMAR.

Diadema con que se ciñe tu Granada, son tus brillos del color en que se tiñe roja el alba al purpurar. Tus diamantes son palacios engastados en cintillos de murallas de topacios , que deslumbran el mirar.

XIX.

Y esas bóvedas ligeras cual prendidos cortinages , y esos muros como encages delicados en labor, de las manos hechiceras de los génios han salido, que en secreto ha sometido á su dueño el Criador.

XX.

¡Régia Alhambral ¡Áureo pebete perfumero de Sultanas 1 Tus arábigas ventanas son las puertas de la luz. El Oriente se somete á tus piés como un cautivo, y hace bien de estar altivo de tenerte el Andaluz.

<&mmtlifr (3),

tcciiadco ce vióba, De pajowco.

XXI.

Entre lirios mal velado el galán Generalife dá al ambiente enamorado dulces besos para tí; como Ondina, que ligera huyendo, desde su esquife vuelto el rostro á la ribera se los dá á quien queda allí.

XXII.

¿Qué Sultán su alcázar tiene de jardines enramado, de una peña asi colgado en mitad del aire azul? Con los siervos que mantiene el de el Bosforo sonoro no hará nunca á fuerza de oro otro igual en Estambul.

LEYENDA DE AL-HAMA1U

XXIII.

Del peñón en la alta loma semejando está que vuela como rápida paloma que se lanza de un ciprés: mas si el ojo se asegura de que inmoble está en la altura le parece una gazela recostada entre una miés.

XXIV.

Sus calados peristilos, sus dorados camarines, sus balsámicos jardines de salubre aire vital , de los Silfos son asilos, que meciéndose en sus flore* cantan libres sus amores en su lengua celestial.

XXV.

Y en las noches azuladas del verano, oculta cita trae amantes á las Hadas sus caricias á gozar: y al rayar el alba hermosa que interrumpe su visita, en sus alas de oro y rosa tornan vuelo á levantar.

LIBRO DE LOS ALCAZARES* 71

XXVI.

Atalaya de Granada, alminar de escelsa altura de la atmósfera mas pura colocado en la región , ¿qué no ven de cuanto agrada tus ventanas por sus ojos? ¿qué se niega á los antojos del que asoma á tu balcón?

XXVII.

Junto á tí los Alijares (4) ataviados á lo moro en el rio de aguas de oro ven su gala y brillantez. Mas allá, sobre pilares de alabastro , Darlaroca (5) con su frente al cielo toca , que la sufre su altivez.

XXVIII.

Á su par los frescos baños de las Reinas Granadinas, cuyas aguas cristalinas se perfuman con azahar, y se entoldan con las plumas de mil pájaros estraíios, que se ván con grandes sumas á las Indias á comprar.

LEYENDA DE AL-HAMAll.

XXIX.

A tu izquierda el montecillo cuyo pié Genil evita, reflejando en sí la Ermita '(6) de los siervos de la Cruz: á tu diestra el real castillo (7) sobre el cual voltéa inquieta la simbólica veleta del bizarro Aben-Abúz.

XXX.

Mas allá los cerros altos (cuyo nombre y cuya historia dejarán dulce memoria) del PadúJ y dp Alhendin.

Y allá más los grandes saltos de las aguas de la sierra , cuya eterna nieve cierra

de tus reinos el confín.

XXXI.

A tus piés Torres -Bermejas (8) con sus cubos pintorescos, que avanzadas y parejas aseguran tu quietud.

Y bajo ellas, el espacio respetando del palacio

de su rey , los valles frescos donde habita la salud (9).

LIliRO DE LOS ALCÁZARES.

XXXII.

¡Oh pensil de los hechizos, bien amado de la luna I ¿Qué echa menos tu fortuna en la gloria en que te ves ? Abre, avaro, antojadizos tus moriscos agimeces, y vé qué es lo que apeteces con Granada ante tus piés.