Al primer vuelo · Unidad 18 de 30

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»Y así sucedió afortunadamente. Hecha nuestra última visita, vivimos libres e independientes como el aire que respiramos en estas alturas; y tan ocupadas tenemos las horas, que, según te dije al principio, hasta para escribirte me ha faltado tiempo; y verás como no hay exageración en lo que te digo. Sabes que tengo la pasión del campo, la pasión de la mar, la manía de andar mucho, y el vicio de embadurnar lienzos y papeles, por no decirte que tengo el vicio de pintar; pues para saborear y dar fomento a estos vicios y pasiones, hay aquí no solamente los medios abundantes que ofrece la Naturaleza, sino ciertos recursos accesorios, pero de grandísima importancia, que me ha proporcionado la casualidad. Hay, por ejemplo, quien conoce este paisaje senda a senda y palmo a palmo, y tiene, como yo, el vicio de andar por él; hay quien pinta y dibuja admirablemente; hay un barquito de paseo, un balandro... un _yacht_ primoroso que está a mi disposición, y quien le gobierna con una destreza y una serenidad, que te pasmarían... hasta hay, por haber de todo, quien oiga con corazón de artista algo de lo que yo toco al piano, y aun cante, con hermosa voz, parte de ello, acompañado por mí. Con esto no podía contar yo, racionalmente, al venir a Villavieja; y mucho menos con que el incansable guía, el andarín entusiasta de la Naturaleza, y el pintor y el diestro piloto, y el dueño del hermoso _yacht_, y el aficionado a la buena música, estuvieran reunidos en una sola persona, un mozo que no pasará de veintiocho años. Pásmate ahora más: este mozo es farmacéutico; y ¡pásmate más todavía! se llama Leto de nombre y Pérez de apellido; es decir, Leto Pérez, boticario de Villavieja, como le pondrán en los sobres de las cartas. ¿No parece mentira?... También nos acompaña mucho, casi tanto como él, un señor de muy buena sombra, don Claudio Fuertes y León, comandante retirado y administrador y apoderado de papá aquí. Pero éste, aunque es muy bueno, y fino y cariñoso, y con caídas deliciosas, es ya un señor mayor, y además, con un miedo a los paseos marítimos, que nos hace morir de risa. Figúrate que él es de Astorga... A estos dos sujetos y a don Adrián el boticario, padre de Leto (un viejecillo todo negro de arriba abajo, menos la cabeza que es gris, y la carita trigueña, muy bueno, ¡buenísimo!), que nos acompaña un rato hasta la hora de cenar, está reducida nuestra sociedad en Peleches. Pues con ella sola y lo que Dios ha esparcido con tanta abundancia y hermosura alrededor de este «solar de mis mayores», como dice papá, resultan maravillas de placer... Por supuesto que a ti que te espanta la soledad, y te entristece el ruido de las arboledas, y te hechiza el de la calle, y te embriaga el vaho de los salones, ha de parecerte inconcebible lo que te afirmo; pero te advierto que no trato de que me envidies, sino de que sepas lo que me pasa. Recuerda, para que te cueste menos trabajo creerme, en cuántas cosas he andado yo al revés de las demás. Por ejemplo (y te le cito porque me le has citado tú bien a menudo, como de lo más asombroso de mis _rarezas_): yo entré en el colegio, por gusto mío tanto o más que de mi padre, a la edad en que algunas colegialas dejan ya de serlo; y todo el afán que tuviste tú, y de ordinario se tiene entre _vosotras_, por vestirse _de largo_, le tuve yo por continuar vestida de corto, y si no de corto precisamente (porque a ciertas alturas de la vida hubiera sido eso una ridiculez además de una grande inconveniencia), de _entre día y noche_ siquiera, a modo de crepúsculo indeciso, que no te obliga a nada y en cambio te deja libre entre la muchedumbre anónima, con los sentidos muy espabilados: vamos, una ganga para verlo todo sin ser vista de nadie. Así fue que cuando por primera vez me vestí de señorita _disponible_, ya estabas tú de vuelta buen rato hacía. De las cosas del mundo _por dentro_, no conozco sino lo que vosotras me habéis contado; otro poquito más que he atisbado por las rendijas _al pasar_, principalmente con mis Mary, aquella institutriz inglesa que despidió papá de muy buena gana al entrar yo en el colegio, y había tomado un año antes; lo poco que he aprendido con el trato de las amistades de casa, y lo que se ve o se trasluce en las páginas de algunos libros y entre renglones de otros. Con estos antecedentes a la vista y lo que sabes de mis gustos e inclinaciones, ¿podrá chocarte lo más mínimo que con los enumerados elementos de diversión que hay en Peleches, y a ti te matarían de pesadumbre, me pase yo las horas sin sentirlas?

»Mis contrariedades correspondientes llegué a tener dentro de ello, no te creas, y aun empecé a sentirlas un poco, porque los amigos no son de hierro, y papá no está ya, por falta de costumbre, para abusar de ciertas valentías; pero todo se fue venciendo con la mayor facilidad y hasta con ventajas para mí; pues me he avezado a andar sola cuando no tengo quien me acompañe por estos despejados alrededores, y sola voy también con Leto en su _yacht_, cuando papá no se encuentra de humor para venirse con nosotros. Esto de _sola_ con Leto, no lo tomes al pie de la letra; porque Leto siempre va acompañado de su marinero, un tal _Cornias_, un tipo muy original y muy simpático, aunque es bizco de los dos ojos. Por de contado que esta tercera persona indispensable en el barco para ayudar en la maniobra a su piloto, maldita la falta haría allí para otra cosa, sino por el bien parecer; y si tú conocieras a Leto como le conozco yo, pensarías de la misma manera. Le creo capaz de las más heroicas abnegaciones. No te rías; porque te juro que es de lo más singular que se ha visto este sujeto. Primeramente es un gran mozo, no por la talla, que no pasa de la regular, ni por lo aparatoso ni relumbrante, sino por lo varonil y lo que puede llamarse _bien hecho_ de pies a cabeza; guapo, muy guapo, de hermosos ojos, preciosa barba, pelo abundante, cutis algo tomado por el sol y el aire, pero jugoso... de hombre sano... en fin, un hombre, lo que se llama un hombre en toda regla. Esto es lo primero que se echa de ver en Leto Pérez... si él no sabe que se le mira; porque si lo sabe, ya es otro. Y ésta es una de las singularidades de este chico: se empeña (o mejor dicho, se empeñaba, porque últimamente ya no se empeña tanto) en que es una persona enteramente insignificante en hechos, en dichos y en pensamientos; y esta idea le amilana, le acoquina... vamos, hasta le desmorona. No puede llevarse a mayor extremo la modestia, de todo corazón. Te he dicho que dibuja y pinta acuarelas admirablemente; pues ha sido preciso que se lo afirme yo con insistencia, para que llegue a creerlo un poco y se atreva a dibujar o a pintar delante de nosotros. Algo parecido sucede con lo poco que canta, con una hermosa voz de barítono; y otro tanto con su conversación: ya no se corta delante de mí... ¡y si vieras qué bien habla y con qué expresión tan interesante, cuando se deja ir confiado en sus propias fuerzas! Al principio era delicioso hablando conmigo: aunque en la mirada inteligente se le conocía que no ignoraba dónde estaba la salida de su apuro, siempre salía por lo peor y lo más desairado. Tan atolondrado se ponía. ¡Y qué manera tan deliciosa tenía a veces de enmendar lo que él llamaba sus gansadas! Te asombrarías de lo candoroso y noblote que es, si te contara el caso de cierto clavel que a mí se me cayó de la boca y recogió él del suelo; cómo le volvió a tirar porque ya no me servía; cómo y cuándo y de qué manera tan original volvió a buscarle y le guardó como oro en paño, y cómo llegué yo a descubrirlo todo. Por supuesto que no me di por ofendida con la inocentada, ni había motivos para ello. Esto le alentó algo; y puede decirse que desde entonces data la relativa serenidad con que se conduce delante de nosotros.

»Pero donde hay que verle es en su balandro primoroso, regalo de un inglés espléndido que vivió en Villavieja dos años, y llegó a entusiasmarse con las raras prendas de este chico. ¡Allí sí que es otro hombre, Virtudes! Allí no conoce a nadie, ni se intimida por nada. Él es señor y rey de la escena y del escenario. Lo mismo que el jinete con su caballo brioso, parece que se identifica él en la mar con el esbelto barquichuelo que la domina. Allí es Leto, en cuerpo y alma, en pleno señorío de sí mismo y tal como Dios quiso que fuera. No se temen peligros a su lado; y viéndole sonreír, con la noble e inteligente mirada puesta en todo, me dejaría llevar en aquella cáscara de nuez hasta los confines del mundo sin el menor recelo...

»Y hagamos un alto aquí, porque me asalta de repente una sospecha reparando en el calor de lo que dejo escrito sobre el hijo del boticario de Villavieja, y recordando lo maliciosa que eres tú. Aunque no lo fueras, te reconocería cierto derecho ahora para dudar del desinterés de mis elogios; porque yo misma, con ser como soy, cuando he visto en algún libro entretenerse a la heroína en semejantes ponderaciones de un galán circunvecino, al punto me he dicho: «cogidita te tengo, clavadita me estás.» Ya ves si soy franca, Virtudes. Pues te equivocarías si tal pensaras de mí con relación a este mozo, por lo mucho que te le ensalzo. Ni barruntos hay siquiera de lo que pudieras presumir, ni trazas de que a él le haya pasado por las mientes la menor idea de esa especie, ni razón para que pase tampoco por las mías... Empiezo a vivir ahora; acabo de salir, como quien dice, del nido, con hambre de libertad y de espacio en que gozarla sin estorbos; ¡y había de?... ¡qué locura, Virtudes! Simpatía profunda; estimación grandísima; amistad sincera, eso sí, porque todo se lo merece... Lo positivo, lo cierto, es que si se me preguntara hoy por quien tuviera en su voluntad el don de arreglar las cosas al capricho de la mía, qué es lo que más ambiciono, respondería sin titubear y con el corazón en la lengua: «que no tenga fin esta vida que ahora traigo.» Y nada más ni nada menos, Virtudes; créasme o no me creas.

»Y vamos a otra cosa. Mi primo Nacho debe de estar aquí dentro de quince o veinte días: nos ha escrito ya su llegada a Inglaterra. Con este motivo le hemos arreglado su gabinete del mejor modo que nos ha sido posible con los pocos recursos que hay a mano. Yo creo que ha quedado muy bien; pero a papá todo le parece poco para ese sobrino...

»Como él es tan menudito de formas y parece, por el estilo de sus cartas, la misma languidez en carne y hueso, me temo mucho que no sirva maldita la cosa para la vida que hacemos aquí. Si resulta esto verdad, y por miramientos de cortesía tenemos que acomodarnos nosotros a su modo de andar... ¡entonces sí que me voy a divertir! Hoy por hoy, me apuran un poco estas dudas. Esto no es decirte que sienta la venida de mi primo; pero si me dijera que por su gusto renunciaba a venir, o que lo aplazaba hasta el otro verano, puede que me alegrara la noticia. ¿Me quieres más franca?

»Pienso comenzar muy pronto una larga tanda de baños de ola: no porque los necesite, sino por probar de todo lo bueno que hay aquí; y la playa esta es de las mejores del mundo, en opinión de los villavejanos que no la usan nunca para eso... ni para cosa alguna.

»Se espera dentro de unos días la llegada de _El Atlante_, un vaporcillo costero, el único barco que entra en este puerto y da que hacer a su aduana. Viene cada seis u ocho meses a cargar el carbón de piedra que se ha ido acopiando en una mina de ello que tiene un sujeto de aquí. Dicen que la entrada de ese vapor es siempre un acontecimiento en Villavieja, y la única ocasión en que se ven villavejanos en el muelle y sus inmediaciones. Es curioso, ¿verdad? Por eso te lo cuento, y también porque no tengo cosa mejor que contarte, por ahora.

»Con motivo tan poderoso y la promesa formal de ser más diligente para escribirte en lo sucesivo, termino aquí esta carta ofreciéndote su extensión y las franquezas de que va henchida, como ejemplos que estás obligada a imitar cuando me contestes; sobre todo el de la franqueza. Con ella y el acopio que habrá _en casa_, ¿qué mejor novela para mí que la carta que me escribas?

»En espera de ella, te abraza con toda su alma tu amiga

»NIEVES.

_»Agosto 5 de 18...»_

«G. P. SHAPCOAT ESQ.»

_»119, Grave Street-Liverpool._

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»Tal es la historia fiel de los sucesos, limpia y descarnada de todo comentario. Con la idea que tiene usted formada, y bien formada, de mi carácter, ¿no le parece inverosímil el papel de galán que hago yo en ella, e imposible que haya logrado acomodarme a él? No en vano le he pronosticado a usted varias veces, hablando de la imperturbable quietud de Villavieja, que la primera novedad que ocurriera aquí había de ser muy extraña. Pues ya se han cumplido mis pronósticos... El milagro se obró como se obran casi todos los de su especie: con un poco de casualidad y otro poco de... ¡qué carape! me voy convenciendo de que, la mayor parte de las veces, la culpa de las propias debilidades estriba en los resabios ajenos; en la falta de compensaciones mutuas; en el empeño tonto de tomarle a uno por su lado más inútil para el destino que se le quiere dar. Lo contrario de lo que ha sucedido aquí. Ya le he hecho a usted la pintura física y moral de Nieves: pues imagínese usted ahora a esa criatura tan linda, tan inteligente, de alma noble y esforzada, y de corazón limpio y sano como una bolita de oro, con los mismos gustos y las propias aficiones que yo; supóngala empeñada en que pinto mejor que Velázquez, que canto como un ruiseñor, que soy el más diestro piloto del mundo, y que no tengo precio para dirigir y disponer expediciones campestres; añada usted que me hace su maestro, su guía inseparable, su confidente y su amigo más íntimo, y añada usted también que es persuasiva por la fuerza de su talento clarísimo, y otro tanto por la virtud de su belleza; y ¡qué carape, hombre! o ha de ser uno un adoquín, o ha de creer y entregarse: entonces o nunca. Y cuando se ha dado este paso, se concluye mirando hacia dentro, metiendo la sonda en el meollo, desmenuzando lo que hay allá, viéndolo con ojos de aumento, estudiándolo con calma, estimándolo con cariño y dándose por muy satisfecho del hallazgo, por mezquino que sea; satisfacción que trae consigo cierta seguridad, cierta confianza que antes no había en las propias fuerzas morales... Todo esto creo yo que es muy disculpable y hasta natural en la mísera condición humana. Cada cosa pide su elemento propio para vivir y desenvolverse. Las ideas del hombre están en el mismo caso: se educan, se fortalecen y aun se iluminan con el concurso de ciertos agentes externos que parecen providenciales en determinados casos de la vida.--¡Carape si se me ocurren cosas bonitas ahora!--El _quid_ está en que esos agentes salgan de su escondite y la quieran tomar con uno, como la han tomado conmigo en esta ocasión... y Dios se lo pague, por el buen servicio que me han hecho. Bien se está en el limbo de la insignificancia; pero se está mejor, porque se vale mucho más, donde yo me encuentro ahora; no en la región de los soles, porque no soy águila, pero sí donde se ve claro y no se anda a tientas. Pero ¡qué más? ¿No ve usted mi lenguaje? ¿No ve usted mi estilo? ¡Leto filosofando! ¡Leto metafísico! ¡Leto sentimental! ¿Quiere usted novedad más extraña ni milagro más patente, para un lugarón como Villavieja? ¿Se han cumplido o no mis pronósticos?

»Pero supongamos que está usted de acuerdo conmigo en este punto, y que da por bueno el modo de obrarse el prodigio: «Corriente», piensa usted enseguida, «ya veo que _porque quiso_ ella, Nieves Bermúdez, la bella, la inteligente, la rica, la discreta, la de alma noble y corazón de oro; porque lo quiso, en fin, una mujer como no se ha visto en Villavieja ni volverá a verse en los siglos de los siglos, tú, Leto mísero, te levantaste y andas; pero ¿_adónde_ vas?» ¡Carape si es usted malicioso! ¿Qué sé yo adónde voy? Voy a todas partes y a ninguna, y ando porque me va bien así, porque me gusta andar. No vale confundir la luz con el astro que la produce: ¡bueno fuera que no pudiera amarse la una sin codiciar al otro! ¿Habría locura mayor? Pues tan grande como ella la cometería yo si mis devociones cayeran del lado de las sospechas de usted. Lo quiero advertir en tiempo: soy un admirador agradecido, no un enamorado: lo primero le es lícito a cualquiera; para lo segundo se necesita un atrevimiento que no cabe en mí, ni cabrá jamás, porque no hay razones para que quepa. ¿Cómo he de desconocer yo que lo que por más entra en la inclinación de Nieves hacia mí, es la identidad de aficiones que existe entre los dos? Sin esa coincidencia, yo sería para la hija de don Alejandro Bermúdez un villavejano más; a lo sumo, el hijo del boticario don Adrián, antiguo y buen amigo de su padre. ¿Ni por qué había de ser otra cosa mejor? Tampoco pretendo llevar mis escrúpulos hasta el extremo de suponer que Nieves me agasaja solamente porque me necesita; pues si tan delgado lo hiláramos en el mundo, ¿adónde iríamos a parar, ni en qué pondríamos nuestros afectos que los creyéramos bien colocados? La estimación entre dos personas, por algo ha de empezar; y por cierto que no siempre este algo es de tan buena ley como el que ha engendrado la amistad con que me honra la hija de don Alejandro Bermúdez. Puestas las cosas en este punto, el único en que deben ponerse, el hecho final resulta (que es adonde yo me dirigía): la luz se hizo y el milagro se obró en mí. ¿Lo quiere usted más claro? Pues le juro que temo enturbiarlo si insisto en esclarecerlo.