Al primer vuelo · Unidad 20 de 30
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--¡Ay, carape!--se dijo:--con esto no contaba yo ahora. ¿Habrá visto el _yacht_ aparejado desde allá arriba? ¿Vendrá acá?... Por las trazas, sí... ¡Pues buenas están las mías para recibirla, carape!... Pero, bien mirado, no estoy sucio ni roto... ¿Y si no nos ha visto, ni viene a lo que yo presumo? ¿Espero?... ¿Me largo?... ¡Largarme! ¡Tendría que ver! ¿Podría, aunque quisiera? ¡Pues no están vibrándome las fibras todas como si de pronto me hubiera henchido de la salud que me faltaba?... ¡Carape, carape, hombre, qué cosas éstas tan extrañas!... Ya no la veo... ¿Por qué no serán transparentes los breñales que me la tapan ahora? ¿Por dónde echará? ¡Por dónde, por dónde! ¿Tienes más que ir a verlo, simplón, cuanto más que estás deseándolo?... Eso sí; pero ¿cómo lo tomará? ¿A bien? ¿A mal? ¡Ay, qué arrastradas desconfianzas estas mías, que no acaban de curárseme! A la una... a las dos... ¡Cornias!--dijo en voz alta--, atraca otra vez... y aguárdate así, que vuelvo enseguida.
Saltó a la escalera, la subió en dos zancadas, atravesó el muelle y el andén en muy pocas más, tomó el camino del Miradorio; y al dominar el primer recuesto se halló cara a cara con Nieves que venía por el entrellano a todo andar también, algo sofocadita y un poco anhelante; pero muy mona, ¡muy mona!
La pobrecilla temía llegar tarde: había visto desde allá arriba el grimpolón azul, y por él había presumido que estaba el _Flash_ atracado al muelle; y estando atracado al muelle, sería para salir a navegar por alguna parte... «Pues buena ocasión», se había dicho entonces. «Puede que Leto quiera llevarme»; y hala, hala, hala... ¡qué ira le daba aquel pedazo de camino tan escondido del muelle, donde era inútil hacer una seña o dar una voz! ¡Y si entre tanto se largaba el _yacht_? ¡Y ella que tenía tantas ganas de darse otro paseo en él! Desde el último, once días lo menos... y dos sin subir Leto a Peleches, ni dejarse ver por ninguna parte. ¿Había estado enfermo? ¿estaba enfadado, resentido de alguna cosa? ¡Qué injusto sería en ello! En Peleches, todos, todos le estimaban mucho y le estaban muy agradecidos.
Bien poco le quedaba que hacer a Leto en aquella escena que tanto le imponía desde lejos. Todo se lo daba hecho Nieves; todos los caminos le abría ella; y ¡con qué dulzura de mirar, con qué timbre de voz tan melodioso, con qué volubilidad tan espontánea y hechicera! Había que ser un leño para no atreverse, con aquel estímulo que le parecía sobre humano, a ser un poco sincero y expresivo también; y se atrevió a serlo. Dijo el por qué de no haber subido a Peleches en dos días. ¡Él enfadado, él ofendido! ¡Eso si que era no conocerle!.. ¡cuando precisamente las horas de esos días se le habían hecho siglos! Para entretener el tiempo mejor hasta la noche, en que pensaba volver a la tertulia de Peleches, había resuelto pasar la mañana en la mar; y estando ya desatracando el _yacht_ para franquearse, la había visto a ella bajar por el Miradorio, y había salido a su encuentro para ponerse a sus órdenes, por si no había visto el balandro aparejado, o no venía con ánimos de embarcarse en él. ¡Carape, si recalcó lo de las horas largas, y estuvo valeroso y ocurrente en otras finezas semejantes el hijo del boticario! Y Nieves, tan ufana con ellas y tan agradecida. ¡Que le preguntaran entonces si la cruz de su nueva vida le pesaba, y si, para descargarse de ella, quería volver al limbo por que suspiraba poco antes!
Pero ¿por qué andaba Nieves por allí a aquellas horas? También se atrevió Leto a preguntárselo, caminando ya los dos hacia el muelle; y resultó que Nieves y su padre, después de dar un largo paseo en dirección a la mina, se habían sentado a leer en la Glorieta: don Alejandro un periódico, y ella aquel libro que traía debajo del brazo; don Alejandro se cansó muy pronto de leer, y se volvió a casa con propósito de destinar toda la mañana a despachar su correspondencia atrasada; ella se quedó leyendo, y advirtió a su padre que pensaba darse después una vuelta por el Miradorio, como hacía muchas veces. Desde el Miradorio había columbrado el palo del balandro con su grimpolón azul, y las pícaras tentaciones habían hecho lo demás.
--De manera, Leto--dijo en conclusión y deteniéndose para decirlo--, que ese paseo va a ser de contrabando, porque papá no sabe nada de él. Téngalo usted muy en cuenta y dígame qué tiempo se necesita para darle por la mar... porque ha de ser por la mar el paseo de hoy, o no me embarco.
--Pues por la mar será si usted quiere--respondió Leto, hechizado ante el aire resuelto de la animosa sevillana--, y podemos estar de vuelta antes del mediodía.
--Corriente--repuso Nieves después de meditar unos instantes, con el entrecejo fruncido.--Y dígame usted ahora, en conciencia de buen amigo y hombre honrado: ¿hago yo bien o mal en estas cosas?
--¿En qué cosas?--la preguntó Leto algo sorprendido.
--En venirme sola a correr aventuras de esta especie... Es pregunta que me he hecho a mí misma muchas veces, y una no más a papá.
--Y ¿qué le ha respondido a usted su papá?--volvió a preguntarla Leto, entrando en más hondas aprensiones.
--Ya ha visto usted cuántos paseos he dado sin él en el balandro, con muchísimo gusto suyo... Algo le inquietan los peligros del barco, por su poco juicio; pero como yo no los temo y usted es buen piloto, con tal de que yo me divierta... En lo demás, él es de opinión de que no se viene aquí a guardar etiquetas, ni a hacerse esclavo de miramientos vanos.
--Muy bien pensado.
--Eso creo yo también; pero ¿y ciertas gentes? ¿pensarán lo mismo?
--¿Se fía usted de mí, Nieves?
--Como de mi padre: se lo juro a usted.
--Pues entonces, ¿qué le importa a usted el juicio de esas ciertas gentes? Haga usted su gusto y ríase de ellas.
--¿Lo cree usted, Leto?
--De todo corazón.
--Pues no se hable más de esto..--Y dígame usted. ¿está el día a propósito para salir a la mar?
--¿Lo intentaría yo si no lo estuviera, Nieves? Y dígame usted a mí: ¿no se incomodará don Alejandro conmigo cuando sepa que sin su permiso he consentido en hacer eso que tan poco le gusta a él?
--No, señor, con tal de que estemos de vuelta antes de que él pueda alarmarse con mi tardanza.
--Eso corre de mi cuenta. Son las nueve menos cuarto... a poco más de las once puede usted estar en Peleches... porque no hemos de llegar a la Isla de Cuba... digo, cuento con que no se te antojará a usted.
--¡Me hace gracia la ocurrencia!... ¿Y si se me antojara, Leto?
--¡Si se le antojara a usted?... También eso me hace gracia a mí. Pues tenga usted la bondad de que no se le antoje, por de pronto... ¿Se cansa usted con el paso que llevamos?
--¡Bah!
--Es que no hay tiempo que perder si hemos de salir con la vaciante y antes de que salte la brisa. Por eso me he permitido...
--¿Quiere usted que corra más todavía?
--No hay necesidad: ya estamos a dos pasos del muelle.
--¿Quién es ese tipejo que se pasea en él?
--Un tal Maravillas: algunas veces anda por aquí, para que crean las gentes que estudia en el gran libro de la naturaleza: es filósofo y ateo.
--¡Jesús!
--Sí, señora: un chico atroz. Ahora le trae al retortero la idea de publicar un periódico, y no acaba de publicarle.
--¡Con qué sonrisilla nos mira!...
--De puro ateo y compasivo que es; sólo que el mejor día le va a borrar alguno la sonrisilla esa de un bofetón... digo, me parece a mí... ¡Ajá!... ya estamos... Hoy no basta la mano, porque son muchos los escalones descubiertos y están algo resbaladizos: tenga usted la bondad de tomar mi brazo... ¡Atraca bien, Cornias, y ten firme!... Poco a poco, Nieves... Déjeme usted pasar primero al balandro... Deme usted su mano ahora... Muy bien... Ya estás botando, Cornias; y en el aire... ¡Listo el foque para hacer cabeza!... Pase usted a su sitio de costumbre, Nieves, que es el más seguro... Eso es... Avante vamos... ¡Listo el aparejo!
Se izó todo el trapo en un momento; y con el terralillo que aún duraba, aunque en la agonía, y la vaciante, comenzó el _Flash_ a navegar hacia fuera. Como el impulso del aire era tan leve y el agua no oponía resistencia, la quilla se deslizaba sin el cortejo de espumas y rumores que Nieves echaba muy en falta.
--Ya vendrá a su tiempo, y en abundancia--la dijo Leto--, porque el día está que ni de encargo para esas cosas... si usted no se arrepiente.
--¿Me cree usted capaz de arrepentirme--le preguntó ella mirándole fijamente y con expresión de asombro--, después de desearlo tanto?
--Como nunca se ha visto usted en ello... replicó Leto, pesaroso de haber apuntado la sospecha.
--Aquí, no; pero ya le he dicho a usted que en otras partes, sí; y aunque ésta fuera la primera vez, ¿tan poca confianza tiene usted en la fuerza de mis resoluciones?
--En cuanto dependan de la voluntad de usted, no--dijo Leto--; pero como en cosas de la mar hasta los más avezados a ella no cortan siempre por donde señalan...
--Pues luego va a verse, señor marino, si hay aquí o no hay valor para cortar por donde se ha señalado. Mientras tanto, le prohíbo a usted aventurar juicios sobre el particular.
Leto casi se ruborizó por falta de una sutileza galante con que responder a la reprimenda sabrosísima de Nieves.
--¡Qué bonito acopio ha hecho usted hoy!--la dijo porque no se acabara la conversación y aludiendo a la media guirnalda de yerbas y flores que llevaba Nieves sobre el pecho.
--¿Usted ha visto--respondió ella bajando la cabecita para mirarlas y acariciándolas al mismo tiempo con la mano--, qué helechos más primorosos? De tres clases y a cual más fina... Pues ¿y estos penachitos de farolillos carmesí?... ¿Cómo me dijo usted el otro día que se llamaban?
--Brezos.
--Es verdad, brezos: ¡qué preciosos! Pues ¿y estas otras florecitas azules que estaban a su lado? ¡Cosa más fina y delicada!... Vea usted qué bien componen con todo ello estas margaritas silvestres tan blancas, con el centro dorado... ¡Qué primor de campiña!
Hablando Leto con Nieves de éstas y otras cosas parecidas, con entero descuido, porque la marcha igual y monótona del barco no le exigía gran atención, muy a menudo la llevaba puesta, más que en las palabras que dirigía a su linda interlocutora, en el batallar de los pensamientos que le infundía la presencia de aquella criatura, confiada a su pericia y a su lealtad en aquel chinarrito del mundo, entre el cielo y la mar, en medio de la augusta quietud de la Naturaleza. Cuanto de honda y humana poesía palpitaba bajo la costra del humilde boticario, se conmovía y agigantaba entonces, llenándole la mente de luz y el pecho de desconocidas sensaciones; y hubiera sido cosa digna de verse estampada en un papel, la imagen interior del vehemente y desapercibido Leto, perdido entre las evoluciones de su pensamiento, y por el ansia de analizarlos todos, volar de los más rastreros a los más altos, de los más grandes a los más pequeños; trastrocar las especies muy a menudo, y apurarse por lo nimio y vulgar después de haberse mecido sereno en las alturas de lo sublime. Así, por ejemplo, tras de parecerle una herejía haber creído posible trocar por el limbo insulso de su pasado, el dulce presente con todas las contrariedades y amargores que necesariamente había de traerle aparejado, le sonrojaba de pronto la idea mezquina de verse allí, tan cerca de Nieves, vestido como un ganapán... quizá en el mismo instante en que Nieves, mirándole a hurtadillas, le veía mucho más hombre y más apuesto que nunca, con aquellos limpios, holgados y simples atavíos.
Duraron estas cosas tan entretenidas para Leto, y también para la sevillanita probablemente, poco más de un cuarto de hora; hasta que el balandro _desabocó_, y comenzó a sentir Nieves esas inexplicables impresiones, mezcla extraña de pavor y de alegría, que se apoderan de los novicios entusiastas como ella, al verse de pronto mecidos por las ondas salobres de aquel abismo sin medida.
--Ya estamos fuera--la dijo Leto que leía esas impresiones en su cara--. Los síntomas no pueden ser mejores: _calma cernida_. Observe usted esa especie de muro de niebla que hay en el horizonte: es lo que llaman ceja los marinos; la mejor señal, en verano, de que va a _echar tieso_, es decir, a soplar luego una brisa fresca y bien entablada, como lo demuestra también este poco de trapisonda que hace balancear al barco y restallar las velas abandonadas a su propio peso... ¡Cornias! atesa acolladores y quinales, que trabaja demasiado el palo... De manera que nos hallamos en las mejores condiciones para poner a prueba las del _yacht_... o para volvernos al puerto dentro de diez minutos, en popa, si usted se halla arrepentida de haber llegado hasta aquí... Con toda franqueza, Nieves.
Con toda franqueza y hasta con entusiasmo, se ratificó la animosa sevillana en sus deseos de llevar adelante su acariciado proyecto. Cierto que las embarcaciones en que ella había salido a la mar dos veces en Andalucía, eran mayores, bastante mayores que el _Flash_; pero ¿y qué? Lo que se perdía en holgura se ganaba en gozar más de cerca los lances del paseo. Conque adelante.
--Pues adelante--repitió Leto muy regocijado--, y no se hable más del asunto... ¡Listo, Cornias! que ya viene la brisa picando. Ha tardado menos de lo que yo esperaba, y me alegro; así empezaremos primero para acabar más pronto... porque usted está algo de prisa, Nieves, ¿no es verdad?
--Esté o no esté--respondió Nieves con donosa formalidad--, el paseo ha de ser en toda regla. Conque aténgase usted a eso, y a nada más que eso... ¿Estamos?
¡Carape, cómo electrizaban a Leto aquellas monaditas de la sevillana! De pronto la dijo:
--¿Ve usted aquel rizadillo gris que tiene la mar allá lejos y viene avanzando hacia nosotros? Pues es el polvo que levanta la brisa en el camino que trae... ¡A qué paso viene!
Enseguida, dirigiéndose a Cornias, gritó:
--Ya está ahí... Caza escotas, que vamos en vuelta de fuera, y a ceñir... Y usted, Nieves--dijo volviéndose hacia ella--, agárrese bien a la brazola, y no se descuide un instante, porque esto no es la bahía... Y perdóneme si desde ahora no la hago los honores de la casa como yo quisiera, porque este caballerito es algo ligero de cascos y voy a necesitar muy a menudo poner los cinco sentidos en él.
En esto, sintiendo el _Flash_ en su aparejo las primeras rachas de la brisa, se inclinó sobre el costado de babor; y Leto dijo entonces:--¡A la buena bordada!
Y comenzó el balandro a navegar, ciñendo y escorando; pero no como en la bahía, en plano perfectamente horizontal, sino entre balances y cabezadas, que iban acentuándose a medida que refrescaba la brisa y la mar se rizaba, cubriéndose de _carneros_ y _garranchos_.
Nieves se sobrecogió algo con las primeras _arfadas_, que llegaron a meter el carel debajo del agua revoltosa y espumante; pero la inalterable serenidad de Leto y aquella su honda y tenaz atención al aparejo, a la caña, a todo el organismo del barco y a su rumbo, y algunas miradas a ella de vivo y cariñoso interés, la tranquilizaron bien pronto, y hasta llegó a encontrar muy divertido aquel incesante cuneo, que la hacía el efecto de un columpio.
Tenía razón Leto al decir a Nieves que no le pidiera cortesías en cuanto empezara el barco a navegar: diez minutos después de decirlo, ya _no estaba en casa_; ya estaba fuera de sí mismo, de su naturaleza carnal y propia; ya era como el espíritu, el alma del barco que regía; el ser activo e inteligente se había infundido en la armazón y las lonas del _yacht_; no pensaba ni observaba ni sentía Leto Pérez como hombre, sino como barco; venía a ser a modo de _yacht_ inteligente, o un ser racional con formas de balandro: lo que se quiera.
Bien claro le leía Nieves esta trasfiguración en los ojos y en las actitudes, y se embebecía contemplándole así, segura de no ser observada por él, que llevaba toda la mar, toda la brisa y el barco entero y verdadero metidos en la cabeza.
De vez en cuando, pero siempre muy a tiempo, hacía una salidita a lo suyo, mirando o hablando breves palabras a Nieves, como Leto mortal, vivo y efectivo; cosa que la complacía mucho, porque no la gustaba verse allí tan sola como en ocasiones creía verse.
--¿Va usted bien?--la preguntaba.
Y volvía a ser barco en seguida...
--Buen andar llevamos--pensaba para sus maderas--; pero no todo lo que debemos. Hay que arribar un poco... un poquito más... Ya metimos el carel... Lo menos echamos seis millas... Orza ahora un poco para que adricemos y vayamos con más desahogo, aunque con menos velocidad... ¡Bien, bien!... Ahí están esos condenados, en regata conmigo... _(Alto)_. Mire usted los delfines, Nieves, en rebaños, dándola a usted escolta de honor, y haciendo, volatines fuera del agua para que usted los admire. ¡Cómo quieren lucir su ligereza pasándonos por la proa a lo mejor!
Nieves los admiraba, y hasta los temía al verlos surgir del abismo junto al carel, volteando como pedazos de rueda negra con aguzadas cuchillas de acero enclavadas en la llanta.
--No hay cuidado--la dijo--, que son unos animalejos enteramente inofensivos, y además bobos.
Y con esto volvió a infundir su espíritu en el organismo de su barco y a pensar por él:
--Este andar no es para sangre marinera, con esta mar y esta brisa; hay que arribar otra vez, aunque los garranchos abundan... Cuestión de achicar, si es necesario. Dos garranchos a bordo. _(Alto.)_ Cuidadito los pies, Nieves... y agarrarse... ¿Puede usted volver un poquito más la cabeza a la izquierda?
--¡Yo lo creo! ¿Para que?
--Para que vea usted a Peleches desde aquí.
Volvióse Nieves como Leto quería, y exclamó al punto:
--¡Ay, qué bien se ve! Pero ¡qué en alto y qué lejos está y qué iluminada la casa por el sol! Parece que nos está mirando con las ventanas... ¿Nos verá alguien desde allí, Leto?
--Al balandro, como un papel de cigarro, puede; pero a nosotros, dificilillo es a la simple vista... Agárrese usted, Nieves, que hay mucha trapisonda y son muy fuertes los balances. Aquí no se puede decir, como en bahía, que el barco paladea el agua; sino que la escupe y la abofetea y la embiste, ¿no es verdad?... y hasta riñe con ella, que, como usted puede observar, no se muerde la lengua tampoco... Vea usted allá lejos unas lanchas corriendo un largo... Son _boniteras_, de fijo... Así se pesca el bonito, a la _cacea_.
Poco después preguntó a Nieves, en cuya cara, más pálida que de costumbre, no se leía otra expresión que la de una curiosidad intensísima, si se daba por satisfecha con la prueba, o quería apurarla más.
--Hasta ahora--respondió Nieves intrépida,--no ha metido el _yacht_ más que una tabla; y usted me tiene dicho que puede con tres.
--Dos, Nieves...
--Tres, Leto: lo recuerdo bien.
--Conmigo, sí; pero llevándola a usted, no me atrevo.
--¿Teme usted dar la voltereta?
--Eso nunca; pero hay otros peligros...
--Pues las tres tablas quiero. Ya estoy acostumbrada a los balances, y esto me va pareciendo delicioso.
Leto, a reserva de engañarla con un artificio bien disimulado, la prometió complacerla, porque no tenía fuerza de voluntad para contrariarla.
--Pues a ello--dijo--, y agárrese usted bien que voy a preparar la arribada.
Apartó su atención de Nieves, y la puso toda en el _yacht_.