Al primer vuelo · Unidad 6 de 30
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--Ese es, digo, ese fue don Cristóbal Bermúdez Peleches, cuarto abuelo mío, y fundador del mayorazgo en los principios del siglo pasado. Desempeñó en Méjico el cargo de Intendente general durante muchos años, y de allá vino nadando en oro; casó en Madrid con una señora de la cepa ilustre de Pacheco, y labró esta casa sobre la más modesta, aunque no menos hidalga, en que él había nacido... Pero de este preclaro ascendiente nuestro ya me has oído hablar muchas veces, lo mismo que de este otro que le sigue, con hábitos de sacerdote y la medalla de la Inquisición colgada del cuello. Fue inquisidor, también en Méjico, y trajo de allá estas cornucopias que ves alrededor de la sala junto a la cornisa del techo. Tiéneselas por cosa notable, aunque no lo parecen a la simple vista. Este vargueño tan roído ya por la polilla, también fue traído de Méjico por el mismo inquisidor... ¿Te fijas en la sillería, eh? Ya habrás notado que no juega con el vargueño ni con las cornucopias, ni se honra con tan señalada procedencia. Es ebanistería de la más mala entre lo peor que se ha hecho y estilado en esta tierra. Con todo, tiene para mí gran mérito por los recuerdos que me trae a la memoria... ¿Te vas enterando tú también, desaboría gitana?
--Zí, zeñó,--contestó la rondeña, muy grave y con los ojos muy abiertos.
--Pues a otra cosa entonces, porque se acabó la sala... Voy ahora a enseñaros algo de lo de afuera, pero de lo menos bueno; lo que corresponde a la fachada del sur, que es adonde miran los tres balcones de ella, o sean éste que voy a abrir, otro del gabinete mío y otro del tuyo, Nieves... Ahí está lo menos hermoso del panorama. Desde la plataforma de la torre os le hubiera enseñado para que le gozarais sin estorbos por todas partes; pero, según noticias de mi amigo Fuertes, la plataforma está de mírame y no me toques, sin contar con que le falta a la torre media escalera, cabalmente la mitad de abajo... Mas esa y otras dificultades parecidas, ya se irán remediando.
Nieves y Catana, mientras hablaba así don Alejandro, después de mirar lo que se descubría de frente y sin esfuerzo, querían salir al balcón para mirar hacia los lados.
--Poco a poco--les dijo don Alejandro conteniéndolas--; no se permite mirar más que por derecho y desde ahí, ¿estamos?: lo otro ya se verá desde donde deba verse. Por de pronto, la fachada es de sillería como la del este... No hay para qué verla, señoras, porque lo afirmo yo, como afirmo que sobre cada balcón de los tres de este piso, hay otro más pequeño y de púlpito, con sendos escudos de armas en los dos entrepaños principales... Quietecitas he dicho, que tiempo les queda de comprobar lo que afirmo... y vayan mirando. Aquí, debajo, un poquito de jardín, bastante disimulado, porque la verdad es que hasta que yo mandé que le aliñaran un poco, contando con que ibas a venir tú, nadie se ha cuidado de él en muchísimos años. Eso que ahora es una tapia regular con puerta enrejada, fue en _años témporas_, como dicen los _poencos_ de tu Serranía, ¡oh, gitana! casi muralla de sitio con su portón correspondiente; como fue patio con horno y pozo que aún se conserva, según podéis ver, y no sé cuántas accesorias, esto que a la presente es jardín. Después de la calzadita que pasa por delante de la puerta, otro cercado, con árboles, pradera y tierra labrada, que se va hundiendo poco a poco según se va alejando, lo mismo que la faja de pinos que le contornea por nuestra izquierda. Es, como si dijéramos, la huerta de esta casa... Vuelve a subir el terreno después de una larguísima hondonada, pero con otro ropaje más basto y más bravío, y acaba en una gran mancha verdinegra que se esparce a un lado y a otro...
--Eza mancha jué lo negro que yo vide.--dijo Catana sin poderse contener.
--Pues esa mancha negra, mi señora doña... espantos sin substancia, es un magnífico pinar, y de mi legítima pertenencia, como la huerta y lo que sigue hasta él... ¿estamos? y aunque algo triste de color, no es para que nadie enferme al mirarlo, y mucho menos una res brava de ciertas espesuras que yo me sé. ¿No es verdad, Nieves? Sé franca, tú que pintas algo y entiendes más que Catana de estas cosas. Fíjate bien: aquí la lozanía de la huerta; después el recuesto verde sucio; luego el pinar casi negro; enseguida un monte gris, rapado y pedregoso; y en último término, una montaña azul. ¿No tiene todo este conjunto su belleza especial? Además, os lo tengo anunciado como lo menos bello del panorama, y no podéis, en buena conciencia, llamaros a engaño ahora... Y se acabó este primer número del programa... A otro enseguida... y quédense estas puertas abiertas para que se vaya inundando de la gracia de Dios toda la casa...
Por aquí, por el pasadizo éste... Alto en esta puerta de la izquierda, y mucho cuidado con no torceros un pie en algún rendijón del tillado de adentro. Como la pieza tiene balcón, único claro que hay en la fachada correspondiente, la del noroeste, se cuelan las invernadas por él lo mismo que si no vinieran a Peleches más que para eso. ¡Como está tan alto y tan descarado!... Nadie ha podido habitar en esta pieza jamás. Cuidado, repito, mucho cuidado donde se pisa... ¡Ea! ya está de par en par, digo, ya están separados estos pingajos de puerta. Ponte aquí, Nieves, y tú a este otro lado, Catana... Vamos, ¿qué hay que decir a esto?... No os fijéis en este primer término, que es árido y escabroso, como todo terreno de costa, sino en lo demás, en lo llano, que es la vega de Villavieja, verde aquí, parda allá, con sus caseríos salpicados, después alturas grises y alturas verdes, y sierras peladas y montes obscuros... ¿Veis una rayita blanca, allá lejos, que culebrea un ratito en el contorno de la vega y luego se pierde entre dos cerrillos? Pues es el camino real. ¿Veis otra rayita que cruza la vega por este lado de la izquierda, en dirección a los mismos dos cerros en que se pierde el camino? Pues es la senda que une a Villavieja con él. Por ahí vinimos anoche nosotros; sólo que al llegar a la entrada de la villa, tomamos otro camino que sube a Peleches por esta ladera... Vedle aquí arrastrándose debajo del mismo balcón en que estamos... ¿Eh? ¿Qué tal? Me parece, señora serrana, que aquí no hay negruras que maten ni asusten a ciertos corazoncitos temerosos y delicados... Bien claro, abierto, luminoso y variado es por donde quiera que se mire todo ello... Vamos, diga usted que sí o que no, como Cristo nos enseña.
--¿E de zu mercé la vega tamién?--preguntó Catana a su amo, en lugar de responderle.
--Una buena parte de ella--contestó Bermúdez un poco amoscado--. Pero ¿qué tiene que ver lo uno con lo otro? ¿Lo barruntas tú, Nieves?
Nieves, que toda era ojos y respiración, para gozar a sus anchas de la luz y los aromas de que estaba inundada la campiña, adivinando la malicia envuelta en la pregunta de Catana, contestó a la de su padre, sonriéndose con la rondeña:
--Es una salida como otras suyas, por no mentir. Teme que lo sientas si te dice que no la gusta... por lo menos tanto como...
--Como la Serranía de siempre, vaya,--concluyó don Alejandro.
--Ezo igo yo,--confirmó Catana, mirando a Nieves con la cabeza algo gacha.
--¿Y tú también eres de su parecer, hija mía?
--Yo no, papá,--contestó Nieves al punto y sin la menor traza de engañarle--. Es decir: por de pronto, me gusta esto mucho, muchísimo; lo que hay es que no conozco lo otro que le parece mejor a Catana, y pudiera serlo. ¿No es así, Catana?
--Asín,--respondió Catana, acentuando la palabra con la cabeza.
--Pues ahora mismo voy yo a poner a su señoría macarena--dijo Bermúdez empujando hacia dentro a las dos mujeres--, delante de algo que no se pueda ver desde allá por mucho que levante la jeta el serrano de más alzada... ¡Canástoles con los melindres de mi abuela y el pujo de la comparación!... Por el pasillo de la derecha hasta la puerta de enfrente... Esta pieza, Nieves, no te la quise enseñar anoche, porque aún estaba arreglándose cuando te fuiste a acostar: ya te lo dije. Es donde más se ha esmerado don Claudio, y la que más le ha dado que hacer después de tu gabinete. Se ha empapelado, pintado y casi tillado de nuevo... Mírala. Aquí tienes el piano, los avíos de pintar y de hacer labores, libros, dibujos... en fin, tu taller de artista y tu saloncillo de mujer hacendosa. Ahora no hagas más que pasar y mirar, y ni siquiera me des las gracias que se te están escapando por los ojos y por la boca. La cosa, en primer lugar, no vale la pena, y, en segundo, venimos aquí por otras muy diferentes... A la una, a las dos... ¡Ahí está eso, y muérete ya, gitana, porque te ha llegado la hora!... Más afuera todavía las dos: aquí, en la misma barandilla del balcón... Eso es. ¡Mirad, y hartaos!
Nieves prorrumpió en exclamaciones de entusiasmo, y Catana, con los ojos muy abiertos, se quedó como una estatua. Don Alejandro se gozaba como un chiquillo en el éxtasis de las dos.
--¡Échate leguas de mar!--comenzó diciéndolas--, por el frente, por la derecha, por la izquierda: infinito por todas partes, menos por ésta en que está el palco de Peleches para recrearse los Bermúdez en contemplar esa maravilla de Dios... Y no se me salga ahora con que se ha visto la mar en Cádiz o en Bonanza, ¡canástoles! porque no admito la comparación. Mar será ella, como son mares otras muchas que se pudieran citar; pero no son esto, ni por lo grande, ni por lo hermoso, ni por estar como colgadito del tejado, a la misma puerta del balcón, para deleite de los ojos al abrirlos en la cama. Y que no vale mentir... ¿Ves ese antepecho de la derecha, Nieves? Pues es uno de los dos claros que tiene tu gabinete. ¿Ves este otro de la izquierda? Pues corresponde al gabinete que tiene la entrada por el comedor... el reservado para lo que tú sabes... De manera que no me salgo de lo cierto al deciros que desde la misma cama se puede recrear la vista en este asombro. Llano y sosegadito está ahora como el cristal de un espejo, y gusto da ver cómo saltan y centellean en él las chispas del sol que va subiendo poco a poco; pero no sé si os diga que le prefiero y me gusta más cuando se le hinchan las narices... ¡Ah, lagartija de secano! Aquí te quisiera yo ver cuando esa llanura se encrespa y ruge y babea y comienza a hacer corcovos, y echa las crines al aire, y no cabe ya en su redondel, y embiste contra las barreras bramando a más y mejor, y se esquila canto a canto, y vuelve a caer, y vuelve a embestir por aquí, por allá y por cincuenta partes a un tiempo... ¡Dios, qué rugidos aquéllos, y qué espumarajos y qué!... Entonces no es azul como ahora, ¡quiá!... las iras la vuelven cárdena... En fin, que tiene mucho que ver... Y a todo esto y por mucho que la mar se embravezca, el puerto, aquel rinconcito de la izquierda, lo mismo que un vaso de agua. Y se explica bien: sus contornos interiores son como dos curvas de un paréntesis: la una, la de allá, mucho más saliente que la otra; de manera que resulta por aquel lado una muralla, un cabo que sirve de rompeolas del noroeste, que es de donde vienen siempre los grandes temporales de esta costa; y como los de Levante son rarísimos, haceos la cuenta de que dormir en este puerto es como dormir en la cama.
--Pero ¿dónde están los barcos?--preguntó Nieves.
--¿Qué barcos, hija?
--Los del puerto. No veo ninguno.
--Eso es harina de otro costal... ¿No recuerdas lo que, a este propósito, te leí en Sevilla, de la carta de don Claudio?
--Es verdad: que no hay más que un vapor... cuando le hay. Pues ahora no está.
--No lo sabemos; porque el saliente de la torre nos impide ver el fondeadero, que está muy arrimado a la villa. Desde la otra fachada lo veremos con lo que nos falta que ver de todo el panorama circundante...
--¡Ay, papá!--exclamó Nieves de pronto--, ¡lo que yo gozaría correteando en un barquichuelo por esas llanuras tan azules!
--¡Cabá!--saltó la rondeña estremeciéndose--: pa que la niña ze malograra a lo mejó...
Soltó una risotada el tuerto Bermúdez y dijo:
--Me gusta que te tiente ese deseo, Nieves, y te prometo satisfacértele muy a menudo, sin los riesgos que asustan a Catana... Mira un vapor...
--¿En dónde?
--En el horizonte... Fíjate bien en el punto que yo señalo.
--Ya le veo... ¿Le ves tú, Catana?
--No le veo, niña.
--¿No ves un penacho de humo sobre una mancha negra?
--¡Ajáa! Ahorita le guipé...
--Y ¿no veis más acá unas motitas blancas, como triangulitos de papel?
--Sí que las veo,--respondió Nieves.
--Pues son lanchas de pescar.
--¡Tan allá?
--¡Yo lo creo!
--Y ¿de dónde son?
--De los puertos de esta costa... Dios sabe de cuál de ellos... Porque ¡cuidado que es línea larga, eh?... Vete pasando la vista sobre ella de extremo a extremo... Lo menos cuarenta leguas.
--¡Jezú!
--Y no rebajo una pulgada, señora rondeña... Y a propósito, ¿para cuándo deja usted el morirse? ¿Por qué no se ha muerto ya?
--¿De qué, zeñó?
--De asombro.
--Con la venia de zu mercé--contestó la serrana--, me queo un ratico má: jasta el otro espanto.
--¿Cuál?
--El mayó que me ha e dá zu mercé.
--¿Luego te parece poco lo que estás viendo?
--Psch... Asín, asín.
--Vamos, Nieves, es cosa de matarla de veras.
--No te apure la flema de esta socarrona--dijo Nieves dándola un pellizco en el brazo que estaba más al alcance de su mano derecha--, que aunque no fuera embuste lo que aparenta, aquí estoy yo que me he asombrado por las dos...
--Lo creo, y eso me consuela y la salva a ella de una desgracia... Y ahora, vamos a la otra fachada para ver lo que resta; que la maravilla de este lado aquí quedará aguardándote, por mucho que tardes en volver a saborearla... Síganme, que ya voy andando por el mismo camino que nos trajo acá... Tuerzan a la derecha ahora... Ésta es la entrada a la cocina y sus accesorias... Esta es la puerta del comedor... Otra cuatropea como la sala... ¿eh, Nieves? Bien que ya la viste anoche... El gabinete de que te hablé antes... Un balcón y dos antepechos... Vamos al balcón... No es maleja esta vista tampoco, ¿verdad, Nieves?
--¡Hermosa!--contestó Nieves con entusiasmo.
--¡Yo lo creo!--añadió su padre--. Parte de la mar que vimos desde ese otro lado, y el puerto entero y verdadero... Mira, allí tienes el muelle con... uno, dos, tres... tres botecillos, o lo que sean, porque no se distinguen bien a tan larga distancia. De vapor, ni señal, hija. Pues vete mirando desde el muelle hacia tierra: toda la villa, con su barrio de labradores, que parece un aduar de marruecos; detrás del aduar, el estero con sus junqueras, adonde viene a desembocar el río que ha bajado de aquellas alturas rozando un buen pedazo del perfil de la vega. No se le ve el cauce; pero te le va señalando bien esa faja de vapores que se van elevando y deshaciendo con el sol, la abundancia de arbolado y cierto verdor del terreno... Repara con qué gracia está tendida Villavieja en el suyo. Ella es fea como un demonio, mirada calle a calle y casa por casa; pero vista en conjunto, hasta su color de hollín le hace gracia. La parte de acá, que está en rampa, aunque suave, no la podemos ver toda, porque nos lo impide el borde de la meseta sobre la cual estamos nosotros y a bastante distancia; pero se ve algo de lo principal... casi toda la Colegiata y un poco de los primeros edificios de la Costanilla, que arranca hacia acá del mismo costado de la Colegiata y es el camino más usado para venir desde la villa a Peleches y al paseo de la Glorieta, que es esa especie de alameda que ves a dos pasos de la entrada de este patio, un poco a la derecha. El paseo es bonito, porque lo son sus árboles chaparros; y la vista que se alcanza desde él y el aire salino que le refresca en verano, no tienen precio. Por el extremo de allá baja una senda que conduce al muelle sin tocar en la villa. La senda se llama del _Miradorio_, porque este nombre se da a aquel lejano término de la meseta por donde pasa para caer de repente cuesta abajo... Viniendo ahora con los ojos a cosas de menos fuste, para tomar nota de todo, aquí a plomo tiene otro patio perteneciente a la casa, con su cerca y entrada correspondientes. Ese cobertizo es el gallinero; el que le sigue, leñera, y este otro de enfrente con honores de casita con la mitad de la panza fuera del cercado, cuadra y pajar... Después os enseñaré la planta baja y el piso alto y hasta los desvanes, para que os vayáis orientando dentro del venerable palomar de Peleches. Abajo veréis el Oratorio, que, según noticias y por encarecidos encargos míos, se conserva bien y servible. Si hallamos cura, nos dirá la misa en él; si no, iremos a oírla a la Colegiata, que no está lejos... si el tiempo lo permite; porque si no lo permite, con la buena intención cumplimos.
Nieves lo miraba todo hasta con voracidad, y escuchaba a su padre delectadísima. Catana, con los brazos uno sobre otro, según su eterna costumbre cuando nada tenía que hacer con ellos, y con la cabeza algo inclinada, revolvía los ojos negros y bravíos, de las cosas señaladas a don Alejandro, y de don Alejandro a Nieves, evitando siempre el choque de la mirada de aquél con el rayo de la suya; pero muy poseída del cuadro y acaso, acaso, gozosa, aunque no lo declarara.