América en fin de siglo : actualidades, sucesos, apreciaciones, semblanzas, datos históricos · Unidad 31 de 173

Unidad 31 · NA ió A NA AN AN A

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AMÉRICA EN FIN DE SIGLO 65

que impera en aquel país privilegiado, que es hoy uno de los más florecientes de América.

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El Gobierno, que á tal altura ha encumbrado la nación, debía prestar y prestó singular impulso á la instrucción pública, avanzadísima no sólo materialmente hablando, sino en todo cuanto á los adelantos se refiere, en sistemas escolares, en plan de estudios, en edificios llamados á llenar las condiciones de higiene, de espacio para la enseñanza, de clases dotadas con los aparatos necesarios para hacer prácticas las explicaciones del profesorado, escogido y doctísimo para las Escuelas Preparatoria y especiales, como lo son las de Medicina, Jurisprudencia, Bellas Artes, Comercio, Ingenieros, Artes y Oficios, Agricultura y Conservatorio de Música.

Brillante ha sido el éxito de las Escuelas normales, establecidas hace algunos años y que sobre la alteza de su utilidad dotando al país de entendidos maestros, alientan el espíritu de estudio y abren ancha senda para la inteligencia ?.

Por supuesto que en ese cuadro general han de incluirse otros centros escolares secundarios y los diferentes colegios de niñas, perfectamente organizados.

En ese incremento regenerador, en ese ambiente saludable para todos los ramos de la riqueza pública, descuella la cultura social, el refinamiento del buen gusto, no circunseritos á la capital de la república, sino extensivos á todas las grandes ciudades y hasta á los más apartados rincones de la nación, traduciéndose en el movimiento palpitante de la prensa, numerosísima en las producciones literarias celebradas y conocidas en el mundo universal de las ideas; en los artísticos edificios que dan carácter monumental á las poblaciones y marcan época en el ornato general; en el culto y homenaje que se rinde á los grandes artistas; en los teatros y en los salones, donde se escucha el aplauso que estimula, inspirado en el recto criterio y en la competencia para juzgar.

En la escena dramática hay brotes que se yerguen lozanos y ricos de savia y galanura, plausibles iniciativas que han de crear el teatro mexi-

* Del ramo normal y de 1.” enseñanza en México, tenemos escrita una obra que está para

publicarse.

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cano. Lo mismo diremos en lo que á la pintura se refiere, que sobra

espiritualidad y abunda imaginación para tener escuela nacional.

Sorprende y regocija el nuevo aspecto que presenta la capital mexicana: lugares que hace pocos años eran campos, convertidos en parques y frondosas alamedas; terrenos incultos y solitarios tienen hoy la vida que el ensanche de la población les ha dado, en la forma de soberbias calles, de casas lujosas y de plazas risueñas. Un mundo de albañiles, de picapedreros, de pintores y maestros de obras, pulula por todas partes, representando el trabajo y acumulando la actividad incansable de los grandes centros.

La colonia Guerrero, la de los Arquitectos y San Cosme son un pintoresco tejido de jardines, paseos verdes, frescos, descollando entre el tupido follaje los lindos edificios de galana construcción.

El paseo de la Reforma, que debe su creación al infortunado emperador Maximiliano, es una bellísima alameda engalanada con bustos y estatuas de hombres célebres; aquel sitio convida á la meditación y al descanso, sobre todo en la hora del crepúsculo, tan propicia á las divagaciones del espíritu, y en esas noches mexicanas, templadas y serenas, iluminadas por la luna que radiante brilla en el cielo azul, limpio, purísimo, y desliza sus rayos á través del laberinto de hojas, 6 baña las copas de los centenarios sabinos, que se yerguen altaneros y orgullosos de su antigiiedad, en el sombrío y cercano bosque de Chapultepec. La ilusión forja en aquellos sitios extrañas perspectivas que renuevan legendarios recuerdos de la ciudad azteca, cual si habitada estuviera todavía por los indómitos guerreros que dieron sangre y vida por conservarla.

Aquel paseo es un interesante libro histórico. Allí se contempla con infinita ternura y singular impresión la austera figura del descubridor de América, que el artista ha reproducido en bronce sobre magnífico pedestal de mármol, descansando á su vez en ancha base de piedra rojiza.

Más allá hay que detenerse y apacentar la mirada sobre la estatua del más insigne de los mexicanos.

Aquella figura típica, tradicional, es la del mártir de Izancanac, la del heroico emperador del siglo xv1, que, al recordar sus proezas en la

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VANA

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