Amistad funesta: Novela · Unidad 4 de 19
Inicio — parte 4
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Por eso, y antes de hoy lo he dicho, nuestra grandeza verdadera ha estado en el tesón del sacrificio. De todos aquellos que han abrigado ese empeño del sacrificio para conseguir la realización de un ideal, ninguno lo ha hecho con más firmeza y más altura y más decisión que Martí; muchos han sido inferiores, ciertamente, a él en este terreno. Por eso creo que el señor Varona tenía razón cuando afirmaba que aquella palabra era la síntesis más cabal de toda su existencia: en el tiempo de su vida, haciéndola penosa, mirándolo todo como secundario, salvo aquel propósito fundamental y esencial de todos sus días, uno tras otros; y después, al iniciarse la lucha, lanzándose frente al enemigo, buscando la muerte y encontrándola al fin; ¡él no fue más que un sacrificado consciente y espontáneo, desde el primer momento hasta el último!
Nosotros somos los herederos de esa obra suya, como de otras obras que se han unido a la de él en una tarea común; y una herencia como esta, no es lícito aceptarla a beneficio de inventario: sus herederos deben aceptarla sin ninguna especie de restricción, con las ventajas y con los inconvenientes, con los bienes y con las cargas. Por eso yo, que he pasado muchas veces como un pesimista, solo porque he visto acaso de un modo más claro, y he tenido un tanto más de atrevimiento para decirlo en alta voz, lo que había entre nosotros de inconveniente y de malo, me he dado a mí mismo una, si se quiere, inmodesta satisfacción, declarándome, cuando otros me llamaban pesimista, un optimista fundamental. Hasta tal punto, que un amigo que me conoce me reprochaba una vez diciéndome que la lectura de los sucesos pasados iba a producir en mi espíritu una peculiar atonía, porque cualesquiera que fueran nuestros males, hojeando un libro de Historia, de cualquier pueblo, de cualquier época, encontraba en sus páginas el relato de una situación infinitamente peor. Y es verdad, señores Representantes. Recuerdo que leyendo una vez en la colección de monografías históricas publicada bajo la dirección del profesor Oncken, de Berlín, una _Historia del Islamismo en Oriente y Occidente_, encontré un pasaje en que el autor habla de los Emiratos independientes que surgieron de la primera invasión mogola, en el Asia Menor y en Armenia. Hubo una serie sucesiva de años en que toda aquella historia tuvo una trágica monotonía desesperante: degüellos de poblaciones enteras, incendios y saqueos de ciudades, exterminio de sus habitantes sin perdón ni aun para niños ni ancianos, lucha incesante de los pueblos entre sí y contra los invasores comunes; tales son las simétricas y feroces alternativas de aquella historia. Esta no tiene más sucesos que referir que esos que he indicado; y el autor del libro declaraba que para no repetir hasta la náusea hechos exactamente iguales y horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello duró hasta el año tantos y a dar la lista de los soberanos que reinaron en todo ese tiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: «¡Todavía los turcos encuentran armenios que degollar!»; y recordaba con cuánta razón, aunque el consuelo aparezca, viniendo del diablo, Mefistófeles adoctrinaba a Fausto diciéndole: «En vano un día tras otro amontono torbellinos, huracanes, incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creo extirparlo, de la superficie de la Tierra; ¡pero no lo logro en definitiva, porque aquella maldecida simiente de Adán, jamás perece y siempre germinal, siempre brota, en ancho río, una sangre vigorosa y nueva!».
Ese debe ser, ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar en toda su intensidad este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo por llegar a una determinada altura moral y mental; porque es preciso darnos cuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que mañana nos esperan, tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarán tan solo los que vengan detrás de nuestra generación. ¿Qué importa? Nosotros somos en Cuba la generación que consiguió realizar la libertad. ¿No es esto bastante premio para nuestro esfuerzo? ¡Si no nos ha sido posible, si no nos ha de ser posible llegar también a conseguir la felicidad, pensemos que esta será sin duda el premio de una generación posterior: el nuestro lo tenemos ya, lo hemos conseguido!
¿No somos felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa para serlo en el futuro; y si llegamos a perder la esperanza de serlo nosotros mismos, hagamos todo lo posible porque lo sean nuestros hijos. ¿Qué mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para el esfuerzo definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente, persuadidos de esa idea, vivamos perfectamente compenetrados de que la generación que nos precediera fue mucho más desgraciada, mucho más sacrificada que la nuestra. Luchó más tiempo que nosotros. Los que la componían se arruinaron por completo, siendo ricos; sufrieron lo indecible, habiendo nacido felices; y en medio del vigor de la humana fortaleza, a la mitad del camino de la vida, tristemente se desangraron y murieron; ¡y no tuvieron la compensación que nosotros hemos tenido, la de ver tremolando sobre el suelo de su patria la bandera de sus ilusiones y de sus ensueños!
Si nosotros lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo en una realidad, ¿por qué pedir más? Siempre me he dicho esto a mí mismo, y realmente no he pedido mucho más. Creo, sí, que cuanto haga el hombre por señalar a sus compatriotas las deficiencias del presente en que vive, es bueno y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira, cumpliendo con su deber de heredero de herencia semejante con tesón y energía, pero sin desesperarse nunca; comprendiendo que el mal es humano y que de él no se podrá jamás desligar la humanidad. Porque hay que tener en cuenta que el hombre, considerado como colectividad, progresa solo muy lentamente y adelanta de una manera análoga a aquella empleada para cumplir su voto por un conde francés que, en la Edad Media, hizo el juramento de marchar a Tierra Santa caminando cuatro pasos hacia adelante y tres hacia atrás; de manera que andando siete pasos tan solo adelantaba uno. No marcha más rápidamente la humanidad. Al contrario, aun me parece que marcha con mayor lentitud; pero adelanta al fin, y eso es lo único que podemos pedir al Destino. Así el mañana será ciertamente mejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos de nuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de cosas no como algo definitivo, que debe satisfacernos, sino como algo transitorio que tenemos necesidad de mejorar. Si estimamos que las condiciones políticas del presente no son buenas, comprendamos que todo lo que en ellas nos parezca malo ha de ser cosa modificable y mejorable; y cada cual desde su punto de vista, harmonizando cuanto quepa su interés personal con el interés colectivo, haga todo lo que pueda para conseguir ese mejoramiento.
En suma, si pasajeros del momento presente, tenemos por lo menos la aspiración ideal de considerarnos ciudadanos definitivos de una ciudad más perfecta, que está aun por fundar, y trabajamos para fundarla, ¿qué nos impedirá ser más felices, como premio de tal esfuerzo en el futuro? Y así pudiera terminar estas reflexiones con que he entretenido la atención vuestra, repitiendo, aunque para alterarle un tanto su sentido, una frase que se contiene en la epístola de San Pablo a los hebreos: «No tenemos aquí por cierto una residencia duradera, permanente; es una residencia futura, una ciudad futura, la que debemos buscar». «_Non habemus hic manentem civitatem_ 2, _sed futuram inquirimus_!».
Martí, por Federico Uhrbach
_El Fígaro_, noviembre 30 de 1910
Martí
_Ante su mármol_
Para Manuel Sanguily, grande de corazón y pensamiento.
Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima el dolor y el desaliento que florecen en tu sima cuando evoca la tristeza la visión de la contienda, y fecundo rompa el brote vigoroso del ensueño con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeño 5 y el fugaz deslumbramiento de la trágica leyenda.
Sí en la niebla del recuerdo melancólica perdura desolada la memoria que en un vuelo de amargura reconstruye la sangrienta florescencia de tu duelo, no perturbe de tu llanto la corriente inagotable 10 la salmodia del tributo que se eleva inmensurable de la patria, en la piadosa gracia cándida de un vuelo.
Si inextinto el sedimento doloroso de la brega engañosos espejismos simulando dulce entrega fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones, 15 rinde el plácido reclamo de sagrada tregua, el triste cavilar en la tragedia de tus lágrimas, y asiste con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones.
¡Cuán radiante en la lejana perspectiva del pasado, como lampo que emergiera de las ondas de un nublado 20 se destaca luminosa de la pálida penumbra, la apostólica figura del vidente mensajero del amor y la justicia, con su rostro de lucero y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra!
De la gloria a los destellos la romántica silueta 25 del creyente que adunaba sus lirismos de poeta con la viva llamarada de sus trágicos lirismos, resplandece como un astro que las almas ilumina con el fuego milagroso de su bíblica doctrina, como un rayo de la aurora diafaniza los abismos. 30
Soñador de rara estirpe de sublimes soñadores que persiguen la anhelada redención de los dolores, heredad fosca y estéril de los seres infelices, fue su vida inmaculada de fecundas enseñanzas, en los tristes vencimientos alentar las esperanzas 35 y en las bregas afanosas restañar las cicatrices.
Prisionero que en la sombra perdió el alba de la vida, desterrado que en la playa de región desconocida inició su apostolado domeñando adversidades, al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces 40 prendió el sol que disipara las profundas lobregueces que opusieran a su empeño las humanas tempestades.
Las estancias cadenciosas de sus trémulos poemas guardan bálsamos y mieles, no los fieros anatemas forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa, 45 y en la gama de su verso melancólico y flexible hay, si hiere, un dulce ruego de perdón indefinible, y un espíritu doliente y amoroso si apostrofa.
Incansable peregrino de un errante y largo viaje, fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje 50 en la alforja de sus sueños su dolor de clima en clima, su dolor que fue acicate, voz nostálgica de aliento, al lanzar, transfigurado, su profético lamento en la breña de la pampa y en la nieve de la cima.
Con su influjo persuasivo de amoroso misionero, 55 anunció la buena nueva prodigando en el sendero de su gracia luminosa floraciones tempraneras, y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo un radiante Nazareno de exaltado iluminismo de un Jordán próvido y nuevo predicando en las riberas. 60
De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones la piedad acariciaba los heridos corazones como un trémolo de liras, como un trémolo de auroras, y el fulgor ultraterrestre que irradió en clarividencias, fulguró como la estrella que orientaba las conciencias 65 a las márgenes lustrales de las iras redentoras.
Paladín de una cruzada de gloriosos caballeros que oficiaron por la patria con la cruz de sus aceros, ofreciose en holocausto como símbolo y proclama, y cayó como una torre que alevoso el rayo asedia, 70 reflejando en la pupila la visión de la tragedia y prendiendo un meteoro del zodiaco de la fama.
«Martí: su vida y su obra»
por Néstor Carbonell
_Oración pronunciada el día 23 de febrero de 1911, en el Ateneo de La Habana_