Amor y Ciencia, comedia en cuatro actos · Capítulo real 12 de 13

ESCENA IV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

ESCENA IV

Lss mismas. — Celia. Es bonita, algo más pequeña que su hermana. Los trajes se diferencian en el color. Entra con un cestito lleno de uvas.

Octavia.— Celia, ten juicio... ¿No ves que hay visita?

Celia. — (Haciendo una reverencia.) Señora, perdóneme. No la

había visto. Octavia. — (Mirando al cesto.) ¿Traes muchas? Celia. — Dulces como la miel. (Ofrece á Paulina.) Pruebe usted^

señora. Paulina. — Gracias.

Octavia. —Acepte usted. Son muy ricas.

Paulina. — (Aceptando.) Por complacer á ustedes. Ya sé por su hermanita que estudian ustedes mucho: la Física, la Música, la Historia... ¡Oh, qué niñas tan aplicadas! Y con tan variadas ocupaciones, la salud será excelente.

Octavia. — Ya usted nos ve.

Paulina.— Sanas, alegres y lindísimas.

Octavia.— Acepte usted también estos jazmines. (Se los ofrece.) Celia. —Dámelos. Yo se los pondré en el cabello. Paulina. — Gracias. Pero no me enramen, como la Cruz de Mayo.

Celia. — (Poniéndole los jazmines.) Así... ¡qué bien!

Octavia. — Y aquí esta rosa. (Se la pone en la cintura.) Paulina.— Basta, no más. Cuando me vea el Doctor Bruno, ¿qué dirá?

Celia. — La encontrará á usted muy bella. Octavia. — Un día estuvo aquí una señora guapísima... La cubrimos de flores. Celia.— ¡Cómo se reían ella y el maestro! )*AULiNA. — ¿Una señora? ¿No sería la esposa de Guillermo? Octavia. — ¿Qué dice usted? ¡Si Guillermo no tiene esposa! Paulina.— (Protestando.) ¡Que no tiene esposa! Octavia. — No, no. El maestro es viudo, Paulina. — i Viudo!

Celia. —Sí, señora: es viudo todo hombre casado á quien se

le muere su mujer. Paulina. — ¡Muerta su mujer! (Consternada, se aleja de ellas.)

ESCENA V Las mismas. — María, Gervasia.

María. — (Por la izquierda.) Pero, hijas, ¿por qué no habéis llevado á esta señora á la sala de recibir? Parecéis tontas,

Paulina. — (Secamente.) No las riña usted. Estoy bien aquí, (Aparte, retirándose más á la derecha.) ¡Muerta yo! (Entra Gervasia por el foro derecha con niños y niñas que vuelven de paseo, y una criadita. Esta conduce á los pequeños al interior de la casa por el foto izquierda. Gervasia se dirige al centro y habla con María. Octavia y Celia, desde la izquierda, contemplan á Paulina meditabunda.)

María.— (Respondiendo á una pregunta de Gervasia.) Una visita.

Gervasia. — (Que ha mirado atentamente á Paulina.) Yo conozco á esta señora.

María.— ¿Quién es?

Gervasia. —(Observándola más.) ¿Me equivocaré...? No: es ella^ María. —¿Quién?

Gervasia, — Paulina; la esposa del señor.

María.— ¡Jesús! Mé has asustado. ¿Y á qué vendrá aquí esa^ mujer?

Gervasia.— A mortificar al señor, á turbar su tranquilidad. Si hay justicia en el mundo de los sabios, oirá sus embustes y la pondrá en la calle... ¿No crees tú...? Es hombre duro...

María. — Pero es también piadoso, es humano.

Gervasia. — Sea como quiera, no puede acogerla bien. El delito de esta mujer es horrible...

María. — ¡Horrible! Ya me has contado...

Paulina.— (Aparte.) Hablan de mí. Su mirada me aterra.

Octavia. — (A la izquierda, con Celia.) Verás cómo resulta lo que te digo.

Celia.— Que es la mamá de Salvador. ¡Cosa más rara! Octavia. — Sí que es raro. La madre tan bella, y el hijo tan desgraciadito.

Paulina. — (Que ha mirado atentamente á Geivasia, dirigiéndose á ella.) ¿Estoy alucinada, ó es usted Gervasia? (María se une al grupo de las niñas.)

Gervasia. — (Secamente.) Gervasia soy, sí, señora.

Paulina. — Vengo á ver á Guillermo... Tengo que hablarle.

Gervasia. — El señor dispone de poco tiempo. No gusta de conversaciones inútiles. (Le vuelve la espalda.)

Paulina. — (Aparte, atribulada.) ¡Que soporte yo estas groserías! (Retírase á la derecha.)

Octavia. — Es elegantísima. (A la izquierda forman grupo las dos muchachas con Gervasia y María.)

Celta. — Bella y simpática.

María. — Una de estas fantasiosas que vienen á marear al maestro.

Gervasia.— No debéis hablar con ella, ni responder á sus preguntas.

ESCENA VI Las mismas. — Lucinda.

Lucinda. — Ya he dado la merienda á los niños. ¿Pongo la mesa?

María. — (Por Octavia y Celia.) La pondréis vosotras.

Lucinda. — Desde que entró la conocí. Es la mujer errante...

Paulina. — (Aparte.) El desvío de estas mujeres me oprime el corazón... Siento impulsos de huir... No, no: pase lo que pase, y digan lo que dijeren, aquí espero á Guillermo.

María.— (A Lucinda.) Acompañe usted á esta señora.

Octavia.— (Aparte á Gervasia.) ¿Y no nos despedimos de ella?

<jervasia. — Hacedle una reverencia, y nada más. (Las rauchachas hacen á Paulina una reverencia. Se retiran cantando entre dientes el Himno á la alegría. En el foro, únese á la voz de ellas el coro lejano. Tras de las muchachas se van M^ría y Gervasia.)