Angelina (novela mexicana) · Unidad 18 de 28

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN — parte 17

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--¿Cerraste ya los baúles? ¿No? Pues mira: toma la llave, y abre mi ropero para que saques una cosa. Lleva la vela; yo te diré lo que quiero....

Angelina la obedeció.

--¿No hay allí una cajita de laca, una cajita negra?... Pues, sácala. Abrela, aquí, delante de mí. En ella encontrarás un paquete de retratos.

Angelina hizo lo que deseaba la tía Carmen.

Era una colección de retratos de familia.

--Ahora, niña, toma uno mío, otro de Pepa, y otro de Rodolfo. De Rodolfo hay uno que no quiero darte, uno que ya conoces, de cuando era chiquito, uno en que está jugando con un aro.... Ese no. De los demás el que tú quieras.

Después le regaló unos pañuelos de seda y un abanico de laca.

--Este abanico no es de moda, lo sé bien, pero dicen que es una pieza de mucho mérito, legítima de China. Consérvalo como un recuerdo de nosotras. Nos escribirás de cuando en cuando, ¿no es verdad? Nosotras también. Cuando Pepa no esté para eso lo hará Rorró. Ahora, dame un abrazo, y acuéstate. Llama a Pepa. Me parece que el señor Cura ya está en su cuarto.

El sacerdote se había retirado a su habitación. Debía salir muy de mañana y no quería desvelarse.

Salí al corredor. Espléndida noche, una noche invernal por lo serena, limpia de nubes y pródiga en luceros, semejante a aquella que pareció participar de mi dicha después de que la joven me confesó su amor.

Sentado en un viejo sillón, que perteneció a mi abuelo, pensaba yo en Angelina. No la veríamos más en aquel patio ni en aquellos corredores, ni cuidaría de los pajarillos y de las plantas. Galanas, frondosas, al llegar la primavera, nuestras flores queridas, las que nosotros plantamos, de las cuales esperábamos Linilla y yo pruebas maravillosas de amorosa fidelidad, no lucirían para mi amada sus perfumadas corolas; ninguna de ellas adornaría los negros cabellos de la niña. ¡Adiós alegría! ¡Se iba con ella, y acaso para no volver más! Nos quedaríamos llorosos, abatidos, malhumorados, echando de menos a la pobre huérfana, cuya hermosa y modesta juventud había sido para nuestra pobre casa, siempre triste y sombría, como un rayo de sol.

Silbaban los insectos nocturnos en lo más escondido de los follajes; los floripondios, mecidos por el viento, columpiaban pesadamente sus campanas de raso; el «huele de noche» no tenía aromas, y el agua corría silenciosa por el sumidero del pilón. De pronto arreció el viento, me estremecí de frío, y cerré los ojos.

No sé cuánto tiempo estuve así, adormecido, abrumado de pesar. Me dolía el corazón...--Sentí que me tocaban en el hombro, y que me decían quedito, muy quedito:

--¡Rodolfo!... ¡Rodolfo!

Era Linilla.

--Ya todos se han recogido,--murmuró--y he venido a decirte adiós, porque no quiero verte mañana.

--¿No quieres verme?

--¡No; me sería imposible salir de aquí!... ¡No podría contener mis lágrimas! Finge que estás dormido; que estás enfermo; que no quieres levantarte, lo que sea mejor, ¡pero no salgas!

--Siéntate aquí, a mi lado, en esta silla....

--No, Rorró. Me voy, y no sé cuándo volveré. ¿Irás a verme? Sí... ¿no es verdad? Me escribirás.... Llevo tu retrato, y lo miraré a todas horas, y leeré tus cartas hasta que me las sepas de memoria. No dejes de escribirme, te lo ruego, y ¡ámame, ámame como yo te amo! Piensa que he sido muy desgraciada; que estoy sola, casi sola en el mundo, porque el santo anciano, que ha sido para mí un verdadero padre, vivirá poco, y el día que me falte.... Antes de conocerte él era mi único amor, y me decía yo: mientras mi papá viva yo viviré, después... ¿para qué? Ahora pienso en eso, y quiero vivir, quiero vivir para tí, ¡para amarte, para ser amada! Te dije que me olvidarías, que me olvidarás.... ¡No, Rodolfo, no me olvides! ¡No me olvidarás... porque no debes, no puedes olvidarme! ¡Tu amor ha sido la única felicidad de mi vida, y no puedo perderlo!... ¡Siquiera eso para esta pobre huérfana! No; el cielo no permitirá que me olvides.... ¿Verdad que no es posible? ¡Piensa en mí; habla de mí, a todas horas, con tus tías, con señora Juana, con cualquiera!... Quiero estar siempre en tu corazón; quiero estar a todas horas en tu pensamiento; ir contigo a todas partes. Piensa en mí cuando trabajes, cuando leas, cuando reces.... ¡Hasta cuando duermas!... ¡Sueña conmigo, sueña con tu Linilla!...

No pudo más. El llanto la ahogaba. Se echó en mis brazos, y reclinó su cabeza sobre la mía. Sollozaba.... Quiso hablar y no pudo. Tomó mi mano, la estrechó fuertemente, y me la besó con efusión infantil.

Después de largo rato de silencio hizo un esfuerzo, y fatigada, como si le oprimieran el pecho, me dijo, alargándome un objeto que sacó del bolsillo del delantal:

--Toma: es una medallita; la he llevado al cuello desde niña; me la puso mi madre, y me la he quitado para dártela.... Ahora, ¡dime adiós, y perdona si mi cariño es causa de amarguras para tí!...

Iba yo a detenerla. Me apartó dulcemente, y se retiró paso a paso.

XXXVI

Volví entonces a mis paseos favoritos, todas las mañanas y todas las tardes, antes y después de ir al despacho del jurisconsulto. Recorrí otra vez las orillas del Pedregoso, y subí cien veces a la colina del Escobillar. En todos los álamos del río grabé las iniciales de Linilla, o una sola letra, una «L», para que me recordaran a cada paso el nombre de mi amada. Pero mi sitio predilecto era la peña más alta de la colina. Desde allí descubría yo las cumbres más elevadas de la Sierra. Detrás de una de ellas estaba el pueblo de San Sebastián donde moraba la pobre niña. Me pasaba yo largas horas en aquel sitio, siguiendo con mirada curiosa las nubes o los jirones de niebla que iban hacia allá impulsados por el viento, y me complacía en contemplar cómo se apagaban, poco a poco, en los picos de aquellas montañas, las últimas luces del moribundo día. De noche me echaba yo a vagar por las últimas calles de la ciudad, o iba a sentarme en el cementerio de San Antonio, al pie de un ciprés, cerca del lugar en que Angelina me dijo, cuando le pregunté si me amaría siempre:

--¡Cómo hoy, como mañana, hasta después de muerta!

Desde allí se domina toda la parte meridional del valle, limitado por las montañas de la Sierra, sobre las cuales desplegaba el cielo de invierno sus incomparables constelaciones: Orión, el Can, y el Navío entre cuyos mástiles centelleaba el soberbio Canopo. Pero las noches obscuras eran más hermosas para mí. Volaba mi pensamiento a través de las sombras en busca de la humilde casa cural; me imaginaba yo que estaba allí, en la modesta salita, cerca del sacerdote, y al lado de Angelina. Asistía yo a la partida de ajedrez, y a la sesión de lectura. El anciano en su sillón; Angelina a un lado, cerca de la mesa, a la luz de una lámpara, con un libro en las manos. Si hasta me parecía oír aquella voz argentina, insinuante, sugestiva, que sonaba en mis oídos como el canto de un arpa eólica.

Algunas noches cuando la tempestad alumbraba con cárdenos reflejos las cumbres de la serranía, me complacía yo en admirar los fuegos de la tormenta, los relámpagos que se sucedían sin cesar con el estrépito de mil truenos que, repetidos por los ecos, aumentaban la grandeza de aquel espectáculo celeste, como si a toda carrera cruzaran por el cielo cien trenes de guerra, al estallido de mil y mil cañones.

Se alejaba la tempestad; se despejaba el firmamento; asomaba la luna, y las nubes, antes aterradoras y negras, se convertían en blancos celajes orlados de plumas, de blondas, de argentados flecos; en veleros esquifes; en góndolas de nácar; en cisnes maravillosos de cuello enhiesto y alas erguidas, que bogaban en un golfo de aguas límpidas salpicado de estrellas.

¡Quién estuviera allí! ¡Quién bogara como ellos hacia esos valles perdidos en los repliegues de la cordillera! ¡Quién pudiera seguirlos en sus giros misteriosos! A esa hora dormían las aves, callaban los vientos, y sólo se oirían en las vertientes, en los barrancos, en los desfiladeros, el aliento de las selvas, el pavoroso respirar de los bosques.

Una mañana se presentó en casa el doctor Sarmiento; iba muy de prisa, muy de prisa; llamó a la puerta, y dijo a señora Juana:

--¿Rodolfo? ¿No está en casa? Pues ¡ea! decirle que le espero esta noche... que le necesito... ¿eh?

No me hice esperar. El facultativo estaba en su gabinete, hojeando no sé qué libracos.

--Vaya, muchacho, llegas a buena hora. Cenarás conmigo. Tengo buenas noticias para ti.... Vamos, siéntate, charlaremos un rato. ¿Cómo están por allá? Pasando, ¿no es eso? Mal vamos, hijo; doña Carmen anda mal, muy mal; la ida de esa chiquilla nos va a dar un disgusto. Ya lo sabes: alegría, distracción....

--¿Alegría?

--Sí, alegría!...

--En mi casa no puede haber eso....

--Pues mira lo que haces. Dile a tu tía Pepa que procure distraer a su hermana. El otro día llegué, y me las encontré llorando, llorando a lágrima viva. ¿Qué pasa?--pregunté.--«Nada: ¡que Angelina se fué!...» Pero ya verás, muchacho, ¡como todo eso pasa! Lo que es ahora, cuando llegues... ya verás.... ¡Buen rato vas a darles!

--¿Por qué, doctor?

--Ya vino Fernández... hablé con él, y me dijo que el quince de Abril te espera en la hacienda. Mañana saldrá para allá con toda la familia.... Es cosa hecha; allí tendrás una colocación muy regular.... Avisa a Castro.... ¡No más alegatos! ¡No más chismes ni pleitos! Ya dije a ese caballero que no entiendes jota del negocio, pero que aprenderás. ¡Buena persona! ¡Muy buena persona! Procura verle mañana, antes de medio día; le darás esta tarjeta... y... ¡listo! Ahora: ¡al comedor!...

Cuando llegué a mi casa me dio un vuelco el corazón. Entré, y tía Pepilla salió a mi encuentro:

--¡Rorró! ¡Rorró! Mira...--y me enseñaba una carta.

--¿Qué es eso?

--Mira... ¡una carta!

--¿De Angelina?

--¡De Angelina!... Vamos a ver qué te dice....

--Sí, tía; pero después de que yo la lea....

--¡Cómo tú quieras, Rorró!--contestó sonriendo.

Corrí a mi cuarto, encendí el quinqué, y, presa de hondísima emoción, leí la carta.

Mi tía pretendía en vano disimular su impaciencia.

--¿Qué dice?...

--¡Vamos, tía, calma, calma! Voy a leerla; pero que tía Carmen la oiga también....

Linilla había previsto el caso, y escribió dos cartas: una para que pudiera yo leerla delante de mis tías; la otra para mí.... ¡Sólo para mí!

¡Con qué alegría recibieron las buenas ancianas la carta de la joven! Cuando acabé la lectura estaban llorando.

Quería yo estar solo, y corrí a mi cuarto.... ¿Decirles que tenía yo empleo en la hacienda de Santa Clara? ¡Quién pensaba en eso!

La carta de Angelina decía así:

XXXVII

«Rorró:

Ya me imagino que estarás muy enojado conmigo porque no te escribí, luego, luego, como tú deseabas. Pero, mira: no fué por culpa mía: Llegamos muy tarde, y yo muy cansada, cansadísima, que toda ponderación es corta. Estos caminos son muy bonitos, lindísimos, y... ¡muy pesados! ¡Qué cuestas! ¡Qué desfiladeros! Pero... ¡qué paisajes! Tú, que eras tan afecto a todas estas cosas, quedarías encantado. Por todas partes espesos bosques.... Parece que no los ha tocado la mano del hombre. Por todas partes siembras, ranchos y cabañas. Y de flores, ni se diga! He visto unas en los troncos de los árboles, y otras, enredaderas, que son para alabar a Dios. Y eso que estamos todavía en invierno. ¿Qué será en Abril y Mayo?

Al otro día me puse a arreglar la casa. ¡Estaba atroz! Francisca no sirve para nada. La pobre está vieja y enferma. No la saques de la cocina, porque no hará nada. Ya sabes que no soy perezosa; digo a trabajar, y... ¡a trabajar! Ha quedado la casa lindísima, lindísima, porque el orden y el aseo todo lo embellecen. Cuando llegamos toda estaba triste y sombrío. Lo que es ahora da gusto pasear por estas piezas. Sólo yo no lo tengo para nada, porque la tristeza me mata.... A cada rato me dan ganas de llorar. Me escapo, me voy al jardín, o a la iglesia, y allí, solita, sin que nadie me vea, lloro y lloro por tí. A veces creo que estoy sola en el mundo; que nadie me quiere; que tú ya no piensas en mí, en tu pobre Linilla.... Pero tengo ratos de alegría, muy dulces, cuando pienso en que me quieres mucho, mucho, y en que estarás taciturno, cabizbajo, melancólico y apesadumbrado por mi separación. Y me digo: «¡Mejor! ¡Mejor! ¡Que se apene! ¡Que padezca! ¡Eso será señal de que me quiere y piensa en mi!» Perdóname. El amor es egoísta. Deseamos la dicha de la persona amada, y, sin embargo, nos complace que padezca y llore como nosotros. ¿Verdad que estás triste, y que hasta tienes ganas de llorar, porque no estoy allí, a tu lado, y no me ves, ni oyes mi voz? Yo si te veo, te veo a todas horas, y no en retrato. Entorno los ojos, y luego apareces delante de mi, igualito, como eres.... Y te hablo, y me hablas, y eres conmigo muy cariñoso, muy tierno! Y me miras, y te miro.... Entonces soy dichosa, muy dichosa, y siento que soy la más feliz de las mujeres. Pero cuando me pongo triste y con ganas de llorar, entonces cierro los ojos y... ¡no te veo! He dado en pensar, cuando esto me pasa, que en esos momentos no me quieres; que no piensas en mí; que me has olvidado; que soy un cadáver en tu memoria. Y esto me aflige, me acongoja, me llena de amargura. ¿Será cierto que a veces te olvidas de tu Linilla? Pues tu Linilla no te olvida, ni te aparta un momento de su memoria. ¿Será cierto que en algunos momentos vives para... otra? ¿Verdad que no? ¿Verdad que sólo vives para mí?

Anteayer en la tarde salimos de paseo por las orillas del pueblo, que todas son laderas. Papá tomó asiento en una roca, y se puso a rezar el oficio, y yo, entretanto, me eché por aquellos vericuetos, y subí y subí, hasta un picacho desde el cual se ve algo de los valles de Pluviosilla y de Villaverde. Llegué a la cima, y llegué fatigadísima. Es cierto que desde allí se dominan los campos de Pluviosilla; pero ¡ay! sólo un poquito, muy poquito, los cerros de Villaverde; nada más la punta del Escobillar. ¡Cuánto hubiera yo dado por ver, aunque fuera desde tan lejos, esa peña en la cual te sientas a contemplar la puesta del sol. Estaba el cielo muy limpio y despejado; ni una nube en esa región; y yo me decía: ¡quién fuera pajarito para volar hacia allá, y volar, y volar en busca de Rorró, de mi Rorró! Sentada allí, entre el follaje, estuve pensando en tí; pero con muchas ganas de llorar.... Era ya muy tarde; bajé, y a la bajada, corté muchas flores, y como no puedo mandártelas, elegí un helecho que va dentro de esta carta. Lleva una cosita... ¿a qué adivinas? Te acuerdas que la noche, cuando nos despedíamos, me pedías las flores que tenía yo en la cabeza? ¿Te acuerdas qué me decías?... Me da vergüenza escribirlo; pero ¡tú me entiendes!... Escríbeme, Rorró. Escríbeme, alma mía; mira que si no me pones cuatro letras, aunque sean cuatro letras nada más, me voy a morir de pena. No seas perezoso, Rorró. Tú eres muy perezoso, y aunque me quieres mucho, como yo a tí, eres capaz de no escribirme a tiempo, y el mozo vendrá, y no me traerá carta tuya, y tendré que esperar ocho días, ¡ocho días, que serán para mí ocho siglos! Escríbeme; mira que estoy dispuesta a ir hasta el rancho de los Cedros a encontrar al mozo, para que me dé las cartas y los encargos. ¡Imagínate qué pena tendré si tú no me escribes!

Ya es muy tarde: acaban de dar en el reloj de la sala las doce de la noche, y no puedo seguir escribiendo. Ya escribí la otra carta, para que no te veas en el compromiso de leer ésta delante de tus tías, y así será en lo de adelante. Dos cartitas: una para tí y para todos, otra para... «mi Rodolfo».

Cuida mucho de tus tías, particularmente de doña Carmelita. Piensa que la pobre está muy enferma, muy nerviosa, y necesita cariño y amor. Ya les escribo cuatro renglones. Dile a doña Pepilla que si tiene entre manos alguna obra grande, que me mande los avíos; que yo la ayudaré aquí; que tengo mucho gusto en ayudarla; que me sobra tiempo y puedo emplearlo en eso.

Dime lo que haces, y en qué pasas el tiempo cuando sales del escritorio; dime si piensas en mí; si te acuerdas de tu Linilla que te quiere mucho, mucho, mucho, y sólo vive para amarte. ¡Adiós!

Angelina.

P. D.--¡Cuidadito con no escribir! Te castigo: no vuelvo a pensar en tí.»

XXXVIII

La carta de Angelina fué para mi alma entristecida como el rayo del sol que disipa en valles y riberas las brumas que dejó la tempestad. Me sentí dichoso y feliz, feliz y orgulloso de ser amado. Algo como un soplo de primaverales vientos inundó mi alma y vino a reanimar mi desmayado corazón.

No quise recogerme sin escribir antes a Linilla. Todo reposaba en torno mío. Por la ventana, abierta de par en par, entraban los aromas del jardín; el agua corría silenciosa por el sumidero del pilón, y de cuando en cuando, anunciador de la estación florida, preludiaba un jilguero su amorosa serenata.

A media noche dejé la pluma, y leí, y releí mi carta: seis pliegos escritos por las cuatro carillas. Presa de un desaliento inexplicable metí los pliegos en el sobre. No; no decían aquellas páginas lo que sentía mi corazón. En vano me empeñé en transmitir al papel las impresiones que en mí produjo aquella carta; en vano luché por expresar la emoción de mi alma hondamente conmovida, la emoción sublime que señoreada de mi espíritu anudaba mi lengua, humedecía mis ojos y paralizaba mi pensamiento.

Desalentado, rendido de cansancio, me tendí en el lecho. A la incomparable alegría de un instante sucedió en mí cierto estado penoso, y procuré dormir.

Alguien ha dicho que el sueño es un anticipo que nos hace la muerte. Dulce y reparador después del trabajo; consolador y benéfico cuando el dolor hinca en nuestro pecho sus garras de milano; rico en imágenes y fantasías cuando está con nosotros la esperanza, suele ser esquivo, desdeñoso, cruel, si cuando la felicidad nos sonríe le pedimos, para completar nuestra dicha, un ramo de su corona de adormideras.

El sueño tardó mucho en venir. En tanto me dí a pensar en que próximamente tendría yo que separarme de aquella casa para ir a ganar entre desconocidos y extraños un pedazo de pan.

¿Qué harían sin mí las pobres ancianas? ¿Qué harían si yo me iba? Tendrían más dinero, es cierto, pero se quedarían solas, como abandonadas, sin más amigos que un viejo servidor trabajado y achacoso; un médico tan pobre como ellas, y un dómine que se moría de tristeza y... ¡de hambre!

Al irse Angelina fué preciso buscar una criada que viniera en auxilio de mi tía Pepa y de señora Juana. Pero, ¿con qué pagarle sus servicios? Mi sueldo, no siempre pagado con puntualidad, a causa de la mala memoria de Castro Pérez y de mi timidez para reclamárselo, lo que ganaba mi tía con sus flores y sus chiquillos, y lo que Andrés nos daba, era lo único que teníamos. Resolvimos suprimir un platillo en la mesa, y eso que la nuestra no era, por cierto, mesa de banqueros ni de príncipes.