Angelina (novela mexicana) · Unidad 22 de 28
PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN — parte 21
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--¿Te vas mañana? Me alegro; es preciso que salgas de aquí. Comprendo lo que ha pasado; todo lo sé; en la botica me lo dijeron todo. Yo hablaré con Castro y le diré cuántas son cinco. Nada de eso me ha causado extrañeza; me lo esperaba yo. Por eso te recomendé que no dijeras nada, y te dije: «¡Chitón!» Así es Castro Pérez. Se le ha metido en la cabeza que el señor Fernández le quita todos los escribientes, cuando el buen señor es incapaz de semejante cosa. Además, quieren que le sirvan de balde, y no paga debidamente a quienes le sirven. No te apenes: esa murmuración es aquí común y corriente, y nadie para mientes en ella....
--Sí; pero temo que el señor Fernández desconfíe de su nuevo empleado....
--Tienes razón. ¡Calma, muchacho, calma! A fin de semana estaré en la hacienda; iré a ver al niño, a ese pobre chiquillo que está muy delicado, y entonces, delante de tí, arreglaremos eso. Nada tengo que decirte. Visitaré a tus tías, cuidaré de ellas.... Puedes irte tranquilo. ¡Verás qué bien te va...! ¡Adiós, muchacho; dame un abrazo, y que Dios te bendiga!
Don Román me recibió cariñosamente, como de costumbre:
--¡Gracias a Dios! me duele en el alma que te vayas; pero ¿no es cierto que de cuando en cuando vendrás a visitarme? Eres mi único amigo. ¿Quién me hubiera dicho que tú, el chiquitín que yo conocí de este tamaño, que cabía en un azafate, sería mi amigo? Ya sabes cuánto te quiero, y cuánto te estimo, y los buenos ratos que pasamos aquí, charlando de mis cosas y de las tuyas; de mis tristezas mortales y de tus alegres esperanzas; de tus penas de niño y de mis desengaños de viejo.... Sí, me apena que te vayas. Ya me acostumbré a verte por aquí.... Oye: ¡se me olvidaba! ¿Quieres tomar chocolate? ¡Con franqueza!... Si quieres... llamaré a María para que te haga el chocolatito. ¿No? Pues tú te la pierdes. Ven a visitarme, aunque sea de cuando en cuando, y un ratito, para que no digan las tías que te alejo de allá. Sí, ven; mira que el mejor día sabrás que me dió un supiritaco y estoy de muerte, o enterrado, y que no volverás a ver a tu maestro. Tú no quieres creer que ya estoy viejo. Pues, hijo mío, ¡nada más cierto! Las piernas están más débiles cada día; la cabeza no anda de lo mejor.... ¡Ya es tiempo! ¡A mi edad todo es decadencia!
El pobre anciano me dirigía miradas tristísimas, tenía húmedos los ojos, y le temblaba la voz. Traté de consolarle, y él me interrumpió:
--¡Tú que has de decir! Me quieres, me amas, me respetas, y deseas consolarme. ¡Gracias, hijo mío! ¡Gracias! ¡Resígnate con la voluntad de Dios! El vela por sus criaturas. Recibe humildemente cuanto él te mande; mira que no se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios. El hombre no puede explicarse por que padece y llora; pero no hay mal que por bien no venga. El señor Fernández es muy fina persona.... Sírvele con empeño, procura agradarle.... Estoy seguro de que sabrá estimar tus buenas cualidades. ¡Me alegro, me alegro de que te vayas! He observado que el amor a las letras, que es en tí tan vivo y constante, como lo fué siempre en este pobre viejo, suele quitar a las gentes el sentido práctico. Los literatos no entienden sino de libros, de su arte, y no sirven para otra cosa. Déjate un poco de versos y libros, y aplícate al trabajo. Serás más feliz que yo.
Don Román me abrazaba, y me acariciaba la frente apesarado y conmovido.
--¿Cuándo te vas? ¿Mañana? No podré ir a decirte adiós.... ¿Te vas a caballo? ¡Cuidado, niño! Mira que esos animalitos hacen de las suyas el mejor día. Pero, en fin, si sales tan jinete como tu padre, no hay que temer por tí....
Cuando llegué a mi casa, a eso de las siete, me entregaron una carta del señor Fernández:
«Mañana,--decía--a las seis en punto irá por usted mi caballerango. Si trae usted algún bulto mándelo a mi casa, para que a medio día se lo traigan los arrieros».
Andrés estaba en la sala con mis tías. Al verme exclamó:
--¡Aquí está el campirano! ¡Ya lo verán ustedes mañana, qué plantadote, con el sombrero charro y el pantalón ceñido!
Y me tomó del brazo y me llevó a mi cuarto.
--¡Vaya! Aquí está todo. Me parece que toda está bueno. Mira: ¡qué bonito salió el pantalón! La chaqueta y el chaleco no pueden ser mejores.... El sombrero.... Vamos, ¿qué dices del sombrero? Está decentito. Tú lo quisieras galoneadote.... Ya lo comprarás así. Ahora toma.... Mi manga de hule.... Las gentes de campo la necesitan mucho. Este joronguito es para que te lo pongas cuando haga frío.... Es fino, de muy buena clase. ¿Te gusta? Te lo regalo.... Para tí lo compré hace mucho tiempo, cuando eras catrín, y por eso no te lo dí. Ahora te servirá. Te falta una pistola... pero tus tías no quieren que andes armado. Aquí la traigo; escóndela, y mira lo que haces mañana para que no te la vean. La pistola es necesaria... causa respetillo, y a un hombre armado no se le atreve cualquiera. Allá con los mozos no estará de sobra; que te la vean, para que no te falten al respeto. Hay gente mala... ¡eres muy muchacho, y bueno es que sepan que tienes esto para defenderte! Ponte la ropa; vístete de charro; quiero verte, porque mañana no podré venir....
Quise darle gusto, y procedí a mudar de vestido. Andrés me ayudó. Pronto estuve listo. Zapato vaquerizo; ceñido y bien cortado pantalón; chaquetilla gentil; sombrero bien ladeado, y joronguillo al hombro.
--¡Buena facha! ¡Eso es! ¡Bien plantado! Pero.... ¡Ven, para que te vean tus tías!
Echóme el brazo y me condujo hacia la sala. Al entrar exclamó:
--¡Aquí está el hombre! Vamos a ver... ¿qué le falta?
Tía Pepilla sonreía regocijada. La enferma me veía apenada y triste.
XLVIII
Faltaban pocos minutos para las cinco cuando desperté. Ya señora Juana andaba por la cocina disponiéndome el desayuno. Tía Pepa no salía aún de sus habitaciones.
El «sur» soplaba furioso, y la campanita chillona de San Francisco sonaba alegremente, llamando a misa.
Me vestí el famoso traje de charro, cerré el ropero, y cuando me dirigía yo al comedor, la tía Pepilla me detuvo.
--Rorró....
--Buenos días, tía....
--¿Me haces un favor?
--Mande usted.
--Coge el sombrero, y corriendito te vas a oír misa. Oye: están llamando; es la misa del P. Solís, que es ligera.... ¡Anda, ve, pídele a Dios que te vaya bien!
Obedecí a la anciana, corrí al templo, y oí la misa muy devotamente. Media hora después estaba yo de vuelta. Cuando llegué, los caballos me esperaban a la puerta. El criado se adelantó, y descubriéndose me dijo:
--¿Usted es el señor que ha de ir a la hacienda?
--Sí.
--Pues... ¡aquí están los caballos! Cuando usted lo disponga....
Entré, y me desayuné muy de prisa, sin apetito, abatido, silencioso. Tía Pepa se sentó a mi lado. Trataba de animarme, y hacía esfuerzos para disimular su pena.
Llegó la hora de partir. No quise irme sin decir adiós a la enferma. Aun estaba en el lecho la pobrecilla. Al verme sonrió tristemente.
--¿Ya te vas?--murmuró con voz muy trémula.
--Sí, tía;--le contente, abrazándola--ya es hora de irnos; ya dieron las seis y me están esperando....
--Bueno... vete, y ¡que Dios te bendiga! Escribe luego que puedas. Saludas de nuestra parte al señor Fernández, y a la señorita. Escribe con frecuencia. Acaso tengas que tratar con los mozos.... Te encargo mucha prudencia, mucha seriedad.... Vamos, dame otro abrazo, y ¡que Dios te lleve con bien!
La pobre anciana tenía los ojos arrasados en lágrimas, y hacía grandes esfuerzos para aparentar calma y serenidad. Tía Pepa nos miraba y sonreía tristemente. Abracé a la enferma, le dí un beso en la frente, y salí de la estancia. Me puse al cinto la pistola, dije adiós a mi casita, y a mis libros, mis buenos amigos, mis cariñosos compañeros, y me dirigí a la calle. Mientras el mozo arreglaba la silla y ataba a la grupa la manga y el joronguillo, salió mi tía Pepa, y tras ella señora Juana.
--Vamos, hijo mío, ¿no me dices adiós? ¿Te olvidas de mí?
--¡No, señora, cómo!
--¿Cuándo vendrás?
--No sé. Acaso dentro de ocho o quince días.
--¿No me haces ningún encargo?--me preguntó entre llorosa y risueña.
--Sí, tía. La ropa limpia. Con ella el traje nuevo.
--¿Y nada más?
--Nada más. ¡Ah! Si escribe Angelina mándeme usted las cartas. Las mete usted en otra cubierta. A mi buen Andrés muchas cosas. Y adiós, tía, que no hay tiempo que perder.... ¡Vaya, un abrazo, señora mía! ¡Otro a usted, señora Juana! Cuide usted de mis pájaros y mis flores.
Monté a caballo y eché a andar. El criado, un mancebo vivaracho y listo, me miraba de hito en hito, como si dudara de mis aptitudes para la equitación. Cuando puse el pie en el estribo sonrió maliciosamente. Sin duda decía para sí:
--Este es un «cachalete»....
Me avergonce. El mancebo me seguía a corta distancia. Tomé por las calles más apartadas y solitarias, temeroso de que las gentes me vieran a caballo. «¡Charrito de barro, charrito de agua dulce!...--dirían.--¿De cuándo acá?»
La idea de que podía yo ser objeto de risas y de burlas me atormentaba cruelmente. Ya me parecía oir a los murmuradores villaverdinos en la botica de don Procopio.
--¿Saben ustedes la gran noticia?
--¿Cuál?--preguntarían en coro con Ricardo, Venegas y Ocaña.
--¡Gran noticia! Asómbrense: ¡Rodolfo a caballo! Yo lo he visto; lo hemos visto nosotros....
--¿Y qué tal?
--Mala facha y mala ficha. Muy vestido de charro, tamaño sombrerote, y al cinto una pistola que parece un cañón.
Por fin me ví fuera de la ciudad, al principio de aquel camino por donde pasé diez años antes acongojado y lloroso, una fría mañana del mes de Enero. Recordé aquellos días amargos en que por primera vez me alejé de los míos, niño tímido y medroso, en quien cifraban sus tías las más risueñas esperanzas. ¡Cuán distinto me pareció el camino! Entonces le ví ancho, anchísimo; ahora angosto, como una vereda montañesa. Entonces miraba yo en el último término del viaje una ciudad populosa, brillante, de todos alabada, para todos alegre y festiva, hasta para el niño que con los ojos llenos de lágrimas y con el corazón hecho pedazos acababa de salir de la casa paterna. Ahora... ¿á dónde iba yo? A ganar en ajena morada, entre desconocidos y extraños, un pedazo de pan. ¡Cuántas ilusiones malogradas! ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!
Ni la hermosura del paisaje ni el aspecto incomparable de las montañas, coronadas por el Citlaltépetl con brillante cono de nieve, ni la belleza sin igual del Pedregoso que corría gárrulo y cantante, distrajeron mi mente y ahuyentaron de mi alma la tristeza....
Pocas horas después me apeaba yo a las puertas de la hacienda. Estaba yo en Santa Clara.
XLIX
Acerqué el caballo a la puerta principal. ¡Cómo me río ahora de aquellas timideces mías! Cerca de la hacienda, al descubrir el caserío a través de las arboledas, me sentí tentado de volverme a Villaverde, y desde allí escribir cuatro letras, dar las gracias al señor Fernández, y renunciar al destino. Me asaltaban tristes presentimientos; me dominaba la idea de que iba yo a ser mal recibido, y me puse temeroso y asustadizo. Temblaba yo al apearme del caballo; estaba yo rojo como una guindilla, y las miradas de cuantos en aquel instante me veían se me antojaron hostiles y burlonas, particularmente las de cierto mancebo muy gallardo que conversaba con otros empleados a la puerta del «rayador». Mirábame de pies a cabeza, con cierta insistencia insolente y tenaz, como sorprendido de mi ridículo aspecto de colegial convertido en jinete. Me dirigí al grupo, y pregunté por el señor Fernández.
--En el comedor...--me contestaron desdeñosamente.
--Le aguardaré aquí....
El mancebo levantó los hombros y me señaló un asiento.
--No;--advirtió otro de los empleados, el de más edad,--¡le esperan a usted!
Llamaron a un criado que me condujo hasta la puerta del comedor. Toda la familia estaba allí reunida. Fernández, en la cabecera; cerca de él, a la izquierda, un niño, como de seis años, pálido y enclenque; en seguida una señora que pasaba de los cuarenta, y a la derecha del dueño de la casa, Gabriela.
--Pase usted, joven;--me dijo el caballero con mucha cortesía--pensábamos que no llegaría usted y no le esperábamos a almorzar; pero llega usted a tiempo ¿Tendrá usted apetito, no? ¡Ah! El aire del campo.... Aquí tienen ustedes,--agregó dirigiéndose a las señoras--al joven de quien me habla el doctor. Tú Gabriela, ya le conoces.... Esta señora es mi esposa.... Este niño es mi hijo.... Pero... ¡ea! siéntese usted....
Y me señaló una silla al lado de la joven. Después prosiguió, sin darme tiempo para hablar:
--Este es Pepillo.... Aquí le tiene usted... enfermo. Pero ya vamos bien; ¿no es eso? Y pronto estará muy guapo y muy alegre....
El niño contestó con una sonrisa, dejándome admirar la hermosura de sus ojos negros, muy brillantes y expresivos.
Mientras Gabriela me servía, observé al chico. Era corcovado y tenía color de cadáver. Causóme dolorosa impresión la figura de aquel pobre niño enfermizo y lisiado. Su rostro era el rostro de un polichinela: naricilla de poeta satírico, boca grande y sarcástica, sonrisa burlona. El cráneo voluminoso, bien conformado, acusaba rara inteligencia, aterradora precocidad. El pobre chico apuraba a sorbos una taza de leche, y no dejaba de mirarme.
El señor Fernández me habló de la belleza del camino, de la buena condición del caballo que me había mandado, y terminó preguntándome por mis tías.
-¿Y Angelina?--dijo la señorita.
-¿Angelina?... En San Sebastián... con el P. Herrera...--contesté.
--Papá: ¿conoces a esa joven?
--No;--respondió el caballero--pero debe ser muy hermosa, y sobre todo muy estimable... ¡porque tú nos hablas de ella a cada instante!
--¿Verdad, señor,--dijo la señorita dirigiéndose a mí--verdad que Angelina es una muchacha muy inteligente y muy cariñosa? Es compañera mía en la Conferencia, y todos la queremos mucho, ¡mucho!... Y, dígame usted: ¿por qué es tan retraída? Yo siempre empeñada en llevarla a casa, y ella excusándose. Cuando usted la vea, dígale que la quiero mucho; que la estimo en todo lo que vale; y que hace mal en no corresponder a mi cariñosa amistad.
--No, señorita:--me apresuré a replicar--Linilla (así le decimos en casa) corresponde al afecto de usted como es debido. Usted hace de ella muchos elogios, y ella no escasea las alabanzas.
Entonces la señora preguntó con inoportuna curiosidad:
--¿Esa joven es de la familia de usted?
--No, mamá;--interrumpió Gabriela--ya te he dicho la historia de Angelina. El P. Solís nos la contó una noche. Esa joven es hija adoptiva del P. Herrera.
--¡Ah que mamá!--exclamó el corcovadito.--¡Qué memoria la tuya! Acuérdate, acuérdate.... El P. Solís contó la historia. Esa joven....
--Calla, Pepillo; no hables de eso.... No son cosas de niños...--dijo Gabriela.
El chico prosiguió:
--Esa joven, que el señor llama Linilla, es hija de un militar, y el P. Herrera la recogió en un mesón; es huérfana, no tiene ni padre ni madre....
--Pues ¡yo no me acuerdo de eso!...--dijo la señora con mucha calma, sirviéndose una tajada de rosbif.
--¡Ah que mamá! ¡Pues yo sí me acuerdo! Todo eso nos lo contó el P. Solís, allá en casa, una noche, a la hora de la cena. ¿No es cierto, Gabriela? Y también dijo que a él le gustaría mucho que el señor se casara con Linilla.... ¡Vaya... con la señorita Angelina!
Rieron todos de la indiscreción del corcovado. Gabriela me miró, y pasándome un plato murmuró a mi oído:
--No haga usted caso, señor; este niño es así.... ¡Le miman tanto!
Al terminar el almuerzo me invitó el señor Fernández a visitar las oficinas.
--¿Viene usted contento? Las señoras se quedarían muy tristes, ¿no es eso? ¡Calma!... Ya le verán a usted. He dispuesto que se encargue usted de mi correspondencia. No estaba yo satisfecho del empleado que antes la despachaba... pero, en fin, como hacía cuanto estaba de su parte, nunca le dije nada. Se va, usted viene a sustituirlo, y estoy seguro de que la cosa andará mejor. Aquí vivirá usted en familia, con nosotros, como en propia casa. Entiéndalo usted: no será, no será usted aquí un empleado como los demás. Cada cual merece ser tratado conforme a su clase y condiciones. Llevará usted la correspondencia; desempeñará usted otros trabajos que se ofrezcan en el escritorio, y no tendremos dificultades. Desde hoy tendrá usted una pieza cerca de nuestras habitaciones, un sitio en nuestra tertulia, un asiento en nuestra mesa, y un lugar en nuestra estimación. Ayer me escribió Sarmiento. Algo me cuenta de ciertas murmuraciones. Me dice que estaba usted muy apenado.... En cuanto a mí, ¡quede usted tranquilo!... Aprenda usted a vivir, y vaya usted conociendo a los hombres. ¡Esta ciencia de la vida, que es tan difícil y tan amarga!... ¡Valor, joven! De todo eso sé yo, que he pasado, y con mucha dificultad, por ese camino... ¡y nada de eso me sorprende! Conocí al padre de usted, era persona muy estimable....
Se detuvo delante de una puerta cerrada, la abrió, y me hizo entrar.
--La habitación de usted.... Esta ventana da al jardín. No es de las mejores piezas, como usted ve, pero está junto al escritorio.
La distinción y la cortesía del señor Fernández me cautivaron desde luego, y cambiaron en pocos minutos el estado de mi alma. Me sentí fuerte y vigoroso para luchar contra todo, para salir vencedor de las mil contrariedades de la vida. Nada me importaba el trabajo, el más duro trabajo; por el contrario le deseaba yo, a diario, constante, sin un momento de reposo.
A la verdad: no merecía yo ser objeto de tantas atenciones. ¿Quién era yo para ser tratado de tal manera? El pobre amanuense de Castro Pérez, herido y lastimado por la murmuración villaverdina; un pobre estudiante, recién salido de aulas, favorecido por los elogios de don Quintín Porras, y llevado a Santa Clara por las recomendaciones de un maestro de escuela, de un médico a la antigua, sin fortuna ni fama, y de un mendigo franciscano. Acaso me abonaban también la buena memoria de mi padre y el nombre respetabilísimo de mi abuelo. Quedé prendado de la nobleza de carácter y de la esmerada educación del señor Fernández. Desde ese día le tuve en altísimo concepto, sin que durante los años que viví a su lado se amenguara en mí la opinión que de él me formé desde el primer momento.
Era el señor don Carlos Fernández un caballero en toda la extensión de la palabra, fino, delicado, discreto, de clara inteligencia y de nobilísimo corazón. Tenía conciencia de su mérito, y procuraba, por todos los medios que estaban a su alcance, conservar su buen nombre, y cuidar de que ni la sombra más leve empañara su envidiable reputación. En ella, más que en la riqueza, cifraba su dicha, y solía decir muy sinceramente:
--No temo el juicio de los demás. Temo el fallo severísimo de mi propia conciencia.
No gustaba de parecer generoso, pero no era mezquino ni avaro. Nunca le alabaron en Villaverde por liberal y desprendido, elogio que fácilmente se consigue en mi querida ciudad natal, donde la generosidad y el desprendimiento no son virtudes muy al uso, antes solían tacharle de egoísta y codicioso. Pero sé muy bien, y muchos no lo ignoran, que no era duro de corazón, ni muy cerrado de bolsillo.
Cuando yo le conocí pasaba de los cincuenta y cinco, y las canas que brillaban entre sus rubios cabellos, como hebras de plata, lo decían muy claro. Afable con todos, cortés y comedido con cuantos le trataban, era, sin embargo, enemigo de andar en reuniones y corrillos, y tal vez por eso se pasaba en Santa Clara buena parte del año, y cuando residía en Villaverde no concurría a la tertulia de don Procopio ni al tresillo de mi querido amigo Quintín Porras.