Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 28 de 28

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--Pues es claro! Para darte el placer de comprobar que tú i Ana no son hijos de su madre. ¿No es esa tu aspiracion? Pues realízala a costa de tu fortuna. Reniega a tu madre, que mas te vale ser hijo adúltero que serlo de una negra, la cual sin embargo es mas digna de respeto que tú, i mas señora que la gorra de Pilatos!

--Esto es grave, dijo Llorente. Hablemos seriamente, i llamemos a Luisa, debemos oir su parecer.

--Entren ustedes, señoritas, esclamó don Sebastian. Ya lo han escuchado todo desde la puerta. Venga Anita i díganos si quiere lo que su buen hermano Roberto quiere para sí.

Ambas niñas entraron, Luisa con aire severo i resuelto, Ana cabizbaja i sonriendo de despecho. Aquella dirijiéndose a Llorente, desde su entrada, decia con firmeza:

--Mi parecer, lo conoces tú. Mi resolucion está tomada, nadie la desconoce. Pero tú que aconsejas a mis hermanos, deberias resolver las dificultades en que los colocas... Con todo, se deberia tener en cuenta, i ustedes me permitirán decirlo bien alto, que si hai en esta familia, en el momento presente, una cabeza, no es mi hermano menor, ni mucho ménos Anita, que no sabe lo que hace...

--¡Bien dicho! interrumpió don Sebastian. Hace tiempo que debieras, Luisa, haber reclamado tu puesto. ¡Tú tienes el deber i el derecho de dirijir a tus hermanos!

--No lo hacia, acentuó aquella, porque Pedro tenia la direccion. Pero hoi es otra cosa. El me abandona, deja de ser mi novio, i yo le absuelvo de sus compromisos. Hoi no es sino el amigo, que podria aconsejarnos bien a todos, pero no dirijir a mis hermanos.

Todos quedaron en silencio, como sobrecojidos por la actitud de Luisa. Llorente reclinó su cabeza sobre la mano izquierda, mirando al suelo.

Pero Roberto, que se balanceaba, como dudando rompió el silencio con cierta altanería, i el diálogo continuó precipitado i ardiente, mas o ménos en esta forma:

XI.

ROBERTO. Tambien mi partido está tomado. Me vuelvo a Inglaterra con Pedro, sin dejar representacion, que Luisa haga lo que quiera, ya que es libre.

ANA. Yo te sigo, Roberto. No me quedo con Luisa, si ella quiere tener una madre que no puede ser la mia...

D. SEB. Pero reflexionad que vosotros no sois dueños de hacer vuestra voluntad, i que no debeis seguir al señor Llorente, quien no es ya nada para vosotros, i que mañana u otro dia puede dejaros para siempre.

ROB. (_insistiendo_). Mas es nuestro amigo, i no nos abandonará...

D. SEB. I entre tanto vosotros abandonais a vuestra hermana, renegais a vuestra madre, por un amigo. ¿No ves, Roberto, que esto es sencillamente un absurdo?

LUISA. Es sencillamente el capricho de un niño, que no sabe lo que dice. Tú, Roberto, no puedes resolver, tú no puedes disponer de tu persona, ni hai amigo alguno que pueda separarte de mí; ni a tí, ni a Ana. Desconocereis a mi madre si quereis, pero estareis a mi lado, porque tengo la responsabilidad de vuestro cuidado.

LLOR. No vamos tan allá. Si todo estaba ya arreglado, ¿por qué ir a tales estremos? ¿Por qué entrar en estas disputas de autoridad? Dime, Luisa, ¿consientes en ir con don Sebastian a abrazar a tu madre, a pedirle que bendiga nuestra union, para volver despues a Lima, donde celebraremos nuestro matrimonio?

LUISA. Pregunta escusada, desde que reanudas nuestro compromiso, consintiendo en que yo reconozca a mi madre. Mas quisiera saber si persistes aun en ponerme condiciones para despues de nuestro matrimonio...

LLOR. Satisfecho tu deseo, nos volveremos a Europa, i tú no volverás a ver tu madre, eso es todo.

(D. Sebastian sale, sin ser visto.)

LUISA (_con superioridad_). ¿De ese modo piensas conciliar mis deberes de hija con los de esposa, i con el capricho de mis hermanos? Nos iremos, ellos renegando de su madre, sin reconocerla; i yo abandonándola en su enfermiza ancianidad, ¿no es eso? ¿Crées digna de tu esposa semejante conducta?

LLOR. (_vacilando_) No pretendo imponerte nada que sea indigno... Si quieres quedar al lado de tu madre... Si no quieres seguir a tu marido... Pero dejemos eso para meditarlo despues. Vé i entre tanto deliberaremos...

AGUE. (_aparte_) ¿A donde habrá ido mi padre?... ¿Creerá llegado el momento?

ROB. (_a Ana_). Veo que Pedro quiere abandonarnos, hermana mia. ¿Qué vamos a hacer?...

ANA. No sé, sino que me espanta la idea de confesarme hija de una negra.

LLOR. No tienes, Roberto, por qué decir eso: yo no te abandono. Cumplo con tu padre, al resolverme a tomar a Luisa como mi mujer. Yo no puedo iniciar con un choque brutal mi matrimonio con ese ánjel, que amo tanto, que admiro...

(Luisa se enjuga las lágrimas.)

AGUE. (_aparte a Luisa_). Reciba, Luisa, mis sinceras felicitaciones por el triunfo de su virtud. Aplaudo su union i me conformo con ser el mas respetuoso de sus amigos...

(Luisa le estrecha la mano.)

ROB. ¿Sabes que no te entiendo, Pedro? Estás resuelto a complacer a Luisa, que quiere lo que nosotros no queremos; i sin embargo aseguras que no nos abandonas... El resultado será que tú i ella tendrán una madre que nosotros no podemos tener, i que Ana i yo quedaremos solos...

LLOR. Siempre tendrán tú i Ana una madre en Luisa, i en mí a vuestro padre. No quedareis solos, ni os haremos violencia para que acepteis una madre que repudiais... Esta ignorará siempre vuestro proceder, i es necesario que lo ignore para no morir de dolor...

_Ana._ Mas creo que no podremos permanecer aquí, ni estar al lado de Luisa, sin reconocerla... ¡Qué haremos; Dios mio!...

ROB. Sí... ¡qué haremos! Dílo tú, Pedro, tú que ya eres el jefe de nuestra familia...

D. SEB. (_volviendo, i desde la puerta del fondo_). ¡No es cierto, querido, no lo es!... Aquí no hai otro jefe de vuestra familia que la señora doña Rosalia, que está presente... Luisa, abraza a tu madre...

(Sorpresa jeneral.--Dos sirvientes introducen a Rosalia, vestida de negro i con un velo espeso que le cubre el rostro, sentada en un sillon, que colocan en la penumbra de la lámpara.)

LUISA (_precipitándose a abrazar a Rosalia, cae de rodillas a sus piés_). ¡Madre, madre mia!...

D.ª ROS. ¡Mi Luisa!...

LLOR. (_que ha seguido a Luisa, colocándose al lado del sillon_). I su esposo, señora, si me la concedeis...

D.ª ROS. Su padre te la dió... Es tuya (ALZANDO A LUISA I ENTREGÁNDOLA A LLORENTE, QUE LA RECIBE EN SUS BRAZOS). ¡Pero a dónde está Roberto! ¡Cuál es mi Ana! ¡Por qué no vienen!

D. SEB. (_que ha estado instando a Roberto i Ana, los empuja hácia el sillon_). ¡Que Dios mueva vuestros corazones empedernidos! ¡Vamos, un momento de jenerosidad con la pobre madre!

ROB. i ANA (_miéntras dice don Sebastian estas últimas palabras, corren a arrodillarse a los piés de Rosalia, esclamando_:) ¡Perdon, perdon, madre mia!...