Aromas de América · Unidad 32 de 54
Unidad 32 · CAPÍTULO XXVI
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
CAPÍTULO XXVI
De Juliaca a Arequipa. — La región de la puna. — Un lagurto
solitario. — Estación Crucero Alto. — Panoramas dan-
tescos y un trazo de vía espeluznante. — Cambio de paisa-
| je: Arequipa, “la ciudad blanca??. — Su posición, su
| clima, la diafanidad de la atmósfera. — La catedral. —
| Aspecto edilicio. — Carácter arequipeño. — El Misti y los
! días “de nevada”. — Confidencias sugestivas. — La ac-
Ñ ción católica. — Una protesta modelo. — De Arequipa a ' Mollendo.
La mayor parte del trayecto entre Juliaca y Arequipa es monótono y triste, como que todo está calcinado por los rigores | aspérrimos del clima: sólo reinan los fríos, los vientos y las | nieves y un silencio de tumbas. Durante las primeras cuatro MN horas, doquiera se vuelvan los ojos, se descubren apenas dila- | tadas y estériles llanuras, la soledad del desierto, la monotonía tremenda del paisaje y a lo sumo abras y cañadones Tesecos, bordeados de cerros pedregosos, sin más rastros de vegetación y de vida que la paja indestructible como las rocas, una u otra llama que ramonea en las piedras y cortos caseríos rodeando las tristísimas estaciones.
De improviso una nota grata viene a alegrar el corazóny el lago de Saracocha de aguas azules y profundas, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, con su marco ovalado | de estériles, altísimas montañas que el tren va repechando entre jadeos y resoplidos interminables, hasta dejar allá en el fondo | el lago solitario y huérfano, sin un ave, sin una fronda, sin | un sér viviente que lo anime, entretenido en su eterna tarea de
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enfocar la belleza de los cielos y retratar en el límpido espejo de sus aguas las infranqueables montañas que lo ciñen. Prima facie, es un lago de Suiza con todos los atractivos y encantadores bellezas de la linfa dormida, pero luego... nó, nó, que la belleza es movimiento, vibración y vida y aquí hay ausencia de todo. El silencio imponente del desierto, la inmutable tranquilidad del vacío, sin una hoja, ni una fronda que se agite, sin un sér que respire, sin un átomo viviente que rompa la monotonía abrumadora de las piedras, única protagonista de aquel excelso paisaje, que, si tiene los lineamentos físicamente erandiosos de la naturaleza bruta, carece de alma que irradie partículas de vida a través de la materia.
¿Cómo animar el paisaje y trocarlo en fuente abundosa de delectaciones estéticas? Sembrando sus costas de vegetación y de casitas blancas, tirando lanchas, vaporcitos y góndolas sobre sus aguas y luego ver el bullicioso agitarse de la vida, oir zumbar la colmena humana, percibir sus voces, sus músicas y sus cantos... Sí, todo muy poético y hermoso y admirablemente fácil para dicho, pero... cualquiera se mete a patriota y a cultor de la belleza en esas alturas en que hasta la respiración se hiela... Quédate, pues, allí, no hay más remedio, quédate allí triste y abandonado, laguito azul y silencioso. Pasarán los años y los siglos y nadie, nadie alegrará tus linfas y tus costas, envueltas en el doble sudario del silencio y de la muerte.
El tren, mientras tanto, ha invadido en marcha triunfal las crestas más excelsas de la montaña, sobre las cuales se desliza como acróbata, haciendo esfuerzos sobrehumanos de equilibrio para no resbalar por la pendiente derecha y hundirse en los otros lagos de Cachipascana (1) que con pincel mágico parecen pintados allá en el fondo del abismo. Desde allí, desde aquellas solitarias honduras, con mirada embusteré y traidora de sirenas, fascinan al viajero durante una hora
(1) Fistos lagos de Cachipascana y Saracocha que se encuentran en la frontera: de los Departamentos de Arequipa y de Puno están a 13.600 pies sobre el nivel del mar, o sea, a más de mil pies de altura que el lago Titicaca.
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larga y le atraen, encantan y deleitan, cambiándole y escamoteándole el paisaje en la gama interminable de matices y de tonos insuperables, caprichosos, interesantísimos y raros.
Quien haya recorrido en ferrocarril todo el altiplano y haya traspuesto, sobre todo, las montañas que separan a Potosí de Río Mulatos, no cree ya encontrar nada que se le parezca, nada más salvaje y abrupto, nada más soberbiamente atrevido y audaz. Pero no bien el tren ha dominado la mayor altura de 4.470 metros sobre el nivel del mar, en la estación Crucero Alto y comienza a bajar los 187 kilómetros que le separan de Arequipa, tiene uno que convencerse, quiera que no, que todo lo demás, no había sido sino pan pintado en parangón de este otro trazo, hecho al parecer ex profeso para obligar al diabio a recorrerlo a pie, cargado y con botas nuevas, en castigo de sus maldades. (1)
Aquí no caben ponderaciones, porque todo resulta pálido, menguado y corto. Para llegarse a formar una idea lejana de aquel ciclópeo laberinto de rocas, desfiladeros, crestas y abismos, sin vegetación ni rastro aleuno de vida, porque todo ha sido calcinado por la temperatura polar que allí reina, fuera menester imaginarse apresado por la garra formidable de un cóndor, soliviantado a las alturas y desde allí, puesto entre el cielo y la tierra, sobre un mar en tempestad de montañas que se alzan y deprimen, se acumulan y desdoblan, se yerguen en picachos inaccesibles y se quiebran en precipicios y abismos insondables, contemplar el espectáculo terrorífico que ofrecen a la atónita mirada aquellas abruptas formaciones seológicas trabajadas a capricho por los mismos demonios del infierno.
Y, por sobre esas cumbres inaccesibles y “ampando esos desfiladeros sin nombre, se ha tendido el riel y corre el tren a guisa de beodo, andando y desandando el camino, trazando zetas y equis, en curvas cerradas de herradura, temblando a veces al borde del abismo, acortando en otras y suspendiendo el resuello y, mientras retiemblan a su paso las montañas y
(1) Este ferrocarril de Arequipa a Puno que se terminó en 1874, costó cuatro millones y medio de libras esterlinas.
se desmoronan y ruedan pedrusecos a la sima, disparando las más, en fuga precipitada y balanceándose sobre el riel que le sujeta, como la brida al corcel, para que no se desboque y ruede desatinado hasta el fondo del abismo.
Y así, saltándosele a uno el alma por los ojos y la boca, midiendo a cada instante con mirada de terror la trayectoria a describir, en caso de accidente, en poderosa tensión nerviosa y cargado de flúido eléctrico, continúa su marcha, admirando una y mil veces el coloso nevado del Misti preñado de audaces rebeldías, pero sin cambiar de panorama, o mejor, cambiándolo por momentos, sin salir empero de aquel mar pétreo que aho. ga, calcina y petrifica también a su manera y sin piedad al pobre viajero.
Sólo a las cinco de la tarde, sin haber visto desde las ocho de la mañana, más que la esterilidad abrumadora del desierto y después de haber apurado las emouerones todas de aquel laberinto dantesco de breñales imposibles, se descubre al fin, uno u otro manchón verdáceo en el fondo'de un valle. antes de llegar al Yura, que es como columbrar en lejano horizonte la estrella hienhechora de los reves, que ha de cornducir muy pronto al bienhadado portal de la ciudad de Are. quipa, “perla montada en una esmeralda””, al decir de sus poetas.
El cambio de panorama es completo. Cae el telón del desierto y aparece radiante la ciudad “paloma, en un nilo de esmeralda ?”.
Realmente parece una visión de celelo esta “ciudad blanca”? construída con piedra tufo de las blancas canteras del Misti, envuelta en una vesetación exuberante, recostada a la falda del terrible voleán que, de tarde en tarde sacude su eterno manto de nieve y lo arrebola con rojizas, cárdenas es-
trías de fuego, se empenacha de hogueras, retiembla de coraje y la hace tambalear como un niño, entre el pánico y terror de
sus desolados moradores. El Misti que se eleva a más de 19.000 pies, es de formación cónica bien cortada y está coronado de nieve. Su aspecto
es sublimemente grandioso. Ocupa el centro de una especie da anfiteatro que respalda a la ciudad, quedando al este el PiehuPichu, al norte el Chahaní y más allá del valle, la cima nevada del Coropuna, a más de 20.000 pies de elevación.
Cuenta la tradición que aleunos soldados de Manco Capac que por primera vez conducía su ejército a través del río Apurimac, manifestaron su deseo de detenerse en aquel sitio, atraídos por la belleza de este valle tan pintoresco y risueño, obteniendo la respuesta de su jefe y señor ¡Ari Quepay! ¡Muy bien, deteneos!
La historia confirmaría en aleún sentido aquella vieja tradición. Fundada muy próxima a Caima por García Manuel de Carvajal en' 1540, de orden de Pizarro, recibió el nombre de Villa Hermosa. La razón de haberse elegido este sitio, hacíala constar Pizarro en la autorización que diera, o sea, por no haber perdido un solo soldado, de los muchos españoles que allí habían vivido durante diez meses.
Algunos años más tarde se trasladó al sitio que hoy ocupa sobre el río Chili a 2.329 metros de altura. Su clima es sano, suave y templado, el aire muy seco y la atmósfera tan diáfana que aún en pleno día se ven los planetas Venus y Júpiter y algunas estrellas. Cuenta 36.000 habitantes, es asiento del obispado, corte superior de justicia y cámara de comercio y considerada como la segunda ciudad del Perú en importancia comercial, social y política.
Muy cerca de la ciudad y en los faldeos del Chahani, está instalado el célebre observatorio astronómico de la universidad de Harvard (Cambridge, Estados Unidos) que se distingue por las precisas astrofotografías que toma.
El material de construcción de esta ciudad, como ya se dijo es la piedra volcánica, blanca y porosa que se extrae de las inmensas canteras situadas en las faldas del volcán Misti y que se presta admirablemente para las tallas y esculturas decorativas, los dibujos y encajes de fachadas y que los españoles supieron aprovechar, como en la espléndida fachada de la antigua Compañía y otros edificios,
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Mi delicado estado de salud, no me permitió visitar en detalle esta ciudad. Ví sin embargo a vuelo de pájaro su principal monumento, o sea, su Catedral que ocupa todo un costado de la Plaza Mayor o de Armas como vulgarmente se la llama, con un frente exterior de cien metros aproximadamente y que viene a re
sultar una vez adentro. el largo de la catedral. Comenzada en 1612, fué reconstrul da varias veces y en especial después del terremoto de 1844 que echó por tierra la antivua. Tiene tres naves, separadas por hermosas colurnas de estilo dórico y jónico compuesto, un altar de mármol y un espléndido púlpito de artística talla de madera. Los otros tres dados de la plaza están embellecidos por hermosos portales abovedados, con co: lumnas de piedra, de estilo colonial característico.
Interior. — Catedral, Arequipa
La impresión que recibe el viajero que baja de las áridas mesetas andinas y se encuentra de improviso con una ciudad, más o menos aseada y limpia, de aspecto encantador por el verdor perenne de sus campos y de sus huertos, con vías amplias y rectas atravesadas por tranvías eléctricos, autos y coches, sin verse obligado a codearse a cada paso con la abigarrada y pintoresca multitud de indígenas y cholos, es en extremo favorable. Por fin cree uno encontrarse en un pueblo más a la moderna, trabajador y activo, en un ambiente externo de mayor cultura y progreso, tanto más apreciado, cuanto más largamente apetecido, tras una gira de tres meses.
Las ruas de Arequipa que corren de noreste a suroeste van a terminar a varias aldeas de su hermosa campiña, entre
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las que se cuentan Tingo, Jesús y Yura, muy celebradas por sus saludables aguas y baños termales.
El carácter dominante del arequipeño es ser hombre de acción y de
e M p resa, valiente y altivo, religioso y de una gran rapidez de con- 2e p c1ón, sin dejar de ser también un si
es no es anda-
riego y bohe-
mio como el
Portal de Flores, Arequipa
mclto a esto se añaden sus tradiciones y leyendas, sus serenatas y fiestas de sabor antiguo, su aliento varonil y su fe religiosa inquebrantable, se tendrán los toques principales, los rasgos más salientes, de su inconfundible carácter. Por algo dijo un ilustre escritor refiriéndose a su pueblo: ““el corazón de la Nación peruana vive aquí?””.
Prevalece asimismo en sus habitantes una imaginación brillante, un temperamento nervioso y una contextura de alpino. Sin ser un lince, cualquiera comprende fácilmente que todo esto no es ajeno a la influencia del clima, del ambiente que se respira y sobre todo del flúido eléctrico que se escapa del Misti y que parece penetrar hasta los huesos a todo arequipeño legítimo, pues, lleva en su sangre, nervios y mirada, todo el hervor volcánico del Misti. Este ejerce una influencia extraordinaria, sobre todo en los días que allí llaman “de nevada””, que no es como pudiera creerse de ““nieve””, sino de flúido. Hay días y con harta frecuencia en los que el Misti, sin estar de mal humor, no está para chanzas y para fiestas y un ligero manto de tules, de niebla liviana espolvorea entonces su cumbre y se extiende y avanza por el antes limpidísimo
cielo azul, tornándolo velado y ceniciento. A esto llaman nevada los arequipeños y ya saben las precauciones a tomar, que es huir de los demás y no exponerse a choques y explosiones fáciles a producirse, por quítame allí esas pajas. Los nervios se distienden y trinan. Casi todos se tornan raros, violentos, lunáticos, misántropos e intratables. Felizmente la fiesta no dura mucho y pasada la nevada, vuelven a su ser antiguo, sin más tropiezo que el de un mal cuarto de hora que se traduce en un día de extraordinario spleen. Diz que a algunos, según el temperamento, les da también por cantar y holgar, a otros por la múrria y la tristeza, pero a los más por hacer la cara fea y mostrar los puños y los dientes al primero que tiene la desgracia de acercárseles ¡Cave canem! decían los romanos.
Departía con un distinguido caballero arequipeño, talentoso y observador, hombre de negocios y de mundo y de ideas un tanto avanzadas, según propia y espontánea confesión, quien a vueltas de otros interesantes informes que me diera, añadió lo siguiente: El carácter de este pueblo, ha sufrido, de aleunos años a esta parte, quiebras y desmedros harto sensibles. Va desapareciendo ese modo de ser varonil, enérgico y caballeresco que antes le distinguía, ese temple de acero y hombría de bien que era su más noble y preciada característica y cunde en cambio, de una manera alarmante el bizantinismo muelle y afeminado. Falla hoy por su base la educación del hogar, piedra de toque de los pueblos sanos y viriles. Los víneulos domésticos se aflojan porque va: faltando esa mano firme que tenga en un puño las riendas del eobierno de la familia. La corriente del placer y del sensualismo abre hondos .sureos y compromete seriamente el carácter, la moralidad y religiosidad de este pueblo, al que ya 210, se le. vé conociendo, porque ya no es sombra de lo que fuera. Y todo esto, eréame Monseñor, depende para mí, de la omnímoda libertad y abuso de los cinemas. A pesar de mi liberalismo
que no tengo por qué ocultarlo, soy enemigo jurado del cinematógrafo, tal como hoy existe. Este va maleando y corrompiendo las masas, empañando la inocencia y el pudor de nuestros niños y de nuestras hijas y concluirá por traernos la degeneración de nuestros hijos, de la sangre y de la raza. ¿Tendría razón mi distinguido interlocutor? La respuesta a los arequipeños. Un viajero sólo aprovecha y consigna los datos que recibe, sin pretender, en materias tan delicadas, ahondar más de lo justo y en un asunto que no se puede estudiar a fondo, yendo de paso y comprobarlo como se debiera.
Como el Cuzco, Arequipa cuenta con universidad y establecimientos educacionales bastante buenos. Entre éstos se distingue el colegio de señoritas fundado en 1870 y dirigido por religiosas, considerado como uno de los mejores institutos de educación del país, por sus métodos modernos y carácter eminentemente práctico de la educación.
Los jesuitas y salesianos prestan, como en todas partes, con sus respectivos colegios, servicios inapreciables a la educación de la juventud. Los domínicos, (1) franciscanos y mercedarios trabajun asimismo en el ministerio, a la par del elero secular, con celo y abnegación encomiables.
No se ve, sin embargo y a pesar de aleunas sociedades de obreros, existentes y del diario católico que hay, un movimiento mayormente eficaz en la acción social cristiana. Y es tanto más de deplorar esta laguna cuanto que los tiempos no son allí tan bonancibles, que digamos. Ha bastado la acción tesonera de un senador por ese departamento, sin Mayor prestigio moral y social que fué a las cámaras hasta con el voto de los católicos para cambiar el ambiente, revolucionar la opinión pública y conquistarle en esa sociedad innumerables adep-
(1) Poseen éstos una valiosa Biblioteca que día a día va en aumento. Guardaré siempre gratitud sincera para esta venerable comunidad que me prodigó toda clase de atenciones en los días que estuve en Arequipa, hospedado en su convento.
tos, al malhadado proyecto de divorcio que presentó al congreso de la nación. Por suerte se logró conjurar el peliero de ver convertido en ley este inmoral y antipatriótico proyecto, que aprobado ya por sorpresa en la cámara de senadores, no fué tratado en la de diputados, en la que ya había mayoría hecha a favor de aquél, eracias a la actitud apostólica y viril del Excmo. señor arzobispo de Lima monseñor Emilio Lisson.
Durante mi estada en Arequipa, el comentario público giraba obligado sobre este tópico. Sin que nadie lo hubiera sospechado, la cámara de senadores aprobó en una noche, sin discusión y a la sordina, el proyecto del señor Lino Urquieta. Al darse cuenta el señor arzobispo, al día siguiente, de lo ocurrido, reúne sin más su cabildo eclesiástico, le manifiesta que deseaba ir a la casa de gobierno a formular su protesta y le invita a que le acompañe. Allí mismo toma la pluma y redacta pocas palabras; y sin hacerse anunciar Mega, acto seguido, rodeado de su cabildo eclesiástico en pleno y de pie, delante del Excmo. señor Presidente de la República, lee la siguiente protesta digna de un Santo Padre de la lelesia :
““El senado de la república ha votado una ley cuyos tres primeros artículos atacan directamente la religión católica; que es la de la nación, conforme al artículo 4.2 de nuestra carta fundamental.
En su primer artículo, la mencionada ley impone a los católicos el matrimonio civil y restringe con pena corporal la libertad de los sacerdotes en la administración de los sacramentos.
En el segundo, da la ingerencia a los tribunales puramente civiles en un asunto que para el católico es cuestión eminentemente sacramental y religiosa: el vínculo matrimonial.
En el tercero, el divorcio absoluto autorizando a los jueces civiles para declararlo y habilitando a los cónyuges para nuevas nupcias.
Todas “estas disposiciones, además de ser anticonstitucionales, son enteramente opuestas a la doctrina católica que
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