Aromas de América · Unidad 46 de 54

Unidad 46 · CAPITULO XXXIII

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

CAPITULO XXXIII

Los viajes en tren en Chile. — Camino de Valdivia. — Aspecto de esta ciudad. — Puerto Mont y Puerto Varas. — Travesía de los lugos. — Desde Puerto Varas a San Carlos de Bariloche. — Llanquihue y Puerto Ensenada. — Camino de Petrohué. — Lago Todos los Santos o Esmeralla y Peulla. — Ascensión matutina y excursión al río Blanco. — Desde Peulla hasta Casa Pangue. — Desde aquí hasta Puerto Frías pasando por el Hito. — Lago Frías y Parque Nacional. — Puerto Blest y la laguna de los Cántaros. — Lago Nahuel Huapi. — Cascada Blanca. — Isla Victoria. — Panoramas indescriptibles. — San Carlos de Bari loche. — Lago Gutiérrez.

De ordinario los viajes por tren en Chile, aunque baratos, no resultan muy cómodos. Por espíritu de economía tal vez, los convoyes llevan pocos coches, aun habiendo exceso de pasajeros. Muchos de éstos con pasaje de primera, vénse obligados, en más de un caso, a viajar en coche de segunda, si no prefieren más bien ir de pié, como me sucedió a mí mismo en una ocasión, entre la balumba de bultos que se multiplican enormemente en los coches, ya que las empresas ferroviarias no conducen equipaje libre.

No hay tampoco en los trenes «coches-comedores, y esto obliga a bajarse a almorzar en los hoteles-restaurant (servidos generalmente por mujeres), de las estaciones, en medio de los apuros y nerviosidad consiguientes, al corto tiempo de que se dispone, sin estar seguro, por otra parte, de la intangibilidad de su equipaje, a pesar de la presencia de un guardián que vi-

gila en cada coche, durante el almuerzo. Precisamente, en esos veinte minutos de ausencia, mi secretario tuvo que deplorar la desaparición de un riquísimo objetivo fotográfico, que costaba alrededor de mil pesos y que dejara en su asiento, momentos antes.

La falta de coches-comedores al parecer despierta aún más el apetito y los vendedores de frutas, dulces, etc., en casi todas las estaciones, vienen a aumentar las provisiones de los bien repletos canastos con que se hace necesario viajar, aunque más no sea que para mantener bien alto la tradicional costumbre nacional de hacer Once y que comunica a las rodantes pajareras, un sello característico de alegría, familiaridad y democracia,

El trayecto entre Concepción y Valdivia es variado y pintoresco, pero sobre todo, horas antes de llevar a Valdivia, y desde esta ciudad hasta Puerto Varas y Puerto Mont, el paisaje es soberanamente erandioso. Bosques estupendos de cipreses aterciopelan de verde los flancos de las montañas; hondienadas y quiebras fantásticas, abras, recodos y vegas ondulosas, oscuras y húmedas, donde crecen la zarzamora, el laurel, los cohiues, alerces, ulmos (muermos), de blanquecinos 'acimos, los helechos y trepadoras, y los poéticos cálices rosados o blancos (éstos muy raros y apreciados) del copihue, la flor nacional chilena, tan cantada por sus poetas y que ceultivada en parques y jardines, tiende a reemplazar con honor, en las aristocráticas bodas, a los tradicionales azahares; arroyos encantados de glauca corriente que rulan por entre el verde tupido follaje, salpicado de aljabas silvestres, amarillas violadas, rosas, lilas, blancas, encarnadas, todo, en fin, el iris

de la flora americana manchando de delicados primores aque! aterciopelado manto de verdura. Y contrastando con tanta belleza, aquí y allí grandes extensiones de boscaje consumido por las llamas, — primitiva y casi única manera práctica de rozar aquellas selvas impenetrables y dedicarlas a la agricultura, —

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semejan campos de muerte do yacen derribados troncos o1- gantes, resquebrajados y renegridos, casi cubiertos ya de exuberantes malezas, al lado de otros de altura inconmensurable, que, despojados de su fronda, y triunfantes de las llamas, se alzan resecos, hoscos y amenazantes, y dan la sensación del trágico fin de flotas allí hundidas, cuyos mástiles solitarios formaran un mar su generis de blancas antenas veteadas de negro.

En Valdivia, ciudad de 35.000 habitantes, en su inmensa mayoría alemanes (1) o descendientes de los alemanes que llegaron acogidos a la ley de inmigración de 1845 y a quienes debe el Sur de Chile, en gran parte, los progresos y adelantos

Plaza de Valdivia

de que hoy se enorgullece, llaman la atención cuatro cosas: su edificación de madera, graciosa y hasta artística, en sus casas, palacetes, balcones, cornisados, galerías, torrecillas y miradores, bien pintados, alegres y donosos, com cierto encanto de amable delicadeza infantil; sus calles, por el afirmado do-

(1) El 90o¡o habla o entiende el alemán.

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minante que las caracteriza, compuesto de tablones tirados de acera a acera y que allí llaman ““planchado””, por donde saltan más que ruedan los carruajes, máxime si ya deteriorados por el tráfico, el tiempo y las lluvias, como acontece con frecuencia en algunas de ellas; las casas que ostentan tras de los cristales de sus ventamas, sin postigos, velados blaneos tules, ealerías interiores llenas de plantas, flcres, helechos, ete., que les da el aspecto de poéticos jardines de invierno; y, por fin, el ancho azul y plácido río Calle-Calle, sobre cuyas riberas se asienta la ciudad, con su interminable festón de escalinatas, embarcaderos, muelles, chimeneas y fábricas y su incesante m0ovimiento de lanclas, botes y vaporeitos que comunican con los pueblitos ribereños y en especial con Puerto Corral, adonde llegan los erandes trasatlánticos. Y todo este centro de aetividad, de trabajo y de vida, encuadrado en el marco de una natu-

Río Calle — Calle Valdivia

raleza exuberante, feraz y grandiosamente tropical que da la sensación de conjunto y viene a ser la verdadera protagonista de aquella rica y hermosísima región.

El escaso tiempo de que disponía me privó de hacer una excursión a Puerto Corral, que resulta amena e interesante en sumo grado, a juicio unánime de todos. Pero la travesía de

los lagos cordilleranos y la vuelta a la patria amada, después de tan prolongada ausencia, me atraían ya con fuerza irresistible.

Hube, pues, de contentarme con hácer una breve excursión a Puerto Mont, viendo de paso La Unión y Osorno, pat: regresar luego a Puerto Varas, desde donde emprendería va el ansiado regreso a los míos. Siempre recordaré con eratitud' las finas atenciones de que fuí objeto en Valdivia de parte del Iustrísimo y Reverendísimo monseñor Klincke, vicario forás neo de aquella ciudad y de los padres jesuitas de Valparaíso, Santiago, Puerto Mont y Puerto Varas.

Puerto Mont, capital de la provincia de Llanquihué, con 10.000 habitantes, está edificada sobre el semicíreulo de una hermosa bahía y presenta al viajero un cuadro panorámico taseinador de islas, ealetas, promontorios, montañas boscosas y

Puerto Montt (Chile)

picos nevados, que realzan la hermosura del poético Seno de Reloncaví. Uno de sus paseos favoritos es + rasladarse en bote a la vecina isla de Tenglo, florón encantado en medio del ma JE provisto de un hotelito y surcado de amplias carreteras amuralladas de ambos lados de selvas víreenes. Las construecio-

nes de madera aquí como en Valdivia y Puerto Varas, difieren de sus similares del norte. En vez de largas tablas ensanbladas o superpuestas, se estilan tablillas finas y cortas muy resistentes, superpuestas verticalmente y de puntas inferiores redondeadas que parecen escamas.

Puerto Varas, a hora y media de tren de Puerto Mont, es un apacible y sosegado lugar de veraneo de los más frecuentados del Sur chileno, blando y encantado caserío con apatiencias acentuadas de aldea, donosamente infantil, y puntos de aristocrático balneario, asentado en las poéticas colinas que bordean la curva de una hermosa bahía, sobre el extenso lago Llanquihué.

En los días claros, a más del caprichoso y terrible volcán -Calbuco, de faldas surcadas por ríos de lava sólida, al Sur, y del esplendoroso, soberbio Osorno que en forma de blanca campana se alza al frente, como personificación de serenidad olímpica, vénse brillar también allá lejos los lomos helados del Tronador y la fulgente cimera del Yate.

En Chile se me había ponderado grandemente Puerto Varas y el lago Llanquihué con sus ¡pieos nevados, como de una belleza realmente subyugadora. Se confunde, a mi modo de ver. la belleza de conjunto, el panorama que presenta desde Puerto Varas el lago extenso, limitado al fondo por sus tres erandes picos nevados el Tronador, el Calbuco y el Osorno,

«de serena mayestática imponencia, con la belleza propiamen-

te dicha del lago que, por su gran extensión y ausencia de islas, resulta al fin un tanto monótono, sin esa variedad pintoresea y graciosa que caracteriza a los otros lagos y que el observador domina de fácil y somete al canon de la estética subjetiva, mientras que aquí se escapa y dispersa en grandes distancias que alejan los hermosos paisajes de la costa de que «ciertamente es rico. Se explica también que haya en esto alguna pequeña exageración, si se tiene en cuenta que el Llanquihué es el primer lago de la región, término por otra parte para la gran mayoría de visitantes y turistas chilenos que se instalan en Puerto Varas, a pasar su temporada veraniega y

que desconocen «acaso el lago de Todos los Santos, también chileno, y que es un verdadero prodigio de belleza. Por mi parte, si he de decir lo que siento, el panorama del Puerto Mont que, según el común sentir, es muy inferior al de Puerto Varas, me resultó de una belleza nada común, alegre, atrayente y simpático con sus islas, sus “fjors”?, sus cabos y penínsulas, sus montañas y cielo, tanto o más que el seeundo, si se exceptúa el detalle de sus gigantes nevados, que, centime-

las avanzados de la cordillera andina, aparecen en Puerto Varas más cercanos, escuetos y límpidos.

Desde Puerto Varas a San Carlos de Bariloche

Desde Puerto Varas hasta San Carlos de Bariloche, sobre el lago Nahuel Huapi, se emplean dos días, recorriendo los

Puerto Varas (Chile)

lagos Llanquihué, Todos los Santos o Esmeralda, lago Frías, laguna de los Cántaros y Nahuel Huapi. Mucho se me había ponderado, tanto en la Argentina como en Chile, este trayecto como aleo tan extracrdinario e ideal, tan fantásticamente bello, que difícilmente podría encontrarse nada análogo que

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le igualara, mucho menos le superara. Impaciente el espíritu

y enardecida la fantasía ante el anuncio de maravillas tan es-

tupendas, temía en mis adentros no fuera a suceder aquí lo

| de siempre, que la realidad no respondiera a los dorados cas-

tillos de la imaginación y viniera el desencanto a filtrar sus gotitas grises en aquel mundo de ensueños.

He de confesar, empero, que en este caso, tal vez el único

! de mi vida, la realidad no defraudó mis esperanzas, antes bien

superó en mucho a cuanto se me había dicho, disipando pre-

| venciones y preconceptes con que el espíritu harto alecciona-

| do en la vida, se defiende y pone en guardia contra todo aque-

| llo que se le elogia en demasía. Trataré, pues, no de describir

lo indescriptible, sino de dar una idea más o menos lejana

de estas vírgenes regiones do parece flotar aún el hálito crea-

Ñ Cor de los primeres días del génesis y que están esperando que

los poetas de la patria vayan a cincelar en estrofas irisadas de luz los encantos y arrebatadoras grandezas de sus selvas, de sus cumbres, de sus nieves y de sus lagos.

A las siete de la mañana alzó anclas el vaporcito Correo yl que costeando la ribera del Llanquihue y recalando en varios Ñ puertos, nos llevó en cuatro horas y media a Puerto Ensenada en el ángulo Sudeste del lago. El viaje fué triste y monótono. Un cielo nubla-

do, nos escamo-

teaba el paisaje, ahogando en flor las sugestiones estéticas. El almuerzo en el hotelcito de Ense-

nada trascurrió

l S E entre comenta- | Volcán Osorno, visto desde los arenales entre ER a IS Ensenada y. Petrohué +(Chile) r1OS y presaglos

nada halagúeños. El cielo tornóse amenazante y tempestuoso.

Ñ Llovía a intervalos, aclaraba y volvía a oscurecer. Rachas de

viento empujaban siniestros nubarrones que se iban conden-

sando y acumulando en la cima del Osorno robándonos sus níveas fulguraciones. El auto que debía recorrer los quince o veinte kilómetros que medían entre Ensenada y el puerto de Petrohué, sobre el lago Todos los Santos, se había descompuesto. Era forzoso emprender el viaje a caballo, como lo hizo la mayor parte de los turistas, o en un cochecito sin capota, como lo hicimos los más afortunados.

Como se ve, los augurios de la travesía no podían ser peores. Quien tiene la mala estrella de viajar por los lagos cordilleranos con lluvia, o siquiera tiempo nublado, ha perdido sencillamente su tiempo y su dinero y lo que es más aún, el objetivo principal de su viaje el goce suave y deleitoso, los encantos fantásticos de estos parajes paradisíacos. Y esto es desesperante.

Para nosotros, empero, los tristes amagos sirvieron de mareo radioso que hizo resaltar aún más toda la regia hermosura que guardan codiciosos aquellos montes, aquellos lagos, aquellas selvas seculares.

Sin experimentar los rigores de un sol abrasador que flecha al viajero en este trayecto de plena región volcánica ya que de trecho en trecho por entre el tupido boscaje cortábamos abras de lava friable, pulverizada y neera mortaja de erandiosos bo sques arrasados por los ríos de fuego del Calbuco o del Osorno, antes bien refrescados por una ligera llovizna,

recorrimos tranquilamente aquella ruta variada y pintoresca. Dlevábamos a la derecha el rápido y turbulento río Petrohué que a mitad de camino se encajona entre enormes peñascos, brama y se represa y se vuelca impetuoso en una hoya de sem-

396 — piternos, siniestros hervores para continuar luego acariciando la altísima montaña embosquecida que le sirve de barrera, hasta entregar su caudal al Seno de Reloncaví. Después de cruzar una umbrosa selva de árboles gigantes, que entretejían allá arriba su ramaje en erandioso pabellón y de volver a contemplar de cerca, desde una playa arenosa y abierta, la pasmosa perfección de líneas, la esplendorosa serenidad del Osorno, donde los dioses hubieran podido tener su Olimpo, llegamos al Puerto de Petrohué, donde el vaporcito Tronador esperaba ya su clientela. Cuatro horas y media empleó para recorrer los 35 kilómetros y llevarnos a Peulla al otro extremo del lago Todos los Santos, donde debíamos pernoctar en el bien instalado hotel del señor Ricardo Roth, distinguido caballero argentino, dueño de la empresa que tiene a su «cargo la tra-

vesía de los lagos.

Lago Esmeralda y Peulla

El lago Esmeralda o Todos los Santos es el más bello lago chileno y en sí mismo un joyel encantador, un verdadero prodigio de la naturaleza. Tanto éste, como los argentinos que le siguen, el Frías y el Nahuel Huapi, son únicos en su género y no admiten comparaciones odiosas. Para avalorarlos en su justo mérito hay que despojarse de localismos estrechos, elevarse a las regiones puras de la estética y con criterio amplio, ecuánime y sereno darles a cada uno lo que en justicia les corresponde. Nacieron con corona de príncipes y príncipes soberanos serán siempre, siquiera ostenten algunos más riqueza de pedrería, compensada en otros por la exquisitez del cincel o el pulimento de sus facetas.

Se le llama también lago Esmeralda a este de Todos los Santos. Nunca con más propiedad se bautizó un objeto. El color de sus aguas es, sin asomos de hipérbole, de un verde esmeralda acabado, típico. La lujuriante y erandiosa vegetación de las altísimas montañas que lo rodean, se refleja en el terso cristal de sus aguas y las tiñe con pincel de acuarela,

delicado y suave, engendrando el original, bellísimo fenómeno. La ilusión es completa. Cuando el vaporeito comienza a internarse en el laeo y

a -— ..W y. ==

pasa rozando las

poéticas islas ; Mienón y Mar sarita (1) dominando ya el centro y pasea uno la extasiada mi-

rada por aquel mareo estupendo

de promontorios, MEAN de selvas, neve- Lago Todos los Santos con el volcán Puntiagudo ros, picachos y quiebras, bajo un cielo salpicado de blancas, opalinas rompientes y todo, cielo, nubes, montañas y selvas lo torna a ver repitiéndose y tiñéndose en el verde esmeralda de la linfa ligeramente rizada por la caricia de una brisa alada y sutil, el espectáculo llega a su máximum y raya en lo sublime : sobrecogido el espíritu, se estremecen las carnes y el platicar cesa. Un místico recogimiento se apodera de todos en aquel ambiente de materia espiritualizada, en aquel templo extraño y desconocido, pletórico de luz, de poesía y de vida liviana, vaporosa, etérea, inundado de silencio, de reposo y de paz. Nadie que no lo haya visto «creería en la belleza inverosímil de aquel cuadro. Los restos dispersos de la anterior tormenta, ponían desde lo alto los últimos toques. El sol de trecho en trecho y a lareos intervalos lanzaba por los boquerones abiertos del cielo, haces de rayos vibradores. Las nubes desgarradas semejaban techumbre desveneijada de ópalo que filtrase a través de la misma una luz nacarada a veces, rosada, coral o eris perla en otras, o bien vívida y fulgente que esplendoraba sus bordes caprichosos y bruñía en verdáceas, fantásticas colo-

(1) La isla Mignón o de las Cabras, es pequeñita y mona como un lunar; la otra perteneciente al ingeniero argentino Bonweider, tiene 15 cuadras de largo por 5 de ancho y una laguna en el centro, de una hectárea.

raciones la faz risueña y plácida de aquella taza de esmeralda. El Osorno envuelto en densas nubes quiso también completar el círculo mágico que nos ceñía. Herida mo sé de dónde por el sol su blanca cima, viósela en un momento dado convertirse en foco potentísimo que incendiara desde dentro los pliegues erises de su manto y fuleurando esplendores de oro muerto, puenara por romper sus vallas vaporosas hasta dar la sensación de un sol encerrado en globo de cristal esmerilado que Iirradiaba una luz clarísima, pero velada y difusa.

Más tarde todo había pasado. La donosa fiesta espectral eradualmente comenzó a apagarse y palidecer hasta disolverse en el eris lila del crepúsculo. La tarde moría con serenidad infinita. Cuando llegamos a Peulla la noche subía por las faldas, las cuestas y las cumbres adormeciendo el paisaje en suave, deleitosa melancolía, mientras las luces del muelle rústico, se alareaban sobre el laeo, como velones funerarios, cor-

tando en temblosos regueros la masa negra de sus aguas.