Barba-Azul · Unidad 1 de 1

Barba Azul

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Barba-Azul (Trad. J. Coll y Vehí) čeština English English English français עברית русский i: i

BARBA-AZUL.

En otro tiempo vivia un hombre que tenia hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles muy adornados y carrozas doradas; pero, por desgracia, su barba era azul, color que le daba un aspecto tan feo y terrible que no habia mujer ni joven que no huyera á su vista.

Una de sus vecinas, señora de rango, tenia dos hijas muy hermosas. Pidióle una en matrimonio, dejando á la madre la eleccion de la que habia de ser su esposa. Ninguna de las jóvenes queria casar con él y cada cual lo endosaba á la otra, sin que la otra ni la una se resolvieran á ser la mujer de un hombre que tenía la barba azul. Además, aumentaba su disgusto el hecho de que habia casado con varias mujeres y nadie sabía lo que de ellas habia sido.

Barba-Azul, para trabar con ellas relaciones, Llevólas con su madre, tres ó cuatro amigos íntimos y algunas jóvenes de la vecindad á una de sus casas de campo en la que permanecieron ocho dias completos, que emplearon en paseos, partidos de caza y pesca, bailes y tertulias, sin dormir apénas y pasando las noches en decir chistes. Tan agradablemente se deslizó el tiempo, que á la menor parecióle que el dueño de la casa no tenía la barba azul y que era un hombre muy bueno; y al regresar á la ciudad celebraron la boda.

Al cabo de un mes Barba-Azul dijo á su esposa que se veia obligado á hacer un viaje á provincias, que á lo menos duraria seis semanas, siendo importante el asunto que á viajar le obligaba. Rogóle que durante su ausencia se divirtiese cuanto pudiera, invitara á sus amigas á acompañarla, fuera con ellas al campo, si de ello gustaba, y procurara no estar triste.

—Aquí tienes, añadió, las llaves de los dos grandes guarda-muebles. Estas son las de la vajilla de oro y plata que no se usa diariamente; las que te entrego pertenecen á las cajas donde guardo los metales preciosos; estas las de los cofres en los que están mis piedras y joyas, y aquí te doy el llavin que abre las puertas de todos los cuartos. Esta llavecita es la del gabinete que hay al extremo de la gran galería de abajo. Abrelo todo, entra en todas partes, pero te prohibo penetrar en el gabinete; y de tal manera te lo prohibo, que si lo abres puedes esperarlo todo de mi cólera.

Prometióle atenerse exactamente á lo que acababa de ordenarle; y él, despues de haberla abrazado, metióse en el carruaje y emprendió su viaje.

Las vecinas y los amigos no esperaron á que les llamasen para ir á casa de la recien casada, pues grandes eran sus deseos de verlo todo, que no se atrevieron á realizar estando el marido, porque su barba azul les espantaba. Acto contínuo pusiéronse á recorrer los cuartos, los gabinetes, los guardaropas, siendo sorprendente la riqueza de cada habitacion. Subieron en seguida á los guarda-muebles, donde no se cansaron de admirar el número y belleza de los tapices, camas, sofás, papeleras, vela dores, mesas y espejos que reproducian las imágenes de la cabeza á los piés y en los que los adornos, los unos de cristal, de plata y dorados los otros, eran tan bellos y magníficos que iguales no se habian visto. No cesaban de ponderar y envidiar la dicha de su amiga, que no se divertia viendo tales riquezas, pues la dominaba la impaciencia por ir á abrir el gabinete de abajo.

Empujóla la curiosidad, y sin fijarse en que faltaba á la educacion abandonando á sus amigas, bajó por una escalerilla reservada, con tanta precipitacion que dos ó tres veces corrió peligro de desnucarse. Al llegar á la puerta del gabinete detúvose algun tiempo, pensando en la prohibicion de su marido y reflexionando que la desobediencia podía atraerle alguna desgracia; pero la tentacion era tan fuerte que no pudo vencerla, y tomando la llavecita abrió temblando la puerta del gabinete.

Al principio nada vió, debido á que las ventanas estaban cerradas. Al cabo de algunos instantes comenzaron á destacarse los objetos y notó que el suelo estaba completamente cubierto de sangre cuajada y que en ella se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y sujetas á las paredes. Estas mujeres eran todas aquellas con quienes Barba-Azul habia casado, á las que habia degollado una tras otra. Creyó morir de miedo ante tal espectáculo y se le cayó la llave del gabinete que acababa de sacar de la cerradura.

Despues de haberse repuesto algo, cogió la llave, cerró la puerta y subió á su cuarto para dominar su agitacion, sin que lo lograse, pues era extraordinaria.

Habiendo notado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la enjugó dos ó tres veces, pero la sangre no desaparecía. En vano la lavó y hasta la frotó con arenilla y asperon, pues continuaron las manchas sin que hubiera medio de ha cerlas desaparecer, porque cuando lograba quitarlas de un lado, aparecian en el otro.

Barba-Azul regresó de su viaje la noche de aquel mismo dia y dijo que en el camino habia recibido cartas noticiándole que habia terminado favorablemente para él el asunto que le habia obligado á ausentarse. La esposa hizo cuanto pudo para que creyese que su inesperada vuelta la habia llenado de alegría.

Al día siguiente le pidió las llaves y se las entregó tan temblorosa, que en el acto adivinó todo lo ocurrido.

—¿Por qué no está con las otras la llavecita del gabinete? le preguntó

—Probablemente la habré dejado sobre mi mesa, contestó.

—Dámela en seguida, añadió Barba-Azul.

Despues de varias dilaciones, forzoso fué entregar la llave. Miróla Barba-Azul y dijo á su mujer:

—¿A qué se debe que haya sangre en esta llave?

—Lo ignoro, contestó más pálida que la muerte.

—¿No lo sabes? replicó Barba-Azul; yo lo sé. Has querido penetrar en el gabinete. Pues bien, entrarás en él é irás á ocupar tu puesto entre las mujeres que allí has visto.

Al oir estas palabras arrojóse llorando á los piés de su esposo y pidióle perdon con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por haberle desobedecido. Hubiera conmovido á una roca, tanta era su afliccion y belleza, pero Barba-Azul tenía el corazon más duro que el granito.

—Es necesario que mueras, le dijo, y morirás en el acto.

—Puesto que es forzoso, murmuró mirándole con los ojos anegados en llanto, concédeme algun tiempo para rezar.

—Te concedo diez minutos, replicó Barba-Azul, pero ni un segundo mas.

En cuanto estuvo sola llamó á su hermana y le dijo:

—Anita de mi corazon; sube á lo alto de la torre y mira si vienen mis hermanos. Me han prometido que hoy vendrán á verme, y si les vés hazles seña de que apresuren el paso.

Subió Anita á lo alto de la torre y la mísera le preguntaba á cada instante.

—Anita, hermana mia, ¿vés algo?

Y Anita contestaba:

—Sólo veo el sol que centellea y la hierba que verdea.

Barba-Azul tenía una enorme cuchilla en la mano y gritaba con toda la fuerza de sus pulmones á su mujer:

—Baja en seguida ó subo yo.

—¡Un instante, por piedad! le contestaba su esposa; y luego decía en voz baja:

—Anita, hermana mia, ¿vés algo?

Su hermana respondia:

—Sólo veo el sol que centellea y la hierba que verdea.

—Baja pronto, bramaba Barba-Azul, ó subo yo.

—Bajo, contestó la infeliz; y luego preguntó: —Anita, hermana mia, ¿viene álguien?

—Sí; veo una gran polvoreda que hácia aquí avanza...

—¿Son mis hermanos?

—¡Ay! nó, hermana mia; es un rebaño de carneros.

—¿Bajas ó no bajas? vociferaba Barba-Azul.

—¡Un momento, otro instante no mas! exclamó su mujer; y luego añadió: —Anita, hermana mia, ¿viene álguien?

—Veo, contestó, dos caballeros que hácia aquí se encaminan, pero áun están muy léjos. ¡Alabado sea Dios! exclamó, poco despues; ¡son mis hermanos! les hago señas para que apresuren el paso.

Barba-Azul se puso á gritar con tanta fuerza que se estremeció la casa entera. Bajó la infeliz mujer y fué á arrojarse á sus piés llorosa y desgreñada.

—De nada han de servirte las lágrimas, le dijo; has de morir.

Luego agarróla de los cabellos con una mano y levantó con la otra la cuchilla para cortarle la cabeza. La infeliz hácia él volvió la moribunda mirada y rogóle le concediese unos segundos.

—Nó, nó, rugió aquel hombre; encomiéndate á Dios.

Y al mismo tiempo levantó el armado brazo...

En aquel momento golpearon con tanta fuerza la puerta, que Barba-Azul se detuvo. Abrieron y en traron dos caballeros, quienes desnudando las espadas corrieron hacia donde estaba aquel hombre, que reconoció á los dos hermanos de su mujer, el uno perteneciente á un regimiento de dragones y el otro mosquetero; y al verles escapó. Persiguiéronle tan de cerca ambos hermanos, que le alcanzaron ántes que hubiese podido llegar á la plataforma; le atravesaron el cuerpo con sus espadas y le dejaron muerto. La pobre mujer casi tan falta de vida estaba como su marido y ni fuerzas tuvo para levantarse y abrazar á sus hermanos.

Resultó que Barba Azul no tenia herederos, con lo cual todos sus bienes pasaron á su esposa, quién empleó una parte en casar á su hermana Anita con un jóven gentil-hombre que hacía tiempo la amaba, otra parte en comprar los grados de capitan para sus hermanos y el resto se lo reservó, casando con un hombre muy digno y honrado que la hizo olvidar los tristes instantes que habia pasado con Barba-Azul.

MORALEJA.

De lo dicho se deduce, si el cuento sabes leer, que al curioso los disgustos suelen venirle á granel. La curiosidad empieza, nos domina, y una vez satisfecha, ya no queda de ella siquiera el placer, pero quedan sus peligros que has de evitar por tu bien.

OTRA MORALEJA.

A tiempos ya muy lejanos se refiere aqueste cuento. Mas ahora, aunque el marido devorado esté por celos y tenga la barba azul, ó bien negro tenga el pelo, le domina la mujer con la dulzura y talento. Para que haya paz en casa, ya sabeis cual es el medio.