Bianchetto: la patria del trabajo · Capítulo real 8 de 22

CAPÍTULO IX

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO IX

EL EMBRIÓN

En pocos días evacuó Correas las diligencias que le habían traído á la capital. Quizá le pesó no haber llevado á su familia, y permanecer hasta después de las fiestas mayas que acaricia el sentimiento patriótico del gaucho, desde los felices tiempos en que Chano las describía en verso gauchesco á Contreras, y arrancaban las notas más preciosas á nuestros poetas revolucionarios.

i Qué Mayo el de entonces !

Qué glorias aquellas !

Pero á poco alcanzó que había procedido cuerdamente viniendo solo, y que más cuerdamente procedería en marcharse pronto. Su olfato sutil había aspirado algo así como olor á pólvora en la atmósfera. Los diarios, em-

peñados en gresca descomunal, arrojaban á boca llena denuestos y amenazas á todos los hombres públicos, y llegaban en sus furias desatadas hasta proclamar la revuelta como medio de encarrilar mejoría política. Juzgando, y con razón, que en estas circunstancias lo mejor era ganar el pago^ donde era conocido y donde sabría él lo que haría, se despidió una madrugada de Ercole Fiori, y se embarcó con Bianchetto en el ferrocarril del Sud.

El viaje era un tanto laborioso. Los contratistas de esa línea no la habían prolongado á las largas distancias que hoy recorre, y menester era tomarla diligencia á cierta alturaPero era muy cómodo para Correas, quien hasta pocos años atrás, lo hacía á caballo, habiéndolo hecho una vez herido, en una carreta, la cual empleó cerca de un mes para llegar á la capital.

Bianchetto estaba absorto. Lo que le parecía inaudito era aquella llanura verde, inmensa, que iban cruzando y donde pacían cientos, miles de animales. Fijaba sus ojos para asegurarse de que no era el juguete de una ilusión, y de que las tropillas^ majadas y rodeos no se multiplicaban fantásticamente, sino que

realmente estaban ahí, en ese suelo feraz y abundante. Sobre esto hizo doscientas preguntas á Correas, quien le explicaba en su lenguaje sencillo las principales circunstancias y peculiaridades del territorio en que estaban y donde permanecerían. Y cuando Correas le decía que vería algo así como diez mil vacas y cincuenta mil ó más ovejas pertenecientes á un solo dueño en su pago, Bianchetto, que no había tenido ocasión de conocer ni aun las campañas de Milán, donde es poderoso el pastor ó el señor que posee cien vacas, lanzaba dos pintorescos ¡Per Baco!, y con todo lo que le daba la boca abierta de asombro lanzaba un ¡da vero! esperando ver con sus propios ojos esos prodigios de la multiplicación de las especies que producen riqueza incalculable, y que para el gaucho es cosa mucho más sencilla que soplar y hacer botellas, por la sencilla razón de que sabe trabajar cuatro ó diez años el crecimiento de sus haciendas, pero no sabe hacer una botella.

Después de medio día descendieron del ferrocarril y se dirigieron á la agencia de la mensajería, en la cual debían seguir viaje. De paso Correas entró en ana tienda del pueblo y compró un poncho, una faja y un buen cu-

chillo de hoja de algo más do una cuarta de largo, y dijo al muchacho:

— Tome, amigo : esto le ha de hacer falta para comer y para el frío ; cuando monte á caballo le daré un chiripá, que es más cómodo que el pantalón. Si llega á perder este poncho ha de andar en camisa como si le hubiesen robado, y si pierde el cuchillo comerá con la mano y lo echará siempre de menos en el trabajo.

Bianchetto entendió lo principal, es á saber, que no debía perder esas prendas tan recomendadas. Correas le envolvió la faja en la cintura, sujetándole el extremo bajo los dobleces de la misma; le enseñó á colocarse el cuchillo al través de la faja, sobre los ríñones? con la empuñadura parala derecha; le puso el poncho por sobre la cabeza para que le cayese sobre los hombros, y se limitó á esto, porque el mayoral de la diligencia no dio sino veinte minutos para comer y emprender viaje en seguida. . .

Lo que más le llamó la atención á Bianchetto en la tal comida, fué ver un hierro de mayor altura que él, que habían clavado en el suelo y en el cual había ensartado un cuarto de carne de vaca, asada con leñas y ramas re-

cogidas por ahí. Se dijo para sí que eso sería la carne para el consumo de una buena parte del pueblo. Su asombro creció cuando Correas que departía con el mayoral, autor de ese famoso asado para regalo de los pasajeros que conducía, le dijo que hiciera lo propio que él; que cortase una buena tajada y que comiese con pan, pero pronto porque no había mucho tiempo, y que guardase otra tajada para la noche, cuando quizá habría hambre.

Á la voz del mayoral, los pasajeros ocuparon sus asientos y la diligencia penetró en el seno de la Pampa. Pero la Panlpa no penetró todavía en Bianchetto. En. el magín de éste los asombros se daban de mojicones. El muchacho no acertaba á explicarse ninguno por la sencilla razón de que Correas dormía profundamente. Cuando la diligencia se detenía ybajaban á estirar las piernas mientras se cambiaba caballos, se deshacía en preguntas que Correas respondía con su habitual bonhomía. En compensación esa noche durmió á pierna suelta, y lo primero que hizo en la madrugada siguiente, fué ver si tenía puesto su poncho y sujeto su cuchillo. Al tantearse notó que tan bien sujeto lo tenía, que le había machucado las carnes sobre los ri-

ñones, de resultas de haber dormido boca arriba, sin ponerlo prudentemente bajo la almohada que le dieron con la manta, para que se acostase bajo el rancho de paja.

En la tarde del siguiente día llegaron á un puesto de la estancia de Correas. Aquí se despidió éste del mayoral, hizo traer caballos, dio un overo muy manso á Bianchetto, y el muchacho inició su aprendizaje hípico con una desenvoltura que á las claras inducía á creer que al día siguiente 16 dolería, y eso que apenas debían recorrer veinte cuadras.

La esposa y la hija de Correas divisaron á su dueño, desde la tranquera donde contemplaban la puesta del sol de aquella tarde. El gaucho atrajo á las dos sobre su pecho y siguió hasta la casa contándoles las novedades que había visto y dándoles las prendas que le habían pedido les trajese. Bianchetto signió á su patrón, y á las preguntas de la esposa, Correas se lo recomendó diciéndole cómo lo traía y que lo hiciese dormir en un ranchito pegado á la modesta casa de material y que él no había querido derribar, porque fué el mismo que ocupó cuando recién fué á ese campo.

Correas despertó al alba. Dio sus instruccio-

nes al capataz y éste llevó consigo á Bianchetto, dejándole con otro muchacho al cuidado de la majada de ese puesto^ compuesta de unas mil quinientas ovejas.

El capataz, educado en la escuela severa de Correas, le explico ese día y los sucesivos cada una de sus obligaciones, acompañándole él mismo en ciertos momentos y presentándosele inopinadamente otras para ver si las cumplía, ú observarle las deficiencias que notaba, á bien que nunca en tono áspero, sino con ese modo que se antoja indolente, pero que es el peculiar del gaucho, quien sólo sube el diapasón por motivos muy graves, cuando la borrasca se desata en su pecho contra un hombre, jamás contra un niño.

Bianchetto entró de lleno en su aprendizaje de la vida del campo, sin experimentar mayor violencia en esta transición completa entre lo que había sido y lo que comenzaba á hacer en ese ambiente donde la naturaleza irradia á cada paso bienes fecundantes.

Es que las transiciones de la vida sacuden á los hombres más que á los niños. Éstos las miran del punto de vista de la serie de sorpresas que les ofrecen y se asimilan á lo que el destino les depara, como si desafiaran igualmente

la dicha ó la adversidad. Aquéllos ó apuran los sinsabores, ó son el juguete de su debilidad si la transición^ no les favorece, ó se yerguen como el demonio de la vanidad si la transición los levanta á una altura que les produce vértigos. Se diría que liay cierta filosofía iluminada en el alma tierna de los niños, que falta á los hom~ bres en los momentos supremos, y que por esta razón pueblos y familias contemplan muchas más injusticias de las que debería de haber.

El hecho es que, cuando al cabo de algunos meses Bianchetto pudo hilvanar las impresiones que le producía su nuevo género de vida, encontró desde luego, que el trabajo era, más que pesado, rudo, por esa ronda en el campo, á caballo casi todo el día, y á veces de noche; por las lluvias y el sol que tenía que soportar allí donde no había más abrigo que el poncho y el sombrero de ala angosta y volcada sobre los ojos, y por cierta monotonía que imponía la esclavitud de hora y de momento, y á que estaban sometidos desde el patrón hasta él, que era el último.

Pero no se sentía dispuesto á rebelarse contra ello. Se daba cuenta de que le imponían ciertos deberes para que alcanzara ciertos beneficios; y movido por el egoísmo y por una impulsión

de respeto que, sin saberlo él, le inspiraba el hombre bueno que allí le condujo y que compartía las faenas más rudas, hallaba cierto halago en poner de su parte todos los medios para que ese hombre le encontrase digno de las promesas que para sí se hacía.

Y como si quisiese demostrar en cabeza propia que la filosofía fácil de los niños se adapta á todas las situaciones, aun á la de los sufrimientos que se aproximan á los martirios, Bianchetto se decía que él sabía de antemano que debería trabajar «duro y parejo», según la expresión de Correas; que si bien su trabajo era rudo, ese hombre era muy bueno para con él, y que en caso de que fuese malo y no le diese lo que se prometía, sacaría cuando menos el provecho de aprender á trabajar, y el tiempo diría lo demás.

Bianchetto encontró algo más. Algo que trasmitía á su sangre y á su ser cierta impresión agradable cuya repetición colmaba sus deseos^ y que no sabía lo que era, porque nunca lo había sentido; algo así como esa fruición que siente un hombre cuando por la primera vez cree poseer un afecto que le hacía falta. Cierto inñujo simpático lo atraía á Correas y á la familia de éste y se abandonaba á tal influjo compensando con

el gozo que le proporcionaba las molestias que su trabajo podía ocasionarle.

Huérfano desde tierno niño, no había conocido más vínculo que la tía Marcotta la cual le dejó prontOo No recordaba haber sido jamás objeto de un cariño. Los primeros besos que había visto darse en familia eran los que todas las mañanas y todas las noches daba Correas á su hija cuando la niña cruzaba los brazos y le pedía la bendición. De no ser el beneñcio que recibió de los caballeros españoles en Sestri, tampoco recordaba que nadie le hubiese sonreído, atendido en su persona, en sus ropas, en sus comidas, y hasta en su sueño, haciendo de esto un hábito.

Ahora recibía estos beneñcios, que le ataban al mundo con sentimientos que imprimían nueva dirección á su alma. Correas y su mujer comenzaron por prodigarle sus bondades, porque así les nacía hacerlo. Y las redoblaron porque el muchacho les inspiró acariñado interés. Ellos le habían dado todo lo necesario en el campo para su uso. Durante las siestas le hacían leer en castellano en un libro para niños que pertenecía á la hija. Le llamaban al seno del hogar cuando después de encerradas las ovejas Correas descolgaba la guitarra para enseñarle algunos aires

y canciones que se sucedían hasta la hora de la cena. Y todavía al despedirse hasta la siguiente madrugada, le recomendaban que no se durmiese sin rezar el Padrenuestro.

Correas no salía de casa sin que Bianchettp le siguiese. Un día lo hizo maquinalmente, como si una secreta inspiración le dijese que sus pasos en la vida debían seguir los de ese hombre. Otro día volvió á hacerlo, y de ahí tomó la costumbre, á tal punto que después, cuando Correas iba hasta el pueblo, ó á recorrer los puestos^ ó á hacer algunas ventas y su mujer no veía á Bianchetto porque éste apretaba á la sazón la cincha á su caballo, ó no había dado vuelta todavía el corral y enfrentado á la casa, le gritaba avisándole que Correas ya se iba. Él siempre se componía con el otro muchacho que cuidaba la majada para no desatender su ocupación.

Y Correas se había habituado también á ir acompañado de Bianchetto, como que en varias ocasiones le fué muy útil y le ahorró algunos galopes. Cuando andaba á pie, Bianchetto seguía detrás de él, y su esposa había observado que el muchacho le tomaba á su marido todos los puntos, como que en todo trataba de imitarle; y tanto que, un buen día,

creyendo que en algunos meses podía aprenderlo todo, quiso montar en pelo un moro redomón que Correas había montado el día anterior. El moro le tendió en el suelo. La ancha herida que se infirió en la cabeza fué parte á acariñarle más con Correas y su mujer, pues éstos le asistieron como á su hijo, trayéndole auna habitación contigua. Sin perjuicio de esto, y cuando le vio casi restablecido. Correas le dijo que eso no era del todo malo «porque á golpes se aprende á vivir ».

Así había vivido él, y en esta expresión ruda le trasmitió la lección práctica para que adquiriese la fortaleza y el carácter que constituyen la virtud más preciada del hombre.