Bianchetto: la patria del trabajo · Capítulo real 10 de 22

CAPÍTULO XI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XI

EL VOLUNTARIO

Tres jinetes se detuvieron en la tranquera de la casa de Correas una de esas mañanas de Septiembre, en que no ya los hombres, sino los caballos adiestrados para las estancias^ quieren moverse cuando á la intemperie sienten los miembros entumecidos por el frío y por la lluvia que azota el pampero en forma de hebras diagonales.

Correas que se hallaba en el galpón^ llamó dos veces á los perros, pero como éstos insistiesen en sus ladridos, dando á entender claramente que se tratabarde gentes que no conocían, se allegó para reconocerlas. Eran el alcalde, su compadre, armado á sable, y dos paisanos con carabina á la espalda.

Les hizo entrar á la habitación que le ser-

vía de comedor, y entre mate y mate, el alcalde le dio una noticia que desde hacía muchos años no oía por esas alturas. Acababa de estallar una revolución, y el paisanaje no atinaba á pronunciarse.

El alcalde mismo se revolvía entre perplejidades implacables. Unos le tiraban hacia un lado, y los otros le decían que se quedase quieto. En tal situación venía á tomar consejo de un hombre prudente y experimentado como su compadre Correas para resolver su situación, y pasar la voz á los paisanos que quisiesen seguirlo.

— Pero, compadre, ¿está seguro que es el general Mitre quien se ha alzáo contra el gobierno? preguntó Correas.

— ¿ Que si estoy seguro, dice ? Si yo he visto las proclamas, y del lado del Tuyú está reunida esa gente.

— ¿Y Alsina qué hace, compadre?

— Dicen que ha mandao su gente, y se queda en la ciudad porque los revolucionarios han de quererla tomar.

— ¿YV. ha hablao con el comandante?

—De juro que hablé con él, y me mostró las proclamas, y me dijo que llevara los muchachos con sus armas. Pero en estas circuns-

tancias no quiero cortarme solo, y vengo á hablar con V. cuya experencia conozco.

— Bueno, compadre, yo creo que antes de comprometer á nadie, es bueno saber lo que hay. Si hay que pelear, pelearemos; pero hemos de saber por quién peleamos. Si quiere vamos á ver al comandante, y de paso llevemos también á Burgos y á Videla, que han de reunir alguna gente?

— Bueno, compadre.

— Y dígame, compadre, ¿ sabe donde están los comandantes Miñana y Muñoz?

— En las chacras del Azul, ande acude el paisanaje al grito de ((¡viva Alsina!»

Correas conocía el flaco pintoresco del alcalde, pero ante las noticias que le trasmitía creyó prudente no aguardar más, y montando á caballo salió con el alcalde. Bianchetto le siguió, según su costumbre, bastante intrigado con los motivos por los cuales la gente debía sacar á relucir las armas por esas alturas.

El comandante les explicó detalladamente á los amigos reunidos, todo lo que sabía y hasta lo que no sabía, y en presencia de la sitúa ción y de la urgencia que se encarecía en una circular del doctor Adolfo Alsina, cuyo influjo en el gobierno era notorio, y cuyos prestigios

entre el pueblo se antojaban incontrastables, resolvieron armarse y acompañar al comandante en defensa del gobierno constituido.

Uno de los puntos de reunión de los voluntarios fué entonces la estancia de Correas. Cuando se aproximaron fuerzas regulares el comandante territorial le ordenó á Correas que se presentase con su gente en el cuartel general.

Correas descolgó sus armas, preparó una pequeña tropilla de caballos, abrazó á su mujer y á su hija, que deshechas en lágrimas, pero resignadas y sumisas, le acompañaron hasta la tranquera. Al subir sobre un moro que recién iba á estrenarse en una campaña, vio á Bianchetto, listo también para acompañarle.

— ¿Qué es eso, Bianchetto?, le dijo: yo no voy al pueblo, voy más lejos, quédate con las mujeres.

Los ojos del muchacho se hincharon como si cien lágrimas confundieran sus energías para saltar á la vez.

— Yo voy con V. ahora, dijo, con voz ahogada, como voy siempre, y si he servido antes, hoy puedo servir también.

— Este servicio no es para los niños. Puede

tocarte nna bala y yo no quiero tener esa responsabilidad. Aquí no van más que criollos y tú eres italiano, de modo que no hay necesidad de que vayas.

Bianchetto comprendió que la voluntad de Correas prevalecería si él no asumía una actitud heroica, y la asumió á su manera respondiendo :

— ¡Una bala! ¿y qué me importa que me toque una bala? ¿No puede tocarle á V. que deja su mujer y su hija? ¿ No tienen madres y hermanos esos muchachos que van con V. ? Yo no tengo familia, no tengo más que á V. ; cuando V. se marcha es porque va á cumplir su deber. ¿Y porqué no quiere que lo cumpla yo? ¿Porque he nacido en Italia? V. me ha dicho que en este país se confunden todos los hombres trabajadores. Pues yo quiero seguir ahora la suerte de todos esos con quienes voy á vivir; y si V. no me lleva... si V. no me lleva, agregó Bianchetto, haciendo un esfuerzo, me iré solo y trataré de no perderme en el campo para llegar adonde V. esté.

Correas no conocía á Bianchetto bajo esta faz. Lo contemplaba asombrado. Las últimas palabras del muchacho, tan sumiso siempre ante sus indicaciones, le hicieron comprender

que era capaz de hacer lo que decía, y quede todo lo que pudiere suceder en tales circunstancias lo peor no era llevarle consigo.

— Bueno amigo, le dijo, venga conmigo, que al fin no le ha de pesar aprender también á pelear en esta tierra donde todos somos sol dados cuando llega el caso.

Y Bianchetto se agregó á la pequeña columna en marcha hacia el cuartel general, gozoso de confundirse con esos gauchos tan fuertes y tan decididos, muchos de los cuales iban por la vez primera á habérselas con las balas, estas mensajeras anónimas que penetran los aires con armonías de muerte.

Las impresiones de la vida del soldado en campaña; esos gauchos que de todas partes concurrían con sus caballos y sus prendas al llamado de las autoridades y de los vecinos prestigiosos, y que al día siguiente arrostraban sin violencia las privaciones y las fatigas del veterano ; esa espontaneidad con que se proporcionaba recursos y se entregaba las vacas para el consumo, los caballos para las marchas, en donde se alzaba un rancho de paja ó una casa de ladrillo; esa unión fraternal del soldado con el soldado, así en las alegrías como en los peligros; esos campa-

mentos levantados hoy y levantados otra vez mañana en cualquiera parte de la Pampa, donde había agua y pastos, todo esto era nuevo para Bianchetto, quien en el colmo de sus curio sidades satisfechas, sólo había visto los alrededores de los fuertes de Genova, cuando trepó á las alturas de la montaña por el lado

de Bolzanetto.

Al cabo de algunos días, Bianchetto se encontraba mejor que cuando llegó, un poco molido por una marcha de más de veinticuatro horas, durante las cuales apenas se durmió y apenas también se dio tiempo para azar una poca de carne y comerla á caballo. Todos los muchachos de su pago formaban un escuadrón mandado por Correas, quien lo designó su asistente.

Por la madrugada y por la tarde se hacía ejercicio hasta que llegaba la orden de avanzar hacia el Sud, ó recostarse hacia el Oeste. Por la noche, cuando se permitía encender fogones, los gauchos formaban animadas ruedas, y entre el mate y el asado, se pulsaban las guitarras. ¿De dónde salían estas guitarras? Quizá de SilgnnR pulpe ?ia cercana, ó de entre los carros de los proveedores, quién sabe de donde, pero el caso es que aparecía en el

momento propicio para que el gaucho pudiese lanzar al aire su querella. En esas justas era de ver cómo caían hechas pedazos las reputaciones de los payadores, al empuje de otros noveles, quienes podían llamarse realmente victoriosos, si salían ilesos en la de tajo más ó menos que se seguía cuando no intervenían los más prestigiosos. Á las diez el toque de silencio y todos á sus carpas, si es que las había, y si no ahí no más, en el suelo, sobre los ponchos y el recado, cuando no se dormía con las riendas del caballo en la mano.

Un campamento de noche en la Pampa es lo imponente á través de la inmensa sombra. En Septiembre las noches son generalmente lluviosas. Cuando lucen las estrellas es entre celajes que proyectan en el suelo resphmdores dudosos, penumbras fantásticas, moles arbitrarias, hasta monstruos que se alejan y se allegan según la imaginación del que vela. Un árbol suele aparecer como un gigante que aletea. Un caballo muerto proyecta resplandores semejantes á los de una población incendiada. Un pájaro encima de una estaca, se antoja una copa colosal que oscila en todas

direcciones. Los caballos que pacen ¿á cierta distancia tienen el aspecto de nubarrones que vienen á desplomarse sobre las cabezas.

Estas apariciones estrambóticas, estas visiones absurdas, estas transformaciones imposibles, se agrandan y varían como las de un kaleidescopio vertiginoso, al través de los rui dos que surgen fatuos de entre el silencio de la noche en la Pampa. El reino de los insectos microscópicos, que cuanto más se agita tanto más colma los apetitos de los insectos mayores: el de los reptiles, que penetra las tinieblas para vengar en parte la guerra á muerte que le declaran los otros reinos : el de las aves de rapiña que espían desde las ramas de los árboles el momento propicio para hacer su presa, y que quizá la escogen entre los que más confiados están ahí en su propia vida: el de las hierbas fibrosas que despliegan sus nervios y los rozan entre sí, convidándose en la hora de sus voluptuosidades ; estas y otras universalidades agitan el movimiento en esa hora en que se antoja que el movimiento ha cesado, y manifiestan los anhelos en la forma de vagos estremecimientos, de palpitaciones sordas, de ecos indefinibles que repercuten en el pecho de los que

velan, y lanzan la imaginación en el sendero sin fin de lo monstruoso. Todo se agranda ahí, hasta el latir de las sienes, que se oye como martillazos, y que, se cree, debe oirasí el que vela al lado.

El devaneo suele durar lo que dura la obscuridad. Los nervios fatigados ceden al sueño cuando se proyectan las primeras inciertas claridades del día. Pero el sueño es corto entonces, porque presto la diana llama á todos á sus puestos. El buho hiende el aire con su chillido ondulante; los chimangos, los gavilanes, los caranchos y los cuervos lanzan los ecos de su hambre nunca satisfecha, cerniéndose cerca de los animales que se carnearán más tarde; los jilgueros, cardenales, churrinches, tordos, chingólos, zorzales, mixtos, calandrias y urracas entonan su coro de armonías en la Pampa, en las ramas de los ombús, de los talas, de los sauces y de los álamos; los perros ladran, caracoleando delante del sitio en que durmieron sus dueños, y aquel fantasma que hizo juguete suyo á tanta imaginación calenturienta, entre la envoltura de tanto hombre valeroso, pliega sus alas frías, negras y pegajosas, para no abrirlas hasta la noche siguiente.

Bianchetto, hombre meridional, soñador y romántico, había sido también el juguete de todas esas alucinaciones ; pero concluyó por habituarse á todos los ruidos nocturnos de la Pampa, proveyéndose de una dosis de filosofía estoica para aprovechar contra viento y marea de las horas que se concedían al sueño del soldado.

Cerca de un mes anduvieron recorriendo el Oeste de Buenos Aires las fuerzas de que formaban parte Correas y Bianchetto, sin ha. ber intervenido más que en escaramuzas eu las que se foguearon los soldados nuevos, hasta que recibieron orden de plegarse á una pequeña división veterana que mandaba el coronel Hilario Lagos.

Este militar, cuya pericia y cuyo valor le habían creado justa fama en el ejército, se encontraba á pocas leguas del campo de Catriel, cacique mayor de los indios Pampas, el cual se había pronunciado con sus guerreros por la revolución.

Una noche se sintió movimiento en el campo de la división. En breves instantes toda ella estuvo á caballo y Lagos al frente, dando órdenes severas respecto de la marcha que iba á efectuar. Nadie sabía adonde se dirigía . . .

En la alta noche los soldados viejos comprendieron que habría función^ porque se forzó la marcha... Así era en efecto. Lagos quería sorprender á Catriel. Sorprender á un indio era de suyo operación difícil; pero Lagos estaba habituado á ello, y lo consiguió esta vez como lo consiguió posteriormente con el no menos famoso cacique Pincen, á quien venció y persiguió, llegando en los vuelos de su fantasía caballeresca, hasta invitarle á un combate singular en medio de la Pampa. Á la madrugada lanzó su división sobre Catriel. Fué un torbellino que azotó de improviso. Catriel pudo formar sus guerreros y pretendió envolver á los veteranos, pero Lagos ([ue conocía la táctica del indio, prolongó su línea y lo flanqueó, obligándolo á parapetarse detrás de unos corrales. Aquí fué recio el combate al arma blanca. Los indios se batían desesperados, y los veteranos, á pesar de la superioridad del número, tenían ganada la partida. Al distinguir á Catriel que excitaba á los suyos y lanceaba á los que vacilaban, Lagos picó su caballo, se abalanzó hacia el cacique, y poniéndole al pecho su espada le intimó rendición. Catriel se tiró del caballo, y alargándole la mano le dijo :

— i La vida ! hermano ....

— Le aseguro la vida, le dijo noblemente Lagos, y le hizo conducir hasta un carruaje que venía en camino^ mientras la división se encargaba de toda la tribu prisionera.

Bianchetto no pudo medir la importancia militar de esta refriega, porque ni siquiera se dio cuenta de su propia situación. Estupefacto se movía como por resortes que le imprimiesen sus compañeros, en ese entrevero de indios que esgrimían con tanta certeza sus boleadoras y sus lanzas, y esos soldados que los acuchillaban con sus grandes sables, pie á pie, como lidiadores antiguos, sin que se pudiese decir con exactitud en los supremos momentos del combate, de qué lado había mayor pujanza.

Felizmente para él, el coronel Lagos dio orden de marcha hacia el cuartel general, donde no se quería creer que Catriel y los suyos venían prisioneros y donde fué aclamado por su triunfo. Comunicó al comandante en jefe la garantía de la vida que había dado á su prisionero; pero á poco se retiró profundamente contrariado al saber que de orden superior acababa de resolverse la suerte que le tocaba á Catriel.

El pundonoroso Lagos se alejó algunas leguas de ahí y se propuso dar un golpe decisivo á la revolución, contando como contaba con la excelente fuerza á sus órdenes, con el conocimiento del terreno en que operaría y la calidad de fuerzas que se le opondrían. Al efecto marchó hacia el Norte donde se había reconcentrado el ejército revolucionario que comandaba el general Mitre €n persona.

Un buen día comunicó á su jefe superior que^ €n virtud de las órdenes que tenía recibidas, marchaba á presentar combate al grueso del ejército revolucionario. Esto se antojaba á primera vista una audacia temeraria de Lagosi quien si bien era conocido por sus proezas de valor personal, tenía bien sentada reputación de militar prudente y calculador.

Pero Lagos había calculado todo. Su fuerza se componía de 800 veteranos. El ejército revolucionario ascendía á 9.000 hombres, entre los cuales no había la cohesión y disciplina indispensables para el éxito en el combate. Calculando sobre esto y sobre que los revolucionarios no imaginarían que una pequeña división vendría á batirlos, Lagos marchó de día y de noche, cruzando la campaña de Buenos Aires. Al llegar á las inmediaciones de Junín formó

en línea de tataDa frente al ejército revolucionario, y en nombre del Gobierno Nacional le intimó rendición, ó que de no someterse lo batiría inmediatamente.

El momento era imponente. El eco del clarín condensaba el mundo de emociones que agitaban á la fila veterana mientras se resolvía esa especie de invitación á la muerte que dirigía á la otra fila, cuando quizá más risueña que nunca se acariciaba la vida. Todos los amores y todos los recuerdos, ahí delante, seductores. . . y frente á esta dulce esencia del alma, la masa animal impulsada por los instintos fieros.

Porque la presencia del enemigo antes de entrar en combate oprime el pecho con pesos implacables. Se diría que una fuerza inaudita presta alientos de gigante para ahogar entre hierros retorcidos las palpitaciones del corazón, á fin de que todo se acalle y no quede más que una voluntad para matar. Los hombres son entonces máquinas cuyo funcionamiento es tanto más satisfactorio, cuanto mayor es el número de hombres que inutilizan. Y en ese momento en que ninguno, puede contar sobre su suerte^ tiemblan á pesar de los esfuerzos que hacen para ocultarlo. Tiemblan, sí, befados en su amor propio, como tiemblan los caballos, estre-

meciendo á toda la fila, é imprimiendo á las armas, á los frenos, á los estribos ese sonido siniestro, persistente, indefinible, verdadera convulsión del acero ante la muerte que se cierne.

Bianchetto temblaba también. ¿Tenía miedo? Propiamente no conocía este agente que se aloja de súbito iiasta en los hombres mejor templados. Pasada la impresión de la refriega con Catriel, midió el valor de sus compañeros y la pujanza de los indios, y se explicó cómo en los combates no caen por regla general tantos cuantos se cree caerán, sino tantos cuantos deben caer en razón del número, de la posición y de las armas. Esto y cierta entereza genial, fortalecida por el género de vida que llevaba en la Pampa, estimulaba sus bríos, propiciándole cierta seguridad de que se conduciría dignamente en el combate.

En esta disposición se encontraba, cuando he ahí que al formar en batalla, comienzan á temblarle las piernas pertinaz y vergonzosamente. Esto le mortifica y aprieta los dientes de coraje, procurando imprimirle cierta tensión á todo su cuerpo. Pero las piernas se ríen de él al compás de ese baile sin nombre. Los colores le suben al rostro, porque se siente capaz de lo que pretende, y hasta le vienen ganas de

picar su caballo y avanzar sólo sobre el enemigo; pero las piernas siguen temblando. . . Se afirma en los estribos y las piernas hacen ceder á los pies con su temblor diabólico. Un compañero observa este temblor y le dice sonriendo que solamente con una sangría desaparece, y á Bianchetto le vienen ganas de pincharse con el cuchillo para que termine esa mofa de sus piernas. Se toca la cabeza y siente sus bélicos ardores : se mira la mano, y ésta sujeta con fuerza la carabina: se contempla sus piernas y... se le cae el alma á los pies porque tiemblan insolentemente. ¿Era miedo?, repito. ¿Era agitación puramente nerviosa? ¿Qué era eso? Muchos veteranos y probados valientes han experimentado ese temblor parcial enfrente del enemigo, y nunca se lo explicaron porque. . . desapareció cuando hasta la idea de uno mismo desaparece entre los fragores del combate.

Bianchetto no pudo explicárselo tampoco, porque en esta ocasión no hubo combate. El general revolucionario destacó un oficial superior para comunicarle á Lagos que tenía entablada negociación con el Gobierno Nacional y que era inútil renovarla. Guando Lagos reiteró su intimación en virtud de órdenes de su superior y se preparaba á cargar al ejército revo-

lucionario, un jefe nacional le trasmitió órdenes directas del Presidente de la República, y entonces no pudo menos que retirarse.