Bianchetto: la patria del trabajo · Capítulo real 12 de 22

CAPÍTULO XIII

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CAPÍTULO XIII

PARA QUEDAR DE PIE

Es lo cip.rto que las gentes decían que el nuevo Presidente necesitaba del concurso de la opinión para desenvolverse en un país que prefiere sentir el peso de la acción del Gobierno, á sentir el vacío en el Gobierno; y que desde sus primeros pasos mostró que, con ó sin el concurso de los conservadores, era capaz de hacer efectivo el programa político que puso solemnemente bajo la advocación de Rivadavia y de Sarmiento.

Pero como aquellos cortesanos que acudían de mañana á las liabitaciones de Luis XIV con el plausible objeto de matar dos pájaros de un tiro, esto es, hacer constar que habían presenciado el primer bostezo de S. M. y averiguar la peluca que llevaría, para encasquetarse oportunamente la respectiva, los conservado-

res se apresuraron á manifestar su adhesión en todas las formas que reputaban gratas para el Presidente.

Desde luego asediaban la casa de S. E. los que tenían acceso á ella. Pero S. E. se recogía tarde, porque se entregaba á sus lecturas favoritas sobre política y letras, y se levantaba tarde, almorzando ligeramente en la cama y escurriéndose en seguida para sn despacho de la Casa Rosada, en donde solamente se le veía por asuntos públicos.

Luego los banquetes fastuosos, encomendados á tal ó cual restaurant, porque los anfitriones comían de regla muy mal y bebían peor, como que vivían todavía de la carbonada ó de la humita después del asado, bebían vino priorato y fumaban cigarrillo negro. Pero S. E. estaba un desganado crónico, sempiterno consumidor de bombones y caramelos que llevaba consigo, como para demostrar que no le era necesario sentarse ni á la mesa de banquetes.

Otro recurso fué el de las inauguraciones de establecimientos, cuyos preparativos elaboraban para figurar ellos como elemento decorativo. Calculaban que el Presidente pronunciaría uno de esos discursos que le valieron la reputación de brillante orador de su tiempo,

y que en ese discurso alguna alusión á ellos habría. Pero el Presidente, con ser que conduda la frase al compás de una harmonía inagotable cuyos ecos vibraban después en los oídos, la encuadraba siempre dentro del preceptismo oficial, lapidándola de todo lugar común y de todo motivo ajeno al deber que desempeñaba.

Ellos fueron aquí los inventores de las funciones de moda en el teatro de Colón, las noches en que acudiese el Presidente, para acudir ellos también. Pero como al palco oficial no penetraban, por entonces, sino los ministros del Presidente ó los diplomáticos invitados, los conservadores se limitaban á manifestarle á S. E. con sus reverencias que estaban allí para rodearle.

El carruaje del Presidente no rodaba hacia Palermo sin ser seguido de los carruajes de los conservadores. Pero el Presidente no era muy afecto á los efectos del aire libre. En seguida de recorrer el pequeño trayecto de la avenida de las Magnolias, — allí mismo donde con motivo de la inauguración de ese gran parque, produjo uno de sus más bellos discursos,—se metía en su carruaje, solo, ó con su edecán, como si prefiriera el sabor de un caramelo al de la conversación presuntuosa de

esos señores que le repetirían como un fonógrafo lo que ya habían dicho á otros Presidentes.

Simultáneamente con todo ello vinieron los grandes saraos. El Presidente no bailaba. Pienso que sentía por los que gozan dando vueltas vertiginosas una compasión muy semejante á la que inspira un tonto de capirote. Pero iba á los bailes. Espíritu fino, observador y cultísimo, que seducía por los vuelos simpáticos que con maestría singular imprimía á su conversación, velándola con cierta indiferencia romántica, iba á los bailes como á cualquier otro centro de reunión, con el propósito de pulsar las palpitaciones de la sociedad que quizá le habían presentado hostil á su persona; de escuchar y de decir cosas agradables que trasuntasen ecos del sentimiento, del arte ó del talento.

Pero su presencia era una especie de desahucio para los que querían acaparárselo. Al amago serio de uno de estos ataques, respondía con una sonrisa y se dirigía á una dama para elogiarla, ó á un joven pan hablarle de algún libro, dejando á la una y al otro bajo- la impresión grata de una frase que corría después de boca en boca, porque era realmente feliz. ,

Uno de esos bailes eclipsó á los demás, al sentir de los conservadores^ por el triunfo que éstos creyeron haber alcanzado.

Era en una casa principal. El Presidente prometió que asistiría. La noticia había recorrido como por vía eléctrica todas las casas de conservadores, y las invitaciones llegaron á cotizarse á la alza de las mejores influencias. El dueño de casa, asediado, perseguido por los empeños de sus mejores amigos y de los amigos de éstos, creyó que era llegado el caso de desesperarse, y como todavía lo persigiesen, atolondrado y sin noción ya de la cantidad, continuó dando invitaciones á granel.

Los grandes salones se transformaron en manos de los tapiceros, decoradores, gasistas y jardineros, estos zapadores que recomponen destruyendo cuanto encuentran, y que dejan un salón después de un baile como el proscenio de un teatro, en el cual ya no se puede contar los agujeros. El dueño de casa comenzó por contemplar con horror la irreverencia con que esos zapadores trataban sus magníficos espejos con consola, suprimiéndolos por inútiles; sus mesas de caoba maciza con incrustaciones; sus jarrones con el retrato de uno que fué virrey y de otra que íué virreina, según

decía; sus pendientes y arañas de cristal, iguales á las de la iglesia de Santo Domingo, como que fueron traídas juntamente con éstas en el año de 1826 por un padre que murió en olor de santidad, y en el mismo barco en que regresaba de Europa D. Gregorio Gómez, el primero á vapor que arribaba á Buenos Aires; sus butacas V sofás de Jacaranda v damasco de seda color rosa, que no hacía mucho se había cambiado sobre el armazón exactamente igual al que adornó el salón de doña Flora Azcuénaga.

Su horror se mechó con una ira, en modo alguno comprimida, cuando vio entrar en función los clavos y los martillos que hacían trizas el papel de fondo blanco con calabazas verdes y extremos dorados que cubría las paredes, con el objeto de colgar unos cuadros con hombres, mujeres, artistas, reyes y hasta mares, cuya representación jamás había soñado ver en su casa.

Ya estaba medio calcinado el hombre cuando los zapadores empezaron á barrer con todo lo que había en una habitación cerca del salón principal, la cual le servia de dormitorio y donde él encerraba, además, un sinnúmero de cosas que le eran muy útiles. Que no sacarían de ahí una silla, les dijo con voz de trueno, y que si pensaban poner lo de arriba abajo en su

casa, se engañaban, porque ya había soportado demasiado.

Mediaron los amigos interesados, que no le dejaban un instante. Era indispensable transformar esa habitación que interceptaba el gran comedor, para disponer ampliamente de todo el edificio que encuadraba el primer gran patio. Y no fué sino á través de protestas como quedó transformado el comedor, notable por lo abigarrado del mueblaje y por la cristalería de todos tamaños y colores, restos que iban quedando de antiguos servicios y que subvenían á las necesidades, porque allí siempre se comía en familia y la familia podía beber en copa ó vaso de cualesquiera colores. Sólo el dueño de casa sabía cuántas desazones y cuántos desasosiegos le costaba esa revolución casera, fraguada en pequeño número de amigos/ para conservar posiciones á costa de estrechar relación con el Presidente.

Á media noche no había en los salones donde echar un alfiler. Las gentes habían afluido en tropel al olor presidencial. Las bellezas de esos días imprimían la nota más alta á esa fiesta cuyo significado no les alcanzaba, por la sencilla razón de que ellas constituían el princi-

pal brillo. Rezagadas se mostraban á esa hora ciertas notabilidades en las letras, las armas, la política y el foro, precisamente aquellas cuya presencia ansiaba el dueño de casa para que ei Presidente midiese su influencia por sus relaciones. Esto le proporcionó nuevos desasosiegos que se calmaron á medias, encargando á alguien que fuese á solicitarlas.

El Presidente entró á eso de la una. El dueño de casa y sus corifeos, de corrillo en corrillo, preparaban el ánimo de su público para que la entrada del Presidente fuese impresionable. Todo estaba prevenido.

Cuando el carruaje presidencial venía por la bocacalle, un sirviente corrió á avisarle al dueño de casa: éste repartió la nueva á los que le seguían, éstos la trasmitieron á los corrillos y el eco se hizo carne en todos los pechos varoniles. Cuando el carruaje se detuvo á la puerta, el dueño de casa, seguido de una gran comisión de recepción, lo recibió allí y colocándose á su izquierda, entre tropezón de más ó menos, — porque estaba emocionado, — verificó con él su entrada en el salón.

¡Entrada triunfal! Conmovió á la familia y á los íntimos, interrumpió las conversaciones, produjo la solemnidad esperada, pero... no

alteró un músculo del Presidente, quien quizá encontró un poco fuerte ese aparato destinado á exhibirlo á la faz de ambos sexos.

El silencio y la inmovilidad de ese cuadro vivo se prolongaba como si al dueño de casa se le hubiesen roto todos los resortes para operar el mutis obligado. El Presidente rompió el hielo aceptando un asiento que le ofreció á su lado la señora de la casa, á quien él cumplimentaba y á quien poco después invitó á pasear los salones. De esta manera rompió también un círculo de boquiabiertas que lo estrechaba cada vez más.

La orquesta de Firuletti dejó oir los acordes de un vals, original de este colebrado artista, y que era igual á todos los vals al sentir de los que, bailando, sólo atienden al compás. La juventud tendió sus alas, y en torbellino embriagador el placer y la alegría dominaron con sus ecos simpáticos los ecos del egoísmo que surgían de los corrillos conservadores, empeñados en abordar al Presidente.

El sarao estaba espléndido á las dos de la mañana. Todos se habían reconocido, aproximado y cambiado frases de esas que sólo se escapan en ciertas ocasiones propicias y que después se olvidan ó que no se repiten, porque

las gentes amoldan su fisonomía á las exigencias del trato diario que imprimen cierta tiesura, con la cual todos se avienen de grado ó por fuerza.

Todos, todos liabían tenido su momento, menos el dueño de casa. ¡Cosa más rara!... Diez ataques había intentado para dar rienda á sus efusiones con el Presidente. Las primeras guerrillas iban bien. \ Magnífico ! El Presidente le sonreía, luego quería animarle. ¡Vamos!... adelante! Y doblaba la guerrilla. Igual sonrisa, exactamente igual. . . Al ir á dar una carga. . . ¡ malhadada combinación !. . . un notable que pasaba por su lado acompañando á una dama, decíale algo al Presidente, ó al menos debía de haberle dicho algo, porque el Presidente conversaba con ambos y en seguida ofrecía su brazo á la dama. El dueño de casa quedaba ahí, desorientado; su vista se fijaba maquinalmente en un espejo, j al penetrar hasta los agujeros que habían roto la integridad del papel de calabazas verdes con extremos dorados, le venía un vuelco y maldecía al importuno que se le atravesó.

El Presidente se le escurría con una facilidad pasmosa, ó, más propiamente, las gentes contribuían á que se escurriese. ¿Es que conspiraban contra él todos sus amigos? ¿Querían

acapararse al Presidente? Tratando de penetrar esta duda mortificante, observó que el Presidente iiablaba con todos, pero no se detenía con tal ó cual. También observó que el Presidente prefería la sociedad de las damas. Entonces le vino una idea luminosa. Se acercó á una su parienta y le enderezó toda una lección diplomática tendente á preconizar sus influencias personales y su adhesión al Presidente.

El nombre de esta dama era indispensable en todas las iniciativas de la beneficencia. Pertenecía á tres asociaciones pías, y se inclinaba á pertenecer á seis porque experimentalmente había apreciado cómo los pobres y los tontos aumentan en razón de los conciertos y funciones de caridad que semanalmente se cometen en Buenos Aires. No era extraño, pues, que además de la consideración de que gozaba en la buena sociedad, fuera objeto del homenaje cumplidísimo de los autores, empresarios, proveedores, músicos, artistas, droguistas y cuanto postulante surgía á través de las múltiples relaciones de la beneficencia con el pueblo. Era la persona indicada, y le prometió al dueño de casa desempeñar con ahínco la embajada. La ocasión se la presentó el Presidente ofreciéndola el brazo.

En la primera oportunidad introdujo con piedad angelical á su pariente. El Presidente hizo el elogio del dueño de casa con una espontaneidad que se habría asemejado á la que empleó Mirabeau para hacer el de Franklin si Mirabeau no hubiese dicho «Franklin ha muerto )). En seguida hizo el elogio de la dama, realzando en frases hermosas la abnegación con que la mujer argentina se libraba á la caridad, y lo que había conseguido desde que Rivadavia la asoció, quizá por la primera vez en el mundo, á las funciones de la cosa pública, encomendándole la beneficencia y la educación de las niñas.

Las subsiguientes tentativas en obsequio del dueño de casa no dieron más resultado que meras señales de aprobación y cambio súbito de sujeto. Si lo del elogio de Mirabeau pasó por la imaginación de la dama, es probable que temiese que el Presidente, obligado á hacer nuevamente el elogio del dueño de casa, estuviese tentado á decir simplemente: «Señora, el dueño de casa ha muerto», á fin de concluir con él por esa noche.

Ante tal temor la bella dama dio por cumplido su compromiso y pensó en una de las asociaciones á que pertenecía. Su talento y sus

seducciones triunfaron aquí. Se trataba de una subvención para un establecimiento que regentaban unos pobres padres y que rendía servicios cuya enumeración no dejaba lugar á duda. El Presidente prometió atender la solicitud que oportunamente sería presentada.

El dueño de casa, que espiaba la conversación, observó la complacencia del Presidente y no dudando que de él se trataba, se acercó en un momento en que las parejas se habían detenido bajo la portada que conducía al comedor, y le preguntó aun su íntimo, detenido detrás del Presidente :

— ¿Qué es lo que el Presidente acaba de decirle á . . . . ?

— ¿Loque acaba de decirla? repuso el interpelado sonriendo del anhelo del dueño de casa cuyo lado flaco quizá conocía.

— Sí, le ha hecho una cortesía afectuosa y €reo haber oído mi nombre. . . .

— Pues le ha dicho: « Señora, roguemos al Cielo que sea este el último pecado que cometamos juntos »