Bianchetto: la patria del trabajo · Capítulo real 16 de 22

CAPÍTULO XVII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XVII

DESPUÉS DEL BAILE

Al terminar el pericón, Bianchetto se aproximó á Carmen. Los ojos del gaucho buen mozo y rico que la daba el brazo, se inyectaron en sangre cuando Carmen tomó el de Bianchetto. Éste no pudo menos que notarlo y se dijo para sí que, de no ser la indicación de Correas, la cual era orden para él, no habría pensado en sacar á bailar á Carmen. Por esto y por la propia conducta que con ella observaba, no se encontraba cómodo del brazo de la hija de su patrón.

¿Porqué le había pedido éste que la sacase á bailar? ¿No podía haberlo pedido al comandante ó al alcalde, que eran sus amigos ? ¡ Ah ! . . . quería darle esta prueba de mayor confianza á él, antes que anadie. Pero su incomodidad no

disminuyó con tal explicación. Por el contrario, se sentía más atado respecto de esa niña en cuya casa vivía y con la cual no había cambiado más palabras que las necesarias para el trato diario.

Ella y él habían crecido sin observarse propiamente: ella absorbida en sus padres y él en su trabajo: ella recatada y él retraído. Dos ó tres ocasiones en que él había entrado á las habitaciones á darle á Correas alguna respuesta y había salido Carmen á preguntarle lo que deseaba, ella se había puesto colorada y él también. ¿Porqué? Ni el uno ni la otra lo sabían. Á él le había fastidiado la emergencia irremediable, la cual se había reproducido. Ella se había ruborizado después, cuando sola, se preguntaba si Bianchetto, al verla colorada, se habría imaginado que ella acababa de cometer alguna acción impropia, como comer á escondidas algún dulce destinado para todos ellos, ó atarse la liga frente á alguna ventana.

Sin pensarlo y sin quererlo habíanse arreglado de manera que no se hablaban sino lo indispensable, que no se miraban sino cuando el casólo imponía y que no se encontraban jamás sino en presencia de la mujer de Correas ó de éste. Cuando Correas llamaba á Bianchetto á

tocar juntos la guitarra, Carmen se retiraba con su madre. Si Correas las llamaba, traían consigo la costura y no levantaban la cabeza sino para aplaudir con un « i Muy bien ! » á los guitarristas. .

Eran como dos extraños bajo, el mismo techo. Cuando se llamaban por su nombre, por tal ó cual circunstancia del trabajo ó porque Correas necesitaba de ellos, lo hacían entono imperativo, como si quisiesen dar á entender que era una causa extraña laque los obligaba á ocuparse de sí. Así vivían tranquilos el uno enfrente del otro.

Dado este acomodamiento raro, la transición era demasiado brusca para que Bianchetto se encontrase bien dando el brazo á Carmen. Ésta no atinaba á decirle palabra, ni él tampoco. No era violencia, propiamente, era inquietud lo que experimentaban, y tanta, que de muy buena gana habrían renunciado á estar juntos como estaban. Ella temía decir alguna tontería y él algo que pudiera disgustarla, porque él la inspiraba respeto y ella le inspiraba veneración. Y la música del vals proseguía, y tampoco habían bailado ni fij adose en las gentes, ni escuchado el bullicio, ni nada, abstraídos en una especie de contemplación en el vacío.

Fué el gaucho buen mozo y rico quien rompió este hielo solicitando nuevamente á Carmen para bailar. Ésta le respondió, bajando los ojos, que tenía compañero para esamazurka, y el gaucho se retiró algunos pasos sin perderla de vista. ¡Ay! Bianchetto se la habría dado de mil amores para salir de su situación insostenible. Y ahora se complicaba degenerando en ridículo si no bailaba... Fuerza era resignarse. . .

Y se resiíínaron. Bianchetto v Carmen se balancearon entre los acordes de la mazurka, colorados como grana. Era la primera vez que sentían recíprocamente su contacto. La prueba era fuerte para estos dos muchachos ingenuos que se habían imaginado impalpables y extraños el uno respecto del otro, queriéndose sobreponer á las exigencias de la vida, movidos por una causa que no podían precisar y que era sencillamente absurda. Apenas terminó la mazurka vino el alcalde y le sacó á Bianchetto enorme peso llevándose del brazo á Carmen.

Bianchetto salió de la sala como atontado : necesitaba aire: no sabía lo que tenía, pero se sentía mal y quería estar solo. ¿Habría hecho mal en bailar con Carmen? ¿Qué diría Correas? ¿Y por qué Carmen no había que-

rido bailar con el gaucho buen mozo y sí con él? ¿ Porqué se estremeció ella cuando él le pasó el brazo por la cintura? ¿Qué tenía Carmen? ¿Qué sucedía que él no lo sabía? ¿Y por qué le ardía la cabeza, y se encontraba mal también allí donde había querido estar solo?

Todos estos motivos se chocaban, se revolvían, se estrujaban en su cráneo sin que pudiera explicarse ni el porqué de su brusca salida afuera. ¿No era esto una necedad? ¿No se trataba de bailar y divertirse ? ¿ Qué dirían si lo encontraban allí solo? Se puso de pie sugestionado con esta última consideración y se dirigió á la sala.

Al detenerse cerca de la puerta de entrada, pasó Carmen del brazo del comandante y le miró.

Le miró,y él sintió un estremecimiento inexplicable, como si toda su sangre afluyera á su cabeza oprimiéndole el corazón y velando sus ojos. Creyó que estaba enfermo y quiso retirarse nuevamente, pero \ cosa rara ! Su voluntad no dominaba sus pies. Éstos eran como clavados en el suelo. Una fuerza irresistible lo mantenía allí. El torbellino de bailarines no le permitía ver á Carmen^ pero parecía que supiese cuándo debía pasar cerca de él, porque volvía

la cabeza del lado en que ella venía. En una de estas ocasiones Carmen le miró con sus ojos límpidos y puros, y otro estremecimiento conmovió su corazón.

Ya no tuvo duda: estaba enfermo. Quizás la falta de sueño y el haber comido más de lo que tenía por costumbre, le traían esos ahogos y estremecimientos que bañaban de sudor frío todo su cuerpo. No podía ser sino eso. ¿No le miraba Carmen diariamente lo mismo que le había mirado esa noche? ¿Qué influjo podía tener esa mirada sobre él, cuya frialdad y cuyo retraimiento eran geniales? ... Sí. .. estaba enfermo y se retiraba. . . En el instante en que iba á hacerlo, sus ojos se encontraron con los de Carmen. .. ¿Qué pasó por él? ¿Lo sabía él acaso?... Como un sonámbulo ó como un maniquí con cuerda para andar, salvó la distancia que de ella lo separaba, y sin decirla palabra y sin dejar de mirarla, la ofreció el brazo que ella aceptó ruborosa, emocionada, palpitante. . .

Demás está decir que Correas había seguido con los ojos á Carmen, y que se tranquilizó cuando notó que el gaucho buen mozo y rico no insistía en sacarla á bailar. Solamente observó que á eso de las tres de la mañana Bianchetto

había bailado seis piezas con su hija, y que cuando no bailaba con ella, ella y él se miraban sonriendo. Pero le pareció todo lo más natural : — dos muchachos que habían crecido casi juntos y á quienes el baile seducía, nada más. Por otra parte, él mismo lo había autorizado pidiéndole á Bianchetto que bailase con ella, y no había más que decir. Estaba tranquilo. El alcalde que por nada había descuidado hacer amorosas visitas á las frasqueras de ginebra, se le acercó y enseñándole á Carmen y Bianchetto que se miraban, balbuceando de vez en cuando alguna palabra, le dijo:

— En el camino en que vamos, tendremos noviazgo en casa.

— No se engañe, compadre, le respondió Correas, malhumorado — mi hija no tiene novio — si lo quiere empezará á buscarlo cuando yo me muera.

— Ponerle puertas al campo, es pedir color al viento; deje á su hijatener hijos jo<2 que lo peinen los nietos, argüyó el alcalde que pretendía estar en vena.

Correas sonrió tristemente, y empezó á observar con atención á Bianchetto. Éste permanecía de pie dando el brazo á Carmen. Parecía abstraído, pues no participaba de la alegría con

que los demás convidados festejaban el derroche de espiritualidad de dos pa^^adores que se esforzaban por aventajarse. Nada alarmante pudo ver Correas, y renunciando por el momento á mayores investigaciones, se fué cerca de los guitarristas que le llamaban para cantarle antes de retirarse unas décimas en agradecimiento á la noche amena que habían pasado.

Era ya día claro cuando salieron á buscar sus caballos para retirárselos convidados que habían venido con sus familias. Á las seis se habían ido todos. Sólo quedaban seis ú ocho en el galpón tomando mate y haciendo charlar al alcalde, como que era día de fiesta y podían seguir la verbena.

Correas iba y venía de sus habitaciones al galpón. Bianchetto les acompañó un buen rato y después dio cualquier pretexto para recogerse. Al irá entrar en su habitación oyó detrás de sí una voz que le decía:

— Quería decirle que antes de separarnos bebamos una copa juntos.

Era el gaucho buen mozo y rico.

— Le doy las gracias, pero no bebo, respondió Bianchetto.

— ¿Tiene miedo de beber conmigo? arguyóel gaucho con voz meliflua.

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—Tengo sueño.

El gaucho le miró fijamente y dejando caer sus palabras una á una, le dijo :

— SoLre mí solo hade pasar el que me clave en el suelo : Vd. ha querido pasar nada más que porque dicen que no es manco, pero sepa que por una mujer, menos que por nada, he de tener yo mi cuero para negocio.

La efigie de Carmen apareció ante los ojos de Bianchetto : comprendió que los celos movían á ese hombre y lo que este hombre quería.

— Vea, don Luis, le dijo con voz perfectamente tranquila, no le he ofendido ni quiero ofenderle á Vd. en nada: ninguna mujer le disputo á Vd. porque con ninguna tengo que ver.

— A mí con esas, dijo el gaucho ya encolerizado, pues para que alguien le conozca voy á señalarle del lado de montar. Veré si así le sube la sangre.

Y desnudó una filosa daga.

En la escuela de Correas, Bianchetto había aprendido á ser valiente y á familiarizarse con esos lances repentinos en que se empeñan los gauchos.

— No me comprometa aquí, don Luis, le dijo;

vamos detrás de aquellos paraísos, y ya que Vd. lo exige, que sea lo que ha de ser.

Yciñéndosesu daga se dirigieron al sitio indicado.

Bianchetto no llevaba poncho. El gaucho caballerescamente arrojó lejos el que llevaba al brazo.

Ambos se sacaron el saco de paño, y sin hablar palabra, sin perderse un movimiento, con la| mirada fija en las dagas brilladoras, se envistieron intrépidos y serenos como esos caballeros de las justas medioevales á quien tanto se hermosea en las láminas.

Los dos eran hábiles tiradores, los dos jóvenes y vigorosos. Las dagas antes se habían mellado que no tocado el cuerpo del contrario. Apenas algún araño en la mano. Bianchetto pretendía desarmar á don Luis, pero esto era empresa difícil.

Quizá por tentar un golpe decisivo en tal sentido pegándole en la mano á su contrario, estiró demasiado una pierna, y al ir á recogerla mientras paraba un hachazo feroz, resbaló y cayó para atrás. Don Luis bajó el brazo y sonrió con soberbio desdén. Pero Bianchetto se incorporó al punto y entonces cada uno trató de terminar antes que el cansancio les postrase. Don Luis

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amagó un hachazo, y describiendo una rapidísima curva se fué á fondo. Su daga resbaló por el abdomen deBianchetto cuando éste tirándole una puñalada de punta al pecho lo hería en el murió.

En este momento llegaron Correas, el alcalde y demás amigos, avisados por el panadero que los había visto al pasar por los paraísos. Un gaucho nunca hace cargos por una pelea entre gauchos. Algún motivo hay, eso basta, como quiera que el hecho sea irremediable día más día menos. Fortuna fué que el alcalde, sobre ser amigo de Correas, era de los convidados y tenía una mona fortísima inclinada á lo grandioso y á lo magnánimo; que de no ser así^ la cosa no habría pasado como pasó. En menos de lo que canta un gallo salieron á escape en busca del médico, por si le hallaban, mientras los más entendidos lavaban los heridos y les aplicaban fomentos de salmuera ó sea agua con sal gruesa. La herida de Bianchetto era la más leve, pues no había interesado órgano alguno. La de don Luis era más profunda, pero tampoco era grave.

Cuando el médico lo hubo declarado así y don Luis iba á ser conducido á un carrito de la estancia para ser transportado á la suya que es-

taba ahí cerca, el alcalde despejado con el aire fresco de la mañana, cuyas ondas murmuraban sobre su frente cárdena, pues por nada del mundo había podido encontrar su sombrero, creyó del caso ejercitar su autoridad acercándose á ambos combatientes para decirles:

—De casa de nuestro amigo, nadie se ha de ir agraviado: quiero que me prometan que desde hoy son tan amigos como buenos se han mostrado.

Bianchettoy don Luis se tendieron la mano y se despidieron. El alcalde se retiró el último, tomando prestado un sombrero, pues el suyo se había resbalado misteriosamente. Bianchetto se conceptuó feliz al verse solo en su habitación. Temía el interrogatorio de Correas. Pero éste no le dijo palabra sobre el particular ni en ese momento, ni por la tarde cuando fué á verle con su mujer.