Biografías de mexicanos distinguidos · Unidad 129 de 133
Unidad de lectura 129
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
“Allí verá cualquier crítico imparcial, no la ruda acumulación de hechos inconexos, ni la indigesta erudición de ciertas escue¬ las históricas, que tanto martirizan al lector. Verá, sí, á un sabio y juicioso publicista desenvolviendo cuestiones importantes del derecho público; á un historiador imparcial refiriendo los erro¬ res de todos los partidos y echando sobre sí mismo la parte que le corresponde como actor en ciertas escenas; á un filósofo libre que proclama verdades útiles, desconocidas hasta aquí por todos nuestros gobiernos; á un hábil economista que nos descu¬ bre nuevas fuentes de riqueza, y busca el modo de extirpar el maligno cáncer que roe y destruye nuestro crédito público; al profundo diplomático, en fin, que indica los medios de afianzar nuestras relaciones exteriores, resolviendo varios puntos de de¬ recho internacional. Con tales y tan variados distintivos se pre¬ senta D. Lorenzo de Zavala ante sus conciudadanos, pudiendo decir de su Ensayo lo que el poeta latino de sus versos: Erexi monumentum oere perennius .”
En 1832, habiendo variado la situación de la República, Zavala regresó de Europa y se le restableció en el Gobierno de México. Zavala influyó en la administración reinante y dió mil planes de útiles reformas.
Yucatán volvió en 1833 á elegirlo, por sexta ocasión, su repre¬ sentante en el Congreso nacional.
Los triunfos de Zavala en este último período de sus trabajos parlamentarios se encuentran consignados en los periódicos de aquel tiempo. Hombre ya maduro y de una larga y profunda experiencia, hablaba sin odio ni acritud; compadecía los extra¬ víos de sus compatriotas; despreciaba los ataques de sus adver¬ sarios, y ostentábase á la vista de ellos con aquella superioridad y grandeza de ánimo que sólo dan los años, la conciencia de buenos servicios y el talento cultivado en la escuela del mundo. Los envidiosos parecían á su lado miserables pigmeos debatién¬ dose en una impotencia que los irritaba. Zavala quería el pro¬ greso, las luces y todas las mejoras sociales á que tenia derecho de aspirar la nación mexicana. A esto miraban sus proyectos y tendencias.
Hay un hecho en la vida de este célebre yucateco, que mu¬ cho le honra. Hallábase Zavala en el gobierno de México, cuan¬ do sobrevino aquella espantosa epidemia cuyo recuerdo estre¬ mece todavía: el cólera morbus. La ciudad de Toluca, residencia á la sazón de los supremos poderes del Estado, experimentó en¬ tonces la filantrópica influencia del gobernador, que asistió personalmente á la humanidad afligida, auxiliando á los pobres y desvalidos con su bolsillo y con sus conocimientos en la me¬ dicina. Sin perjuicio de acudir adonde quiera que fuese llama¬ do, adscribióse al servicio especial de uno de los lazaretos que mandó establecer para curar á los atacados de aquella dolencia mortífera. En esos dias de espanto y de dolor, Zavala se olvidó enteramente de su persona y de la guerra civil que trabajaba de nuevo á la desgraciada República, para no pensar sino en socorrer á los infelices.
En memoria de este hecho, una de las principales calles de Toluca lleva el nombre de Zavala.
A fines de 1833 partió Zavala como ministro plenipotenciario en París, cerca del rey Luis Felipe. Allí se acreditó de eminente político, los periódicos se ocuparon de él y adquirió relaciones con los enviados de España y de otras cortes.
Estando en París escribió su magnífica obra intitulada Viaje á los Estados Unidos: “ Es un libro preciosísimo — dice D. Justo Sierra — digno de ser leido, estudiado y meditado por todos los que deseen á su país las mejoras sociales de que es susceptible. Es un libro filosófico, sembrado de reflexiones profundas y de brillantes anuncios políticos.”
Aun estaba Zavala en París cuando recibió la nueva de la marcha fatal de los negocios en México. Renunció entonces el encargo de ministro con una comunicación que le hará siempre honor. Este fue el último acto de Zavala como funcionario me¬ xicano.
“Hallábase D. Lorenzo de Zavala en el Estado de Tejas en 1835, cuando los colonos, fundándose en la ruptura del pacto federal, se alzaron contra el gobierno existente. Zavala era pro¬ pietario de tierras en aquel Estado, y así por esto como por cooperar al restablecimiento de la Constitución de 1824, se de¬ cidió abiertamente por los téjanos. El distrito de Harrisbourg nombróle su diputado á la convención de Austin, que en 7 de Noviembre de dicho año de 1835, declaró al pueblo de Tejas en guerra con el gobierno de México. Los sucesos posteriores son sabidos, así como la noble y honrosa conducta de Zavala durante la época en que estuvo prisionero en Tejas el presiden¬ te de la República Mexicana. Otra convención reunida en Wash¬ ington declaró la independencia de aquel Estado en 2 de Marzo de 1836, á cuya declaración concurrió Zavala como diputado.”
Así refiere D. Justo Sierra en la biografía de Zavala, biografía cuya lectura recomendamos, la participación que tuvo éste en la cuestión de Tejas. Sierra admiraba demasiado á Zavala, pa¬ ra atreverse á censurar con energía aquellos manejos que, á nuestro juicio, constituyen un borron en la vida de nuestro com¬ patriota. Y, lo confesamos, si en esta obra nos hubiésemos pro¬ puesto recoger únicamente los nombres de aquellos mexicanos de fama inmaculada, nos habríamos abstenido de citar el de Za¬ vala. Éste, al unirse á los téjanos, bajó del pedestal en que su habilidad política, su elegante pluma y su palabra arrebatadora
le habían colocado. Guando recordamos cuánta sangre, cuántos sacrificios costó á la patria la escisión de Tejas; cuando pensa¬ mos en que esa cuestión fue el pretexto de que se valió la Re¬ pública vecina para hollar nuestro suelo y arrebatarnos inmen¬ sa porción de territorio, no podemos con ánimo sereno ver el nombre de Zavala entre los de los diputados que en la conven¬ ción de Washington declararon la independencia de Tejas.
Zavala desde 1832 dejó de ser mexicano, al aceptar el nom¬ bramiento de diputado por Harrisbourg. Lo que hizo después no fué sino consecuencia de aquel paso dado en momentos en que la pasión política le cegó y le hizo arrojarse en un abismo. . . .
El dia 16 de Noviembre de 1836 dejó de existir Zavala, cuan¬ do apénas hacia un año que había perdido la nacionalidad me¬ xicana. ¡ Por qué no plugo al cielo abreviar su existencia ántes que permitirle aliarse á los que provocaron la más inicua de las invasiones! La falta cometida por Zavala, fué lavada por otro yucateco, por Juan Gano, que pereció en Ghapultepec en 1847r peleando contra el invasor.
ZAVALA, Manuel.
Incompletas son las noticias biográficas que del Sr. general D. Manuel Zavala poseemos; mas no por eso habrémos de de¬ jarle en el olvido. Zavala fué uno de los héroes de la indepen¬ dencia, y es un deber para nosotros honrar su memoria, utili¬ zando al efecto lo que pocos dias después de su muerte publicó el Sr. general D. Manuel María Escobar, sin cuyo escrito nada podríamos decir.
Comenzó su carrera militar en el año de 1811, á las inmedia¬ tas órdenes del bravo y entendido general D. José María Morelos, uno de los héroes más distinguidos que caracterizaron la causa de nuestra independencia, el que después de haber des-
aparecido de la escena del mundo el inmortal Hidalgo, tomó entre sus manos vigorosas el terrible estandarte de la insurrec¬ ción mexicana; estandarte que paseó victorioso por los princi¬ pales ángulos del país, siendo aquel afamado caudillo el que continuó aquella vasta y grandiosa empresa con hechos sor¬ prendentes que el país no había presenciado hasta entonces, ilustrándolos con el famoso sitio de Guautla, que inmortalizó su nombre, y con tantos -otros hechos de inmarcesible laurel, que le captaron el respeto del enemigo mismo, y le dió á la vez la más asombrosa cuanto indisputable nombradla, hasta sellarla con su sangre generosa en el suplicio para él levantado en San Cristóbal Ecatepec.
Tenemos á la vista la hoja de servicios del general Zavala y algunos apuntes que se nos han facilitado relativos á su vida militar y política, en que constan ciertas particularidades que se rozan con la existencia de este recomendable personaje que tan íntimamente excita nuestros sentimientos hácia él, y de to¬ do esto pasamos á ocuparnos.
Antes de consumarse nuestra emancipación política, y cuan¬ do Zavala se hallaba en lo más florido de su edad, se encontró militando á las órdenes de los diferentes jefes de la insurrec¬ ción, en once acciones de guerra, en todo el sitio de Cuautla de Amilpas y en porción de encuentros y tiroteos de importancia, á satisfacción de aquellos, en eficacia, en valor y en lealtad, siendo esta última una de las mejores cualidades que en él se recomienda.
Zavala se halló en la plaza de Veracruz después de consu¬ mada nuestra independencia, y durante todo el asedio ocurri¬ do entre aquella y la de San Juan de Ulúa, la cual ocupaban los españoles, y en que éstos, así como los nuestros, mantenían en el aire cinco ó seis bombas de aplaca constantemente, has¬ ta reducirse á escombros ambas plazas; bombardeo que duró, con algunas interrupciones, cerca de cuatro años, y que merced á los esfuerzos que se hicieron por los beneméritos generales Barragan y Victoria, Ulúa cayó al fin en poder del gobierno
mexicano.
Zavala fue muchas veces comandante general y gobernador de algunos Estados, individuo de asociaciones científicas, presi¬ dente ó secretario de éstas, Ministro del Supremo Tribunal de Guerra, y persona que mereció la confianza de los diferentes go¬ biernos del país y de los altos funcionarios, en el desempeño de comisiones de mucha gravedad é importancia, ya por sus cono¬ cimientos militares, ya por su esmerada educación, poseyendo, como poseia, el talento de explicarse con- facilidad, no solamen¬ te en su idioma, sino en varios otros que hablaba con la misma perfección con que los escribia, dejándonos la traducción del Tripier, “Códigos militares franceses,” y el sistema de gendarme¬ ría en Francia, obras ambas de gran utilidad.
Habiendo tenido la suerte el Sr. Morelos de derrotar un cuer¬ po de tropas peninsulares, resultó que de aquella función de armas hiciese una gran suma de prisioneros de guerra. Que me¬ diante tal ventaja, y habiéndolo sido ántes en la batalla de Puruarán uno de los tenientes de Morelos, nada ménos que el ge¬ neral Matamoros, quiso el primero intentar un canje, dando por Matamoros á todo aquel número de prisioneros españoles. Mo¬ relos dió la misión á Zavala para venir á México á apersonarse con el virey en compañía de uno de los jefes españoles prisio¬ neros. Mas como el virey lo era entonces el Sr. D. Félix María Calleja, y el carácter de este funcionario fuese tan fuerte é iras¬ cible, tratándose de “insurgentes,” apénas comenzase á hablar Zavala, cuando la cólera de la suprema autoridad estalló de tal manera, que Zavala pudo ocultarse entre la multitud de los oyentes que había, y escapar, pues á no ser por esta rara casua¬ lidad, quizá el comisionado de Morelos no habría sobrevivido á su riesgosa misión. Zavala, disfrazado y como pudo, dejó á Mé¬ xico, y caminando por las noches y excusando las calzadas pú¬ blicas y las grandes poblaciones, llegó á las montañas de Michoacan, en donde encontró á Morelos para imponerle del triste resultado de su cometido, puesto que él aceleró la muerte del infortunado Matamoros, que fué fusilado en aquellos dias.
Era aquella guerra una guerra sin cuartel .
Pero Morelos, que al fin era un hombre ilustrado, en el mo-
mentó en que Zavala le impuso de lo ocurrido con Calleja, man¬ dó que los numerosos prisioneros españoles que tenia en su poder fuesen puestos en libertad, escribiendo al virey y diciéndole que “no queriendo usar de represalias, á nombre de los manes de Matamoros, quedaban libres y con vida los que había intentado canjear por aquella ilustre víctima.”
Otra misión igualmente importante obtuvo Zavala.
Sabedor el vencedor de Ulúa, D. Miguel Barragan, coman¬ dante general de Jalisco en la administración del general Bustamante, de la doble estimación que disfrutaba Zavala en el áni¬ mo de los generales Bravo y Guerrero, le comisionó cerca de estos dos personajes, á fin de que influyese en todos para alcan¬ zar un avenimiento en la cuestión política que ensangrentaba el país el año de 1831, con motivo de la sucesión á la presidencia de la República, misión que Zavala aceptó gustoso; y habien¬ do llegado á Acapulco en los dias en que precisamente era capturado el Sr. Guerrero por el infame genovés Picaluga, que percibió por la cabeza de Guerrero la suma de cincuenta mil pesos, Zavala no hizo otra cosa que correr la suerte del prisio¬ nero; y encadenado á la vez con el héroe del Sur y sujeto á las prescripciones bastardas de aquel malvado, que era capitán del bergantín “Colombo,” se hicieron á la vela para el puerto de Huatulco donde el citado genovés debería entregar su víctima para ser sacrificada, como lo fué luego en el pequeño pueblo de Guilapam.
Zavala, que se hallaba en la fuerza de su edad, invitó al genovés á un duelo parcial que se verificaría en dicho pueblo al tocar tie¬ rra. Picaluga lo aceptó formalmente; pero al desembarcar excusó el cuerpo á su contendiente, y éste no volvió á verle. Y era que Picaluga quería vivir para gozar del precio de su traición .
“El coronel D. G. D., dice Zavala en sus memorias del Sur, fué el que condujo desde México hasta Oaxaca, para entregar allí á los agentes de Picaluga, tres mil onzas de oro y dos mil pe¬ sos en plata, exhibidos en una celda contigua á la que nos ha¬ llábamos presos en el convento de Santo Domingo, D. Manuel Primo Tapia, D. Miguel de la Cruz y yo.”
En Febrero de 1878 cayó enfermo de gravedad el general Zavala. Contaba á la sazón ochenta y siete años y estaba ciego. Entonces el Sr. general Diaz, presidente á la sazón de la Repú¬ blica, le señaló una pensión é hizo que el anciano general fuese atendido debidamente. Iguales demostraciones de alta estima¬ ción debió en aquellos dias al Sr. general González que desem¬ peñaba la Secretaría de Guerra, y cuando en los últimos dias de Julio de aquel año dejó de existir Zavala, tributáronsele los ho¬ nores militares á que era acreedor, por sus importantes servicios á la patria.
ZENDEJAS, Miguel O.
D. Miguel Gerónimo Zendejas, pintor que en el último tercio del siglo anterior y principios del presente gozó de gran fama en México, nació en ia ciudad de Puebla el año de 1724.
Hijo de una familia de escasísima fortuna, Zendejas habría vi¬ vido en la oscuridad de la ignorancia, si la generosa protección del Sr. Pérez, obispo de. Puebla, no le hubiese abierto una sen¬ da en que habia de hallar tantos y tan merecidos triunfos.
Pintor inspirado, aunque careciendo de estudios, las princi¬ pales iglesias de la ciudad de su nacimiento fueron adornadas con sus cuadros.
Hé aquí un pasaje curioso que uno de los biógrafos de Zen¬ dejas refiere, apoyándose en el testimonio de dos de los más afamados discípulos del gran pintor, para demostrar que era un verdadero genio: “Zendejas — dice — jamás comenzaba sus cua¬ dros trazando boceto, diseño ó dibujo alguno. Ideada una vez la composición en la riquísima tela de su fantasía, preparábase á darle forma material, siguiendo un sistema sencillísimo. Escogia su tela, generalmente de tres ó cuatro varas de largo, y la fi-
jaba sobre una varilla delgada de madera, cuya varilla clavaba en la pared á la altura de su cabeza; después desenvolvía una vara de este lienzo y comenzaba la composición, dando princi¬ pio á sus figuras por la parte superior; una vez llenado este es¬ pacio, lo enredaba de nuevo en la varilla y soltaba otra vara de lienzo virgen; y así sucesivamente, hasta completar el cuadro. Debemos notar una particularidad, y es, que no se contentaba con pintar de arriba abajo sus composiciones de la manera que he indicado, sin trazar bosquejo alguno, sino que dejaba entera¬ mente concluida la pintura en el fragmento que momentánea¬ mente ocupaba su pincel.” El biógrafo aludido, después de re¬ ferir lo anterior, agrega en medio de su entusiasmo: “Declaro que en todos los anales del arte que he podido registrar, no se encuentra un hecho más asombroso que éste. Bajo el punto de vista de esta facilidad increíble, no vacilo en decir que Zendejas es el artista más notable del mundo.” Esta hiperbólica frase no merecería ser citada en una obra séria; pero lo hacemos porque, aquilatándola en su justo valor, siempre viene á demostrar que Zendejas ha logrado con su mérito alcanzar frases como esa.
Pocos detalles tenemos acerca de la vida de Zendejas, que, á lo que parece, corrió tranquila en su ciudad natal, de donde nun¬ ca salió, en la que dejó gran número de pinturas sagradas, tuvo discípulos, y falleció en 1816 á los noventa y dos años de edad, dejando cuatro hijos, de los cuales uno llegó á ser pintor de mediano mérito.
Los inteligentes admiran en Zendejas la audacia, la originali¬ dad en la composición, la facilidad, el movimiento y la suavi¬ dad y dulzura de su colorido. Generalmente se reconoce en sus obras, que Zendejas ignoraba las reglas del dibujo; pero aun así puede reputársele como uno de los grandes artistas mexicanos. Su tela más renombrada es “El Calvario.”
Al hablar de uno de los pintores mexicanos que florecieron durante la dominación española, no podemos resistir al deseo de exponer algunas ideas sobre el estado actual del arte en
Ni por nuestra edad, ni por nuestros hábitos, ni por motivo
alguno podemos ser del número de los que menosprecian lo moderno al hacer comparaciones con lo antiguo, y se entregan á declamaciones estériles; pero sí lamentamos que existan cau¬ sas que impidan el desenvolvimiento de las facultades que, á no dudarlo, poseen para el arte muchos mexicanos.
El cultivo del género religioso, favorecido en tiempos pasados por las órdenes monásticas principalmente, y en general por las ideas que entonces privaban en las clases todas de la sociedad, tenia en actividad constante á nuestros pintores, y les propor¬ cionaba el lucro, que es el aliciente mayor para el hombre, y que sólo el genio mira con indiferencia ó desden. De esa acti¬ vidad nacía el perfeccionamiento, y de éste la imperecedera glo¬ ria alcanzada por los artistas. Cambió nuestro modo de ser so¬ cial, y ni el Estado ni las clases elevadas sustituyeron las fuentes cegadas al verificarse tal cambio, y el arte languideció, y la mi¬ seria es el solo patrimonio del que rindiéndole culto no quiere prostituirlo en obras de poco momento y consagra su pincel á asuntos elevados únicamente.