Campaña del ejército chileno contra la Confederación Perú-Boliviana en 1837 · Unidad 29 de 75

Unidad de lectura 29

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En Islay, que encontró abandonado por su vecindario, pensó desembarcar al ejército; pero noticiado de que era necesario emprender una larga i fatigosa travesía, a pesar de los informes favorables del jeneral La Fuente, se dírijió al puerto de Quilca, donde verificó el desembarco, "venciendo mil dificultades.ii En una caleta inmediata, donde el jeneral se propuso hacer desembarcar los caballos, atendiendo personalmente a esta operación, ocurrió el fatal incidente del naufrajio de la fragata Carmen, con que se perdió cuanto llevaba el jeneral La Fuente, con escepcion de los fusiles, que iban en otro buque, i se perdió ademas una parte de los artículos que formaban el parque del ejército, entre ellos los zapatos para la tropa i las herraduras de los caballos.

Luego de desembarcado, se ordenó la marcha del ejército por escalones, adelantándose el jeneral Aldunate con el Valdivia, i partiendo en último lugar la escolta i artillería, por falta de caballos i bagaje. Fué comisionado el comandante Mayo para marchar con doce cazadores a caballo, a tomar posesión de la provincia de Camanái remitir caballos i otros auxilios que necesitaban el parque i Ins cuerpos que quedaban en el puerto.

Llegó el jeneral Aldunate a las goteras de Arequipa con tres batallones i el escuadrón de cazadores, i acampó en Challapampa, haciendo entrar en la ciudad solamente una compañía

del Portales. Blanco se apresuró a reuntrsele con el resto del ejército, por haber sabido en Uchumayo que el enemigo se hallaba a cuatro leguas de Arequipa, cnn tres batallones i un rejiraiento de caballería, resultando ser faUa esta noticia. El enemigo se había retirado a Puquina al aproximarse el ejército chileno.

Tan pronto como ocupó a Arequipa, el jeneral Blanco procedió, en conformidad con sus instrucciones, a convocar al pueblo para elejir un gobierno nacional. Fué nombrado jefe supremo el jeneral La Fuente, quien a su vez nombró a Pardo de Ministro jeneral i a Castilla de prefecto de la provincia.

La primera providencia del Gobierno provisional en tos apuros que desde el primer momento comenzaron a sentirse para la manutención i otros menesteres del ejército, fué imponer un empréstito forzoso a los propietarios; pero habiendo emigrado todos estos, fueron obligados a pagarlo los arrendatarios, bajo la pena de ser conducidos a bordo.

Era necesario reemplazar prontamente las herraduras i monturas que se hablan perdido con el naufrajio de la Carmen. Los caballos estaban estropeados. La tropa habia llegailo también en mal estado, pues por la falta de bagajes, había sido necesario que cada soldado llevase scís paquetes de cartuchos í tres días de víveres, a mas de su mochila i caramañola. Esta pesada marcha al través de un desierto arenoso, hizo sucumbir a siete soldados. Los mismos oficiales tuvieron que marchara pié. Solo después de tres semanas de constantes esfuerzas, se logró que quedaran herrados todos los caballos.

Se procuró organizar la provisión de víveres para el ejército bajo los auspicios del Gobierno provisional, pero con tan mal resultado, que la mayor parte de ios dias eran las dos de la tarde, i el soldado no tenia aun qué comer; por lo cual el jeneral La Fuente propuso dar el rancho en dinero, a razón de un real por individuo, medida que Blanco aceptó, por ser menos con tinjente.

Con algunas muías tomadas en Siguas por el jeneral Castilla se logró trasportar dos piezas de artillería con sus dotaciones. La escolta del jeneral en jefe marchó a pié al valle de Tambo para proporcionarse cabalgaduras, i volvió al cuartel jeneral después de muchos dias con ciento i tantas cabezas entre yeguas i muías.

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Blanco perdió pronto las lisonjeras esperanzas conquescha* bia dirijido a Arequipa, donde apenas se conseguía "por la fuerza" el alimento del soldado, donde no se podia obtener ninguna alta en los cuerpos i menos formar la división peruana, pues con solo haber manifestado el jeneral Castilla deseos de reunir la guardia nacional, i-el pueblo desertó completamente de la ciudadii, i para que a ella volviese fué menester convencerlo de que ni aun este servicio se le impondría.

Pasó el Estado Mayor ala Prefectura una relación del baga* je que estrictamente habia menester el ejército para moverse, i mientras el Prefecto Castilla repetía que la tropa tenia bagajes de más, el jefe de Estado Mayor i los comandantes decían que faltaba la mayor parte.

Creyóse que en Chuquibamba se podría aumentar la división peruana i sacar quinientas muías, i con este motivo fué enviado a dicha provincia el comandante Espinosa con mas de cien infantes i veinticinco jinetes; pero solo encontró una gran resistencia en sus habitantes. Solo una parte del escuadrón peruano habia conseguido montarse í no bien, i el resto, que estaba a pié en Arequipa, apenas consiguió en los últimos días cuarenta i dos cabalgaduras de toda especie.

Cuando el ejército chileno ocupó a Arequipa, las fuerzas de Cerdefta en Puquina constaban de un rejímíento de lanceros, dos compañías de infantería i otra de artilleria. En los primeros dias trató el jeneral Blanco de sorprender algunas avanzadas del enemigo que llegaban hasta cuatro leguas de la ciudad, i al efecto, destacó dos compañías de cazadores i ochenta caballos al mando del comandante del Portales, don Manuel García. Pero las avanzadas se habían retirado, i la columna de Garcia solo alcanzó a sorprender i dispersar una partida de montoneros, matando a dos de ellos i tomando cuatro prisioneros. Poco después fué enviado e! coronel Necochea con cuatro compañías de cazadores i un escuadrón, a sorprender en Poxi, siete leguas de Arequipa, a dos compañías de infantería i una columna de caballería que el enemigo tenia allí i que se decía estaban apoyadas por un batallón situado a dos leguas de Po.xi sobre la falda de un cerro.

Pero a la noticia de este movimiento, el enemigo se retiró, i

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Necochea hubo de contramarchar, sin otro resultado que el haber cojido veinticuatro prisioneros entre veintiocho soldados que, apostados en Mollebayapara sorprender a la columna chilena, fueron sorprendidos por cHa.

Tomando en consideración ia manera como estaban distribuidas las fuerzas del jeneral Santa Cruz, la protección que la sola presencia del ejército chileno en Arequipa prestaba a las operaciones de los arjentinos, la facilidad de apoyar las insu* rrecciones que se anunciaban como ciertas en Bolivia, i la defección del jeneral López, que habia prometido retirarse a Bolivia con su división para secundar las deliberaciones del Congreso contra Santa Cruz, "no podia dudarse del éxito de la campaña.fi "Penetrando a Puno (continúa Blanco en su exposición) cortaba la línea del ejército enemigo, amenazaba a Bolivia i tomaba posesión del Cuzco, que me proponía ocupar con la división peruana a las órdenes del coronel Vivanco. El enemigo, en este caso, no tenia otro partido que abandonar el norte i venir con todas sus fuerzas sobre nosotros, quedando a mi elección el recibir la batalla o reembarcarme i dirijirme sobre Lima; pero lo mas probable hubiera sido que la campaña se decidiese en el sur. La causa primordial de haberse frustrado dicho plan, claro está que fué la pérdida de la fraí^ata Carmen; en ella venian los vestuarios de paño del jeneral La Fuente, i con ellos contaba para vestir de abrigo a mis soldados, cuyo equipaje era solo a propósito para la costa, pero de ningún modo para la cordillera. Necesitaba también, para pasar en ella, llevar conmigo la |)rovision del ejército, pues que no debia contar con otros recursos; i esto tampoco pudo proporcionárseme por la escasez de ganado. A estos inconvenientes se agregaron otros que hicieron de todo punto irrealizable la ejecución de mis proyectos.»

Para probar que, a pesar de todo, se empeñó en buscar al enemigo, el jeneral refiere su marcha a Poxi con todo el ejército en la noche del 3 de Noviembre, con motivo de habérsele informado que la división de Cerdeña se hallaba en aquel lugar, a donde se encaminaba también el jeneral Santa Cruz, que, .según noticias, bajaba de la sierra en aquellos momentos. A las nueve de la mañana del día siguiente, i a menos de una legua de Poxi^

un hombre salido del mismo pueblo comunicó a Blanco que el enemigo, sabedor del movimiento del ejército chileno, se habia retirado a Puquina. El ejército hizo altn; pero Blanco, acompañado del jefe del Estado Mayor, de un destacamento de caballería i las compañías de cazadores, se adelantó hasta penetrar en Poxi, donde no hallaron persona alguna que diera noticia cierta de los enemigos. El ejército contramarchó a Arequipa.

Las noticias sobre las fuerzas i movimientos del enemigo fueron por muchos dias inexactas o falsas, por la incapacidad i tal vez mala fe de los espías. Supo al fin el jeneral de un modo positivo que los batallones Arequipa i primero de la Guardia .se habian incorporado a la división de Cerdeña; que el jeneral López, con quien no habia podido comunicarse por falta de espías, habia fugado para Chuquisaca, abandonando su división, que se reunió a la de Cerdeña; que Santa Cruz, con ochocientos a novecientos hombres, marchaba a tomar el mando de! ejército del Centro; que el jeneral Herrera había llegado también con el continjente de dos compañías que habia en el Cuzco; que la oposición, tan decididamente pronunciada en el Congreso de Bolivia, habia desaparecido; que el movimiento hecho por la guarnición de Oruro, habia sido sofocado por el pueblo; 'ique el diputado Sampértegui, primer campeón de la oposición, convertido después en vU esclavo de Santa Cruz (según espresion de una carta que recibió el jeneral de La Fuente) había enjuiciado i condenado al oficial que acaudilló aquella insurrección; i que los arjentinos no se movían después de la acción de Humahuaca.ii Supo ademas que los batallones 2." ¡ 5." se dirijian desde Tupiza el uno, desde Jauja el otro, a incorporarse a la división de Cerdeña, la que con este continjente ascendería a cerca de cinco mil hombres; mientras la división de Vijíl, destacada del norte, se aproximaba a retaguardia del ejército chileno.

En tal situación, cuando el ejército invasor carecía de medios de movilidad, de víveres, de vestuario apropiado para atravesar la cordillera, teniendo al frente un enemigo superior, era imposible emprender un movimiento ofensivo contra él, buscándolo en las posiciones ventajosas que a cada paso le ofrecía una dilatada sierra. El honor de la madre patria no reclamaba en manera alguna el sacriñcio de tres mil de sus mejores hijos.

El único partido que quedaba al jefe del ejército chileno era man»enerse en Arequipa, aguardando a que el enemigo, confiado en su superioridad, intentara alacarlo. El jeneral, por su parte, confiaba en la moral i disciplina de su tropa, en el acreditado valor del soldado chileno, i sobre todo, en la excelencia de la caballería que tenia a sus órdenes, i en consecuencia, no temía los resultados de una batalla, que tanto él como sus soldados deseaban ardientemente. Pero el enemigo no quiso aventurar sus fuerzas, i conociendo la apurada situación del ejército chileno, pretirió mantenerse en sus posiciones, con la esperanza de que éste emprendiera su retirada, i hostilizarlo entonces ventajosamente, "mediante el conocimiento práctico del terreno i la movilidad de una infantería que en esta calidad puede, sín exajeraciones, ser reputada sin iguala.

A pesar de todo, el jeneral en jefe del ejército chileno crda poder verificar en buen orden su retirada sobre Quilca; pero pensaba dirijirpor tierra la caballería a Pisco, adonde también debía encaminarse la escuadra con el resto del ejército. Aterrábale, sin embargo, la idea del miserable estado en que llegaría la caballería, después de atravesar doscientas leguas por Un territorio árido, i de las dificultades en que habia de verse la escuadra i el ejército entero para conseguir su subsistencia en una provincia tan inferior a Arequipa en todo jénero de recursos, Es lo mas probable que al fin hubiera renunciado este plan, i preferido reembarcar el ejército en Quilca para restituirlo a Chilc: pero sacrificando todos los caballos i teniendo que rechazar la persecución del enemigo en una travesía de treinta leguas.

En tales circunstancias se hallaba el jeneral Blanco cuando Santa Cruz le propuso una entrevista en Paucarpata. Prestóse a ella, i de esta conferencia i otras que se siguieron, resultaron los tratados de paz, cuyo proyecto consultó previamente al jefe |del Estado Mayor i demás jefes del ejército reunidos en consejen de gusrra, los cuales unánimemente opinaron por la celebracioip de los tratados como el mejor partido que en aquellas c cias podia adoptarse,

Al terminar esta exposición decia el jeneral Blanco qiice, si ella no era bastante para satisfacer plenamente al Supremaíj Gobierno, estaba pronto a responder en un consejo de guerra Ka los

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cargos que se le hicieran; i concluía con estas palabras: "No he creído, ni lo ha creído el ejército todo, empañar el lustre de las armas de Chile admitiendo la oliva de la paz de la mano de un enemigo poderoso. Lejos de mí i del ejército semejante bastardía. Sí en la conveniencia política del gobierno entra el rechazar esta paz, me quedará al menos la satisfacción de que, estipulándola, evité el aniquilamiento de una parte de mis soldados, i no derramé sin fruto una sangre preciosa de que algunos se muestran tan pródigos.<i (lo)

No obstante esta vindicación, el jcneral Blanco fué sometido al juicio de un consejo de guerra. (Decreto de 17 de Enero de 1838.)

En su primera declaración indagatoria Blanco repitió sustancialmente el contenido de su exposición oficial de 28 de Diciembre anterior, de que acabamos de dar cuenta.

Entre veinte testigos que fueron llamados a declarar en esta causa, los mas de ellos (jefes i empleados del mismo ejército expedicionario) depusieron en favor del jeneral, corroborando sus asertos en cuanto a la escasez de víveres i de bagajes i a la apatía i falta de cooperación de los pueblos peruanos, circunstancias que habían reducido al ejército a la impotencia de obrar ofensivamente i de proceder con la actividad conveniente. Et teniente coronel don Francisco Anjel Ramírez dijo, no obstante, en su declaración, que el movimiento sobre Tacna habria convenido mas que sobre Arequipa, cons^uiéndose tal vez el pronunciamiento del jeneral López o su rendición, i desalojar de sus posiciones a Cerdeña, con lo cual se habria dominado

(10) Esta exposición la publicó el jeneral Blanco a principios de 183S con algunas palabras dirijídas la sus compatriotas», en las cuales dice que, ten medio de la borrasca de pasiones ajiladas por la malevolencia, la negra envidia i la iagratitudí, no le queda sino lapelar del fallo injusto i precipitado de sus émulos, al juicio imparcial i tranquilo de la opinión pública. Confiado en ella (añade), sujeto el siguiente documento a la consideración de mis conciudadanos. Presenten mis enemigos las pruebas de su acendrado patriotismo, e;chiban sus tiluloa ai reconocimiento nacional i a la memoria de la posteridad. Yo manirestaré los mios: están en Talca, en Maipú, en Talcahuano, en Chiloé, etc., etc., están sobre todo en el aprecio jamas desmentido de mis compatriotai.>

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mayor territcrio i obtenido mas fácilmente los recursos necesarios. Según el mismo testigo, el jeneral Blanco hizo mal en no haber acuartelado en Arequipa a los herradores para obligarlos a herrar en breve tiempo las caballerías.

Los mas graves cargos c imputaciones al jeneral Blanco, partieron de los testigos peruanos La Fuente, Castilla, Vivanco i Pardo, que negaron en absoluto que el ejército chileno hubiese carecido ni de las simpatías del pueblo arequipeño, ni de vitualla, ni de medios de movilidad. El coronel Vivanco, añrmaba, entre otras cosas, que en los dias en que se estipularon los tratados de Paucarpata, el ejército pudo sacar de Arequipa ganado i burros en abundancia para hacei* las tres marchas que necesi» taba para retirarse, habiendo ademas en Vítor una buena cantidad de ganado lanar; que pudo entonces emprender la guerra por el norte, con esperanzas de éxito, pues de Lima habian salido al sur el batallón S° i la columna de Vijil, quedando mui debilitada la guarnición de aquella capital.

Expuso también Vivanco que la expedición de la columna de Espinosa sobre Chuquibamba, de donde habrían podido sacarse abundantes recursos, fué demasiado tardía, pues se dio tiempo para que se armasen montoneras i se aproximara a la provincia la división que Vijil traía de Lima.

Don Felipe Pardo aseguraba que en lo tocante a provisión de víveres, herraduras, etc., las autoridades peruanas, es decir, La Fuente, Castilla i el mismo Pardo, procedieron con actividad i eficacia; que solo en cuatro o cinco dias suplió el rancho la comisaría del ejército, i esto a causa de las alarmas de la ciudad, en consecuencia de las noticias sobre movimientos del enemigo; que, supuesto que por falta de abrigo no pudiera el ejército pasar la cordillera, pudo sí retirarse a la costa, i asi lo propuso él mismo (Pardo), cuando estuvo herrada la caballería; que al tiempo de los tratados era practicable la retirada del ejército, pues habia los elementos para hacerla, i que el mismo Blanco dio orden de que se verificara el 16 de Noviembre, con la mira de presentar combate, si el enemigo le seguía, i cuando nó, reembarcarse.

El jeneral Castilla con su jenial virulencia acusó en todo i por todo a Blanco. Imputóle el haber dudado de las buenas

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