Cartas a un escéptico en materia de religión · Unidad 17 de 42
Unidad 17 · CARTA IX.
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CARTA IX.
Mi oslimado amigo : en la caria anterior le manifestó á V. mi opinión poco favorab'c á la moderna filosofía alemana, aventurándome á calificarla con una severidad que V. quizás debió de reputar excesiva. Este atrevimiento tratándose de hombres que han adquirido mucha celebridad, y cuyas palabras son escuchadas por algunos cual si salieran de boca de oráculos infalibles, me impone el deber de probar lo que allí dije, y hacerlo de manera que no consienta réplica. Bien se acordará V. de mis quejas sobre la doctrina de dichos filósofos con respecto al panteismo, y que los acusaba de resucitarlos errores de Spinosa, bien que envueltos en formas misteriosas de un lenguaje simbólico y enfático; este cargo es el que voy á justificar con respecto á Hegel.
Según estu filósofo, la religión es el « producto del sentimiento ó de la conciencia que el espíritu tiene de su origen, de su naturaleza divina, de su identidad con el espíritu universal. » Podríamos dudar del verdadero sentido de aquella expresión su naturaleza divina^ si
anduviese '.ola, pues que siendo nuestra alma criada á imfigen y semejanza de Dios, y distinguiéndose por su elevación sobre lodos los seres corpóreos, dable seria ponsar que Hegel solo trataba de recordar la nobleza y dignidad do nuestro espíritu fundando el sentimiento religioso en la conciencia que tenemosde que nuestro origen, nuestra naturaleza y destino, son muy superiores á esc pedazo de barro que envuelve nuestra alma que la embaraza y agrava. Pero el filósofo alemán tuvo cuidado de explanar sus ideas añadiendo que nuestro espíritu ora idéntico con el espíritu universal. ¿Qué será ese espíritu umvcrsnl que absorve, que identifica en sí todos los espíritus particulares? ¿no es esto la proclamación pura y simple de un panteísmo espiritualista ? ¿uo es esto afirmar que Dios es todos los espíritus y que todos loa espíritus son Dios? ¿que el pensamiento, el alma do cada hombre, no es mas que una modificación del Ser único en el cual todos se contunden é identifican? Pero oigam.os de nuevo el filósofo alemán, por ver si acaso no habríamos comprendido bastante bien el sentido de sus palabras. « Esta conciencia, continúa Hegel, se halla primero envuelta en un mero sentimiento cuya expresión es el culto : en seguida la conciencia se desenvuelve, Dios pasa á ser objeto, y de aquí nacen las mitologías y todo lo que se llama la paite positiva de la religión; pero detenerse en este segundo estadio donde el Dios del universo es adorado en el mármol de Fidias, donde Jesucristo no es mas que un personaje histórico, seria mentir contra el espíritu. »
« En la religión los pueblos desponen sus ideas sobre la esencia del mundo y las relaciones que con esta tiene la humanidad. El ser absoluto es aquí el objeto de su conciencia; hay otro mas allá que ellos se representan, ora con los atributos de la bondad, ora con los del ter-
ror. Esta oposición no existe en el recogimiento de ki oiacion y en el culto : y el hombre se eleva á la unión con el Ser divino. Pero este Ser divino es la razan en si y para sí, la sustancia universal concreta, la religión es la obra de la razón que se revela. Quizás extrañará V. que el filósofo alemán se anduviera en tantos rodeos para venirnos á decir que la religión no es mas que una ulterior manifestación de la razon^ que el Ser divino, el Ser objeto religioso y del culto, es decir Dios, «o es mas que la razón misma, bien que en si y para si, ó bien la sustancia universal concreta; yo no sé si estará V. muy versado en estas materias, para comprender la jerigonza de un ser que es en si y para si. que es la razón humana, y que por añadidura es la sustancia universal concreta. Sea cotno fuere procuraré darle á V. alguna explicación del sentido que envuelven las enigmáticas palabras de nuestro metafísico.
Para la inteligencia de ésto debe V. advertir que según Hegel, el mundo entero no es mas que la evolución de la idea, y que según el grado en que se encuentra la expresada evolución, se dice que los seres son en si; y cuando esta ha llegado á mayor progreso, se dice que los seres son para si. Me preguntará V. ¿qué es la idea? En dictamen de Hegel no es otra cosa que « la armoniosa unidad de este conjunto universal que se desarrolla eternamente : » « todo lo que existe, añade, no entraña verdad sino en cuanto es la idea que ha pasado al estado de existencia, porque la idea es la realidad verdadera y absoluta. «Y no crea V. que con semejante definición se nos quiera expresar la inteligencia divina, ó bien la inünita esencia del Criador en la cual está representado desde toda la eternidad, todo lo existente y todo lo posible ; nada de esto : cuando Hegel habla de la armoniosa unidad se refiere á este conjunto universal oue tiene un
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desarrollo eterno, es decir al mundo mismo que va tomando diferentes formas y modificándose de varias maneras. « Para comprender, dice, lo que es esta evolucioQ por la cuiil la idea se produce y acatia, es preciso distinguir dos estados : el primero es cunocido con el nombre de disposición, virtualidad, potencia, y yo le llamo ser en si; el segundo es la actualidad, la realidad, ó In que yo ai'elido ser para si. El niño que nace tiene la razón vii tualmenle, en gérmen, mas no posee lodaví i la posibiliiiad real de la razón. Es razonable en si, pero no llega á sello pa>a si, sino á medida que se desenvuelve. Todo esfuerzo pan conocer y saber, toda acción, no tiene otro objeto que scirá Iu7 lo que e>tá ocullo, que redizaró actualizar loque existe virtualu enle, de objetivar lo que es en sí, de desenvolver lo que existe en gérmen.
« Lletrar á la existencia es sufrir un cambio, y sin embaigo quedar lo mismo; ved pnr ejemp o como la encina sale d'- la bellota; prodúceiise cosas muy diversas, pero todo estaba encerrado ya en el gérmen aunque invisible é idealmente. »
Pasaré por alto las muchas y graves consideraciones que i'Odiian hacerse robre el peregrino signilicado que da el filósofo alemán á la p.ilalua idea.Sf. les haba ocurrido á lus autores de sistemas idenfigicos, el excogit ir varios para explicar el misterio del pensamiento, dando tuiibien difereutes acepciones á la pal.ibni idea; pero decir que esta es « la armoniosa unidad del conjunto universal que se desarrolla eternamente » lí en términos mas claros, llamar idea á la naturaleza misma, i reo que solo podia venir á la mente de quien proponiéndose confundirlo lodo en el monstmoso panli'israo, comienza por dará las palabras una significación inusitada y exlraviiganle. Yo dGí;e¿uia que se me explicase;
qué necesidad hay de tantos rodeos para llegar á decirnos, que en el mundo no hay mas que un ser, ó una sustancia, que esia sufre diferentes modificaciones, y que tildo cuanto existe no es mas que uno de los accidentas del cofijunto universal que sin cesar se transforma. Este es ciertamente el pensamiento de Hegel; el niño tenia el uso de razón en potencia, el adulto en acto; aun mas y hablando con mayor precisión, el mismo adulto cuando piensa está en acto, cuando duerme está en potencia de pensar.
Dice II gel que todo esfuerzo para conocer y saber, y hasta toda acción tiene por objeto el sacar á luz lo que está oculto, realizar ó actualizar lo que es virtualmente: esto necesita comentarios : es verdad que el esfuerzo para conocer y saber tiende á hacernos presente y ponernos en claro, lo que para nosotros está ú oscuro ó enleramente (icullo; pero no lo es que ninguna acción tenga otio ot jetu que realizar ó actualizar lo que es virtualmente. Nu puede negarse que en el orden de la naturaleza hay un desarrollo continuo en que unos seres salen de otro- como la encina de la bellota; pero los hay tauibieii cuya esencia se opune á que hayan dimanado de otro cualquiera, á no ser que hayan pasado instantaueaiuente de la no existencia á la existencia, es decir, sin haber sido criados.
(i Llegar á la existencia, dice Hegel, es sufrir un cambio, y sin embargo quedar lo mismo : » esta proposición asentada en general destruye toda idea de creación . pues que no existe esta, cuando no se pasa de la nada al ser. Si iiej^ar á la existencia no es mas que sufrir una mudanza y quedar lo mismo, tendremos que cuando el universo comenzó á existir no fue porque hubiese sido criado por Dios, sino porque veriücándose una gran tranoforoidcioa en la materia preexistente, resultó ese
conjunto que nos asombra con su inmensidad, y no5 encanta con su belleza y armonía. Semejante suposición nos lleva en derechura á la eternidad del mundo, al caos de los antiguos, á todos los absurdos sobre el origen de las cosas, que las luces del cristianismo habian desterrado de la tierra.
Extraño es que filósofos que se glorian de altamente espiritualistas, que manifiestan despreciar el materialismo francés del siglo pasado, lo estüblezcan tan lisa y llanamente combatiendo la espiritualidad, la inmortalidad, y el origen divino de nuestra alma. Si cuando esta comienza á existir no hay mas que la mudanza de un ser, á la manera que la encina es lo contenido en la bellota, bien que desenvuelto y transformado, podremos inferir que el alma brota del fecundo seno de la naturaleza lo propio que los gérmenes materiales; será un producto mas ó menos sutil, mas ó menos activo, mas ó menos depurado, pero no será mas que el ser que ya antes existia, que la planta salida de la semilla. Esta doctrina es esencialmente materialista, sin que basten á sincerarla de tan grave cargo todos los misterios y enigmas del nuevo lenguaje filosófico. Lo que es simple, lo que es indivisible, no puede ser el resultado de la transformación de otro ser; lo que pasa de un estado á otro adquiriendo una nueva forma, una nueva existencia, como lo hacen los vegetales salidos del germen, es compuesto; porque no es dable concebir esa mudanza sucesiva sin acompañarle la idea de partes. Podemos muy bien admitir que una sustancia enteramente simple ejerza actos muy diferentes, y reciba impresiones muy vanas; pues que todas estas modificaciones pueden realizarse sin alterar su naturaleza, como en efecto lo estamos expermientando á cada paso con respecto á nuestro espíi ilu ; pero afirmar que la sustancia misma no e3
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mas que otra transformada y desenvuelta, es asentar que esta sustancia consta de partes, que se pueden combinar de distintas maneras,
La dificultad de atacar semejantes delirios proviene de que esos nuevos filósofos han tenido la ocurrencia de adoptar un lenguaje tan extraño y enigmático, que siempre eslá uno en la duda de si ha dado ó no en el verdadero sentido del autor. Así en el caso que nos ocupa, si Hegel hubiese dicho sencillamente que en el mundo no hay mas que un ser, una sustancia, que comprende en sí todo el conjunto de cuanto existe, añadiendoque lo queá nosotros nos parecen seres ó sustancias particulares, no son otra cosa que modificaciones de la sustancia única qae todo lo absorve, sabríamos que tenemos á la vista un profesor del panteísmo, y al combatirle no vacilaríamos sobre cuáles son los mejores argumentos para demostrar la falsedad del monstruoso sistema. Pero ¿cómo quiere V. habérselas con un hombre que empieza hablándole de idea, de armoniosa unidad, de conjunto que se desnrrolla eternamente, de idea que es la realidad misma, de evoluciones, de ser en sí y para sí, de tránsitos de virtualidad á la actualidad, lodo para venir á parar á que el universo entero no es mas que un desarrollo sucesivo, saliéndole al fin con el estupendo descubrimiento de que un niño al nacer tiene la razón virtuaimente, mas que no la posee actualizada, y que la encina lia salido de una bellota?
Los ramos, dice Hegel, las hojas, las flores, el fruto de una misma planta, proceden cada uno para sí, mientras que la idea interior determina esta sucesión. ¿Sabria V. decirme lo que debe de ser el que los ramos, las hojas, las flores, el fruto procedan para sí, ni cuál podrá ser el significado de la idea interior, aplicada á las plantas? ¿supone Hegel que dentro de la naturaleza hay un
ser inteligente y próvido, que lo ve todo, que lo arregla todo, queriendo Uamnr ¡dea el pensaniienlo de esle ser, distinguiéndole empero de la materia? Fntonces vendrá á parar á la idea de Dios, poique también decimos nosotros que Dios está en todos ios seres, en todas partes, viéndolo todo, ordenándolo todo, conservándolo todo, presidiendo á ese magnífico desarrollo que de continuo se está obrando en la naturaleza conforme á las leyes establecidas por el Criador. Mas nosotros afirmamos que el Autor de tantns maravillas existía desde toda la eternidad, antes que nada existiese fuera de él; y ahora conserva, mueve, vivifira el mundo, no como el alma al cuerpo, sino de una manera independiente, libre, sin estar ligado con su criatura, sino obrando por medio de su voluntad omnipotente, y repitiendo á cada paso lo que con tan sublime pincflad;( nos describió Moisés : hágase la luz, y la luz fué hecha. Pito el dar á la naturaleza una idea interior, atada por decirlo así con los seres corpóreos, es afirmar que el mundo es un ser animado, que funciona del propio modo que nuestro cuerpo vivificado por el alma; lo que si anda acompañado de la confusión del et^pírilu con la materia, si se supone que la existencia de los seres espirituales y corporales no es mas que un desarrollo simulláneodeladmirableconiunto, forma el panteísmo puro, tal como lo concibiera Spinosa.
Quizás no creía V., mí apreciado amigo, que á tal extremo llegara la filosofía moderna de los indignos sucesores (le Leibnilz; mas por esto he creido conveniente presentarle á V. los mismos textos del ponderado filósofo, para que se convenciera á un tiempo de que la ensalzada superioridad se reduce á resucitar errores antiguos, bien que cubiertos con nombres extravagantes Interminable sería esta carta, y estoy seguro que se le haría á V. algo pcsadn, s¡ n\c propusiera mostrarle
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ni aun en rpsúmen todas las pararlojas á qiip fué inducido Vlogi i por su eniomático sistema. Naila le ri'Ki á V. del desiirrollo de la idea en la esfera lógica, de la razón impersonal, y otias cosas por este tenor; quiero limitarme á decirle dos pilabras sobre la perepirina esperanza que abrigaba el filósofo de qne por medio de su teoría era dable flelfrmin ir a priori l.is leves ilei iiinnilo físico. Hiéranse ciertamente Ni-wlon y Leibnitz de pretcnsión tan exliaña; ncianse lodos los fÍMCus modernos, acordes en que no hay otro medio para llegar al C' nocimiento de las leyes de la naturaleza que la observación; pero Hegel les respondería con la maynr seriedad, que no siendo las leyes del mundo tísico oira cosa que las de nuestro espíritu, bien que objetivadas, uiuy posible pasar del conociuiientu de eslas al de. aquellas. Ciertamente que debiera de encontrarse a^ju embarazado el filósofo alemán, si se le exigiese una explic u^ion clara y piecisa sobre esas leyes de nuestro es|iíiitii, que son al propio tiempo leyes de la naturaleza. Cu i loso seria ver indicada la ley de nuestro espíritu que aplirada al mundo corpóreo se convierte en atracción universa!, ejer ida en razón directa de las masas é inversa d. l cuadro de las distancias; á que se reducen las leyes de afinidad cuando al dejar de ser objetivadas, quedan simplemente leyes de nuestra alma. Los poetas, los ora- ^ dores, los filósofos habían descubierto ya muchas analogías entre el mundo moral y el físico; analogías que aprovechadas por el ingenio, y emb ellecidas cnn ios coltires de fecunda imaginación, sirven admirablemente para comparar de coniinuo unos con otros, órdenes de seres muy diferentes, animando, variando y hermoseando el estilo; pero estaba reservado á Hegel .1 po contentarse con simples comparaciones, el estab ecer completa identidad, de suerte aue la observación dejase
de sernos necesaria para penetrar los arcanos de la natitrálezíi, bastándonos meditar sobre las leyes de nuestiu ( spíntii, rs di^cir, abstraemos de todo cuanto nos (Odca, y en st guida objetivar las leyes descubiertas, qucd.indo de esíta manern demostradas a priori todas las que rigen el cielo y la tierra.
Creerá V. sin duda, que sin fundamento me estoy chanceando á costa del filósofo alemán, y que trato de dar á la discusión este giro, sin cuidar de la verdadera mente de Hegel, y solo atendiendo á que es preciso amenizar algún tanto materias tan ingratas de puro abslrusas. Pu s debe V. saber que no estoy combatiendo un giganti- fantástico que yo haya tenido la humorada de crear paia partirle de un tajo ; lus paradojas que acabo de impugnar las sostenía Hegel con la seriedad de un Alemán; y no tengo yo la culpa si el negocio es extravagante con sus ribetes de ridículo. Propúsose nádamenos que constuir con el auxilio de su sistema todas las ciencias naturales; y en sus obras encontrará V. aplicaciones á la mecánica, á la física, á la geología, las que pretende fundar en sus teorías metafísicas. Verdad es que el cielo no se cuidaba muchode las profecías del filósofo, y que alguna vez le dejó muy mal parado; pues que habiendo tenido la ocurrencia de demostrar a priori que entre Marte y Júpiter no podia haber otro planeta, nos vino cabalmente en el mismo año el célebre astrónomo Piazzi descubriendo á Ceres, que como V. no ignora, tiene su asiento allí donde según la demostración de Hegel, no podia tener cabida ningún planeta.
Quien á tanto se atrevía no es extraño que se permitieí^e motejar al inmortal Newton hasta de una maneia poco decorosa. A pesar de tamaño orgullo, es cierto que la posteridad no aprobaría que se escribiera sobre el sepulcro del metafísico alemán lo que con tanta razón
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se halla en el del astrónomo inglés : Sibi gratulentur mortales iale tantumque exstitisse humani ■ generis decus.
Llegó á tal punto la manía de Hegel sobre este pnrlicular, que su admirador Link no pudo menos de do(;ir: « aflicción causa el ver de qué manera habla nuestro autor de los objetos pertenecientes al dominio de las ciencias naturales, de la astronomía y de las matemáticas; y sin embargo él gusta de hablar sobre esto, y lo hace siempre con tono tan magistral y tan amargo, que le daría á uno risa, si reírse pudiera, al ver á un hombre como él, extraviarse de un modo tan lastimoso. Este mal de Hegel empeoraba en la última época de su vida, y hasta se enojaba contra los que no se decidían á admirarle. »
Bien se habrá convencido V., mi apreciado amigo, de que no sin razón me habia mostrado algo severo con la moderna filosofía alemana; ciertamente que no necesita comentarios la doctrina que acabo de examinar, para que se vean no solo su tendencia y espíritu, sino lo que es en sí, en realidad. Espero volver otro dia sobre este punto, y entre tanto viva V. seguro del afecto de este su amigo y S. S. Q. B, S. M.