Cartas a un escéptico en materia de religión · Unidad 25 de 42

Unidad 25 · CARTA XIV.

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CARTA XIV.

Mi estimado amigo : Casi me inclinaria á creer que empieza V. á no encontrarse muy bien en su escepticismo religioso, pues que al parecer se avergüenza de él, no queriendo confesar que se halla en esta parte en situación muy diferente de la de muchos otros, á quienes V.,con buena intención sin duda, pero con mucha injusticia, les achaca las mismas ideas. No podia yo figurarme que le causase á V. tanta novedad la conducta de muchos cristianos, hasta el punto de llegar á suponer que ó fingen hipócritamente estar adheridos á la religión, ó cuando menos la profesan sin entender de ella una palabra. Dice V. que no alcanza á comprender cómo es posible que enseñando la religión doctrinas tan altas, algunas de las cuales son sumamente trascendentales y hasta terribles, haya hombres que estando convencidos de la verdad de ellas, ó las contraríen con su conducta, ó vivan haciendo poquísimo caso de las mismas. Añade V. que concibe muy bien la religión de un S. Gerónimo, de un S. Benito, de un S. Pedro de Alcántara, de un S. Juan de la

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fniz, es decir, hombres penetrados profundamente de

!a nada de las cosas terrenas, de la importancia de la eíornidad, y por consiguiente desasidos de todo lo inuni!ano, muertos á todo cuanto los rodea, y atentos únicamente á la gloria de Dios y á la salvación de sus almas y de las de sus prójimos; pero que no comprende en IV imer lugar la religión de los viciosos, esto es, de homb'-ps que viven convencidos de la clernidad de las penas fiel infierno, y no obstante como que hacen todo lo posible para hundirse en él; que no comprende la religión de otros que sin embargo de no estar entregados al vicio, dejan correr sus dias con cierta indiferencia, sin afanarse mucho por lo que pueda venir después de la muerte, ni aun de aquellos que practicando la virtud lo hacen con cierta tibieza, no mostrándose continuamente poseídos de la idea de que muy en breve van á encontrarse ó con una dicha sin fin ó condenados para siempre á horribles suplicios. Según parece, esto le escandaliza á V. y hasta puede contribuirá mantenerle separado déla reli|;ion; pues que si nos atenemos á este modo de mirar lascosas, no hay medio entre ser escéptico ó anacoreta.

En primer lugar, se rae ocurre una reflexión que no quiero dejar de consignar aquí, y es : la variedad y contradicción de los argumentos con que es atacada la religión, y lo desconlentadizos que con ella se muestran los escépticos é indiferentes. ¿Hay una persona muy cristiana, muy devota, que pasa los dias en la oración y en la penitencia, que mira todas las cosas del mundo ro.'üo transitorias y livianas, que se manifiesta profundamente poseída de la nada de todo lo terreno, que con sus palabras y sus acciones muestra bien claro que no se apartan jamás de su mente, Dios y la eternidad? Entonces se dice que la religión es esencialmente apocadora, que estrecha las ideas, que encoge el corazón, quo

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hace á los hombres misántropos, que los inutiliza, y que por tanto solo sirve para frailes y monjas. Hasta se llega algunas veces á dar consejos de prudencia, recordando que si se procurase presentar la religión bajo un aspecto jovial y afable, no se apartarían de ella tantos hombres que si bien se sienten inclinados á seguirla, no pueden consentir á tornarse tristes, taciturnos, andándose cabizbajos y cuellituertos por esas calles é iglesias; y hete ahí que si hay otros hombres que á pesar de ser profundamente religiosos, de estar altamente penetrados de las terribles verdades de la fé y quizás muy dedicados á la práctica de virtudes austeras, se muestran no obstante con rostro sereno y apacible, conversación alegre y festiva, no dejando entrever que se agite en su mente el formidable pensamiento del infierno, entonces se objeta lo extraño, lo inconcebible de semejiinte proceder, y se echa de menos la conducta de aquellos oíros que poco antes eran blanco de reprensión y tal vez de desprecio y burla. De suerte que si la religión llora, se quejan Vdes. de que llora ; si rie, de que rie ; y si se mantiene sosegada y calmosa, la acusan de indiferente. Bueno es hacer notar semejantes contradicciones que dejan en evidencia la sinrazón de los que caen en ellas, ya sea por haber meditado poco sobre los objetos de que hablan, ya por dejarse arrastrar del prurito de hacer cargos á la religión, echando mano de todo linaje de argumentos.

Pero vamos derechamente al punto capital de la dificultad, y veamos si es posible contestar satisfactoriamente á las objeciones de V. ¿Cómo es posible que un hombre religioso sea vicioso? Esta es, si no me engaño, la principal dificultad que V, presenta, y me ha de permitir V. que le diga con toda ingenuidad, que muestra muy escaso conocimiento del corazón humano quien

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propone seriamente una objeción semejante. La vida entera de la mayor parte de los hombres es un tejido de esas contradicciones que V. no alcanza á explicarse : si debiéramos dar alguna importancia á dicha objeción, nada menos resultarla sinoexigir que todos los hombres arreglasen su conducta á sus ideas, y que quien abrigase una convicción, obrara siempre en consecuencia de ella. ¿ Y cuándo, y dónde ha existido un proceder semejante? ¿no estamos viendo todos los dias que aun prescindiendo de las ideas religiosas, se verifica aquello de conocer el hombre ei bien, de aprobarle, y sin embargo ejecutar el mal? Video meliora, proboque, deteriora sequor. Veo lo mejor, me gusta; pero sigo lo peor. Ts'o hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. Non quod voló bonum, hoc ago, sed quod odi málum, illud fació. Hablamos con un jugador, y la conversación llega á girar sobre el vicio que le domina ; un predicador en el pulpito no se expresará 005 mas energía contra los males acarreados por el juego. «¡Qué pasión mas funesta! le oiréis decir, siempre inquietud , siempre desasosiego y turbación , siempre incertidumbre y zozobra, ahora nadando en la abundancia, no sabiendo qué hacerse del oro, un momento después todo se ha perdido, es preciso pedir prestado á los amigos, ó empeñar una finca, ó enagenar una prenda, ó excogitar algún expediente desastroso para proporcionarse siquiera una pequeña cantidad con que probar fortuna de nuevo. Si perdéis, os halláis en la desesperación; si ganáis, os veis forzado á presenciar la desesperación de los otros, á sufocar tal vez los sentimientos de compasión que brotan en vuestro pecho, disfrazándolos y encubriéndolos con chanzas y algazara. ¡.Qué momentos mas crueles al salir de la casa de juego, al recordar que habéis labrado quizás el infortunio de vuestra familia ó de !a de vuestros amigos, al pensar

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que ibais con la esperanza de mejorar vuestra posición, y tal vez de rico que érais habéis pasado á la mas estrecha pobreza! No es posible concebir cómo hay hombres que se abandonen á ese vicio detestable : el jugador es un verdadero loco que va corriendo continuamente tras de una ilusión á pesar de estar convencido de que es ilusión y no mas, de haberlo experimentado una y mil veces en sí y en los otros. En un joven, en el acto de salir de la casa de sus padres, un desliz en esta parte es disculpable hasta cierto punto ; en un hombre de alguna experiencia, el vicio carece de excusa. » ¿Ha oido V., ,mi querido amigo, á ese moralista tan juicioso, tan severo, tan inexorable con los jugadores? Pues vea V., apenas ha concluido su santa plática, quizás mientras está perorando, saca inquietamente su reloj ó pregunta á los circunstantes qué hora tienen, y ¿sabe V. para qué? es que el tiempo de la cita está cercano, que la mesita cubierta de paño está esperando^ y los compañeros se hallan ya colocados en sus asientos respectivos, y barajando con impaciencia , y maldiciendo al perezoso y tardío; y su pobre corazón salta de gozo al pensar que en breves instantes va á comenzar la tarea, y los montones de dinero irán girando rápidamente en derredor : ahora en frente de uno de los actores, luego de otro, en seguida de otro, hasta que al fin en las altas horas de la noche se concluirá la función , quedando por supuesto vencedor el moralista y completamente vengado de sus descalabros de ayer. Por lo menos , él así lo espera ; y tan pronto como ha puesto fin al sermón, se levanta, toma el sombrero y echa á correr rabiando por la poca puntualidad. ¿Qué le parece á V. de semejante contradicción? « ¡Oh! se me replicará, este hombre era un hipócrita, decía lo que no pensaba ! » Es falso, hablaba con la convicción mas profunda; y los circunstantes si no

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eran jugadores, no eran capaces de comprender toda la viveza con que él sentia lo que expresaba. En prueba de esto, suponed que tiene un hijo, un hermano menor, un amigo, una persona cualquieia por la cual se interese : él le aconsejará que no juegue y lo hará con todas las veras de su corazón ; si tiene autoridad para ello se lo prohibirá severamente ; cuando no, se lo rogará con encarecimiento, y si puede hablar con entera franqueza exclamará con acento de dolor : « creed á un hombre experimentado ; este vicio ha hecho y está haciendo mi infortunio ¡ ay de mí ! y siempre temo que me llevará á la perdición. » El desgraciado no deja de conocer el mal que se hace á sí propio, no deja de conocer su temeridad, su locura ; se la echa en cara una y mil veces, asi en los momentos de calma y buen juicio, como en los de furor y desesperación; pero no tiene bastante fuerza de ánimo para resistir al impulso de su inclinación arraigada y acrecentada con el- hábito, para conformar sus obras con sus palabras, con sus convicciones mas profundas.

¿Quiere V.. otros ejemplo? fácil seria amontonarlos hasta lo infinito. Hiy un hombre de foiluna respetable, de reputación sin tacha, que disfruta en el seno de su familia de toda la dicha que pueda desear; su instrucción, su moralidad y hasta su misma educación culta y esmerada, le hacen contemplar con lástima los extravíos de otros; no concibe cómo consien:en en sacrificar sus bienes á una pasión liviana, en mancillar por ella su nombre, en hacerse el objeto de desprecio y ludibrio de cuantos los conocen; sin embargo trascurrido algún tiempo, una ocasión, un trato frecuente le ha enredado á él mismo en una amistad peligrosa : la hacienda, la fama, la salud, h;isla su misma vida, todo lo está sacrilicando á su ídolo ; ¿ha perdido por esto sus antiguas

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convicciones? ¿la variación de conducta es efecto de un

cambio de ideas? Nada de eso; piensa como antes, no se lia desviado un ápice de sus convicciones piimilivas, solo las ha puesto á un lado. A los parientes, á los amigos que le amonestan, que le recuerdan sus propias palabras, que le hacen los cargos qüe él mismo dirigía á los demás, que le excitan á que lome los consejos que él poco antes diera á los otros, á todos contesta : «si, cierto, tiene V. razón, ya, con el tiempo... pero... »

Es decir que no hay falla de luz en el entendimiento, sino extravio en el corazón; eslcá seguro que la dorada copa contiene veneno, pero en su ardor febril se la acerca á sus labios, con el riesgo, con la certez;) de perecer.

Recorra V. todos los vicios, fije su atención sobre todas las pasiones, y echará V. de ver esta contradicción de que voy hablando. Son pocos, poquísimos los hombres que desconocen el mal que se hacen, los daños que se acarrean con su propia conducta, y sin embargo ¡cuán difícil es la enmienda! De donde resulta no ser nada extraño que una persona profundamente convencida de la verdad de la religión, obre contra lo que ella prescribe, y no es prueba de que no crea lo que dio; el no ponerlo él mismo en práctica.

Si V. hubiese laido obras de moral y de mística, ó conversado con hombres experimentados en la dirección de las conciencias, sabría la triste y angustiosa situación en que se encuentran á menudo muchas almas, y la paciencia que han menester los confesores para sufrir y alentar á esos desgraciados que proponen dejar el vicio, que lloran amargamente sus culpas, que tiemblan por el eterno castigo á que se hacen acreedores, que á fuerza de consejos, de amonestaciones, do

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remedios y precauciones de todas clases, llegan quizás á resistir por algún tiempo á su funesta inclinación, y sin embargo reinciden y vuelven á los pies del confesor, y ai cabo de algún tiempo tornan á reincidir, padeciendo de esta suerte congojas mortales, hasta que mas fortalecidos por la gracia alcanzan á mantenerse firmes, disfrutando así una vida sosegada y tranquila.

Si no es imposible, antes sucede con mucha frecuencia, que quien profesa una religión pura y severa, viva en la relajación, no es tampoco incomprensible el que otros no sumidos en semejante miseria se porten no obstante con cierta tibieza y frialdad, á pesar de que en su entendimiento se hallen las creencias religiosas muy solidas, muy firmes y hasta vivas y ardorosas. Son tantas las causas que pueden producir y conservar un estado semejante, que seria enojosa tarea enumerarlas. Baste decir, que inconsecuencias y contradicciones se hallan á cada paso en toda la vida del hombre ; que le afectan de tal modo las cosas presentes que por lo común olvida las pasadas y futuras; que estando dotado de inteligencia y voluntad no obstante sufre también á menudo la tiranía de las pasiones que le arrastran por caminos de perdición, aun conociéndolo él mismo. Los ejemplos aducidos y las consideraciones que los ilustran, creo que serán suficientes para dejarle á V. convencido de cuán infundadamente atacaba V. la religión, y que si semejante discurso tuviese alguna fuerza, probaria que muchos no tienen principios morales, pues que obran contra ellos; que muchos son hasta el extremo ignorantes con respecto á lo que conviene á su salud, á sus intereses y honor, porque les perjudican á cada paso con sus actos; que el que come con exceso no conoce que le ha de dañar, que quien bebe con destemplanza no sospecha que el vino sea capaz de embria-

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gar, y así raciocinando por el mismo tenor, seria preciso afirmar en general que los hombres están faltos de muchos conocimientos, que poseen sin duda alguna. Digamos que el hombre es inconstante, inconsecuente, que le afectan demasiado las cosas presentes, para que sepa conciliar el interés ó el gusto del momento con la felicidad venidera, y estará explicado lodo de una manera cabal y satisfactoria, sin suponerle mas ignorante de lo que es en realidad.

Otra equivocación de mucha trascendencia padece V. sobre el particular, y es, el que según indica en su apreciada, opina que la religión produce muy poco efecto en la conducta de los hombres; pues que tanto los creyentes como los incrédulos, suelen vivir como si no tuviesen nada que esperar ni temer después de la muerte. « Los hombres, dice V., cuidan de sus negocios, satisfacen sus pasiones ó caprichos, forman continuamente grandes proyectos, en una palabra, viven tan distraídos, tan olvidados de su última hora, tan sin pensar en lo que podrá venir después, que por lo tocante á la. moralidad con respecto al mayor número, podria decirse que el efecto de la religión es poco menos que nulo. » Para dejarle á V. convencido de cuán falso es el hecho que V. asienta con tanta seguridad, basta recordar la profunda mudanza que produjo en las costumbres públicas la propagación del cristianismo; pues que este solo recuerdo pone fuera de duda que la enseñanza de la religión no es inútil para modificar la conducta de los hombres, y que antes al contrario, es muy eficaz, y el único medio del cual es dado prometerse resultados felices y duraderos. También ahora como entonces cuidan los hombres de sus negocios, y tienen pasiones, y se divierten, y viven distraídos y disipados; pero ¡qué diferencia entre las costumbres antiguas y las moder-

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ñas! Si lo consintiesen los límites de una carta, podría aducir mil y mil comprobantes de lo que acabo de establecer, manifestando con cuánta verdad se ha dicho que se cometían entonces mas dehtos en un año que ahora en medio siglo. Recuerde V. las doctrinas de los pi imuros filósofos de la antigüedad sobre el infanticidio, doctrinas que se vertían con una serenidad para nosotros inconcebible, y que revela el funesto estado de la moralidad de aquellas sociedades ; recuerde V. los vicios nefandos tan generales á la sazón, y que entre nosotros eslán cubiertos de baldón y de infamia : recuerde V. lo que era la mujer entre los paganos y lo que es on los pueblos formados por la religión cristiana; y entonces echará V, de ver cuántos son los beneficios que ha dispensado al mundo el cristiano en lo tocante á la mejora de las costumbres; entonces comprenderá V. cuán errado es el decir que la religión influye poco en la conducta de los hombres.

Sucédenos con mucha frecuencia, cuando tratamos de apreciar el bien proiluciüo por una instilucion, que nos paramos únicanieute en los resultados posilivos y palpables, prescindiendo de otros que podiíamos ll.imat negativos, y que sin embargo no son menos reales, menos importantes que aquulbs. Atendemos al bien que hace y no al mal que evita, cuando para calcular la fuerzi y la índole de ella, no deberíamos pararnos menos en lo último que en lo primero.

Como la ausencia de un mal, que sin aquella iiiSlilacion hubiera existido, ya es de suyo un gran beiielicio; es preciso agradecer á ella el haberle evitado, y contar osle efecto como la producción de un bien. Para hacer debidamente este cálculo conviene suponer que la institución no exista y ver loque en tal caso sucedería. Así, á quien negase la utilidad de los tribunales de iusticia.

ó pretendiese rebajar su importancia, no habria otro método mas á propósito para convencerle, que el que acabo de indicar. Si los tribunales de justicia, se le podría decir, os parecen de poca utilidad, suponed que se quitan ; y que el ratero, el ladrón, el asesino, el falsario, el incendiario y toda la ralea de malvados, no tienen que temer otra cosa sino la resistencia ó la venganza de sus víctimas. Desde luego la sociedad se convertirá en un caos, los unos se armarán contra los clrus.ios criminales se adelantarán mucho mas en su carrera de iniquidad, multiplicándose el número de ellos de una manera espantosa, ¿Quién evita todo esto? ciertamente los tribunales; y el evitar este mal, es sin duda producir un gran bien.