Cartas a un escéptico en materia de religión · Unidad 31 de 42

Unidad 31 · CARTA

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Ya ve V., mi querido amigo, que no es tan cierto como V. creia, que la felicidad de la tierra sea únicamente para los malos, y la desdicha para solos los buenos : tengo por indudable que si se pudiesen pesar en una balanza los grados de felicidad que se reparten entre la virtud y el vicio, pesarían mucho mas los de aquella que los de este: y de que le cabe al vicio una cantidad de sufrimientos incomparablemente mayor que de los que experimenta la virtud. Sí, hay justicia también sobre la tierra; Dios ha querido permitir muchas iniquidades; ha querido que á veces disfrute el malvado una sombra de felicidad : pero ha querido también que aun en esta vida se palpase la terrible ley de expiación ; y á esto

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hace contribuir los mismos medios de (JÜB se vale el perverso para labrar su ventura. Queda de V. afectísimo y S.S. Q. S.M.B.

CARTA

Mi estimado amif;o : cnda dia me voy conveticiehdo de que no eslá V. taii falte de lectura en materia de religión, como al principio me habia figurado : conozco que no es lectura lo que le falta, sino lectura buena; pues que cá cada paso se descubre, que ha tenido bastante cuidado de revolver los esciitos de los protestantes é incrédulos, guardándose de echar una ojeada á las obras de los católicos, como si fuesen para V. libros prohibidos. Séame permitido observar, que una persona educada en la religión católica, y que la ha practicado durante su niñez y adolescencia, no podrá sincerarse en el tribunal de Dios del espíritu de parcialidad que lan claro Se muestra en semejante conducta. Asegurar una y mil veces que se tiene at-diente deseo de abrazat la verdadehi religión, tan pronto como se la descubra; y sin embargo andar continuamente en busca de argumentos contra la católica, y absteherse de leer las apologías en que se responde á todas las dificultades, son extremos que no se concilian fácilmente. Esta contradicción no me coge de nuevo : porque hace largo tiempo estoy

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profundamente convencido, de que los escépticos no poseen la imparcialidad de que se glorian; y de que, aun cuando se distingan de los otros incrédulos, porque en vez de decir « esto es falso» dicen : « dudo que sea verdadero, » no obstante, abrigan en su ánimo algunas prevenciones, masó menos fuertes, que les hacen aborrecer la religión, y desear que no sea verdadera.

El escéptico no siempre se da á sí propio ex;icta cuenta de esta disposición de su ánimo ; quizás se hará muchas veces la ilusión de que busca sinceramente la verdad ; pero si se observan con atención su conducta y sus palabras, se echa de ver que tiene por lo común un gozo secreto en objetar dificultades, en referir hechos que lastimen á la religión ; y por masque se precie de templado y decoroso, no suele eximirse de dar á sus objeciones un tono apasionado, y frecuentemente sarcáslico.

No quisiera que V. se ofendiese por estas observaciones ; pero hablando con ingenuidad, también desearía que no se olvidase de tomarlas en cuenta. No perderá V. nada con examinarse á sí propio, y preguntarse : « ¿es cierto que buscas sinceramente la verdad ■?¿es cierto que en las dificultades que objetas al catolicismo, no se mezcla nada de pasión? ¿ es cierto que no se te ha pegado nada de la aversión y odio que respiian contra la religión católica las obras que has leído? » Esto quisiera que V. se preguntase una y muchas veces, puesto que á mas de hacer un acto propio de un hombre sincero, allanaría no pocos obstáculos que impiden llegar al conocimiento de la verdad en materia de religión.

Me dirá V. que no puede menos de extrañar las observaciones que preceden, cuando en su polémica ha conservado mayor decoro de lo que suelen los que combaten la religión. No niego que las cartas de V. se dis-

(.inguen por su moderación y buen tono; y que, no profesando mis creencias^ tiene V. bastmte delicadeza para no herir la susceptibilidad de quien las profesa ; sin embargo, no he dejado de notar, que no obstante sus buenas cualidades, no se exime V. completamenie de la regla general ; y que al disputar sobre la religión, adolece también del prurito de tomar las cosas por el aspecto que mas pueden lastimarla; y que con advertencia ó sin ella, procura V. eludir el contemplar los dogmas en su elevación, en su magnífico conjunto, en su admirable armonía con todo cuanto hay de bello, de tierno, de grande, de sublime. Repetidas veces he tenido ocasión de observar esto mismo; y por ahora no veo que lleve camino de enmendarse. Así creo que me dispensará V. si no le exceptúo de la regla general, y le considero mas preocupado y apasionado de lo que V. se figura.

Precisamente, en la carta que acabo de recibir, esta triste verdad se me presenta de bullo, de una manera lastimosa. A pesar de las protestas, se está descubriendo en toda ella el dejo del fanatismo protestante y de la ligereza volteriana; y difícilmente podria creer que antes de escribirla no consultase V. alguno de los oráculos de la mal llamada reforma ó de la lalsa filosofía. Por mas que hable V. con respeto de las creencias populares, y del encanto que experimenta al presenciar el fervor religioso de las gentes smcillas, se Irabluce que V. contempla todo eso con un benigno desden, y que considera pagar bastante tributo á la sinceridad de los creyentes, con abstenerse de condenarlos á cara descubierta. Agradecemos la bondad; pero tenga V. enteniiido que las creencias y costumbres de esas gentes sencillas lienen mejor defensa de lo que V. se imagina ; y que lejos de que el culto y la invocación de los sanios v la

veneración de las reliquias y de las imágenes, hayan do ser el pábulo religioso de solas las gentes sencillas, pueden prestar materia á consideraciones de las mas alta filosofía, manifestándose que no sin razón se confundieron en este punto con los crédulos y los ignorantes, genios tan eminentes como san Gerónimo, san Aguslin , san Bernardo, santo Tomás de Aquino, Bossuet y Leibnitz.

Al leer el nombre de este último, creerá V. que se me ha deslizado la pluma, y que lo he puesto pur equivocación. Leibnitz protestante ¿cómo es posible que defendiera en esle punto las doctrinas y prácticas del catolicismo? Sin embargo, escrito está en sus obras que andan en manos de todo el mundo ; y no tengo yo la culpa si el autor de la monadología y de la armonía prestabilila, el eminente metafísico, el insigne arqueólogo, el profundo naturalista, el incomparable matemático, el inventor del cálculo infinilesimiil, se halla de acueido en este punto con las gentes sencillas, y es algo menos filósofo de lo que son tantos y tantos que no conocen mas historia que los compendios en dieziseisavo, ni mas filosofía que los rudimentos de las escuelas, mal aprendidos y peor recordados; ni mas geometría, que la definición de la línea recta y de la circunferencia.

Insensiblemente me he ido extendiendo en consideraciones generales, y el preámbulo de la carta se ha hecho demasiado largo, aunque estoy muy lejos de creerle inoportuno. Conviene ciertamente discuiir con templanza, pero esta no debe llevarse h ista tal punto que se olvide el interés de la verdad. Si alguna vez es necesario advertir á Vds. el espíritu de parcialidad con que proceden, es preciso hacerlo ; y si otras veces puede interesar el observarles que discuten sin haber estudia-

do y combalen lo que ignoran, es preciso no escrupulizar en ello.

El culto de los santos le parece á V. poco razonoble; y hasta lo juzga poco conforme á la sublimidad de 1^ religión cristiana, que nos da tan grandes idens de Dios y del hombre. ¿Porqué se opone á estas grandes ideay, el culto de los santos? Porque « parece que el hombio se humilla demasiado, tribu lando á la criatura obsequios que solo son d(bidos á Dios. » Desde luego se echa de ver que se halla V. imbuido de las objeciones de los protestantes, mil veces soltadas, y mil yeces repelidas. Aclaremos las ideas.

El culto que se tributa á Dios, es en reconocimiento del supremo dominio que tiene sobre todas las cosas, como su criador, ordenador y conservador; es en expresión de la gratitud que la criatura debe al Criador por los beneficios recibidos, y de la sujnision, acatamiento y obediencia á que le eslá obligada, en el ejercicio del entendimiento, de la voluntad y de todas sus facultades. El culto externo es la expresión del interno ; es ademas un explícito reconocimienlo de que lo debemos todos á Dios, no solo el espíritu sino también el cuerpo^ y que le ofrecemos no solo sus dones espirituales, sino también los corporales. Es evidente que el culto interno y externo de que acabo de hablar, es propio de Dios exclusivamente : á ninguna criatura se le pueden rendir los homenajes que son debidos únicamente á Dios : lo contrario seria caer en la idolatría; vicio condenado por la razón natural, y por la Sagrada Escritura, mucho antes de que le condenase el celo filosófico.

Pocas acusaciones habrá mas injustas, y que se hayan hecho mas de mala fé, que la que se dirige contra los católicos, culpándolos de idolatría por su dogma y prácticas en el culto de los sanios. Basta abrir, no diré las

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obras de los teólogos, sino el mas pequeño de los catccismo'5, para convencerse de que semejante acusación es altamente calumniosa. Jamás, en ningún escrito católico, se ha confundido el culto de los santos con el de Dios : quien cayese en tamaño error, seria desde luego condenado por la Iglesia.

El culto que se tributa á los santos es un homenaje rendido á sus eminentes virtudes; pero estas son reconocidas expresamente como dones de Dios; honrando á los santos, honramos al que los ha santificado. De esta manera, aunque el objeto inmediato sean los santos, el último fin de este culto es el mismo Dios. En la santidad que veneramos en el hombre, veneramos un reflejo de la santidad infinita. Estas no son explicaciones arbitrarias, ni excogitadas á propósito para deshacerme de la dificultad : abra V. por donde quiera las vidas de los santos, las colecciones de panegíricos; oiga V. á nuestros oradores, á nuestros catequistas ; en todas partes encontrará la misma doctrina que acabo de exponer. Otra observación. La Iglesia ora en las fiestas de los santos : ¿y á quién dirige la oración? Al mismo Dios. Note V. el principio de las oraciones: Deus qui — Omnipotens sempiterno Deus — Presta qusesumus Omnipotens Deus, etc. etc., lo mismo sucede en el final, el que siempre se refiere á una de las personas de la santísima Trinidad, ó á dos, ó á las tres como se eslá oyendo continuamente en nuestras iglesias.

No concibo qué es lo que se puede contestar á razones tan decisivas; y así no debo temer que continúe V- culpándonos de idolatría : aclaradas de este modo las ideas^ es imposible insistir en la acusación, si se procede de buena lé.

Voy pues á considerar la cuestión bajo otros aspectos, ■y en particular con relación á la pretendida discordancia

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entre el culto de los santos y la sublimidad de las ideas cristianas sobre Dios y elliombre. La religión, al darnos ideas grandes sobre el hombre, no destruye la naturaleza humana ; si esto hiciese, sus ideas no serian grandes, sino fcilsas.

Es un dicho común entre los teólogos, que la gracia no destruye á la naturaleza; sino que la eleva, la perfecciona. La verdadera revelación no puede estar en contradicción con los principios constitutivos de la naturaleza humana. De esto resulta que la sublimidad de las ideas que la religión nos da sobre el hombre, no se oponen á las condiciones naturales de nuestro ser, aunque estas sean pequeñas. Nuestro grandor consiste en la altura de nuestro origen, en la inmensidad de nuestro destino, en las perfecciones inlolectuales y morales que debemos á la bondad del Autor de la naturaleza y de la gracia, y en el conjunto de medios que nos proporciona para alcanzar el fin á que nos tiene destinados. Pero este grandor no quila que nuestro espíritu esté unido á un cuerpo; que á mas de ser inteligentes, seamos también sensibles ; que al lado de la voluntad intelectual se hallen los sentimientos y las pasiones; y que por consiguiente, en nuestro pensar, en nuestro querer, en nuestro obrar, estemos sometidos á ciertas leyes de las que no puede prescindir nuestra naturaleza. Seria de desear que no perdiese V. de vista estas observaciones, que sirven mucho para no confundirlas ideas, y no emplear las palabras de sublimidad y grandor en un sentido vago, que puede dar ocasión á graves equivocaciones, según el objeto á que se las aplica.

Ya que la oportunidad se brinda, séame permitido observar, que las ideas de grande y de infinito se hacen servir para arruinar las relaciones del hombre con Dios. ¿Cómo es posible, se dice, que un ser infinito se ocupe

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de un ser tan peqiiCHO como somos nosotros? Y no se advierte que el mismo argumento podria servir á quien se empeñase en sostener que no hay creación, diciendo : ¿cómo es posible que un ser infinito se haya ocupado en crear seres tan pequeños? Todo eslo es altamente sofistico: las ideas de finito y de infinito, lejos de destruirse la una á la otra, se explican reciprocamente.

La existencia de lo finito prueba la existencia de lo infinito; y en la idea de lo infinito se encuentra la razón suficiente de la posibilidad de lo finito y la causa de su existencia. La relación de lo finito con lo infinito constituye la unidad de la armonía del universo en quebrantándose este lazo, todo se confunde , el universo es un caos.

Aclaradas las ideas sobre la verdadera acepción de las palabras grande y sublime. Guando se las refiere á la naturaleza humana, examinemos si se opone á la sublimidad de las doctrinas crisíianas el dogma del culto de los santos.

Una cosa buena, aunque sea finita, podemos quererla; una cosa respetable, podemos respetarla; una cosa venerable, podemos venerarla; sin que por esto nos resulte ninguna humillación indigna de nuestra sublimi '.aJ. Ahora permítame V. que le pregunte; si una virtud eminente, es una cosa buena, respetable y venerable: y si es así, como no cabe duda, creo que no habrá ningún inconveniente en que los cristianos rindan un tributo de amor, de respeto y de veneración, á los hombres que se han distinguido por sus eminentes virtudes. Esta observación podria bastar para justificar el culto de los santos ; pero no quiero limitarme á ella, porque la cuestión es susceptible de harto mayor amplitud.

Mientras vive el hombre sobre la tierra, sujeto á todas

las flaquezas, miserias y peligros que afligen á los hijos de Adán en este valle de lágrimas, nadie por perfecto que sea, puede estar seguro de no extraviarse del camino 4e la viitud : la expjeritíncia dp todos losdias nos da un triste testimonio de las debilidades humanas. Y hé aquí una de las razones porque el amor, el respeto y la veneración que nos merece el hombre virtuoso, aun fpientras vive sobre la tierra, se le tributan con cierto temor, con alguna incertidumbre, aplicando á este caso el sapientísimo consejo de no alabar al hombre antes de la muerte. Pei'o cuando el justo ha pasado á mejor vida, y sys virtudes probadas como el oro en el crisol han sido aceptas á la santidad infinita, y tiene asegurado para sienipre el precioso galardón que con ellas ha merecido, entOf)- ccs el amor, el respeto y la veneración que se deben á sus virtudes, pueden explayarse sin peligro ; y lié aquí el motivo del culto afectuoso, tierno, lleno de coiifiajiza y de profunda veneración, que rinden los cristianos ájt^s justos que por sus altos merecimientos ocupap un lugar distinguido en las mansiones de la gloria.

No alcanzo, mi apreciado amigo, cómo puede haber falta de dignidad en un acto tan contorme á la razón, y aun á Ks sentimientos mas naturales del corazón humano; al mostrársenos una persona de gran virtud, la miramos con respetuosa curiosidad, y le dii igimos la palabra con veneración y acatamiento : /,y nopodrán hacer una cosa semejante los pueblos cristianos, tratándose de hombres que á mas desús eminentes virtudes, eslán íntimamente unidos con Dios en la eterna bienaventuranza? La virtud imperfecta será digna de veneración, ¿ y no lo será la perfecta, la que está ya premiada con una elicidad inefable ? Quien honra á un hombre virtuoso lejos dii humillarse se ensalza, se honra á sí mismo; y esto que es verdad con respecto á los iiombres de la tierra, ? na

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lo será de los hombres del cielo ? Un poco mas de lógica, mi apreciado amigo, que la contradicción es sobrado manifinsU : las gentes sencillas de que V. habla con benignidad y compasión, tienen en este puoto mucha mas filosofía que V,

H i blando ingenuamente, no podia imaginarme que fuera V. tan delicado que no pudiese sufrir la muchedumbre de imágenes y estatuas de santos de que están llenas las iglesias de los católicos. Creia yo, que si no el interés de la religión, al menos el amor del arle, le habia de hacer á V. mfnos susceptible. Es cosa notada generalmente, tanto por loscréyenles como por los incrédulos, la diferencia que va de la frialdad y desnudez de los temples protestmtes al esplendor, á la vida de las iglesia^í católicas ; y precisamente, una de las causas de esta diferencia se halla en que el arte inspirado porelcatoiicismo,ha derramadoá manos llenas susobras admirables en que ofrece á la vista y á la imaginación los mas elevados misterios, y perpi'túa con sus prodigios la memoria de las virtudes de nuestios sanios, las inefables comunicaciones con que eleváuilose hasta Dios, prese'ntian en esta vida la felicidad de la venidera.

Quiero ser indulgente con V.; quiero atribuir la dificultad que me propone á una distracción, á un pensamiento poco meditado; sin esta indulgencia, me verla precisado á decirle á V. una verdad muy dura: que no tiene gusto, que no tiene corazón, si no ha percibido la belleza de que abunda en este punto la religion católica.

Extraño es que al combatir las costumbres del catolicismo con respecto á las imágenes de los santos, no haya advertido V. que se ponia en contradicción con uno de los sentimientos mas naturales del corazón humano. ¿Cómo es posible que no haya V. descubierto aquí la mano de la religión, elevando, purificando, dirigiendo á un

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