Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · Capítulo real 14 de 46

Segunda parte · Capítulo I

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

_Tarde venientibus ossa._ (Los que llegan tarde al banquete roen los huesos.)

Tenemos que dejar por breve tiempo estos personajes, para ocuparnos de otros que no por ser de inferior estofa, representan en nuestra verídica historia papel menos importante. Nos referimos ahora al célebre tocador de clarinete, José Dolores Pimienta.

Para verle con la aguja en la mano sentado a la turca junto con otros oficiales de sastre en una tarima baja, hilvanando una casaca de paño verde oscuro, todavía sin mangas ni faldones, fuerza es que pasemos a la sastrería del maestro Uribe, en la calle de la Muralla, puerta inmediata a la esquina de la de Villegas, donde hubo una tienda de mercerías llamada del Sol.

El primero de estos establecimientos se componía de una sala cuadrilonga con tres entradas: la de la primitiva puerta ancha y alta y las de las dos ventanas, cuyas rejas habían arrancado. Frente a ellas, en sentido longitudinal, había una mesa larga y angosta en que se veían varias piezas de dril, de piqué, de arabia, de un género de algodón que llamaban coquillo, de raso y de paño fino, todas arrolladas y apiladas en un extremo. Y hacia el opuesto, tendidos dos pedazos de tela de Mahón, en que ya se había trazado un par de pantalones de hombre con una astilla de jabón cenizoso.

Detrás de la mesa o mostrador, de pie, en mangas de camisa, con delantal blanco atado a la cintura, la tijera en la mano derecha, y echada en torno de los hombros, por medida, una cinta de papel doblada por medio en toda su longitud, con piquetes de trecho en trecho, se hallaba el maestro sastre Uribe, favorito en aquella época de la juventud elegante de La Habana. Aunque quisiera, no hubiera podido negar la raza negra, mezclada con la blanca a que debía su origen. Era de elevada talla, enjuto de carnes, carilargo, los brazos tenía desproporcionados, la nariz achatada, los ojos saltones, o a flor del rostro, la boca chica, y tanto que apenas cabían en ella dos sartas de dientes ralos, anchos y belfos; los labios renegridos, muy gruesos y el color cobrizo pálido. Usaba patilla corta, a la clérigo, rala y crespa, lo mismo que el cabello, si bien éste más espeso y en mechones erectos que daban a su cabeza la misma apariencia atribuida por la fábula a la de Medusa.[29]

Como sastre que debía dar el tono en la moda, vestía Uribe pantalones de mahón ajustados a las piernas, de tapa angosta, figurando una _M_ cursiva, sin los finales de enlace, y las indispensables trabillas de cuero. En vez del zapato de escarpín, entonces de uso general, llevaba chancletas de cordobán, dejando al descubierto unos pies que no tenían nada de chicos, ni bien conformados, porque sobre mostrar demasiado los juanetes, apenas formaban puente. Por poco que previniese en su favor el aspecto de Uribe, no cabe duda que era el más amable de los sastres, muy ceremonioso y un si es no es pagado de la habilidad de sus tijeras. Estaba casado con una mulata como él, alta, gruesa, desenvuelta, quien en casa al menos, gustaba tanto de ir en piernas, arrastrando la chancleta de raso, como de enseñar más de lo que convenía a la decencia, las espaldas y los hombros rollizos y relucientes.

Comenzaba la tarde de uno de los últimos días del mes de octubre. Subían y bajaban muchos carruajes, carretones y carretas la angosta calle de la Muralla, tal vez la de más tráfico de la ciudad, por ser la más central y estar toda poblada de tiendas de varias clases. El ruido de las ruedas y de las patas de los caballos en las piedras, resonaba como un trueno continuado en el interior de las casas abiertas a todos los vientos. No pocas veces chocaban unos contra otros, y obstruían el paso por largo rato. En semejante caso, al trueno de los carruajes sucedían las voces y los ternos de los carreteros y caleseros, sin consideración ni respeto a las señoras. El transeúnte a pie, si no quería ser atropellado por los caballos o estrujado contra las paredes de las casas con los bocines salientes de los cubos de las ruedas, tenía que refugiarse en las tiendas hasta que se despejara la vía.

En la tarde de que hablamos ahora, ocurrió una de esas frecuentes colisiones entre un quitrín ocupado por tres señoritas, que bajaba, y un carretón cargado con dos cajas de azúcar, que subía. Chocaron con fuerza los cubos opuestos de ambos vehículos, de cuyas resultas el del segundo levantó la rueda del primero y se entró por sus rayos, rindiendo uno. Del choque los dos carruajes quedaron casi de través en la calle, el quitrín con la zaga hacia la puerta de la sastrería de Uribe, donde penetró la cabeza de la mula del carretón. El carretonero, que venía sentado a la mujeriega en una de las cajas de azúcar, con un zurriago en la mano derecha, perdió el equilibrio y dio en el lodo y piedras de la calle un terrible costalazo.

Y este hombre, africano de nacimiento, lo mismo que el otro, mulato de La Habana, en vez de acudir cada cual a su vehículo respectivo, a fin de deshacer el enredo y facilitar el pasaje, con atroces maldiciones y denuestos se embistieron mutuamente, ciegos de furor salvaje. No era que se conocían, estaban reñidos o tenían anteriores agravios que vengar; sino que siendo los dos esclavos, oprimidos y maltratados siempre por sus amos, sin tiempo ni medio de satisfacer sus pasiones, se odiaban a muerte por instinto y meramente desfogaban la ira de que estaban poseídos, en la primera ocasión que se les presentaba. En vano las señoritas del quitrín, muy sobresaltadas, pusieron el grito en el cielo, y la mayor de ellas amenazó repetidas veces al calesero con un fuerte castigo si no desistía de la riña y atendía a los inquietos caballos. Pero los combatientes, en su furor y en la lluvia de zurriagazos que se descargaban, no oían palabra. Luego los españoles de las tiendas, los oficiales de la sastrería, todos asomados a las puertas en mangas de camisa, aumentaban el ruido y la confusión con su vocería y sus risotadas, señales ciertas del júbilo con que presenciaban el combate.

En esto, un hombre de mala catadura entró por una puerta de la sastrería, como para evitar las ruedas del carruaje, y al salir por la otra extendió el brazo por encima del fuelle caído y le desprendió la peineta de teja de la cabeza de la más joven de las señoritas; con lo cual la larga y abundosa trenza de sus cabellos se desarrolló y desmadejó toda, cubriéndole la espalda con sus ondas sedosas y brillantes cual las alas del totí. Dio ella un grito y se llevó ambas manos a la cabeza; en cuyo momento, José Dolores Pimienta, mero espectador hasta entonces como los demás, hizo una exclamación de asombro, murmuró el nombre de la «Virgencita de bronce» y se lanzó sobre el ratero, o más bien sobre la presa, que se la llevaba en triunfo. Logró echarle garra; mas como era de quebradizo carey y estaba, además, primorosamente calada, se le quedó hecha pedazos en la mano: única cosa que pudo devolver a su afligida y asustada dueña. A favor de la confusión logró escapar el ratero, bien que ningún otro que el oficial de sastre había parado mientes en aquella ocurrencia. Sin embargo, la exclamación de éste, su acción generosa cuando la generalidad de los espectadores sólo pensaba en divertirse, llamó la atención de Uribe, que volviéndose de repente para él, le dijo:

--¿Estás loco? ¿Te figuraste que esa también era Cecilia Valdés? Si digo yo que tú ves visiones.

--No, contestó secamente José Dolores. Yo sé lo que me digo. Esas niñas son hermanas del caballero Gamboa.

--¡Acabáramos! exclamó a su vez Uribe. Yo bien quería conocerlas. Se parecen mucho. No pueden negar que son hermanos. Pues es preciso ampararlas. ¡Las hermanas de uno de mis rumbosos _clientes_! No faltaba más...

En efecto, entre el maestro sastre, sus oficiales y otros, consiguieron separar a los combatientes y desenredar las ruedas de los vehículos, tras lo cual uno y otro pudieron seguir su camino, llevando el carretonero las manchas de sangre de la _cuarta_ del calesero en la camisa de listado azul. Protegió quizás las espaldas de este último la chaqueta de paño de su librea; a lo menos no se le veían en ella las señales de la refriega.

Y una vez despejado aquel campo de Agramonte y vueltos, el maestro sastre a la mesa de cortar, los oficiales a su tarima, el primero sacó de pronto el reloj del bolsillo del pantalón y, con aire sorprendido, dijo:--¡Las tres! añadiendo enseguida más alto:--¡José Dolores!

No tardó éste en aparecer ante la presencia del maestro Uribe. Traía al hombro dos madejas trenzadas, una de hilo blanco de lino, otra de seda negra; clavadas en los tirantes de los pantalones varias agujas cortas, no muy finas, y en el dedo del medio de la mano derecha un dedal de acero, sin fondo.

Al nacimiento de José Dolores Pimienta y de Francisco de Paula Uribe concurrieron, sin duda, por igual las razas blanca y negra, con esta esencial diferencia: que aquél sacó más sangre de la primera que de la segunda, circunstancia a que deben atribuirse el color menos bilioso de su rostro, aunque pálido, la regularidad de sus facciones, la amplitud de su frente, la casi perfección de las manos y la pequeñez de los pies, que así en la forma como en el arco del puente podían competir con los de dama de raza caucásica. Ni con ser de constitución delicada sobresalían mucho los pómulos de su rostro ovalado, ni tenía el cabello tan lanudo como el de Uribe. En sus maneras, lo mismo que en la mirada, y a veces hasta en el tono de la voz, había aire marcado de timidez o melancolía, pues no siempre es fácil discernir entre ambas, que revelaba, o mucha modestia o mucha ternura de afectos.

De organización musical tenía que hacerse gran violencia, cosa que no podía echar a puerta ajena, para trocar el clarinete, su instrumento favorito, por el dedal o la aguja del sastre, una de las artes bellas por un oficio mecánico y sedentario. Pero la necesidad tiene cara de hereje, según reza el característico adagio español, y José Dolores Pimienta, aunque director de orquesta, ocupado a menudo en el coro de las iglesias por el día y en los bailes de las ferias por la noche, no le bastaba eso a cubrir sus propias necesidades y las de su hermana Nemesia, desahogadamente. La música en Cuba, como las demás bellas artes, no hacía ricos, ni siquiera proporcionaba comodidades a sus adeptos. El célebre Brindis, Ulpiano, Vuelta y Flores y otros se hallaban poco más o menos en este caso.

--¿Qué tal la casaca verde indivisible? le preguntó Uribe. ¿Se halla en estado de prueba? Son las tres y dentro de poco tendremos aquí al caballero Gamboa, como el reloj.

--Para el tiempo que hace que Vd. me la entregó, _señó_ Uribe, repuso Pimienta, la tengo bastante adelantada.

--¿Cómo es eso? ¿Pues no te la di desde tras de antier?

--Perdone Vd., _señó_ Uribe, yo no vine a recibir esa prenda, si hemos de hablar claro, hasta ayer por la mañana. Antier toqué la misa mayor del Santo Ángel Custodio, a prima toqué la salve y luego en el baile de Farruco hasta más de media noche. Conque no sé...

--Bien, bien, replicó Uribe serio interrumpiéndole: ¿Se halla o no en estado de prueba? Eso es lo esencial.

--Diré a Vd., lo que es probarse, puede ahora mismo. Las solapas están basteadas, lo propio que el cuello. Iba ahora a hilvanarle los forros de seda, para abrirle los ojales. Los hombros se hilvanarán cuando venga el caballero que Vd. dice, y las espaldas idem per idem. Las mangas las está cerrando _seña_ Clara, su mujer de Vd., aunque con probar una basta. De manera que a las ocho de la noche, cuando más tarde, estará concluida la casaca y lista para el baile, que no principiará hasta las nueve.

--El caso es que se quiere para mucho antes y no se dirá nunca que Pancho de Paula Uribe y Robirosa no cumple su palabra una vez empeñada.

--Entonces tendrá Vd. que poner otro oficial que me ayude; mejor dicho, que la concluya, porque a las seis debo tocar en la salve del Santo Ángel Custodio y luego después en el baile de Brito. Farruco abre sus bailes esta noche en la casa de Soto y yo no he querido llevar mi orquesta hasta allá. En la Filarmónica dirige Ulpiano con su violín y Brindis está comprometido a tocar el contrabajo. Conque considere Vd.

--Pues lo siento en el alma, José Dolores, y si hubiera sabido que tú no ibas a rematar esa pieza, no te la hubiera dado. Yo me estoy mirando en ella. Temo que si otro oficial la coge ahora en sus manos, le echa a perder el estilo. El caballerito Leonardo es el más quisquilloso de todos mis clientes. ¿No ve Vd. que nada en riqueza? ¿No ve cómo derrama la plata? ¡Para lo que le cuesta! Y vea Vd. su padre don Cándido, el otro día como quien dice, andaba con la pata en el suelo. Me parece que lo veo cuando llegó de su tierra: traía zapatos de empleita (quiso decir _pleita_, mejor, _alpargatas_), chaqueta y calzones de bayeta y gorro de paño. A poco más puso taller de maderas y tejas, después trajo negros de África a montones, después se casó con una niña que tenía ingenio, después le entró dinero por todos cuatro costados y hoy es un caballerazo de primera, sus hijas ruedan quitrín de pareja y su hijo bota las onzas de oro como quien bota agua. _E intertanto_ aquella pobre muchacha... Mas, cállate lengua. Pues, según te decía, José Dolores, el caballerito Leonardo vino aquí la semana pasada y me dijo:--Maestro Uribe, tenga Vd. este paño verde indivisible que he hecho traer de París expresamente para que Vd. me haga una casaca como se debe. Pero déjese Vd. de vejeces, de talle encaramado en el cogote, ni de colas de golondrinas. Yo no soy ningún zacateca, Juanito Junco, ni Pepe Montalvo. Hágame una casaca como la gente, a la _dernier_, que yo sé que Vd. sabe pintarlas en el cuerpo, cuando le da la gana. Ese mozo tiene tanto dinero, que es preciso darle gusto o reventar. Además, como es tan elegante y bien parecido, da el tono en la moda, y si acierto a hacerle una cosa buena, me pongo las botas. Aunque a decir verdad, ya no tengo manos para todo el trabajo que me ha caído. Por donde se ve claro que la competencia del inglés Federico, lejos de dañificarme, me ha favorecido. Conque, mi querido José Dolores, al avío.

--Ya le he dicho, _señó_ Uribe, haré lo que pueda; pero sépalo, no tendré tiempo para darle la última mano. Lo principal, sin embargo, está hecho, esto es, las solapas y el cuello. La montura de los faldones y la espalda Vd. puede dirigirla, y los ojales nadie los hace mejor que _seña_ Clara.

--Trae acá la casaca.

Trájola el oficial, y con ella en la mano, para suspenderla a la altura de sus ojos, Uribe se encaminó a un espejo que había en la pared medianera de la primera ventana y la puerta. Allí le siguió maquinalmente José Dolores. Cuando los dos estuvieron delante del espejo, dijo el maestro a su oficial:

--Vamos, José Dolores, sirve tú de modelo... Apuradamente, tienes el mismo cuerpo que el caballerito Leonardo.

--Está bien, _señó_ Uribe, contestó Pimienta de malísimo humor. Pero sin ejemplar ¿eh?

--Compadre, tienes hoy palabras de poco vivir. ¿Qué te está labrando allá dentro? Antes tomaste una de las niñas Gamboa por Cecilia Valdés; ahora te pones bravo porque, para ganar tiempo, pruebo la casaca del hermano en tu cuerpo. Si lo haces porque ese blanco le pisa la sombra, lo peor que puedes hacer es tomarlo tan a pecho. ¿Qué remedio, José Dolores? Disimula, aguanta. Haz como el perro con las avispas, enseñar los dientes para que crean que te ríes. ¿No ves que _ellos_ son el martillo y nosotros el yunque? Los blancos vinieron primero y se comen las mejores tajadas; nosotros los de color vinimos después y gracias que roemos los huesos. Deja correr, chinito, que alguna vez nos ha de tocar a nosotros. Esto no puede durar siempre así. Haz lo que yo. ¿Tú no me ves besar muchas manos que deseo ver cortadas? Te figurarás que me sale de adentro. Ni lo pienses, porque lo cierto y verídico es que, en verbo de blanco, no quiero ni el papel.

--¡Qué ley tan brava, _señó_ Uribe! No pudo menos de exclamar por lo bajo el oficial, sorprendido más bien que alarmado de que abrigara principios tan severos.

--Pues qué, continuó el maestro sastre, ¿te figurabas que porque le hago el _rande vú_ a todos cuantos entran en esta casa, es que no sé distinguir y que no tengo orgullo? Te equivocas; en verbo de hombre, nadie creo mejor que yo. ¿Me estimaría en menos porque soy de color? Disparate. ¿Cuántos condes, abogados y médicos andan por ahí, que se avergonzarían de que su padre o su madre se les sentara al lado en el quitrín, o los acompañara a los besamanos del Capitán General en los días del rey o de la reina Cristina? Quizás tú no estás tan enterado como yo, porque no te rozas con la grandeza. Pero recapacita un poco y recuerda. ¿Tú conoces el padre del conde...? Pues fue el mayordomo de su abuela. ¿Y el padre de la marquesa...? Un talabartero de Matanzas, más sucio que el cerote que usaba para untarle a la pita con que cosía los arneses. ¿A que el marqués de... no enseña su madre a los que van a visitarlo en su palacio de la Catedral? Y ¿qué me dices del padre del doctor de tantas campanillas...? Es un carnicero de ahí al doblar. (Tuvo Uribe la discreción de pronunciar los nombres de las personas aludidas a la oreja del oficial, como para que los demás no le oyeran.) Pues yo no tengo por qué esconder mis progenitores. Mi padre fue un brigadier español. A mucha honra lo tengo, y mi madre no fue ninguna esclavona, ni ninguna mujer de nación. Si los padres de esos señorones hubieran sido siquiera sastres, pase, porque es notorio que S. M. el Rey ha declarado noble nuestro arte, lo mismo que el oficio de los tabaqueros, y podemos usar don. Tondá, con ser moreno, tiene don por el rey.

--Yo no me ocupo de eso, ni a derechas sé quién es mi padre, sólo sé que no fue negro, volvió Pimienta a interrumpir el torrente impetuoso del maestro sastre. Lo que yo sostengo es, que ni a Vd., ni a mí, ni... a nuestros hijos, según van las cosas, nos tocará ser martillo. Y es muy duro, durísimo, insufrible, _señó_ Uribe, agregó José Dolores, y se le nubló la vista y le temblaron los labios, que _ellos_ nos arrebaten las de color, y nosotros no podamos ni mirar para las mujeres blancas.

--¿Y quién tiene la culpa de eso? continuó Uribe hablando otra vez al oído del oficial, como para que no le oyera su mujer: la culpa la tienen _ellas_, no _ellos_. No te quepa género de duda, porque es claro, José Dolores, que si a las pardas no les gustaran los blancos, a buen seguro que los blancos no miraban para las pardas.

--Puede ser, _señó_ Uribe; pero, digo yo: ¿no tienen los blancos bastante con las suyas? ¿Por qué han de venir a quitarnos las nuestras? ¿Con qué derecho hacen ellos eso? ¿Con el derecho de blancos? ¿Quién les ha dado semejante derecho? Nadie. Desengáñese, _señó_ Uribe, si los blancos se contentaran con las blancas, las pardas no mirarían para los blancos.

--Hablas como un Salomón, chinito, sólo que eso no es lo que sucede, y es preciso atenerse a cómo son las cosas y no como queremos que sean. Yo me hago este cargo: ¿qué vale quejarse ni esperar que todo ha de salir a medida del deseo de uno? Ni ¿qué puedo yo solo, qué puedes tú, ni qué puede el otro contra el torrente del mundo? Nada, nada. Pues deja ir. Cuando son muchos contra uno, no hay remedio sino hacer que no se ve, ni se oye, ni se entiende, y aguardar hasta que le llegue a uno su turno. Que ya llegará, yo te lo aseguro. No todo ha de ser rigor, ni siempre ha de rasgar el paño a lo largo. _Intertanto_ aprende de mí, recibo las cosas como vienen y no pretendo enderezar el mundo. Podría salir crucificado. Tú todavía vas a tragar mucha sangre, lo estoy mirando.

--¿Qué importa? dijo el oficial con calor. Con tal que otros la traguen al mismo tiempo que yo...

--Ese es el caso, que si tú te calientas y tomas las cosas por donde más queman, no logras que otros traguen sangre, sino que la tragas tú a borbollones. Y eso es lo que pretenden los pícaros de los blanquitos. Bien, no te digo que te dejes sopetear de nadie, pues yo tampoco me he dejado pasar la mota. Lo que te digo es que no pierdas los estribos y aguardes la ocasión. ¿Ves ahí a Clara, tan formalota, tan seria? Ella cuando moza tuvo también más de un blanco tentador, y logré espantarlo sin mucho trabajo ni quebradero de cabeza. Así te digo, José Dolores, no te apures, ni te pongas bravo, porque llevas la de perder: te comes los hígados y sacas... lo que somos. Deja correr y aprenderás a vivir.

Durante esta larga y animada conversación, no cesó un punto la probadura de la casaca. Ya cogía Uribe una solapa con la mano derecha, la sacudía y atraía a sí, a tiempo que con la izquierda abierta comprimía los pliegues de la camisa del oficial por el pecho y el costado; ya mataba las ondas de la espalda, de los hombros para el centro; ya con el jabón de piedra trazaba crucetas a lo largo de las costuras de los costados; ya, en fin, metía las tijeras por la orilla del cuello y de las boca-mangas y sisaba el paño adherido por los hilvanes de hilo blanco a las entretelas de cañamazo. Así el embrión de frac tomaba poco a poco la forma del cuerpo del oficial bajo la tijera y la astilla de jabón de Uribe, sin que a todas éstas tuviese él la certidumbre de que le viniese bien a su legítimo dueño; pero fiaba el maestro mucho en su experiencia y conocida habilidad. Siempre que se le ofrecía alguna duda respecto al tamaño, ocurría a la tira de papel doblada en dos con piquetes en ambas orillas, que le servía de medida y rectificaba las dimensiones.

Media hora larga se había pasado en esta faena del maestro con su oficial, cuando paró una volante de alquiler a la puerta de la sastrería y se apeó de ella, de un salto, el intrépido joven que había servido de asunto, por la mayor parte, de su sazonada conversación.