Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · Capítulo real 31 de 46
Tercera parte · Capítulo I
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
_Tú vistes de jazmines Al arbusto sabeo, Y el perfume le das que en los jardines La fiebre insana templará a Lieo._
A. BELLO
Separose Leonardo Gamboa de su familia después de almuerzo en la dehesa o potrero de Hoyo Colorado, y en la amable compañía de Diego Meneses tomó por entre Vereda Nueva y San Antonio de los Baños, la vuelta de Alquízar, rumbo al sudoeste de su punto de partida.
A pocas leguas se hallaron en lo que llaman por ahí _Tierra Llana_, planicie extensa e igual, cuyo centro por esa parte lo ocupa la población últimamente nombrada. Su fondo es un calcáreo muy poroso y puro, cubierto de una capa de tierra rojiza, o color de ladrillo, a trechos bastante espesa y suelta, acusando el óxido de hierro de que está cargada y de una fertilidad prodigiosa. Con algunas interrupciones de nivel se dilata hacia el oeste hasta Callajabos, al pie de las serranías de la Vuelta Abajo y hacia el este hasta los últimos límites de Colón, siendo su latitud general estrecha.
Por supuesto, en las porciones más elevadas de dicha mesa, no se ven fuentes naturales, ni llueve tampoco a menudo; pero es tan copioso el rocío nocturno, que moja el suelo y refresca la vegetación. No conociéndose en el país ningún sistema de regadío, a ese fenómeno meteorológico hay que atribuir la lozanía con que crecen y el verde esmeralda con que se visten las plantas en todas las estaciones del año. En cambio, el descuaje del arbolado, el cultivo general de la mesa, particularmente de aquella parte que iban recorriendo nuestros dos viajeros, habían ahuyentado los pájaros de cuenta, y apenas si se veían uno que otro grupo de judío de vuelo pesado y penetrante graznido, un par de tímidas tojosas, una fugaz bijirita y pequeños tomeguines escondidos en los arbustos inmediatos.
Mientras más se alejaban de Hoyo Colorado, más cafetales encontraban a uno y otro lado del camino; como que esas eran las únicas fincas rurales de cierta importancia en la porción occidental de la mesa, al menos hasta el año de 1840. Hablamos ahora del famoso jardín de Cuba, circunscrito entre las jurisdicciones de Guanajay, Güira de Melena, San Marcos, Alquízar, Ceiba del Agua y San Antonio de los Baños. No se fundaban entonces ahí granjas para la explotación agronómica, en el sentido estricto de la palabra, sino verdaderos jardines para la recreación de sus sibaritas propietarios, mientras se mantuvo alto el precio del café.
Contra el sistema legal de mensuras observado en Cuba desde _ab initio_, estaban divididas esas bellísimas fincas en figuras regulares, prevaleciendo el cuadrado, y acotadas todas con setos de limoneros enanos, con zarzas y más comúnmente con tapias de piedra seca, o cercas primorosas y artísticamente construidas. Cubríanse éstas de enredaderas o aguinaldos, especialmente de campanilla blanca, los cuales abrían por Pascuas de Navidad, daban aspecto risueño a la campiña con sus níveas flores, en contraste con el verdor fuerte del arbolado cercano, mientras que con su exquisito y trascendental perfume embalsamaban el ambiente por millas y millas a la redonda.
Sus ostentosas y cómodas viviendas no caían en las anchas calles o calzadas que separaban entre sí los diferentes predios. Más bien buscaban la reclusión y el sombrío que brindaba el interior, como que crecía ahí más frondoso el naranjo de globos de oro, el limonero indígena y exótico, el mango y la manga de la India, el árbol del pan, de ancha hoja; el ciruelo de varias especies, el copudo tamarindo de ácidas vainas, el guanábano de fruta acorazonada y dulcísima, la gallarda palma, en fin, notable entre la gran familia vegetal por su tronco recto, cilíndrico, liso y grueso como el fuste de una columna dórica, y por el hermoso cerco de _pencas_ con que se corona perennemente.
A flor del camino sí erigían la entrada, portal, mejor, arco triunfal, bajo cuya sombra, como por las horcas caudinas, había que pasar para coger la ancha avenida, flanqueada de palmas y naranjos, que conducía a la apartada vivienda señorial, oculta allá en el espeso arbolado. Aún después de haber avanzado bien adentro, no siempre descubría de lleno el caserío, ni se llegaba a él derecho; porque a menudo ocurría dividirse la avenida en dos ramales, describiendo dos medios círculos, uno de entrada, otro de salida, que limitaban de un lado los cafetos o setos de zarzas, y del opuesto los jardines de flores, desplegados a un tiempo a la vista del sorprendido viajero. Siguiendo por cualquiera de esos medios círculos, de seguro que se daba con la morada de los dueños y sus dependencias inmediatas en primer término; después con la casa, por lo general exenta, del molino, en el centro de una como plaza o batey, en torno del cual se hallaban los tendales o secaderos de café, los almacenes o graneros, las caballerizas, palomar, corral de gallinas y la aldea formada por las cabañas de paja de los esclavos.
Leonardo Gamboa y su amigo, con los caballos algo sofocados, cubiertos ya unos y otros del polvo bermejo y sutil de la tierra llana, avistaron los linderos del cafetal _La Luz_, perteneciente a don Tomás Ilincheta, cosa de media legua distante del pueblo de Alquízar, pasadas las cuatro de la tarde del 22 de Diciembre de 1830. Por la derecha de los viajeros, bajo un cielo azul y sin nubes, se ponía entonces el glorioso sol de los trópicos, cuyos abrasadores rayos lanzaban manojos de luz a través de las ramas de los árboles, tendiendo cada vez más larga la sombra de las palmas sobre el campo verde, tachonado de gayadas flores, a tiempo que encendían el átomo térreo impalpable que se cernía en el tranquilo ambiente.
Resonaba a lo lejos con las pisadas de las caballerías el fondo poroso y hueco de la tierra llana; de manera que, mucho antes de que los jinetes tocaran el portal de la finca, ya se hallaba en la reja de hierro, dispuesto para abrirla, el portero negro, que acababa de salir de una especie de garita grande de mampostería y teja plana, hacia la izquierda. Reconoció desde luego a aquéllos y los recibió con los escorrozos tan propios de las gentes de su raza y condición diciendo:
--_¡Ojó! ¡ojó!_ Niño Leonardito ¿_ya sumerce vinió_? ¡Ah! ¡Ah!, y el niño Dieguito _asina_ mismo.
--¿Cómo está la familia, congo? le preguntó Leonardo.
--_Toos güenos, grasi Dió._ Ahorita _dentraron_ las niñas con doña Juanita. _Vinían_ del _protero_. Milagro que no se toparon con ellas los niños. Si susmercés _jarrean_ un poco _entoavía_ las alcanzan más _pacá_ de la casa.
Y agregó luego hablando con Leonardo:--¡Ah! ¡_Qué si va a legrá_ la niña Isabelita! ¡Y la niña Rosita! (hablando con Meneses). _¡No mi diga!_
Los dos jóvenes se sonrieron y continuaron al paso de sus caballerías por el centro de la magnífica alameda, deseando en secreto, por extraña coincidencia de sentimientos, que se alargase algo más el término de su camino. Es que en los momentos de comparecer ante las damas de sus amores, temía Leonardo que le recibiese la suya, no cual solía, como amiga y amante tierna, sino como juez severo y duro, por sus pasadas flaquezas y veleidades. Para decir verdad, sentía algo que se parecía más a la vergüenza que al contento. Diego, por su parte, próximo a realizar el deseo más vivo e íntimo de su pecho, el de volver a ver a Rosa en su paraíso de Alquízar, después de un año de ausencia, quería probar si retardando el momento apetecido, se calmaba un tanto el tumulto de su sangre y podía saludarla con la compostura del respetuoso caballero.
Pero por ahora, ni la satisfacción de este capricho les fue dado realizarlo a nuestros amigos. Porque en desviándose de la avenida que traían, alcanzaron a ver a las hermanas penetrando en lo más intrincado del jardín, allí donde los rosales de Alejandría, los jazmines del Cabo y las clavellinas, competidores de los más bellos de que se precian Turquía y Persia, si no acertaban a envolverlas con sus ramas, sin duda que las envolvían con sus emanaciones aromáticas.
También las jóvenes, por las pisadas de los caballos, se apercibieron de la presencia de los viajeros, reconociéndolos, especialmente al primero que puso pie a tierra, abandonando la montura a su albedrío, y fue Leonardo Gamboa. Rosa, más joven y cándida que la hermana, hizo una exclamación involuntaria de alegría; Isabel experimentó sentimiento opuesto. Recordaba que su despedida de La Habana no fue agradable ni cordial, y creía que antes de dar entrada en su pecho al placer con que solía recibir a Leonardo, necesitaba cuando menos una explicación suya satisfactoria de lo pasado.
Ni Leonardo ni Diego se hallaban en aptitud de leer claro en el semblante de sus amigas lo que pasaba en sus espíritus cuando llegó el momento de saludarse, según el modo frío y rígido que piden las costumbres cubanas, esto es, sin el significativo apretón de manos. Fue bien marcado, no obstante, el cambio que se operó en el rostro de las dos hermanas. El de Isabel asumió aspecto serio y pálido; el de Rosa tomó el color de la flor de su nombre; y por breve rato, ellos ni ellas supieron qué hacerse ni qué decir. Tocó al cabo a la más avisada de las mujeres el advertir la embarazosa posición de todos, y, para salir pronto del paso, acudió a una de las coqueterías características de su edad y sexo. Tenía Isabel en la mano una rosa de Alejandría, abierta aquella misma tarde, y se la prometió a Meneses diciendo:
--¿No es ésta su flor preferida?
Asomáronsele los colores a la cara del agraciado, y se puso más colorada que antes la de Rosa, quien, ya quisiese ocultar su propio rubor, ya enmendar el aparente desaire hecho a Gamboa, se quitó un clavel que se había prendido en el cabello y se lo dio balbuceando:--¿No es ésta la flor que prefiere el amigo Leonardo?
Bastó esto poco a romper el encanto; sólo que por aquella tarde y noche Isabel se dedicó a obsequiar y atender a Meneses, aunque no veía el momento de conciliación con Leonardo. Entre tanto, juntos los cuatro fueron al encuentro de doña Juana y del señor Ilincheta que venían a saludar a los recién llegados.
Desaparecía por entonces la claridad del día, y el airecillo de la noche, por más que viniese cargado de los perfumes de las flores y de las emanaciones gratas que emite el campo a esa hora, empezó a dejarse sentir. Las señoras, sobre todo, tuvieron que apelar al abrigo acostumbrado, el pañolón de seda, echado al desgaire sobre los hombros. Pero en los momentos de trasladarse a la sala, resonó el melancólico tañido de la campana de la queda en los cafetales circunvecinos y en el de _La Luz_, llamando a amos y esclavos a la oración y al recogimiento. En oyéndolo doña Juana, sus sobrinas, los dos jóvenes y don Tomás Ilincheta, éstos con los sombreros en la mano, y los criados del servicio inmediato de la familia con los brazos cruzados, todos de pie, aquella señora comenzó diciendo:--¡Ave María Purísima!; a que contestaron los circunstantes en coro: Sin pecado concebida.--El Ángel del Señor (prosiguió la señora) anunció a María que el Hijo de Dios Padre encarnaría en sus entrañas, para redención del mundo. ¡Ave María! María Santísima lo admitió diciendo: ves aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra ¡Ave María! El Hijo de Dios se hizo hombre, y vivió entre nosotros. ¡Ave María!
Dadas las buenas noches, las hijas primero y tras ellas los criados, besaron la mano de doña Juana y de don Tomás, y recibieron en contestación el usual _Dios te haga una santa_, o _un santo_.
De seguidas una criada avisó a Isabel que el Contramayoral la esperaba en el otro lado del pórtico. Pidió ella permiso a los huéspedes. Su padre, hablando con éstos, explicó el motivo de su ausencia diciendo:--Es mi Mayordoma, cajera y tenedora de libros, y cree que primero es la obligación que la devoción. Lleva cuenta del café que se recolecta, del que se descascara, escoge y ensaca, del que se remite a La Habana. Cuando se vende, glosa ella las cuentas del refaccionista, cobra y paga. Todo como un hombre. En una palabra, desde que murió mi esposa, que santa gloria haya, mi Isabel está hecho cargo de la casa, del cafetal y de todos mis negocios. ¡Ay! No sé qué sería de mí si también ella me faltase.
¿Quién era el Contramayoral? Un negro como un trinquete, del color de la pez, cari-ancho, de aspecto franco y mirada inteligente. No bien se apareció su ama, la hizo una genuflexión para pedirla su bendición, porque él mismo acababa de dirigir el rezo de sus treinta o más compañeros en medio del batey, a la luz de las estrellas.
--Niña, la dijo, aquí está la cuenta de _lo barrí llenao_ hoy. ¿Y le alargó un papel? ¿La hoja de una planta con signos caligráficos o aritméticos? Nada de eso. Aunque aquel esclavo había aprendido de coro ciertas oraciones del catecismo que le enseñaron para bautizarle, no sabía escribir ni pintar guarismos. La cuenta de que hablaba se reducía a dos o tres varas cortas de un arbusto del campo, con muchos cortes o muescas de través, tarjas o quipos modernos para indicar el número de barriles de café recolectados durante ocho horas de trabajo.
Con pasar Isabel las yemas de los dedos por las muescas de las tarjas, conoció que no había sido abundante la recolección, y así se lo dijo al esclavo.
--Niña, se apresuró él a explicar en su guirigay especial la causa de la deficiencia. _Niña, la safra va de vencía_, no queda café _maúro_ en la mata, _ni pa remedia. Brujuliando po aquí y po allí se ha llenao 25 barrí._
--Está bien, Pedro, repuso Isabel. No hay para qué estropear las matas, ni que tumbar el grano verde. Sería mucho menor la zafra el año entrante si eso se hiciera. Escúchame Pedro, con atención. Mañana bien temprano pon toda la gente a limpiar el batey y las guardarrayas principales hasta las nueve. Tenemos visitas y quiero que todo esté aseado y bonito. Por la tarde es preciso que unos pilen y avienten el café seco, y que otros, las mujeres y los más débiles, a escoger. El caso es aviar todo el pilado y aventado, mañana mismo si es posible.
--_Asina si jará, niña._
--¡Ah! Lo principal se me olvidaba, agregó Isabel en tono triste. A Leocadio que dé bastante maíz y yerba al trío moro y al trío dorado, porque tienen que emprender largo viaje pasado mañana.
--_¿Va a salí lamo?_
--No, tía Juana, Rosita y yo, que vamos a pasar las Pascuas en la Vuelta Abajo.
--_¡Anjá! La niña si va otra vuelta, la casa parece robá._
--Papa se queda. Estamos convidados a pasar las Pascuas como digo, con la familia del señor Gamboa en su ingenio _La Tinaja_, allá lejos, muy lejos, por el Mariel. Han puesto una gran máquina de vapor para moler caña; romperá la molienda la víspera de Pascuas y aguardan por nosotros. Aquí han llegado a buscarme el niño Leonardito y el niño Diego Meneses, que tú conoces.
--_¿Con que si va otra vuelta?_, repitió el Contramayoral pensativo.
--Estaremos ausentes muy poco tiempo, cuando más hasta después del domingo de Niño perdido. Me da mucha pena dejar a papá solo. Pero espero en Dios que no le sucederá nada, antes me prometo que Vds. le cuidarán bien.
--_Asina si jará niña._
--Pero si por desgracia se enfermare en nuestra ausencia, te encargo, Pedro, que sin pérdida de tiempo me despaches un propio al ingenio _La Tinaja_, cerca del pueblo de Quiebrahacha. Acuérdate de estos dos nombres: _Tinaja_ y _Quiebrahacha_.
--_Asina si jará, niña._
--Rafael o Celedonio, cualquiera de los dos, sirve para el mandado. Ellos conocen el camino de aquí a Guanajay; de allí al Quiebra Hacha se sabe que quien tiene lengua a Roma va.
--_Asina si jará, niña._
--Bueno, confío en ti, Pedro. Es un gran descanso para nosotros, cuando salimos, dejar el cuidado de la casa y de la finca a un hombre tan racional y honrado como tú.
Ni porque le hicieron este elogio franco cuanto sincero, hizo uso el negro de su conocida muletilla. Sólo sacudió la cabeza cual si quisiera desterrar una idea enojosa, y volvió a un lado el rostro, sin darle la espalda a su señorita, lo cual habría sido una falta de respeto.
--Atiende, Pedro, continuó Isabel. Hay que traer del potrero el caballo careto para llevar a Guanajay uno de los dos tríos. El que le lleve, sea Rafael o Celedonio, debe salir al Ave María o con los primeros claros del día de pasado mañana, apearse en la posada de Ochandarena, frente a la plaza, hacer que bañen y den un buen pienso a los caballos y aguardar por nosotros, pues tendrá que regresar con el trío que saquemos de acá. ¿Recordarás todas estas cosas, Pedro?
--_Mi ricorde, niña_, dijo el Contramayoral afectado; añadiendo a la carrera: _Le pobre negre va a tené una Pacua mu maguá._
--¿Por qué? preguntó Isabel con exagerada sorpresa. Le diré a papá que les deje tocar tambor en los dos días de Pascuas y el día de Reyes.
--_Ma como la niña no etá allante, le negre no se diviete._
--¡Qué bobería! Nada, a bailar, a divertirse para que esté contenta la niña cuando vuelva del paseo. ¡Eh! Nada más, Pedro.
Se retiraba éste despacio y de mala gana, e Isabel, que quedaba pensativa apoyada en el barandal del pórtico, llamole luego, diciendo:--Pedro, ¿ya lo ves? Por tus interrupciones y majaderías se me iba o olvidar una de las cosas que tenía más presente. Debo hacerte otro encargo, mi último encargo. Mira, Pedro, estoy pensando que por sí o por no, lo mejor será que guardes el látigo en tu bohío hasta después de Pascuas. Sí, sí, mejor será pues mientras le tengas en la mano has de querer usarlo, y yo no quiero que se levante el látigo para nadie, ¿lo oyes, Pedro? Que no suene el látigo en mi ausencia.
--_Le negre etá perdío_, dijo Pedro sonriéndose, _por mor de la niña_.
--Me importa poco, replicó Isabel con firmeza. Tú sabes que papá botó al mayoral en abril porque daba mucho cuero. Recuerda que la cogió contigo. No ha de oírse un latigazo en el cafetal en mi ausencia. Lo repito, lo quiero así, lo mando, Pedro.
Volviendo de su breve diálogo con el Contramayoral, encontró Isabel puesta la mesa para la cena en medio de la sala. Serían las ocho de la noche. El lujo de la vajilla de plata, de cuyo metal eran hasta los grandes macizos candeleros, parecía competir con la abundancia de los manjares. Mas nada de esto se hacía por vano alarde. En primer lugar, porque habiendo comido la familia a las tres de la tarde, según la costumbre del campo entonces, suponían que los dos huéspedes tuviesen hambre y querrían satisfacerla. En efecto, las señoritas, la tía y el señor Ilincheta, que por cumplimiento habían ocupado juntos un costado de la mesa, participaron únicamente del chocolate o del café con leche; haciendo, eso sí, Isabel, los honores con gracia y naturalidad características.
Tras la cena y una conversación agradable, se levantó don Tomás y se retiró a su cuarto, recomendando a sus hijas no detuvieran mucho a los huéspedes, quienes por fuerza estarían cansados y desearían reposar de las fatigas del viaje.
La casa vivienda del cafetal _La Luz_ estaba hecha a la francesa, es decir, conforme al sistema que para habitaciones tales se seguía en las fincas de igual naturaleza por los criollos de la Guadalupe y Martinica; pues de hecho la había trazado y dirigido un arquitecto natural de una de esas islas. El plano figuraba una cruz con dobles brazos, cuyo centro lo ocupaba la sala, y las ocho alcobas, ambos brazos de la misma, formadas por dos pasillos que terminaban en dos saletas, debajo de los cobertizos de las culatas de la casa. En los ángulos de los pórticos había cuatro cuartos que interiormente se comunicaban con las saletas dichas, y exteriormente con los jardines y aquéllos. Los pórticos, pues, se extendían cuanto la sala, corrían paralelos a ella y estaban cerrados por barandillas de madera y por cortinas de cañamazo en vez de persianas. El techo del cuerpo principal estaba formado con las hojas de la palma llamada _cana_, por su espesor, duración y frescura; y el de los pórticos o cobertizos con teja plana. Las puertas y ventanas, en número por cierto excesivo, abrían todas hacia afuera, dejando entrar a raudales, al menos de día, la luz y el aire siempre cargado con el perfume de las flores o de las frutas en que tanto abundaba aquella morada encantadora.
Por razones que es fácil colegir, las señoras no siguieron desde luego el ejemplo del amo de la casa. Los jóvenes no sentían inclinación ninguna a separarse por el resto de la noche, sin comunicarse con una palabra, con una mirada aunque fuese algo de lo mucho que bullía en sus cabezas. Así es que, por instinto casi, después de la cena volvieron al pórtico fronterizo y emprendieron paseos de arriba a abajo, en dos grupos: el de Isabel con su tía y Meneses y el de Rosa y Leonardo a retaguardia. A la primera vuelta preguntó éste a aquélla, en tono bajo, indicando a la hermana mayor:
--¿Qué tiene la niña?
Este era casualmente el primer verso de una canción muy popular entonces; y Rosa, que era viva y traviesa, contestó al punto con el segundo verso que la daba nombre:
--Sarampión.
--¿Con qué se le cura?, volvió a preguntar Leonardo con el tercer verso.
--Con coscorrón; concluyó Rosa sin poder tener la risa.
--¿De qué se ríen Vds.?, preguntó Isabel muy atenta a lo que pasaba a sus espaldas.
--No le diga, Gamboa, dijo Rosa. Déjela con su curiosidad. Ella no es de nuestro bando.
Parecía que Isabel se proponía monopolizar por el resto de la velada la conversación y la sociedad de Diego Meneses. De aquí el motivo aparente del pique de Rosa con ella, según lo revelaban sus últimas palabras. La misma sospecha y con igual copia de razones podía abrigar Isabel respecto de su hermana menor, dado que desde el principio se apropió las atenciones y compañía de Leonardo. Mas ninguno de los jóvenes estaba satisfecho de sí mismo ni del otro. Esta era la verdad; de suerte que se cansaron de los paseos más pronto de lo que podía razonablemente esperarse, sólo que en vez de sentarse se apoyaron como por acaso en la barandilla, quedando, también casualmente, cual deseaban en secreto: Isabel al lado de Leonardo. Rosa al de Meneses, y doña Juana fuera del grupo. Amaba ésta a sus sobrinas con amor de madre, como quien las había criado desde pequeñuelas; deseaba su establecimiento, y, siendo ella casamentera de índole, claro está que no tomó a mal una eliminación mediante la cual aquéllas podían tener un rato de íntima comunicación con sus galanes.
Reinaba en torno de la casa la calma más profunda, habiendo abatido el airecillo que se levantara a las puestas del sol. No se movían las ramas de los árboles, ni era bastante la luz de las estrellas, ni la transparencia del cielo para reflejarse en las anchas hojas del plátano, cuyo tallo fibroso sobresalía entre los enanos y espesos cafetos. El único rumor que se apercibía era el distante y sordo procedente de esclavos, los cuales, antes de entregarse al descanso, preparaban la frugal cena a la lumbre de sus bohíos mientras discutían la novedad de la noche, a saber: la próxima ausencia de su señorita. Pero más cerca de nuestros jóvenes no puede decirse con exactitud que formaban ruido apreciable el chirriar de los grillos ocultos en la yerba, ni el aleteo de las mariposillas nocturnas que con fugaz zumbido pasaban del jardín a la casa, atraídas por la luz de la vela dentro de la guardabrisa o fanal en la mesa del centro de la sala.
El sitio, pues, la hora, el silencio de la tierra y del cielo, el aspecto sombrío del pórtico ancho, gacho y de limitado horizonte por el espeso arbolado inmediato, la misma lucha de la débil claridad artificial interior con la oscuridad exterior, todo predisponía a la exaltación de las pasiones de los jóvenes, arrobadas sus almas en la contemplación del bellísimo cuadro que los rodeaba por todas partes. En tales momentos, las mujeres menos agraciadas parecen aéreas y adorables; los hombres más tímidos se atreven a todo, y sintiendo más se expresan con mayor elocuencia.
--Isabel, dijo Leonardo, me extraña tu conducta conmigo.
--Califíquela, repuso Isabel sonriendo.
--No me corresponde calificarla, por la sencilla razón de que soy el agraviado.
--¿Eso más? Pues era lo que faltaba.
--¿Te sorprende? ¿Cómo se compagina, si no, nuestra amigable despedida de La Habana (por mi parte, se entiende), con tu silencio e indiferencia enseguidas...?
--¿Sin motivo que justificara el cambio?
--Sin motivo que lo justificara. Yo al menos no he podido penetrarlo todavía.
--Refresque Vd. la memoria de los hechos.
--Nada, Isabel, no alcanzo, desconozco el motivo.
--¿De verás?
--De veras.
--Entonces he sido una loca, una tonta, he visto visiones.
--Tanto como eso no, Isabel. ¿No te ocurre que hayas podido interpretar mal un acto inocente mío o de otra persona hacia mí?
--Si no se trata de interpretaciones, señor don Leonardo, se trata de lo que yo vi con mis ojos.
--Sepamos lo que vio mi señora doña Isabel con sus ojos.
--Vi lo que Vd. vio, mejor dicho, lo que le pasó Vd. al estribo del quitrín.
--¿Y ése era motivo suficiente para que tú me perdieras el cariño y estuvieras a punto de olvidarme?
--Lo era y grande, para enojarse cualquier mujer de vergüenza, por mucho que la cegara la pasión.
--Veo claro, Isabel, que en todo ello ha habido una equivocación de tu parte, y que, sin quererlo has sido injusta conmigo.
--Explíquese Vd., dijo Isabel con aparente ansiedad.
--Te diré en pocas palabras lo que pasó, continuó Leonardo, poniéndose colorado, porque de hecho pensado iba a mentir. Mientras te decía el último adiós, naturalmente extendí un pie sobre la acera. Una de las dos mulatas que pasaban tropezó conmigo, y, creyendo que le había armado una zancadilla, llena de ira me dio un empellón. Tú sabes lo insolente que son esas mujerzuelas cuando se creen ofendidas.
--Sí, dijo Isabel pensativa. Después de un breve rato añadió: Mas ¿qué motivo le di yo para que me dijese la palabra indecente que aún me zumba en los oídos?
--Tu exclamación, Isabel, y luego el llamarla Adela, cuando tal vez se llamaba Nicolasa o Rosario fue sin duda lo que aumentó su cólera.
--Si la llamé por el nombre de Adela, mejor dicho, si en mi exclamación solté ese nombre, fue porque me figuré que era ella su hermana de Vd. Además de tomarla por el vivo retrato de Adela, no pude, ni debí imaginar que otra mujer tuviese con Vd. semejantes bromas.
--¡Toma! El cuento es que no hubo broma de su parte.
--Luego ella le conoce a Vd. y le maltrató por... celos.
--La conozco de vista, lo confieso, ya me había llamado la atención su semejanza con mi hermana Adela; mas no la he dado jamás ocasión a encelarse de mí.
--Quizá le ama a Vd. en secreto.
--No tendría nada de particular, sólo que en mi vida le he dicho «ojos negros tienes».
--Sentiría hacer a Vd. una injusticia, Leonardo. Las apariencias, sin embargo, le condenan.
--No, Isabel, no. Soy inocente. Si te engañase en este momento, si no te dijese toda verdad, si te pintara una pasión que no sentía, si en consecuencia te hubiese dado justo motivo de agravio, sería el más malo de los hombres...
--Está bien; doblemos la hoja, le interrumpió Isabel convencida.
--¿Pelillos a la mar?, le preguntó Leonardo con amoroso acento.
--Pelillos a la mar, contestó ella con celestial sonrisa. No habría dicha para mí si me viese condenada a dudar de la palabra del hombre a quien tenía por amigo y caballero.
--Bien, agregó Leonardo más animado. ¿No crees tú que debíamos sellar esta dulce reconciliación...?
Diciendo esto dejaba correr disimuladamente la mano por el barandal para coger la de Isabel, que se apoyaba en el mismo. Pero ella, evitando la ocasión, evitó el peligro. Se puso seria y pasó al lado de su tía, a quien dijo alto que era hora de recogerse. El reloj de Leonardo marcaba las once de la noche.
Había volado el tiempo. Diego Meneses, no obstante sabedor de que la ocasión la pintan calva, supo aprovecharla lo que bastaba para hacer a Rosa una formal declaración de amor; habiendo encontrado el tema o pretexto de la conversación en el regalo del clavel que esa joven hizo a Leonardo en el jardín. ¡Cándida paloma del vergel de Alquízar! Ella, que no había escuchado antes un «te amo, Rosa» dicho con intención y con fuego. Ella, que se sentía atraída hacia aquel joven como la aguja al imán, como la avecica a la serpiente, no pudo desviar la atracción, deshacer el encanto; no encontró a mano gesto, palabra ni ardid para negar que había sucumbido y que también amaba a su tentador desde la primer temporada que pasaron juntos en el cafetal _La Luz_.