Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · Capítulo real 36 de 46

Tercera parte · Capítulo VI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

_Los negros... ¡Oh! mi lengua se resiste A formular de su miseria el nombre!_

D. V. TEJERA

Por mostrar celo y actividad a los dueños, o por equivocar la hora precisa, como se guió por el canto de los gallos, el Mayoral del ingenio de _La Tinaja_, en la mañana de Pascua, puso la _gente_ en pie mucho más temprano de lo acostumbrado.

Con el último solemne tañido de la campana, después de tomar sendas tazas de café, de encender un tabaco y de armarse, descolgó la llave, llamó a sus perros y se encaminó a pie al barracón para abrir la reja de hierro. Metió resueltamente la ponderosa llave en la cerradura, quiso hacerla girar en la guarda y no pudo: ¡Qué _demongo_! dijo para sí. Aquí han _andao_. Me parece que voy a dar más cuero... que Dios toca a juicio.

Alumbró con el tabaco el ojo de la llave, dio media vuelta en sentido de cerrar y oyó distintamente correr el pestillo y entrar en el cerradero del cerrojo.--¡Voto a Dios! exclamó. Si estaba abierta la puerta y yo he _sío_ tan caballo que la he _cerrao_. ¡Va que la dejé abierta anoche! ¿Estaba yo _bebió_, o loco, o _trastornao_? ¿O ha _habío_ aquí brujería? ¿Qué pasa, Liborio?

Salían en aquel punto los negros de sus bohíos y fue preciso que don Liborio pensase en lo que había de hacer con ellos. Descorrido el cerrojo, se plantó junto a la jamba de la puerta para verlos desfilar uno a uno, según tenía ordenado. Por eso, aunque hacía bastante oscuro, pudo observar que una negra se parapetaba del compañero y quería pasar desapercibida. Malicioso y vigilante, no necesitó de más para echársele encima, cogerla por un brazo y acercarle la lumbre del tabaco a la cara. Con sorpresa mezclada de alegría vio que era la negra Tomasa suama, prófuga hacía entonces precisamente dos semanas. Mientras sujetaba ésta, apareció recatándose también Cleto gangá, y tras él Julián arará, Andrés bibí y Antonio Macuá, los cuales detuvo y colocó a un lado.

Así que pasaron todos los demás y que formaron en medio del batey, echó por delante a los cinco presos y les ordenó hacer alto frente a frente del centro de la fila, tanto más larga cuanto que era sencilla. Seguidamente empezó el interrogatorio:

--Venga acá, mamá Tomasa, y dígame por _vía_ suyita, ¿de _aónde_ viene la niña ahora?

--_De la monte_, contestó ella imperturbable.

--¡Oiga! ¿Y qué fue a buscar al monte la niña Tomasa?

--_¿Siñó...?_

--No lo diga. No se tome ese trabajo la niña; lo sé: fue a _pajariar_. Yo le daré pajareo. Pero, ¿cómo es que se aparece ahora doña Tomasa suama?

--_Venga a presentarse a la suamos._

--¡Bueno! _Asina_ se hace. Pero ¿por _aónde dentraron_ ustedes en el barracón?

--_Po la pueta._

--¿Quién abrió la puerta a la niña?

--_Naide._ Tenía la _pueta abieta_.

Aquí se remató la paciencia del cómitre.

--Conque estaba abierta la puerta, ¿eh? ¡Ah, pedazo de p...!

Y sin más ni más la pegó tan fuerte bofetón, que la tendió en el suelo aturdida. Mientras ella se ponía en pie, dirigió poco más o menos las mismas preguntas a los cuatro compañeros de la negra y obtuvo poco más o menos idénticas respuestas.

--¡_Vírate_!,[48] dijo a la esclava echándole garra por un hombro con el objeto de derribarla de bruces.

Mas ella joven, robusta y ya prevenida, se mantuvo firme y dijo:

--_Sumecé no me catiga, mi suama mi madrina._

--¡Ja! ¡Ja! déjame reír. ¿La señora tu madrina? Pues dile que se levante de la cama y que venga a salvarte del bocabajo. Mira, negra de Barrabás, vírate o te mato...

--_¡Mata!_ repuso ella con arrogancia.

--Agárrala tú. Túmbala tú, gritó el Mayoral, ya en el paroxismo de la ira, a los compañeros de la esclava.

Tres de éstos obedecieron sin tardanza. Dos la cogieron por un brazo y el otro por un pie, con lo que fue fácil hacerla perder el equilibrio y dar con ella en tierra boca abajo.

De presumir es que la misma ciega obediencia con que los tres se prestaron a ejecutar la orden perentoria del Mayoral, excitara más la cólera de éste respecto a Julián arará, que parecía dispuesto a desobedecer. Midiole don Liborio de alto a bajo con ojos en que se traslucía algo de la rabia que le dominaba, no poco de sorpresa y un mundo de recelos, porque era amenazadora la actitud del negro y, como la mayoría de sus compañeros allí presentes, estaba armado de machete corto o calabozo y azadón. Vino a comprender entonces que había andado algo imprudente, y que estaba perdido como flaquease en el momento crítico. Así que, haciendo de tripas corazón, gritó con más aparente brío que nunca:

--¿Y tú qué haces, perro? ¿Por qué no metes mano? Dobla el lomo... (soltando uno de los ternos que acostumbraba, a falta de mejor expletivo).

Acompañó, además, las palabras con tan fuerte garrotazo con el mango del látigo en la cabeza del esclavo, que le hizo titubear y caer luego de rodillas a los pies de Tomasa. Aun allí, abatido y todo, no dio muestras Julián de que iba a obedecer; antes temiendo el Mayoral que se recobrara del golpe y se pusiera de nuevo en pie, agregó:

--Sujeta por la pata a esa grandísima p... o ¡vive Dios! que te muelo a palos.

Y por vía de apremio le asestó un segundo garrotazo, que no por más fuerte que el primero, sino porque quizás acertó a darle en lugar donde el cabello lanudo no protegía completamente el cráneo, le dividió la piel como con un cuchillo y brotó un chorro de sangre de la herida. Julián a tientas apoyó la mano abierta en la garganta del pie de su compañera, y... empezó el bocabajo.

Tan singular conducta de parte de aquel negro en tales circunstancias, habría llamado la atención imparcial de persona menos estúpida o menos cegada por la pasión que don Liborio; habría inspirado consideración, ya que no respeto, en toda alma noble y generosa; habría excitado siquiera la curiosidad de averiguar el origen de un sentimiento que no dejaba de ser bello porque se abrigase en el pecho de un hombre semi-salvaje.

Varias circunstancias, además, concurrían en el caso del negro y de la negra, que servían para explicar la conducta de ambos en estos momentos de prueba. Y es de creerse que porque estaba al cabo de ellas don Liborio, mostraba tanta saña con la pareja. Julián y Tomasa eran poco más o menos de la misma edad; joven, robusta, agraciada ella; joven, atlético y gallardo él; procedían del mismo país en África; se tenían por paisanos o carabelas, según dicen. ¿Qué extraño sería que se amasen?

Tomasa, por su juventud, alegre humor y buena presencia era la favorita de sus camaradas y de los empleados blancos de la finca. La esclavitud no pesaba tanto para ella, ni tenía motivo para quejarse de su suerte, comparativamente hablando. ¿Por qué se había fugado? Parecía claro: por seguir a Julián, que, arrastrado por Pedro, su padrino de bautismo, el cabecilla del motín, adoptó esa malhadada resolución. Hizo más Tomasa: luego que cayó prisionero Pedro, del modo trágico referido, recabó de Julián el que se presentase y solicitase perdón de los amos por medio de Caimán, que ellos sabían tenía ascendiente en doña Rosa.

Para mayor abrigo, llevaba don Liborio atado a la cabeza un pañuelo de algodón, dos puntas de la lazada del cual le caían por detrás, y encima se había encasquetado el sombrero de paja. Traía la camisa suelta por fuera o faldeta, el puñal en la cinta y el machete en su puesto, asegurado con una faja de lienzo blanco. Apoyó la mano izquierda en la empuñadura, y con la extremidad del mango del látigo arrolló las faldas del vestido de la esclava hasta más arriba de las caderas y soltó la trenza del cuero crudo, que había sujetado en el hueco de la misma mano derecha. Todo esto por su orden, bien calculado con calma y formalidad, como quien no tenía prisa, antes se proponía saborear goce exquisito, a cuyo efecto no debía precipitar los sucesos.

Clareaba el horizonte por el este con las purísimas luces del alba. Descargado el primer latigazo con el aplomo y tino de quien posee brazo experimentado y de hierro, pudo convencerse el Mayoral que la _pajuela_ o punta de cáñamo torcida y nudosa, con chasquido peculiar, había trazado un surco ceniciento en las carnes de la muchacha. Enseguida descargó otros y otros en más rápida sucesión hasta saltar pedazos de la piel y fluir la sangre; sin que a todas éstas la víctima exhalase una queja, ni hiciese otro movimiento que contraer los músculos y morderse los labios.

Así tuvo un desfogue momentáneo la ira del Mayoral, mas el estoicismo de la muchacha le privó en mucha parte del placer que se prometía al azotarla. El dolor, sensación fatal en todo ser animado, no la redujo, como él esperaba, al extremo de pedir perdón a su verdugo. Por eso, y porque deseaba concluir antes de salir el sol, encomendó a los dos contramayorales el castigo de Julián y de sus compañeros, contentándose él con observarlos de cerca para hacerles «apretar la mano» cada vez que por compasión o por otro motivo cualquiera suponía que no daban bastante recio. Tan pronto como se despachaba uno, le hacía lavar la llaga con orines en que se habían echado de antemano unas puntas de tabaco, a fin de evitar el _pasmo_ o tétano, ordenando que los herreros les pusieran los grillos que para eso se hicieron venir de la mayordomía de la finca. Por lo que respecta a Julián, que se había desmayado dos o tres veces, o por el rigor del castigo, o por la pérdida de la sangre, juzgó prudente fuese trasladado a la enfermería para que le curasen la herida de la cabeza. A los demás penados, impedidos por el peso de los grillos y el dolor de los crueles azotes, los obligó a trabajar, junto con los restantes negros, en el _chapeo_ de las guardarrayas alrededor del _caserío_ del ingenio, que fue la _fajina_ que desde el principio se propuso sacar don Liborio.

--¿Escuchas, Cándido? dijo doña Rosa entre sábanas a su marido. Me parece que oigo el cuero. Temprano ha madrugado hoy don Liborio.

Dormía profundamente don Cándido para que le despertase la música de los latigazos de su Mayoral, no obstante que por el vigor con que los descargaba y la calma de la naturaleza, resonaban por millas a la redonda. Pero repetida la pregunta a sus oídos, entre bostezo y bostezo, contestó luego con esta otra:

--¿Qué tengo de oír, Rosa?

--El _cuero_ del Mayoral. Ni que fueras sordo.

--Ya, ya. Como que oigo algo. Sí. Está castigando. ¿Y qué?

--Alabo tu sangre fría. Aparte de otras cosas, ¿te parece poco habernos quitado el sueño tan temprano? De seguro voy a tener hoy un dolor de cabeza de los bravos. Me ha puesto nerviosa ese maldito hombre. Lo peor es que voy creyendo que el tal don Liborio no tiene ni pizca de consideración con nosotros. Nunca me gustó su cara de bandolero.

--¿Y qué querías que hiciera el hombre?

--Lo que toda persona decente hubiera hecho en su lugar. Irse a otra parte, lejos de la casa de vivienda a castigar los negros, si es que han cometido una gran falta y no podía dejar el castigo para luego.

--Quizás no ha podido remediarlo. Los negros a veces se empeñan en que los azoten y fuerza es darles gusto o se expone uno a que se le vayan a las barbas. También suele convenir en muchos casos que la pena siga al delito sobre la marcha para que surta el debido efecto.

--¿Pero tú no sabes mejor que yo la causa de este escándalo tan de madrugada?

--La supongo, Rosa, y es lo mismo. Me basta saber que los negros se le cayeron de las uñas al diablo.

--Sean o no malos los negros en general, y los nuestros en particular, la verdad es que don Liborio no para la mano desde ayer. Y si esto hace estando nosotros aquí, ¿qué no será cuando estamos lejos? Crucifica vivos a los negros.

--Pues tú le celebrabas anoche de hombre recto, y...

--¿Qué querías que dijera delante de la gente? Por dentro estaba que me comía los hígados. También no había él enseñado todas las uñas. Mas ya esto es demasiado. Qué ¿no sabrá el muy bestia que tenemos visitas? ¿Qué dirá Meneses, joven instruido, casi extraño para nosotros, no acostumbrado a estas escenas? Lo menos que se figurará es que éste es un presidio, el Vedado, y que somos de alma negra...

--No te dé cuidado por el mozo, dijo don Cándido. Apostaría cualquier cosa a que duerme a pierna suelta, arrullado con la música de los latigazos...

--Sí, pero ahora que me acuerdo, ¿qué dirá Isabelita si ha despertado? Por fuerza que ha de haber despertado. Deben oírse los cuerazos en el muelle de Tablas. Resuenan en mis oídos como cañonazos. Vea Vd.; y esa muchacha que es tan delicada, tan enemiga de los castigos. No será mucho que de esta hecha rompa con tu hijo, creyendo que sus padres son dos verdugos y que él le ha bebido los vientos. Lo sentiría por ti que estás tan empeñado en que se casen...

--Poco a poco, mi cara Rosa, la interrumpió don Cándido con más viveza que de costumbre. Hablas cual si no aprobaras el matrimonio en proyecto.

--¿De dónde has sacado tú que yo lo apruebo?

--¡Hombre! Hasta habíamos acordado el día de la boda, poco más o menos.

--Tú has arreglado eso, yo no. Si consiento en el matrimonio no es que lo apruebo de corazón, no es que me empeño en que se casen. Por una parte, no podré aprobar nunca que mi hijo querido deje mi abrigo y se vaya a vivir en otra casa. Por otra parte, no conozco mujer bastante buena para mi Leonardo. Ni Isabelita, a quien tengo por una santa, ni la diosa Venus que bajara de nuevo a la tierra, me parecería digna de él. Si consiento en que se casen (todavía puede que se arrepientan) es por ti, es porque no te cansas de repetirme y cantaletearme noche y día que el mozo se va a perder, que tendrá mal fin, que es preciso sujetarlo, que es muy enamorado (el pobrecito hasta ahora no ha mirado sino para Isabel), que asoma inclinaciones bajas... Me pones la cabeza tamaña con tales agüeros, me asustas y digo para mí: no es mal sastre el que conoce el paño: tal padre, tal hijo, y desaprobando, doy el consentimiento. El es un niño todavía, necesita de mis caricias; pero tú eres implacable, quieres casarlo y te saldrás con la tuya. Se casará, si es que la muchacha no se vuelve atrás... A veces creo contigo que el matrimonio es un freno, aunque si hemos de juzgar por ti... las mayores locuras las has cometido después de casado, y sabe Dios...

--En esto había de venir a parar la cerrazón, volvió a interrumpir don Cándido a su mujer. Más vale así. Al fin te has distraído y dejado en paz a don Liborio.

--Lo que es a ese pícaro no pararé hasta botarlo...

--Sería mala política despedir a don Liborio a raíz de haber castigado con mano fuerte las desvergüenzas de los esclavos. ¿A dónde iría a parar el prestigio de la autoridad? El Mayoral representa aquí el mismo papel que el coronel delante de su reglamento, o que el capitán general delante de los vasallos de S. M. en esta colonia. ¿Cómo, si no, se conservarían el orden, la paz ni la disciplina en el ingenio, en el cuartel o en la Capitanía General de la isla de Cuba? Nada, Rosa, el prestigio de la autoridad lo primero.

--¿De manera, repuso doña Rosa con la lógica parda de las mujeres, que por conservar el prestigio de la autoridad de don Liborio vas a dejar que acabe con los negros?

--¡Acabar con los negros! repitió don Cándido fingiendo sorpresa. No hará tal, por la sencilla razón de que de ellos está llena el África.

--Allá se pueden estar todos los negros del mundo; el caso es que cada vez se dificulta más la reposición de los que se pierden por causa de los ingleses.

--Tampoco es eso como suena, Rosa. Aparte de que por un bocabajo más o menos no se muere negro ninguno, ríete de que los ingleses lleguen a impedir la trata al punto de hacer escasear los brazos. Ya ves cómo les pasamos por los bigotes los de la última partida del _Veloz_, haciéndoles creer que eran ladinos de Puerto Rico.

--Continúa el cuero, Cándido. Es preciso averiguar qué es eso. Haz que venga el Mayordomo. Levántate, dispón alguna cosa.

--Ahí llaman. Dile a Dolores que pregunte entre tanto me visto.

Esta dormía en el cuarto inmediato con las señoritas. A las voces de su ama se asomó a un postigo y dijo:

--Es Tirso, con el café para el amo y para Señorita.

--Pregúntale qué pasa allá por el batey, dijo ésta a la esclava. ¡Qué día de ascuas se nos depara! ¡Y luego la mala noche... y el bochorno! ¡Qué prestigio de autoridad ni qué calabazas! ¡Al infierno con don Liborio!

Informó Tirso, temblando del frío o del miedo, que se habían aparecido los negros fugados, que el Mayoral los estaba castigando y que había matado a Julián porque no había querido _virarse_.

--¿No te lo decía? dijo doña Rosa. Ni siquiera ha respetado que yo les servía de madrina.

--Probable es que él no lo supiera.

--Ellos han debido decírselo.

--No los ha creído sobre su palabra. Además, Tirso miente como un bellaco. Me levantaré, sin embargo, por darte gusto. Cuando se te pone una cosa en la cabeza, eso ha de ser.

--Me da no sé qué tu santa calma. Te están matando a los negros y no corres. ¡Cómo si no costaran dinero!

--Ahora sí que has hablado como un Salomón, dijo don Cándido saliendo al pórtico.

Según es de suponer, mucho antes que de costumbre estaban en movimiento toda la familia y las visitas en la casa de vivienda del ingenio de _La Tinaja_. El sitio que ofrecía más desahogo y sombrío era el pórtico, y allá acudieron todos. El sol hería la casa por la espalda, proyectando la sombra por largo trecho adentro del batey donde, entre las ocho y las nueve de la mañana, se hallaba tendida la dotación de esclavos de la finca, en su traje ordinario, sucio y harapiento.

Acercose don Liborio al pórtico a caballo, se desmontó, le ató por el ronzal a la barandilla y ascendió la escalinata hasta situarse en el último escalón. Desde allí, quitándose respetuosamente el sombrero, saludó a la compañía en general, y en particular a doña Rosa, quien, sentada con mucha gravedad en el sillón más conspicuo, cual reina en su trono, y rodeada de sus hijas y amigas, contestó con un murmullo inaudible. No podía perdonarle esta señora a aquel hombre el mal rato, si es que don Cándido se había dado por satisfecho después de oírle el relato parcial de lo sucedido por la madrugada.

Las criadas al inmediato servicio de la familia presenciaban el espectáculo desde la puerta de la sala, y doña Rosa, por conducto de la más anciana, hizo decir al Mayoral que llamara a los dos contramayorales. Venidos, hicieron la genuflexión de costumbre en presencia de sus amos, cruzándose de brazos y permaneciendo en silencio, cual dos estatuas de piedra negra. El aire de dignidad con que se presentaron aquellos dos hombres, indicaba claramente que no eran congos. Eran lucumíes, raza guerrera del África y está dicho todo.

--¿Qué tal les va? fue la primera pregunta que les dirigió doña Rosa.

Se miraron el uno al otro y de soslayo a don Liborio, como si se animaran mutuamente a decir algo, o dar algún desahogo a su espíritu atribulado. Adivinó doña Rosa el motivo del embarazo de sus esclavos: se morían por hablar, mas temerosos de las consecuencias, por la presencia del Mayoral, juzgaron más cuerdo callarse. No necesitó ella de más para hacerles salir de su reserva. Cambió la pregunta.

--¿Tienen bastante comida?

--Sí, _siñora_, contestaron a una sin titubear.

--¿Mucho trabajo?

--No, _siñora_.

--¿Están Vds. contentos?

Volvió a sucederse la escena mímica de antes. Después de mirarse el uno al otro, y de reojo al Mayoral, que empezaba a manifestar bastante inquietud, quizás se disponía el más viejo de los dos a hacer la breve cuanto dolorosa relación de sus trabajos y miserias, cuando don Cándido los atajó ordenando en alta voz que les entregaran la ropa nueva traída de La Habana para regalo de Pascua de la dotación del ingenio.

Constaba cada muda para los varones, de camisa de cañamazo o rusia, nada cumplida, pantalón de lo mismo, gorro y frazada de lana; para las hembras, de una como camisa talar llamada túnica, también de rusia, pañuelo de algodón de colores y frazada. Estas piezas constituían lo que en lenguaje marino de Cuba se entendía por la _esquifación_ de los negros que trabajan en el campo.

Buena dosis de soberbia había en el carácter de doña Rosa, no siendo de aquellas mujeres a quienes es fácil desviar de sus propósitos con subterfugios ni sutilezas dialécticas. La mera suposición de que don Cándido, con achaque de proteger el prestigio de la autoridad investida en el Mayoral, tendía a rebajar sus derechos de ama, delante de personas extrañas, bastó a poner espuelas a su deseo de afirmarlos, y de un modo señalado. En tal virtud, no bien se retiraron los contramayorales cargados con las esquifaciones para ellos y sus compañeros, siempre por medio del Mayoral hizo comparecer en su presencia al negro que denominaban Chilala. Acercose despacio y con bastante trabajo, clamando, como le estaba ordenado:--Aquí va Chilala, cimarrón.

Así que depositó la masa de hierro en el piso del pórtico, se arrodilló delante de doña Rosa, cruzó los brazos sobre el pecho, y con gran humildad en su peculiar lenguaje, dijo:

--_La bendició, mi suama sumecé._

--Dios te haga un santo, Isidoro, contestó doña Rosa amablemente. Levántate.

--_Asi ta mijó mi suama sumecé._

--¿Por qué te huyes, Isidoro? le preguntó el ama en tono compasivo.

Extrema era la flacura de este esclavo. Apenas tenía otra cosa que huesos y nervios. Luego, el color rojizo de sus cabellos, la palidez cenicienta del rostro, su mirar vagaroso e inquieto, comunicaban a su semblante una expresión de azoramiento como de animal montaraz.

--_¡Ah, mi suama sumecé!_ exclamó dando un suspiro. _Tlabaja, tlabaja; poco comía; no conuca; no cuchina; no mujé: cuera, cuera, cuera..._

--De modo, replicó doña Rosa con mucho reposo y cierta sonrisa de satisfacción, de modo que si te acortan el trabajo y te dan mejor comida y un conuco, y un cochino, y mujer con quien casarte y no te castigan tanto, ¿tú no te huyes más y te portas bien?

--Si, _siñó, mi suama sumecé. Chilala no juye ma: Chilala tlabaja; Chilala fino, fino_.

--Pues bien, Isidoro, ya que tú me prometes que no te huirás más y que te portarás como hombre formal, haré que no te castiguen tanto, que no te hagan trabajar mucho, que te den bastante comida, y un cochino, y un conuco, y mujer con quien casarte. ¿Estás contento?

--_Sí, siñora, mi suama sumecé; Chilala contente, mu contente._

--Más todavía quiero hacer por ti, segura de que no me has de engañar. Don Liborio, añadió en tono alto e imperioso: quítenle ahora mismo los grillos a este negro.

La larga esclavitud, la ignorancia crasa en que había vivido, el durísimo trato del ingenio, nada había podido borrar la sensibilidad, el sentimiento de la gratitud en el pecho del esclavo. Costole trabajo y esfuerzo de imaginación entender lo que su ama le decía; mas tan luego como entendió que iban a quitarle los grillos, faltándole las palabras apeló a las demostraciones para expresar su inmenso agradecimiento. Se echó de bruces a las plantas de doña Rosa, cual lo hiciera delante de un fetiche en su país natal, y con grandes aspavientos y exclamaciones incoherentes de una alegría loca, besó muchas veces el suelo que ella había hollado.

En todo son extremadas las mujeres de la índole de Isabel: o aman, o aborrecen; las medias tintas de sus pasiones se quedan para casos raros. En las pocas horas de su estada en el ingenio, había podido observar cosas que, aunque oídas antes, no las creyó nunca reales y verdaderas. Vio, con sus ojos, que allí reinaba un estado permanente de guerra, guerra sangrienta, cruel, implacable, del negro contra el blanco, del amo contra el esclavo. Vio que el látigo estaba siempre suspendido sobre la cabeza de éste como el solo argumento y el solo estímulo para hacerle trabajar y someterle a los horrores de la esclavitud. Vio que se aplicaban castigos injustos y atroces por toda cosa y a todas horas; que jamás la averiguación del tanto de la culpa precedía a la aplicación de la pena; y que a menudo se aplicaban dos y tres penas diferentes por una misma falta o delito; que el trato era inicuo, sin motivo que le aplacara ni freno que le moderase; que apelaba el esclavo a la fuga o al suicidio en horca como el único medio para librarse de un mal que no tenía cura ni intermitencia. He aquí la síntesis de la vida en el ingenio, según se ofreció a los ojos del alma de Isabel, en toda su desnudez.

Pero nada de esto era lo peor; lo peor, en opinión de Isabel, era la extraña apatía, la impasibilidad, la inhumana indiferencia con que amos o no, miraban los sufrimientos, las enfermedades y aún la muerte de los esclavos. Como si a nadie importara su vida bajo ningún concepto. Como si no fuera nunca el propósito de los amos corregir y reformar a los esclavos, sino meramente el deseo de satisfacer una venganza. Como si el negro fuese malvado por negro y no por esclavo. Como si tratado como bestia se extrañara que se portara a veces como fiera.

¿Cuál podía ser la causa original de un estado de cosas tan opuesto a todo sentimiento de justicia y moralidad? ¿Tendría el hábito o la educación, fuerza bastante para sofocar en el corazón, sobre todo de la mujer, el sentimiento de la piedad? ¿La costumbre de presenciar actos crueles sería capaz de encallecer la sensibilidad natural del hombre y de la mujer ilustrada y cristiana? ¿Tenía algo que ver en el asunto la antipatía instintiva de raza? ¿No estaba en el interés del amo la conservación o la prolongación de la vida del esclavo, capital viviente? Sí lo estaba, a no quedar género de duda; pero eso tenía de perversa la esclavitud, que poco a poco e insensiblemente infiltraba su veneno en el alma de los amos, trastornaba todas sus ideas de lo justo y de lo injusto, convertía al hombre en un ser todo iracundia y soberbia, destruyendo de rechazo la parte más bella de la segunda naturaleza de la mujer: la caridad.

Repasando Isabel todas estas cosas en la mente, mientras los demás contraían su atención a las escenas que se representaban en el pórtico y en el batey, la ocurrió preguntarse:--¿Por qué quiero yo a Leonardo? ¿Qué hay de común entre mis ideas y las suyas? ¿Llegaremos alguna vez a ponernos de acuerdo sobre el trato que ha de darse a los negros? Suponiendo que sobre este particular cupiera concordancia entre nosotros, ¿me resignaría a seguirle a este infierno? Y siguiéndole, ¿vería yo, cual doña Rosa, con impasibilidad, los horrores e injusticias que aquí se cometen día y noche impunemente?...

En este punto del soliloquio de Isabel, empezaba doña Rosa a mostrar el lado bello de su carácter, que aquélla ni muchas otras personas aún habían visto. Como va dicho, a su voz cayeron las prisiones del más infeliz, por humilde, de sus esclavos. Y una vez empeñada en esta línea de conducta, la prosiguió hasta el fin. Era que la impelia la especie de fiebre que produce el deseo de las buenas o las malas acciones, y procedía a ciegas en la obra del bien. Aún tenía de bruces a sus pies a Isidoro, cuando ordenó se quitaran los grillos a los seis compañeros del mismo, y no contenta con esta trascendental medida, hizo comparecer a su presencia a Tomasa y a los tres castigados por la madrugada; oyó con paciencia sus quejas, les dio algunos consejos, los consoló cuanto pudo en aquellas circunstancias y acabó por decir en tono airado:--Contra mi voluntad y expreso mandato los han azotado a Vds hoy. ¡Ea, don Liborio!, quítenle los grillos a estos negros.

Fuera el que fuese el motivo secreto que impelía a doña Rosa a reasumir _coram populi_[49] la autoridad domínica en su ingenio de _La Tinaja_, los actos piadosos con que la afirmó produjeron honda y sincera impresión en el ánimo de la concurrencia. Los hombres aprobaron y aplaudieron; las mujeres, conmovidas, derramaron lágrimas de alegría. A los ojos de Isabel, la señora de Gamboa se transfiguró, pasando de golpe, allá en su noble corazón, de las profundidades del desprecio a la más alta cima de la admiración. La vio entonces la más hermosa y buena de las mujeres. La hubiera estrechado en sus brazos con el mismo cariño que solía estrechar a su madre sana y risueña tras días y horas de ausencia; la hubiera adorado de rodillas con el mismo fervor que el primer esclavo, objeto de la piedad del ama, la había mostrado su agradecimiento.

--¡Qué dulce es, exclamó, perdonar las faltas de aquellos que dependen de nosotros! ¡Para esto únicamente es una dicha ser ama de esclavos! Y dio a llorar ya sin fuerzas para dominar su emoción.

--¡Qué! ¿Llora Vd., señorita? la preguntó el cura compadecido.

--No me es dado, contestó ella sollozando, contemplar las acciones generosas y caritativas con los ojos enjutos.

--Muchas más lágrimas derramaría Vd. tal vez por motivos opuestos, si continuase en el ingenio.

--No me parece que pudiera vivir aquí mucho tiempo.

--Señorita, observó el cura admirado de tanta sensibilidad y discreción: veo que no es Vd. de carne y de los huesos de los amos de esclavos.

--No, no lo soy. Si me viera en el caso forzoso de escoger entre ama y esclava, preferiría la esclavitud, por la sencilla razón de que creo más llevadera la vida de la víctima que la del victimario.

Adela, en su entusiasmo, rodeó el cuello de su madre con los brazos, imprimió una porción de amorosos besos en sus mejillas y la dijo:

--Pues que es hoy día de perdones, ¿llamo a...? No dio el nombre en voz alta.

--¿Quién? preguntó doña Rosa torciendo el ceño.

Con mayor timidez que antes repitió Adela al oído de su madre el nombre reprobado.

Cambió doña Rosa de repente de semblante y de actitud, pasando del fervor piadoso a la seriedad y... a la ira.

--No, no. Ella no merece perdón... Tampoco se ha dignado pedírmelo.

--Ahí cerca está para pedírtelo. Sólo aguarda mi aviso.

--No, no, hija. Que no se me presente. Me haría arrepentir de lo que he estado haciendo. No, que no se me presente.

Alejose Adela del lado de su madre afligida y llorosa.

Enseguida se procedió al bautizo de los 27 negros bozales de la expedición del bergantín _Veloz_ que le tocaron en suerte a don Cándido Gamboa; luego al casamiento de tres o cuatro esclavas, cuya voluntad no se exploró ni por mera forma; en fin, se dio permiso para que hubiera tambor (baile) en la finca hasta la puesta del sol.

Por disposición de doña Rosa, el boyero tomó interinamente el bastón, quiere decir, el látigo, mejor, el mando de los esclavos del ingenio de _La Tinaja_.