Cincuenta cuentos anecdóticos · Unidad 102 de 142
Unidad 102 · 254 RODRÍGUEZ MARÍN
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ha sío una engañifa ! Mío es er burro ; pero la curpa no es mía, como hay Dios, sino de una puñalera mu jé que tengo aposenta en mi casa y no la pueo echar de eya ni a tiros.
— ¿De una mujer? — preguntó don Juan — . í Ahora lo entiendo menos, hombre! ¿Qué lío ■es éste? ¿Qué mujer es ésa?
Y respondió el Chato :
— ¡ La Carpanta, señón Juan, la Carpanta !
DE BOLERO!
Cuando murió don Fernando Fernández, famoso abogado de cierta capital andaluza, hizo algo todavía peor que morirse, pues se llevó al otro barrio dos cosas que habían de hacer mucha falta a su viuda y a sus siete hijos: el canasto del pan y la llave de la despensa.
Porque en aquella casa se había vivido al día, triunfando siempre, y de todo cuanto produjo el bufete del buen ex alcalde, y ex presidente de la Diputación y ex diputado a Cortes, no quedó sino unas tristes memorias. Dada tierra al cadáver y pasados los lloros del novenario, pensóse en el arduo problema del pan y en lo que había de hacer de su persona cada quisque. Con la viuda y las cuatro hijas, ya talluditas y más que medianamente feas, se quedaría el mayor de los varones, abogado como su padre, pero sin su mundología, que era su saber principal; y los dos varones restantes, que se habían pasado en flores todo el tiempo, sin acabar carrera alguna, dejarían la vida birlonga, aplicándose incontinenti a buscar sendos agujeros por donde me-
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ter cabeza, condenados de por vida a acordarse con mucha pena de las ollas de Egipto.
El más pequeño de estos dos hijos, muchachote de veintitrés años, buscó y halló un humilde empleo en su ciudad natal y quedóse en la casa materna, si bien ''por cuanto vos contribuísteis", como dicen las bulas de carne; pero el mayor de entrambos, que ya pasaba de los cinco lustros, y era la travesura andando y la frescura hecha hombre, quiso nadar en charco más grande, y, juntando crmo pudo unos dinerillos, pues en su casa no los había, visitó a los amigos de su padre, les recogió hasta dos docenas de cartas de recomendación, dirigidas a otros tantos prohombres de la Corte, a quienes el difunto, en las lides electorales, había hecho la barba para que le hicieran el copete, y se plantó en Madrid, dispuesto a no parar hasta que lograse el empleíllo que necesitaba.
Cuatro días tardó en desocupar la valija, y todos aquellos encopetados señores para quienes venían las cartas, ministros, consejeros de Estado, senadores, directores generales, etc., recibieron a Luis Fernández muy afectuosamente, ponderando hasta lo sumo la grande amistad que con "el pobre don Fernando" habían tenido, y prometiendo a su hijo que, sin dejar de la mano el asunto, se ocuparían en buscarle empleo ; y todos, como si obedeciesen a una consigna, le dieron un mismo plazo — una semana — para volver a enterarse de lo que se adelantara en las gestiones.