Cincuenta cuentos anecdóticos · Unidad 111 de 142
Unidad 111 · CUENTOS ANECDÓTICOS 277
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
CUENTOS ANECDÓTICOS 277
— ¿Estaba honda?
— No mucho.
— ¿Es grande?
— ¡Así, así!
— ¿ Entrelarga ?
— Redonda.
— ¡Cosa más rara...! ¿Tiene muchas letras?
— Ni pocas ni muchas. Algunillas.
— ¿Tiene además otras cosas?
— Un bicharraco : el oso.
— ¡ Caracoles !
— Eso, eso mismo dije yo al verlo: "¡Caracoles con coles!'' Porque, a lo que cuentan, de ese oso le pusieron el nombre a Osuna.
Llegamos a la casa, llamó a la puerta el due- -ño, y oída su voz, la hija nos franqueó la entrada. Muñiz me dejó en una salita con ventana a la calle y volvió en seguida, trayendo en una mano algo a que servía de envoltorio un periódico.
— ¿Es eso? — pregunté con recelo, sospechando que Muñiz quisiera darme gato por liebre.
— Esto mismito — respondió con acento de sinceridad — . Va usted a contemplar el pan de mi familia y el amparo de mi vejez. ¡ Bendito sea Dios, que nos lo ha proporcionado sin merecerlo !
Quitó un periódico, y luego otro, y otro todavía, hasta cinco. Temblábanle las manos. Asomó, al fin, la alhaja, el tesoro, la maravilla, y
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al verla, rompí en una ruidosa carcajada, que dejó a Muñiz frío, boquiabierto y atónito.
— ¡Cristiano! — le dije cuando pude hablar — . Y ¿ésta es la joya?... ¿Con lo que den a usted por esto va a comprar cortijos y olivares...? Pero, hombre, ¿usted no ha visto placas iguales a ésta en los barriles de la sosa cáustica que gastan los jaboneros? ¿Usted no ve que esto no es un oso, sino un leopardo, o un diablo que se lo lleve? ¿Usted no ha reparado en que estas letras dicen Trade mark, y que lo mismo se lee en ovillos de hilo, en navajas, en máquinas de coser y en cuanto viene de Inglaterra o de los Estados Unidos...? ¡Buen recurso para la vejez: la marca de fábrica de un barril de sosa... !
Muñiz no me escuchaba, ni siquiera me oía, y con espantados ojos miraba, sin verla, aquella inútil placa de hierro fundido que le había hecho soñar con la opulencia.
Cáustico epigrama fué aquél, con que nos zahirió y aleccionó la realidad.
Muñiz, pasado algún tiempo, murió tan po~ bre como había vivido : nació para ochavo y ¡ naturalmente !* no llegó a cuarto.
Y yo, cuando, la suerte, por mejor burlarse de mí, me pinta buenos y mollares los comienzos de cualquier empresa, acuerdóme, sonriendo escépticamente, del Trade mark de antaño, y conjuro a la engañadora fortuna como nuestros abuelos, al cerrar antes que de ordinario las puertas de