Cincuenta cuentos anecdóticos · Unidad 67 de 142
Unidad 67 · CUENTOS ANECDÓTICOS I7I
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
CUENTOS ANECDÓTICOS I7I
lío ; pero gastaba mucho tiempo en descifrar talesgarabatos, y, lo que era peor, se le quedaban acá y allá tantas lagunillas de palabras, y aun de renglones enteros, ininteligibles, que con razón temia no hacer nada de provecho. ¡ Si yo quisiera, a ratos perdidos, entresacarle de todo aquel perverso fárrago lo que estimase preciso para pergeñar el discurso... ! Ya empezado el queso, quise; y aun previ, pues para verlo y preverlo no era menester antiparras, que habría que dar fondo con él y apurar hasta la corteza.
Leí a diestro y siniestro; copié o di a copiar lo acotado, y después de gastar en ello cosa de ocho días, entregué al electo don Antón los materiales para su discurso. ''¿Qué tecla tocaráahora?", me preguntaba yo. Y pronto me sacó de la curiosidad mi amigo. Él — ¿por qué no confesarlo en la intimidad? — no estaba ducho en esto de escribir discursos académicos. No los había escrito nunca. Se sentía torpecillo, Y cuenta que escribió más que el Tostado allá en sus mocedades; pero, de ejercitarlo poco, estaba algo borrado (y era lo cierto que no había estado escrito jamás). ¡ No daba, por más que lo pretendía, con el estilo conveniente al asunto! Además, como no era él quien directamente se había comunicado con los legajos del archivo, quedábanle no sé qué fallas y lunares al procurar' enterarse de todo aquello. Pero, aun así, él quería leerme las seis u ocho cuartillas que había emborronado, a condición de que yo las revisara.
172 rodríguez MARÍN
y corrigiera como si fuesen mías propias. Y me las leyó, y eran tales, que hacer pasadero uno de aquellos párrafos me pareció más difícil que escribirle de cabo propio todo el discurso. Di j ele: — Querido amigo mío, no le preocupe a usted esta futesa. Usted, sobre estar algo borrado, como dice, tiene muchas tareas y atenciones: yo le escribiré ese discursito. Después de todo, justo es que adonde va el mar vayan las arenas. No se hable más de ello.
Y gasté otra semana en pergeñarle el discurso. En junto, veinte o veinticinco días que, como dicen, trabajé para el Obispo, bien que mi amigo no tenía ni la primera tonsura.
Leyó don Antón su discurso en sesión pública y solemne; pero, por caso insólito, no lo había hecho imprimir, y claro es que, contra lo acostumbrado, no se repartieron ejemplares entre la concurrencia. Pasado algún tiempo, pregúntele :
— Querido amigo, ¿por qué no publica usted ;aquel discursito académico?
Y me respondió f resquísimamente :
— Ya, ¿para qué? Eso es agua pasada. Aderinás, no me salió enteramente a mi gusto. ¡ Como ítuve que pensarlo y escribirlo en pocos días... !