Cincuenta cuentos anecdóticos · Unidad 86 de 142
Unidad 86 · CUENTOS ANECDÓTICOS 2l5
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CUENTOS ANECDÓTICOS 2l5
comer con la vista y preguntándole a voz en grito :
— Di, mal hombre, ¿ qué lío es éste ? ¿ De quién es este perro, que me ha estao consumiendo biba, y aguantándolo yo por contemplasión a don Lucas? ¿No desías, so reteembustero, que er confiscao gargo era suyo ? ¿ Qué f aramaya es ésta ?
A lo cual respondió Antoñete, con unos desusados bríos que ya nunca volvieron a faltarle :
— ¡ No me embistas, fiera, no sea cosa que te estreye una siya en los cascos ! Er perro no es de don Lucas ni de naide. Me lo jayé en la caye, y pa traerlo a la casa fragüé un embuste.
Don Lucas presenciaba todo esto boquiabierto, como quien ve visiones. Y la Fogosa preguntó, dada a todos los diablos :
— Y ¿pa qué, pa qué has traío a la casa este mardito comeero de pan?
A lo cual respondió con sorna Antoñete :
— ¡ Pa que esf ogues, mardesía ; pa que esf ogues en él, y no en mí !
Y es fama que, después de este lance, el mismo varejón de menear la cal con que la Fogosa solía menear las costillas al galgo hizo el prodigio, en tres o cuatro buenas tomas, de templar a la Fogosa su demasiada fogosidad, con lo cual marido y mujer vivieron luengos años santamente, en paz y en gracia de Dios.
SÍC TRANSIT...
Mi buen amigo Manolo Calvo — y cuenta que si no era éste su apellido, cerca le anda — se había hecho estimar muy cordialmente de don Antonio Cánovas del Castillo, no tanto por ser deudo cercano de personas a quienes el gran estadista malagueño trataba con intimidad cuanto por una de sus dotes personales : era Manolo consumado poeta, y sabido es hasta qué punto gustaba don Antonio de tratar con los que pulsaban la lira del mal correspondido amador de Dafne, y aun de protegerlos generosamente. ¡Dichosos tiempos aquellos en que un buen soneto se pagaba con una buena credencial ! Hoy está eso perdido.
Dos circunstancias acrecentaron más y más aquel afecto. Manolo, por reveses de la voltaria fortuna, había quedado pobre, con pesar de los que le conocieron viviendo en la riqueza; y, por ley de cortesía, ya que quien no tiene miel en la orza conviene que la tenga en la boca, elogiaba con vehemencia los medianos versos que solía
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leerle don Antonio, suave mielecilla que sabia al hábil politico a panales de la Alcarria, con los cuales allá se irian los tan renombrados del Himeto.
— Hay que hacer alguna cosa por este muchacho — decia Cánovas — , pues el poeta no sólo vive de agua de Aganipe, que al fin y al cabo no alimenta más que el agua de verdolagas ; ¡ hay que proteger a este cariñoso hermano en las Musas, a este critico tan imparcial como competente!
Asi las cosas, y cuando mi amigo tenia su pensamiento a cien leguas de la politica, pues sólo se ocupaba en dar lucido remate a una de sus mejores leyendas, que las escribia hermosas de verdad, recibió un telegrama cuya lectura le dejó estupefacto. Decia :
"Avístate mañana gobernador civil de... (aquí el nombre de cierta capital andaluza), avisándole hoy tu ida. — Cánovas."
— ¿Qué será esto? — preguntábase Manolo, echando a nadar su imaginación en un mar de confusiones,
Y, al cabo, encogiendo los hombros, telegrafió al gobernador aludido, y al siguiente día partió hacia aquella capital; e iba tan caviloso y hacía tantos calendarios, que le cruzaban por el magín los pensamientos con la misma rapidez con que los palos del telégrafo pasaban ante sus ojos.
Llegado al término de su viaje, admiróse por extremo de ver el andén de la estación lleno de muy lucida muchedumbre-; pero su asombro su-