Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 11 de 43
CAPITULO X.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Cuando Clemencia, aliviada de sus males y calmado su dolor, pudo ocuparse de lo que la rodeaba, poca variacion halló en la superficie de las cosas en casa de su tia. El Marques de Valdemar habia permanecido en Sevilla, lo que llenaba de satisfaccion á la Marquesa, que decia á D. Silvestre:
-- Una gallina ciega halla á veces un grano de trigo; así usted acertó en darme el mejor de los consejos. Nada he escrito á mi hermana, y Valdemar no debe de estar desesperanzado, cuando permanece en Sevilla, frecuenta tanto mi casa, y le noto animado y contento. ¡Si era imposible que esa niña, que no tiene un pelo de tonta, jugase su suerte por aquello de _la tuya sobre la mia_!
--¿Lo ve Vd., señora? contestaba D. Silvestre; es preciso siempre dar tiempo al tiempo, y no partir de ligero, como esos diabólicos caminos de hierro.
Constancia seguia metida en sí como ántes, Bruno de Vargas taciturno, y Alegría mas animada, mas ocupada en lucir y seducir que nunca.
Doña Eufrasia seguia curioseando, entrometiéndose en todo, plantando frescas y tomando su chocolate, y D. Galo, amable y cortés como siempre, _acompañaba á Clemencia en su sentimiento_, y sacaba los números de la lotería.
En cuanto á Pepino, no paraba de refregar descomunalmente los cuchillos, cuidando al desalado Mercurio, y cantando con una voz entre gangosa y nasal:
Para no llegar á viejo, ¿Qué remedio me darás? -- Métete á servir á un amo, Y siempre mozo serás.
A todos, ménos á D. Galo, habia hallado Clemencia frios con ella, pero quien ostentaba, digamos así, un frio glacial, era el Marques de Valdemar, lo que fué tanto mas estraño y triste para Clemencia, cuanto que le quedaba un grato recuerdo del interes marcado y de la delicada benevolencia que le habia mostrado al conocerla.
La pobre niña, viuda ya, empezó entónces á afligirse sobre su suerte, que la traia á una casa, á cuyo amparo habia perdido derecho, desde que amparada por un marido, habia salido de ella. Aunque su tia la habia recibido bien, ni un ofrecimiento, ni ménos una súplica le habia dirigido, que tuviese por objeto el que permaneciera en ella.
Uníase á esto la impresion que le habia dejado un coloquio que habia oido cuando estaba postrada en cama, el que tenia lugar en el cuarto inmediato entre Alegría y su madre, que en vano suplicaba á su hija que bajase la voz.
-- Señora, decia Alegría, ¿va Vd. á cargar con ese censo irredimible? ¿No tiene suegros ricos? A ellos les toca hacerse cargo de la viuda de su hijo.
-- Pero no me toca á mí indicarlo, ¿entiendes? -- y habla mas quedo.
-- Pues yo soy de parecer que os toca, repuso Alegría en su mismo tono, si es que se hacen los remolones.
-- A lo ménos, en este momento no. ¿Querrás darme lecciones de lo que tengo que hacer? Es tu prima hermana, sobrina carnal de tu padre, y no está en el órden que yo haga gestion alguna para que salga de casa. Para mí es la pejiguera: á tí, ¿qué te estorba?
-- Señora, todo ingerto hace daño á las ramas. Si viviese Vd. en Villa-María, y sus suegros en Sevilla, ya haria ella porque la llamasen; pero siendo lo contrario ya la puede Vd. contar entre sus bienes vinculados.
La pobre Clemencia llegó, pues, á sentirse tan sola y abandonada, que pensó suspirando que mejor le hubiera sido morir y reunirse así á su marido en otro mundo, en donde, bajo los ojos de Dios y libres de pasiones terrestres, habrian sido felices.
Una mañana que la pobre solitaria se entregaba tristemente á sus amargas y desconsoladoras reflexiones, sintiendo hondamente no poder volver á su convento, cerrado aquel refugio á las almas desvalidas, á las vocaciones religiosas, á los corazones quebrados, con los que la _libertad_ no repara en ser la mas arbitraria déspota, le entregaron una carta: abrióla con sorpresa. Era este su contenido:
«Hija muy querida:
»No soy pendolista ni palabrero; pero no hay que serlo para decirte con pocas y verdaderas palabras que tanto mi señora como yo, que conocemos tus circunstancias, lo bien que lo has hecho con el trueno de mi hijo (Dios le haya perdonado), y que hemos quedado solos como troncos sin ramas, deseamos tenerte á nuestro lado, como compete á la viuda del solo hijo que Dios nos habia dejado.
»Vente, pues, con tus padres, á esta tu casa. Tú serás nuestro consuelo, y cuanto hacer podamos se hará para procurártelo á tí.
»Adios, hija: no soy mas largo, por lo que arriba dejo dicho, que no soy pendolista; pero sí tu padre que te estima y ver desea
_Martin Ladron de Guevara_.»
Miéntras Clemencia, llena de consuelo y satisfaccion, leia esta carta, tenia lugar entre la Marquesa y su amiga Doña Eufrasia una conversacion confidencial que debia arrastrar grandes consecuencias.
Despues de entrar esta intrépida consejera intrusa, y saludar á la Marquesa con su infalible _Dios te guarde_, le preguntó:
--¿De quién es una carta que ha recibido la viudita?
--¿Clemencia, una carta? No sé ni acierto de quién pueda ser.
--¡Ya! si tú no sabes en punto á lo que pasa en tu casa, de la misa la media.
Doña Eufrasia acababa de herir el amor propio de la Marquesa en su parte mas sensible; es sabido que siempre lo ponemos en aquello mismo de que carecemos, Richelieu lo ponia en tener dotes de poeta; la Marquesa en tener ojos de lince.
--¡Vaya! esclamó, ¡vaya si sé! Nada se me escapa á mí; conozco hasta las respiraciones de todos los de mi casa, y lo que no puedo averiguar, lo sé por Pepino.
-- Pues ni tú ni tu _atélite_ Pepino, á quien se lo pregunté, sabian nada de la carta.
--¿Y de quién podrá ser? preguntó pensativa la Marquesa.
--¡Toma! de algun pretendiente. ¿Qué duda tiene? Las viudas tenemos un garabatillo particular y pretendientes por docenas. ¡Vaya si los he tenido yo! No ha muchos años que andaba uno tras de mí que bebia los vientos; yo estaba á tres bombas con él, hasta que un dia pensé: basta de monicaquerías. Sabes que tengo malas pulgas, y que no me he de morir de cólico cerrado; así fué que me planté como vaca flaca, y le dije: ¿qué se ofrece? ¿qué anda Vd. tras de mí como la soga tras del caldero? Me dijo entónces con mas palabras que un abogado, que me queria, y qué sé yo qué mas chicoleos. Le dejé acabar su retahila, y le dije:--¿Y qué mas? -- Me respondió que lo que deseaba era que le diese una cita. -- Bien está, le contesté.--¿En dónde? me preguntó. -- En San Márcos[2], le grité, so descabellado, y le volví la espalda.
-- Pero... ¿quién podrá ser ese pretendiente? dijo la Marquesa, que preocupada, no habia prestado atencion alguna á la aventura amorosa de su amiga.
-- Anterior debe de ser á su viudez el enamorado, puesto que desde que murió el marido,--(buen calavera era, segun he oido decir) -- no ha salido ella apénas de su cuarto.
-- Es muy cierto. ¿Si será de...
--¿Del lengüilargo desfachado de Paco Guzman? No; ese anda tras de la buena alhaja de Alegría.
--¡Qué disparate, mujer!
-- No tengas cuidado; que ella no le quiere sino para pasar el rato: pica mas alto.
--¿Si será la carta de Valdemar?
--¡Ahí va la cosa! Temes que sea del Marques, porque lo quieres tú para Constancia; ¡acabáramos! aunque me lo has tenido callado, lo que es una _potable_ falta de confianza, no creas que yo me chupe el dedo, y que no vea lo que pasa. Pero si Constancia no le quiere, ¿á qué estás ahí nadando contra la corriente?
-- Es, repuso la Marquesa, que ya no pudo ni quiso negar, es, que el no querer Constancia es un necio capricho de niña voluntariosa, que se le irá pasando, que se le va pasando ya.
--¡Pasando! esclamó Doña Eufrasia. Vamos, mujer, que estás en babia. ¡No digo que no sabes lo que sucede en tu casa!
--¿Qué quieres decir con eso, Eufrasia? No seas como el reló de Pamplona, que apunta, pero no da. A mí no me gustan las palabras preñadas, ni las retrecherías, ¿estás? O se dice todo lo que á entender se da, ó no se da á entender nada.
-- Pues no diré nada.
-- Eso de tirar la piedra y esconder la mano, es muy fácil, hija mia, y solo lo has hecho para darme á entender que sabes mas de mi casa que yo misma, lo que es una pretension ridícula.
--¿Sí? ¿Crees eso? repuso picada Doña Eufrasia, pues mira, lo diré, porque hago _refaccion_ de que no tengo por qué callarlo, aunque luego te pese saberlo: tú lo quisiste, tú te lo ten. Constancia ni quiere al Marques, ni á San Crispin que le propusieras, porque quiere á Bruno de Vargas. Ea, ya lo sabes.
Es imposible describir el asombro de la Marquesa, al oir estas palabras.
--¡No puede ser! esclamó.
-- No sé por qué, repuso la reveladora.
-- No lo creo.
-- Pues no lo creas; el creer pende de la voluntad...
--¡Si nada he notado!...
-- Eso es lo que yo te decia.
--¿En qué ha pensado esa niña?
-- En lo que piensan los que se enamoran.
--¡Seria una insensatez!...
-- Razon mas para que lo hiciese.
-- No lo creo... y ¡no lo creo!...
-- Pues ¿qué me dirás si te digo que yo, yo, yo misma los he visto hablando por la reja?
La Marquesa se puso ambas manos en la cabeza. En seguida se levantó, aprestó precipitadamente unos avíos de escribir algo desparejados, y empezó una carta á su hermana, miéntras decia entre cortadas frases:
-- Eufrasia, hija mia, por Dios, calla esto -- que no se trasluzca que yo lo sé -- hasta que diga mi hermana lo que se ha de hacer--¡qué pluma!--¡qué niña! -- Hermana, no es culpa mia.--¿A qué hora sale el correo?--¡Ay qué niña! ¡qué niña! -- Yo me voy á volver loca.--¿A cuántos estamos?--¿Quién se vió nunca en semejantes apuros?
--¡Escribe, escribe, murmuraba entretanto Doña Eufrasia; sobre que en no consultando con tu hermana, no sabes qué hacer!... ¡por via de los moros de Berbería! ¡Cuidado con las mujeres que no saben atarse las enaguas!
A los pocos dias recibió la Marquesa la contestacion á su carta. Su hermana escribia furiosa, y despues de hacer las mas acerbas reconvenciones á la Marquesa, le prescribia el poner á su hija entre la alternativa de casarse con Valdemar, disfrutando de todas las ventajas ya mencionadas, ó de ser enviada á una hacienda aislada, en que sola y sin nocivas influencias podria hacer saludables reflexiones y refrescar sus cascos, miéntras ella cuidaria de que Bruno de Vargas, que desde tanto tiempo se solazaba en Sevilla, fuese á ocupar una vacante en Melilla, poniendo así el mar por medio de tales cabezas á la jineta.
La Marquesa lo hizo segun se lo prescribió su hermana. Empezó por hacer las mas agrias reconvenciones á su hija, pasó despues á los consejos, á los ruegos; pero halló á Constancia tan firme é inmutable, que tuvo que acudir á las amenazas, las que no habiendo producido mejor resultado, la Marquesa, fuera de sí, dispuso desde luego el viaje.
Para evitar el escándalo, y dar á este viaje un colorido natural y pacífico, la Marquesa á quien Clemencia habia participado la carta de su suegro y su intencion de trasladarse á Villa-María, rogó á esta que acompañase á Constancia en su viaje, pudiendo de esta suerte decir, para disimular la realidad, que iba Clemencia á convalecer con los aires del campo, y que Constancia la acompañaba.
La dócil niña, siempre complaciente, accedió á los ruegos de su tia, y contestó á su suegro en este sentido, añadiendo que ansiaba por el dia feliz en que dejase de ser huérfana, hallando padres en los de su marido.
Constancia sufrió impávida y callada las persecuciones de que fué objeto; no derramó una lágrima al separarse de Bruno, al que mandó por Alegría, que se mostró en esta ocasion muy propicia á servir á su hermana, una sortija de oro, alrededor de la cual hizo grabar: _Constancia_.