Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 15 de 43
CAPITULO II. — parte 1
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Clemencia á poco fué querida de todos, como no podia dejar de suceder, apegándose ella á los que la rodeaban y le hacian la vida tan dulce, con todo el calor de su amante corazon.
--¡Caramba! solia decir D. Martin, bien sabia el tronera de mi hijo lo que se hacia, casándose con esta _malva-rosita_. (D. Martin, que á todo el mundo ponia sobrenombre, le habia puesto este á su nuera, uniendo así los emblemas de la hermosura y de la suavidad.) Es un sol para la vista, un canario para el oido, y una alhaja para la casa. Estoy ya tan hecho á ella, añadia con su acostumbrado egoismo, que no sentiria mas sino que pensase en volverse á casar, lo que no puede dejar de suceder, puesto que la viuda lozana, ó casada ó sepultada ó emparedada.
--¡Qué se habia de casar! decia el Abad, que no ignoraba cuanto habia sufrido Clemencia en su matrimonio, y que desde su alta y serena esfera creia difícil el que Clemencia, que habia llegado á ella, la abandonase tan pronto.
--¡Qué se habia de casar! opinaba Doña Brígida, que consideraba el recuerdo de su hijo suficiente para llenar una existencia.
--¡Qué se habia de casar! pensaba Pablo, profundamente convencido de que no habia un mortal digno de poseer aquel tesoro.
Habia hallado Clemencia preparadas para ella dos habitaciones interiores, de las cuales la segunda daba á un corralito encerrado entre cuatro paredes como un pobre preso. Unas bastas sillas de paja, un catrecito antiguo de pésimo gusto con esquisita ropa de cama, un tocador cubierto con almidonado linó de hilo, una cómoda-papelera veterana, por no decir inválida, unos cuadros de Santos, de diferentes tamaños y entrapados con el polvo de dos siglos, y una estera nueva, todo en estremo limpio, formaban el mueblaje de aquellas tranquilas habitaciones. Pero al año de ocuparlas Clemencia, nadie las habria reconocido. Las sillas de paja habian sido reemplazadas por otras de rejilla, pintadas y charoladas de negro y oro, imitando el maqué chinesco. Los cuadros habian sido restaurados en Sevilla, y brillaban con toda su frescura primitiva en lindos marcos dorados. Sobre un elegante tocador de madera amarilla de Haytí, sobre rinconeras y sobre un velador de la misma madera, habia lindos floreros de cristal y de china, llenos de flores naturales. Una bonita librería baja á la inglesa, cubierta de cortinitas flotantes de tafetan carmesí, contenia una coleccion de libros, los mas selectos de nuestros antiguos y modernos escritores. Un silloncito bajo de tijera con brazos y espaldar, cuyo asiento así como la faja que sujetaba por arriba los palos del espaldar, habian sido bordados de tapicería por su dueña, estaba colocado cerca de la ventana, y á su lado se veia una preciosa canastita de labor. Sobre la cómoda-papelera, que despues de restaurada era un magnífico mueble incrustado de bronce, concha y nácar, en el estilo tan celebrado del famoso artista Boule, habia un hermoso crucifijo de marfil, atribuido á nuestro gran escultor Montañés.
Habíase abierto una puerta al corral, que se veia transformado en un jardincito, cuyas paredes desaparecian tras de floridas enredaderas. El suelo estaba tapizado de violetas. En medio se habia trasplantado un granado de flor, que entre sus finas y lustrosas hojas lucia sus magníficas y lozanas flores, gastando toda su savia en hermosura sin fruto, en las barbas del siglo XIX, sin cuidarse de incurrir en su censura y desden. Colgaban entre las flores de las enredaderas jaulas pintadas de verde con variados pájaros que se esmeraban en obsequiarlas con un alegre concierto, en el que formaban coro las golondrinas, no tan maestras ni artistas como ellos, pero que lucian una gran flexibilidad de garganta.
Alguna suave noche de mayo habia venido el Orfeo de la filarmonía alada, el ruiseñor, á hacer vibrar en aquel aire embalsamado sus trinos, y sus encantadoras notas sostenidas. Entónces todo callaba en el éstasis de la admiracion, y Clemencia, apoyada en la reja á la par de los jazmines, dirigia, entre una sonrisa y una lágrima al estrellado cielo una mirada llena de sentimientos de admiracion, de amor y de gratitud hácia aquel Dios que á la naturaleza dotó de tantos encantos, y al hombre de un alma á su semejanza, á la que reveló su conocimiento, no exigiendo en cambio de tantos beneficios, sino el que haga este un buen uso de sus dones.
--¡Oh! esclamaba entónces, recordando unas cuartetas que recitaban en su convento.
¡Oh! si el sol, luna y estrellas, Como son astros lucidos, Fuesen lenguas que alabasen Tu nombre santo y divino!
Léjos estaba entónces de ella traer con triste premeditacion á su memoria sus dolores pasados, como un acíbar para amargar lo presente; cruel propension que tienen muchos, haciendo de esta suerte en todas ocasiones, de lo pasado nuestro verdugo, pues si nos ofrece recuerdos de felicidades, es para echarlas de ménos, y si de penas, es para volverlas á sentir. Zanjada su cuenta con lo pasado, de que saliera ilesa la pureza de su alma, la sanidad de sus sentimientos y lo inmaculado de su conciencia, sucedíale como á la azucena que aja y dobla el huracan, sin empañar su blancura ni robarle su perfume; que, repuesta la calma, se rehace, alza su cáliz y vuelve á su lozanía, sin mas agitarse en la serena atmósfera que Dios le envía.
Y no es la primera vez que hacemos notar el envidiable rasgo que caracterizaba á esta suave criatura; era este su natural inclinacion al bien hallarse, su propension á la alegría, nacidas ambas de su encantadora falta de pretensiones á la vida, magnífica prerogativa que alimenta la educacion modesta, retirada y religiosa, y que destruye de un todo la moderna educacion filosófica, bulliciosa y emancipada.
Así fué, que apénas pasó algun tiempo, apénas se halló querida, mimada y mirada como un miembro de la familia, instalada agradablemente y domiciliada en su nueva morada, nada le quedó que desear, y se sintió tan dichosa, que un dia, como era tan espansiva, se echó con un movimiento caluroso y espontáneo al cuello de su suegra, y le dijo:
--¡Madre, qué feliz soy aquí! ¡Estoy tan contenta!
La señora, que habitualmente hacia calceta, y tenia la cabeza inclinada sobre su labor, la levantó, miró con sorpresa á su nuera, y le respondió:
--¡Dichosa tú, hija mia! me alegro. -- Mas en la especie de sonrisa amarga que por un instante se indicó en sus labios, se leia claramente la confirmacion de las palabras con que acogió á su llegada la esplosion de dolor de su nuera. «¡Cuán cierto es que una mujer no siente tanto la muerte de su marido, como una madre la muerte de su hijo!»
Así juzga cada cual en este mundo, por su propio sentir el ajeno; los inmutables, por la duracion; los apasionados, por la vehemencia de los sentimientos; y en ambas cosas, en la vehemencia y en la duracion, suele tener mas parte el temperamento que el alma. Nadie es ni puede ser juez de la fuerza del sentir ajeno. Hemos visto personas sanas y bien constituidas enfermar y aun morir de una leve pena; y hemos visto personas de constitucion débil sufrir los mas acerbos golpes del destino, sin que palideciese siquiera su mejilla. ¿Cómo fijar reglas generales, cuando no hay dos personas ni aun dos gemelos, que ni en el órden físico ni en el moral, sean en un todo semejantes? Si alguien hubiese inferido por la impasible reserva con la que Doña Brígida recibió á su nuera, que no amaba á su hijo, y otro hubiese pensado al ver á la jóven viuda renacer á la vida y á la alegría, que no habia sentido á su marido, ambos juicios habrian sido falsos y superficiales.
-- D. Martin, que no hacia sino mirar á la cara á su nuera solia preguntarle:
--¿Qué deseas, malva-rosita?
-- Nada, -- respondia con una sonrisa de alma y de corazon Clemencia; -- nada, sino el que no varíe mi suerte.
Buen y sabio deseo, poco comun en los jóvenes, aun en los mas felices; y mas raro aun, si llegan á formarlo, el que lo vean cumplirse. Solo los viejos pueden esperar el haber pagado por entero su tributo de lágrimas á la vida; esta es la gran prerogativa de la vejez.
La transformacion de las habitaciones de Clemencia era debida á su tio el Abad, cuya fina delicadeza y cuyo simpático cariño hácia ella, habian querido embellecer y hacer dulce su nido á la sobrina á quien amaba, cual los pájaros tapizan con suaves plumas los de sus polluelos. Cada cosa habia sido una nueva é inesperada sorpresa para Clemencia, y le habia causado la mas viva é infantil alegría.
Lo que es su suegro, le regalaba constantemente muy hermosas y prosaicas onzas de oro, que Clemencia rehusó al principio con modesta pero firme decision. Su suegro entónces, por primera y única vez en su vida, se incomodó con ella, haciéndole presente que lo que ella miraba como un don, era una deuda. Clemencia, pues, las iba apiñando sin contarlas en un cajon de su papelera.
En cuanto á su suegra, en nada de esas cosas se metia, y solo una vez al año, el dia de su santo, regalaba á su nuera; pero este regalo era siempre una alhaja de gran valor.
Pablo todos los dias le regalaba flores, no porque él las apreciase, ni como elegante adorno, ni como poética espresion; sino porque sabia que le gustaban á ella.
Aunque á todos los individuos de la familia queria Clemencia con ternura, con quien se unió mas estrechamente fué con su tio el Abad. Eran dos almas parecidas, dos corazones semejantes, y pronto conoció su tio, cuán fácil le seria que llegasen á serlo sus inteligencias. Así fué que se dedicó á cultivar aquel entendimiento tan apto para el saber, tan ansioso de enriquecerse y elevarse. Y nadie era mas á propósito para encargarse de esta bella tarea; porque el Abad era el tipo del hombre superior, que gira en aquella alta esfera, á la que solo pueden llegar los que unen á los mas bellos dotes naturales, la virtud, el saber, el conocimiento del gran mundo, el uso de la alta sociedad, y la cultura.
No siguió el ilustrado maestro en su enseñanza un método, ni se sometió á reglas de estudio que suelen hacerla esclusiva y árida; solo en el aprendizaje de las lenguas prescribió sujecion y órden. En lo demas, dejaba á la ventura enlazarse las cosas las unas á las otras, para esplicarlas ó analizarlas, porque era su afan infundir á su discípula el espíritu y no la letra. -- Tú no vas á poner cátedra, solia decirle: lo que te conviene es una idea exacta de cada cosa, sin que tus conocimientos sobre ellas lleguen á profundos en ninguna. Debes solo formarte un ramillete con las flores del árbol del saber, puesto que, como mujer, tienes que considerar tus conocimientos, no como un objeto, una necesidad ó una base de carrera, sino como un pulimento, un perfeccionamiento, es decir, cosa que serte debe mas agradable que útil.
Nunca por muchos que adquieras, los mires como una superioridad; puesto que el saber está al alcance de todos, y no es una _prerogativa_ sino una _ventaja_, y aun dejará de serlo si le acompañan la intolerancia y la presuncion, que son seguros medios, no solo de hacerse odioso, sino de caer en ridículo; puesto que como se ha dicho muy bien de los valientes, se puede decir de los que presumen de saber, que siempre hallarán otro que sepa mas que ellos.
Es cierto que el saber da al que lo posee cierta superioridad sobre el ignorante; mas aun dado caso que el ignorante no tuviese sobre el que sabe, otra clase de superioridad que la compense ó aventaje, no hay nada en el mundo, hija mia, que se deba disimular mas, que una superioridad, pues es lo que ménos se perdonan los hombres; y sobre todo no perdonan las superioridades adquiridas, y hostilizan á las erguidas. Persuádete bien de esta verdad: la superioridad es una carga, como lo es para el gigante su estatura; gozar de ella, y disimularla con benevolencia y no con desden, es la gran sabiduría de la mujer.
La superioridad que se ostenta, lastima profundamente el amor propio ajeno, que tolera la superioridad que se tiene, pero rechaza la que se le quiere imponer: así es que la que adquieras debe asemejarse en tí á una túnica forrada de armiña; su finura, su suavidad debe ser interior y para tí misma.
Lo que aprendas, líbrete Dios de _lucirlo_; pues harias de un bálsamo un veneno: oculta las flores; que cuando su vista no brille, será mas suave y mas atractivo el perfume que aun involuntariamente exhalen.
Confiesa una falta, (supongo, hija mia, que las tuyas serán siempre de aquellas que se pueden confesar sin vergüenza) confiesa una falta, digo, y oculta un mérito, pues hay en los hombres mas indulgencia que justicia.
No desprecies á nadie, pues el desprecio, ese acerbo primogénito del orgullo, no debe nunca profanar la nobleza de tu alma, la modestia de tu sexo, la delicadeza de tu corazon, ni la equidad de tu conciencia; pues es el desprecio crímen de lesa humanidad.
Pero sobre todo, ten presente que el saber es algo; el genio es aun mas; pero que hacer el bien es mucho mas que ambos, y la única superioridad que no crea envidiosos.
Ama la lectura, sin que llegue tu aficion á pasion; mira á los libros como _amigos_ apacibles y agradables, llenos de buena enseñanza, sin caprichos ni falsías, que nada exigen y conceden mucho, que se suelen olvidar en la prosperidad, y se vuelven á hallar en la desgracia, prontos á consolar, distraer y dirigirnos; pero que no deben absorberte ni apasionarte como amantes.
Aun cuando tu memoria no retenga una buena lectura, no creas que hayas perdido su fruto, pues te quedará la ventaja real de la impresion que te ha causado, y del giro que ha dado á tus ideas; que la cultura no la da el mas ó ménos retener, sino el mas ó ménos apropiarse la buena enseñanza.
Prefiere para tu lectura la de la historia y la de los viajes, que descorrerán á tus ojos el velo del tiempo y la cortina del mundo.
No te ocupes en sistemas sociales, sueños de utopistas remontados hasta alcanzar al ridículo, y ten presente que es preciso ser ciego y dejar de ser religioso, para creer posible la felicidad, en un mundo que por culpa del hombre, y por la voluntad del que lo crió, dejó de ser paraíso. Un filósofo aleman ha dicho, que si los hombres fuesen mas felices de lo que son, caerian en la languidez, y si mas desgraciados caerian en la desesperacion. Admira y adora la mano que en esto como en todo, dispuso la gran ley del equilibrio, hasta en la suerte de entes castigados y no condenados; equilibrio que ni en el órden moral ni en el físico, alcanzarán á destruir los débiles esfuerzos humanos: verdad que atestigua lo pasado, que lo presente afirma, y que el porvenir demonstrará cual ellos.
Huya sobre todo tu alma elevada, espíritu puro creado á la imágen de Dios, del cínico sensualismo, que arrogante y desdeñoso se enseñorea hoy dia en el mundo con su ansia de innovaciones, y con su pendon que tan alto levanta, en el que se lee: _¡intereses materiales sobre todo!_ -- Alza tu vista de este círculo rastrero; considera que el bien y el mal son dos grandes y universales principios: lo que ambos inspiren tendrá siempre las mismas tendencias, la de _arriba_ y la de _abajo_. -- Dios que nos llama y dice: _¡sube!_ -- El enemigo de nuestra alma que nos arrastra y dice: _¡baja!_ -- Ocupen los intereses materiales el segundo puesto, y no le usurpen el primero á los morales.
No te afanes en buscar amigos; pero esmérate en evitar enemigos: para lograrlo, procura que tus procederes sean constantemente justificables, y para esto ten presente que hay siempre dos maneras de considerarlos; la una es con respecto á uno mismo, y la otra respecto á cómo pueda interpretarlos la malevolencia ajena, que vale mas evitar que no retar.
No basta confiar en que el fin y motivo de nuestras acciones sean buenos, para prescindir de la opinion pública. No, hija mia, no basta ser bueno; es preciso tambien parecerlo, por acatamiento á la sociedad, por consideracion á sí propio y por respeto á la verdad.
Esta deferencia á la opinion para eludir su censura, aunque sea injusta, no se debe confundir con la baja y humilde vanidad que mendiga elogios; y, no obstante, hija mia, por mezquina y rastrera que esta sea, es preferible en las mujeres al insolente orgullo que desprecia con cinismo la sancion pública en su fanfarron espíritu de independencia, y en su soberbia glorificacion del individualismo. Madame de Staël, que tan alto puesto ocupó en la jerarquía social y en la de la inteligencia, ha dicho: «El hombre debe arrostrar la opinion, y la mujer someterse á ella,» y aun lo primero se entiende en ocasiones dadas, y en circunstancias escepcionales, en que su conciencia se lo prescriba al hombre.
No te prescribiré la delicadeza, hija de mi corazon, porque la delicadeza es instintiva en las naturalezas privilegiadas como la tuya.
¡Cuántas veces la he admirado en su apogeo en gentes del campo, que ni aun sabian su nombre! La sociedad la cultiva, porque cultivar es la mision de la sociedad; para esto crea reglas que le aplica. Una de ellas es, que para ser la delicadeza esquisita en el trato, es necesario siempre y en todas relaciones, ponernos en el lugar de la persona con la que nos ponen las circunstancias en contacto. Esta regla se parece á la que se da para leer bien en alta voz, y es la de leer con los ojos la frase que sigue á la que pronuncian los labios; así miéntras hablamos, debemos leer en el semblante de los que nos escuchan el efecto de nuestras palabras, para modificar las sucesivas, con el fin de nunca herir ni chocar con ellos.
Para aprender la vida y conocer el mundo, sé observadora, Clemencia; no observadora misántropa, cáustica ni satírica, sino observadora justa, despreocupada y benévola. La grata y útil tarea de la observacion embota ese sentimiento de personalidad tan comun en nuestros dias, que es el mayor enemigo de la sociedad amena. La observacion te interesará, te entretendrá y te dará el gran y útil conocimiento del corazon humano. Entónces conocerás cuán erradas son esas máximas absolutas, que todo lo miden por un rasero; y lo falso de esos aforismos vulgares, tales como:
«Todos los hombres son iguales.
Quien vió una mujer, las vió todas.
El corazon del hombre siempre es el mismo.
Las pasiones y modo de sentir de los lapones, son los mismos que los de los andaluces.»
Y ménos fiarás en la archivulgar sentencia, _piensa mal y acertarás_; no pienses mal, sino juzga bien, y acertarás. Pero sé tarda en formar tu juicio, porque con verdad se ha dicho que el hombre juzga por razones, y la mujer por impresiones; es decir, el primero con la cabeza, y la segunda con el corazon; y ya sabes cuán fácil es este de dejarse engañar, sobre todo si es noble y sincero; sin embargo, debes siempre preferir _la tristeza de un desengaño, al sonrojo de un mal juicio_.
No tengo presente en dónde he leido poco há que el hombre de entendimiento es el que halla tipos distintos, y que el hombre vulgar es el que halla á todos los hombres iguales.
-- Yo creí, repuso Clemencia, cuando le dijo esto su tio, que los tipos eran raros.
-- No, hija mia, contestó el Abad, pues el tipo es aquella persona que resume en sí mas marcadamente los rasgos peculiares de la clase á que pertenece, sin tener originalidad. Si la tuviese marcada, seria un original y no un tipo en su género. Y si no, observa á mi hermano: él es el verdadero tipo del caballero campesino andaluz, con sus dotes de tal, esto es, un entendimiento claro, perspicaz é inculto, su hermoso y noble corazon, y su carácter franco, pero indomellado, su pequeño despotismo de cabeza de casa grande, y su generosidad de mayorazgo, sus grandes y altos sentimientos cristianos, y sus mezquinos gustos lugareños.