Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 17 de 43
CAPITULO III. — parte 1
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Nunca pudieran hallarse caracteres y genios mas distintos y desapareados, que los que la suerte habia reunido bajo el techo de D. Martin de Guevara, y nunca tampoco se hallaron otros mejor avenidos. Las cosas tienen diversas faces, la vida variadas sendas, los hombres distintas y diferentes inclinaciones, sin que por esto se desavengan entre si, cuando no obran en ellos el espíritu hostil y las malas pasiones del dia, que nacen del mal estar de una época calenturienta como la nuestra, que desprecia lo pasado, odia lo presente y se asombra del porvenir.
En lo que unánimemente concordaban, era en amar á Clemencia, como todos los pechos aspiran y aman el suave y balsámico ambiente de la primavera.
Tanto ella como Pablo habian desarrollado admirablemente su inteligencia con la sábia enseñanza y elevada influencia del Abad, de ese hombre superior, mina de oro que esplotaban ambos, cada dia con mas placer y mas provecho.
El Abad por su lado se gozaba en su obra, á medida que iba viendo á sus sobrinos crecer en saber, cultura y virtudes.
Pero en quien debió el suave iman que impregnaba á Clemencia, ejercer mas su influencia, era en Pablo, que ademas de tener paridad de alcances y simpatías de corazon con ella, estaba en la edad en que estos afectos suben á pasion en el hombre, unas veces para su bien y enaltecimiento, y otras para su mal y su corrupcion.
Mas Pablo era un hombre modesto, tipo poco comun, pero que no obstante existe, aunque no se aprecie, y pase desapercibido; porque la verdadera modestia, todo lo bueno oculta, hasta á sí misma. Ademas estos hombres no se hallan generalmente en el teatro del mundo que bulle; son hombres casi siempre designados con el nombre de _oscuros_, hombres apegados á su hogar y á un pequeño círculo de amigos á que se concretan.
Era Pablo ademas tímido y desconfiado de sí, á lo que contribuian las continuas chanzas de su tio, que queriéndole y apreciándole mucho en el fondo, tenia de él un concepto errado. Así es que Pablo teniéndose en ménos de lo que valia, graduó como un imposible alzarse hasta aquella mujer, cuyo mérito y superioridad él reconocia mas que nadie. Nació, pues, el amor en su corazon espontáneo, creció sin esperanzas, y vivia sin deseos, persuadido de que nunca podria mostrarse á la luz del dia aquella estrella que brillaba en su pecho en la noche del secreto.
Clemencia por su lado solo queria á Pablo como á un hermano. Era aun muy niña, y faltábale esperiencia para conocer lo que valia su primo, y se reia de corazon de las bromas con que le asaltaba de continuo su tio.
Suavemente se resbalaba el tiempo en aquella tranquila vida, en la que no habia afan por apresurarlo, ni ansia por retenerlo. Mas de seis años pasaron como seis noches de tranquilo dormir y monótonos sueños, y cual estas, poco habian alterado en aquel pacífico interior. D. Martin y Doña Brígida eran, al decir del primero, como el Padre Nuestro y el Ave María, siempre los mismos. Clemencia, repuesta completamente su salud, florecia cual una lozana y alegre primavera.
Pablo habia perdido mucho de lo atado y de la desmaña de sus maneras, y aunque su tio no dejaba de repetirle cuando el Juéves Santo ó el dia del Córpus le veia vestido de serio: «Pablo, vestido de majo, estás hecho un curro; pero con el friqui-fraque pareces un alguacil de Sevilla,» era lo cierto que en todos trajes tenia Pablo, si no el aire de petimetre, el porte digno del caballero, que tiene la confianza y no el orgullo de lo que es y de lo que puede.
A la caida de una tarde de verano en que estaban sentados en el patio, que por los cuidados de Clemencia estaba embellecido y embalsamado con una gran cantidad de macetas de flores, se asomó sin hacer ruido al porton, una gitanilla como de unos doce años de edad, que ofrecia de venta unos bastos canastillos, hechos de delgados mimbres.
--¿Quién es? preguntó D. Martin, que recostado en un gran y tosco sillon de anea que se hacia conducir á todas partes para sentarse cómodamente, llevaba la alta y baja de todo en su casa; porque no pudiendo seguir ya la vida activa, por sus años, no tenia otra cosa en que entretenerse.
-- _Entepá_, dijo la gentilla por decir _gente de paz_.
-- Juana, gritó D. Martin con su poderosa voz, llamando al ama de llaves, dá á esa _entepá_ media hogaza de pan, y que se largue ese feísimo estafermo montaraz.
No decia mal D. Martin. La chiquilla era de un feo poco comun. Sus lacias greñas pendian á ambos lados de su cara como inflexibles cordas. Uno de sus ojos bizqueaba de tal manera que parecia querer pasar por debajo de sus narices en busca de su compañero. Entre los jirones de sus enaguas, que mas que enaguas parecian un fleco, se veia el cútis de sus descalzas piernas y flacos muslos, fácil de equivocar con el de un habitante del Africa. Sus dientes, que eran de los que se nombran de embustera, por estar desviados unos de otros, eran de un blanco deslumbrador, como para hacer contraste con el color oscuro de su rostro. Era séria y despaciosa, y tenia todo el dejo y contoneo de las de su casta.
--¿Cuánto pides por esos canastos? le preguntó Clemencia.
--¿A qué quieres comprar esos escambrones? dijo D. Martin, que como hemos dicho, no habia nada en que no se metiese.
-- Quiero, respondió Clemencia, en primer lugar hacer un bien á la niña comprándoselos; ademas quiero forrarlos de seda y adornarlos con cintas, y que sirvan para meter en ellos el alhucema.
-- Sí, señorita de mi alma, dijo la chiquilla, ande usted, mérquemelos, carita de rosa; que le diré su buenaventura.
--¡Qué buenaventura, ni qué niño muerto! Lárgate, vision del Negro Ponto, dijo D. Martin.
-- Dejadla, padre, os lo ruego, que me diga la buenaventura, esclamó alegremente Clemencia. ¡Si vierais cuánto he deseado siempre que me la digan!
--¡Tales patrañas!... murmuró D. Martin.
--¡Déjala, si le divierte, _Metomeentodo_, opinó Doña Brígida; que eres como el tomate, que en todo se encuentra!
--¡Anda con Dios! repuso D. Martin; unos se rien de la gracia, y otros de la singracia.
Clemencia se habia levantado y puesto su blanquísima mano en las negras de la chiquilla, que estaban frias como la piel de un reptil.
La profetisa hizo como si examinase las imperceptibles rayas de la mano de Clemencia, y dijo despues, principiando cada frase despacio y con recia voz, y acabándola precipitadamente y tan quedo que apénas se oia:
--«En el nombre de Dios, (aquí hizo una pausa) que donde entra Dios no va cosa mala.
«No es Vd. nacida de las malvas, sino hija de buen padre y buena madre, y tiene la sangre limpia, como agua de buen _manantal_.
»Es Vd., buena moza de mi alma, como la mata de _albajaca_, que muchos la huelen y pocos la catan; porque es Vd. hondita de gusto, y no todas las cosas le hacen gracia.
»Ha de ser Vd. como la fortuna, ciega, que ha de tener la suerte delante y no la ha de ver; pero á las manos se le ha de venir; que guardaïta se la tiene su síno, porque se lo merece esa carita que ha destronao á la reina de las flores.
»No se fie Vd. de los que de léjos vienen, que la venden como carne de la carnicería, y tienen dos caras como el tafetan, una por delante y otra por detras. A la fin se ha de venir Vd. á lo mejor, _pues bien sabe la rosa en qué mano posa_.
»Cumpla Vd. con la gitanilla con salero; que á Vd. le sobra y á ella le falta dinero. No me sea, _jermosa_, desaborida; écheme un remiendo á la vida.
»Esta es la buenaventura del pan blanco; usted me lo da, y yo me lo zampo.»
Clemencia se echó á reir, declarando que cuanto habia dicho la profetisa, eran generalidades que nada precisaban.
-- Cosas de gitanos, dijo D. Martin, que á la fin y á la por-partida dicen arrumales.
En seguida preguntó Clemencia á la niña:
--¿Sabes rezar?
--¡Qué ha de saber! dijo D. Martin. ¡Rezar! Robar será lo que sabrá.
-- Sí sé rezar, señorita de mi alma, respondió la gitanilla.
--¿Y qué rezas? tornó á preguntar Clemencia.
-- Cuando me acuesto en el campo, señorita mia, me meto una cabeza de ajo bajo la cabecera, para ahuyentar á los bichos venenosos, y rezo así:
A la cabecera pongo la luz, A los piés de la Santa Cruz, Al lado derecho á Adan, Al lado izquierdo á Eva, Para que no lleguen sapos ni culebras Ni sarabandija ni sarabandeja; Sino que vayan donde va esta piedra.
Y tiro una piedra así--(y la chiquilla tiró una chinilla en direccion á D. Martin).
-- Enséñame esa oracion, dijo este sin caer en la maliciosa accion de la chiquilla; enséñamela, á ver si la digo y es eficaz para que en la vida de Dios te llegues tú por aquí.
--¡Ay Jesus! y qué señor tan _repanchiago_ de cuerpo, y tan _respingao_ de genio, dijo prolongando cada sílaba la gitanilla.
--¿Pero en qué duermes? preguntó Clemencia.
--¡Toma! intervino D. Martin, dormirá en una zalca de borrico tiñoso, con una calavera de mula por almohada.
-- Duermo en el suelo, señorita mia; que parece Vd. hecha de dulce, con esas carnes tan blancas que se puede escribir en ellas, esa boca que parece un madroño, y esos ojos que parecen dos luces de altar; y no ese usía _abujado_ que tiene la lengua mas áspera y con mas espinas que una abulaga.
--¡Pobrecita! esclamó Clemencia.
--¡Y muy bien que dormirá! opinó D. Martin: no hay bronce como años once, ni almohada como no pensar en mañana. ¡Múdate, pelgar!
-- Padre, señor, ¡dejadla! que me divierte, suplicó Clemencia.
-- Será la pechecilla esa como los perros pachones; que de feos hacen gracia, gruñó D. Martin.
-- Voy á traerle un cobertor y una almohada; dijo Clemencia echando á correr.
-- Con tal que se trasponga, á ver como no traes un mosquitero á esa langosta de Egipto, le gritó D. Martin.
--¡Ay! dijo la gitanilla en su tono lánguido. ¡Madre mia de la Soledad, y qué señor tan respetuoso!
--¿Qué quieres decir con eso, vizcondesa Pingajo?
-- Señor, que tiene su mercé la voz como una campana doble, y que está su mercé en ese sillon tan _jermoso_, que parece un colchon sin bastas en una galera despalmaa.
--¡Por via de la chiquilla desvergonzada! gritó D. Martin: escapúllete; mira que si me levanto, te doy un sosquin que te apago.
Clemencia volvió con un cobertor, una almohada y algun dinero que dió á la gitanilla. Esta sacó de una bolsita que llevaba colgada al cuello una cedulita que dió á su protectora diciéndola:
-- Abrala su mercé el dia que se case, señorita mia, cara de rosa de abril, y entónces verá si no son ciertas las felicidades que le predijo la gitanilla.
--¡La felicidad! ¡la felicidad! dijo Clemencia volviendo á ocupar su asiento; no existe palabra que tenga mas acepciones; cada uno la entiende á su manera; ¡puede que esa inocente crea que está en casarse!
-- La felicidad está, dijo D. Martin, en ser un mayorazgo como yo, y reirse del mundo; ¿no es verdad, señora? -- prosiguió dirigiéndose á su mujer, á la que por una de sus ideas llamaba siempre delante de gentes de usted.
-- Martin, contestó ella, en este mundo cansado, ni bien cumplido ni mal acabado. Esta vida es un viaje: ¿á qué anhelar por buenas posadas, en que no hemos de estar sino de tránsito?
-- Pues, señora, mas que sea de tránsito, como que el transitillo mio es, á la hora esta, de duracion de setenta y siete años, sin los que caigan, digo que soy feliz, gracias á Vd., señora, y á mi Malva-rosita. Si no fuera por la muerte de mis hijos, era yo quien se habria comido la torta del cielo; pero en fin, nadie se va de este mundo sin saber que ha estado en él.
-- Dí _gracias á Dios_, y no á nosotras, Martin, repuso su mujer.
-- Sí señora, sí señora, no hay duda de que _de Dios nos viene el bien, pero de las abejas la miel_; contestó su marido.
--¿A que no entendeis vos la felicidad como mi padre, tio? preguntó Clemencia al Abad.
-- Es claro que no, hija mia, contestó este; pues creo que la verdadera está en procurarse alas que nos eleven, no á las nubes, sino sobre ellas; pues las nubes con su indeciso y mudable rumbo é indistintas formas, aunque en esfera aérea, son de terrestre orígen, y á la tierra vuelven.
-- Pues, hermano, opinó D. Martin, como no sean las de los ángeles, estoy para mí que las de los pájaros no vuelan tan alto. ¿Qué dices tú, Pablo? que estás siempre callado y con la boca abierta como cañon arrumbado, y no parece sino que te criaron con migas y adormideras. ¿No digo yo bien, y no mi hermano, que todo lo pone fuera de tiro de pistola?
-- Señor, contestó Pablo, cuando la felicidad segun uno la sueña, está en un imposible, vale mas que el deseo se abstenga de analizarla y el corazon de ansiar por ella.
-- Pablo, hombre, repuso su tio, estoy para mí, que con las latines que te engulles por receta de mi hermano, te vas á meter á coplero. Lo que has dicho es un sinfundo en buen versaje; pero á tí te están esas jerigonzas como los requilorios á las viejas.
_Latines_ era para D. Martin el nombre genérico de todo estudio y saber.
-- Hermano, le dijo el Abad, lo que dices es poco delicado y poco cierto. El saber le está tan bien á Pablo, como á todo hombre que tiene, como él, un gran entendimiento, una alta inteligencia, un alma elevada, y un gran deseo de aprender.
-- Mira, Abad, repuso D. Martin, siempre te estoy oyendo hablar de delicadeza; esa es tu muletilla; ¿me querrás decir lo que tú entiendes por esa voz? Porque quiéreme parecer que tú la miras como un carabinero plantado en la boca; y has de saber que no la entiendo yo así, porque la boca mia es puerto franco. Tu empresa de pulirle los cascos á Pablo ha de ser como la hacienda de la mujer, hecha y por hacer.
-- La delicadeza, repuso el Abad, segun la define un filósofo suizo, «se muestra como un constante sacrificio de sí mismo, que se contenta con su propio sufragio, sustrayéndose á la ajena gratitud; es un encarecimiento de consideraciones y urbanidades hácia el desgraciado; es el perdon de una injuria pagándola con un beneficio; es una restriccion de los propios derechos, el desprecio de la apariencia; es un respeto á sí mismo, que hace que uno no se permita en ausencia lo que no se permitiria en presencia de testigos; es una fidelidad á la propia palabra, que sobrevive á la amistad, al amor, á la estimacion y aun á la muerte. Es la continuacion de los buenos procederes, aun despues de enemistarse y cortar relaciones; es una atencion obsequiosa y tan fina, que no puede ser adivinada ni sentida, sino por aquella persona á la que va dirigida. Es una celebracion indirecta de los méritos de una persona presente, encareciendo los mismos en otra persona ausente; es rehusar un segundo beneficio, despues de admitir el primero; es gozar mas en el placer de otros que en el propio.» Así, hermano mio, define Weiss la delicadeza. Yo definiria su esencia diciendo, que es una flor que tiene sus raíces en el corazon; á la cual cria el entendimiento, y que recibe de la cultura su esquisito perfume.
-- Hermano, dijo D. Martin, eso es estracto sublimado de las cosas: ménos espuma y mas chocolate. El corazon en la mano, y en el corazon buena sangre, eso es delicadeza, segun lo entiendo yo; ó bien, la fruta sin la flor, como dirias tú.
-- En tí, Martin, repuso el Abad, halla tan buen terreno, que crece lozana aunque inculta. Si no da fragantes flores, efectivamente da ópimos frutos; pero gentes hay, Martin, que son estériles troncos para esta fruta, y ramas secas para aquella flor.
-- Malva-rosita, dijo D. Martin, distraido ya de una conversacion que no le interesaba, tira la cédula que te dió aquella lombriz de caño sucio.
-- No señor, no señor, repuso alegremente Clemencia, la voy á guardar como oro en paño.
-- Eso es una tontería de dos varas, niña.
-- Déjala, Martin, intervino Doña Brígida, deja que cada uno haga lo que le parezca, en no ofendiendo ni á Dios ni á tí: eso sí es la verdadera delicadeza; pero, ¿no digo que en todo te has de meter, como los periódicos?
-- Señora, repuso D. Martin, los periódicos se meten en casas ajenas con las llaves del sacristan que les ha dado la niña que nació en Cádiz; pero yo no me meto sino en la mia. Mas ya callo, ya callo, señora, pues lo mandais; pero ello es, que si yo me metiese en mi concha como lo hace Vd., iria todo en la casa manga por hombro. En metiéndose Vd. en su oratorio, ahí se las den todas. Señora, ¿no sabe Vd. aquello de «la confianza en Dios, y los piés en la calle?»
-- Voy á seguir tu consejo, dijo con grave sonrisa Doña Brígida, pues mi prima me está aguardando en el locutorio con la Madre Abadesa.
La señora se levantó, fué á su cuarto y salió; y ¡cosa nunca vista! dejó olvidada sobre la silla, la llave de su oratorio, la cual siempre llevaba consigo, y en el que nadie sino ella penetraba jamas.
-- Toma esa llave, dijo D. Martin á Clemencia, y vé á ver qué demonios tiene la señora escondido en su oratorio, mas oculto que el oro en el centro de la tierra.
-- Señor, contestó Clemencia, sabeis que no quiere madre que nadie entre.
-- Anda, anda, que yo te lo mando.
--¡Por Dios, señor!...
--¿Qué gran misterio puede acaso ocultar? ¡vea usted!
-- Sea el que fuere, debemos respetarlo.
--¡Oiga! ¡Debemos! Mira, María Sentencias, haz lo que mando, y vé.
-- No me lo mandais, no.
--¿Que no? ¿Hablo estranjis? ¡Te lo mando, caracoles!
-- No puede ser.
--¿Y porqué no, malva-terquilla?
-- Porque no me querréis dar una gran pesadumbre.
--¿Cuál? ¿la de ir á meter las narices en el oratorio de la señora?
-- Eso no, porque no iria; sino la de desobedeceros, padre.
En este momento entró Doña Brígida, que volvia en busca de su llave que habia echado de ménos.
D. Martin se apresuró á contarla lo que habia pasado, culpando á su malva-terquilla.
-- Hizo lo que debia, Martin, le dijo la grave señora; la voluntad ajena y el sello se deben respetar siempre. Para premiar la consideracion que me has tenido, añadió dirigiéndose á Clemencia, te autorizo á que entres en mi oratorio.
Alargóle la llave, que tomó Clemencia, encaminándose tan luego hácia el oratorio, que se hallaba en el cuerpo alto.
Estaba este oscuro, y solo alumbrado por la débil luz de una lámpara. Sobre el altar habia una imágen de la Vírgen de los Dolores. Mas abajo, á sus piés, sobre un pedestal de mármol blanco, estaba una calavera; en el zócalo del pedestal se leia en letras negras este letrero:
LO QUE ERES, FUI; LO QUE SOY, SERAS!
Clemencia salió tétricamente impresionada.
-- Tio, dijo al Abad cuando estuvieron solos, despues de referirle lo que habia visto, allí encerrada pasa madre horas enteras, ¿no es esto una idea estraña é hipocondríaca? ¿Ha de enlutarse la vida con tales espectáculos?
-- En el órden espiritual, hija mia, contestó el Abad, cada individuo busca la senda que le conviene, y se adapta á su índole; la austeridad tiene la que le es propia; la alegre mansedumbre tiene la suya. Guárdese esta de no mirar con respeto á aquella, y aquella de menospreciar la otra; y considere la azucena, que si es mas blanca su túnica y mas dulce su fragancia, es la negra cúspide del austero cipres mas fuerte y mas elevada.
--¿Lo aprobais, pues?
--¿No lo habia de aprobar, hija mia?
--¿Y acaso hariais otro tanto?
-- No.
--¿Lo aconsejariais?
-- Tampoco.
--¿Porqué no, aprobándolo?