Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 19 de 43

CAPITULO IV.

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Una tarde llamó Clemencia á dos niñas, nietas de Juana, que pasaban su vida en aquella casa, á quien su mismo dueño, que tantos intrusos veia y toleraba en ella, llamaba el arca de Noé.

Todos los niños querian con entusiasmo á Clemencia. Tienen estos un instinto que los atrae á lo bueno y á lo bello; que patentiza lo elevado de la naturaleza humana, que el mundo y la vida van degradando, si el alma no es bastante fuerte para contrarestar su influencia nociva, y si al formarse carecen los niños de buena enseñanza y buenos ejemplos, ley práctica de tanto mas poder que la ley escrita. La palabra solo indica la senda; el ejemplo arrastra á ella.

Clemencia tambien se habia apegado á ellos, porque los niños son la verdadera alegría del mundo. A su lado parece la vida mas dulce, y los horrores de la tierra mas apartados.

¡Cuán distantes están del infausto árbol del bien y del mal, ellos que no alcanzan á sus ramas! Y es tal el encanto sublime de la inocencia, que hasta da un reflejo simpático de sí á la ignorancia. Pronto se aprende, pronto se sabe, pero nunca se olvida; el corazon se purifica, la cabeza no. La fe que ha tenido que defenderse y luchar contra argumentos impíos, es como la vírgen que ha tenido que defenderse de los ataques de un seductor violento; conoce el mal aunque lo deteste, y mas vale aun ignorarlo que detestarlo. ¿Cuál de los hombres, realmente superiores, sean cuales fuesen sus creencias, no ha envidiado alguna vez la sencilla ignorancia? ¿Qué marino luchando en el mar, sin senda, agitado siempre por furiosos y encontrados vientos, buscando, sin hallarlo, fondo seguro en que echar el ancla, no ha envidiado la barquilla del pescador, que sin salir de su tranquila ensenada, no pierde de vista el faro, que le hace inútil la brújula y otros instrumentos de la ciencia? ¡Y no obstante se levanta hoy dia la voz _oscurantismo_ como pendon de vilipendio, contra aquellos que creen que en el _saber_ no está la _moral_, sino la _corrupcion_ del vulgo! El mismo Byron ¿acaso no ha dicho: «Sabemos que el saber no es la felicidad, y que la ciencia no es mas que un cambio de ignorancia, por otra clase de ignorancia?» ¿Pues para qué trocar la ignorancia humilde y feliz por la ignorancia soberbia y descontentadiza?

Cuando Clemencia les dijo que iban á paseo, las dos niñas se pusieron á saltar de alegría, y las tres fueron á despedirse de Doña Brígida.

--¿Y dónde vas á paseo? preguntó la inamovible señora.

-- Al campo, á coger flores.

--¡Al campo! ¡Ay Jesús! El campo es para los lobos; pero anda con Dios, hija, si te divierte.

En la puerta se encontraron á D. Martin, que con su capote y con su sombrero á la chamberga, venia llenando la calle. Al ver á Clemencia con las niñas, le dijo:

-- Dios te guarde, y no de mí. ¿Dónde se va con ese séquito, _Regina angelorum_?

-- Al campo, señor.

-- Bien hecho, ¡id á estirar las piernas y á esparcir el ánimo! Si pudiese, habia de ir contigo; pero ya no puedo nada de lo que podia; es necesario echar esta carreta al carril. No hay mas remedio que meterme adentro. Y añadió: ¿Qué es eso que llevas en brazos, Mariquilla?

-- Lleva un perro, respondió Clemencia.

-- Un perrillo chico, repuso vivarachamente la niña; pero su madre es grande.

-- Calla, renacuajo, le dijo D. Martin, que eres como el grillo, que no se le ve á dos pasos y se le oye á mil. La mañana está calurosilla, prosiguió dirigiéndose á Clemencia; el sol está que echa chiribitas, aunque estamos en febrero. Ya se acerca San Matías, marzo al quinto dia: entra el sol por las umbrías y calienta las aguas frias. Ea pues, con Dios id, y con Dios volved. Si tiras á la izquierda, verás qué bueno está mi cebadal, pues febrero saca la cebada de culero.

Clemencia y las niñas anduvieron algun tiempo por el campo, y entraron despues en un camino encajonado entre altos vallados de pitas, á cuyos piés nacian espesas é intrincadas las zarzas, las esparragueras, las madre-selvas, las pervincas, entre las cuales asomaban las amapolas sus encendidas y encarnadas caras con su ojo negro, y los candiles de vieja sus jorobas.

En el mismo vallado se levantaban dos altos pinos; á su sombra se sentó Clemencia con su pequeño séquito á descansar, oyendo el suave murmullo de sus sonoras cimas, que tan indefinible encanto tienen, que ora suena triste y lejano como un eco que repite debilitado el hondo y melancólico suspiro del mar, ora vago y misterioso, como á veces suenan indefinidas voces en el corazon.

La niña mas chica traia un pájaro.

-- Señorita, dijo la mayor, Aniquilla está lastimando á ese pájaro que aprieta con la mano.

--¡Que no! repuso la chica; no tengo la mano _apretá_, sino _aflojá_.

--¿Sabes lo que es un pájaro? le preguntó Clemencia.

-- Sí, contestó Mariquilla.

--¿Pues qué son?

Los pájaros son clarines Entre los cañaverales, Que le dan los buenos dias Al sol de Dios cuando sale.

-- Es cierto, dijo sonriendo Clemencia; pero son tambien animalitos de Dios.

--¿Y no se deben matar los animales?

-- No; á no ser necesario: y entónces, dándoles el ménos tormento posible. En lo demas, Dios que les dió la vida, que se la quite. Suelta ese pajarito, Aniquita; que harás una obra de caridad.

La niña titubeaba.

-- Suelta ese pájaro; que lo manda la señorita, le dijo su hermana la mayor.

-- Si tengo la mano _abría_, y no se quiere ir...

Clemencia le estendió la mano, y el pajarito se voló alegremente.

--¿No te bastaba, dijo Clemencia á la niña, el que te dijese que harias una obra de caridad? ¿No sabes que la caridad es la primera de las virtudes, y se estiende sobre todo lo que sufre, como el sol de Dios por el mundo entero?

-- La caridad es dar limosna, ¿no es verdad, señorita? preguntó la mayor.

-- Por supuesto, la limosna es uno de sus efectos; y así hijas mias, dad, dad sin pararos; que con el corazon en la mano, se pinta á la Caridad, porque vacías ya, no tienen otra cosa que dar.

--¿Y el que no tiene nada? dijo la niña.

-- Raro es el que no halle otro mas desdichado que él, á quien pueda dar algo, por poco que sea; y lo poco en el que tiene poco, y la intencion en quien no tiene nada, consuelan al pobre y agradan á Dios. Y para convenceros de ello, os contaré un ejemplo.

Las niñas se pusieron á escuchar con esa ansiosa atencion con la que los niños absorben las primeras nociones que sobre las cosas se les dan, y los primeros sentimientos que en sus ánimos se imprimen.

Los pinos se pusieron á susurrar aun mas suavemente, pareciendo imponer silencio á la naturaleza con su dulce ceceo para oir la palabra de Dios; y hasta los pajaritos bajaron de rama en rama como para venir á escucharla.

Clemencia habló así:

--«Habia una reina tan buena y tan virtuosa, que atendiendo á la gran mision que Dios le diera poniendo el cetro en sus manos, solo pensaba en hacer virtuosos, religiosos y felices á sus vasallos, ciñendo así á sus sienes una corona mucho mas bella que la de oro que le diera su herencia, y estampando de esta suerte su nombre en el corazon de sus vasallos, para que la bendijeran, y en el libro de la historia, para que las generaciones la admirasen; porque un buen rey es para los pueblos un beneficio de Dios, como uno malo es un castigo. Esta reina, pues, bien criada en la enseñanza de Dios, sabia que estaba en su alto puesto para dar con su ejemplo una gran leccion á sus vasallos, y con su virtud decoro al trono y respecto á su persona. Iba á los hospitales y casas de beneficencia á vigilar por el bien de los infelices; gastaba sus rentas en grandes empresas para la prosperidad del país que Dios le habia dado á regir, ocupando y dando por ese medio pan á muchos infelices. Respetaba mucho á los sacerdotes, al mismo tiempo que encargaba á los obispos, los amonestasen severamente á ser los mas santos de los hombres. Así era bendecida por todos como una madre, y adorada como un ángel.

Estableció esta gran reina un premio, para aquel que en el año transcurrido hubiese hecho la mayor obra de caridad, pensando con razon que era esta una gran enseñanza práctica al alcance de todas las inteligencias.

Cuando todos se hubieron reunido y la reina estaba como _jueza_ en su trono, se acercó uno, y dijo que habia labrado en su pueblo un hermoso hospital para los pobres. El corazon de la reina se llenó de gozo al oir esto, y preguntó si estaba concluido. -- Sí señora, contestó el interrogado, solo falta ponerle en el frontispicio la lápida con letras de oro, que diga por quién y cuándo se labró. La reina le dió las gracias, y se presentó otro. Este dijo que habia costeado á sus espensas un cementerio en su pueblo, que de este carecia. Alegróse la virtuosa reina, y le preguntó si estaba concluido, á lo que contestó que solo faltaba rematar el hermoso panteon que en el centro estaba construyendo para él y su descendencia. Dióle gracias la reina, y se presentó una señora, que dijo habia recogido una niña huérfana que se moria de hambre, y la habia criado, dándole lugar de hija.--¿Y la tienes contigo? preguntó la reina. -- Sí señora, y la quiero tanto, que jamas me separaré de ella; es tan dispuesta, que cuida de toda la casa y me asiste á mí con cariño y esmero. Celebró grandemente la reina esta digna obra de caridad, cuando se oyó un tropel entre las gentes, que se desviaban dando paso á un niño mas bello que el sol. Arrastraba tras sí á una pobre vieja estropajosa, que hacia cuanto podia para deshacerse y huir de aquel lugar tan concurrido.--¿Qué quiere este bello niño? preguntó la reina, que no cerraba sus oidos, que eran mas de madre que de soberana, á ninguno que deseaba hablarle. -- Quiero, contestó el niño con mucha dignidad y dulzura, traer á Vuestra Majestad á la que ha ganado el santo premio que habeis instituido para la mayor obra de caridad.--¿Y quién es? preguntó la reina. -- Es esta pobre anciana, contestó el niño.-- ¡Señora! clamó la pobre vieja, toda confusa y turbada, nada he hecho, nada puedo hacer: soy una infeliz que vivo de la bolsa de Dios. -- Y no obstante, dijo el niño con voz grave, has merecido el premio. -- Pues ¿qué ha hecho? preguntó la noble reina, que ántes de todo queria ser justa. -- Me ha dado un pedazo de pan, dijo el niño. -- Ya veis, señora, esclamó apurada la anciana, ya veis, ¡un mendrugo de pan! -- Sí, repuso el niño; pero estábamos solos, y era el único que tenia. La reina alargó conmovida el premio á la buena pordiosera, y el niño, que era el Niño Dios, se elevó á las alturas, bendiciendo á la gran reina, que daba premios á la virtud, y á la buena y humilde anciana que le habia merecido.

Así veis, pues, hijas mias, que el mérito no está en el mas ó ménos valor de la obra, sino en las circunstancias y en los sentimientos con que se hace; y que un pedazo de pan para el que no tiene otra cosa, y hasta se lo quita de la boca para darle, es mas aun á los ojos de Dios que ve los corazones, que una obra sonada y celebrada, que consigo lleva su recompensa.»