Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 2 de 43

CAPITULO II.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Diremos algunas palabras sobre la señora amiga de la Marquesa, viuda del Coronel Matamoros, uno de los jefes improvisados en la guerra de la Independencia; no porque sea un personaje muy interesante, ni tampoco porque haya de servir en los cuadros que vamos bosquejando, de otra cosa que de estorbo, sino porque es preciso, cuando una vez se ha sacado á un individuo á la palestra, decir quién es.

Cuando su consorte el difunto Coronel era cabo, solia cantar dirigida á la hija de un mesonero navarro, mocetona viva, dispuesta y saludable, recia en lo físico y lo moral, la siguiente copla:

Manda al diablo los paisanos; Que te prometo, morena, Que en siendo yo Coronel, Tú serás la Coronela.

Y así fué; pues cuando en la guerra contra la invasion francesa llegó el bizarro cabo á mandar un regimiento de dragones, la hija del mesonero, cumplido el vaticinio, montaba á horcajadas á su lado con unos brios y una soltura dignos de brillar en un circo ecuestre, y de ser envidiados por las amazonitas del dia, que no hay potro mal domado que las arredre, y huyen y gritan al ver un raton.

Vestia en tales escursiones, pantalones á lo mameluco, una chaqueta militar con faldoncillos, en cuyas bocamangas lucian tres galones como tres rayos de sol. Llevaba en la cabeza una gorrita por el estilo de gorra polonesa, confeccionada con una notable falta de gracia, y adornada con unas grandes plumas negras, que cuando corria se llevaba el viento hácia atras, de suerte que parecia el humo de un vapor. Adornaba ademas esta gorra una escarapela tamaña como una rueda de sandía. Los soldados al verla se entusiasmaban; la intrépida amazona tenia un partido loco con la tropa; por seguir á su Coronela y á su bandera, hubieran los soldados pasado no solo por el agua, sino por el fuego. ¡Qué arrogante moza! Esta era la calificacion general, que no sin razon se le daba, y la que tanto sonó en sus oidos, que se la apropió y se identificó con ella como con su nombre de pila.

Doña Eufrasia siempre fué honrada, como buena navarra, y unas cuantas sonoras bofetadas habian cimentado sólidamente su respetabilidad en los campamentos.

Cuando esta suave indirecta habia sido dada á un antiguo conocido ó compañero de su padre, de charretera ó capona de lana, se habia este conformado mediante el conocido refran: patada de yegua no mata caballo.

Si era el escarmentado de los que llevaban charretera de plata, habíale contestado con el caballeroso y nunca desmentido axioma: manos blancas no ofenden.

A la sazon todo habia dejado de existir, la guerra, los mandos, el coronel, la guardia á la puerta, y la _moza_. Nada habia quedado sino lo _arrogante_; de lo que resultaba conservar dicha militara su hablar recio, su tono decidido, sus maneras bruscas y su obrar espeditivo. Se creia, con sobrada impertinencia, con derecho innato á imponer su _veto_ á todo, como la Aduana á poner su sello; y nadie se lo contestaba.

Las gentes osadas gozan en sociedad unos privilegios y primacías que hacen poco favor á los individuos que la forman, pues esto prueba que son tan fáciles en dejarse imponer, como difíciles en dejarse guiar; tan dóciles á la presuncion desfachada como rebeldes y mal sufridos á la persuasion razonable y modesta. El vapor y la osadía son los dos motores, físico y moral, de la época.

Así era que Doña Eufrasia, á quien nadie podia sufrir, se habia hecho por su propia virtud un lugar en todas partes, y plantada en jarras en su puesto tomado por asalto, no habia guapo que la desalojase. Si alguna vez una persona poco sufrida le daba una respuesta agria y ofensiva, se amortiguaban estos dardos sobre la doble coraza que ceñia á la amazona: eran estas su falta de delicadeza, que la hacia no sentir sus puntas, y su grosero egoismo sobre el que se embotaban sus filos.

Era esta señora entremetida como el ruido, curiosa como la luz, é inoportuna como un reloj descompuesto. Lo que no le decian, lo preguntaba; si á fuerza de maña se lograba evadir sus preguntas, averiguaba lo que queria saber, valiéndose para ello de los medios mas chocarreros é innobles, sonsacando á los criados de las casas, entrándose por lo interior de las habitaciones, leyendo los papeles que hallaba, sin sospechar siquiera que esto fuese una villanía.

Sobre la Marquesa, que era débil -- y, como todos los débiles, voluntariosa y despótica con sus subordinados, cuanto sufrida y dócil con los insolentes, -- ejercia Doña Eufrasia un dominio incontrastable, á que se sometia la Marquesa con el placer que siente una persona religiosa en doblegar su voluntad á la de un santo director. Es cierto que en cosas caseras y económicas la Coronela, en vista de sus prácticos principios, poseia escelentes nociones; pero ahí se limitaba su saber y su aptitud, aunque ella no lo creia así, sino que sobre todo cuanto hay echaba sus fallos, como una nube sus granizos.

Como todo estraño que ejerce una influencia indebida sobre las cabezas de casa, era Doña Eufrasia temida y mal vista por todos los habitantes de la de la Marquesa, sobre todo por sus hijas, á las que solia proporcionar algunas filípicas de su madre, previniéndola mal contra ellas. Como todo el que siendo pobre, ignorante y viejo, no se pone en su lugar, á la sombra, era con razon este femenino rezago de la guerra de la Independencia un objeto de ridículo y tedio general; pero ella no lo notaba, y si se lo hubiesen dicho, no lo habria creido. Los que ciega el amor propio son como los que ciega la oftalmía: hay entre ellos ciegos finos y amañados, á los que un delicado tacto hace disimular su ceguera; y hay otros ciegos torpemente atrevidos, que andan con denuedo y alta frente, sin detenerse ni cuidarse de tropezar y chocar con cuanto se les pone delante. A esta categoría moral pertenecia la coronela Matamoros. Hay que añadir á este retrato daguerreotipado, que vestia ridiculísimamente, aunque sin pretensiones; porque conservaba un entrañable amor á los moños ajados, á las galas marchitas, á las modas añejas y á las alhajas de poco valor, pretendiendo con usarlas darse un aire _madrileño_. Gastaba peluca, pero una peluca de tales dimensiones y tan toscamente confeccionada, que no dejaba duda de que hubiese hecho su dueña una buena coracera. Como no era posible legitimar aquellos pelos espúreos, Doña Eufrasia se sacrificaba denodadamente en las aras de la verdad, confesando que era confeccionado aquel promontorio en _calle de Francos, núm. 5_; pero añadia en seguida con profunda conviccion, que habia perdido prematuramente su magnífica cabellera, por haber bebido en una alcarraza en que habia caido una salamanquesa. En fin, para dar el último toque á este retrato, diremos que esta señora habia hecho entre las gentes cultas que frecuentaba, acopio de términos escogidos, que pronunciaba y aplicaba desatinadamente. Consiguiente á las cosas referidas, en todas las casas que _desfavorecia_ Doña Eufrasia, se la miraba como un censo irredimible, como una dolencia crónica, como un sobrestante inamovible, como una penitencia obligatoria, como una mala yerba indesarraigable, como una sanguijuela indesprendible; y sin embargo se la recibia bien; ¡tal es la indulgente tolerancia de nuestro trato!

La tolerancia llevada hasta sus últimos límites, esto es, hasta hacerse estensiva, no solo á gente sin educacion é inferiores en la jerarquía social, sino hasta á personas cuya conducta es mala ó deshonrosa con escándalo, es una falta de decoro y de distincion en la sociedad española, que con copiosos y justos argumentos censuran los estranjeros distinguidos.

En cuanto á nosotros, conociendo la justicia de los argumentos en que fundan su juicio, así como los grandes inconvenientes que tiene para el decoro y moralidad pública el que la sociedad abdique una prerogativa de censura y aun de proscripcion, que seria no solo un castigo justo, sino tambien un freno poderoso y útil, nos guardaremos no obstante de hostilizar á la sociedad por su tolerancia. ¡Así como es apática fuese benévola! Que no se llame amiga á la persona que no sea acreedora á ello, es conveniente, delicado y prudente; pero huir de su contacto, tirarle la piedra, hágalo el arrogante que por su omnipotencia se erija en juez, desatendiendo á la de Dios que nos impone ser hermanos.

Algunas anécdotas de esta famosa hija de Marte, acabarán de colocarla en su verdadera luz.

Tenia la Coronela aquella completa falta de delicadeza y susceptibilidad que deja el ánimo perfectamente tranquilo al recibir un desaire ó sufrir una burla á boca de jarro, y el libre uso de todas las facultades para replicar oportunamente. Así era que sus réplicas instantáneas y desvergonzadas eran temibles y tenian fama. Eran estas una disciplina rigorosa que habia sustituido á la militar, desde que, por desgracia del ejército, no formaba parte activa en él la veterana. Gloriábase de ello, repitiendo á menudo que no aguantaba ancas, ó bien que tenia malas pulgas, ó bien que no tenia pelos en la lengua, ó que á ella no se le quedaba nada por decir, ó que tenia tres pares de tacones, ó que quien la buscaba la hallaba, ó que la hija de su padre no se dejaba zapatear, coronando todas estas gracias con su frase favorita, que era asegurar que no moriria de cólico cerrado.

En una ocasion se presentó en un sarao, y bien fuese por alguna promesa de hábito de Jesus, ó por su pésimo gusto en vestir, ello es que apareció uniformemente equipada de morado de piés á cabeza.

El grupo que formaban las muchachas, al verla aparecer soplada como un navío á la vela, se quedó estático.

--¡Ay! esclamó la una. Doña Eufrasia se ha caido en la caldera de un tintorero.

--¡Qué! No hay caldera donde quepa ese medio mundo, dijo otra.

-- Será que va á salir de nazareno en la procesion del Santo Entierro, añadió la tercera.

-- Es en honor de las violetas, á cuyo cultivo se ha dedicado desde que no se puede dedicar al de los laureles, dijo un jóven estudiante llamado Paco Guzman.

-- Mas bien habrá sido al del palo de campeche, observó otra de las niñas.

-- Os engañais todos, dijo Alegría: es que la han hecho obispo.

Doña Eufrasia, que á la sazon pasaba, y habia visto las risas y oido distintamente la última frase dicha por Alegría, se paró erguida, y revolviendo en sus órbitas sus redondos ojos.

-- Si ello es así, dijo con su campanuda voz, cuidado no os confirme.

Y haciendo con la abierta mano un ademan significativo, prosiguió majestuosamente su marcha triunfal.

Algunos meses ántes de la época en que da principio esta relacion, siendo dias de la Marquesa, se habia reunido una numerosa concurrencia, cuando entró doña Eufrasia, vestida con una especie de dulleta guarnecida toda de pieles, embuchado en un boa su moreno rostro, y llevando sobre su peluca de marca mayor una gorrita, retoño de la de márras, igualmente guarnecida de pieles.

--¡Miren! esclamó al verla Alegría: ¡ha resucitado Robinson Crusoé!

-- Cate usted, dijo otra, un vestido de piel de oso, forrado en lo mismo: es un regalo del emperador de Rusia.

--¡Qué! añadió la tercera, es un uniforme viejo de su marido, huele á pólvora francesa y está picado.

-- Y ella tambien; ved los ojos que nos echa.

--¿A que le echo yo en cambio un requiebro? dijo Paco Guzman, que era un jóven bien parecido, de una noble y pudiente casa de Estremadura, de muchas luces, muy vivo, muy ligero de sangre y algo aturdido, que ocupaba el primer lugar entre los apasionados de Alegría.

-- Cuidado, observó esta, que Doña Eufrasia es de las que dicen una fresca al lucero del alba, y se quedan preparadas para otra.

Pero Paco Guzman no la atendia, porque se habia acercado á la abrigada señora, y le decia:

-- Mi Coronela, hasta hoy no he comprendido toda la admiracion y todo el efecto que puede causar la _Moscovita sensible_.

-- Pues por mí, contestó la requebrada, no acabo de comprender las pretensiones que teneis vos de pertenecer á los Guzmanes _Buenos_, no teniendo un pelo de bueno. Bien hacen los Medinacelis, así como todo el mundo, en no reconoceros por tal.

Con esta frase de doble sentido, como una espada de dos filos, hacia Doña Eufrasia alusion á las pretensiones nobiliarias de la familia de Paco Guzman, que aunque fundadas, eran contestadas por personas que para hacerlo no tenian datos ni convicciones, y lo hacian solo por el espíritu de hostilidad que vive y reina.

-- La ventaja que nos llevan las ilustraciones modernas, contestó Paco Guzman, es la de tener su orígen á la vista de todos, y no podérseles contestar, en particular si datan de la guerra de la _pendencia_.

--¿Qué se entiende? gritó furiosa la guapa guerrillera. ¡Poner apodo á la guerra del frances, que ha admirado al mundo entero! Marquesa, te digo que las cosas que se oyen en tu casa son tan escandalosas, que no la volvería yo á pisar, si no fuera por...

--¡El chocolate! dijo un criado presentándole una jícara de chocolate y un plato de bizcochos, segun acostumbraba hacer desde tiempo inmemorial, cuando á la noche veia entrar á la amiga de su señora.

-- Juan, dijo Doña Eufrasia, tomando el pocillo y mudando de repente de tono, díle á la cocinera que ayer no estaba bastante hervido el chocolate; no son tres veces, sino cuatro ó cinco las que tiene que subir, y es preciso despues de hecho, dejarlo reposar; y á tí te advierto que anoche no eran los bizcochos del dia; ten cuidado, no te engañe el confitero.