Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 27 de 43
CAPITULO X. — parte 2
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Pablo se habia quedado tan confundido al verse, despues de la completa desheredacion que le habia anunciado su tio, dueño de todo, que no atinaba qué hacer, ni qué decir, y quedaba completamente estraño al precedente coloquio.
Por fin mas repuesto, y venciendo su timidez, dijo dirigiéndose al Abad:
-- Soy testigo, -- y testigo que no puede recusarse siendo yo el interesado, y por lo tanto el solo que á combatirlo tuviese derecho, -- de que mi tio pensó dejar á Clemencia, su hija, por quien quiso y debió mirar, no solo la mitad de cuanto poseia, sino el todo; el ocultarlo, en mí, á quien se lo dijo, seria faltar á la honradez.
-- Es que no hubiera podido hacerlo aunque hubiese querido, dijo con su serena voz Doña Brígida que queria mucho á Pablo, y ante todo lo justo.
-- Pensó sacar cédula real, repuso este.
-- Eso lo diria, intervino el Abad, en uno de esos bruscos arranques, que tenia mi hermano (en paz descanse) que eran siempre truenos sin rayos.
-- Y esto lo confirma el que, si tal era su intencion, lo hubiese llevado á cabo, añadió Clemencia.
-- Lo que creo justo, dijo Pablo, y el único medio de que ni tu delicadeza ni la mia padezcan, es que partamos como hermanos, Clemencia.
-- Pero, Pablo, ¿porqué quieres que te agradezca un beneficio que no necesito, ni puedo aceptar?
-- No es beneficio; pero caso que lo fuese, ¿te pesa la gratitud, Clemencia?
-- Segun sea el beneficio que la motive, Pablo. Nunca me ha pesado la que te tengo por la vida que te debo.
-- Eres sutil, Clemencia, y me contestas con la metafísica de una delicadeza fria, propia entre estraños, cuando yo te hablo con la buena fe del corazon, como á una hermana.
-- A ambos os comprendo y á ambos apruebo, intervino el Abad; pues cuanto decís es hijo de un noble desprendimiento y de una delicadeza loable. Pero para que no degeneren estas en tí, Pablo, en molesta exigencia; en tí, Clemencia, en obstinado desvío; os diré para poneros á ambos de acuerdo, que si á Clemencia aseguró mi herencia, es como á mujer de mi sobrino, y como miembro poco afortunado de la casa de Guevara; que como á hija de adopcion de mi alma, le he hecho dueña de tesoros de mas valer. ¿No es así, Clemencia mia?
--¡Sí señor, sí señor! -- contestó esta besando la mano del venerable anciano, -- y del que mas aprecio de todos, que es vuestro cariño.