Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 5 de 43
CAPITULO V.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Constancia no tenia mas que una amiga y una confidenta, y esta era Andrea, que habia sido su ama.
--¡Válgame Dios, hija! -- le decia esta una mañana en que solas se hallaban en el cuarto de Constancia:--¿es posible que des esta pesadumbre á tu madre; que desperdicies tan buena suerte como se te brinda, todo por haberte encariñado á tontas y á locas? ¿Como que te parecia todo el monte orégano!... Bien te lo avisé; pero los consejos son como los muertos: no se conoce lo que valen hasta que pasa su tiempo. Recuerda cuántas veces te dije: Ese muchacho, muy bueno será, no digo que no; pero con él no puedes pensar en casarte.
--¿Y quién piensa en casarse? repuso ásperamente Constancia.
--¿Quién piensa en casarse? Mire Vd. qué cuajo! ¡Toma! Todas las mujeres; que no tienen otro guiso, á ménos que no se quieran meter monjas.
-- Ahí es donde vas errada, ama; que las hay que no piensan ni en lo uno ni en lo otro.
-- Pues entónces... deja de querer á Bruno, que consentido estará en otra cosa.
-- Como tal cosa me vuelvas á decir, esclamó Constancia, te creo mas enemiga mia que mi madre, mi tia y mi hermana.
--¡Jesus! ¡qué estremosa eres! repuso Andrea. ¿No quieres que vea con dolor una cosa que no lleva camino, ni puede tener buen fin? Considera que te quedas sin la herencia de tu tia.
--¡Mira qué espantajo! ¡Valiente cosa me suponen á mí mi tia ni su herencia! Herencia con condiciones... que se la guarde! ¿Para qué quiero yo ese dinero? ¿para dorar mi desgracia? No, ama, no; quiero ser feliz á mi gusto y sentir; y lo seré sin herencia, sin grandeza y sin titulos: goce de esas decantadas felicidades quien las aprecie y desee. Yo solo una felicidad aprecio y deseo; y si llego á lograrla, aunque sea en mi vejez, daré por bien empleada mi juventud en esperarla. Así entiende, ama, -- para que no me exasperes mas de lo que lo estoy, alistándote con las otras para atormentarme, -- que solo á un hombre amaré en mi vida; que me arrancarán el corazon ántes que le olvide, y que no me casaré con otro, aunque de no hacerlo, tuviese que pedir un pedazo de pan de puerta en puerta.
-- La vida es larga, hija mia! suspiró Andrea.
--¡Eso mismo digo yo! repuso con vehemencia Constancia; y no se casa una por un dia ni dos, sino para morir con la cadena al cuello. Así, déjame en paz, y no te unas tú tambien á los demas para amargarme la vida.
Aquella misma mañana decia la Marquesa á su confidente D. Silvestre:
--¡Jesus! hoy llega el Marques, y yo no sé dónde dar de cabeza. ¡Mi hermana que está tan consentida en esta boda, y tan ajena de lo que pasa! ¡Qué niña!... ¡Qué terca y qué sobre sí! ¡Ya tiene tres pares de tacones! ¿Qué dirá el Marques cuando se halle con ese erizo manzanero? Se volverá á Madrid muy ofendido, y con razon.
-- Pero, señora, repuso pausadamente D. Silvestre, ¿porqué no previno Vd. este caso, escribiéndole con tiempo á su hermana?
--¿Preveer? ¿Quién habia de preveer esto, á no ser profeta, ó un anteojo de larga vista como es Vd.? Siempre gradué que la oposicion de esa niña nacia de las rarezas y premiosidades de su genio díscolo: pero ¿habia de caberme en la cabeza que solo por ir contra mi voluntad y por ostentacion de independencia, rehusase una mujer de diez y nueve años á un hombre cumplido en todo, una posicion brillante, despreciase una Grandeza y la pingüe herencia de su tia?
-- Marquesa, esto resulta de juzgar nosotros por nuestro sentir el sentir ajeno.
--¡Como que la sana razon no puede concebir los caprichos y dislates de la sinrazon!...
-- Es que la sana razon debe saber que no todos la tienen.
-- Pero ¿no habria modo de forzar á esa terca alucinada á desistir de su manía y á ceder á la razon?
-- Ninguno, Marquesa; y si lo hubiese, no aconsejaria yo adoptarlo.
--¿Y porqué?
-- Porque la autoridad paterna tiene sus límites; porque tomaria Vd. sobre sí una inmensa responsabilidad.
--¡Palabrotas, palabrotas!... Cuando pasa la edad de los caprichos, todas las felicidades se parecen, y tienen unas mismas condiciones y unos mismos cimientos.
-- Si eso se comprendiese á los diez y ocho años, no habria juventud, Marquesa.
-- A todo halla Vd. un apodo altisonante, D. Silvestre: á las locuras, el de juventud; á las niñas, el de perlas. No parece sino que está Vd. siempre leyendo versos ó novelas, Vd. que en su vida abre un libro (y hace Vd. muy bien, eso es otra cosa). Yo, que llamo al pan pan y al vino vino, le digo que á mí sola, y solo á mí, suceden estas cosas; solo yo tengo hijas por el estilo de las mias. ¿Qué haré?... No me queda mas que escribir á mi hermana y contarle lo que pasa, para que arbitre el medio de dar un corte á esto, y disponga lo que se ha de hacer.
-- Suspéndalo Vd. por ahora, señora. ¿Quién sabe si el Marques, puesto que es un hombre de tanto mérito, tendrá mas influencia sobre Constancia que no la voluntad que manda y los consejos que apremian?
-- Dice Vd. bien una vez en su vida, D. Silvestre: es muy probable que sobre esa niña díscola y rebelde, pueda mas un buen mozo que una buena madre. Le aseguro á Vd. que el dia que se case esa _perlita_, le mando decir á San Antonio una misa cantada, y siete rezadas á Santa Rita.
A poco se presentó el Marques, con el que estuvo el ama de la casa tanto mas agasajadora, cuanto que quedó prendada de él: cosa que sucedia generalmente á cuantas personas le trataban, aun sin desearle por yerno. Pero por mas recados que durante la visita mandó la Marquesa á su hija Constancia, ya por Clemencia, ya por Andrea, ella no permitió presentarse, escusándose con que tenia jaqueca.
Alegría trató de indemnizar al recomendado de su tia, esplayando todas sus gracias, y mostrándose la mas amable y festiva. Entretuvo é hizo reir á Valdemar con la pintura burlesca de la sociedad de Sevilla y de cuantas personas la componian.
Entretanto Clemencia, silenciosamente sentada cerca de una ventana, continuaba haciendo su labor, que era un pañuelo de manos con guardilla primorosamente calada, para su tia.
Apénas paró en ella la atencion el Marques.
--¿Qué te ha parecido el madrileñito? le preguntó Alegría cuando se hubo este despedido.
-- Muy buen mozo, contestó Clemencia.
-- Pues, hija, á mí me choca, repuso Alegría desdeñosamente: es tieso como un pitaco, tiene movimientos de minuet, es redicho, y no suelta la risa sino á duras penas. Lo que es la grandeza no le luce sino en los zapatos de charol, que son de estensas dimensiones, como diria _El Heraldo_ para decir largos.
--¡Ay! esclamó sorprendida Clemencia: ¿tú reparas en los zapatos de los hombres?
-- Por lo visto, reparas tú mas en la cara, ya que has hallado al Marques tan buen mozo, dijo con burla Alegría.
--¡Pues ya se ve! contestó sencillamente Clemencia; la cara es la que se mira.
--¡Vea Vd. la monjita, lo que le gusta mirar á la cara á los hombres! Pues, hija mia, en mi vida miro yo una cara que á mí no me haya mirado.
-- Si yo hiciese otro tanto, pocas caras tendria que mirar, dijo la pobre niña.
-- Así pondrias toda tu atencion en la hermosa fisonomía de tu apasionado D. Galo, repuso su prima; pues ese te mira bastante con lente y sin lente, alegre y melancólicamente, con ojos guiñados y con ojos abiertos, de soslayo y de frente, con disimulo y sin él.
-- Es su manera; lo hace de puro obsequioso que es, contestó Clemencia. Lo mismo hace contigo.
--¿Conmigo? dijo Alegría con aire despreciativo; no, no: sabe ese _correveydile_, ese tertuliano general y ambulante, que están las uvas de esta parra verdes para sus dedos manchados de tinta de oficina.
-- No solo están verdes, sino agrias. ¡Pobre D. Galo! dijo Clemencia.
Antes de proseguir, es necesario dar á conocer al lector el nuevo personaje que se acaba de mencionar (si es que no le conoce, pues todo el mundo conoce á D. Galo), porque en lo succesivo va á ocupar un lugar privilegiado en los cuadros que iremos bosquejando.