Clínica egregia: apuntes históricos · Capítulo real 7 de 20
CAPITULO X
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 8 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO X
líapoleón I. —Precedentes; origen y marcha de su última dolencia; muerte y autopsia. — Sus médicos; Corvisart, O' Meara y AntomarchL
JN APOLBÓN Buonaparte y Bamolino, natural de Ajaccio, donde nació en 15 de Agosto de 1769, fué de mediana estatura (cinco pies y dos pulgadas franceses), abultado de vientre, de bello rostro, cabello negro, ojos grises, cuello corto, ancho de hombros, de amplio tórax, proporcionados miembros, lindas manos, blanca dentadura, tez pálida y transparente y de sugestivo talante.
Pronto en las resoluciones, ágil de entendimiento y propenso al enojo^ estaba su constitución de tal suerte dispuesta, que ni se avenía con los reveses de la fortuna ni se doblegaba á eximias labores que requiriesen paciencia y continuada atención ; así no se cuidaba de la ortogra-
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fía en sns escritos de caracteres comúnmente indescifrables; que aquella inteligencia, creada para las grandes síntesis, no sufría benévolamente el yugo de los detalles, pero si del trabajo.
Era, dicen, tan grande la majestad de su continente y tan imperiosa su mirada que, á pesar de su modestia en el vestir, fácilmente se le distinguía como dueño y señor de aquella brillante cohorte de generales, de que se rodeaba, cubiertos de bordados y vistosos uniformes.
Ningún hombre recuerda la historia , que cayera tan hondo desde tan alto ; el hijo predilecto de la suerte, terror de los monarcas, arbitro de los tronos, dueño de las naciones, el mayor genio militar de su tiempo, esperanza de los franceses, monstruo de actividad que llevó sus ejércitos en busca de laureles desde Cádiz á Moscou, y desde Holanda á Egipto , al hundirse en el ocaso el sol de Waterloo arrastró consigo la fortuna de aquel general trocándole en hombre desventurado, rey fugitivo , emperador sin mando , prisionero de los ingleses y nuevo Prometeo encadenado á la volcánica peña de Santa Elena, donde sufrió el tormento de sus recuerdos, la amargura de aspiraciones no cumplidas y los groseros vejámenes de un esbirro...
En aquella prisión, lejos del teatro de sus hazañas, no le quedaba más recurso que mirar el Océano como para taladrar con la mirada la verde y fluida masa y leer su porvenir en el abismo ó dirigir sus ojos al cielo recordando sus días de gloria.
Distante de la patria; apartado para siempre de su hijo, madre y hermanos; separado de sns admiradores y de las pompas adherentes á su alta
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jerarquía, la transición no podía ser más brusca ni la caída más tremenda, y así aquella situación había forzosamente de conmover la máquina de su organismo. Napoleón, el hijo de las revoluciones, el padre de los disturbios, vencido fué por la sublevación de un pueblo casi inerme y pobrísimo comu España, y murió á manos de la revolución, de una sublevación epitelial, esto es, de un cáncer en el estómago.
Exceptuando una erupción cutánea que el gran Corvisart, su médico, hubo de curarle en otros tiempos, gozó siempre de buena salud , y su organismo no se alteró ni con
las nieblas y lluvias de K.poieon i.
Alemania, los fríos intensos de Husia, los calores de España, la abrasadora atmósfera del desierto, ni con las inclemencias y fatigas de sus numerosas campañas. Lento fué su pulso y, durante muchos años, le molestaron la astricción de vientre y la dificultad en la micción.
El 15 de Octubre de 1815 llegó Napoleón á la isla donde había de morir, y á últimos de Septiembre de 1817, después de algunas indisposiciones como cefalalgias, catarros y reumatismos, comenzó á presentar síntomas que pusieron en cuidado al Dr. O'Meara. Eran los más principales dolor en el hipocondrio derecho con sensación de calor, digestiones penosas, inapetencia, astricción alternando con diarrea, flatulencia, cefalalgias,
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semblante pajizo, conjantivas amarillentas, vómitos biliosos, insomnio, intranquilidad, decúbito izquierdo difícil, edema en los pies y piernas, todo lo cual hacía temer la existencia de una hepatitis tan frecuente en aquel clima. Por entonces iniciáronse la ñebre, tumefacción en el hipocondrio, dolor en la nuca y en el hombro derecho y sudores ; ello ocurrió hasta Julio de 1818.
Administráronsele purgantes, mercuriales, baños calientes, enemas, friegas á las piernas, régimen vegetal y se le aconsejó la equitación.
Sometida la descripción clínica suscrita por el Dr. O'Meara, al juicio de cuatro profesores de la Universidad de Roma, dijeron que el padecimiento del emperador provenía de obstrucción al hígado con discrasia escorbútica, y convinieron en un plan dietético y terapéutico en consonancia con sus creencias. Estos profesores, comoO^Meara, creyeron que Napoleón sufría una hepatitis de causa endémica.
En Enero de 1819, el médico Jhon StokoB opina que la debilidad del emperador crece con su enfermedad, que es una hepatitis propia de aquel clima y que acabaría con la vida del paciente. Convencióse Stokoe de que el hígado estaba gravemente alterado ; por dicha época el desterrado soberano padecía fiebre y fuertes latidos de dolor en el hipocondrio derecho que subían al hombro del mismo lado.
El último médico del emperador, Antomarchi, á su paso por Londres, y en camino de Santa Elena consultó con los doctores de más fama, y especialmente con los que habían ejercido en países tropicales, la enfermedad de Napoleón y todos consintieron, ante los datos suministrados por O'Meara
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y Stokoe, en que el desterrado adolecía de hepatitis.
El día 22 de Septiembre de 1819 encargóse Antomarchi de la dirección médica en la enferme- •dad de Napoleón, á quien examinó detenidamente el día 23 ; el enfermo tenía el pulso pequeño pero •de frecuencia normal en él (60 pulsaciones), piel terrosa, conjuntivas hictéricas, náuseas y vómitos, astricción, dolor en el hipocondrio derecho, tumor doloroso al nivel del lóbulo izquierdo del liigado, debilidad, insomnio é inapetencia. Con empeoramientos y mejorías atribuidas éstas ora ¿ una sangría, á los baños, al ejercicio ó á los remedios de toda clase, caminaba el emperador liacia sus postrimerías.
A principios de 1821, último año de su existencia, el emperador estaba algo más repuesto, pero no menos grave; ni toleraba el movimiento del coche, ni los alimentos sólidos y profunda tristeza le consumía. Luego reverdecieron los antiguos síntomas, inicióse una tos molesta y abatióse el ánimo con la falta de fuerzas.
La agitación, insomnio, dolores, vómitos de substancias alimenticias y de materias obscuras como el poso de café, ardor en el vientre, sed, diarrea y tristeza, aumentan, y con todo ello el peligro se hace inminente. A últimos de Abril, y siendo alarmante su estado, la fiebre y el delirio complican la situación. A partir de esta fecha ya sólo puede consignarse la fiera lucha entre el organismo y la avasalladora y terrible dolencia, la cual, desencadenada con furia, terminó con la muerte, precedida de hipo, frío en las extremidades, angustia suprema, intranquilidad creciente, vómitos negruzcos, pulso intermitente y rápido.
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convulsiones y estremecimientos musculares, delirio, respiración suspirosa, sudores fríos, cara descompuesta y demás síntomas que forman el obligado cortejo de la muerte. Ocurrió ésta en 5 de Mayo de 1821 al caer el sol en el Océano '. De la autopsia practicada por Antomarchi, en presencia de ocho médicos, resultó que las visceras pectorales se encontraban en estado normal. El bazo y el hígado repletos de sangre y abultados; el último, afectado de inflamación crónica, se hallaba íntimamente unido por su cara convexa al diafragma; la adherencia era fuerte, antigua y extendida á toda la superficie superior de la entraña; el lóbulo izquierdo firmemente unido al estómago y omento menor ; en el sitio de la adherencia, el lóbulo hepático estaba hinchado y endurecido.
En el estómago, sin embargo, se encontraron las lesiones de mayor importancia. Hallóse esta viscera perforada de parte á parte, siendo los bordes del agujero duros y de aspecto escirroso; la perforación correspondía á las inmediaciones del píloro. Contenía el estómago materias acafetadas; la membrana interna ó mucosa se encontró invadida, en mucha extensión, por una úlcera cance-
* En los Inválidos de París se depositó el oorasón de Napoleón I y los de Kléber. Tarena, Srta. de Sombreoil y Tonr d'Anverg^ne; el de San Lnis fué depositado en la SainteChapelle ; el de Voltaire fué cedido por los herederos de la Marquesa de la Villete á la Bib. Nationale, en 1864; el de Bnffon se custodió en el Museum; el del obispo Fentrter en la iglesia de la Asunción, y en el real monasterio de Guadalupe, Escuela práctica de Medicina, en Extremadura, se conserva el corazón do Luis Bravo de Acuña, Virrey de Navarra y el del Duque de Béjar; valga esta nota para recordar que la costumbre de conservar la entraña cardíaca de egregios difuntos, es tan antigua como extendida.
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rosa cuyo centro correspondía á la curvadura menor; á una pulgada del píloro observóse un endurecimiento escirroso de forma anular. En suma, el estómago, principalmente atacado por la dolencia, estaba profundamente alterado por el carcinoma ; el Ligado y el omento menor secundariamente afectados por tan funesta vecindad. £n la vejiga de la orina, arenillas y cálculos.
En conclusión; aun cuando el hígado delató en la autopsia vestigios de flogosis, el Lecho de que en su parénquima no se encontraron lesiones de estructura ni alteraciones graves, indica que la principal enfermedad de Napoleón, la que ocasionó su muerte, fué la enfermedad gástrica, el cáncer del estómago, de cuya dolencia falleció también el padre del emperador.
Preocupados los médicos con los síntomas hepáticos del enfermo y dominados por la extrema frecuencia de las hepatitis en Santa Elena, siempre creyeron que se trataba de una inflamación al hígado y fué necesaria la autopsia para formular un diagnóstico verdadero.
§ Napoleón, que no creía en la Medicina, estimó y distinguió á los profesores demostrándolo en sus actos y en su testamento. Durante su apogeo gastaba en médicos, farmacéuticos, dentistas y pedicuros 201,700 francos anuales, de los cuales correspondían á Corvisart 84,500, á Hallé 16,000 y á Lanfrancque, Guillouneau, Lerminier y Bayse — encargados de la Enfermería Imperial — 8,000. Tenía además cuatro médicos consultores (Malet, Le Pieux, Pinel y Aubry) con 3,000 francos. El cirujano primero, Boyer, tenía 15,000 francos, y el segundo, Yvan — que curó á Napoleón cuando fué herido en Ratisbona en 1809, —
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12,000. Los cirujanos de la Enfermería Imperial (Horeau, Vareillage, Lacouenére y Ribes) disfrutaban 6,000 francos. Otros cirujanos, Jouan 6,000 francos, Lassoujade 4,500, y los cuatro consultores 3,000 (eran éstos Pelletan, Percy, Sabatier y Dubois). Este último asistió á la emperatriz en su parto, lo que le valió 100,000 francos y el titulo de barón. El dentista 6,000 francos y 2,400 el pedicuro. Los farmacéuticos, en número de siete, se repartían 23,000 francos.
Tuvo ciega confianza en Corvisart. Este médico francés nació en 1755 y murió el mismo año que su regio cliente. Discípulo de Petit, Desault y Louis fué muy estimado de sus maestros. Profesor agregado á la Facultad de París, clínico de la Charité y catedrático por fin de Clínica médica, adquirió grande y justa reputación. De carácter brusco, pero de sólidos conocimientos, eran considerados sus pronósticos como sentencias inapelables. En 1806 publicó un libro sobre las enfermedades del corazón y de los grandes vasos, que hizo inmortal á su autor.
Por Josefina, la esposa de Napoleón, entró á ser médico de este grande hombre, al cual llegó á amar tanto que, según se dice, fué atacado de apoplejía al saber, en 1814, el desastre del emperador. Este colmó de honores á Corvisart y el Instituto de Francia le abrió sus puertas.
El Dr. O'Meara nació en Irlanda en 1786. Estando de cirujano mayor á bordo del navio BeUeforon, en donde iba prisionero Napoleón, aceptó el cargo de médico del emperador, á quien siguió á Santa Elena, dando muestras de lealtad y acreditando ser un digno sacerdote de la ciencia. En 14 de Mayo, despojado fué de su cargo y pensión
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por las autoridades inglesas, retirándose á los alrededores de Londres, donde vivió el resto de sus días, publicando en 1821 un libro en inglés acerca de la enfermedad de Napoleón Bonaparte. Falleció O'Meara en 1836.
El último profesor encargado de la salud del emperador fué Antomarchi, hijo de la isla de Córcega, donde nació por los años de 1790. Estudió en Pisa y Florencia, fué ayudante del anatómico Mascagni, cuya monumental obra de anatomía publicó más tarde. Nombrado por el cardenal Fesch médico de Napoleón, marchó á Santa Elena en alas del entusiasmo por el vencedor en Marengo y movido en parte por su carácter aventurero.
Fué mal recibido por el desterrado, pero luego conquistóse el aprecio de su egregio cliente, aunque no logró atraerse su entera confianza. Buonaparte echó siempre de menos la respetabilidad y superior talento de Corvisart.
En cuanto Francisco de Antomarchi terminó su misión, volvió á Europa donde los enemigos de Napoleón le persiguieron con amargas calumnias; anduvo por Francia, Inglaterra, Polonia, Italia ; marchó por fin á Nueva-Orleans y murió en la isla de Cuba ejerciendo de médico homeópata en 5 de Abril de 1838.
Dejó publicado un atlas de anatomía de gran mérito para aquella época.
Existen auténticos y suficientes datos para escribir la historia clínica de la última enfermedad de Napoleón I con toda la extensión que á la par requieren la grave dolencia y lo egregio del personaje ; pero nuestro intento no fué otro que el de componer un sucinto y breve cuadro de su
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postrera dolencia, en consonancia con los anteriores capítulos.
En las obras de O' Meara y Antomarchi podrá completar el lector los detalles que faltan en este relato.
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CAPITULO XI
D.* Bárbara de Braganza y el Médico del agua.— Muerte de la reina; sos arohiatros. — Postrera dolencia de Femando VL
J^A enfermedad que puso fin á los días de Napoleón el Grande, fué, en esencia, la misma que la que llevó al sepulcro á la r*^ina española D.* Barloara de Braganza.
El deán Ortiz, en su Compendio cronológico de la Historia de España, lib. 24, cap. III, dice que la enfermedad de la mencionada señora consistió en una especie de enjambre de inmundos insectos que de su cuerpo brotaban con tal abundancia, que los recursos de la Medicina fueron impotentes para combatir la inmundicia. Esta opinión fué tan admitida en España que, aun boy, apenas si se cita una dolencia de aquella índole que no se recuerde al punto la muerte de D.* Bárbara.
¿ Qué pudo baber de cierto en tal versión?
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Unn circunstancia: que á la reina, en sus últimos días, llenósele el cuerpo de tumores, fuentes de dolores acerbos y corrientes de pus; secreciones que, dándose la mano con las cataplasmas, ungüentos y pegados, eclipsaban la limpieza y el aseo adherentes de tan ilustre dama.
Antes de narrar la enfermedad y muerte de la augusta dama, no será fuera de propósito decir algunas palabras acerca de un médico de aquellos días que jugó papel importante á la sazón y contribuyó no poco á desviar de la verdad la atención pública.
A mediados del siglo xviii hallábase la Medicina española en gran decadencia ; años hacia que los profesores, — muy lejos de considerar á la razón y la experiencia como claras fuentes del saber médico, — en cuenta de estudiar los modernos adelantos y enriquecer á la ciencia de la salud con útiles conquistas * de la Física y de la Historia natural, entregábanse con ardoroso afán á comentos estériles, sutiles dibujos de la imaginación é inacabables y fieras disputas, aduciendo en ellas, con morboso, inextinto anhelo de vana sabiduría, hasta lo que dijeron ó quisieron decirles profetas, santos y santas que dieron en la flor de escribir durante su vida terrena ; así fueron convirtiéndose las aulas, las juntas, los actos universitarios en públicos reñideros donde los doctores apedreaban la majestad y pompa de la Medicina y descalabraban al buen sentido con textos impertinentes, fruto de una erudición malsana. Empeñados venían los médicos, salvo muy honrosas excepciones, en una famosa controversia sobre si el
* Vid. Apuntes para la biografía de Pedro Virgili. por L. Comenge.— Barcelona, 18M.
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agua era ó no medicamento universal para todos los afectos. Terciado habían en aquel cansino debate, — tan baldío como las discusiones sobre el cálido innato, la cocción y crudeza de los humores, el método de Raspail y el aojamiento, — Vázquez, Cornejo, Martín, Cathalá, Eguía, Carballo y otros , cuando las inauditas proezas médicas de un tal Vicente Pérez elevaron á éste á la cúspide de la clase profesional.
Era dicho señor la encarnación de todos los entusiasmos por el uso del agua como elemento de profilaxis y curación de todas las dolencias.
Llegó Pérez á Madrid precedido de gran renombre por sus innúmeras y maravillosas curaciones con su ácueo método conseguidas. Decíase, y él lo atestiguaba con cifras y documentos, que en un pueblo en donde se había declarado una epidemia, de la que morían diariamente veinte enfermos, cesó al punto aquella plaga no más que empleando su eficaz y húmedo tratamiento. Con estas voces y la natural afición del vulgo, siempre liviano y cascabelero ante lo nuevo, la fama del Dr. Pérez llegó á las nubes; en la corte, no se hablaba más que del célebre Médico del agua, como dieron en llamarle sus contemporáneos. Bien pronto contó Pérez con la adhesión del pueblo, la amistad de la nobleza y con la valiosa protección de algunos prelados y magnates. Cerráronse algunas farmacias por inútiles, y aquel Neptuno de la Medicina ya no pudo acudir á su copiosa, escogida y creciente clientela y su fama subió al compás de su peculio. Mas no contento sin duda con las riquezas que del agua procedían, unióse á un fraile muy listo y despierto para explotar un remedio secreto que del extranjero provenía.
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Ora porque este inmoral negocio no rindiese las nulidades que soñaron ambos logreros, ora porque la distribución de las ganancias no fuese equitativa, ello es que el vivo y piadoso fraile arremetió con sin igual denuedo y encarnizada furia contra Vicente Pérez y, pluma en ristre, precipitó la ruina y descrédito del audaz Nereo, el cual, como carecía de ilustración, no supo defenderse, porque conviene advertir que los libros que imprimiera el Médico del agua con su nombre, fueron escritos por el travieso fraile, su consocio.
No menciono tales bochornos con el pueril intento de zaherir á una época que tuvo hombres sabios y honrados; ¿se acabaron, por ventura, los embaucadores con título en nuestros días? No, por desgracia.
Antes de derrumbarse la inexplicable autoridad de Pérez, como llegase su fama hasta el punto de atufar á candidos palaciegos que vieron en el ácueo doctor una esperanza de salvación para la reina, influyeron cerca del rey para que le llamase y nuestro hombre, como todos los de su ralea, atrevióse á prometer la curación de D.* Bárbara merced á su acreditado método. Ordenó el monarca á los médicos de cámara que consultasen con Pérez; fué éste al real sitio de Aranjuez, donde estaba la augusta enferma próxima al fatal desenlace, con intento de sujetarla á su plan terapéutico; pero D. Pedro Virgili, hombre sabio y de entero carácter, se opuso á que el osado viera á la atribulada señora. Por cierto que al morir ésta levantóse gran clamor contra los médicos palatinos, á los cuales acusaron los parciales de Vicente Pérez, de haber perseguido al Médico del agua, envidiosos de su ciencia.
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§ Asistió á D.^ Bárbara en su última y cruel dolencia D. Pedro Virgili, hombre recto, enamorado de la ciencia, fundador de los Colegios de Cirugía de Cádiz y Barcelona y regenerador del f^rte quirúrgica en España ; era natural de Yilallonga, en Cataluña, y gozaba de gran reputación entre los doctos.
El Dr. Suñol y el erudito Piquer — este último harto conocido de todos por su ciencia é inolvidables escritos — prestaron también sus servicios á la regia enferma.
Era aquella señora de 47 años de edad, temperamento sanguíneo flemático, obesa, de mucho comer, de poco ejercicio y con evacuaciones menstruas copiosísimas; no parió nunca ni se hizo preñada. En su juventud padeció frecuentes jaquecas; en la edad consistente adoleció de dificultad de respirar, de modo que los médicos lo miraban como asma periódico que en la entrada de las estaciones mostraba tales aumentos que hacía temer la sofocación, singularmente en los solsticios, en los cuales los acometimientos asmáticos eran muy intensos.
Tratáronla los doctores con purgas y sangrías, que aliviaban de momento, pero, con los años, fué agravándose la pasión, molestándola no poco la tos continua que no la dejaba dormir ni le permitía reposar en la cama.
Retiróse la menstruación en Noviembre de 1757, estando la reina en el Escorial; coincidiendo con aquel suceso sintió dolores en el empeine, lomos y caderas, que persistieron hasta Febrero del siguiente año. En esta fecha comenzaron á salirle á la enferma tumores en el abdomen y en las ingles, con lo que aumentó el ansia, el ÍDSom* nio y la flacura.
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Eran los indicados tumores durísimos, desiguales, dolorosos á la presión y de variable tamaño, apreciándose uno más grande que el puño en la ingle derecha. A primeros de Mayo trasladóse D.* Bárbara á Aranjuez, de donde no había de salir con vida ; allí continuó sin empeoramiento ni mejoría, tomando medicinas externas é internas, hasta que en 20 de Julio le sobrevino frío y calentura.
El Dr. Piquer dice, en su manuscrito, que se hizo aquella fiebre continua con exacerbaciones cuya cúspide correspondía á las doce de la mañana y diez de la noche, sin escalofríos ; el pulso era duro, muy acelerado, serrátil; careció la enferma de hipo, convulsiones, delirio y vómitos. Uno de los síntomas que nunca faltaron en esta calentura, era el dolor en el bajo vientre que se trasladó á los alrededores del ombligo y luego al hipocondrio derecho, siempre más doloroso que el siniestro ; otro síntoma constante fué la diarrea, como disentería en un principio, con retortijones al vientre, luego los cursos tenían ramentos 6 raeduras de tripas, y eran copiosos, frecuentes y muy fétidos ; hiciéronse las cámaras lientéricas , aguanosas y purulentas, y hacia el fin de la enfermedad, salían como la amurca, de color de tabaco y aun más obscuras. Duró la calentura hasta el 27 de Agosto de 1858, en que murió la reina.
Antes de fallecer, hízose el pulso bajo y pequeño, la sed fué en aumento, secóse y obscureció la lengua ; á los veinte días de la enfermedad principió á hincharse la pierna izquierda, luego el muslo, vientre, nalgas, caderas, lomos y espalda, de suerte que, ocho días antes de morir estaba hidrópica. Al compás de la gravedad, fué aumen-
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tando la dificultad en la respiración hasta el extremo de que, á consecuencia de este impedimento , 86 le quitó del todo la voz á la egregia doliente. No tuvo estertor, pero la faz se puso cadaverosa, sentía lipotimias y el cuerpo pesaba como el mármol. Oprimida y agobiada por tales síntomas, á las dos y media de la madrugada del postrero día de su existencia, se le privaron los sentidos, puso los ojos en blanco y metidos hacia arriba, aceleróse la respiración ya muy pequeña y murió á las cuatro de la mañana.
Las reflexiones del médico de cabecera que proporcionó estos datos son extensas, viniendo á decir que la sangre de D.* Bárbara era acre y picante en un principio, lo que motivó las jaquecas; luego, aquella sangre convirtióse en cancerosa, á lo que contribuyó el daño de la matriz que da ó recibe el humor atrabiliar canceroso. Diagnosticó la enfermedad de cáncer ó tumores cancerosos y entendió que el calor de la estación, las medicinas que le aplicaron por fuera y las aguas minerales que tomó por la boca, con la supresión del menstruo, fueron causas bastantes para que la materia que estaba quieta en el tumor de la matriz, se dilatara y extendiera por otros órganos y formase la atrábilis turgens ó cancro ulcerado, enfermedad siempre mortal *.
* Mariana de Austria, segunda esposa de Felipe IV, falleció á los 62 años (1696) de nn zaratán que no quiso mostrar á los módicos; Ana de Austria, hija de Felipe III y esposa de Luis XIII de Francia, después de no pocos sinsabores murió á los 64 años, de un cáncer. Habla sido bella, altiva ó inteligente, pero no pudo conquistarse el cariño de su esposo. No debe confundirse esta reina con Ana de Inglaterra, que falleció en 1.» Agosto de 1714 después de 17 embarazos; no dejó heredero directo y falleció, según dicen, por excesos en la bebida.
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§ Causó la muerte de D.* Bárbara tan tremenda sacudida en el ánimo de su regio esposo D. Fernando VI, que, comenzando éste ¿ enfermar, no paró el mal hasta hundirle en la sepultura después de hacerle sufrir los más terribles y acerbos dolores.
Y puesto 4iue la relación de esta crueb'sima dolencia está á disposición de mis lectores en la Historia de la Medicina Española, por Chinchilla, diré sólo algunas palabras, reservando el espacio para más desconocidos morbos y obscuras circunstancias.
D. Fernando VI enfermó el 7 de Septiembre de 1758 estando en el palacio de Villaviciosa; comenzó la dolencia por temores infundados, sobresaltos y extravagancias, como las de abandonar los negocios, negarse á comer viandas sólidas y no permitir le cortasen la barba ni el cabello.
En 2o de Noviembre del mismo año crecieron los imaginarios temores, y tantas veces y con tal vehemencia hablaba de ellos, que constituía su habitual conversación, sin que ninguna clase de .persuasiones y convencimientos bastaran á parar la barrena de la melancolía que trabajaba la mente del monarca sin ventura.
Creíase próximo á la muerte j ora sentía que le ahogaban ó que le destrozaban las entrañas ; junto con esto tenía aversión á las gentes y no toleraba que nadie durmiese ó comiera, desapareciendo, por tanto, aquella natural bondad de sentimientos que todos reconocieron en el infortunado rey.
Alternando las mejorías con los empeoramientos, la astricción con la diarrea y la fiebre, fué extenuándose de tal suerte el enfermo, que se le podían contar las costillas y los nudos del espinazo.
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En Febrero de 1769 tuvo el rey accesos de furor é impulsos suicidas mezclados con los miedos é inquietudes mencionados. Más adelante las ideas no tuvieron objeto fijo, antes bien eran vagas, desordenadas é inconexas, de modo que algunas veces hablaba horas enteras, sin que ninguno de los asistentes pudiese atar un discurso, ó proposición bien sentada; nublóse la memoria, faltábanle pensamientos y pedía le apuntasen alguno. Cuando el priapismo, que tanto le molestara , desapareció , empezó la respiración á ser laboriosa , sobrevino el edema en las piernas, escroto y vientre, y tras de ataques de alferecía y uno á modo de insulto apoplético, falleció el monarca en la madrugada del 10 de Agosto del supradicho año.
La lectura del informe suscrito por el Dr. Piquer reportará grande
utilidad á cuantos quieran conocer el estado de la vetusta Medicina en la determinada enfermedad mental de Fernando VI.