Colección de lecturas recreativas · Capítulo real 4 de 22

Polvos y lodos

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 14 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

POLVOS Y LODOS 69

sí: ¡nunca tendrás entonces un coche y unas jaquitas como las de Currito Pencas!...

Yo me encogí de hombros y seguí en pos del hermano de mi amigo, que atravesando varios pasillos y una sala de billar, nos condujo á la estancia en que se hallaba Manolo. Era esta una gran pieza rectangular, tapizada toda de rico cuero de Córdoba, con zócalo y artesonado de roble tallado: ocupaban los cuatro ángulos otras tantas armaduras completas, árabe la una con capacete ceñido por un turbante blanco, otra de Milán con adornos ricamente damasquinados y cincelados, y otras dos de mallas del siglo XIII. En las paredes laterales había otras cuatro panoplias también antiguas, y sobre las dos grandes mamparas de cuero que daban entrada á la pieza, se veían los retratos de un caballero con tabardo oscuro y la insignia de Clavero mayor de Calatrava al cuello, y el de una dama de edad madura, con el severo traje blanco y negro de las viudas del siglo xvil: tenía esta á los pies una caja de ricas joyas, y constaba en una inscripción esculpida en el marco, que las había cedido para fundar un hospital en 1630. Componían el resto del mueblaje una sillería de roble tallado, una mesa también de roble con pies de tijera, cuya tapa la formaba una enorme tabla de una sola pieza, admiración de cuantos la veían, y dos de esos armarios del siglo XVI, primorosamente tallados é incrustados, que remataban en el escudo de armas de la casa de Manolo. Pero sobre aquel fondo de antigua y severa magnificencia, había amontonado Manolo, el elegante de nuestra época, cuantos objetos pueden dar de sí las aficiones inconstantes, los caprichos de la moda, y las extravagancias de gustos pasajeros. Veíanse diseminados por donde quiera, no con ese bello desorden hijo del buen gusto artístico, sino con ese otro desorden hijo del despilfarro y de un carácter caprichoso

•< I

LE< fURAS RE( RE VI l\ VS

en que la obra sigue siempre al deseo, sin dar tiempo á la reflexión, bronces, porcelanas, armas y arreos de caza, floretes, pipas de todos "eneros, fustas, látigos, instrumentos de música, cromos, acuarelas, fotografías de cantantes famosas y de escandalosas celebridades femeninas, y otros mil objetos artísticos ó extravagantes, esparcidos todos por las paredes, sobre los muebles, en etageres colocados sin gusto ni concierto, y hasta arrojados por los rincones.

Formaban en uno de ellos un extraño trofeo, varios estoques de matar y algunas lujosas banderifj lias, con una cabeza de toro en el centro, disecada y con ambos cuernos dorados. La armadura de Milán tenía terciado un capote de toreo de raso encarnado; asomaba un cigarro puro por la visera de la celada, y parecía apoyarse en una garrocha de derribar vacas, que había mandado hacer Manolo con el asta de la lanza de uno de sus abuelos, muerto en Aljubarrota. A los pies de la dama del siglo XVII, estaba el retrato de una bailarina francesa, llamada por sus admiradores, la hija del aire; y por debajo de este, encerrado en un rico marco dorado, y en el centro de una corona de laurel de plata, había un zapato de raso blanco, reliquia de aquella notabilidad pedestre, á quien llamaba Manolo— ¡á los veintidós años! — la última ilusión de su vida. Una cosa llamó también mi atención de niño: sobre el escudo de armas en que remataba uno de los armarios del

POLVOS Y LODOS 7 I

siglo xvi, y cubriendo aquella gloriosa cimera que adornó la misma Isabel la Católica con una corona condal, había colocado Manolo, el descendiente de aquella raza de héroes, una montera de torero!...

No sé si era esto casualidad ó era alegoría: es lo cierto que aquel pobre Manolo no añadió nunca á los timbres de su casa otra empresa, que la de aquella montera, desconocida hasta entonces en la heráldica.

Cuando nosotros entramos, Currito Pencas, sentado á horcajadas en una lindísima silla de estilo Luis XV, que decían haber pertenecido al tocador de la Dubarry, y había comprado Manolo en Londres á precio exorbitante, tenía la palabra, y contaba á su auditorio su viaje á París para dar una corrida de toros, y el disgustillo que, según él, había tenido con Napoleón III, que ocupaba la presidencia. Era un hombre de unos cuarenta años, cuyas formas parecían modeladas por el cincel de Fidias: su rostro tenía esa vulgar corrección que se nota en los tipos hermosos de la plebe, no obstante de reflejarse en toda su persona cierta gracia, cierta gallardía no exenta de dignidad, que le hacían simpático á primera vista. Vestía una chupa de terciopelo morado muy oscuro, y un chaleco bajo de lo mismo, que dejaba asomar la camisa ricamente bordada, y cerrada con botonadura de gruesos brillantes: una faja de seda de vivos colores ceñía su cintura, y caía sobre ella una leontina de oro de grosor enorme, que bien hubiera podido costar media talega de duros.

Manolo estaba á su derecha, sentado en la mesa de roble, y rodeábanlos, unos de pie y otros sentados, hasta diez ó doce jóvenes, crcme de los salones de la corte, al mismo tiempo que mocitos cruos del Club tauromáquico.

— ¡Sigue, Currito, sigue! — exclamó Manolo, invitándole

I I < I ÜRAS RECREATIVAS

a reanudar su narración, interrumpida un momento a nuestra llegada.

-Pues náa, — prosiguió Currito: too fué que ese Napoleón no tiene ni los diecinueve reales cabales... (i). Ya me tenia hasta la moña con que si la corría ha de ser hoy, si ha de ser mañana, y yo mientras tanto aburrió en aquel París de Francia, too el día o/n'ares (bulevares) arriba, olivares abajo, con más frío que un perro chino, porque se levantaba á las noches un fresquete, que le hacía a uno tirita en francés. Llegó por fin el día de la corría, y aquello fué pa morirse de risa, ¡caballeros!... Parecía la plaza un tarrito de pomáa, y á poco más hasta los triperos me salen con guantes. En fin, caballeros, cuando salió el primer toro tocaron un vigulínl...

Aquí estalló una explosión general de risas y palmadas, a que puso fin Currito Pencas, continuando:

— Maté el primer bicho con un volapié, que si lo llego á dá en Sevilla... ¡caballeros!... se junde Triana, y las campanas de la Giralda repican solas!... Pero en aquella tierra nadie entiende la afisión; y sin que sonara un aplauso atravesé el redondé con los trastos en la mano, para hacerle la venera al palco imperiá. Allí estaba el señó Napoleón, más tieso que una estaca, y la PLmperatrí, y el Príncipe imperiá, y una piara de Monsiures y Madamas, tan secos y tan filimicupistis, que no parece sino que se mantienen con obleas por no engordar. La Emperatn hizo una seña, y me mandaron subir al palco. El Napoleón se puso entonces los espejuelos, me miró de arriba abajo, y — ¡caballeros!... ¡ni que hubiera entrao el gato de casa! — me volvió la esparda, y se puso á platica con una vieja que traía en

(i) Para comodidad del lector, conservamos en lo posible, en las palabras de este personaje, la ortografía eme corresponde al lenguaje del pueblo bajo de Sevilla.

POLVOS Y LODOS 73

la cabeza una á modo de papalina blanca, y en la mano un soplaó de plumas, en vez del abanico de las jembras de po acá. — ¿De qué campanario se habrá escapao esta lechuza? — me dije yo, que en cuanto le eché el ojo le tomé tirria. Y luego supe que era la Duquesa de la Mota (La Motte...) como quien dice, de los cuatro ochavos.

Aquel desprecio me irritó; porque le acababa de brinda el toro en francés, y...

— ¿En francés?... — exclamaron varias voces. ¿Y cómo dijiste?... ¡Cuenta, Currito, cuenta!

— Pues le dije mu serio: — «Brindo por bit (vous), y por la mujer del bú, y por el bucesito chico.»

De nuevo estallaron las carcajadas, y de nuevo las hizo cesar Currito, continuando:

— La Emperatrí, al fin como española que es, estuvo mu campechana. Me elijo que me había visto torea en Granáa, allá en años témporas, y me encargó que guardara bien el cuerpo, no fuera á haber alguna desgracia. Y en esto salta la vieja del soplaó, y me dice con una cara de mírame y no me toques:

— ¡Perrro V. sangrrra mucho al torrro!...

— Pues si no quiere V. que lo sangre, le dije yo, mándele al méico y que lo mate con la mepatía... Yo no sé si me entendió, que yo bien recio se lo dije; pero es lo cierto que á la Emperatrí le entró tal risa, que hasta tos le vino.

Pues vamos á que mientras la madre reía y el padre platicaba, se viene á mí el Napoleón chiquetito, me coge por las borlitas de la chupa, y en español construío me dice al oído:

— ¿Tú me quierrres dar á mí ese traje bonito?...

— Pues ¿no he de querer, prenda?... Esta misma noche lo tienes en tu casa; le dije yo con el alma. Porque tenía aquella criaturita una carita de ángel, que parecía una mosqueta.

II' fURAS RECREATI\ AS

Y asi fué: que aquella misma noche se lo mande con dos chicos de la cuadrilla a las Tullerías, con un carté de letra mu fina, que decía:

AI Principe imperial. Carrito Piucas.

Y por aquí le salió la pepita á la gallina, caballeros... Porque a la otra noche me estaba afeitando pa dir á los

Italianos, cuando se me entra por las puertas un Monsiú Coliflor (Colfleuri), que era chalán (chambellan) del Empernó, más flaco que el San Jerónimo de Moya.

— ¿El señó Pencas? — me dijo. —Para servir á Y., amigo; le contesté.

Y sin salir de un ladrillo, me jizo entonces más de veinte cortesías... Empieza mi Coliflor con señó Pencas arri- . ba, señó Pencas abajo, y que patatín, que patatán, saca cuatro billetes de á mil francos, y me los pone en la mano, diciendo que aquello me mandaba el Emperaó, en pago del traje que le había regalao al chiquillo.

—¡La sangre se me subió á la cabeza, caballeros!... porque me pareció que me daba aquel hombre una guantáa en mita de la cara!... Venirme á pagar á mí con cuatro mil francos un regalo que hacía!...

-Tente, Currito, tente, — me dije; que á este hay que descabellarlo por lo fino. V como si fueran de papel de estraza, tiro los billetes en la mesa sin mirarlos siquiera, y dígole mú campechano:

—Siéntese V., Monsiú Coliflor: vamos á echar un ciga-

POLVOS Y LODOS 75

rro... Y saco la petaca de filigrama de oro que me regaló la Reina.

— ¡Oh que linda alhaja! — dijo el Coliflor.

— No es fea, — contesté yo como si tal cosa. Esa me la regaló la Reina de España.

— ¡Oh que bravos cigarros!

— Regularillos son, — le respondí: el Rey de Portugal me mandó seis cajones iguales.

Y al oír esto el Coliflor, abría cada ojo como un besugo. Y yo entonces más serio que una patata, hago con los billetes una torcía, les pego fuego en el velón, y se los presento para que encienda el cigarro.

— ¡Oh señor Pencas!... ¡que V. quema el dinero!...

— No se apure V., señó, — le dije yo entonces; que todavía me quedan un par de onzas en el bolsillo para comprarle al Emperaó un organillo y un mico, por si quiere ir á España á ganarse la vida...

— ¿Qué es lo que V. dice, señor Pencas?...

— Digo, por si V. no lo sabe, que Currito Pencas no es ningún ropavejero del Rastro, ni tiene ningún baratillo en las callejuelas de Regina. ¿Está V.?... Digo, que lo que Currito Pencas regala, lo paga la voluntad, pero no lo paga el dinero .. y digo, que ni el Emperaó de Francia, ni el Emperaó del globo terraco, le sacan á Currito Pencas los colores á la cara. ¿Está V., Monsiú Coliflor? ¿Está V.?

— Yo estoy espantado.

— Pues remójese la mollera con agua fresca, no le venga algún desmayo, — dije yo volviéndole la espalda. Y aquella misma noche reuní á la caudrilla y tomamos el tren, diciendo desde la ventanilla: ¡Adiós, París!... ¡Te queaste sin Currito Pencas!

Currito Pencas calló, y el entusiasmo del auditorio llegó entonces á su colmo. Aquellos pulidos caballcritos, cntu-

I i i i UR \s RE( Kl Al I\ VS

siastas del París que llamaba Veuillot Universidad de los siete pecados capitales, se indignaron de que el I'. 'iris verdaderamente culto y elegante hubiese visto en su ídolo tan

solo un gitano garboso; la digna conducta de Napoleón fué considerada como un crimen de lesa tauromaquia contra aquel héroe del trascuerno, y la insolencia del torero como una arrogancia más caballeresca que la de aquel Conde de Benavente que prendió fuego á su palacio, por haberse hospedado en él aquel Condestable de Borbón, traidor a su patria.

POLVOS Y LODOS JJ

Rodearon pues al torero aclamándole, y á los gritos de — ¡Bien! — -¡Bravo! — ¡Bien por Currito! — ¡Viva Sevilla! - ¡Eso es dejar bien puesta la bandera! — le levantaron, tal cual estaba sentado en la silla de la Dubarry, y le colocaron sobre la mesa.

— ¡Pues claro está, caballeros! — decía Currito desde lo alto de su apoteosis. Quien descabella seis toros tóos los lunes, bien puede descabellar á un Emperaó una vez en la vida...

Abrióse en aquel momento la puerta, y entró un negrito de unos quince años, vestido de librea verde aceituna, con una gran bandeja llena de botellas, platos y copas. Era el grooví de Manolo, que traía el lunch para los señoritos.

Manolo mismo nos sirvió á Fernando y á mí algunas pastas y una copa de vino, y ordenó luego al negrito que nos llevase á ver el león preso en su cueva. Indudablemente estorbaba á la completa expansión de los señoritos la presencia de aquellos dos inocentes testigos. Mas Fernando, que no acertaba á separarse de Currito Pencas, se declaró en completa rebelión, y de tal manera chilló y se resistió, que tuvo que acudir su hermano y sacarle á viva fuerza, y casi arrastrando, ala escalinata del jardín. Allí ordenó á su lacayo que nos acompañase á ver el feroz cautivo del Sahara, y nos llevase luego á casa en el tílburi que nos había traído.

A poco oíamos á lo lejos la preciosa voz de barítono de Manolo, que dominando á los gritos y á las carcajadas, cantaba al compás de las copas que chocaban, el famoso brindis de Maffeo Orsini en la ópera Lucrecia:

II secreto per es ser felice, So io per prova, c l'insegno agli amia'... (i).

(i) El secreto para ser feliz, lo sé yo por experiencia, y lo enseño á los amigos.

l l i PUR VS k! < RE VI IVAS

Al oírle Femando, apretaba los dientes de rabia.

¡Si yo lucra el león, exclamaba, rompía la reja, y me comía a mi hermano y a ese farol de Manolo!...

Tuvo, sin embargo, que refrenar sus bríos y resignarse

a subir conmigo al tílburi, mientras veíamos a la alegre cuadrilla subir a su vez en un breack, tirado por cuatro caballos que el mismo Manolo guiaba, y alejarse a trote largo, en dirección del cortijo de la Picota. En el camino nos cruzamos con otros dos coches de alquiler, de cuyas cortinillas corridas salían estrepitosas risotadas de mujeres. El lacayo, que trataba a Fernando con harta familiaridad, le dijo, sonriendo de un modo extraño, una cosa que no entendí. Fernando le contestó otra de que tampoco pude enterarme, y se quedó luego muy pensativo. Yo, para distraerle, le volví á tirar de su incipiente coleta. —¡Déjame! — me dijo bruscamente: ¡no seas niño! Y cada vez más pensativo, seguía con la vista a los dos coches, que en aquel momento tomaban también el camino del cortijo de la Picota...

¡Pobre Fernando!... Tres meses después murió en pocos días, sin que su madre permitiese al confesor acercarse á su cabecera.

—¿Para qué asustarle? — decía. ¡Si es un ángel!... ¡Ah! no son ángeles, á los trece años, los niños que sus madres abandonan en manos de criados desde su más tierna infancia.

SÍ se pasaban los días de Manolo, una sarta de dorados cascabeles, alegres, ruidosos y vacíos, dando la ociosidad entrada á todos los vicios, prestándoles la opulencia todas las seducciones y todos los refinamientos. Jamás le habían negado sus padres el menor de sus gustos; jamás le habían contrariado el más leve de sus caprichos; y aquel natural inculto creció por lo tanto torcido, como una planta bravia abandonada en terreno salvaje, sin experimentar nunca la imperiosa necesidad que tiene el hombre de vencerse á sí mismo, sin comprender tampoco en las demás criaturas otro destino que el de servir á su egoísmo y satisfacer los goces en que cifraba el único fin de su vida; porque en esto iba Manolo más allá del que dijo: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos.» ¡Manolo creía que no iba á morir nunca!

Murió al cabo su padre, y hubo que dividir en seis partes, por ser cinco las hermanas de Manolo, aquel caudal

80 LECTURAS RECREATIVAS

que se creía tan inmenso, y que apareció entonces mermado por las malas administraciones, y embargado en su mayor paite por esa polilla, hija del lujo, que carcome y arruina a las casas nobles: ¡las deudas!

Vióse entonces aquel brillante joven, que se creía poderoso, heredero tan solo de un corto caudal que aún no poseía, y sujeto desde su infancia a todas las torcidas exigencias de una educación opulenta y licenciosa. Vióse precisado por vez primera á lanzar sus miradas más allá del horizonte de caballos, toros y perros, salones, casinos y lupanares, en que hasta entonces había vivido encerrado, y vio con sorpresa que tras de la opulencia llegaba la medianía, y que tras de la medianía, podía venir la miseria. Ni por un momento pensó sin embargo en abandonar el lujo y el boato á que le habían acostumbrado sus padres. Pensó más bien para sostenerlo, en efectuar con la hija de algún banquero, ó comerciante rico, uno de esos matrimonios de conveniencia, en que el yerno busca en las talegas del suegro un puntal de oro que sostenga la casa solariega que se derrumba, y el suegro, en los pergaminos del yerno, cierto polvo de antigüedad que encubra lo flamante de su arca. Mas según la frase de Manolo, era la cruz del matrimonio el árbol de que se ahorca el marido; y al llegar la hora de escoger árbol en que ahorcarse, le sucedió lo que á Bertoldo, que ninguno le pareció bastante á propósito. Pensó entonces en dedicarse á la política, juego de albur en que todos pueden probar fortuna; mas su ignorancia y su falta de carrera le cerraban los caminos honrosos por donde se llega á altos puestos, y su inconstancia y su pereza, jamás vencidas, le cortaban esos otros caminos por dónde la osadía conduce á la ambición, adonde rara vez logra la modestia colocar al mérito.

Mientras tanto, el tiempo corría, y de tal modo corrían también los dineros de Manolo, que a los dos años había

derrochado por completo la legítima heredada de su padre. Mas no por eso moderaba su boato ni cercenaba sus gastos: limitábase tan solo á no pagar las deudas que por todas partes contraía, y de locura en locura, de bochorno en

bochorno, de bajeza en bajeza, llegó por fin á vivir por completo de las pingües rentas de la poca vergüenza. Pedía dinero prestado; comía cada día de la semana en casa de uno de sus ilustres parientes; daba rodeos para evitar el encuentro de acreedores como el peluquero y el perfumista, y empeñaba alhajas y hasta ropas, para comprar el ramo de camelias que regalaba á la actriz de moda, ó satisfacer algún otro capricho semejante, en que le parecía ver un deber de sociedad ó una exigencia de su rango. ¡Cuántas amarguras no le costó, sin embargo, ahogar ese sentimiento de noble pundonor que existe siempre en el hombre bien nacido mientras no se encanalla! ¡Qué rubor cubrió su frente la primera vez que no pudo pagar una deuda que le exigían! ¡Que vergüenza cuando tuvo que regatear por primera vez en una casa de préstamos, los intereses de la alhaja que empeñaba! ¡Qué humillación cuando se oyó designar entre las mismas personas de su círculo con el apodo de el joven de los siete cocinerosl.. .

LECTURAS RE< RE \ l [VAS

Ya Manolo debía hasta la camisa que llevaba puesta; ya se veía forzado a ahorrar las cuatro pesetas que le costaba un par de guantes, y aun no se había deshecho del coche y los caballos; aun no podía prescindir del abono en el teatro, y creía necesarios los mil gustos refinados, que, por no haber aprendido nunca a prescindir de ellos, formaban en él una segunda naturaleza. Encaminábase un día á paseo,

- >>

guiando los caballos de su tílburi, con un lacayo á la trasera, que llevaba terciado al brazo el lindo bastón del señorito, con puño de Malaquita. De repente se lanzó á los caballos con un palo en la mano, un hombre del pueblo, roto y mal encarado, y detuvo con vigoroso empuje el trote del brioso tronco. Indignado Manolo, levantó el látigo para castigar al atrevido, sin reconocer en él al infeliz carpintero del Club tauromáquico, á quien adeudaba tres mil reales, importe de sillas, picas y palos de banderillas. Mas el hombre saltó como una fiera al coche, y agarrando al elegante por el cuello, barbotaba furioso:

POLVOS Y LODOS 83

— ¡Mis hijos se mueren de hambre y tú andas en coche!... ¡Paga, canalla, paga ó te estrangulo! Y al decir esto la estaca del artesano se levantaba en alto para medir las espaldas del señorito.

Aterrado Manolo, se arrojó por el otro lado del coche, y más atemorizado que confundido, más lleno de saña que de vergüenza, desapareció entre el círculo de curiosos que había rodeado al coche, mientras el carpintero gritaba:

— ¡Tunante!... ¡tramposo!... ¡en el centro de la tierra que te escondas te he de arrancar mi dinero!...

Este incidente llenó de temor á Manolo, y para evitar que el feroz carpintero cumpliese sus amenazas, decidió pagarle su deuda. Mas ¿dónde encontrar aquellos tres mil reales, mezquina cantidad, que era en aquel tiempo para su agotada bolsa una suma más que considerable? Preocupado con esta idea, se dirigió aquella noche á primera hora, con el fin de matar el tiempo, á casa de la Condesa Z.:!:;:, ilustre parienta suya, cuya hija única había de casarse de allí á pocos días. Encontró á las señoras en un salón morisco, á que daban entrada, por uno y otro lado, dos intercolumnios árabes, cerrados con amplios cortinajes de seda de Mogador. Hallábase allí expuesto el troasseau de la novia; y varias otras damas, amigas y parientas de la Condesa, contemplaban, criticaban y envidiaban aquel inmenso conjunto de preciosidades, valuado en dos millones de reales. Joyas, telas, ropas y objetos preciosos de todas clases hallábanse colocados en una especie de bazar que ocupaba todo el largo del salón, teniendo cada objeto una tarjeta en que constaba el nombre de la persona que lo había regalado.

Manolo saludó afectuosamente á aquella ilustre anciana, en que se hermanaban de un modo extraño la piedad y la firmeza, la dulzura y la prudencia. Su traje era negro de seda, rico cual correspondía á su clase, severo cual cuadraba a

84 LEÍ I ÜR \s RECREA! I\ AS

sus años; sus cabellos blancos, sujetos con un gran peine de azabache, formaban gruesos bucles, que daban a su cabeza el airoso aspecto de un camafeo romano. Manolo saludó también a las otras señoras, y siguió con ellas pasando revista á las galas de la novia.

— ¡Oh qué cosa tan magnífica! — exclamó una de las damas, deteniéndose ante unos encajes primorosamente colocados sobre visos de raso celeste.

—Este es el regalo de mi prima Lady M.-**, — dijo la Condesa; y dejando sobre el tapete un pañuelo blanco que tenía en la mano, desdobló los encajes.

— Estos, — decía mostrándolos, pertenecieron a la reina Ana Stuard: forman tan solo los vuelos de unas mangas, y están apreciados en cinco mil duros.

— Pues no me parece muy delicado regalar una cosa ya usada, — dijo remilgadamente una vieja llena de cosméticos y moños, que en todo encontraba faltas.

— Y á mí, sin embargo, me ha parecido este regalo más delicado que ninguno, — replicó la Condesa; porque estos encajes los regaló la reina Ana á la bisabuela de mi prima, y para que no salgan de la familia los ha regalado ella a mi hija.

—Será lo que tú quieras, — dijo desdeñosamente la vieja; pero jamás me pondría yo desechos, aunque fuesen de una reina.

— Desechos son estos que más de una princesa los querría para adornarse, — dijo con sorna la Condesa. Pero para que veas que mi pobre prima no regala tan solo desechos, aquí tienes el complemento de su regalo.

Y al decir esto la anciana, levantó con ambas manos un rico joyero de plata, en que se hallaban apiladas sin engaste, cual si fuesen avellanas, hasta un centenar de gruesas perlas de Guzarate.

— ¡Pero esto representa un caudal! — exclamó asombrada una de las señoras.

— Ni siquiera las he contado, — dijo sencillamente la Condesa.

Al oír esto Manolo, levantó vivamente la cabeza, y atusándose el bigote, se puso á contemplar las riquísimas perlas, mientras la vieja de los moños decía despechada:

— i Claro está !

Como su marido fué Virrey en la India, no le costaría mucho a la buena Lady hacer pacotilla de perlas.

De nuevo iba á replicar la Condesa; pero atajóle la palabra un lacayo, anunciando que esperaba una visita en un salón vecino. La Condesa invitó entonces á las damas á permanecer allí con su hija, ó á venir con ella al otro salón en que esperaba la visita anunciada: todas optaron por lo último, y Manolo, que parecía preocupado, aprovechó la ocasión para despedirse.

— ¿Te vas, Manolo? — dijo la Condesa, tendiéndole la mano.

— Sí, — replicó este: voy á dar una vuelta por el círculo, y á oír luego los Hugonotes... ¡Anoche estuvo Tamberlick delicioso!...

—Pero vendrás á comer mañana... Es miércoles.

—¡Ya lo creo! — dijo Manolo; y dirigiéndose á las otras

l l i l'UR \s RECRE VTIVAS

damas, añadió riendo: ¿Dónde encontrare un anfitrión como la Condesa... y unas cote le t tes como las de su cocinero?

La señora se echó á reír.

— Ya sabes, — dijo, que la Condesa-anfitrión es anfitrión inamovible, y que las cotelettes están vinculadas a los miércoles. Ya tiene orden el cocinero de que nunca falten. —¡Pero esos son ya demasiados mimos! ■;Y qué quieres, hijo? — replicó bondadosamente la anciana. Mimar á los jóvenes es el gran placer de las viejas.

Manolo bajó lentamente el primer tramo de la magnífica escalera, poniéndose los guantes; allí se detuvo y buscó algo, que no encontraba, en los bolsillos del pantalón primero, y después en los de la levita: entonces volvió atrás, y entró de nuevo en el salón morisco, como si hubiese olvidado algo. Las señoras habían ya salido; y al verse solo Manolo, lanzó en torno suyo una mirada medrosa; acercóse rápidamente de puntillas al sitio en que estaban los encajes de la reina Ana y las perlas de Guzarate; allí se detuvo, mirando á todas partes azorado; dos veces extendió su mano trémula, y dos veces volvió á retirarla; de nuevo volvió á extenderla; y pálido, desencajado, temblándole las rodillas, cogió al fin del joyero cuatro de las ricas perlas. Una especie de grito ahogado y el crujido de un traje de seda,

sonaron en aquel instante al otro extremo del salón: el ratero volvió aterrado la cabeza, y vio moverse suavemente las cortinas del intercolumnio, como si acabasen de dar paso á alguien. Quedó el miserable por un momento inmóvil, cual la estatua del espanto, con la lengua pegada al paladar y los ojos extraviados fijos en el intercolumnio; lanzóse al fin á las cortinas y las descorrió violentamente. Nadie apareció: solo había en el suelo un pañuelo finísimo, marcado en una de las esquinas con una G y una corona condal. Era el mismo que había olvidado la Condesa sobre el tapete, al desplegar los encajes.

Entonces se creyó Manolo perdido, y salió corriendo del salón; bajó á saltos la escalera, y sin cesar de correr atravesó calles y plazas, sin saber á dónde iba, oprimiendo siempre entre sus dedos crispados aquellas perlas robadas, resonando sin cesar en sus oídos aquel grito ahogado y aquel crujir de sedas, apareciéndose á su imaginación extraviada los transeúntes que se cruzaban por todas partes, cual enormes letras que se combinaban de diverso modo, como si tuviesen vida, para producir siempre y tan solo la palabra ¡ladrón!, la palabra ¡ratero!...

Jadeante llegó al fin al puente D.**, solitario en aquella hora; y encaramándose en un pilar, arrojó con furia á la turbia corriente del río las cuatro riquísimas perlas. -:

Entonces, por una de esas obcecaciones de la pasión, tan comunes en el hombre, el ilustre ratero se creyó seguro y se creyó absuelto, y dejándose caer en un banco del puente, respiró desahogado!

88 LE( TURAS RECREATIN AS

A la mañana siguiente era ya la una, y aún no se había levantado Manolo; mas no por eso dormía. Recostado desde el amanecer en los almohadones de su lecho, fijaba su hosca mirada en el suelo, y quizá por primera vez en la vida daba entrada su espíritu á la reflexión, fuerte y poderosa palanca del bien, si la conciencia le sirve de punto de apoyo. Atraíale esta luz clarísima dentro de sí mismo; mostrábale el precipicio que la pasión le había ocultado, y sacudía las fibras de su alma, despertando los últimos restos de pundonor y de vergüenza que en ella quedaban. Horrorizábase entonces de haber intentado pagar una deuda con un robo: quería á todo trance hallar un arbitrio que le pusiese á cubierto de la ruina y la deshonra, y afanábase por combinar un plan de vida tranquila y morigerada. Mas en vano tiraba cálculos y trazaba planes: anegada su razón en un mar de ideas opuestas, parecía oscilar, como una luz que se apaga, dejando tan solo claras ante su vista aquella estaca del artesano que se levantaba amenazándole, y aquel cortinaje de seda que se movía, cual un testigo que le acusase. Furioso entonces Manolo se revolcaba en su lecho, y mordía las almohadas desesperado... De nuevo volvía á todas partes -los ojos, de nuevo dirigía á todas partes sus pensamientos, y de nuevo tornaba á encontrarse encerrado en aquel círculo de ignominia en que le aprisionaban sus deudas y su deshonra... ¡Tan solo el infeliz no elevaba sus ojos al cielo, cuya misericordia nadie le había mostrado! ¡Tan solo no los levantaba á María, remedio de todas las angustias, á quien nunca le enseñaron á llamar Aladre!...

POLVOS Y LODOS 89

Pasaban entonces en su imaginación, cual sombras fantásticas, aquellos ya lejanos días de ventura, llenos de opulencia y de goces, añadiendo á su angustia la amarga angustia del bien pasado que en la desgracia se recuerda, uniendo á su dolor, el merecido dolor del bien que por nuestra culpa se llora perdido... ¡Dolor sin remedio, dolor punzante cual ninguno, que despierta ya en el alma del que lo sufre, algo de la impotente rabia del condenado!

— ¡ Ah! — decía el infeliz sollozando: ¡si yo supiese ganarme la vida! ¡Si yo tuviera fuerza de voluntad para vencerme!... ¡Si desde niño hubieran castigado mi insolencia y domado mis caprichos!... ¡Ay! Mi padre no quiso que un ayo me reprendiese, y hoy me abofetea un villano... ¡Mi madre no consintió que un profesor me amenazara, y hoy me amenaza un presidio!...

¡Y el infeliz Manolo ocultaba el rostro en las almohadas llorando como un niño, sin consuelo de los hombres, á quienes no osaba confiar sus penas; sin consuelo de Dios,, á quien no le habían enseñado á invocar nunca!... ¡Ah! ¡si aquel padre, si aquella madre hubiesen podido contemplar desde la eternidad el dolor y la ignominia de aquel hijo de sus entrañas, cuan prudente hubieran juzgado la previsión de esos otros padres ricos, opulentos, Grandes, que no se desdeñan de dar á sus hijos una carrera que les asegure ese mañana, siempre y hoy más que nunca incierto! ¡Cuan saludable esa severa disciplina de colegio, que acostumbra al niño á la obediencia y al trabajo, para preservar al hombre de la ociosidad y la soberbia! ¡Qué profundo aquel dicho de Luis XIV, cuando, arrastrado por su fogosidad nunca domada, á un acto de cólera indigno de un rey, exclamaba desolado: «¿Pero no había varas en mi reino cuando yo me educaba?...»

Un golpe dado á la puerta de la alcoba vino á sacar á

I 1 • PURAS KKCK1 \ I l\ AS

Manolo de sus amargas reñexiones. Al oírlo se incorporó de un salto en el lecho, con esa zozobra compañera siempre de la mala conciencia, y no se atrevió a contestar. Abrióse entonces la puerta y entró su ayuda de cámara con

una carta. Manolo miró por todas partes aquel sobrescrito cuya letra no conocía: decidióse al fin a romper el sobre, y

cuatro mil reales en billetes de banco cayeron sobre las ropas del lecho. Manolo creyó que soñaba; vio entonces que acompañaba a los billetes una carta sin firma, y en el colmo de la sorpresa leyó en ella lo siguiente:

«Conozco las luchas de la vida, y se cuan peligrosas son para la juventud sin experiencia y sin apoyo. Permítame Y. pues que le ofrezca el mío, impulsado por el recuerdo de la amistad que me unió con su padre. Desde este momento puede V. solicitar en el Ministerio de Estado el destino que más sea de su gusto, en la firme persuasión de que le será concedido; y por si acaso se encuentra V. al presente en alguno de esos apuros tan comunes en los jóvenes, permítame que le ofrezca este insignificante préstamo, que no creo pueda herir su delicadeza. Yo mismo he de reclamar su pago cuando se encuentre V. en disposición de hacerlo.

»No es el trabajo lo que deshonra, mi buen amigo: animo pues y escuche mientras tanto un leal consejo, que si en algo le punza es tan solo para curarlo. Difícil es ser pobre con decoro, á quien fué quizá rico con orgullo; pero si quiere V. que esto se le haga fácil, practique sus deberes religiosos, y bien pronto echará raíces en su alma esa fuerte hija de la fe, que se llama conformidad cristiana.»

POLVOS Y LODOS 9 1

Manolo leyó y releyó esta carta, y fuera de sí, de alegría, se arrojó de la cama, sin que un pensamiento de gratitud hacia aquel bienhechor misterioso acudiese á su mente, sin que un movimiento de acción de gracias hacia la Providencia divina que le tendía la mano, brotase en su corazón egoísta, y como tal ingrato!... Ya tenía con qué pagar su deuda al temible carpintero; ya tenía en aquel destino prometido una base en que asentar aquella vida nueva que deseaba; y sintiendo con esto ahuyentarse sus recelos y disiparse sus temores, llegaba hasta creer imposible que la vieja Condesa hubiese descubierto su robo. ¿Acaso no pudo el viento mover aquellas cortinas? ¿Acaso no eran estas de seda, y podían crujir al moverse? En cuanto al pañuelo, pudo dejarlo caer la Condesa al pasar por allí cuando se despidió de Manolo; y el grito... ¡ah! aquel grito ahogado cuyo recuerdo le daba escalofríos media hora antes, le parecía entonces, sin duda de ningún género, que debió de ser tan solo efecto de su azorada fantasía. Ocurriósele al fin lo que desde luego debió de ocurrírsele: que quizá la misma Condesa había escrito aquella carta. Pero no comprendiendo en los demás la generosidad que en sí no tenía, achaque común á todos los mezquinos, examinaba la letra, que parecía disfrazada, diciéndose convencido:

— ¡Imposible!... Yo en su caso hubiera hecho arrojar al ratero por la ventana... Esta carta tiene que ser de algún buen amigo de mi padre, á cuya noticia ha llegado el escándalo de aquel maldito carpintero.

Así son á veces los hombres, y así era siempre Manolo; así ahuyentaba sus temores con sus deseos, y de tal manera los transformaba en realidades, que cuando llegó la hora de comer se vistió con su elegancia de costumbre, y se encaminó con la mayor frescura á casa de la Condesa.

— ¡Audacia! ¡audacia! — se decía para acallar aquellos te-

LECTURAS RECREA! IV \>

mores que a medida que se acercaba al palacio de nuevo le

asaltaban. Si nada sabe, nada arriesgo.., Si algo sospecha, mi audacia la desorienta... Si lo sabe todo, queda siempre el recurso de negar, ó el de pedirle perdón, confesándole

mi culpa... Apelaré entonces al patético, que es arma a que las mujeres nunca resisten.

Al atravesar el anchuroso vestíbulo, los lacayos se levantaron para saludarle respetuosamente, y Manolo sintió que enrojecía hasta el blanco de los ojos. Plaqueáronle las piernas al subir la escalera, y al verse frente á frente de

aquel rico portiere de terciopelo, en cuyo fondo se destacaban bordadas las armas de la ilustre Condesa, de tal modo refluyó la sangre á su corazón, que tuvo que detenerse allí por varios minutos. Dueño al cabo de sí mismo, entró con paso firme en el - gabinete, y... vio que la Condesa le tendía la mano con la misma amabilidad de siempre, sin que el menor rastro de sorpresa, de indignación ó de disgusto, asomase en aquella imponente fisonomía, en que se hermanaban entonces, como todos los días, la dignidad de una reina y la dulzura de una santa.

Manolo sintió un movimiento tan vivo de alegría, que estuvo á pique de venderse; contúvose, sin embargo, y alegre y chancero como nunca, se puso á bromear con los otros convidados que aquel día tenía la Condesa. Esta, por su parte, le prodigó las atenciones de siempre; sirvióle ella

£* ■* ; • ¡

POLVOS Y LODOS 93

misma las famosas cotelettes de que tanto gustaba, y cuando ya se despedía el ratero, bien entrada la noche, le preguntó, de modo que todos los presentes pudieran oírlo:

— ¿Vas á la ópera, Manolo?

— Á lo menos iré al terceto, — respondió este: cantan esta noche Lucía.

— Pues me vas á hacer un favor, y me ahorras escribir una carta... Allí estará la Baronesa, porque hoy le toca su turno; hazle- una visita de mi parte, y dile que ahí lleva el importe de los billetes de la rifa que me envió esta mañana.

Y al decir esto la señora, puso en manos de Manolo, de modo que todos lo vieran, un bolsito de raso lleno de dinero. Aquella prueba de confianza acabó de disipar los temores de Manolo, y lleno de alegría se dirigió al teatro, repitiendo casi en voz alta:

— ¡Nada sabe! ¡Nada sabe!... ¡Me he salvado!

Al volver á su casa á las altas horas de la noche, como tenía de costumbre, se le ocurrió leer de nuevo la carta anónima: notó entonces una cosa en que antes no se había fijado; y era que despedía aquel papel el mismo suave perfume de piel de Rusia, esencia favorita de la Condesa, en que estaban impregnadas sus cosas y su persona.

—¡Imposible que sea ella! — exclamó Manolo, tirando la carta con rabia. ¡Si así fuera, sería esa mujer el demonio del disimulo!...

¡Y no se le ocurrió decir al ingrato, el ángel de la delicadeza!

A pesar de estas nuevas dudas, se levantó Manolo á la mañana siguiente perfectamente tranquilo. Su plan estaba formado: había de pagar antes que nada su deuda al feroz carpintero, cuya estaca y cuyos gritos le inspiraban tan serios cuidados; había después de firmar obligaciones de todas sus deudas; solicitaría luego un consulado en Rusia,

94 LECTURAS RECREATIVAS

único país de Europa que no había visitado; y allí, viviendo tranquilamente de su sueldo, iría pagando poco a

poco lo qué debía, al mismo tiempo qué probaba los placeres de los climas fríos, de que hasta entonces no había disfrutado.

A las doce se dirigió Manolo con los billetes en el bolsillo á pagar él mismo su deuda al infeliz carpintero: temía que si daba esta comisión á algún criado, se compensase este con aquella cantidad de sus salarios atrasados. No lejos del taller del carpintero, detúvose para dejar franco el paso á un gran coche de caza, tirado por cuatro caballos, que guiaba un caballero.

—¡Manolo! — gritó este deteniendo el coche. ¿No vienes al Hipódromo?

—¡No, no puedo! — respondió Manolo, alejándose al reconocer en el que guiaba y en los que ocupaban el coche á seis ó siete de sus elegantes camaradas.

—¡Mira! — ¡Manolo! — ¡Ven acá! — ¡Vamos a las carreras!— gritaban los del coche. Uno de ellos echó pie á tierra y le cogió por un brazo; otro sacó de debajo del asiento una botella de Jerez todavía lacrada, y echándosela á la cara, cual si fuese una carabina, gritaba apuntándole:

— ¡O vienes, ó disparo!...

Manolo procuraba excusarse. Entonces se inclinó desde el pescante el joven que guiaba, y le dijo en alemán, con cierto tono incisivo:

— ;No tienes dinero para hacer apuestas?

Esta pregunta, hecha para humillarle por el hijo de un rico banquero salido de la nada, a quien en su aristocrático orgullo llamaba Manolo El Marques del Oehavo. le irritó de tal manera, que contestó también en alemán, con una arrogancia digna de su futuro consulado:

— ¡Cuantas quieras te hago desde ahora!

POLVOS Y LODOS 95

Y sin acordarse ya de deudas ni de estacas, subió al coche y se marchó con sus amigos á las carreras de caballos.

Una hora después de tomado el lunch, había perdido ya Manolo los tres mil reales del carpintero en diversas apuestas, y debía además á cierta Marquesa casquivana, que hablaba de jockeys y caballos como el más consumado sportman, unos cuantos pares de guantes, importe de otra apuesta que con ella había cruzado. Aquella noche gastó Manolo quinientos reales en una preciosa caja de sándalo en que envió á la Marquesa sus guantes, y para lo poco que ya quedaba de aquel dinero que debía á la más delicada caridad, acabó de gastar el resto en cenar alegremente con unas cuantas amigas, notabilidades afamadas de la Compañía de Bufos!...

¡Cuan poco puede el hombre contra su naturaleza viciada, si no le sostiene esa gracia divina que las sombras del pecado ahuyentan del alma!

LECTURAS RECRE VI [VAS

Al pie de los Alpes marítimos, y en aquella parte de la alta Italia que ocupa la Lombardía, brota al lado de un peñasco y en el fondo casi de un barranco, un manantial de aguas medicinales. Bájase á él por una escarpada senda, que recorren los enfermos en bestias ó literas, con riesgo manifiesto de encontrar en el fondo del barranco el remedio total de sus dolencias. A la izquierda se descubre desde una altura Monza, la antigua capital del reino LombardoVéneto, y á la derecha queda el camino de Monaco, la famosa corbeille de fleurs. que oculta entre sus hojas esa serpiente venenosa que ha cubierto toda aquella tierra de tumbas de suicidas, la ruleta de Baden-Baden, que expulsada de Alemania ha ido á labrar en el exiguo principado su magnífica caverna.

La especulación ha levantado al lado del manantial un gran hotel, en que falta al enfermo una capilla en que pedir á Dios misericordia, y no le falta, sin embargo, un salón de baile en que prepararse á morir, ni una ruleta, sucursal de la de Monaco, en que ganar el dinero para su entierro. ¡Qué triste es ver agitarse allí, al compás de un piano, unas piernas á que pronto comunicará la muerte su rigidez espantosa! ¡Qué horrible ver adelantarse una mano descarnada, para fiar á un punto de la ruleta, cantidades que debieran de estar ya consignadas en un testamento!

Mézclanse allí entre las gentes honradas que vienen á tomar las aguas, algunos de los opulentos jugadores de ¡a Contamine de Monaco, y algunos de esos otros tahúres y bribones que pululan alrededor de las mesas de juego, como

asquerosas ratas á caza de desperdicios. Allí se hablan todos los idiomas, corren todas las monedas, se cometen todas las infamias y se sufren todos los dolores... Allí también acude de cuándo en cuándo la muerte á escarbar en aquel cenagal de enfermedades y de vicios, para sacar á tirones de este mundo á un alma que cae en manos de Dios vivo, mientras en el hotel siguen, tabique por medio, jugando, bailando y sufriendo.

Por Agosto de 18** llegué á este famoso hotel acompañando á otro Padre enfermo que iba á tomar las aguas. Habíase recogido una noche mi compañero más temprano que de ordinario, por hallarse algo fatigado, y á la luz de una vela de esperma , me preparaba yo en el aposento inmediato á escribir algunas cartas. Aún

no había comenzado mi tarea, cuando llamaron á la puerta: era una camarera del hotel, que me buscaba para auxiliar á un moribundo. Detúveme tan solo el tiempo necesario para coger mi crucifijo, y seguí en pos de ella por aquel dédalo de corredores, guarnecidos por todas partes de puertas.

—¿Y está muy grave? — le pregunté por el camino. — Yo creo que está ya muerto, — me contestó con la ma-

iriS? -

<)S II < I URAS RECREA! [VAS

yor naturalidad. Esta mañana me dijo que avisase a un

sacerdote que había visto en la fuente, y yo me olvidé de ello... Entré esta noche a ver si quena algo, y ya no contestaba... ¡MadoJina mía l ¡qué miedo, verle boca arriba, mirando al techo!...

Comprendí que no era ocasión de decir á aquella mujer lo que merecía, y me limité á apretar el paso, mientras le preguntaba:

— Pero el médico, ¿qué ha dicho:

—Si el médico no lo ha visto, signar... Ese hombre no viene á las aguas; viene á la ruleta... Es un pobrete, signor; paga solo tres liras...

Llegamos por fin al último piso del hotel, y se detuvo mi guía ante una puerta entreabierta; allí se despidió, diciendo que era necesario avisar al amo, para que sacasen antes del alba el cadáver de aquel hombre, que aún no se sabía si había muerto. Penetré pues solo en aquel cuchitril infecto, en que no había más que dos sillas, una mesa y una especie de catre de tijera. En él se hallaba tendido boca arriba un hombre, que respiraba fatigosamente: tenía los ojos cerrados, y una mano delicada y blanca, cual la de una dama, salía por entre las ropas del lecho, oprimiendo fuertemente algunas prendas de vestir viejas y mugrientas, con que sin duda había procurado arroparse. A la luz de la bujía que allí encontré encendida, examiné aquellas facciones, en que la muerte había impreso ya su característico sello: era un hombre de más de cuarenta años, y sobre la palidez cadavérica que cubría su semblante, destacábanse esas manchas rojas y granujientas, amoratadas entonces, que producen las bebidas alcohólicas en las personas dadas á este vicio. No me desalenté sin embargo: ocurrióseme al punto que aquel hombre podría ser un vicioso y hasta un criminal, pero no era segura-

mente un impío. El hecho de haber pedido un sacerdote revelaba ese resto de fe, más ó menos viva, que establece un abismo sin fondo entre la impiedad formal y el mero libertinaje.

Removíle primero suavemente, y después con violencia; habléle luego al oído en cuantos idiomas sabía, pues ignoraba cuál era el suyo. Mas el moribundo permanecía siempre

inmóvil, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, respirando de aquel modo fatigoso, semejante ya al estertor de la agonía, y latiendo su corazón apresuradamente, cual un reloj que gasta su cuerda rota.

Imposible era administrarle el sacramento de la Extremaunción, porque el pueblo más cercano era Roccabruna, y distaba más de una hora de camino por la áspera pen-

IOO LECTURAS RECREATIVAS

diente de la montaña. Fundándome entonces en que, al pedir aquel desgraciado un sacerdote, había demostrado su deseo de reconciliarse con Dios, extendí sobre él mis manos, y sub condicione le di la absolución. Coloqué después mi crucifijo sobre su pecho, y me senté á su cabecera, sin que pudiese prestarle otro auxilio que el de humedecer de cuándo en cuándo aquellos labios secos, con mi propio pañuelo que mojaba en un jarro.

Así pasaron dos horas: á lo lejos oía el piano del salón de baile, que tocaba una polka; á mi lado percibía el aliento de aquel hombre desconocido, que iba á expirar. Faltóme al fin el aire en aquella reducida estancia, infectada por el vaho del enfermo, y abrí la ventana para respirar un momento. Al frente se veían las de la sala de juego, también abiertas, y pude distinguir, bajo las pantallas verdes de sus lámparas, los rostros ansiosos de los jugadores, que se inclinaban sobre la ruleta, y los montones de oro que cubrían el tapete.

Un ruido estridente y desagradable resonó entonces hacia el lecho del moribundo: creí que arañaba en la pared con las uñas, y acudí al punto á su cabecera. Encontróle, sin embargo, en la misma postura, inmóvil como le había dejado. Entonces volvió á resonar aquel mismo ruido, que me causaba escalofríos: era que el moribundo rechinaba los dientes...

Á lo lejos tocaba entonces el piano el brindis de Lucrecia, y una poderosa voz de contralto cantaba al mismo tiempo su famosa letra, // secreto per esser felice... Oprimióseme el corazón tan fuertemente, que no pude contener las lágrimas; y obedeciendo á un movimiento espontáneo, acerqué el crucifijo á aquellos labios secos; mas estos permanecieron mudos é inmóviles, y no lo besaron.

IOI

Á las dos movió el moribundo levemente la cabeza, y arrojó por la boca una poca de sangre; diez minutos después entró en la agonía. Entonces me arrodillé á su lado, y comencé á recitar la recomendación del alma. Al llegar á las palabras Redemptorevi tuum facie ad faciem videas, «veas á tu Redentor frente á frente,» el agonizante experimentó una fuerte sacudida. Abrió los ojos, me miró espantado, echó hacia atrás la cabeza con tal violencia que sentí crujir sus vértebras, y arrojando por narices y boca un mar de sangre negra, se quedó muerto.

Sentí un estremecimiento de horror que me corría de pies á cabeza, y apenas si pude balbucear hasta el fin aquellas oraciones. Al terminarlas llamé á la camarera, y á poco llegó también el dueño del hotel, acompañado del médico y de otros dos hombres. Adivinando entonces la repugnante escena que iba á seguirse, me retiré á mi cuarto para rezar por el alma de aquel muerto sin nombre, el oficio de difuntos.

A poco sentí que abrían una puerta que daba al campo, situada al pie de mi ventana. Ya el alba comenzaba á clarear, y pude distinguir á dos hombres del pueblo que salían sigilosamente. Llevaba uno al hombro una azada, y el otro conducía del diestro un borrico: sobre este iba atravesado un bulto, envuelto en una sábana sucia. Tomaron en silencio una estrecha senda que trepa por la montaña, hasta llegar á Roccabruna, antigua ciudad de Monaco, perteneciente hoy á Francia. Al volver un recodo del camino, enredóse la sabana en un matorral, y desgarrándose por

LECTURAS ki:< RE \ I l\ \>

un extremo, dejo asomar los pies desnudos y agarrotados de un cadáver.

Era el de aquel desconocido, que marchaba ya camino del cementerio.

IO3

QUELLA tarde se presentó en mi cuarto el dueño del hotel, suplicándome que le tradujese al italiano algunas cartas en español, encontradas en la maleta del difunto. — Era un falsario de España, — me dijo. Vea V. lo que traía en un doble fondo de la maleta.

Y al decir esto me mostraba varias plantillas falsificadas de billetes de los Bancos de Turín y de España. Miré los sobres de aquellas cartas, y vi con indecible espanto, que iban todas dirigidas á Manolo...

Entonces se me ocurrió escribir esta historia, para dedicarla á ciertos padres de familia.