Colección de lecturas recreativas · Sección preliminar
Portada y prólogo
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 8 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
1884—1885 — 1886
DIBUJOS
DE APELES MESTRES Y PACIANO ROSS
FOTOGRABADOS DE J. THOMAS Y J. CASALS
SEXTA EDICIÓN
CON LICENCIA DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA
BILBAO
IMPRENTA DEL CORAZÓN DE JESÚS Muelle de Marzana, núm. 7.
ES PROPIEDAD
PROLOGO
A LOS SEÑORES SUSCRITORES
EL MENSAJERO DEL CORAZÓN DE JESÚS
¡osa extraña es por cierto que, al dedicar á los suscritores de El Mensajero el presente tomo de Lecturas Recreativas, coleccionadas por la Dirección de dicha Revista, comencemos por declarar con toda franqueza, que ninguna de esas Relaciones ha sido escrita expresamente para ellos.
Los suscritores de El Mensa/ero, personas piadosas en su totalidad, y conocedoras en su mayor parte de los caminos y máximas de la vida espiritual, no necesitan que se les presente lo que nuestra santa Religión manda, y aun lo que solamente aconseja, engalanado con los atavíos de la poesía y de la fábula, á la
(i) El presente Prólogo-dedicatoria fué escrito por el autor para el primer tomo de sus LECTURAS Recreativas, que comprendía solamente los artículos publicados en El Mensajero del Corazón de Jesús durante el año de 1884. Al hacer esta nueva edición, que además de los artículos mencionados comprende á su vez todos los que han salido sucesivamente en dicha Revista, durante los años 1885 y 1886, hemos conservado al frente el mismo prólogo, que han tachado algunos críticos, entusiastas por otra parte de los escritos del P. Coloma, de demasiado severo. Califícalo uno de éstos de ^prólogo tan gallardamente escrito, que pnede competir con los más peregrinos alardes de la lengua castellana, trozo de estilo castizo y brillante, en que los indoctos pueden aprender mucho y los doctos recrearse,» al mismo tiempo que se extraña y se lamenta de que «el P. Colonia, que tan notable novelista aparece en el libro, en el prólogo habla de ¿as novelas en general con demasiado desprecio...» No es á nuestro juicio desprecio, sino justo y prudentísimo recelo, que la experiencia cotidiana afirma á cada paso, el que inspira al P. Coloma este género de literatura; y porque en un todo abundamos nosotros en las mismas ideas de juez tan competente, suplicamos al lector que no pase á saborear las amenas páginas de este libro, sin haber leído antes las prudentes y razonadas que le preceden. (Nota de LOS Editores.)
\ I PRÓLOGO
manera que se presentan al enfermo las pildoras amargas, envueltas en una brillante capa dorada. No encuentran estas almas sanas en los suaves deberes de la Religión, ni en los sublimes consejos del Evangelio, pildoras amargas: encuentran, por el contrario, ricos veneros de gracia y salvación, que se apresuran á buscar y gustar en los limpios manantiales de escritores puramente morales y ascéticos. Para ellas es siempre interesante el P. Tomás de Kempis, ameno San Francisco de Sales, divertidos y prácticos Fray Luis de Granada y el P. Alonso Rodríguez.
Mas no se limita la misión de El Mensajero á hacer resonar las enseñanzas del Corazón divino en aquellos oídos que el amor aguza, y hace percibir sus más secretas voces, y adivinar y comprender sus más suaves latidos. Dirígese también á aquellas almas más tibias en el amor santo de Cristo, á quienes la oración y meditación se hacen pesadas; á aquellas más frivolas en su sentir y en su obrar, á quien la seriedad de las lecturas piadosas asusta; dirígese también, y con más anhelo que á ninguna, á aquellas otras almas del todo mundanas, que rechazan con prevención injusta y anticipada todo lo que esparce desde lejos el suave perfume de la devoción y la piedad. Para estas almas tibias, para estas frivolas ó extraviadas, fueron escritas las presentes Relaciones: para que ellas saboreen sin tedio, sin temor, sin prevención, casi por sorpresa, las santas enseñanzas del Corazón divino, se han colocado sanos principios morales y religiosos en estas historietas, mejor ó peor hilvanadas, á la manera que colocan ciertas floristas en una vistosa rosa, hecha de viles trapos, el magnífico brillante que imita una gota de rocío.
No por eso es nuestro intento introducir á los suscritores de El Mensajero por el peligroso campo de la novela, perjudicial á nuestro juicio en todas sus manifestaciones. Lo es, sin disputa alguna, y en un grado apenas concebible, la novela cínicamente inmoral, descarada propaganda de doctrinas disolventes, envuelta unas veces en obras maestras de genios lastimosamente perdidos, contenida otras en partos monstruosos de ingenios vulgares, é instrumento siempre mortífero de que se sirven la maldad de las sectas y aun los cálculos de la política, con harta más frecuencia de lo que muchos sospechan.
Perjudicial es también por otro concepto la novela escrita de buena fe, por autores que desconocen ó parecen desconocer
PRÓLOGO VII
cuánta sea la flaqueza de esta envoltura de tierra en que gime el espíritu; que elevan á éste á las regiones de un idealismo sentimental, y pretenden amoldar los severos principios de la moral cristiana á los amables impulsos de corazones sensibles y de pasiones no combatidas. Cuadros son éstos en que se hace reflejar la purísima luz de nuestra Religión sacrosanta, para producir efectos estéticos, y no para inculcar santas enseñanzas; para despertar en el lector agradables impresiones , en vez de moverle á santos impulsos, capaces de engendrar las buenas obras que preservan la inocencia y despiertan el arrepentimiento. ;De qué creerá que están hechos los hombres, y de dónde deducirá los principios de su moral, el autor que autoriza y llama castos besos y puros abrazos, á los que se dan, á hurtadillas de sus padres, dos enamorados que, según él asegura, se aman como se aman los querubes en el cielo? ¿Qué entenderá por vocación divina, por votos religiosos, por vida espiritual, el autor de una novela, cuya sublime heroína se consagra á Jesucristo, reservando su carazón todo entero para el hombre á quien ama, y á quien tiende todavía los brazos y llama esposo de su alma, después de pronunciados los tres votos solemnes?... Disparates son estos que, sobre ser soberanamente ridículos, son al mismo tiempo verdaderas profanaciones. Y, sin embargo, esta novela que tenemos á la vista, forma parte de una Biblioteca moral, que no vacilan las madres en poner en manos de sus hijas, con riesgo manifiesto de que aprendan en ella á perder el pudor, que después del temor de Dios es el más bello, el más puro, el más necesario de todos los temores; con riesgo manifiesto de que aprendan á llevar hasta á lo más sublime de los consejos del Evangelio y de los beneficios del amor divino, ese espantoso maridaje de Dios y del mundo, esa mescolanza de placeres sensuales y de falsas devociones que enseña la mística de los periódicos de modas, al entretejer los versos del álbum con las oraciones del Devocionario, y al mezclar el agua merveilleuse que refresca y blanquea el cutis, con el agua que bendice la Santa Madre Iglesia Católica!...
Aun la novela verdaderamente moral, escrita con fin laudable y conocimiento profundo del corazón y de sus pasiones, fuera de que disgusta de otras lecturas más útiles, aunque no tan amenas, tiene á nuestro juicio otro grave inconveniente, en cuyos resultados, cómicos unos, trágicos otros, perjudiciales todos,
VIH PRÓLOGO
os han parado mientes. La novela, como todo género de poesía, tiende por lo menos al idealismo, y conserva como ningún
otro los visos de la realidad; exalta, por lo tanto, la imaginación del lector bisoño, sin que apenas se dé cuenta de ello, y forja en su fantasía un helio mundo ideal, que no encuentra Luego en las ásperas realidades de la vida: de aquí nace el desengaño prematuro, el descontento de la vida práctica, la amarga misantropía propia del que, acostumbrado á mirar los hombres y las cosas como debieran de ser, no sabe tomarlas tales como son; y de aquí nacen también los trascendentales errores del que pretende calcar los eventos ordinarios de una vida rutinaria y vulgar, sobre las romancescas aventuras de héroes imaginados. «Yo había estudiado el mundo en los poetas, pero no es como ellos lo pintan, dice Madame de Staél. Hay alguna cosa árida en la realidad, que en vano procuramos cambiar en los sucesos cotidianos. Esta cosa árida es la prosa de la vida, que despoetiza todos los sueños, y recuerda al hombre que son más necesarios en los caminos del mundo los prosaicos pies del humilde buen sentido, que las bellas alas de la más inspirada fantasía; prosa inesperada, prosa triste, que sorprende y mortifica y se hace insoportable al que, acostumbrado á vivir con la imaginación en las regiones ideales de la novela, no sabe comprender aquel dicho profundamente práctico, que tantas veces escuchamos en nuestra primera juventud, de ciertos ilustres labios autorizados como ningunos: «La poesía en la vida real, pega lo mismo que una rosa en el puchero.» Existe entre nuestros apuntes una desgraciada historia, que quizá publiquemos algún día, con el triste título de Historia de un suicida: prueba irrefragable al par que terrible, de la facilidad con que una imaginación exaltada pega fuego á un corazón caliente, y forja una novela práctica con los imaginados delirios que le sirvieron de pasto.
No se crea, sin embargo, por lo que llevamos dicho, que anatematizamos á aquellos escritores cuyo genio peculiar, cuyo concienzudo estudio del corazón humano, y cuyo conocimiento de la ligereza y frivolidad de la época en que vivimos les impulsa por la senda, más difícil de lo que á primera vista parece, del buen novelista, como la más adecuada hoy para contrarrestar las malas ideas, propagando las buenas.
Hoy todo es cátedra, todo es pulpito, desde donde puede y
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debe bajar la enseñanza de Jesucristo, porque la rabia del infierno lo' ha convertido todo en cátedra, en pulpito desde donde, con odio sin igual y con furor siempre creciente, sin cesar se la ataca. Lejos, pues, de anatematizar á los buenos novelistas, les concedemos la gran misión, la trascendental tarea que atañe al hábil confeccionador de eficaces contravenenos, que destruyan la mortal influencia que esparce por todas partes la ponzoña de las malas novelas; y si alguien duda de esta utilidad relativa, y quiere medir lo poderosa y eficaz que puede ser esta arma en manos del escritor católico, calcule si puede, los estragos sin cuento que en manos del impío produce. Pero así como el contraveneno suele ser un tósigo para el que no está envenenado, así también la buena novela suele ser perjudicial, en el sentido que antes indicamos, para los que nunca se sintieron inficionados por la general afición á esta clase de lecturas. Opónganse en buen hora buenas novelas á las malas, puesto que la frivolidad de nuestra época apenas si puede recorrer sin cansancio las cortas páginas de un folleto serio; pero no se despierte la afición, ni aun á las buenas novelas, en aquellos que por dicha suya se encuentran libres de prurito tan desdichado. Así lo entendieron en sustancia santos de tan colosal talla como San Jerónimo y San Gregorio; así lo entendieron y practicaron prelados como el Cardenal Wiseman, sacerdotes como el canónigo Schmid, religiosos como los PP. Bresciani y Franco. Así lo entendió también un prelado insigne, á quien llorará siempre la Iglesia de España, cuando, al juzgar las obras de uno de estos tan escasos como privilegiados genios, escribía estas terminantes palabras: «Si me hallase dotado de los talentos del autor, me dedicaría decididamente á escribir en este género, del mismo modo y en la misma forma que él lo hace; y esto aunque fuese omitiendo algunos ejercicios de mi santo ministerio. ¡Tan persuadido estoy del incalculable fruto que pueden producir hoy, novelas como El Ex-voto!»
En este concepto, y única y exclusivamente en este concepto, es en el que la Dirección de El Mensajero del Corazón de Jesús publica este modesto tomito de Relaciones, novelescas ciertamente en su forma, pero basadas todas en hechos históricos, que las hacen diferir esencialmente de la novela, cuyo argumento es siempre parte de la fantasía. Sólo una de estas Relaciones, El primer baile, es una narración fingida de mil episodios verdade-
\ PRÓLOGO
ros: es una voz de alerta a la inocencia, v un grito de reproche a la malicia, en peligro de sucumbir la una y dispuesta á triunfar la otra, en ciertos géneros de bailes, que, si bien distamos mucho de creer siempre pecaminosos, creemos que por prudencia unas veces, y por necesidad otras, deben de evitarse siempre, por ser en mas ó menos grado peligrosos. Ningún moralista ha expresado quizá con tanta energía la inconveniencia de estos bailes, como lo expresa Goethe, el poeta inmoral, cantor de Jiéroes suicidas y de amores impuros, á quien impusieron tan poco los respetos sociales y los temores devotos. En su famoso libro lí'ert/ier, escribe éste á Guillermo, después de baber valsado con Carlota: «Te lo diré ingenuamente, Guillermo: entonces me hice el juramento de que mujer que yo amase y sobre la cual tuviera algún derecho, no valsaría jamás con otro que conmigo; jamás, aunque me costase la vida. ¿Me comprendes?...
Acepten, pues, los suscritores de El Mensa/ero la dedicatoria de estas Lecturas Recreativas, como un arma que el amor del Corazón divino pone en sus manos, para atraer suavemente á las buenas lecturas á todas aquellas almas, cuya frivolidad, cuya tibieza ó cuyas prevenciones, les impide ir á buscar en lecturas más serias las enseñanzas y caminos del amor de Jesucristo. El primer paso para elevarse á la perfección, dice San Basilio, es alejarse del mal; á la manera que el primer paso para subir á una escala, es levantar el pie de la tierra.»
Sean, pues, estas Lecturas Recreativas el primer paso que aleje de las malas novelas á tantas almas que pudieran y debieran encontrar solaz y provecho en obras como la Guía de pecadores y la Imitación de Cristo.
Luis Coloma, S. 1.
FANTASMAS VERDADEROS
Qui potest capere, capiat.
El que pueda comprender, comprenda.
(San Mateo, cap. xix, v. 12.)
¡A señora Marquesa estaba de un humor insoportable: habíase levantado media hora antes, y envuelta en un rico peinador guarnecido de encajes de valenciemies, tomaba chocolate con bizcochos, que iba cogiendo de una salvilla de plata. En este breve tiempo había reñido á la doncella francesa porque hacía frío, y al valet de chambre porque la chimenea daba calor; había despedido con cajas destempladas á sus cuatro hijos menores, que con el aya inglesa al frente entraban en corporación á darle los buenos días; y había también, — y esto era grave, — negado una sopita de chocolate á Fly, la galguita inglesa. Ofendida esta de tan desacostumbrado desaire, volvió el rabo á la ilustre dama, y se tendió en su cojín de tercio-
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pelo, aplicando al favor de los poderosos, que personiñcaba en su dueña, aquella sentencia de su paisano Shakespeare: [Inconstancia! tu nombre es mujer. Indudablemente aquellos primeros truenos anunciaban
una tormenta deshecha; y allí á dos pasos, sin ningún paraguas que la resguardase del aguacero, sin ningún pararrayos
que la pusiese á cubierto de las chispas eléctricas, se hallaba la pobre Lulú, la hija mayor de la Marquesa, colegiala quince días antes en el colegio del Sagrado Corazón. La pobre niña, no pudiendo esconderse en ninguna parte, escondía al menos las manos en los bolsillos de su bata, y clavaba los ojos en la alfombra como si estudiase sus dibujos, por no atreverse á fijarlos en el encapotado rostro de su madre.
— Quiero que me digas, — decía esta con ese tono breve y convulso propio de la cólera contenida, porqué no quieres venir al baile de la Embajada.
Y para dar tiempo á la respuesta, la señora Marquesa se tomó una sopa de chocolate. Lulú no contestó: hizo dos ó tres pucheritos, y escondió aún más hondamente las manos en los bolsillos de la bata. De buena gana hubiera escondido también la cabeza; pero eran los bolsillos demasiado pequeños.
— ¡Contesta y no me desesperes! — exclamó la Marquesa, llegando ya á los límites de la exasperación. ¿Porqué no quieres venir al baile?
Lulú se echó á llorar.
— ¡Dios nos asista! — exclamó la dama. Baile más llorado y más rabiado, jamás se ha visto en la vida... Contesta, niña, contesta; que es tu madre quien te pregunta.
Lulú levantó al fin aquellos hermosos ojos azules, que respiraban candor y pureza, y dijo con voz ahogada:
— Porque no quiero ponerme escotada...
EL PRIMER BAILE 5
— ¿ Acaso temes constiparte? — dijo la Marquesa, que no alcanzaba otra causa de aquella repugnancia.
— No, señora; no es por eso... Es que decía la M. Catalina...
— ¡Ah! — exclamó la Marquesa, irguiéndose en su butaca, cual Juno en su carro tirado por pavos reales. ¡Decía la M. Catalina! ¿Y qué decía la M. Catalina?
— Que ese traje no era... vamos, que no era decente... y que las señoras que ponen la moda, eran las que debían de desterrarlo.
La Marquesa se puso pálida de rabia, y si la M. Catalina llega á caer en aquel instante en sus manos, cierto es, que vuelve al convento sin ojos y sin toca.
— ¿Con que eso decía la M. Catalina? — exclamó con cierta calma rabiosa.
—Sí, señora; y el P. Jacinto me dijo...
— ¿También el P. Jacinto?
— Sí, señora; el P. Jacinto me dijo que procurase no vestir nunca de ese modo.
— ¿Porque sin duda era pecado?
— No me dijo que fuese pecado... Solo me aconsejó que no lo usara.
— ;Y qué más te dijo el P. Jacinto?...
— Que no valsase.
— ¿Porque era también pecado?...
— Tampoco me dijo que fuese pecado; pero me aconsejó también que no lo hiciera.
— ;Y qué razón tenía para eso el P. Jacinto?
— Eso no me lo dijo.
-;Y la M. Catalina?
— Tampoco me dijo nada.
La Marquesa estalló al fin: apuró de un sorbo el resto del chocolate, como para tomar fuerzas, y volvió á colocar
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con tal violencia la jicara en el platillo, que lo rompió en dos pedazos. El agua sufrió los flujos y reflujos del mar en su copa de cristal de Bohemia; los bizcochos
dispersaron por el sucio, anunciando el final del desayuno; Lulú se encomendó á todos los santos del cielo; la impasibilidad británica de Fly se contentó con levantar la cabeza.
— Pues mira, — dijo la Marquesa, dando con el puño cerrado en el brazo de la butaca. ¡El P. Jacinto manda en su sotana, y la M. Catalina en sus enaguas, y yo mando en mi casa y en mi hija! ;te enteras:...
Lulú no se enteraba: asustada la pobre niña había cruzado sus manitas, y rezaba mentalmente, sin darse cuenta de ello, aquella oración del Trisagio: Aplaca. Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor: ¡misericordia. Señor! La Marquesa continuó elevando progresivamente la voz, hasta las últimas notas de un furioso crescendo.
— ¡Vendrás esta noche al baile de la Embajada, por encima del sombrero de teja del Padre, y por encima de la toca de la Madre!... ¡Irás con el traje escotado que va á traer la modista!... ¡Valsarás con el Duquesito, porque así se lo he prometido yo, y porque es menester que aprendas lo que el P. Jacinto y la M. Catalina debieron de haberte enseñado!... ¡Es menester que aprendas á obedecer á tu madre!
— Pero, mamá, — exclamó Lulú llorando á lágrima viva; si me dijo el P. Jacinto...
— ¿Qué más dijo el P. Jacinto?
— Que si V. me lo mandaba, y yo no podía convencerla, que en las dos cosas obedeciese.
— ¡Pues como no me has convencido, vendrás al baile de pie ó de cabeza!
— Sí, señora, iré de pie y como V. mande.
La Marquesa bajó dos puntos el diapasón de su cólera, y añadió en tono dogmático:
— El tercer mandamiento de la ley de Dios, manda honrar padre y madre.
— No es el tercero, mamá, es el cuarto. El tercero es santificar las fiestas.
— ¡El tercero, ó el cuarto, ó el veinte mil quinientos! —
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exclamó la Marquesa, que estaba mas fuerte en el reparto de la última ópera, que en el orden riguroso de los preceptos del Decálogo. ¡Lo que importa es que lo tengas presente! — Sí, señora; haré lo que V. mande. -¡Pues no faltaba más, sino que pretendiese el P. Jacinto turbar la paz de mi casa!...
—No, señora, no; — le interrumpió Lulú. El P. Jacinto es un santo.
— ¡Pues que le pongan en un altar y le enciendan dos
velas! — replicó violentamente la Marquesa. Pero de ninguna manera tolero que por causa de sus chocheces, me seas desobediente.
— Pero mamá, si... — ¡Calla!... Y mira que no le vayas á hablar al Duquesito del P. Jacinto, ni de la M. Catalina, ni de novenas, ni monjíos, ni de las bobadas del colegio... Ya ese tiempo pasó, hija mía: ahora es menester que pienses en que eres ya una señorita que va á entrar en el mundo... Por eso quiero presentarte esta noche en la Embajada... El Duquesito es un pollo de lo más agradable que darse puede... te quiere muchísimo... No queda día que no pregunte por la bella Lulú...
—¿Por mí? — dijo Lulú, abriendo los ojos asombrada. ¡Pues si solo una vez le he visto en la vida!
— ¿Y qué te pareció?
— Me pareció muy tonto.
— ¿Tonto?... ¿-Tonto el chico más á la moda de Madrid?... ¿Tonto el mejor partido de la corte?
— ¡Pues si no me dijo más que tonterías!... que si el Real estaba lleno y el Español vacío... que su caballo Pitt había ganado una copa en el Hipódromo... que iba á introducir la moda del frac encarnado... Yo le dije que parecería un cangrejo...
— ¿Eso le dijiste? — exclamó otra vez sulfurada la Marquesa.
— Se me escapó sin pensar, y creo que no le gustó, porque se puso muy serio.
— ¡Pues claro está!... ¿Cómo había de gustarle?... Vamos, si esta hija mía parece que viene de las Batuecas... ¡Decirle que parecería un cangrejo!... ¿A quién sino á tí se le ocurre semejante sandez?... ¿Sabes lo serio que ha sido el asunto de los frac colorados?... Periódicos muy formales han discutido si debía ó no de admitirse, y justamente el Duquesito era el defensor más acérrimo... ¡Y decirle que parecería un cangrejo!... Vamos, si eso no se le ocurre más que... al P. Jacinto ó á la M. Catalina...
— ¿Pero yo, qué entiendo de eso, mamá? — dijo Lulú apurada.
— Pues aprende, ó á lo menos calla, que ni siquiera á callar has aprendido en el colegio... Este es el fruto de la decantada educación de monjas que tu abuela me obligó á darte, prosiguió la dama en tono patético. ¡Para esto me impuso el inmenso sacrificio de tenerte en el colegio, separada de mí, hasta los diecisiete años!...
La señora Marquesa mentía al decir esto, con un descaro digno de su lavandera: la pobre Lulú había permanecido en el colegio hasta los diecisiete años, porque estorbaba á
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su madre para la vida, no licenciosa, pero si frivola y disi- -pada que llevaba; porque la edad de la nina poma de manifiesto que la de la señora Marquesa había pasado mucho tiempo antes los limites de la juventud; porque le era preciso a su vanidad ocultar todo el tiempo posible, aquellos años que todos los ardides de la infeliz no lograban borrar de su inexorable fe de bautismo; aquellos años que sonriendo irónicamente iba contando la muerte; aquellos años en que los pasatiempos y frivolos devaneos de la mujer habían ahogado los sencillos, los puros, los santos goces de la madre... ¡Aquellos años que habían de ser juzgados día por día, hora por hora, momento por momento, en el terrible tribunal en que sentencia Jesucristo las almas de los muertos!...
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AS lamentaciones de la dama fueron interrumpidas por Nanette, la doncella francesa que anunció la llegada del traje de la señorita. La Marquesa lanzó una exclamación de alegría, y se levantó para recibirlo: Lulú no se movió de su sitio. Un criado entró cargado con una inmensa excusabaraja de finísimos mimbres, y la depositó sobre la alfombra. Nanette levantó la tapa, y apareció el confuso remolino de gasas, crespones, flores y cintas, que constituían el traje de baile. La misma Marquesa, ayudada por Nanette, colocó artísticamente el vestido sobre un diván de raso azul celeste: era de gasas blancas, y no tenía más adornos que algunas guirnaldas de jazmines.
U LECTl RAS RECRE VI IVAS
¡Lindísimo! exclamaba la Marquesa, buscando para contemplarlo el verdadero punto de vista. ¡Qué sencillez, v al mismo tiempo qué novedad y qué elegancia!... ¡Ah! si Madame Téte-vide es la encarnación del gusto parisiense!... Mira, Lulú, mira... ¡Vas a tener un suecas asombroso!...
La señora Marquesa participaba en alto grado de la elegante manía, criticada ya por el P. Isla en aquella celebre aleluya:
Yo conocí en Madrid una Marquesa Que a-prendió á estornudar á la francesa.
Lulú no se movió de su sitio, y miraba con tristes ojos el lindísimo traje: su primera mirada había sido para el escote, que en honor de la verdad era todo lo alto y decente que esta moda permite á las señoritas jóvenes: a las señoras casadas, sin que nosotros alcancemos el motivo, se les permite en este caprichoso código ofender con toda libertad el pudor y la modestia.
— Pero hija, ven acá, — gritó la Marquesa; que no parece sino que te llamo para enseñarte la mortaja.
— Así quiero que me hagan la mía, — dijo Lulú levantándose. Blanca como este traje; pero ha de ser cerrada hasta arriba, y en vez de jazmines tendrá azucenas, que significan pureza.
— i Vamos! — exclamó la Marquesa, dispuesta á encolerizarse por tercera vez. No falta más sino que nos prediques ahora un sermoncito sobre la muerte y las vanidades humanas... ¡Mira, Luisa, no me seas necia! Entra en mi alcoba y ponte el traje al momento...; quiero ver cómo te sienta, y quiero enseñarte á llevar la cola. De seguro que no sabes dar un paso con ella.
Lulú apareció al fin vestida de baile; y al ver retratada su imagen en el inmenso espejo que reflejaba al día las tres ó cuatro toilettes de su madre, no pudo menos de sonreírse.