Colección de lecturas recreativas · Unidad 105 de 223
Unidad 105 · 298 LECTURAS RECREATI\ KH
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298 LECTURAS RECREATI\ KH
que luna del alcanoe de la Reina, <¡iu' todo lo rompía hallaba en la alcoba, y contestó que eran más de las ocho y inedia.
— Preguntólo, -dijo entonces la Reina, por saber si tardara el Duque Francisco.
Asombróse de nuevo la Cártama, y aun creció nías su pasmo, cuando, incorporándose trabajosamente la Reina, le pidió para cubrirse un capotillo negro, que indicó ella misma dónde estaba. Dio luego un hondo suspiro, y pidió con gran sosiego que le trajeran un crucifijo: trájole la dueña uno grande de metal, que dentro de un mueble estaba escondido, y la Reina lo tomó con ambas manos, sin poderlo mantener en alto por su mucha flaqueza. Con gran ternura lo miró en silencio una buena pieza de tiempo, y tornó luego á suspirar hondamente, diciendo primero en latín y después en romance:
— /;/ te. Domine, speravi. non coiifundar in aeternum!...
Espantada la dueña corrió fuera de la cámara, dando voces de que la Reina había recobrado el juicio. Alborotáronse los del Alcázar, dudando unos del hecho, clamando otros milagro, y corriendo todos en tropel á cerciorarse por sus propios ojos. Acudió á las voces la misma Infanta doña Juana, y haciendo detener á todos en el retrete, entró ella sola en la cámara con la Condesa de Lerma. Hallaron á la Reina con el crucifijo en la mano, apoyado en las rodillas, y cayendo de sus ojos dos hilos de lágrimas. Conmovióse la Infanta a esta vista, y no osaba adelantar, apoyándose en la de Lerma, que también lloraba enternecida. Violas la Reina desde el lecho, y dijo entonces con gran sosiego:
—Llegaos acá, D.a Juana, y dadme nuevas del Duque Fran cisco.
Acercóse la Infanta llorando de júbilo, y contestó que
LA INTERCESIÓN DE UN SANTO 299
presto llegaría el Santo, creyendo que á esto iba encaminada la pregunta; mas la Reina, moviendo la cabeza reposadamente, dijo entonces con mucha dulzura:
— Ya sé eso, hija mía... Preguntóos ahora, cuál es el hábito y vida que trae el Duque Francisco.
—Sentóse la Infanta en el mismo lecho de su abuela, que era ancho y largo en extremo, y como la de Lerma quedase de pie á su lado, mandóle la Reina tomar una almohada y sentarse allí cerca.
Refirióle entonces la Infanta la conversión del Santo Duque, su retirada del mundo, su profesión en la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola, y la vida apostólica y llena de prodigios con que admiraba á la Europa. Todo esto escuchaba la Reina atentamente, haciéndose repetir las cosas, que, por estar algo sorda, al pronto no entendía: calló luego largo rato al terminar la Infanta, y díjole al fin como maravillada:
— Dígoos, hija, que siempre pensé bien del paje Iñigo y del Marqués de Lombay; mas nunca creyera que se tornaran tan santos.
Asombróse la Infanta á estas razones, y tuvo ya por cierto que la luz de la razón iluminaba á la Reina, y entraba en caja su memoria; porque no de otra manera podía recordar que era Ignacio de Loyola el mismo paje Iñigo que había conocido ella en la corte de su padre el Rey Católico, ni que fuese el Marqués de Lombay, menino de D.a Catalina, el mismo Duque de Gandía, de cuya conversión y virtudes se trataba.
Llegó en esto el Santo Borja acompañado del doctor Herrera y del viejo Juan de Arispe, contador de la Reina: recibiólos esta con agrado, y manifestó deseos de quedarse á solas con el P. Francisco. Dos horas duró esta plática, en que quedó patente á los ojos del Santo, con cuánta mi-
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