Colección de lecturas recreativas · Unidad 145 de 223
Unidad 145 · MIGUEL 409
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
MIGUEL 409
zóse al fin, como alma que lleva el diablo, por la alfombrada escalera de aquella casa, en que había entrado para una visita de veinte minutos, y donde su cortedad de genio le había hecho permanecer cerca de veinticuatro horas. A la puerta le esperaba el último golpe: la buena Duquesa había hecho enganchar su berlina, y el pobre Miguel no tuvo más remedio que dejarse conducir en ella hasta la puerta de su casa.
Este incidente, que á otro cualquiera hubiese hecho reír después de pasado, exasperó terriblemente el amor propio de Miguel: creyóse puesto en ridículo á los ojos de toda Sevilla, por ser tan común en los jóvenes que empiezan á alternar en el mundo, creerse blanco de todas las miradas; y de tal manera se grabó esta idea en su mente, que huyó para siempre de aquella sociedad culta, que era la suya, y en la que podrá fácilmente perderse un joven, mas rara vez encanallarse, para buscar la compañía de amigos de baja estofa, entre los que dominaba por sus riquezas y su rumbo, y por los cuales fué arrastrado poco á poco á toda clase de vicios y excesos.
Durante el primer curso fué Miguel, gracias á estas amistades, un estudiante tronera de café: al terminar el segundo, era ya un perdido de taberna.
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RABAJO hubiera costado a la buena madre de Miguel reconocer á su candido y sensible hijo, en aquel muchacho desgarrado, que con el sombrero echado atrás, el chicote en la boca, y la obscenidad en los labios, sacudía el freno de la educación, y despreciaba el qué dirán del respeto, para llevar en la frente el qué se me da á mí de la insolencia. Aquel muchacho, que escandalizaba en su lenguaje, y repugnaba en sus costumbres; que de los cafés había descendido á las tabernas, y que huyendo de toda especie de amistades cultas, iba á buscar el trato de toreros y chalanes, que llamaba franco y campechano... Mas no en balde había su pobre madre impulsado hacia el cielo los primeros latidos de aquel corazón que tanto amaba; y aunque podrido en la superficie, hallábase sano en el fondo, donde dormían, cual en el fango diamantes, sus primeros y puros sentimientos. Cuando arrastrado primero por sus amigos, y capitaneándolos después, corría
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Miguel á encenagarse en los vicios, solía detenerse de repente, cual si su corazón recordase ecos lejanos: parecía entonces entrar en sí, y volviendo atrás sus pasos, buscaba la soledad, donde derramaba, sin conocerlas, esas amargas lágrimas que llora el espíritu cuando quiere y piensa no tener fuerzas para zafarse de los torpes lazos con que la materia le ata.
Y era que su buena madre iba en aquella misma hora á buscar el lecho vacío de su hijo ausente; era que levantaba al cielo sus manos puras, como recomienda el Apóstol, y pedía al Ángel de la guarda de aquel hijo tan amado, un freno que le detuviese, un ejemplo que le enseñase, un consejo que le sirviera de guía... ¡Ah! ¡cuántos hijos extraviados no vuelven á la buena senda, porque sus madres no oran por ellos! ¡cuántos de esos hijos pecadores serían quizá otros tantos Agustines, si sus madres supiesen llorar las lagrimas de Mónica! ¡cuántos de esos infelices tullidos del alma, descenderían al fin á la piscina de la gracia, si no pudiesen decir como el paralítico de Bethsaida: Domine, hominem ?ton habeol ¡Señor, no tengo quien me ayude!...
En cuanto á su padre, encogíase de hombros al saber las calaveradas de Miguel: reíase de lo que él llamaba sus ocurrencias, y tan solo le escribía para encargarle que tratase con el empresario de la plaza de toros el ajuste del ganado de alguna corrida, ó para enviarle buenas letras de cambio que le impidiesen pedir dinero prestado.
—Con tal que no tenga deudas, decía, dejarle que corra su caballo; que carrera que no da el potro, en el cuerpo se le queda... Ciencia no le hace falta, porque dinero le sobra... Con un palmito como el que tiene, un nombre como el que lleva, y quince mil duros de renta, se casará con una Princesa en cuanto los cascos se le asienten.
Mientras tanto, Mayo tocaba á su fin, los exámenes se
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