Colección de lecturas recreativas · Unidad 37 de 223
Unidad 37 · 80 LECTURAS RECREATIVAS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
80 LECTURAS RECREATIVAS
que se creía tan inmenso, y que apareció entonces mermado por las malas administraciones, y embargado en su mayor paite por esa polilla, hija del lujo, que carcome y arruina a las casas nobles: ¡las deudas!
Vióse entonces aquel brillante joven, que se creía poderoso, heredero tan solo de un corto caudal que aún no poseía, y sujeto desde su infancia a todas las torcidas exigencias de una educación opulenta y licenciosa. Vióse precisado por vez primera á lanzar sus miradas más allá del horizonte de caballos, toros y perros, salones, casinos y lupanares, en que hasta entonces había vivido encerrado, y vio con sorpresa que tras de la opulencia llegaba la medianía, y que tras de la medianía, podía venir la miseria. Ni por un momento pensó sin embargo en abandonar el lujo y el boato á que le habían acostumbrado sus padres. Pensó más bien para sostenerlo, en efectuar con la hija de algún banquero, ó comerciante rico, uno de esos matrimonios de conveniencia, en que el yerno busca en las talegas del suegro un puntal de oro que sostenga la casa solariega que se derrumba, y el suegro, en los pergaminos del yerno, cierto polvo de antigüedad que encubra lo flamante de su arca. Mas según la frase de Manolo, era la cruz del matrimonio el árbol de que se ahorca el marido; y al llegar la hora de escoger árbol en que ahorcarse, le sucedió lo que á Bertoldo, que ninguno le pareció bastante á propósito. Pensó entonces en dedicarse á la política, juego de albur en que todos pueden probar fortuna; mas su ignorancia y su falta de carrera le cerraban los caminos honrosos por donde se llega á altos puestos, y su inconstancia y su pereza, jamás vencidas, le cortaban esos otros caminos por dónde la osadía conduce á la ambición, adonde rara vez logra la modestia colocar al mérito.
Mientras tanto, el tiempo corría, y de tal modo corrían también los dineros de Manolo, que a los dos años había
derrochado por completo la legítima heredada de su padre. Mas no por eso moderaba su boato ni cercenaba sus gastos: limitábase tan solo á no pagar las deudas que por todas partes contraía, y de locura en locura, de bochorno en
bochorno, de bajeza en bajeza, llegó por fin á vivir por completo de las pingües rentas de la poca vergüenza. Pedía dinero prestado; comía cada día de la semana en casa de uno de sus ilustres parientes; daba rodeos para evitar el encuentro de acreedores como el peluquero y el perfumista, y empeñaba alhajas y hasta ropas, para comprar el ramo de camelias que regalaba á la actriz de moda, ó satisfacer algún otro capricho semejante, en que le parecía ver un deber de sociedad ó una exigencia de su rango. ¡Cuántas amarguras no le costó, sin embargo, ahogar ese sentimiento de noble pundonor que existe siempre en el hombre bien nacido mientras no se encanalla! ¡Qué rubor cubrió su frente la primera vez que no pudo pagar una deuda que le exigían! ¡Que vergüenza cuando tuvo que regatear por primera vez en una casa de préstamos, los intereses de la alhaja que empeñaba! ¡Qué humillación cuando se oyó designar entre las mismas personas de su círculo con el apodo de el joven de los siete cocinerosl.. .