Cosas de antaño: tradiciones cubanas (tercera serie) · Capítulo real 1 de 1

Cosas de antaño: tradiciones cubanas (tercera serie)

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 24 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

AL LICDO. MANUEL M. CORONADO, DIRECTOR

DE "LA DISCUSION", CORONEL DEL EJERCITO LIBERTADOR, VICEPRESIDENTE DEL SENADO.

En los últimos años de la colonia, cuando desafiando todos los peligros hizo Vd. de "La Discusión" un valiente vocero del sentimiento cubano, lo mismo que a su regreso del campo de la guerra para convertir ese periódico en un gran diario moderno, siempre encontré a su lado calor de afecto y motivos para admirar su consecuencia y su patriotismo. Que la primera página de este libro al recordar sus merecimientos como ciudadano, sea a la vez un testimonio de la adhesión y el cariño de su viejo redactor y afectísimo amigo,

Habana, Octubre de 1917.

Tina Morejón.

Al señor Marcelino Díaz de Villegas, generoso protector de las Tradiciones.

P" L pintoresco pueblo de Santo Domingo, entronque de una vasta red ferrocarrilera, cabeza de un término municipal que en sus diez y ocho barrios encierra una población de cerca de veintiún mil habitantes, no contaba, a principios del siglo pasado, cuarenta, y era una misérrima colonia a la cual, oficiálmente, pretendíase dar vida, aunque en vano, porque allí sólo vivían contentos los pájaros. Esa colonia, a la que por cierto se le había dado un nombre exótico, "Nueva Bohemia", distaba diez y seis leguas de la costa sur y ocho largas 'de la costa norte, hallábase asentada a la orilla derecha del río Sagua la Grande y en sus terrenos, llanos con ligeras ondulaciones, se veían, aquí y allí,

pequeñas haciendas de crianza, sitios de labor y vegas donde se cosechaba el mejor tabaco de Tierra Adentro.

Si por riqueza se entendiera lo que racionalmente debe entenderse, vivir a gusto, comer bien y tener la conciencia tranquila, la colonia de Nueva Bohemia podría considerarse un verdadero paraíso; pero nadie está conforme con lo que tiene y mucho menos con lo que tienen Los demás (que es el feo pecado de la envidia) y de ahí que de la noche a la mañana se destapara por los montes de Santo Domingo, — montee de excelentes maderas que hace mucho han desaparecido — un bandolerismo a tal extremo descarado y furioso, que hizo brincar sobre su sillón de la Plaza de Armas al bonísimo y honrado y liberal y excelente amigo de los cubanos, teniente general don Nicolás de Mahí, a quien califica un biógrafo de anciano afable y majestuoso, y que tuvo ;la humorada de desembarcar en da Habana luciendo sus bandas, cruces y encomiendas, sobre el grotesco uniforme de miliciano nacional que tantcs desatinos recuerda.

Ya en tiempo de Cienfuegos la plaga del bandolerismo había adquirido carta de naturaleza en nuestros campos ; pero en 1821, que es la época de nuestra narración, el mal había alcanzado proporciones tan tremendas, que hizo pensar en algún recurso excepcional para ex-

tirparlo. En torno de la Nueva Bohemia, dentro de una zona de más de treinta leguas que alcanzaba a las dos costas, desde la hacienda Beronda — hoy Manacas — al Oeste, hasta el realengo de Yabú y San Juan de Amaro, al Este y de Viamontes al Norte, a San Marcos, al Sur, no había finca que no hubiera sentido la mano de la 'cuadrilla de facinerosos que, con una suerte sollámente comparable con su audacia, si en materia de ganado era una red barredera que no dejaba novilla en su sitio, en materia de asaltos en despoblado y robos en cachimbos y vegas, constituía la más grave preocupación del campesino.

A Santo Domingo o sea a la colonia Nueva Bohemia, afluían muchos caminos, les que aun hoy se señalan claramente en el mapa : el camino viejo que llamaban de la Habana y los que llevaban a las haciendas de San Marcos, Las Lajas, San Juan de Amaro y el Embarcadero, y en ellos y en las cuatro leguas y media de que constaba la naciente colonia, rara era la noche que no se registraba algún hecho criminal. Y lo grave del caso, lo que desesperaba a los contados y temerosos agentes de la autoridad, era que •cometido el delito, los autores se disolvían, se evaporaban sin dejar tras de sí la menor huella ni el más débil rastro. Después de lo que todos los viejos hemos visto en Cuba,

durante (largos años de bandolerismo, esto no debe sorprender; pero entonces, cuando se daba más importancia a lo maravilloso y lo absurdo que a lo natural y 'corriente, tal fenómeno puso en calzas prietas a los campesinos que juraban a ojos cerrados tener más parte en los robos, seres del otro mundo, que gentes de carne y hueso.

Cerca del camino de Cienfuegos tenía su hacienda un hombre de buena casa, joven, eon más que mediana educación y más que regular fortuna. Amante de la vida campestre, y no porque le faltaran medios de vivir holgadamente en la ciudad, sin más familia, al parecer, que una tía anciana que era mejor que auxilio un estorbo, sin dejar de prestar atención a sus crías y a sus siembras, conocíasele por su afición al mujerío de la comarca, donde gozaba de gran 'popularidad e influencia. Don Silverio, que por este nombre era conocido, sin otros atributos de linaje que en el campo huelgan, vió una noche asaltada su vivienda por seis malhechores que con los mejores modales que puede usar un bandido, le exigieron la entrega de no sabemos cuantas onzas.

Tal vez no lo crea el lector ; pero es cierto, al decir de las crónicas, que no le pesó a don Silverio la visita, porque ya lo tenían intrigado aquellos cuentos de bandidos que se tragaba la

tierra sin dejar señal de ellos, aunque sí de sus fechorías. La imaginación popular, que es en el trópico un caballo desbocado, había creado una fantástica leyenda — decía él — en donde sólo existía una banda miserable 'de ladrones de gallinas, haciendo surgir en aquellos montes toda una Calabria ridicula, que ya era tiempo de reducir a sus verdaderas proporciones. ¿ Dónde se había visto una gavilla de facinerosos mandada, nada menos, que por una arrogante hembra, con puñal y pistolas al cinto, vestida como el cuerpo de coros de cualquier teatro, medio macho y medio hembra, o mejor, marimacho entera, mandando seis mozos como seis granaderos y dominándolos con la mirada, como el domador domina a sus fieras ? Pues allí los tenía delante para que nada tuvieran que contarle ¡los sencillos y crédulos guajiros. Bien valía é^to unas cuantas peluconas.

Don Silverio, sin perder su ecuanimidad, porque nuestros hombres de campo siempre fueron valientes, saludó a la cuadrilla y con cierta son- ^ risa burlona en los ojos, que los tenía muy grandes y expresivos, invitóla a que se apease y tomara café, frase sacramental en el campo de Cuba, después de toda salutación. En efecto, se apearon los bandoleros, mas no para tomar café, sino las onzas del margen, que no pensó en negar don Silverio, porque, a tiro de ballesta,

comprendió que la cosa no iba de broma. A la luz mortecina del farol que había sacado un negro al colgadizo, pudo el asaltado examinar a su gusto a los bandidos; pero después de esto, no estaba mucho más adelantado de noticias que antes. Eran, al parecer, hombres de campo, a juzgar por lo atezado de las manos y los cuellos, porque los rostros estaban ocultos por antifaces. M que parecía jefe de la banda, no obstante, por la finura de las manos, la 'pequeña porción de semblante que dejaba ver y los modales sobre todo, lilamó sobre sí desde un principio la atención de don Silverio, que le fijó la vista con insistencia. Que una legión de demonios lo llevase si aquel mozo no era . . . una realísima hembra, como se las recetaba a él el médico.

— -¿Qué me miras? — 'preguntó la enmascarada.— ¿Me conoces acaso?...

— No te conozco — dijo sonriendo don Silverio, sin dejar de desnudarla con los ojos — pero a fe que quisiera conocerte . . .

— No es difícil — contestó la bandolera con voz natural — por esos montes ando . . .

— Dime el sitio e iré mañana mismo a llevarte el dinero que me has exigido con tanto aparato, cuando a tí sola te lo hubiera dado con gusto.

La capitana, porque ya debemos darle su

título, miró fijamente a don Silverio, como pretendiendo sondear sus intenciones, y al cabo de un rato, contestó :

— Coge mañana después de las doce el camino del Embarcadero y. . . en él me encontrarás, si vas sólo ; pero te aconsejo que no vayas acompañado.

— Descuida . . . allí estaré. Más impaciente estoy yo que tú.

— ¿Por qué? — preguntó ella.

— Ya lo sabrás — respondió él lanzándole una mirada de esas que dicen más a una mujer que el más elocuente discurso.

A una señal de la capitana, la banda volvió a montar, y a los pocos segundos, ni aun el eco de los cascos llegaba a oídos de nuestro héroe, de quien no es necesario decir que se había enamorado brutal y repentinamente de la bandolera. Son estos casos más frecuentes de lo que a simple impresión puede creerse. Hay hombre que" jamás se sentiría movido por una virtud a toda prueba y es capaz de los más grandes sacrificios por conquistar el amor de una mujer perdida. Don Silverio, cansado tal vez de las conquistas fáciles que hasta entonces habían constituido su principal ocupación, sintióse niortalinente cautivo de aquella hembra de alma atravesada, que montaba como los machos y le pegaba una puñalada o un tiro al lucero del alba.

Camino del Embarcadero salió al día siguiente, con un sol que rajaba ilas piedras, no sin haber metido en los bolsillos las cincuenta o las cien onzas en oro exigidas por la capitana; y no había caminado tres leguas, cuando le salió al paso un negrito que, sin decir palabra, lo guió por una vereda hasta el pequeño batey de una hacienda, en cuyo edificio principal, de tabla y teja, que así eran los palacios, entonces en esta tierra hoy cruzada por el automóvil, lo esperaba una hermosa mujer, vistiendo el sencillo pero encantador tocado de nuestras guajiras.

— Tina Morejón — dijo alargando su menuda y cuidada mano a don Silverio, quien se quedó hecho una pieza al contempilar tan perfecta hermosura. Porque Tina era la encarnación del sueño de un sensual como él, vistiendo de campesina. Trigueña de esas que dicen lavadas, con unos o jes que se comían a la gente, con unas curvas que hacían maldecir la ropa encubridora, Tina era capaz de robar, sin sus compañeros, no talegas, sino corazones.

La recepción dispensada por ella a don Silverio, que la había dado en el corazón, fué de aquellas que nunca se olvidan. Nuestro felicísimo héroe abandonó la finca sin que los rayos del sol lo molestasen, dejando en manos de Tina Morejón su oro y lo que es peor, su albedrío.

Ella habíase negado a recibir el dinero, porque si alguna vez se había dado, nunca se había vendido ni había en el mundo dinero para comprarla ; pero don Silverio que empezaba a ejercer sobre Tina cierta dominación, la persuadió de que debía repartir aquella cantidad entre sus compañeros.

— Ten en cuenta — di jóle Tina al despedirse — que una conversación tuya puede llevarme al palo, ¿sabes?

— Está de más el encargo — repuso don Silverio. Figúrate que ya tengo celos hasta de quien te nombra . . .

¿Fué discreto nuestro hombre? Como casi todos los que tienen el corazón rebosante de ventura por los favores de una mujer codiciada, ¿ habló de aquel amor que lo hacía tan dichoso ? No podemos decirlo ; pero el rastro que faltaba para dar con la gavilla de Santo Domingo fué don Silverio y tras él marcharon desde entonces los sabuesos del general Mahí, y después la famosa partida de Ármona, en la que había más malhechores que en la de Tina, no tardando ésta en ser presa y conducida a la Habana con todos sus compañeros, precisamente cuando la pasión que sentía por el joven hacendado estaba muy cerca de regenerarla, volviéndola al camino de la honradez.

Huelga decir todo el dolor que experimentó

su amante al verla conducir por la partida de Armona y todas las influencias y todo el dinero que movió para conseguir su libertad. Siempre hubo en loe tribunales de justicia una gran conmiseración para la mujer delincuente ; pero entonces a poco estuvo que la hermosa Tina More jón fuera a purgar todos sus delitos en la horca, como los purgaron sus compañeros de bandolerismo : tantos y tan graves fueron aquéllos y tan temible se había hecho en aquella época el brigandaje cubano ; pero ail cabo la pena se redujo a extrañamiento perpetuo de la isla y a lavar la ropa del ejército, por vida, en los lavaderos de Cádiz. No falta quien crea que la salvó, nueva Friné, del rigor de sus jueces, su incomparable hermosura.

Terminaremos esta relación diciendo que Tina More jón no es, como pudiera suponerse, un personaje novelesco. Es un personaje rigurosamente histórico.

Nuestras abuelas en el paseo.

Al doctor Miguel Angel Mendoza, director de la gran revista Chic.

OON las seis de la tarde en verano. Desde la Puerta de Tierra van en dirección paralela a lo que hoy es calle de Dragones, a desembocar en el Nuevo Prado, numerosos quitrines con el fuelle plegado, conduciendo las más bellas flores del jardín habanero, vestidas enteramente de blanco, con flores en la cabeza descubierta y asomando los menudos pies por la espuma blanquísima del vestido. Caracoleando en torno, marchan también muchos jinetes, unos montando a la criolla con el potro enjaezado de plata y otros a la europea figurando entre estos últimos varios jefes y oficiales del Fijo de la Habana, que es el regimiento de guarnición en cuyas filas no faltan habaneros distinguidos. A pie, bajo el toldo de laureles que va

desde la calle de la Real Muralla hasta la calzada de San Luis que es la actual calzada de la Reina, dirígense también al Nuevo Prado, que es el paseo de moda, numerosos grupos 'de jóvenes, de viejos, de empleados en las diferentes dependencias de la Administración y de militares. Los hombres visten de levita negra, corbatín y chaleco y pantalón blancos, viéndose muy pocos jipijapas : casi todo el mundo lleva sombrero de copa alta, en su forma más antiestética, la de un cono invertido.

La multitud va desembocando en el paseo donde ya está OTganizado el cordón de carruajes que se mueve lentamente y a cuyos bordes los jinetes sostienen una conversación cortada con las damas y dejan caer, como flores, sobre las beldades perezosamente tendidas en el fondo del bello carruaje, sus galanterías.

El paseo parece tener su paraje preferido en la glorieta de la India. Allí van desgranándose algunos quitrines y formando un arco de círculo cuyo eje es el moderno edificio de la fábrica "La Majagua" que entonces no existía como ninguno de los que lo siguen hasta el teatro de Payret. En derredor de cada quitrín se ha formado un círculo de pedestres y jinetes y allí se comentan los 'reducidos sucesos de una sociedad que empieza a desenvolverse, en la que el periódico propiamente dicho, no ha aparecido y

donde todo el mundo se conoce sin que quepa nada inesperado ni menos dramático a no ser un crimen.

En medio de aquella animada reunión se levanta la hermosa fuente de la India que ha sustituido a la estatua de Carlos III existente hoy en el paseo que lleva el nombre de aquel monarca. La tarde va cayendo mansamente y en la copa de loe framboyanes y en el mármol blanquísimo de la hermosa estatua chispean los postreros rayos del sol, precursores del breve crepúsculo tropical. El paseo se halla en su punto : algo hay esta tarde que presta una animación desusada a los concurrentes. Una verdadera nota mundana, como se dice en nuestros días, es el objeto de todas las conversaciones, sobre todo desde que ha hecho su aparición en el término del Nuevo Prado un quitrín donde luce su deslumbradora belleza una joven trigueña, acompañada solamente por un anciano : su abuelo. Todas las miradas se han fijado en aquel carruaje que parece simbolizar elocuentemente la aurora de la vida y su crepúsculo. De las conversaciones diseminadas puede sacarse en consecuencia el drama. La joven, de la más selecta clase social, ha dado margen a un duelo de deplorables consecuencias. O por coquetería o por inadvertencia hija de sus pocos años, Florinda venía sosteniendo relaciones

amorosas 'con dos galanes a un tiempo. Ambos creían ser el preferido, ambos eran oficiales distinguidos del Fijo y ambos se hallaban mortalmente enamorados de la muchacha que a más de ser preciosa heredaría a la muerte de su abuelo un crecido caudal. Una casualidad hizo que los dos pretendientes descubrieran el doble juego de la niña y la tarde anterior, llevando por padrinos a cuatro oficiales de su cuerpo, se habían batido en el camino cubierto, en el mismo sitio en que está hoy la Plaza del Polvorín. El duelo fué a espada y uno de los contendientes, el más joven y al decir de algunos, el que más pruebas de predilección había recibido de la endiablada Plorinda, resultara mortalmente herido.

Los comentarios sobre un suceso que venía a romper la monotonía desesperante de la vida poblana, puede decirse que monopolizaban todos los corrillos y en todos ellos aleteaban las más severas censuras para aquella muchacha que cruzaba indiferente, tendida en los cojines de su flamante quitrín, como si con ella no fuera la cosa, partiendo las flechas más envenenadas precisamente de aquellas damas que no eran el mejor modelo de recogimiento en sus costumbres. Parecía echarse de menos en aquel avispero de murmuración la frase evangélica del

Divino Maestro : la que esté libre de pecado que arroje la primera piedra. . .

Contra las verjas de la fuente se ven reclinados muchos jóvenes contemplando el mujerío que pasa y el que se ha avecindado en aquella rotonda desde la cual se divisa el extenso paseo en cinco callee de árboles y asientos de piedra que ocupan los curiosos de la clase más modesta. Mirando al frente se extiende el amplio trapecio del Campo de Marte con sus verjas de lanza y moharras doradas y sus numerosos pilares de manipostería coronados por granadas. Una espesa arboleda le da el aspecto de un bosque prestando frescura y sombra a un solitario paseo aun en construcción.

La animación del Nuevo Prado va declinando según los rayos del sol poniente se ocultan y toda la concurrencia, como las cuentas de un rosario cuyo hilo se hubiera roto, va desgranándose bien en dirección del concurrido café de Eseauiiza, abuelo de nuestro Louvre, lleno de público desde las primeras horas de la tarde, ya otra vez en dirección de la ciudad vieja, Dragones abajo, para cruzar la Puerta de Tierra y descender Muralla o ir hacia Obispo ante las tiendas de novedades y joyería o ante las neverías y dulcerías de Arrillaga y La Dominica. Una hora después la animación torna a empezar cuando las familias se disponen a acudir al

teatro de la Alameda para oir por la compañía francesa la ópera Zelmira y Azor y por el cuadro de cómicos españoles Marcela o ¿cuál de los tres? de Bretón de los Herreros. Algunos quitrines han tomado las calzadas de Jesús del Monte y el Cerro para buscar una atmósfera más pura y otros, recorriendo el Nuevo Prado que no es más que la prolongación del viejo, se han alargado hasta la Punta cual si por instinto nuestras abuelas indicaran con su presencia en aquel paraje solitario y de tétricos recuerdos el punto en que había, al correr del tiempo, de extenderse el paseo más bello de la Habana : el Malecón.

Ll temporal de Barrete

Al eminente literato Arturo R. •de Carnearte.

ET HA yo un niño : convaleciendo de grave enfermedad fui a vivir una corta temporada a casa de una distinguida familia habanera, que residía en la calle de Paula, donde encontré el calor maternal que me faltara desde edad muy tierna. Consigno aquí, por oportuno, este recuerdo de 'gratitud para nobles seres que han bajado a la tumba hace mucho tiempo; pero a quienes no he enterrado nunca en la fosa del oilvidó.

El objeto de todos los 'cariños en aquella casa cubana, en la que recibí generosa hospitalidad, era una dama casi centenaria, pero, como escosa frecuente en este país, que conservaba en toda su lucidez sus facultades mentales. Crónica viva y fiel de los dorados tiempos de Cuba

2-í

en que la opulencia se manifestaba en todos los actos de da vida social, podía, oyéndola hablar, hacerme la ilusión de que seguía un curso de historia de América en su período crítico : el desprendimiento de las 'colonias españolas de la patria potestad, la afluencia a Cuba de las reliquias del derrotado ejército en Bomboná y en Ayacucho, las bizarrías del conde de Gálvez en las Bermudas, en New Orleans y en Panzacola, las fiestas de la proclamación de Carlos IV, la evacuación francesa de Santo Domingo, donde habían encontrado su ocaso los gloriosos mariscales del Capitán del Siglo . . .

La conversación de una joven discreta y bella es manjar de los dioses, no hay que dudarlo ; pero yo no sé hasta qué punto sea tan encantadora como la de una .anciana que ha vivido cerca de un siglo en el plano social que proporcionan la alcurnia y el dinero, revolviendo en el pasado ya desvanecido en el recuerdo de sus contemporáneos y completamente ignorado de cuantos la rodean, haciendo surgir como ail conjuro de la varita mágica toda una sociedad sepultada en la inmensidad del tiempo, hombres y cosas que desaparecieron para no volver, costumbres que nos parecen ridiculas, por la imbécil razón de que riñen con las nuestras, sucesos dramáticos, a veces trágicos que para nosotros son como una novela y para la venerable narra-

dora el reilato fresco y fiel de una jornada de mi larga existencia patriarcal.

A pesar de mis años, las narraciones de aquella anciana que parecía cobrar nueva vida reverdeciendo loe recuerdos de su niñez y de su juventud, despertaban despóticamente mi curiosidad y tal vez por ésto, ella reconocida a mi atención religiosa, parecía complacerse en revelarme los secretos de su vida con la amabilidad encantadora de quien goza en mantener sujeto al hilo de su discurso el interés del oyente. A su lado pasaba horas enteras, sobre todo, aquellas en que la juventud egoísta la dejaba completamente sola para buscar satisfacción en das expansiones naturales de su edad.

Una noche de septiembre, noche de ventisca y agua que anunciaba la llegada del equinoccio, me encontraba nervioso, excitado como si la tormenta hubiera a la vez que la atmósfera perturbado mi sistema.

— ¿Te asusta la tempestad? — me preguntó pasándome cariñosamente la mano por el cabello.— No tengas miedo — añadió — que no será esto el temporal de Barreto.

— ¿Qué temporal fué ese? — pregunté viendo en lontananza una nueva historia. — i No te contaron nunca de él 1 — No : ¿por qué le llaman así?

— Porque. . . pero mejor será que te haga el cuento . . . Espera . . . fué el año de 1791 . . . Duró dos días enteros, el 21 y el 22 de junio. Tenía yo entonces menos edad que tú pero aun lo recuerdo como si lo viera. No parecía sino que Dios se hubiera propuesto mandar sobre el mundo un nuevo diluvio. Pero antee te explicaré el por qué de llamarse temporal de Barreto.

Muy cerca de esta calle, algunas cuadras, en la de Luz esquina a Oficios vivía un conde riquísimo, dueño de dos de los mejores ingenios del país, de grandes haciendas de crianzas, potreros y cafetales. Era un hombre de cincuenta y tantos años, alto, corpulento, muy enredador y calavera de quien siempre había una historia nueva que contar. Su casa se hallaba montada en grande, con numerosa servidumbre como se acostumbraba entonces... Mira: yo tenía tres criadas para mi servicio, todas jóvenes y muy inteligentes ; una de ellas estaba sólo para peinarme . . . Pues bien, el conde de mi cuento parecía ser un hombre de otra época, de los tiempos feudales ; un señor de horca y cuchillo, cruel, despótico, violento, que por un nada mandaba dar un boca abajo arrancándole tiras de carne a sus esclavos. He de advertirte que su madre había sido una santa : noble señora compasiva con todos los desgraciados y siempre

dispuesta a pedir perdón y a servirle de madrina al que ha¡bía delinquido. Por esto, tal vez, su hijo, sin dejar de ser una fiera, tenía rasgos caritativos, era generoso con los pobres con tal que lo cogieran en buenos momentos y su casa se hallaba siempre abierta para los limosneros. Para mí que el conde tenía una vena de loco, por lo que te explicaré. Algunos días atrancaba la puerta de su casa una procesión de mendigos: él Aos hacía entrar en el gran patio, bajo cuyos portales formaban tongas las cajas de azúcar que llegaban de sus ingenios. Entraban cojos, ciegos estropeados, una nube de miseria penetrando por las puertas de la riqueza como aviso de Dios a los ricos para que hagan buen uso de su caudal. Desde uno de los balconcillos del entresuelo el conde contemplaba aquella interminable hilera de desgraciados y cuando veía el patio lleno, mandaba cerrar las puertas del zaguán y sin más aviso, soltaba sobre ellos una jauría de perros que un criado tenía dispuesta, en medio de grandes risas y alegres voces de su servidumbre, tan mala como su amo. Ya puedes figurarte el espectáculo que ofrecería aquel patio, donde acosados por los perros y aun más por el terror, los infelices lisiados se atropellaban, caían por tierra, trataban en vano de trepar sobre las cajas de azúcar, se apretaban los

unos con los otros en tanto el conde y sus criados azuzaban a la jauría, que he de decirte era de perros de venado y no bravos, de lo contrario la bárbara diversión del conde hubiera terminado en feroz carnicería, hasta que el amo de la casa, digno de haber nacido en dos tiempos de Tiberio o en los más próximos de Vasco Porcallo, se caneaba de la bárbara diversión y le ponía fin. Sus criados recorrían aquel improvisado circo reconociendo a los heridos y estropeados en la lucha y empezaban a distribuir una abundante limosna, más generosa para aquellos que más habían sufrido que eran, como puedes comprender, los ciegos, dos cojos, y los ancianos. Se abrían las puertas de la casa y la chusma de mendigos salía para la calle bendiciendo la limosna pero echando maldiciones a quien la daba.

Muchas salvajadas por el estilo podría refe rirte de aquel dislocado miembro de la nobleza cubana que se mostraba indigno de los cuarteles de su escudo por una tendencia inexplicable a hacer el mal, aunque entreverado con el bien, pareciéndose en esto a ciertos facinerosos que cometen toda clase de crímenes y tras de ellos realizan actos verdaderamente laudables.

Nuestro conde, (por algo Dios está en los cielos, para repartir el premio y el castigo), se sintió de pronto herido de una dolencia mortal

que vino a agriar aun más su carácter agresivo y 'cruel. De médico en médico y de balneario en balneario gastó un caudal en curarse ; pero de todos dos tratamientos salía empeorado, al extremo de que se negó en redondo a tomar una «ola medicina y se encerró en su casa de Puentes Grandes, (lugar preferido entonces por las familias adineradas), resuelto a dejarse morir.

Como te digo, la dolencia que sufría lo hizo aun más desalmado y sería largo de contar todo lo que su instinto diabóilico puso en práctica para dar satisfacción a aquella necesidad de hacer daño que interiormente lo agitaba y movía. El año de 1791 se adelantó notablemente la estación de las aguas. En abril ya llovía copiosamente y en junio los riachuelos se habían convertido en ríos caudalosos desbordando su cauce e inundando la campiña. Todos los ríos de esta jurisdicción, el Catalina, el Almendares salieron de madre convirtiendo el terreno de cultivo que sostenía la población de la Habana, en extensos lagos que cada vez crecían más y más se extendían llevando la incertidumbre a dos pueblos rurales. Así desaparecieron todas las siembras alimenticias de Wajay, Santiago de las Vegas, Bejucal, Santa María del Rosario, Güines, Managua, Puentes Grandes y otros juntamente con las ricas cosechas de tabaco de Pinar del Río y Candelaria.

Pero aun faltaba lo más espantoso de esa tormenta cuyo recuerdo duró varios años en todo el país. Del 21 al 22 de junio parecieron desatarse las cataratas del cielo : durante veinte y tantas horas llovió torrencialmente, sin interrupción, haciendo presentir, aun a los más animosos, que un nuevo diluvio venía sobre el munido en 'castigo de nuestros .pecados. La inundación, sacudida por vientos huracanados y en aumento siempre por aquel modo de llover, que ponía espanto en el ánimo, se esparció destruyendo cuanto encontraba a su paso : viviendas, caminos, puentes de sillería, bosques seculares, arrancando de cuajo "árboles corpulentos y llevándose, como comprenderás, en su curso, ganados, aperos de labranza, frutos almacenados y aun muchas personas. Desde Jaruco y la Ciénaga de Zapata hasta el Cabo de San Antonio el suelo quedó barrido como por un terremoto y ni aun se salvaron los cañaverales más compactos y vigorosos porque la gran avenida se llevó la tierra vegetal con ellos.

Esa noche, mi querido amiguito, — añadió la venerable narradora con algún temblor en la voz — estaba de cuerpo presente en da sala principal de su hermosa casa de Puentes Grandes, el desgraciado conde, rendido al fin al peso de sus dolores o de sus remordimientos, porque éstos acosan en sus últimos instantes, como tre-

mendo castigo, a las almas dañadas. Seis grandes blandones en magníficos candeleros flanqueaban el sarcófago de terciopelo negro con lágrimas de plata y un corpulento crucifijo tras del ataúd parecía abrir los amorosos brazos de su misericordia al gran pecador que abandonaba el mundo cargado con el enorme peso de sus delitos. En taburetes y en sillones fijes, de gruesa caoba, velaban el cadáver de su amo o dormían a pierna suelta, media docena de servidores luciendo la librea de la casa de Bárrelo. Fuera, rugía la tormenta desatada con todos los tristes gemidos que- acompañan a estas convulsiones de la naturaleza. Se escuchó entonces como un trueno lejano, después como el trepidar de carros sobre un pavimento pedregoso, nriás tarde como el retumbo de cien piezas de artillería disparando a un tiempo . . . puertas y ventanas se rompieron con estruendoso fragor y un océano penetró en la sala derribando cuanto encontró a su paso. Después la oda enorme, encrespada como si la hinchara el huracán, se retiró llevándose el sarcófago del conde en medio del resplandor siniestro de les relámpagos, a cuya lívida claridad se distinguió solo en el destruido salón el gran crucifijo, los brazos abiertos y el semblante como severo y acusador. Nunca se supo el puerto a que fué a arribar el cadáver de aquel que en vida había hecho de-

rramar tantas lágrimas y que nunca tuvo tumba sobre la cual se rezara una oración. Este fué "el temporal de Barreto", amiguito. . .

Y la bondadosa narradora echó atrás la cabeza, sobre la butaca, empezando a desgranar las cuentas de su rosario.

^í*^ sí1» r^i^

Para verdades, el tiempo.

A Sixto López Miranda Jr. Sub- • director de ''La Discusión".

C7 N 1777, cuando vino a gobernar esta isla ■— el teniente general de los reales ejércitos don Diego José Navarro y García de Valladares, caballero de la ínclita orden de Santiago y vástago de una noble familia estremeña, el alumbrado de la Habana era un poco peor que el que hoy nos proporciona nuestro republicano Ayuntamiento, como que se reducía a los rayos de la luna, cuando ésta se dignaba asomar su gordinflón semblante y a los farolillos de la ronda que se movían como cocuyos en las tinieblas.

Si rn los tiempos muy posteriores de Vives y Tacón, la Habana de noche era un antro, puede suponerse lo que sería en el último tercio del siglo XVIII donde toda señal dé urbaniza-

ción no existía. Las calles eran por el pavimento simas y por la obscuridad, cavernas ; los muelles, desde la puesta del sol, comían, como se dice vulgarmente... solo allá abajo, donde se alza el edificio de Luz, dos veces a la semana templaba la densidad de las sombras una aureola luminosa, muy parecida a la aurora boreal : era el Coliseo, como se le decía por el pueblo al Teatro Principal, (y tan principal como que era el único) debido al espíritu civilizador del ilustradísimo Marqués de la Torre, uno de los gobernantes más ilustres que tuvo este país, no ya en la colonia sino *en nuestra breve vida republicana.

El general don Diego José Navarro no era ningún general "Salchichas", y al suceder al benemérito Marqués, quiso continuar su obra, dando calor a aquella muestra de cultura que no costaba por cierto grandes sacrificios. Si le contamos al bondadoso lector lo que ganaban el primer galán y la primera dama en el teatro de la Alameda va a hacerse cruces. Aquellos infelices artistas tenían asignado por el reglamento, que el mismo Marqués había escrito, el suculento sueldo de cuarenta pesos fuertes mensuales. Por malos que fueran los cómicos, eran dignos de perdón.

El Teatro Principal era, como puede colegirse, punto de cita de todo el vecindario aflijo-

rado de la Habana y de loe empleados y mercaderes de la población, y los días que abría sus puertas, ninguna persona pudiente se quedaba en casa, rivalizando en riqueza y elegancia con las familias más linajudas. El Teatro Principal, ee bueno decirlo para que se sepa y guarde un cariñoso recuerdo para quien lo construyó, era entonces el teatro más rico, más bello y más capaz "de toda la monarquía", que ya es decir mucho.

Mediaba el mes de Marzo de 1778. Una de sus noches primaverales, cerca de las siete, (entonces se entraba temprano en el teatro y .se salía temprano, también) un inmenso gentío se agolpaba bajo el pórtico del 'coliseo de la Alameda, ansioso por aplaudir la compañía de cómicos del país, que ponía en escena la obra maestra de Moreto "El desdén con el desdén". La entrada fué magna, la ejecución. . . no sabemos cómo sería porque ¿qué puede pedírsele a' actores de cuarenta pesos mensuales? Si las primeras partes no servirían para partiquinos del día, el resto del cuadro o de la cuadrilla vendría a estar a la altura de aquel "actor" que no teniendo en toda la obra otra frase que decir, oue :

¡ Señor : muerte está, tarde llegamos ! . . .

encarándose con el público gritó como si lo pincharan :

Señor muerto ; esta tarde llegamos . . .

O aquel otro ' 1 artista ' ' que desconcertado ante la vista del público, en lugar de decir : "Aunque el valor no me falta, ya las piernas me tiemblan", se destapó con esta gerigonza:

Aunque el faltor no me valga ya las tiemblas me piernan . . .

El general don Diego José Navarro ocupaba su engalanado palco, donde le acompañaba siempre alguno de sus amigos predilectos. Aquella noche habíale tocado el turno al rico hacendado don José G-arro, cuya hija se casó años después con el segundo conde de Fernandina don Gonzalo de Herrera. Era este Garro hombre de cultura y amenísima 'conversación, siendo visita diaria del general, que le profesaba la amistad más afectuosa. Terminada la función abrióse calle a Navarro, para que pudiera tomar su volanta, una de las pocas que entonces contaba la población, lo que hizo después de despedirse de Garro, que montó a su vez en calesa para tomar Luz arriba el camino de su casa.

Pasado aquel foco de luz del pórtico del teatro, reinaban, como hemos dicho, soberanas las tinieblas. Repantigado contra los almohadones iba Garro, calle arriba, cuando sintió un fuerte golpe en la espalda y tras del golpe las ansias de la muerte, que lo acometieron tan simultá-

neamente, casi, como -la certera y traidora puñalada. Si dio alguna voz, pasó inadvertida por el calesero que montando la primera muía del trío no podía oiría. La calesa siguió rodando hasta cerca de la esquina de Damas, en que se interpuso la ronda, alzando según costumbre los farolillos para reconocer la persona que iba en el vehículo. Entonces los guardadores del orden pudieron descubrir un cuerpo derribado sobre el asiento, a la vez que un negro joven que, saltando de detrás del tapacete emprendía la carrera. Salieron tras de él corchetes y ministriles no tardando en echar mano al fugitivo que temblaba como azogado. Hecha más luz en el teatro del suceso, pudo verse a don José Garro ya cadáver, atravesado el corazón, por encima de la clavícula, de una tremenda cuchillada. El asesino no se había tomado siquiera el trabajo de retirar el cuchillo de la herida.

Aun tratándose de un vecino cualquiera, Navarro, que era un gobernante tan bondadoso como justiciero, hubiese puesto en juego todos los resortes de su autoridad para dar con el alevoso asesino ; ¿ qué no haría cuando el asesinado era uno de sus 'contertulios y más estimados amigos? La policía, los alcaldes, las fuerzas veteranas, todo se puso en movimiento y de todos aquellos trabajos en resumen, la única verdad incuestionable que surgía ante los

jueces era que el negrito capturado en su huida, calle de Luz abajo, tenía que ser y era el asesino, a pesar de las protestas de inocencia que, bañado en lágrimas, hacía constantemente ante sus jueces. Dióse, no obstante, el caso insólito, de que la mayor parte de la opinión se pronunciara en su favor, opinando que aquel muchacho de veinte añcs no cumplidos, ni tenía cara de asesino ni parecía fingir cuando delante del cadáver de la víctima protestaba de su inocencia. 'Otra parte de la opinión, y parecía la más fundamental en su juicio, sostenía que el acusado podía ser un neófito de la terrible asociación de los Curros del Manglar, que al ser iniciados, a la voz de " mata-cangrejo", tenían que dar muerte al primer transeúnte que se cruzara en su camino, negando siempre su delito aunque fueran sorprendidos asestando la puñalada canónica.

Pero entre tanto se dividía el público en dos bandos, tal vez equivocados ; la justicia, que ya hemos convenido en que no se equivoca nunca, fué haciendo tongas de papel de oficio para llegar a la demostración final, y, desde luego axiomática (repetimos que un juez no se equivoca nunca) de que el negrito había dado muerte alevosa a don José Garro. Con este corolario por delante, huelga decir que un mes escaso después del suceso, el acusado era objeto de la

curiosidad y también de la compasión pública, en lo alto de la horca alzada según uso y costumbre frente a la Puerta de Tierra donde está hoy el monasterio de Ursulinas.

La justicia, que es, no obstante, lo menee justo que existe en la tierra, se había equivocado lamentablemente como ha seguido equivocándose desde 1778 hasta la fecha y continuará dando una en el clavo y ciento en la herradura en tanto el mundo sea mundo. Unos días antes de la función del Principal don José Garro se encontraba en su ingenio, camino de El Cano, donde tuvo una bronca con su mayoral que era un hombre verdaderamente diabólico por su crueldad con la negrada. A causa de uno de sus bárbaros castigos, don José Garro le echó una tremenda filípica poniéndolo de salvaje y estúpido que no había por donde 'cogerlo. El mayoral pretendió subírsele a las barbas a su amo y éste, que tenía la mano pesada, de una sola galleta lo acostó delante de ¡los negros que alababan a Dios por aquella justicia. El mayoral, de alma atravesada, juró por los huesos de toda su parentela cobrársela a don José ; vino ocultamente a la capital, veló a su enemigo, lo vió salir del teatro y utilizando las tinieblas que envolvían la calle de Luz lo mató traidoramente por detrás del tapacete.

Como ocurre con todos los pillos, solamente

a la hora de la muerte se acordó de arrepentirse y confesó entonces el crimen, que era 'lo mismo que confesar aquel otro crimen cometido por los infalibles juzgadores del desventurado negrito que habían llevado inicuamente al palo. Dios, que no se equivoca nunca, habrá hecho verdadera justicia a la inocente víctima de tan tremendo error judicial.

Tremenda profecía.

AS 'banderas del vigía del Morro, que en

nada se parecía en 1553 al faro actual de nuestro puerto, anunciaban desde ¡las primeras horas de la mañana la aproximación de la flota de Vera-cruz. En aquellos tiempos esto era más que un acontecimiento ; era la segura promesa de unos cuantos días de fiesta y de jolgorio, porque la pobreza de esta villa alcanzaba las proporciones de una calamidad general. Ni existía verdadera riqueza agrícola, ni el comercio era otra cosa que un grupo de soñolientos mercaderes que pensaban eternamente en la patria ausente, ni la ganadería había alcanzad '» las proporciones que en el departamento oriental donde ya existían algunas fortunas. Cuba que dio vida a todas las empresas

Al Dr. Gastón Mora y Varona, director ele "El Mundo".

de descubrimiento y de conquista durante más de un siglo, «se desangró para beneficiar a otras regiones de América y ella continuó siendo pobre.

La llegada de una flota de Veracruz o de Tierra Firme así como el arribo de loe galeones de España representaban para la Habana una época más o menos corta de animación y de vida. Cubríase la playa donde hoy se alzan los grandes muelles, desde la Fuerza Vieja hasta la Tesorería, de una muchedumbre curiosa y alegre que fraternizaba con la marinería y admiraba al propio tiempo los distintos géneros y artículos de comercio que se exponían bajo grandes tiendas, unos consignados a comerciantes de la villa, otros depositados hasta que la flota, unida a los galeones que había de custodiar hasta España, llegara a puerto.

Hacia el mediodía empezaron a tomar el canal las naves de Veracruz. Eran catorce de distintos portes llevando en conserva dos galeones de S. M. que así se llamaban los navios de entonces, verdaderos edificios marítimos con un tremendo alcázar a popa y un tajamar más tremendo aún, pero también verdaderas tortugas para la navegación de travesía en la cual se eternizaban meses y meses como buscando, a propósito un encuentro con las armadas enemigas para darse el gusto de pelear que era

la más sabrosa ocupación de nuestros ilustres antepasados en aquella edad heroica.

Más de mil personas traía a su bordo la flota y este aumento inesperado de población realizó tina verdadera metamorfosis en las pacíficas costumbres públicas de la Habana, cuyos habitantes no pasaban de doscientos contando en este número los veinte arcabuceros que constituían toda la guarnición. La presencia de los forasteros convirtió la pobre villa en una gran feria de la cual sabían sacar buen partido los vecinos que se morían de anemia física y moral. Dieron principio las transacciones : se trataban cueros, sebo, carnes saladas, volatería, frutas, etc., por precios hasta aquellos días inverosímiles y el hospedaje no bajaba de cinco ducados de a once reales por persona. Huelga decir que cada vecino se convirtió en posadero aprovechando aquella racha de prosperidad que se le entraba por las puertas. Todo el mundo quería descansar en tierra de las molestias de la navegación además de que hallándose España en guerra con Francia, no era del todo imposible una agresión contra la flota bastante mal defendida por los dos galeones que guardaban la entrada del puerto.

Desde que desembarcaron los primeros viajeros llamó la atención un fraile dominico, de aspecto extraño por su transparencia, la auste-

ridad de su semblante y el lenguaje incoherente que usaba con cuantos le dirigían la palabra. Salvo los hábitos, ereyérase en la resurrección del profeta Jeremías por los clamores que acompañaban a sus discursos y los males que anunciaba en ellos. Desde antes de embarcar en Veracruz había atemorizado a los pasajeros anunciándoles que estaba decretado por Dios el naufragio de aquella flota de cuyo desastre serían muy pocos los que se salvaran.

Por descartado que hacer entonces la travesía del Océano en una flota amenazada igualmente que por las tempestades por las armadas enemigas, no era lo mismo que tomar hoy pasaje en uno de los magníficos trasatlánticos que con ligera diferencia de horas, llegan a los puertos de su destino a plazo fijo. En aquella época se hacía testamento antes de embarcarse, se arreglaban todos los asuntos como si en vez de dirigirse a Europa se emprendiera viaje al país de donde no se vuelve ; pero de reconocer los grandes peligros de aquella navegación a profetizar con tal certeza su pérdida a toda una flota de catorce naves, ya media alguna diferencia. Fray Juan Ferrer, que así se llamaba el fatídico Mariano Valencia del siglo XVI, no cesó durante todo el viaje de anunciar su próximo y seguro fin a viajeros y tripulantes, alguno de

los cuales, ya amoscado con el siniestro vaticinio del padre dominico, le preguntó :

— Pero reverendo padre, si sabe que vamos a perecer todos, ¿por qué se embarca?

— Porque el hombre va tan solo a donde Dios lo manda ... va e irá siempr e aunque no quiera ir.

Y este fué el único tema desarrollado por el fraile dominico durante el viaje que felizmente terminó en la Habana y durante todas las semanas que estuvo anclada la flota en este puerto. El bueno de fray Juan, con la fe de un convencido o más bien de un vidente, se dio a recorrer las calles de la villa que eran pocas, los garitos que eran muchos, los puestos y tabernas de los muelles donde se entregaban al asueto y al vicio sus compañeros de viaje, predicando el mismo sermón con ligeras variaciones :

— Estad aparejados — decía — porque se acerca la hora de encontraros en presencia de Dios . . . Vuestros días, como los del rey Baltasar, están contados y tocan a su fin. Penitencia, hermanos . . . Arrepentios, hijos míos . . .

Pero sucedió que tales exhortaciones, elocuentísimas en los días precarios de la navegación, no causaban igual efecto en los alegres que estaban discurriendo mercaderes y tripulantes entre las mujeres, el vino y el juego y

el fraile dominico que había empezado por ser objeto de curiosidad en la Habana terminó por serlo de burla y de chacota, no faltando quienes lo mandaran noramala con sus malditos augurios terminando por gritarle : ¡ Sola vayas ! como a la lechuza.

Como todo llega en el mundo llegó la hora de embarcar con la llegada de la armada de Indias que venía de Costa Firme al mando del general de galeones don Sancho de Biedma. Ancló la escuadra compuesta de seis navios y varias carabelas, hizo aguada y leña, renovó la provisión con algunos víveres frescos, embarcó varios funcionarios de las colonias que esperaban la flota para regresar a la metrópoli y dispuesto todo, llevando por delante los catorce barcos mercantes que componían la flota de Veracruz, partió para la mar a mediados de Marzo de 1553, un día de sol radiante, verdadero día estival, a favor del Sur duro que soplaba y que la hizo perderse pronto en el horizonte.

Fray Juan Ferrer no se quedó en la Habana, pues de su convento de México pasaba al de Sevilla, así fué que en cuanto pisó el puente de uno de los navios reanudó sus fatales predicciones en las que ya nadie ereía, porque consideraban guillado al pobre dominico. No hacía aun una semana que saliera la gran flota de este

puerto cuando, de pronto, cambió el tiempo en una de esas virazones de invierno que tan comunes son en el trópico. El viento, de Sur duro, recorriendo con relativa rapidez todo. el cuadrante, se fijó en el Norte pero con tal violencia que llegó a alcanzar la desusada velocidad de cuarenta millas : un temporal deshecho. La flota, como una bandada de palomas que persigue el gavilán, se desgranó por el mar en pocas horas perdiendo unas naves el rumbo, otras el aparejo, casi todas el gobierno y entre los bancos de Bahama y la costa de la Florida vino a arremolinarse aquel valioso convoy camino del más espantoso de los desastres que se recuerdan en aquella época abundante en ellos. Del horrible naufragio sólo ee salvaron tres naves y de los mil y pico de hombres que la armada conducía solamente doscientos entre ellos, (véanse los caprichos del acaso) el padre dominico que tal hecatombe había venido pronosticando. Ciertamente, reflexionando sobre hechos de esta naturaleza, encontramos una muy rara semejanza entre la casualidad y la Divina Providencia.

^ :w ^ ^ :w sk ^ :w ^ jk y¿ 5K :w ^ ^

De como la mallorquína le

cortó el rabo al cometa.

Para Miguel de Carrión, glorioso autor de Las Honradas.

ERMINABA el benéfico mando de don Je-

' rónimo Valdés, uno de los más ilustres gobernantes que España mandó a América y eomo el anticiclón es precursor de la tormenta, •parecía nublarse el horizonte con negros nubarrones al solo anuncio de la llegada de don Leopoldo O'Donnell, a quien se le había puesto el mote de Leopardo de Lucena por su valentía en la guerra carlista y había de afirmársele en Cuba por las víctimas de su inaudita crueldad.

Algunas veces nos sonreímos al oir increpar a Tacón. Tacón fué, comparado con O'Donnell, más piadoso que Tito. Unos cuantos crimínales empedernidos fueron al palo y . . . pare

usted de contar. Su saña se desplegó no 'contra los hombres sino contra las ideas. Odiaba, sencillamente, la libertad y contra ella esgrimía la mellada espada de Popayán ; pero en todo lo demás no dió señales de ser cruel. O'Donnell fué implacable ; el olfateo de la sangre lo transfiguraba. El proceso de la escalera no se concibe sino en Rusia, en los tiempos de Pedro el Grande. No fué aquello un castigo ; fué una hecatombe. Miles de personas se retorcieron de dolor bajo el látigo de sus verdugos y eL número de víctimas fué estupendo. Si esto hubiera ocurrido en cualquiera nación de Europa o América un grito de indignación hubiera respondido a aquel insulto a los fueros de la humanidad ; pero ocurrió en una colonia en tiempos de esclavitud y nadie se dió. por entendidoEra necesario imponerse al negro. . . Todo era lícito.

En ese tiempo, en 1843, terminando el período de gobierno del honradísimo general Valdés, de buena memoria, como nuncio de desdichas, apareció por la parte Sur de la Isla el más monstruoso cometa que registran los fastos astronómicos. Como no tenemos una enciclopedia a mano, ángel inspirador de sabiduría de algunos genios contemporáneos, no podemos decir qué cometa fué el aparecido en 1843, si el de Biela o el que en 1554 se apareció

ALVABO DE LA IGLESIA

en Moscou a recoger el alma infame y maldita de Ivan el Terrible; pero sí aseguramos, porque allá por el año 78 o 79 vimos uno igual en la Habana, según las señas, que era verdaderamente espantoso aquel viajero del infinito. El cometa de Halley, que todos hemos contemplado hace próximamente siete años, no tiene parecido con el de mediados del siglo pasado. Era este un alfange flamígero, un airón de fuego clavado en el firmamento como una amenaza, como un índice colérico que prometiera castigos. A media noche se dejaba ver aparentomente encima del castillo de Atares y sin moverse, allí se estaba hasta que despuntaba la aurora.

En todo tiempo la aparición de un cometa impuso miedo y no crea el lector que voy a concluir mi proposición añadiendo, menos en este siglo de ilustración y falta de creencias, porque no tengo necesidad de adular a la sociedad en que vivo, y que vale mucho menos que las pasadas. Cuando apareció en 1909 el cometa de Halley, muchos, muchísimos hombres ilustrados, singularmente los que se jactan de no creer en1 Dios, estuvieron enfermos de miedo y a la opinión del ilustradísimo padre Gutiérrez Lanza, de Belén, me atengo. Hubo espíritu fuerte que sufrió una enteritis de origen nervioso un mes largo. Y sigamos con nuestro cuento.

Nuestro pueblo, que en su inmensa mayoría •cree en Dios y se ríe como nosotros de las fantasías científicas, inocente medio de disimular la bancarrota de algunos sabios, no pudiendo lucubrar sobre asuntos astronómicos, echó a la circulación una guaracha. Para eso somos tropicales. Ni aun el miedo resiste al choteo. En todas partes se cantaba por aquellos días : Dicen que se acaba el mundo,

dicen que se va a acabar,

pero antes de que se acabe

mamá me quiero casar. . . Que se acaba el mundo,

que se va a acabar . . . Florecía entonces Plácido, aquel genio poético sin cultivo, que a tenerlo hubiera llenado con su nombre todo nuestro Parnaso. Cuéntase que queriendo o singularizarse con una amenaza embozada o dar una voz de aliento a los comprometidos en aquella conspiración que había de costar tanta sangre, tantas lágrimas y a él la vida en su más hermosa juventud, publicó unas décimas glosadas, en un diario habanero, con motivo de la aparición del terrible cometa. La glosa decía así :

Ese cometa que veis

en el Sur con grande cola

anuncia una batahola

que en vano la evitaréis . . .

El esclavismo se puso en guardia y después . . . hizo fuego. Se trataba de una guerra de razas, * estaba el país sobre un volcán. . . En esto llegó O'Donnell que era como si llegase el cuchillo porque la carne ya estaba preparada. Meses después se inició el inicuo proceso de la escalera. . . Pero volvamos al cometa.

La prensa entonces no hinchaba como hoy la información, ni los que estaban en condiciones de hincharla tenían los arrestos ni habían perdido el miedo al disparate como en nuestros días. Era prensa sesuda que solo dedicaba su ilustrada atención a los asuntos azucareros y a bombear a los gobernantes que permitían entrar expediciones de Guinea; pero no obstante, dedicaron muchas columnas al cometa aumentando el temor a lo desconocido que había hecho presa en tantos corazones. El cometa hacía el gasto ; en las calles, en los hogares, en los paseos no se hablaba de otra cosa. Ya era de desear un cambio y éste se realizó de la noche a la mañana. Un crimen horrendo conmovió la ciudad entera. Una mujer, conocida por La Mallorquína, enloquecida por los celos, acababa de someter a su esposo a la cruenta operación que comúnmente practicaba el bárbaro de Vasco Porcallo de Figueroa, en sus fincas de Trinidad y Sancti Spíritus, en los primeros días de la conquista, con los indios enviciados en comer tierra.

Era el desventurado esposo de La Mallorquína dueño y a la vez conductor de la berlina que hacía viajes diarios entre esta capital y el vecino pueblo de San José de las Lajas. Con tendencias retrospectivas a la vida moruna, consideró útil y dulce, establecer dos hogares en vez de uno y de este modo lo mismo cuando llegaba a San José que cuando regresaba a la Habana, siempre estaba en su 'casa, tenía al lado una mujer bella y amable y jugaba con los chiquillos. Mas si esto era para él muy cómodo y agradable, no resultaba lo mismo para su mujer legítima que al tener conocimiento de tal pillería tomó en su descuidado esposo, estando éste durmiendo, la sangrienta venganza a que nos hemos referido valiéndonos de una perífrasis, porque no podía ser de otro modo. < y

El crimen, con todos sus pelos y señales si no lo dió la prensa de información como en nuestros días, lo refirió la voz pública en toda su crudeza y fué tan honda la impresión producida por aquel suceso., que . . . surgió de nuevo la guaracha, porque entonces como hoy, no se concebía suceso ' alguno, que moviera o interesara, sin acompañarlo con música. Al agorero :

Que se acaba el mundo, que se va a acabar. . .

sucedió la alentadora tonada de : No te apures Enriqueta, que el mundo ya no termina, porque ayer "la Mailorquina" le cortó el rabo al cometa ; no hay duda que fué discreta al afilar las navajas.

al dueño de la berlina de San José de las Lajas.

Y desde aquel mismo punto y hora, el cometa quedó choteado y nadie se acordó de preguntar •de dónde venía, a dónde iba, ni qué traía consigo. Meses después pudo saberse que en todas las supersticiones hay algo «más que fantasía. ¿No eran calamidades bastantes el mando cruel de O'Donnell y el sangriento proceso de la escalera?

No hay peor cuña . . .

A Rafael Arús, Administrador de "El Mundo".

QUE la del mismo palo. Es este uno de los muchos refranes que encierra una verdad como un templo. Singularmente en las guerras emancipadoras de América, se ha dado el frecuentísimo caso de que un criollo en el campo español haya sobrepujado en fanatismo patriótico, en implacable crueldad a los más sañudos jefes peninsulares y a la inversa, un español en las filas patrióticas haj^a dado más. machete que el más celoso hijo del pais. No ha faltado quien explique el fenómeno por la tendencia natuaral del sujeto, fuera de su campo lógico, a justificar la sinceridad y el fervor de sus ideas ; pero a nosotros antójasenos que la crueldad habrá de manifestarse siempre cualquiera que sea el ambiente en que se mueva el individuo. No se

es cruel por accidente ; la maldad, la perversidad del corazón no se finge ni improvisa. Boves, Antoñanzas, Calleja y tantos otros sicarios del despotismo que no nos viene en ganas enumerar, fueron sencillamente hombres malos, almas negras para quienes la guerra fué medio de manifestar su maldad; pero que en otro plano cualquiera de la actividad tarde o temprano se hubiera manifestado también. A propósito de esto recordamos la estupenda frase de aquel general, de cuyo nombre no queremos acordarnos, y a quien se le hacía ver el error cometido con cierta ejecución por él ordenada: — Fusilar nunca está de más. — ¡ Qué conciencia tenebrosa !

El general habanero don Carlos Luis de Urrutia, sobrino del historiador don Ignacio José de Urrutia, a quien se debe una incompleta y ampulosa historia de esta isla, fué un militar verdaderameente notable «por su ilustración más que por sus hechos como soldado, pues el principal suceso bélico a que concurrió fué el desdichadísimo bloqueo de Gibraltar en 1779, bloqueo que culminó en el más espantoso ridículo a pesar de hallarse allí un militar de la talla del duque de Crillón. Urrutia inventó para aquella función militar una famosa batería flotante, la que obtuvo igual éxito que las inventadas por el caballero d ' Arzón : ser un volcán que consumió a sus defensores sin hacer el menor daño a los

ingleses. Tras de largos servicios a la Corona, vino Urrutia a Cuba a las órdenes del conde de Santa Clara, y de aquí pasó a Nueva España y ya brigadier, aunque solicitó el traslado a la Península para pelear contra los franceses, a cuyo laclo había combatido delante de Gibraltar años antes, no se le concedió por el rey tal pase, por convenir al mejor servicio se mantuviese en el gobierno de Veracruz. Estaba escrito que Urrutia había de batir mucho más el cobre con disidentes americanos que con ejércitos regulares europeos. Pronto habría de saberse quién era Calleja. . .En 1811, ya mariscal de campo, pasó a ocupar la capitanía general de Santo Domingo donde, según los periódicos gubernamentales de la época, prestó incalculables servicios a la nación que representaba y aun excediéndose en el cumplimieinto de su. deber, auxilió con alimentos y dinero propios las necesidades populares, facilitó medicinas, renunció sueldos en tanto durase la guerra con Napoleón y en fin, hizo todo lo posible por corresponder a las distinciones y beneficios que le había dispensado Carlos IV.

• Esta es la parte luminosa del retrato : el fondo oscuro fué su política de cuartel, llena de violencia y de arbitrariedad, su encono contra cuanto significara la aspiración liberal que palpitaba en el espíritu de los pueblos en aquella aurora

del siglo XIX que reflejaba la explosión revolucionaria del anterior. Urrutia adoptó recursos que no se le hubieran ocurrido a Morillo y los puso en práctica importándosele tres cominos los clamores de la opinión. Tenía los arrestos de Tacón cnanto a inmiscuirse en los actos de las demás autoridades, cuyas atribuciones invadía siempre que lo tenía por conveniente ; se ingería hasta en el fallo de los tribunales de justicia y resolvía los asuntos administrativos mas delicados sin más razón que la de su capricho. Carácter muy parecido al de Güemes en lo destemplado y huraño, sólo necesitaba de una oportunidad favorable para manifestarse en toda £u peligrosa fuerza impulsiva y ciega.

Llegamos al siniestro período de la espantosa reacción de 1814 que inaugura la restauración de aquel perverso monarca que lleva en la historia el nombre de Fernando VII. La dureza de los gobernantes de América ya tradicional, adquirió caracteres de verdadera ferocidad y la opresión se hizo aún más odiosa. Todas las colonias se hallaban insurreccionadas contra la metrópoli y las que no lo estaban hervían en conspiraciones para llamarse a los beneficios de la emancipación de todo el continente. Santo Domingo, que tenía el ejemplo muy cerca, se agitaba sordamente y un buen día hallóse Urrutia en presencia de una formidable sedición que estaba llamada a culmi-

nar en la independencia. Pero poco maduro el movimiiento y amenazado además de muerte porque en la metrópoli, como en las colonias, se recompensaba largamente a todo delator, fracasó de un modo inesperado y cayeron entre las •duras garras del general Urrutia, los jefes de la conspiración, Pedro y Leocadio Zea, con catorce compañeros más de ideas y de infortunio. Entonces pudo muy bien decir el gobernante habanero:— Ahora va a saberse quién es Calleja...

Suspendió la acción ordinaria de los Tribunales que habían de entender en aquel proceso, entregó los encartados en manos de una comisión militar que era su hechura, como había de ser, al cabo, obra suya la sentencia, y días después del descubrimiento de la conjuración eran condenados a muerte los diez y seis desventurados patriotas que se habían jugado la vida a una carta.

Pero en lo de ser sentenciado a pena capital reos de un delito en calidad solamente de tentativa, pues no había llegado a realizarse, no se ve la negra silueta de Urrutia que al fin general español y en tiempos de reacción tenía que. proceder como general en jefe en plaza sitiada. Donde se descubre un abismo de crueldad inaudita dentro de aquella alma ordenancista y peca es en los accesorios llamémosles así, con que se complació en exornar la horrible hecatombe. Diez y

seis seres humanos en la más espantosa miseria, fueron conducidos al lugar del suplicio metidos en sacos arrastrados a la cola de otros tantos asnos. Un aparato imponente de sacerdotes, frailes y Hermanos rodeaba el horripilante grupo de los reos alzando en alto los crucifijos para recomendar el alma de quienes no eran ni habían sido tan feroces como los que los condenaban a aquella vergüenza y degradación.

Diez y seis horcas alzadas en una sola larga pértiga, recibieron los cuerpos de los infelices ya tundidos y atenaceados por el hambre y los tormentos en la prisión. Después fueron bajados de las horcas, descuartizados y fritos los aún palpitantes miembros en grandes pailas de alquitrán mío ol rM-Wr> v -nrevipor gobprnnnte había dispuesto con anticipación al pie del cadalso. Como un coro siniestro de este grupo principal de los mártires, cociéndose en su propia salsa, multitud de sayones azotaba al pie de la horca a los patriotas que momentos después habían de salir para el presidio por toda su vida.

Urrutia, como tocios aquellos que han cometido un gran crimen en la exístpneia. rnmnliéndose la sentencia bíblica aicut vita finís ¡t«, tuvo un fln desastroso después de haber sido azotado por grandes dolores. Lanzado del gobierno de Guatemala por la revolución, logró evadirse de los que lo conducían a México y se lanzó al través

de un país desconocido, sin guías, sin alimentos, sin medicinas encontrándose enfermo. Anduvo así errante más de quinientas leguas, llevando .consigo a su esposa y cuatro hijos, de los cuales dos murieron de hambre y de sed y de carencia ^e socorros. Urrutia, paralítico, vino a morir en la oscuridad y el olvido en Guanabacoa cuatro años después de tan espantoso éxodo.

EJ pedáneo de Jumento.

Al Dr. Manuel Varona Suárez, Alcalde de la Habana.

ETL teniente general don José Gutiérrez de ■— la Concha fué uno de los más ilustrados militares españoles ; esto no tiene duda como no la tiene tampoco, que fué uno de los más furiosos jugadores de su tiempo. Cada uno busca la distracción de sus penas o de sus preocupaciones en aquello que mejor lo distrae y el general Concha nunca se sentía más feliz que al verse ante el tapete verde ya tallando, que dicen era una especialidad en acariciar el libro de las cuarenta hojas, ya contemplando unas blancas manos en la misma operación, porque hemos de advertir que el ilustre hijo de Tucumán no frecuentaba los garitos sino los salones de la más linajuda nobleza cubana, donde en aquellos tiempos de fabulosa opulencia se

jugaba, y no de cochinilla. En algunas de esas casas que no es preciso o por lo menos indispensable para nuestro relato, señalar con puntos y colores, tiraban, con el virrey de la colonia, a Jorje de la aneja, damas tan bellas como cultas y encopetadas y es tradición que Concha, tan duro en el mando, nada pudo negar jamás a sus encantadoras compañeras de juego.

Desde luego que el vicio se velaba con las formas sociales de la tertulia de confianza ; allí no penetraban más que personas de alta distinción y contados comerciantes con alguno que otro militar de alta graduación. La juventud buscaba su natural esparcimiento en la conversación, la música y a veces en el baile y la reunión se prolongaba hasta altas horas de la madrugada haciendo larga fila, en la calle, los carruajes de los contertulios, y en animados grupos, los cocheros y pajes con sus galoneadas libreas.

En lo más cálido de la estación, de mediados de Agosto a fines de Septiembre, el general Concha se trasladó con su familia y con él muchas de las más distinguidas de la capital a Marianao que entonces (estamos en 1853, segundo mando del gobernante) y durante mucho tiempo, fué el punto obligado de veraneo de los habaneros adinerados. Esta circunstancia llevó al pintoresco pueblo una animación desusada, multiplicándose las fiestas en que se derrochaba un

caudal, por lo mismo que sobraba el oro y los ricos sabían gastárselo bizarramente. Concha, despachaba, generalmente en el palacio de la plaza de Armas hasta las tres de la tarde, hora en que montaba en su carruaje con sus ayudantes y escoltado por dos lanceros tomaba el camino de la antigua hacienda de la Portuguesa, que ya disfrutaba de justo renombre por las salutíferas aguas de su pocito.

Ahogada en sangre la desgraciada intentona de Narciso López, lo mismo que la de Agüero en Puerto Principe y la de Armenteros en Trinidad, el país estaba como una balsa de aceite de tranquilo, y según malas lenguas, que nunca faltan malas lenguas para deslucir la acción guber- * namental. los alijos de negros de Africa menudea ban que era una bendición a pesar de todas las re clamaciones inglesas. Con esto queda dicho que el oro corría en nuevo Pactólo, llenando los bolsillos de los funcionarios desde el virrey hasta el vigía del Morro .

Por aquellos días se jugaba fuerte en Marianao, es decir, es las casas distinguidas ele Marianao, no en timbeque de mala muerte como en estos tiempos republicanos, aunque en Cuba durante los ominosos tiempos de su inmensa opulencia se jugó siempre en todas partes. Tal vez por esto, salió Concha de su primer mando tan maltrecho, " que al llegar a la Corte, se vio obligado a pedir

dinero a su hermano el marqués del Duero, quien según cuentan, le dijo:

— ¿ Vienes de mandar en Cuba y pides ?

Esta cariñosa amonestación parece que fué un saludable aviso para él, puesto que a su regreso a España, después de un mando de cuatro años, ya no necesitó pedir dinero prestado a nadie. En el mundo está siempre uno aprendiendo.

La primera autoridad de Marianao era el capitán de partido o pedáneo de los Quemados que era la cabecera y abarcaba los caseríos de Marianao, la Playa, Quemado Viejo y la Ceiba En aquellos tiempos era, esta jurisdicción casi un imperio y dicho funcionario un señor de horca y cuchillo a quien ni Dios chistaba. Ejercía alta y baja justicia, hacía de Alcalde, de juez, de jefe militar y hasta de verdugo, porque cuando llegaba la ocasión aplicaba un componte al pinto de la paloma y... quien manda, manda. El era allí el legítimo representante del monarca y... el principio d: autoridad sobre todo; es decir, boca abajo todo el mundo. Así estuvo gobernado nuestro pueblo rural hasta ayer, como quien dice.

No tenemos necesidad de decir que el pedáneo de los Quemados era un bárbaro : hay cosas que se caen por su peso. Una noche de las últimas de aquel verano, sorprendió en la Ceiba uña mísera timba en la que el lance mayor nunca pasaba de dos pesetas fuertes. Uno de los detenidos en aque-

lia sorpresa, dejándose ir de la lengua dijo, sin mordérsela, que mejor le fuera al capitán sorpren der otros juegos más escandalosos y perjudiciales; pero el oro cerraba los ojos. El pedáneo se fué sobre el maldiciente como una fiera y entreverando sus interrogaciones con otros tantos estacazos lo acosó a preguntas.

— Vamos a ver, ¿qué juegos son esos!., ¿dónde se juega en mis dominios?... Ün vecino de cierta amistad con el capitán, terció en eJ asunto.

— No le hagas caso ; ese morral se refiere a las casas grandes de la calzada...

— Y bien ¿ se juega allí, acaso?

— Dejará de jugarse - repuso con sorna el interpelado— pero no te aconsejo que te metas " en esas honduras.

— ¿Por qué ¿No soy aquí la primera autoridad?

— Si lo eres; pero... déjate de eso, paisano, que pudiera costarte la torta un pan.

El pedáneo hecho un energúmeno, soltó por aquella boca sapos y sabandijas, jurando y perjurando que ni el obispo se libraría de ir a la cárcel si él lo encontraba con una baraja en la mano.

— Allá tú — se limitó a decir su amigo— pero no te quejes después de lo que te resulte.

La primera autoridad de los Quemados ecíhó por delante al infeliz que se había atrevido a

poner en duda su poder absoluto en aquel territorio de su mando y enarbolando el nudoso bastón le gritó:

— Ya estás caminando • . . ahora verás tú si el oro cierra todos los ojos. Vas a llevarme en seguida a la casa donde se juega.

No era eso muy difícil: en el silencio de la media noche, distintamente se escuchaba el seductor retintín del oro cayendo sobre el tapete. Multitud de casas elegantes que en número de más de cien corrían a ambos lados de la hermosa calzada, aparecían iluminadas fastuosamente.

Con los bríos del Cid Campeador recorrió el pedáneo la ancha calle seguido de tres guardias de mal pelaje y llevando por guía al jugador sorprendido en la Ceiba y sin encomendarse a Dios ni al Diablo se metió por los salones del Excelentísimo Señor conde de. . .no sabemos cuantos, hasta caer como un bólido en la sala de juego.

— ¡Alto a la Ley! — gritó solemnemente — Preso todo el mundo.

El general Concha que, vestido de etiqueta, en aquellos momentos tallaba al lado de una bella y distinguida dama, se quedó hecho una pieza. ¿Qué mil diablos era aquello?

— Vamos : en seguida vengan los nombres . . . Usted el primero. . .

Concha, con pasmosa frialdad, dejando caer sus palabras lentamente como si fuesen balas de plomo contestó:

— Escriba usted . . . José Gutiérrez de la Concha, marqués de la Habana, capitán general, gobernador general de la isla de Cuba . . .

Un rayo que hubiera caído a los pies del capitán pedáneo de los Quemados, no le hubiera hecho el efecto de aquella terrible revelación. Primero se puso rojo, después lívido como un cadáver y se echó a temblar. Dos de sus guardias habían desaparecido como si se los hubiera tragado la tierra, el otro se encontraba tras de los cortinajes de la sala.

Pero ya se llenara por completo la medida de la calma de Concha, y llamando a uno de sus ayudantes que estaba en el salón, dijo señalando al infeliz capitán de partido:

— Ahora mismo métame a este salvaje en el Morro.

Y nuestro pedáneo salió entre lanceros parí» la Habana como si fuera un gran personaje o un gran facineroso.

La mujer es siempre piadosa y en aquella reunión en que por unos instantes había producido rabia y bochorno la barrabasada del pedáneo, pasado el mal rato, no faltaron súplicas en favor de su libertad que Concha no quiso conceder. Pasados tres días ya reducido a la

piedad por las instancias de muchas personas de su aprecio, compadecidas de la situación de la familia del preso, llamó al secretario del gobierno a su despacho.

—Hágame usted el favor de ver que capitanía de partido se halla sin proveer en esta provincia.

El funcionario después de recorrer con la vista un registro respondió:

—En esta provincia ninguna, mi general.

— En otra... — repuso Concha — a ver en otra?

— En Santa Clara, la de Jumento . . .

— Alto • . . esa es la que conviene ... ni mandada hacer de encargo. . . Extienda usted el nombramiento de capitán pedáneo de Jumento a favor del jumento que desempeñaba el cargo en Quemados.

Esa fué la venganza de Concha.

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

La muerta viva.

Para Carmela Nieto de Herrera; mi ilustre compañera en "El Mundo".

C N la calle de Dragones, entre Lealtad y Eseobar, en el mismo solar del conde de Casa-Bayona, donde se alzó después el cuartel de Lanceros, existía, a mediados del siglo XVIII un pequeño hospital para indigentes, que en nuestra historia, singularmente en los primeros tiempos de la colonización, mucho más hizo en favor de los desvalidos la caridad pública que la acción oficial, en todos los casos lenta y fría.

Aquel hospital en su misma pequenez, más rico en amor que en recursos, no dejó su nombre en nuestras crónicas ; pero realizó en silencio una obra hermosísima de piedad por lo mismo que no era tentación de la codicia, ni contaba con grandes rentas, ni sostenía un personal numeroso. Toda su dirección corría a cargo de la noble fundadora, doña Antonia Espíritu, una mujer sin más historia' que la de sus buenas obras y de

quien nadie se acordaba porque entonces no existía prensa para bombear a troche y moche como en nuestros días. La caridad era más sencilla y más ingenua, verdaderamente evangélica puesto que no la excitaba la vanidad. ¿ Qué mérito tiene hoy un rasgo generoso cuando recibe su inmediata recompensa en los exagerados elogios de los periódicos que ponen por las nubes la caridad de algunos para quienes parece haber sido escrito la víspera aquello de :

El señor don Juan de Robres

con caridad sin igual

hizo este santo hospital ....

pero antes hizo los pobres. La excelente dama habanera, dueña de un caudal cuantioso, puede decirse que se pasó la vida cavilando cómo podría deshacerse de él dispensando el bien a sus semejantes. Doña Antonia Espíritu, que para gozar de mayor libertad en su caritativa misión no había querido casarse nunca, a pesar de presentársele todos los partidos que se le presentan siempre a las mujeres con dinero, fué desde sus primeros años un San Vicente de Paúl hembra. Su única ocupación era buscar a quien dar, bien así como hoy existen muchos cuya ocupación única es buscar a quien coger. Cuestión de temperamento y de encarnadura.

Con tales costumbres, no se ría el lector porque el caso es humano, la buena señora contaba

ALVABO DE LA IGLESIA

por docenas los enemigos, en primer término sus mismos parientes y allegados, para quienes era un delito derretir un caudal en buenas obras debiendo pasar a sus manos entero para hacer, con seguridad, obras malas. No recuerdo quién dijo que el más funesto presente que puede hacernos la Providencia es un buen corazón. La señora Espíritu, por la nobleza y bondad del suyo, se echó más enemigos que un facineroso pegando puñaladas. Y esto es claro como la luz : la absoluta mayoría de los hombres es mala, es perversa .... ¿ Cómo es posible que comprenda la bondad y después de comprenderla la admire? Lo menos que decían de la fundadora del hospitel'ito de Dragones, es que era ésta una loca a quien debía declararse incapacitada para que no derrochara los dineros heredados de sus padres. Con seguridad no la hubieran tratado así si dedicase su capital a fomentar la inmoralidad o a prestar con usura, porque sin duda esas ocupaciones son más nobles, por lo productivas, que recoger miserables en las calles y darles alimento y lecho y medicinas en un asilo gratuito. ¡ Qué humanidad más infeliz!

Doña Antonia no limitaba a esto su caridad sin tasa. Cuantos acudían a ella en situaciones apuradas, cuantos perseguidos por deudas se hallaban a las puertas de la cárcel, no acudían nunca en vano a la noble señora que tenía verdadero placer en sacarlos de su angustia, aun-

que después se olvidasen de ella o formasen en el coro de los que pregonaban su chifladura. La gratitud no florece en todos los corazones, porque los hay absolutamente refractarios a ese dulce sentimiento, propio tan sólo de corazones elevados y de almas buenas.

Un bolsillo de donde continuamente se saca y casi nunca se mete, pronto se queda vacío, y así doña Antonia Espíritu, cuyo apellido es casi un símbolo, porque ella era toda alma y en lo más mínimo se preocupaba, de las cosas materiales, como el venerable Lasalle, se encontró un día comiendo el pan de la caridad en compañía de sus pobres. Todo su caudal había desaparecido y de ella podía decirse lo que dijo Campoamor de el cura del Pilar de la Horadada, comió todo 'lo dá no tiene nada.

La curia, entonces, era feroz. No sólo se comió las fincas hipotecadas de la buena señora, sino que, y esto fué lo que dió con sus ánimos en tierra, echó los pobres enfermos a la calle y se comió el hospitalito. Debiera haber leyes para impedir que pueda consumarse tal atrocidad; pero no las hay porque sabido es que las leyes se han hecho para proteger la hacienda del rico y no los fueros de la humanidad atropellada. Cerrado el hospital, doña Antonia se acogió a una especie de choza de aquellos mismos solares, donde la toleró el caritativo conde de Casa-Bayona y desde entonces puede decirse que entre la noble

dama y el mundo cayó un espeso velo. La pobreza aisla mucho más que una muralla tan ancha como la de China

En una población chica, y la Habana lo era en 1756, las cosas se saben pronto. Un día circuló la noticia de que doña Antonia Espíritu había muerto. Sucedió entonces lo que hoy sucede, porque la humanidad será la misma en tanto exista el planeta Tierra. Los que no habían sido capaces de llevar un pedazo de pan a la infeliz señora abandonada de todos, los que habían visto con cruel indiferencia cómo languidecía en la miseria aquella alma pura que durante toda su vida no tuviera otro goce que enjugar lágrimas, los que no habían llevado un consuelo siquiera a la que tantos había derramado en torno suyo, creyeron cuestión de honor asistir a su velorio para rendir un homenaje de hipocresía a la benefactora olvidada. Hoy ocurre lo mismo. No hay nada tan concurrido como algunos entierros y casi todos los que a ellos asisten no se acordaron en vida del finado, ni de si éste tenía alimentos o medicinas. Resulta más barato que socorrer al vivo, acompañar al muerto.

El velorio de doña Antonia estuvo muy concurrido, como que asistieron a él casi todos los que habían contribuido a arruinarla poniéndole pleitos y envolviéndolas en una red de trapisondas y enredos que dieron en tierra con los restos de su desmedrada fortuna. Pero había que oírlos

entonces ante la pobre señora de cuerpo presen te. Todos la habían amado, todos habían procurado salvarla de la ruina, unos la habían socorrido, otros la habían visitado diariamente; éste Ta propinara un remedio, aquél siendo su acreedor no había intentado siquiera hacer efectivo su crédito . . . ¡ Qué modo más indecoroso de mentir! Claro, como que la muerta no había de levantarse para desmentirlos.

Pero... i quién podría esperar aquéllo! Erala media noche; las conversaciones en el diapasón ya dicho se hallaban en su apogeo, cuando todos se miraron con el espanto dibujado en los semblantes. L¿a difunta se había movido en su sarcófago. Lo que fué atribuido al miedo o a las libaciones, en un principio, un instante después no dejaba margen a duda, porque doña Antonia, en un solo movimiento, se sentó en su ataúd haciendo correr la mortaja ; con sus ojos vidriosos y su semblante cadavérico, recorrió en redondo aquel concurso de picaros y de hipócritas que la mentían en la muerte como la habían perseguido en la vida, y sólo al verlos lanzarse presa de pánico fuera de la pobre sala, derribando los taburetes y atropellándose, cual si tras de ellos fuera su conciencia dando voces, volvió doña Antonia Espíritu a tenderse en su último lecho, esta vez para no levantarse más. Al día siguiente fué completamente sola, como lo había estado en vida, para el lugar del eterno descanso.

Una tertulia habanera a

principio del siglo pasado.

Para mi joven y estudioso amigo Pancho Comas, en "La Discusión ' \

HOY como ayer, mañana como hoy y siempre igual! que dijo el poeta. Una tertulia hac3 cien años... ¿qué puede haber sido que no sea la misma tertulia de nuestros días? ¿De que se hace el gasto actualmente en nuestros salones? Los hombres hablan de la horrible guerra europea, del precio de las acciones, de la industria azucarera, de las contiendas políticas que ensangrientan los pueblos de la República para demostrar que aquí lo que sobra, es educación democrática y respeto al derecho ajeno. • . Las damas hablan de modas, de teatros, de excursiones a la gran nación vecina, único punto en el planeta a donde puede hoy dirigirse el tu-

rista sin poner en peligro su vida; las jóvenes, por fin, hablan de sus amores, de sus galas, de sus proyectos rosados las que esperan contraer pronto matrimonio ; escuchan complacidas los galanteos, coquetean un poco y murmuran un mucho. . . Eso es hoy y eso era ayer con ligeras variantes por más que fijándonos un poco en el carácter de aquella sociedad en que se movían nuestros abuelos se notan grandes diferencias que no siempre es dado al cronista poner de relieve. Por mucho que se esfuerce el costumbrista en penetrar el secreto del pasado, algo se escapa a su observación. Algunas veces, tan solo al contemplar un retrato antiguo, se queda uno sumido en reflexiones. Aquellos oj^s en que se refleja el pasado con toda su misteriosa poesía, se nosantojan la luz pálida de una de esas estrellas que se apagaron hace mil años y cuyo resplandor viene aún caminando al través del espacio inmenso. También la sociedad de hace un siglo, movida por las mismas pasiones y conmovida por idénticas emociones que la actual, esconde, sin embargo, peculiaridades para nosotros completamente exóticas, porque el mundo ha caminado desde ' entonces incalculablemente y nuestra atmósfera social es absolutamente distinta a la que envolvía a nuestros progenitores. La existencia en este siglo es muy complicada y la de entonces era de una simplicidad que hoy nos parece absurda. Una fragata muy velera tardaba

en llegar desde Cádiz sesenta y cuatro días can mar bello. Las noticias llegaban a América, por lo tanto, como las conservas o el escabeche ; los vecinos de la Habana que acababan de ver desembarcar a Napoleón en Francia fugado de la isla de Elba en Marzo, se quedan fríos al saber en Junio que ha caído para siempre en Waterloo y que se halla de nuevo prisionero, esta vea para siempre, en Santa Elena. Acostumbrados a la vertiginosa rapidez con que nos sirve hoy el cable las noticias de todo el mundo, a la hora, al minuto y aun nos parece que llegan con retraso, se nos hace increíble que nuestros abuelos pudieran vivir tan plácidamente comentando las mismas nuevas durante sesenta y tantos días. Eso era lo mismo que enterrarse tres meses y al cabo de ellos sacar la cabeza para preguntar lo que ha ocurrido entre tanto.

Pero tal vez por esto mismo se vivía más, antaño que hogaño. El meternos a averiguar tantas cosas que maldito lo que nos importan, el vivir como llevados por un remolino, atropellando las impresiones, mezclando, a veces en una sola hora con monstruosa indiferencia el espectáculo de la alegría con el cuadro del dolor, m¡oviéndonos dentro de las veinticuatro horas del día como si nos hubieran dado cuerda, como verdaderos autómatas, atropellando, repetimos, las emociones, los recuerdos, como si se nos acabas;; el hilo de la vida quedándonos mucho que hacer,

82 COSAS DE ANTAÑO

viviendo artificialmente, de la mentira, del embuste descarado sin un instante de solaz para conversar en silencio con el olvidado espíritu . . . todo esto acorta nuestros años, nos envejece antes de tiempo y nos lleva de este mundo sin haber saboreado las delicias de la vida sencilla que es la vida verdadera, y así es como vivían nuestros abuelos de cuyas santas y nobles costumbres hablamos a veces con cierto retintín de burla, i Y como se burlarán ellos de nosotros si nos contemplan !

La tertulia habanera en el siglo pasado, como en toda la América española, era lo que es hoy el día de recibo. No era fiesta de etiqueta sino acto de confianza, entre relaciones de alguna intimidad. Se hacía un poco de música, se jugaba también un poco, porque como hemos dicho en otra ocasión, el juego parece ser planta americana por excelencia; algunas veces y en algunas familias se rezaba el Rosario. La casa estaba iluminada como para una fiesta y la claridad de los balcones y del amplio zaguán, suplía en un limitado radio la falta de alumbrado públi co que entonces se reducía a unos cuantos mortecinos farolitos de aceite diseminados, como cocuyos, en toda una larga calle sin pavimento digno de tal nombre. En aquella penumbra aparecían como bultos informes adosados a la acera, los ocho o diez quitrines que habían conducido a los tertuliantes y que esperaban la hora de llevarlos a casa.

Frontero al salón se abría otro más chico donde en derredor de una amplia mesa cubierta con el clásico tapete verde se jugaba al faraón o al tresillo a la vez que se llenaba el aire de nubes densas de tabaco. La conversación como es natural giraba sobre muy distintos temas en cada circulo. Entre las damas hacía el gasto la última obra dramática puesta en el teatro de la Alameda por la compañía de cómicos del país o la zarzuela estrenada por la compañía francesa. Las muchachas se ocupaban en la última fiesta social, un casamiento o un bautizo y también dedicaban su comentario a lo que en nuestros días se llaman chismecitos. Los hombres serios trataban del precio del azúcar, (doce reales la arro ba) del más reciente artículo de Arango o de Romay en el Diario de la Haibana, que es ei mismo Diario de la Marina actual, y de las noticias, desfiguradas siempre por el gobierno, acerca de la rebelión de las colonias del continente. La restauración en Francia con la prisión de Napoleón en Santa Elena y la nueva entrada en París de Luis XVIII, daban asimismo margen a conversaciones animadas. La música, poco rui dosa del salón, mantenía la brillantez de la pequeña fiesta donde por rareza se bailaba un ri godón o una contradanza. Cerca de los balcones para disfrutar de la deliciosa brisa se formaban varios grupos y en algunas ocasiones se juga han prendas entre la juventud. Así se desliza

ban las horas de las ocho a las once, repartiéndose a la mitad de la velada chocolate a las personas mayores y dnlces y refrescos a los jóvenes. Luego iban poco a poco despidiéndose, los de más confianza los últimos, hasta que uno a uno rodaban los quitrines sordamente sobre el piso desigual y las puertas de la casa se cerraban con estrépito. Y ya nada rompía el silencio ni aun el grito de las once y sereno por la sencilla razón de que el sereno con su lanza y su farol no hizo su aparición teatral en la Habana, hasta el pío y felice gobierno de Tacón.

*JL* *>Jf "sf *stf* ^Jtí*^I^ *0t/* *Jtf* *J¡/* *vt^ *slí* *Jt/" ^Jf "sJL* *Jtí* *vt(* ''JL-* * 3/* "A* *vf *sf *JL^ ^Jf *0f

Más malo que el "Pelado".

Al señor Vicente Alvaro Puigr Vice Presidente del Consejo Provincial de la Habana.

A UN en nuestros días es muy frecuente oir, ponderando la perversidad de alguno; — Es más malo que Aponte... — o bien: — Es más malo que el il Pelado" . . . . — ¡Pues no va pequeña diferencia del uno al otro término de comparación t El Pelado era el tigre que había roto su cadena: Aponte fué un iluso que desvanecido por el fugaz resplandor de gloria que envolvía la figura, un tanto grotesca, por otra parte, de Toussaint Louverture, el Espartaco de Haití, soñó un instante en adornar su deprimida frente con idénticos laureles, sin pensar que en Cuba el vigilante marqués de Someruelos, otro Argos en lo de tener cien ojos, había sorprendido el secreto de la conjura en una de sus nocturnas excursiones

86 . COSAS DE ANTAÑO

por la población, como acostumbraba a hacer por Bagdad el sultán Harún Al-Raschid, y tenía en sus manos todos los hilos de aquella burda trama tejida por infelices negros sin inteligencia ni aún sentido común.

Claro está que Aponte perseguía la redención y el predominio de su raza maltratada durante casi cuatro siglos por el látigo implacable de la servidumbre y esta revolución social no podía realizarse sin derramar torrentes de sangre ; pero también es cierto que si el éxito hubiera coronado su empresa, el nombre de Aponte no sería el de un criminal en los anales de la historia de Cuba, sino el de un redentor y un caudillo. ¿ Acaso fué tan honrada como la suya la obra de Bonaparte? Ya se sabe que el éxito lo justifica todo.

¿Y quién fué el Pelado? Recorriendo la Historia de este país no se tropieza con un monstruo semejante. El P&lado es la fiera humana: malo por instinto, por incontrastable tendencia al mal, malo por vocación. Había nacido para matar como la pantera y el tigre: era sanguinario como otro puede ser sanguíneo; por temperamento. Mataba sin motivo ; no lo movía el robo, ni la venganza, ni un arrebato, siquiera, de ciega cólera : mataba . . . por matar. No necesitaba, como se probó en su ruidoso proceso, conocer a la víctima para arrancarle la vida. XTnas veces era un anciano, otras veces una mu-

jer, otras un niño. El Pelado en lo alto del trono sería Nerón, sería I van el Terrible, sería Fernando VII de España. Perdido en el fondo de la hampa habanera en el primer tercio del siglo pasado, fué un facineroso que sembraba el terror en la ciudad y a favor de ese miedo profundo se hizo más difícil su captura y mucho más difícil, aún, condenarlo a muerte porque.no había quien se prestara a declarar contra él en tanto no fuera capturado.

Y no se crea, por eso, que el Pelado hubiera cogido monte, como se dice vulgarmente. Jamás salió del radio de la ciudad y sus suburbios. Ni aún se escondía después de cometer alguno de sus alevosos crímenes. Bien seguro de que no habría quien se atreviese a delatarlo, desde 1820 que desertó del Regimiento de "Cuba", de guarnición en la Habana, hasta 1826 que purgó sus delito* en la horca, campó por sus respetos sin que nadie se atreviese a echarle mano, aún cuando todos conocían su vida y milagros.

Acostumbrado a llevar el pelo cortado al rape en el cuartel, siguió llevándolo así después de su deserción y de ahí el mote de Pelado con que se le conocía. La lista de sus asesinatos es muy larga. Los que al fin llegaron a probársele al ser sometido a la Comisión Militar Permanente creada por Vives en 1825, bastarían para hacer su memoria odiosa. Casi en pleno paseo dió muerte de una puñalada al excelente joven

habanero don José Mariano Acosta, cadete de la guarnición. Su padre don Pedro de Acosta, abogado de gran crédito en el foro de la Habana juró que habría de vengar la muerte de su hijo, y cumplió su juramento tras de incalculables fatigas.

Con diez minutos de intervalo, el Pelado asesinó aquella misma noche a otro vecino muy estimado, don Juan Miguel Aguiar y días después, en una sola noche, también, realizó tres asesinatos, más, yendo después a acostarse a su guarida tan tranquilamente como si acabase de rendir la jornada del trabajo.

La tarde de Navidad, cuando una muchedumbre popular llenaba la antigua plaza del Vapor, que después consumió un incendio, el Pelado recogía de un vaciador en los portales el cuchillo que horas antes había dado a afilar. Lo probó en la mano, lo examinó en todos sentidos y como la cosa más natural del mundo, lo enterró en el pecho de un hombre que acompañado de su esposa salía en aquellos momentos del mercado, llevando alegremente las compras de Noche Buena. Y mientras se arremolinaba el público en torno del infeliz caído que lanzaba ahogados quejidos y por todas partes se escuchaban las voces de: ¡E'l Pelado!, — ¡Es el Pelado! éste se retiraba sin apresuramiento y para probar el filo, iba enterrando el cuchillo en los ijares de las bestias que iba encontrando a su paso.

Preguntará el lector horrorizado: ¿Acaso la Habana estaba entonces ocupada militarmente por una banda de beduinos, sin rey ni Roque ni jueces, ni policías? No tanto, pero sí algo muy parecido. Tendremos que hacer un poco de historia.

Gobernando la isla el excelente general don Francisco Dionisio Vives, la Habana era otra Corte de los Milagros. La ciudad intramuros, se hallaba infestada de asesinos, ladrones y rateros. Inmenso garito, más de dos mil personas vivían del juego. Era una población de malhechores que se nutría del trabajo honrado del resto del vecindario. Donde quiera se asesinaba a un hombre y también por cualquier precio. .Las puñaladas tenían su tarifa: se ajustaban para inutilizar o para quitar del medio a un prójimo. Muchos hombres de posición y de capital utilizaban los servicios de los criminales para sus fines particulares. El amor y los intereses jugaban todo su papel en esas trágicas negociaciones. Realizado el crimen, aun cuando este fuera bastante público, nadie, como ya hemos dicho, se prestaba a declarar por miedo a las venganzas, y también a las molestias de un largo proceso. Además existía el oficio de testigo falso y se probaban con diáfana claridad todas las coartadas.

Amenazada la isla por graves peligros exteriores, perdida para España toda la América en aquel desastre que dió en tierra con todo su in-

menso poderío colonial, bastante hizo Vives en mantener segura y tranquila una tierra donde empezaba a germinar la semilla separatista arrojada por Bolívar a todos los vientos y que pasmosamente cundió después en este suelo. Las atenciones todas de su gobierno redujéronse a la vigilancia política dejando -que viniera trás de él quién pusiera coto a los vicios sociales. Por esta causa vemos encomendada a su sucesor Tacón la obra magna de cambiar el aspecto de la Habana, lo mismo material que moralmente. Entonces nació la Policía.

Como un reflejo de la espantosa reacción que iniciaba el bárbaro Fernando VII en la infeliz metrópoli que lo había llevado neciamente al trono de que era indigno, nació en esta isla la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente, con especial jurisdicción sobre los delitos de conspiración, robo, asesinato y crímenes en despoblado. Componíase de cuatro miembros y un presidente, que fué un caballero perfectísimo, el brigadier don José María Cadaval, que casó con la distinguida dama habanera doña Luisa Chacón y Calvo y que durante once años dulcificó la dureza de aquel tribunal, por todos conceptos irregular a no gobernarse los pueblos en plena paz como plaza sitiada. Solo apoyado en este tribunal pudo llevar a cabo la obra magna de echar mano al Pelado el valiente vecino don Pedro de Acosta a los tres años casi de asesinado

su hijo. A cambio de mucho oro y de una labor incesante, pudo ir denunciando los crímenesCde aquella fiera, al declarar los que los habían visto.

Entretanto (porque el Pelado no podía permanecer ocioso) había aumentado el catálogo de los delitos perpetrados por el asesino de Acosta. Su última hazaña, en pleno día, a la vista de muchas personas, es sencillamente espantosa. Perseguido ya y a salto de mata para no caer en manos del alcalde mayor que había lanzado en su busca a varios alguaciles, pasaba el Pelado, al anochecer por una de las calles fronteras al Arsenal. A la puerta de una de sus pobres viviendas, tomaba el fresco, de pié en el quicio, una pobre mujer en meses mayores. El Pelado se detuvo a contemplarla y sacando el cuchillo la rajó de arriba abajo.

Pero si espanto produce este acto incalificable de crueldad y de barbarie, más espantoso resulta el interrogatorio del criminal ante la Comisión Militar que hubo de juzgarlo. El Pelado sin dar importancia a ninguno de los cargos que se le hicieron, se limitaba a encogerse de hombros sonriente. No afirmaba ni negaba.

— ¡ Quién sabe ! Tal vez lo haya matado . . . He mandado "pa" el otro mundo a tantos.-.

. — Pero bien; ¿por qué le diste muerte? ¿Te había ofendido ?

— Cá . . . nada de eso . . . Ningún daño me había hecho . . . Le hubiera comido los hígados.

Preguntando por qué había asesinado a la infeliz mujer vecina del Arsenal, respondió sonriendo alegremente :

- — Pues, para ver lo que tenía dentro . . .

Cuando ya en el plano inclinado de las confesiones empezó a referir sus hazañas, los jueces se mostraron atónitos ante maldad tanta, A casi todas las preguntas acerca de las causas de sus delitos horribles y numerosos, contestaba invariablemente el Pelado : — Pues vaya usted a saber . . . cosas de la vida . . .

Infundía pavor tanta maldad ; quedábanse los jueces estupefactos ante aquella inconsciencia monstruosa ! Cosas de la vida dejar clavado contra una puerta a un infeliz lisiado que pedía limosna ! Así era el Pelado. Un autómata del asesinato.

Como era de rigor fué condenado a muerte y se le ahorcó en el entonces solitario campo de la Punta en Febrero de 1826. En las crónicas de donde hemos extraído estas noticias nada se dice cuanío al arrepentimiento del reo. Ocúrresenos que un alma de tal jaez no habrá tenido muchas puertas francas a la contricción.

Como fué un gracioso a Chafarinas.

C ABABA de entrar Weyler en el palacio

de la Plaza de Armas, que es tanto como decir que el terror imperaba en la Habana. Rodeado de aduladores y malvadas, seres muy parecidos en lo moral y tan perjudiciales los unos 'como los otros al lado del que gobierna, dió principio a su obra de desquiciamiento social en los campos con sus bandos de concentración y en las ciudades con sus prisiones arbitrarias y sus deportaciones inicuas.

Cuantos no formaran en -las filas de la feroz intransigencia no tenían la seguridad completa, al levantarse de la cama, de tornar a ella por la noche. Muchos que almorzaron entre la fa-

Al señor Antonio Iraizos, director de ' 1 La Noche ' '.

milia fueron a comer el rancho de la tarde al vivac o a los calabozos del Morro.

Las detenciones diarias hacían una lista como la del pasaje de los trasatlánticos. En una galera sola del vivac hemos contado ochenta y tantos hombres, mezclados allí los criminales de la peor estofa con las personas más distinguidas de la sociedad cubana. En un ángulo de esa prisión preventiva vimos asombrados, estando también presos, al ilustre y bondadoso doctor Montalvo y a un caballero de industria, célebre en esta capital por sus audaces estafas. Creemos inútil decir que entre los detenidos abundaban los periodistas. Weyler, instintivamente sentía repulsión invencible por la prensa, tal vez presintiendo que ésta había de dar muy pronto con su prestigio en tierra, poniendo en evidencia su vulgarísima inteligencia y su estupenda crueldad.

Varios periódicos habían sido suprimidos por medios violentos y otros estaban en remojo. La censura era estrechísima y así y todo, siempre había un hilo para agarrarse, suprimiendo la publicación y mandando a Chafarinas a sus principales redactores.

Frente a las redacciones desplegaba el ínclito Porrúa un lujo de agentes de policía, públicos y secretos que ni en Varsovia. Todo el que entraba y salía era objeto de especial fisga por aquellos desgiaciados funcionarios cuyo pan

debía tener un sabor muy amargo porque se amasaba con lágrimas. A cada momento llegaba la noticia de una nueva detención, muchas veces incomprensible aun para los mismos cubanos que conspiraban y se conocían perfectamente unos a otros.

En aquellos días se libraron órdenes para la detención de cuantos individuos, cualquiera que fuese su color, estuvieran calificados como ñáñigos. Fué esta una lotería sin billetes para los polizontes que hicieron una zafra con los emolumentos de su campaña. En cuanto era encerrado en el vivac un calificado de pertenecer a la tenebrosa asociación, sus parientes se lanzaban a recoger dinero, sin elegir los medios, porque sabían muy bien que el único recurso para no dar el viaje forzoso a los presidios españoles era dar dinero, todo el dinero posible, a los esbirros del gobierno civil y a les agentes de La Barrera, jefe de policía.

En la esquina de O'Reilly y Cuba acostumbraba a estacionarse vendiendo el diario "La Lucha", un individuo conocido por lo gracioso y ocurrente de su pregón. A todo le sacaba partido, o como ahora se dice, punta, y las noticias adquirían, después de pregonadas un interés mes vivo. Esto le llevaba algunas veces a apurar el chiste, sin ocurrírsele, desde luego, que para los gobiernos suspicaces y desorientados, el chiste es muy frecuentemente un delito.

Nuestro vendedor de "La Lucha", creemos que ni siquiera fuese cubano. Era hombre joven y robusto y de abrigar ideas exaltadas con seguridad se hubiera ido al monte desde los comienzos de la revolución o al terminar el mando de Martínez Campos, que fué como la voz de ¡ sálvese el que pueda ! Debía ser sencillamente un guasón o un excéptico o ambas cosas a la vez, que es lo más probable.

Hacía pocos días que el fresco mallorquín había participado al ministerio que la provincia de Pinar del Río se hallaba completamente pacificada y sólo recorrían sus sierras, grupos de bandoleros. Como desmintiendo aquella burda mentira que provocó la risa dentro y fuera de este país, la noticia de uno de los más reñidos encuentres en el territorio de Vuelta Abajo vino, más de boca en boca que por telegrama, a poner en calzas prietas a Weyler. Pero como no cabía ocultar por completo aquel combate, se hizo de él una versión amañada y llena de falsedades y se le dio a la prensa. Y aquel día, que es seguro andaba el diablo suelto por el palacio de la Plaza de Armas, aquel día que todo aconsejaba la prudencia porque estaba con calentura el león, se le ocurrió a nuestro empecatado vendedor pregonar "La Lucha" en esta graciosa forma :

¿En qué quedamos?... ¿Se lucha o no se lucha?

Con las variantes más ocurrentes y más imprudentes, algunas como ésta:

Y como está "La Lucha". . . Pero como se lucha. . .

Pronto pudo ver como se luchaba en las ciudades, porque uno de los esbirros de La Barrera le echó el guante y lo metió en el vivac, de donde salió a los pocos días para Chafarinas. Tratamos de indagar que atroz delito se le achacaba a aquel infeliz que libraba la subsistencia propia y tal vez la de una madre anciana vendiendo "La Lucha" y se nos dijo que iba deportado por ñañigo ... No creemos que lo fuera. Su delito era mucho mayor : era decirle indirectamente al despreocupado Weyler que en Vuelta Abajo luchaban aun y con ventaja las Legiones del inmortal Maceo.

El violín de la muerte.

A René V&lverde, Administrador de ' ' La Discusión ' '.

CT N 1833 hizo su primera aparición en Cuba ^— y en Europa el cólera morbo asiático, e&e lo'go grifo indescifrable para la ciencia. A los diez y siete años justos de su aparición, es decir, en 1850, volvió a azotar cruelmente a la Habana y a los diez y siete años justos, también, o sea en 1867 realizó en esta capital su tercera invasión. Es ésta una singularidad de ese misterioso y fatídico viajero de las regiones asiáticas que parece complacerse en desorientar y sorprender a los que pretenden estudiar su marcha. Este terrible azote se presentó en la Habana, en su segunda invasión, el 31 de marzo. Gobernaba la isla el general don Federico Roncali, conde de Alcoy, veterano de la guerra civil y defensor sin fortuna del insigne general don

Diego León, conde de Belascoaín, fusilado en 1841. De su gobierno hemos de dar una ligera noticia.

Roncal-i sucedió al implacable O'Donnell y con esto queda dicho que su gobierno pareció blando y tibio al partido integrista que estaba por los temperamentos de violencia. Lo que se llamaba aquí, bastante impropiamente, opinión española, le puso la proa al general y dió con él en el suelo. Según Alcalá Galiano, Roncali fué el primer capitán general de Cuba que cayó bajo los tiros del partido español, hecho trascendental, pues desde entonces ese partido puso y quitó generales a su antojo.

Nunca como en su tiempo se agitaron los revolucionarios cubanos dentro y fuera de la isla. Indignados por el duro mando de O'Donnell, que, sin alharacas, ha sido más duro que el de Tacón, el separatismo que hasta entonces había sido tan sólo un embrión político, fué tomando forma y efectividad y coincidiendo con la instalación de sus juntas en el extranjero, llenaba de pavor a los integristas y a los esclavistas sobre todo, la invasión de Cárdenas por Narciso López. Este atrevido movimiento que a mandar aun O'Donnell hubiérase traducido en un nuevo y aún más sangriento ' 'proceso de [la escalera alarmó a tal extremo a Roncali que en poco estuvo no se rindiera a los integristas cantando el " yo -pequé". Cuando lleno de so-

bresalto rogaba al gobierno de la metrópoli en una alarmista exposición que por ningún motivo se concedieran reformas ni se tocara siquiera a los vigentes métodos de gobernación que era coincidir, paladinamente, con el programa del esclavismo del como va siga, vino a aumentar extraordinariamente los cuidados y las preocupaciones del buen conde de Alcoy la invasión colérica, que había hecho estragos en 1833.

Quien haya leído uno de nuestros " Cuadros Viejos" acerca del cólera en dicho año, no necesita una nueva pintura de los días fúnebres en que la muerte recorría la población habanera a todos los rumbos haciendo víctimas por millares. En la invasión de 1850, desde el 20 de junio hasta fin de año, exterminó a 3,215 habitantes. Hasta 1855 en que desapareció casi del to-' do, hizo 9.500 víctimas.

Roncali ante aquel azote no pudo hacer más de lo que hizo: poner los ojos en el más eminente de los médicos que entonces existían en la Habana : el doctor don Angel José Oowley, a quien encomendó la misión de proponer y llevar a cabo cuantas medidas considerase convenientes para combatir las epidemias, autorizándolo para invocar su autoridad con todos los funcionarios que pudieran oponerse a su gestión. Otro de los médicos que entonces se olvidaron de su persona para consagrarse por entero al servicio

de la salud pública fué el joven doctor Rafael Ruiz de Languenheim, habanero, del personal del Hospital Militar. Después de exponer mil veces su vida en esta ciudad, al aparecer el azote en Matanzas corrió allí para realizar una obra heroica. Dos días después de haber regresado a esta capital caía víctima del contagio para no levantarse más.

En aquellos negros días de espanto y de general «cobardía, rivalizaron en valor y abnegación y desprecio de la vida, módicos y sacerdotes. Fray Jacinto María Martínez y Sáez que había de ceñir la mitra de la Habana y que era capellán entonces del hospitalete de coléricos, establecido en el -edificio conocido por la ucasa de los Escobares', calle de Escobar esquina a Zanja, asistía personalmente a los coléricos con un valor admirable, más admirable que el de un caudillo en el campo de batalla. Hubo un día en que la arrolladora pestilencia no dejó allí un empleado en pie. Los últimos en caer fueron un médico y un practicante. El pánico reinó por un momento en el hospital, pánico disculpable porque la muerte blandía allí su guadaña sin perdonar a nadie. Fray Jacinto que era un alma superior y un corazón todo caridad, por lo cual, sin duda, quisieron fusilarlo los voluntarios años después, quedóse completamente solo al lado de los coléricos, secundándole en su noble misión un joven estu-

diante de medicina y ambos tuvieron que serlo allí todo, médico, practicante y enfermero. Este hermosísimo ejemplo de valor y abnegación, de verdadero heroísmo, fué contagioso como el cólera; la calma penetró en loe espíritus, los sirvientes volvieron a sus puestos y el hospitalete siguió su marcha acostumbrada.

La terrible epidemia dió origen al cementerio de Atarés, a las faldas de ese castillo, porque el cementerio de Espada no podía contener ya más cadáveres. Ese campo santo provisional recibió desde 30 de abril de aquel año hasta la nueva invasión de 1867, la extraordinaria suma de 12.736 cadáveres. Y aquí hemos de señalar otra singularidad que se burla de las teorías científicas. Con tal hacinamiento de cadáveres de coléricos en el cementerio de Atarés, ni en el castillo, ni en el populoso barrio que lo rodea se registraron grandes invasiones. Ocurrieron en cambio numerosísimas en los barrios más alejados de aquel foco.

Pelotones de presidiarios y cuadrillas de esclavos de las dotaciones cercanas a la población recorrían las calles para recoger los cadáveres sacados a las puertas por el vecindario y los tendidos en los portales. No había servicio posible de agencias funerarias porque el

número de defunciones pasaba muchos días de doscientos. El municipio había contratado carretas y carretones para el transporte al cementerio. Los cuerpos eran arrojados en el vehículo según habían sido encontrados en el recorrido y la carreta recogía todos cuantos podía contener. En los barrios más populosos o en aquellos donde la muerte hacía más bajas, había como estaciones centrales para la recogida ; una estaba en la Plaza Vieja, otra en el Arsenal, otra en el Mercado de Tacón. La carreta con su fúnebre carga ya colmada partía en dirección del nuevo cementerio y en las últimas horas de la tarde aquello era un convoy muy parecido al que va a la 'cola de los ejércitos.

Recorría por aquellos días las calles de la capital un violinista errante, seguramente europeo, que libraba malamente la vida tocando su desafinado instrumento delante de los establecimientos y sobre todo, delante de las fondas a las horas del despacho. Más excitado su cerebro por el alcohol, a que era aficionadísimo, que por la inspiración musical, cuando la necesidad no lo espoleaba, veía correr las horas, entre Pinto y Valdemnro, tumbado bajo los portales del Mercado y allí dormía generalmente, que es éste uno de los benditos privilegios de nuestro clima : convertir un portal o el banco de un parque en dormitorio sin el menor perjuicio para el organismo, antes por el contrario, dan-

do a loe pulmones lo que éstos necesitan : aire puro.

Al toque de oraciones ya la Habana reposaba bajo la acción del miedo que flagelaba todos los hogares. Por las 'calles sólo andaban loe porteadores de cadáveres, los sacerdotes que administraban los últimos sacramentos y el coche de algún médico llamado a toda prisa por cliente de posibles. Haciendo su ronda loe conductores fúnebres recogieron bajo los portales de la Plaza del Vapor varias víctimas de la epidemia que yacían sobre el duro pavimento donde las había sorprendido la muerte. Entre ellas se hallaba nuestro músico ambulante, boca arriba, teniendo abrazado contra ¡su pecho el violín que había sido su inseparable compañero largos años de su mísera existencia. Con los otros muertos fué recogido éste y la piedad que movió el corazón de los porteadores, les aconsejó, tal vez, no separar al músico de su instrumento. Y así fué puesto a un lado de la carreta y ésta siguió su camino hacia Atares, donde esperaba su llegada, con las fauces abiertas una formidable fosa llena de cal viva.

Tal vez el lector adelante con su agudeza el desenlace de este episodio. En efecto, todo fué como él ha pensado. Nuestro artista trashumante no estaba muerto, sino tan completamente borracho que del uno al otro estado sólo mediaba el soplo imperceptible del corazón y como

a nadie en aquellos momentos se le ocurrió tomar el pulso al sujeto ni menos pedir su reconocimiento médico, que en aquellos días críticos era punto menos que ridículo exigir, el violinista iba derecho a la eternidad si no lo salvaba un milagro.

Ya bien cerrada la noche la -carreta cruzaba por Vives. Las calles no eran como hoy salones de baile, sino despeñaderos, cada salto del vehículo era capaz de resucitar a un muerto para no hacer abrir los ojos a un borracho por muy grande que fuera su pítima. Con los vaivenes y los brincos el músico abrió los ojos, largó un bostezo seguramente de hambre más bien que de fastidio, porque el lance no dejaba de tener algo de divertido, y por último, requiriendo el violín preludió una de sus piezas favoritas no sabemos si en " alegro" o en '' lma esto so". En otras circunstancias aquella sonata en el silencio de la noche hubiera encantado al conductor del convoy fúnebre por muy poco que tuviera de diletante; pero la Magdalena no estaba para tafetanes, la tristeza y el miedo palpitaban a la vez en el alma invisble de las cosas y en su alma pusilánime. Oir por lo tanto, aquellas melodías que se alzaban del montón de los muertos y emprender desenfrenada carrera abandonando la carreta y sin volver la cabeza, todo fué uno. El músico hecho cargo de su delicada posición, echó pie a tierra y fué a buscar su buena de

Dios a los portales del Mercado, alegre tal vez por haber escapado en tablitas del peligro de ser enterrado antes de tiempo. Cnanto al conductor, trabajo costaría disuadirle de que la inesperada serenata no había sido una broma de la Muerte que satisfecha y gozosa de su completo triunfo, gracias al cólera, dejando por unos instantes a un lado la terrible guadaña, diérale la humorada de exteriorizar su alegría, paseando el arco por las cuerdas de su violín.

ti toque de agonía.

Al doctor Antonio Montero Sánchez.

CANALIZANDO el siglo XVIII un hombre en ' toda la fuerza de la vida y de las pasiones, miembro de una acaudalada familia habanera, renunciaba al mundo y a sus pompas y vanidades para vestir el burdo sayal de los hijos de San Francisco. Fuera soldado, fuera marino, había corrido y viajado y dado que decir en México y en Cartagena de Indias, y al cabo, vino a detener su carrera en el hogar abandonado muy joven para quedar preso en las redes de Cupido que es muchas veces el vengador de esos don Juanes que jamás conocieron el amor en medio de tantos amoríos.

Un apellido ilustre y una figura bizarra sin contar con los bienes de fortuna que habría de heredar a la muerte de su padre, diéronle áni-

108 COSAS DE ANTAÑO

mo para poner los ojos y el pensamiento en una dama de muchas campanillas y de no vista hermosura, de la que fué cumplidamente correspondido; pero no soñara nunca encontrar la oposición que encontró en la familia de su amada, resuelta a meterla en un convento antes que darla por esposa a quien había sido piedra de escándalo en todas las etapas de su largo y proceloso viaje por Costa Firme. En vano fueron las súplicas y las consideraciones que se le hicieron al severo y cristiano padre de la bella. El amor — decían — ha regenerado a ese mozo, los años le han asentado el juicio, la belleza y la candidez del objeto de sus pensamientos lo han ennoblecido y elevado.

— El que hace un cesto hace ciento — respondía el viejo, encastillado en su negativa. — Yo prefiero para esposo de la niña un hombre que no tenga nada de que arrepentirse.

Aquellas relaciones que pudieron terminar labrando la ventura de dos seres que se amaban locamente, por la suspicacia o por el exceso de prudencia del padre de la joven terminaron de una manera dolorosa para todos, porque ella se entregó a la desesperación, él como ya hemos dicho, tomó el hábito de Asís en el convento de esta ciudad y los padres de ambos tuvieron ya, desde entonces, un dolor oculto que habría de ir poco a poco amenguándoles la vida.

El que hace sus votos en un monasterio es co-

mo una piedra que cae en el fondo del mar. Entre la vida y el claustro cae como una espesa cortina de ausencia y de aparente olvido muy semejante a la muerte. Ninguna palpitación de fuera llega a la celda como no sea notablemente atenuada. Esto cuanto a la vida civil, porque respecto de la privada el aislamiento es absoluto. Para eso va uno a hundir su existencia en esos oásis espirituales que se alzan en las ciudades. Para olvidar y para que lo olviden ; para abandonar lo terreno y poner el alma entera en el más allá. Víctor Hugo ha dicho : Debe haber seres aue recen siempre por los que no rezan nunca...

Pasó así lo que restaba de siglo y en los albores del XIX todas las tardes se veía adosado al muro de la torre del campanario, junto a las campanas, cual si fuera una estatua de granito por su inmovilidad y su rigidez, un fraile joven por la edad, viejo por la extenuación, caída la capucha sobre los hombros, la vista perdida no en el espacio libre que ofrecía la ensenada, sino sobre las techumbres gachas de los edificios que se extendían hacia su izquierda en una fila irregular por la calle de los Oficios, hasta la Plaza ele Armas. Siempre en aquella dirección, con la fijeza con que la brújula señala el Norte, aquel religioso enigmático manteníase inmóvil hasta el toque de oraciones en que, con un movimiento rápido penetraba en la torre y lanzaba al vien-

to el melancólico doble del " Angelus." Después desaparecía con la última vibración del bronce. Todo el vecindario, especialmente el de las tasajerías que monopolizaban el comercio en la calle de los Oficios, pudo presenciar esto durante varios años llegando a familiarizarse con la diaria presencia de aquel humilde religioso encargado, al parecer, de desempeñar las funciones de campanero en el viejo convento de San Francisco. Aquel fraile, no obstante su ínfimo papel en el monasterio habanero de Menores, había sido un tiempo el disipado Tenorio de México y Cartagena de Indias, el galanteador de oficio, el pretendiente desahuciado de la bellísima joven de que hicimos mención ai principio de esta verídica historia.

No siempre los votos por sinceros que sean, logran borrar los recuerdos del mundo y ahogar en la soledad del claustro las pasiones violentas. El amor en nuestro penitente, como una serpiente enlazada en torno del corazón, continuó mordiéndolo en la soledad de su existencia y el alma atormentada asomóse constantemente al extevior como el preso ansioso de libertad.

Un día llegó al convento la noticia de encontrarse en las postrimerías de su vida aquella mujer que había llenado por completo la suya y que recogiera gustosa, por su amor, la mitad del infortunio que sobre ambos había caído. De San Francisco salió para la enferma el viático y des-

de la torre, lanzando al espacio los repiques en honor de la Majestad sacramentada, pudo el triste ver cómo penetraba en la última casa de la calle de Lamparilla la procesión. Al través de los abiertos postigos aún pudo columbrar parte de aquella escena que a nadie impresionaba como a él, que había tenido puestos los ojos y el alma durante más de siete años en la mansión de su amada, de la que fuera lanzado un día para no pisarla jamás.

Veinticuatro horas después, cayendo la tarde, ordenaron al fraile que subiera a dar los toques de agonía. Su corazón, más que nadie, le dijo quién era el sér que se despedía de este mundo. Ascendió al campanario, asomó la cabeza para lanzar una mirada a la casa que tenía siempre dibujada en el pensamiento y después inició el primer toque. Sintiéndose morir, salió afuera para respirar el aire que faltaba a sus pulmones. Corriéndose por la cornisa o sea por el cordón que rodea la torre, fué a adosarse a la esquina en donde había dejado volar tantos años su espíritu en pos del objeto perdido de su amor. Tras de unos minutos de silenciosa contemplación enfrentado con la casa de Armona, el religioso regresó al campanario para dar el segundo toque. Salió de nuevo, la capucha caída... ¿Qué pasó entonces? Al volverse en la cornisa, tal ves buscando mejor sitio para su observación, el fuerte brisote del Este le caló la capucha de pronto,

cegándolo; vaciló, tendió las manos buscando apoyo sin hallar más que el granito, perdió el pie y cayó en el vacío, yendo a estrellarse sobre el embaldosado de la plaza. De allí fué recogido hecho una masa sangrienta. He ahí cómo aquellos dos seres que no habían podido unirse en la vida se unieron en la muerte y un mismo toque de agonía acompañó su tránsito.

Las bodas de Alfonso XII.

A José M. Fuentevilla, redactor jefe de "El Comercio."

C"L día 23 de Enero de 1878 se celebraron en Madrid las bodas del rey Alfonso XII con su bella prima Mercedes de Montpensier. Fueron casados por el Cardenal Patriarca de las Indias, Primado de España, y fueron padrinos de la regia ceremonia el rey don Francisco de Asís y la Princesa de Asturias. Dado el esplendor de la corte española no es necesario decir lo que fueron aquellas fiestas palatinas que llevaron a Madrid más de doscientos mil forasteros.

Como un eco apagado de tal solemnidad las colonias en esos mismos días celebraron gran-

des festejos figurando en primer término esta capital que, como suele decirse, echó entonce» la casa por la ventana, aun cuando las pérdidas causadas por una guerra terrible de diez años de duración mantenía este país en la más aguda de las crisis. Claro está que si el Ayuntamiento de Madrid destinó solamente para iluminaciones la extraordinaria suma de dos millones de pesos, el de la Habana no estiró tanto su presupuesto, siquiera con todo quedase empeñado para algún tiempo. Pero a eso estaba acostumbrado ya.

El día 10 de Febrero dieron principio las fiestas en la Habana. Las salvas de las fortalezas y de los buques de la escuadra surta en puerto consumieron el primer número del programa y a las ocho de la mañana se celebró una solemne misa cantada en la Catedral, a la que asistió el capitán general y gobernador general de la Isla, don Joaquín Jovellar y Soler con todas las principales autoridades de la colonia.

La casa de la Plaza de Armas, la residencia del general Segundo Cabo, la del jefe del Apostadero y otros edificios oficiales habían sido lujosamente decorados para el caso, apareciendo en ellos con las cifras de Alfonso y Mercedes los pabellones nacional y provinciales y hermosas colgaduras rojas en todos los balcones. Durante el besamanos dos bandas milita-

res tocaban en la Plaza de Armas, que estaba engalanada, siguiendo el orden de sus avenidas con gallardetes y banderolas. El palacio había sido pintado de nuevo y amueblado también casi por completo para el baile que había de darse en sus salones aquella misma noche.

En el balcón principal, bajo un rico dosel de damasco rojo, estaban colocados los retratos de los reyes, a quienes daban guardia de honor, relevándose cada media hora, los alumnos de la Academia de Cadetes de la Habana. Por todo el frente del edificio corría en caprichosos adornos la iluminación de gas, en la forma que se hacía antes de la aplicación de la luz eléctrica a esos usos. Era cañería picada con la que se componían escudos, cifras y letreros que en una noche sin viento lucían mucho más que los foquitos del día.

Por la tarde se efectuó en la bahía una regata de botes a remo cuyo premio se llevaron los marineros de la fragata de guerra "Concepción". Al llegar la noche el aspecto de la ciudad era deslumbrador por el número y la calidad de las iluminaciones. A la vez todos los buques de la escuadra y los extranjeros se hallaban también iluminados, marcando el perfil de sus palos y gavias. En el Parque Central, que con pequeña diferencia era ya lo que es hoy, dando frente a la plazuela de

Albear, se había colocado un magnífico arco de cristal de un aspecto fantástico. Era el mismo que había servido en Inglaterra para la recepción del Príncipe de Gales a su regreso de la India y el Ayuntamiento de la Habana pagó por aquella primorosa obra de arte que, por cierto, no sabemos a dónde fué a parar, la alzada suma de cinco mil pesos en oro. Entonces sólo circulaban billetes al doscientos y pico por ciento de descuento. Muchos periódicos la emprendieron entonces con los ediles, por entender que en la compra del arco había habido chivo, como ahora se dice, y que entonces se decía chocolate.

A las diez y media de la noche dió principio el magnífico baile de Palacio, que fué de los que hacen época. Los salones se hallaban regiamente decorados y a la fiesta asisto lo más selecto de la sociedad habanera además de los elementos oficiales. La concurrencia fué enorme y muchos graves disgustos se produjeron tan sólo por el reparto de invitaciones.

A las once abrió el baile el general Jovellar, con un rigodón de honor, teniendo por pareja la esposa del general de marina Jefe del Apostadero, y esta autoridad bailó con la hija del gobernador general, señorita Rosa Jovellar; el Intendente de Hacienda con la Condesa de Casa-Bayona, el marqués de Almendares con la esposa del Intendente, el general

Calleja, (que andando el tiempo gobernó la isla) con la esposa del secretario del gobierno y el Conde de Casa-Barreto con la generala Calleja. Las damas habaneras, como es tradicional, hicieron un derroche de riqueza y elegancia. La animación de esa fiesta fué extraordinaria. A media noche se abrió el espléndido bufett con mesas separadas para las damas y los caballeros. En los salones por lacayos de librea se repartían con profusión sorbetes y refrescos.

Tres días duraron los festejos. El día 12 se hizo por el Ayuntamiento la distribución de $10,000, número el más simpático del programa, y por la noche se dió en el gran teatro de Tacón una función de gala, cantándose "Aida" por la compañía que entonces se encontraba en la Habana. El capitán general Jovellar descubrió los retratos de los reyes de España colocados en el frente del escenario, tocando en esos momentos la orquesta la Marcha Real. En esa ceremonia acompañaba a Jovellar el alcalde corregidor de la Habana, don Leandro Alvarez de Torrrjos.

Ese día se efectuó, según costumbre en fiestas semejantes, una gran parada, pasando revista el capitán general a todos los cuerpos de la guarnición, ejército y voluntarios. Las calles estaban cubiertas de gentío, sobre todo de noche, para recorrer las iluminaciones, y

realmente una alegría que no tenía nada de artificial, animaba al pueblo, porque la paz estaba en todos los pensamientos y también en la atmósfera. Días después Martínez Campos la firmaba en el Zanjón, dando fin, (prescindamos de la guerra chiquita) a una enconada y sangrienta lucha de diez años.

La Comandancia General de Marina ofreció otro baile a la sociedad habanera tan suntuoso como cuantos en largos años se dieron por aqiíel cuerpo. El Ayuntamiento, para que el pueblo disfrutara también de unas fiestas que le costaban al cabo su dinero, ofreció funciones gratuitas en circos, teatros y plaza de toros. Pero la atracción más poderosa de los festejos, la procesión cívica, en la que estaban representadas todas las provincias españolas con un lujo y una propiedad admirables, cosa que nunca se había visto hasta entonces, fué deslucida por la lluvia pertinaz que cayó aquellos días, pues fueron cinco los destinados a solemnizar en esta Isla las bodas de Alfonso XII con su augusta prima, bella e interesante niña que arrebató la muerte implacable cuando todo le sonreía en la vida.

Doña María "La Canoa".

A Tomás A. Juliá, redactor de- ' ' La Discusión '

A UN con un plano a la vista resulta un tanto ** difícil para el habanero de nuestros días, imaginar como era la Habana hace doscientos años. La imagen actual mantiénese en la retina con tal persistencia que cuesta trabajo borrarla para que vaya dibujándose débilmente el cuadro viejo. Dentro de cincuenta años, que no son nada en el tiempo, habrá de ser trabajoso, aun para los que lo conocieron, reconstruir con el pensamiento la antigua caleta de San Lázaro. Sobre ella se alza el monumento a Maceo, en torno surgirá muy pronto un magnífico parque a la moderna, las pobres callejas que lo circundan desaparecerán, las casitas de que se componen se transformarán en palacetes, porque el dinero empuja a la pobreza a los rincones más.

-extraviados y cuando los jóvenes de hoy peinen canas, en vano querrán fijar en el pensamiento el antiguo panorama que fué teatro de sus correrías cuando niños. Todo se habrá borrado y sólo la fotografía podrá operar la milagrosa resurrección poniendo ante los ojos lo que ha desaparecido para siempre. Así son las memorias de nuestro pasado, aun aquellas que más vivamente han herido nuestro corazón: recuerdos desvanecidos, como un montón de hojas secas que traen al pensamiento remembranzas dolorosas de una alegre primavera.

Toda la parte Este de la Habana, en el litoral de la ciudad carecía de muros hace dos siglos. Hacia la entrada del puerto se alzaba la Punta, seguía un playazo hasta el castillo de la Fuerza Vieja y después corrían a saltos, no como hoy, los muelles que terminaban en Paula. Por la parte de tierra era distinto: desde la Punta arracaban las murallas con sus varias puertas, yendo a morir en el Arsenal que ha desaparecido ya del mapa. Esto era la ciudad de la Habana en aquellos tiempos: lo que marean, hacia el mar, como jalones, las calles de Egido y de Monserrate.

En la de Cuba, uniéndose con Aguiar, el extremo más avanzado de la antigua población, el mar lamía casi el cimiento de las casas al extremo de invadirlas el agua en los días de Ñor-

te duro y desde luego en las tormentas equinociales. En cambio el fresco era delicioso en los días estivales porque nuestra brisa incomparable bañaba el frente de los edificios, con todas sus ventanas abiertas sobre el canal, cruzado por los botes de los pescadores. Lo que es hoy muro sólido con amplias aceras para comodidad del paseante, era entonces playa y no muy limpia, donde amarraban sus embarcaciones los marineros que venían del otro lado de la bahía a hacer sus diligencias en la ciudad. Hacia el sitio en que estuvo el baluarte de San Telmo, que demolió la intervención americana, había un conato de embarcadero, es decir, cuatro lajas sobrepuestas y dos pilotes para amarrar los cabos.

Frente por frente, en la ya citada única acera de la calle de Cuba, que entonces se llamaba calle de la Campana, no sabemos por qué, estaba la gran casa de don Pedro Beltrán de Santa Cruz, tronco de los condes de Jaruco. Era hacia 1740 alcalde ordinario, y había sido en distintos períodos regidor del ilustre Ayuntamiento. Todas las grandes casas cubanas eran entonces un pequeño pueblo. ^Sesenta, setenta o cien esclavos, hombres y mujeres, jóvenes y niños además de una porción de viejos y viejas a quienes sus muchos años de servicio daban cierto fuero entre la servidumbre, se repartían todas las labores del hogar con una organización muy parecida

a la que existía en Roma. Todo se hacía en la casa: lavado, planchado, costura, chocolate, dulce, repostería. Había barberos, peluqueros, peinadoras, caballericeros y caleseros, todos siervos de la familia y todos, no obstante su triste condición, considerados como parte integrante de ésta.

La casa de Don Pedro Beltrán de Santa Cruz, montada con gran ostentación, mejor dicho con derroche, era de estas. Desde que se eniraba por el amplio zaguán, donde se veían alineadas hasta media docena de volantas y calesas, hasta que se ascendía al piso alto, se iba tropezando con sirvientes de color, de todas edades, y no todos ellos ocupados en el trabajo, porque la esclavitud en la ciudad siempre fué blanda.

Esta explicación era muy necesaria para que el lector pudiera formar juicio del escándalo y la confusión que produjo en aquella casa la desaparición inexplicable de la hija segunda de don Pedro, la niña María, que sólo contaba nueve años de edad, circunstancia que hacía absurdo creer que la hubiera raptado su novio. ¿Era posible aquello, estando la criatura constantemente asistida de sus criadas y no muy lejos de la vista de su buena madre? Parecía imposible en efecto, pero el caso es que sobre las cinco cíe la tarde de un día hermosísimo de verano se no-

tó su falta y desde esa hora la desolación y el dolor reinaron en la casa de la calle de Cuna.

La posición social y oficial de don Pedro y también el afecto de que gozaba, dieron formidables proporciones al suceso. La criminalidad era muy grande en la Habana, aunque no tanto como lo fué terminando el siglo, y se pensó en un secuestro. Los alcaldes pusieron en movimiento las rondas y en tanto el cuero andaba bobo en casa de don Pedro, cogiendo su punta de foete lo mismo culpables que inocentes. Se mandaron mensajeros a las casas de todos los amigos y parientes de la familia : a los Montalvo, los Peclroso, los O'Farrill... Todo inútil; nadie había visto a la niña por parte alguna: como si se la hubiera tragado la tierra. Cuando la consternación era más grande y nadie pensaba sino en la comisión de un horrible crimen, he ahí que se aparece delante de la casa el bote del Mjorro, tripulado por cuatro remeros y el patrón, conduciendo a la criatura. . .Aquello parecía cosa milagrosa y a milagro lo atribuyeron lo mismo la infeliz madre angustiada, que todas las mujeres que con ella rezaban, postradas ante la imagen de la virgen de Regla, al ver entrar por aquellas puertas a la niña perdida. Expliquemos ahora lo que había pasado.

María Santa Cruz, traviesa como un diablo, burlando la vigilancia de sus criadas había sal-

tado en un bote de los atracados frente a su casa, y largando el cabo, se creyó en la gloria, sintiéndose mecida por las olas. El bote, sin gobierno, dando guiñadas se fué al garete y cuando anochecía enfilaba el canal mar a fuera. Sólo entonces, al verse tan lejos comprendió la pobre criatura toda la magnitud de su calaverada y empezó a dar unos gritos espantosos, que por fortuna fueron escuchados por el vigía del Morro, quien a simple vista descubrió la embarcación y su infantil tripulante, ordenando la inmediata salida* del bote, que como de costumbre se hallaba amarrado en el embarcadero. Lo demás ya lo sabe el lector, quien, sin esfuerzo supondrá el regocijo que con la chiquilla penetró en casa de Don Pedro Santa Cruz, en donde se lloraba ya por muerta a la desaparecida. El pueblo, siempre amigo de poner motes, para distinguir a ésta de otra María Santa Cruz, que había en la ciudad, llamó siempre a la hija de don Pedro doña María la Canoa.

Nuestras abuelas en la retreta.

A Antonio Martín Lainy, en "El Comercio. '

CT S TAMOS en la Plaza de Armas en una hermosísima noche estival del año de gracia de 1828.

El Templete acaba de salir de entre las manos de albañiles y pintores, la estatua del desdichado monarca que fué malo hasta, con sus propios padres para no serlo con su pueblo, también está flamante contemplando desde su pedestal la estupidez de sus subditos; el palacio de los virreyes de la colonia es una ascua de oro con los millares de bujías que constelan sus tres salones centrales ; frente a él, tanto o más brillante, la lujosa casa del conde de Santovenia con todos los balcones abiertos, muestra una iluminación fantástica. En el patio del viejo castillo de la Fuerza, todo un tomo de historia antigua,

cuyas páginas son sus denegridos sillares, la banda del regimiento de Nápoles que acaba de llegar en el navio de S. M. 11 Héroe", deja oir con algunos trozos de ópera, cosa nunca oída en Cuba, las tonadillas insulsas, entonces de moda.

Bajo los árboles que una blanda brisa mueve, en un cordón que rodea los jardines, como canastillos de flores se ven numerosos quitrines ocupados por las mujeres más bellas y más elegantes de la ciudad. Es noche de retreta.

La luz no es mucha : aun no ha nacido el gas. El crecido número de faroles de aceite, los hachones que alumbran la banda y la claridad que se escapa de los balcones y los establecimientos, que cubren toda la acera Sur desde Baratillo a Mercaderes, no consiguen templar sino a medias Ir oscuridad de una noche tropical en que el firmamento es una cocuyera,

El bondadoso general Vives está asomado al balcón, tal vez recreándose en su obra del Templete con la que supo reformar el primitivo y pobre pensamiento de Cagigal. A su lado se hallan sus dos tiernas hijas privadas del amor maternal casi desde la cuna la mayor y en el seno materno la última, pues fué extraída del mismo al morir, víctima de la fiebre amarilla, su santa madre. Multitud de uniformes brillantes se ven cruzar por el salón central en cuyos muros tapizados ele rojo, se destacan los marcos de oro de los gofcernadores de la colonia.

Por las calles que encuadran el paseo y por las que van a morir al pedestal en que aun dormita hoy aquel monstruo coronado que se llamó Fernando VII, grupos de marineros de la escuadra surta en puerto, de oficiales de la guarnición y de comerciantes de la vecindad, discurren apaciblemente o descansan sobre los duros bancos de piedra. En aquellos tiempos de nuestra abundancia, de nuestra riqueza positiva, no se le había ocurrido aun al Ayuntamiento habanero inventar el rematador de sillas, usurpando, este es el término, el derecho indiscutible que tiene el ciudadano a sentarse en los paseos públicos sin pagar un centavo.

La isla estaba entonces opulenta. Cuba empezaba a despertar de la parálisis de tres siglos de restricciones comerciales absurdas. El intendente Pinilios con su sapientísima administración, con su reforma arancelaria que fué como encender una antorcha en una caverna, centuplicaba las rentas públicas facilitando a la vez el desenvolvimiento de todas las iniciativas. El estanco y el monopolio del tabaco habían caído para siempre después de haber labrado estupendas fortunas arrancadas al país y empobrecido al veguero. La riqueza pública se manifestaba por mil ingenios, más de dos mil cafetales, más de cien •plantaciones de cacao y algodón y más de 6,000 vegas de tabaco. La exportación de azúcar alcanzó en el segundo año de administra-

ción de Pinillos, la fabulosa suma de doscientos sesenta millones de reales. Este breve esbozo económico, que al parecer no guarda congruencia con el título y el carácter de este artículo, se encamina a demostrar que el país nadaba en la abundancia; pero entiéndase, el país, no unos cuantos especuladores en azúcar como ocurre hoy, en tanto el pueblo cubano, en masa, se muere de hambre.

Cada quitrín, tan parecido a la calesa andaluza que descubre su próximo parentesco, es como ya dijimos, un canasto de flores animadas. Las más lindas mujeres, sencillamente vestidas de linón, ñipe o batista, dominando en general el color blanco, dejan ver sus pies de almendra calzados con finos zapaticos blancos o negros, sujetos con galgas, por ambos lados, desde la parte próxima al enfranque. El vestido es sencillísimo, repetimos, aun cuando se trate de ricas herederas. La falda completamente lisa lleva por único adorno un delantero formado por dibujos caprichosos con cintas, puntas y lazos. El escote es recto, de hombro a hombro, dejando descubierto el busto como hoy se acostumbra en los bailes de gran etiqueta, singularmente en la corte.

El cuerpo del vestido es de la misma tela que la falda, de mangas excesivamente anchas, ajustadas al puño con un adorno idéntico al de todo el vestido, ahuecado por enagua muy almido-

nada o también de crinolina para que la falda presente pocos pliegues dándola una rigidez que recuerda el cuadro de las Meninas de Velázquez.

Muchachas y señoras de cierta edad llevan el peinado alto, recogido el pelo sobre la parte superior de la cabeza dejando descubiertos el cuello y las orejas donde cuelgan larguísimos pendientes. En torno de cada quitrín mariposean los jóvenes vistiendo pantalón y chaleco blancos, frac azul o negro y sombrero de copa alta. Todos llevan guantes, generalmente amarillos. La conversación domina en todos los grupos haciendo el gasto las últimas noticias de España, la comedia estrenada en el coliseo de la Alameda o el amago de los corsarios de Sud- América.

Un trozo de La Vestale de Pacini o La represaglia de Mercadante, óperas en boga entonces en los teatros madrileños, dirige la pública atención a la banda de Ñapóles, dejándose oir algunas palmadas de los inteligentes. El fervor de los * ' diletantti " se trueca en reogcijo picaresco cuando a tales melodías suceden el "Trípili" o El torero y la maja, insulsas tonadillas de moda.

Al dar las diez los carruajes van desfilando para detenerse a las puertas de las confiterías más acreditadas donde no hay mozos suficientes para servir a las damas, sin bajar del" quitrín, quesitos helados, charlotas rusas, sorbetes de todas clases y vasos de leche. La animación, el bullicio, el rumor de los grandes abanicos

siempre en movimiento dura hasta las once, hora en que la plaza va quedándose desierta y casi a obscuras. Pero aun flota durante unos momentos en el ambiente una nube de perfumes en que se mezclan el Patchoulí, el agua de la Vanda, el azahar y la Colonia, como una estela que han dejado tras de sí la elegancia y la belleza.

Ll bastón del Obispo.

Al Dr. Francisco Domínguez Roldán, Secretario de Instrucción Pública.

POR haber sido trasladado a la silla de Guatemala el bondadosísimo prelado de Cuba don Juan de las Cabezas Altamirano, conocido del lector a quien se lo presentamos en nuestros " Cuadros Viejos" como el obispo de las tres mitras, vino a ocupar su vacante el maestro fray Alonso Enríquez de Armendariz, quien por haberse bañado en el río de la Chorrera le dió su nombre, con la simple variante de tres letras.

Pertenecía a una de las casas más ilustres del antiguo reino de Navarra y por las señas era todo un navarro en la rectitud, en la honradez j en el genio avinagrado. Era de la orden de la Merced, comendador de su convento de Gra-

nada, había sido vicario general en el Perú y Provincial en Andalucía. Fundador de un seminario en Sevilla, gran latinista, gran teólogo, no pasó inadvertido entre los eclesiásticos más ilustres de su tiempo al punto de ser distinguido por el monarca, que era quien proponía a Roma, con la dignidad de obispo de Sidonia, in partíbus infidelium... Para los que no entiendan de latines aclararemos que esto quiere decir ' 'en país de infieles, ' ' o lo que es lo mismo, un obispo sin obispado. El obispo Armendariz fué electo y consagrado a mediados del año de 1610 y se presentó en la Habana a fines de ese mismo año.

Nunca prelado alguno en América llevó ia mitra con mayor dignidad. Opulento en virtudes, piadosísimo, caritativo hasta la santidad, Armendariz se atrajo la veneración del pueblo entero en muy pocos meses y más hizo su ejemplo por la regeneración del clero en Cuba, que estaba entonces por los suelos, que todos sus sucesores con los empeños de la severidad y el temor del castigo. Pero como no hay nada perfecto en el mundo y como según la máxima bíblica el más justo peca siete veces, nuestro santo prelado tenía un genio de mil demonios y no podía vivir en paz ni con su sombra. Celoso como una pantera, de las prerrogativas de su dignidad y de su jurisdicción, una cuestión de etiqueta, una bagatela bastaban para sacarlo de quicio y armar una camorra que ponía a la po-

blación y a las autoridades sobre un pie, como las grullas.

En los archivos &e conservan mamotretos enormes de aquella época, levantados sólo porque el obispo se había empeñado en que a él no había quien lo disminuyera. La paz era cosa incomprensible a su lado. No fueron las rentas de la mitra, casi insignificantes en aquellos tiempos, su preocupación. No era ambicioso, antes por el contrario, un pródigo para repartir entre los pobres cuanto entraba en la casa episcopal. Lo que lo sacaba de quicio era no tener, ya andando los meses, motivo para armar una pendencia sonada y al cabo lo encontró no sabemos por qué nadería, armando una gran quimera al gobernador general don Gaspar Ruiz de Pereda que era hombre excelente y ni por el pensamiento había perseguido el pelear con Armendariz- cuyo genio conocía de sobra. Pero el no desearlo no le valió. El obispo, que entonces era el primer personaje de la colonia, lo ex-comulgó juntamente con el Cabildo y los empleados públicos de la Habana, dejando sin sepultura en sagrado, durante muchos meses, a cuantos morían en la capital. Esta fué la primera hazaña del prelado y la más sonada porque la excomunión fué acompañada del apedreo de la casa de Pereda; escándalo monumental que por sí solo exigiría algunas páginas.

Un buen día se le avisó al obispo, que de am-

bulaba por las calles y no las mejores y por las tabernas de la ciudad, un padre cura desconocido qüe debía haber llegado con la última flota sin presentarse como era su obligación a visar sus licencias en el obispado. Teniendo en cuenta cómo las gastaba el obispo con el gobernador, no es preciso decir cuál sería su dulzura con el clérigo descarriado. En cuanto lo supo, mandó echar el guante al capellán forastero y horas después lo tenía delante como el reo que espera su sentencia. En latín y castellano echó al clérigo una filípica tremenda sin permitirle meter baza ni hacer, siquiera sus descargos, porque la cólera lo tenía fuera de sí.

Bueno es decir que el inculpado (porque realmente nuestro capellán nada había hecho de punible, como no fuera buscar de comer donde era milagro encontrar comida) tenía tan mal genio o peor que el obispo Armendariz. Al decirle éste, echando llamas por' los ojos:— A ver sus licencias, — el cura metió mano al bolsillo de la roida sotana y sacando un puñado de papeles se acercó a la mesa del prelado.

— Esta— dijo dando un puñetazo sobre ella con la misma mano que sujetaba el papel — es la licencia de decir misa... Esta — añadió con otro nuevo puñetazo aun más fuerte que el primero— es la licencia de confesar. . . Y ésta — concluyó haciendo temblar el escritorio con otro puñetazo furibundo — es la licencia de predicar. . .

Armendariz, que, lo diremos de nuevo, era navarro, se puso rojo, después blanco, después, creemos que azul", al presenciar la insolencia y el atrevimiento del irrespetuoso cura y echando mano al grueso bastón que tenía al lado, gritó levantándose de su sitial y cayéndole a palos al clérigo : — Y éste... el bastón con que el obispa castiga a los curas atrevidos y malcriados.

Y a estacazos, que no debían ser menudos, porque el obispo era corpulento y vigoroso, lo llevó hasta la puerta solfeándole las costillas. Véase por esto como no siempre un obispo reparte bendiciones.

La voz del pueblo.

Para mi viejo amigo y compañero José G. Veyra.

A los doscientos cincuenta y ocho años de su fundación fué echado abajo el Hospital de San Juan de Dios y su iglesia. Fué el primer establecimiento de ese género en Cuba ; sirvió noblemente en una época de gran penuria y también de gran desidia gubernamental cuando el soldado, el marino, el habitante de la Habana no tenían un lecho en que descansar, cuando caían enfermos; pero ya cumplida su misión o pasado de moda, se le quitó de en medio por inútil y no responder ni el sitio en que estaba enclavado ni la amplitud de ese asilo a las exigencias de la higiene.

Aun con todos sus simpáticos recuerdos, la desaparición del hospitalito no hubiera preocupado a la población. Había otros hospitales me-

jares y el necesitado nada perdía ; pero lo doloroso para el vecindario cristiano o mejor dicho, devoto, fué que con el hospital de San Juan de Dios desaparecía su iglesia, recinto en donde habían elevado sus preces cinco generaciones de habaneros y al que profesaban, sobre todo las mujeres, un entrañable cariño. Por esta causa cuando se dispuso la demolición, que fué en los últimos días de Marzo de 1870, un clamor general se alzó contra lo que el pueblo llamaba profanación y sacrilegio. Los comentarios que se hicieron con este motivo, fueron a todo extremo pintorescos. Unos decían que los profanadores no tardarían en recibir su castigo, otros que los dos ricachones de Aguiar, el de la esquina de San Juan de Dios y el de la esquina de Empedrado, que habían gestionado con todo calor aquella medida para dar mayor mérito a sus fincas, no disfrutarían mucho tiempo de su triunfo. Las beatas, que acostumbraban a ir alumbrando la procesión del Santo Entierro que salía de aquella iglesia, se lo encomendaban todo al Señor Crucificado. . .Ya verían lo que allí iba a pasar.

En el siglo XVII todo esto, nada tendría de insólito ; pero en el último tercio del siglo de las luces resultaba un tanto fuera de cuadro. Dicho de otro modo: los espíritus fuertes se echaron a reir de tales sandeces propias de gente ignorante y llena de preocupaciones y empe-

zando el mes de Abril del año ya citado, las cuadrillas de Obras Públicas del Ayuntamiento se presentaron en la hoy plazuela de Cervantes, disponiéndose a llevar a cabo su obra de destrucción anatematizada por todos los viejos feligreses de aquella iglesia.

Porque hemos de decir que el Hospital se hallaba hacía mucho tiempo clausurado, estando a cargo del señor don Manuel Pérez Delgado, empleado del Municipio, la custodia de los enseres del hospital de coléricos que había servido en la última invasión del terrible azote en 1868.

El padre don Ramón Amieva, canónigo, era el capellán de San Juan de Dios y el sacristán, nuestro viejo amigo José C. Veyra, que tiene a su cargo, hace mucho tiempo, la sección religiosa de "La Discusión". Con él hemos confirmado los datos históricos que poseemos acerca de estos hechos y él podrá desmentirnos si nos separamos de la verdad en nuestra narración.

La iglesia, que sus enemigos denunciaban ruinosa, era una fortaleza. Estaba construida con peñascos de la playa, (que en una época llegaba hasta más arriba de la calle de Cuba), y a poco tienen los demoledores que hacer uso de la dinamita. Era que estorbaba allí, no que pensara en caerse, como no hay miedo de que se caigan Belén, Santo Domingo, el Espíritu Santo que es de mediados del siglo XVII, y otros templos habaneros. No nos atrevemos a decir lo

mismo de los palacios de cemento armado que hoy se construyen. ¿ Dónde estarán dentro de un siglo ?

El primer caso insólito ocurrido en la demolición de San Juan de Dios, hizo palidecer a los incrédulos. El peón que dio el primer golpe de piqueta cayó muerto de repente. Una. casualidad, desde luego ; padecería de alguna lesión interna, pero es el caso que el pueblo, con la fé que no se finge, que se siente, pudo exclamar: ' 1 ¡ Justicia de Dios ! ' ' Sinceramente no acertamos a ver la justicia, porque aquel jornalero infeliz no tenía maldita culpa de una resolución de las autoridades.

Abierto el primer espacio de terreno, que correspondía casi exactamente al punto en que está la estatua de Cervantes, surgió un manantial de agua de tal potencia, que pasaba la altura de la torre de Santo Domingo. El agua lo invadió todo en pocos minutos, inundando el subterráneo de la iglesia y siendo preciso suspender los trabajos. Cerrar aquel magnífico hilo de agua que para un día de fiesta lo quisiéramos los que bebemos con asco la putrefacta agua de Vento, costó Dios y ayuda. Al fin se cegó el manantial y continuó el derrumbe. Desde la esquina contemplaba la obra el ricacho que más había trabajado por llevarla a cabo. A los pocos días murió. Su compañero, el otro rico de Empedrado, estaba completamente arruinado antes

de un año. No citamos nombres ni apellidos por un motivo de explicable discreción, pero pudiéramos hacerlo. Un canónigo que había mostrado cierto interés en que San Juan de Dios se fuera con la música a otra parte, con asombro de cuantos lo conocían, se dió al espiritismo y se volvió loco de remate. Ün mes después tomó el vapor correo para España porque los espíritus, según decía, no lo dejaban vivir.

Falta el único caso singular, la última casualidad, que se registró en la demolición de la vieja iglesia de San Juan de Dios. Como era natural, destruidos los altares, toda su madera para nada servía y fué vendida, como leña. La adquirió la popular panadería "La Caoba", que aun hoy existe en la calle de San Ignacio. Aquel día en que fué calentado el horno con la madera de los altares de San Juan de Dios, madera que aun conservaba el olor a incienso, se quedaron sin pan los numerosos marchantes de la favorecida tahona. Toda la hornada se quemó sin salvarse una sola galleta. Después de esto aun habrá quien ponga en duda que vox populi, vox Dei. . .

Un baile en "La Gerona".

Para Mariano Miguel, exquisito artista.

ALGO hemos dicho en uno de estos cuadros de tiempo viejo de la breve estancia en la Habana del príncipe Alexis de Rusia a principios de Marzo de 1872. Entre los agasajos de que en aquellos días fué objeto ese príncipe por parte de las autoridades de la colonia, figuró en primer término el magnífico baile ofrecido a bordo de la fragata de guerra española "Gerona", un bello buque, aunque ya viejo. Era el tipo más lindo y elegante del navio de vapor en su período de transición a los acorazados modernos. Mucho tiempo estuvo anclado en nuestra bahía, lo mismo que las fragatas "Zaragoza" y "Arapiles", que constituían el crucero español de las Antillas.

El 6 de Marzo de 1872 era esperado con verdadera impaciencia por la juventud rica y elegante de la Habana, pues para aquella noche

estaba dispuesto el gran baile ofrecido por la Marina española al heredero del monarca más poderoso de la tierra. Nuestros lectores no habrán olvidado que Alexis había llegado en una escuadrilla compuesta de la fragata "Bogatir" el cliper "Abrek" y la fragata "Swetlana" a bordo de la cual viajaba S. A. como teniente de la armada rusa y formando parte de su tripulación. El baile iba a darse a bordo de la "Gerona" cuyo barco había sufrido una maravillosa transformación, presentando el aspecto de una mansión de las Mil y Una Noches. Nadie al penetrar en el puente del navio español podría creer tal cosa. Vistosos candelabros y talladas arañas de crisales con cien y cien quemadores de vivísima luz, convertían la cubierta en un hermosísimo salón.

Alrededor de las bandas de la fragata se habían puesto muelles asientos de tapicería color grana, lo mismo que bajo el tablado de la orquesta levantado a la derecha del puente y revestido de verde ramaje y frescas flores, convirtiéndolo en un canastillo. Los escudos de todas las provincias españolas, peninsulares y ultramarinas, colocados entre dos palmas recortadas, adornaban los costados de la fragata entre elegantes pedestales que sostenían preciosos jarrones : en las portas de los cañones se habían colocado macetas llenas de olorosas flores.

Los palos de la fragata desaparecían bajo

colosales espejos, que los velaban completamente, reflejando en su pulida superficie aquel

mundo encantador de juventud y de belleza, de elegancia y distinción que no parecía pi-

sar la alfombra con sus inverosímiles pies. En el vasto salón que se extendía entre el puente y la popa levantábase una hermosa fuente lanzando los .chorros de agua sobre un estanque revestido de flores y plantas tropicales y a un aquarium artísticamente decorado. El techo o toldo de ese inmenso salón era de un efecto admirable. Bullones de gasa azul delineados sobre fondo blanco formando cuadros, en cuyos ángulos se destacaban estrellas doradas, lo convertían en un artesonado de gran belleza y originalidad. Completaban la decoración esbeltos arcos de iguales colores que unían los costados de la fragata con aquel techo colosal.

El alcázar de popa, al cual se subía por una gran escalinata alfombrada como todo el buque, había sido convertido en un saloncito ; lo que hoy se llama boudoir por exotismo y no porque nuestro hermoso idioma deje de poseer un vocablo propio para el caso. Aquel retrete se hallaba destinado al príncipe imperial. En el frente del alcázar se veían las armas de Rusia y de España enlazadas por las banderas de ambas naciones. La proa del barco servía de salón de fumar: un arco en forma de puerta- cuyos lados cubrían dos grandes espejos daba entrada a aquel departamento. El tocador de señoras, una verdadera maravilla de arte y de buen gusto, había sido instalado debajo del alcázar de popa. Desde el muelle el cua-

dro que ofrecía la fragata "Gerona", era fantástico y deslumbrador.

A las diez y media llegó el gran duque Alexis con su comitiva de brillantes uniformes. Su ayo y algunas personas más del séquito vestían de rigurosa etiqueta. La bahía presentaba' entonces un hermoso cuadro. La marinería de la "Zaragoza" y otros buques de la escuadra española ocupaba las vergas, encendidas por luces d'e bengala de diferentes colores, y lanzó los hurras ele ordenanza en honor del príncipe. Era éste un joven de elevada estatura, de noble continente, de maneras distinguidas, bellas facciones y amable trato. Un periódico ilustrado a la usanza de la época, es decir, al lápiz y la pluma, el "Juan Palomo", publicó un excelente retrato del gran duque. S. A. se dirigió al alcázar de popa y la orquesta tocó entonces la sinfonía escrita ad hoc por M. Lattin para aquella fiesta.

El rigodón oficial se bailó en esta forma : el príncipe Alexis con la condesa de Lombillo, el capitán general conde de Valmaseda, de ingrata memoria, con la señora de Soler y Espalter, magistrado de la Audiencia ; el comandante general del Apostadero, general Suances, con la señora de Romano, administrador de Loterías; el ayo de S. A. imperial con la señora Cárdenas de Pavía; el comandante de la "Swetlana" con la señora Goiry de Balboa, después conde-

sa de Casa-Balboa, y el comandante de la "Gerona", señor Méndez Casariego, con la señorita de Cantero.

El lujo, la belleza, la magnificencia en los trajes y el derroche de riqueza en las joyas parecieron producir una viva impresión en el príncipe, acostumbrado a la opulencia de una corte magnífica como la de Rusia. Discurrió largo rato entre la concurrencia, mostrándose admirado de tanta belleza y elegancia cómo tenía en derredor. Hablaba correctísimamente el francés y el inglés y algo el castellano ; lo suficiente para sostener una conversación superficial. A todos fué muy simpático aquel joven marino que habiendo nacido en las gradas del trono arrostraba gustoso, como los príncipes ingleses, la dura vida del mar y sus peligros.

Toda la noche se estuvieron sirviendo helados y dulces, y a la una y media de la madrugada se abrió el buffet, que fué magnífico. El príncipe, complacidísimo de aquel homenaje, se retiró a las cuatro, y el memorable baile terminó a las cinco, casi ya día abierto. El gran duque permaneció en la Habana haciendo vida de simple particular hasta el día doce en que partió con la escuadrilla rusa con destino al cabo de Hornos. Al zarpar la flota todas las tripulaciones de la escuadra española subidas a las vergas lanzaron los hurras de ordenanza y las baterías de la Habana hicieron el saludo.

Godas y pelonas.

Al Doctor Ulpiano Hierro.

K I 0 se asombre la bella lectora si le decimos, ' ^ bajo la fe de juramento, que en esta alegre y pacífica capital pudo un tiempo ha-, cer correr la sangre el peinado de las mujeres No sería la primera vez que una cuestión semejante diera margen a un motín y hasta a una revolución. El demonio anduvo suelto en Londres a principios del siglo pasado, cuando se le ocurrió a un fabricante inglés sacar a la calle el primer sombrero de copa alta que había brotado de su fantasía. Realmente aquel invento era digno de la horca si hubiera de ser juzgado por la estética y el buen gusto. Mucho más antes, estalló el famoso motín de Esquiladle, solo porque al buen ministro de Carlos III se le puso en la cresta que los madrileños habían de vestir como hombres de bien y no asemejándose a bandidos de la Calabria, con el embozo de la ca-

pa hasta los ojos y el chambergo calado a la borgoñona. La moda, que es a veces atrevida hasta la insolencia, no impone sus creaciones violentamente : sabe muy bien que la necedad y la estulticia humanas son bastante fuertes para propagarla. Por eso resultan verdaderas numoradas de la historia esas cruzadas que se realizan contra determinada costumbre en el vestido o en el peinado y dignas de ser recogidas por el cronista de vejeces.

Las criollas tuvieron a gala en todo tiempo manifestar la independencia de su opinión. Bien así como en 1868 para demostrar sus simpatías por la insurrección que acaudillaba Céspedes en los campos orientales, se dejaron el pelo suelto y adornado muchas veces con lazos azules, en 1807, para demostrar su admiración por los revolucionarios franceses y más próximamente aun, por los independientes de América, se pusieron de acuerdo para cortarse el pelo a la altura del hombro, distinguiéndose de las esposas y las hijas de los. españoles reaccionarios que gastaban, y de ello hacían ostentación, trenza o moño que entonces se llamaba castaña y que era de un tamaño extraordinario. Ya puestas las cosas en este plano en que no son necesarias las declaraciones políticas porque las ideas se exteriorizan, el sexo femenino de Cuba quedó dividido en dos campos cuando el masculino ni auu había soñado en hacerlo : las que llevaban el ca-

bello trenzado o en rueda se llamaron GODAS y las que lo llevaban cortado a la francesa PELONAS. La mujer, con razón se ha dicho, siempre se ha adelantado al hombre aun en aquellas cosas que envuelven peligro inmediato. Porque hemos de decir que entre godas y patonas se desató la guerra más implacable que había existido jamás en nuestras relaciones públicas y privadas. Sclo al mirarse mutuamente el tocado, ya sabía cada dama si tenía enfrente amiga o enemiga y después de reconocerse surgía la crítica y el epigrama y la sátira y muchas veces, én las clases menos cultas, la destrucción de un moño y el repasado de una cabellera.

La prensa gozaba entonces de una libertad que parecía enorme por lo mismo que siempre había estado amordazada y en favor de cada bando femenil, que no eran ambos en suma, sino dos perfectamente caracterizados bandos políticos, el de las criollas o pelonas y el de las españolas o godas, se rompieron las hostilidades con una fiereza tremebunda. A los dos bandos femeninos correspondieron en el acto los mantenedores masculinos de cada uno, representados por poetas de todas las categorías, dispuestos a romper lanzas por la moda o mejor dicho, por la idea que cada una de las dos modas encubría.

Un periódico español inició la campaña en serio y decía contestando a las humorrsticas alusiones de otro colega:

Las damas de Cartago presurosas,

-por defender la patria del romano,

se cortaron el pelo generosas,

como lo preconiza EL DUENDE insana, *

pero cual esparciatas generosas las de este belicoso pueblo havano, soldados en sus hijos por defensa ofrecen a la patria, no su trenza...

Calentada ya en masa, toda la prensa habane^ ra tomó parte en aquella lucha que alcanzó momentos de gran exaltación, contribuyendo a mantener el fuego entre los dos bandos, las muchachas que en fiestas y paseos hacían alarde mudo de sus ideas, con la simple exposición del peinado. De la defensa de éste, pasó al insulto mal encubierto. Un diario publicaba la siguiente banderilla:

Luego será cosa llana

que pelarnos nos conviene,

pues la dama que hoy mantiene

su tasajo o su peluca,

algún viejo la machuca

o algún simple la entretiene.

Siguieron casi durante un año entero diciéndose perrerías los enemigos de la'rosca o moña y los contrarios de la moda francesa que eran acusados de simpatizar con los herejes que vo-

* "El Duende", era uti colega contricaute.

taron la inicua muerte de Luis XVI y ya en este resbaladizo terreno puede suponerse en lo que vendría a degenerar la polémica. Por fortuna, lo que había hecho una moda lo deshizo otra. La de llevar corto el cabello vivió poco, duró lo que las rosas del poeta. La mujer necesita de adornos y por esta causa racional volvió a reinar la paz en la Habana con los nuevos peinados que la misma Francia enviaba periódicamente.

Desaparecieron por lo tanto aquellos bandos de godas y pelonías pero no las ideas que les habían dado vida y que se mantuvieron latentes buscando siempre una ocasión propicia para manifestarse.

^í*5í^¡^íI?^^^ííí^«lt^^^»^^ 5^ 5^ 5^ -t^ 5^

Un baile de trajes en Palacio.

Al eminente artista R. Lillo, con cuyas obras se engalana este libro.

ON este asunto, el autor se siente tentado a escribir una crónica de salones al gusto de nuestra época. ¡ Qué bello motivo ! ¡ Qué encantadora impresión para aquellas damas cubanas que, por misericordia del cielo, alcanzaron nuestros días, tal vez* para poder establecer una comparación entre aquellos tiempos magníficos y los actuales, llenos de mezquindad y de tacañería. Nuestro pasado ! . . . . Quién se acuerda de él como no sea para tronar contra su oscurantismo, sus preocupaciones y sus ridiculas costumbres. Y lo más gracioso del caso es que ios que hacen esa crítica no saben una palabra de lo que fueron aquellos tiempos llenos de grandeza en que ningún mentecato salía de la oscuri-

dad y los que dirigían la cosa pública iban a los puestos a gastar dinero y no a robárselo al pueblo con o ahora ocurre. Entonces no se conocía el buche, ese producto híbrido de ganapán y abridor de puertas, que ha adquirido entre nosotros la importancia de una institución y antaño no hubiera salido de la modesta clase de lim piabotas.

¡ Cualquiera imagina hoy lo que sería hace sesenta años un baile de trajes en el palacio d<s la Plaza de Armas! Pero.... no adelantemos los sucesos.

O'Donnell vino a empapar de sangre esta tie rra en 1843. No tenía aun cuarenta y dos años ; era una arrogante figura con perfil sajón y no latino; teniente general de los reales ejércitos, conde de Lucena, hombre de gran cultura. . . . todo, menos un corazón para sentir ajenos dolores. En la Roma de los Césares hubiera sido un Tiberio o un Calígula. De su mando ya hemos dicho mucho en otros artículos, para que consideremos necesario hablar de Plácido ni del proceso de la escalera. Su recuerdo es rojo para los cubanos pero... creemos que aun queda por ahí una calle o un paseo que perpetúe su nombre.

Su esposa era una gran dama madrileña o andaluza. Había oído hablar de la fastuosa opulencia de Cuba y no dejó de sorprenderla que las cubanas vistieran tan modestamente como vestían de vaporosas telas, de blanco general-

mente y lo mismo a pie que en sus quitrines mostraran una casi completa indiferencia por las joyas valiosas.

Esta impresión genuinamente femenina no tardó en exteriorizarla la generala con su natural gracejo, diciendo que no en balde rezaba un refrán que de dinero y calidad la mitad de mitad. O, lo que es lo mismo, que no era tan fiero el león como la gente lo pintaba y que en cualquiera capital española lucían mucha mayor riqueza las mujeres que en la opulenta Isla de Cuba.

No sabemos con qué motivo, seguramente con el de los días de Isabel II, el general ofreció en palacio un baile de trajes a lo más distinguido de la sociedad cubana. Las fiestas palatinas siempre tuvieron en los tiempos de la colonia un sello de gran distinción, porque entonces no se había improvisado aun cierto elemento nacido de los saltos de la fortuna y algunas veces de la despreocupación moral'. Las grandes casas cubanas podían contarse por los dedos; eran bien conocidas y estaban abroqueladas contra la invasión aventurera. O'Donnell no tuvo necesidad de escoger porque algún noble de los más allegados a palacio lo impuso de quienes por su limpieza de sangre, sus títulos y su fortuna estaban en condiciones de recibir la invitación.

Maravilloso fué aquel baile del cual se habló en la Habana no días ni meses, sino años. La

sociedad habanera, mejor dicho, las nobles damas habaneras cogieron aquel baile por los cabellos para dar a la esposa de O'Donnell la más dura lección que podía dársele. Como a las diez empezaron a ascender las marmóreas escaleras de palacio, haciendo su aparición en la sala del tronó, las más bellas, las más linajudas y las más ricas mujeres de la capital vistiendo caprichoSos y elegantísimos trajes; pero ¡qué trajes, dioses inmortales! Parecía aquello el fantástico baile de la Cenicienta. Diana, la Noche, la Aurora, sultanas, odaliscas, diosas mitológicas, hembras de todos los países del mundo ... Y sobre ellas parecían haber derramado los genios toda la ri queza oculta en sus misteriosas cavernas ....

La condesa de Fernandina llevaba sobre el cabello, marco admirable de su prodigiosa belleza, más de sesenta mil pesos en pedrería; la señora Hilaria Font de Aldama, representando la Noche, vestía de terciopelo negro adornado con gruesos brillantes tasados en ciento cincuenta mil pesos; la señora Jenckes de Torices, que no hace mucho tiempo bajó a la tumba, lucía una diadema de plata y brillantes por valor de cincuenta mil pesos .... ¿A qué seguir enumerando si no habíamos quedado en hacer una crónica al gusto del día ? Todas las más bellas criaturas pertenecientes a las más esclarecidas familias habaneras, criollas reyoyas, las de Torices, Ovando, Armas y Ojeda, Juara y Soler, marqueses de

Real Campiña, Estévez, Villalba, Almendares y Prado Ameno, Cárdenas y Manzano, Montalvo y O'Farrill, O'Farrill y Arredondo, Zambrana, etc., etc., habíanse conjurado para abrumar con su lujo y su ostentación a la generala que, según se cuenta, no pudo hacer los honores de la fiesta por haberle atacado una indisposición repentina. Nunca había visto derroche tal de riqueza; pero tampoco lo veremos nosotros.

Aquello se fué para no volver.

De como una cubana fué reina de España.

A mi ilustrada y distinguida amiga Mañanita Ch. de Morales

CL reciente fallecimiento de la ilustre duquesa de la Torre, viuda del general Serrano y Domínguez, procer español que, siquiera momentáneamente fuese, ocupó el trono como regente del reino, trae a la memoria el recuerdo ae la bellísima trinitaria que compartió con ese príncipe de la milicia, la popularidad, la gloria, la riqueza y el homenaje prestado eternamente por la vil adulación humana al que ha encumbrado la fortuna. De esa dama, ilustre por todos conceptos, hasta por haber sido blanco de los más infames tiros por parte de los rojos de Alcolea y haber figurado en verdaderas novelas de difamación en todo parecidas a las que arrastraron por el fango el nom-

bre de María Antonieta y de Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, vamos a recoger en esta página algunas noticias que no se han publicado y es casi seguro que no se publiquen en lo adelante, porque son cosas de Cuba de las que en casa se dan al olvido y fuera de nuestro patio maldito a quien interesan.

El levantamiento de Vicálvaro había llevado a la presidencia del gabinete español a don Leopoldo O'Donnell, quien designó para el mando Ae esta isla, disputado con dientes y uñas por una cáfila de militarotes, a su amigo y correligionario el teniente general don Francisco Serrano, Cuenca, Guevara y Domínguez, conde de San Antonio. Véase lo que son los caprichos del acaso: el hombre más sanguinario y feroz para los cubanos les envió el gobernante más benigno, tolerante, moral y celoso de cuantos llenan el catálogo de los virreyes de Cuba en el pasado siglo .

Serrano acababa de ocupar la embajada de París, y realmente, de no formar parte del gabinete, (y O'Donnell tenía muy buenos motivos para no desearlo), no había para él en la combinación política otro puesto que el asignado. Llegó a nuestras playas el 24 de Noviembre de 1859, acompañado de un cortejo tan numeroso como engolosinado con las promesas de una zafra burocrática suculenta, en lo cual se llevó un gran desengaño, porque nuestro amigo don

José de la Concha dejaba el presupuesto, mejor dicho, el tesoro de Cuba a plan barrido, como dicen los marinos, además de que Serrano fué' en este punto una persona decente y menospreció el dinero, prefiriendo dejar aquí un honrado recuerdo de su gobierno.

El grupo intransigente, partidario resucite del como va, siga, en cuanto descubrió los derroteros políticos de Serrano, se dispuso a dar contra-candela y se constituyó en camarilla para informar al gobierno de España que Serrano ponía en peligro la integridad del territorio. Téngase en cuenta que hasta entonces el nuevo gobernante no había hecho nada susceptible de despertar la alarma, si bien, en cumplimiento de las indicaciones de O 'Donnell que se debía al programa de la sublevación que lo llevara al poder, iba a concederse a Cuba y Puerto Rico la representación en Cortes. Pero no era el pensamiento político de Serrano el que ponía sobre aviso a los integristas, sino el hecho insólito y vitando de que los criollos entraban en palacio. En efecto, el inteligente gobernante desde que desembarcó puso en práctica una política de atracción, que es más propio calificar de justa, puesto que la persona que gobierna peca de estúpida o de malvada, si no oye más que una sola voz y no da satisfacción más que a las aspiraciones de una clase. El fallecimiento de don José de la Luz, cuyo entierro decretado de oficio por Serra-

no, fué el más solemne y suntuoso que se recuerda en este país, puso fuego a la pólvora, y contra el gobernante que distinguía a un criollo tildado de desafecto a España, cuando era mucho más desafecto a la ignorancia española, desataron como un día todos los odios que azotaron a Pezuela sólo por no ser amigo de los esclavistas y por haber escrito en uno de sus decretos : los niños de color... en vez de decir los negritos. De estas cosas se componía la política antillana y con estas nube-cillas iba formándose la tremenda tempestad que había de descargar sobre esta tierra pocos años después.

En el mismo mes de noviembre de su llegada, Serrano dió con su esposa la bella condesa de San Antonio, un viaje a Trinidad, viaje que fué un continuado triunfo. Llevaba consigo hasta poeta de cámara, la Avellaneda, que había venido con el general de España, ya casada con el coronel Verdugo, su segundo esposo. La familia de Antoñica Domínguez y Borrell era una de las más opulentas de Trinidad. Opulenta tenía que serlo para que pudiera alojar ostentosamente, como lo hizo, al general Serrano y su pequeña corte. Los Iznaga, los Cantero *y los Borrell, puede decirse que se repartían el feracísimo valle de Trinidad. El semblante de aquella época guarda muhco parecido con el actual. La riqueza azucarera había alcanzado unas proporciones no vistas, el oro corría a torrentes... entre las manos

de los hacendados, pero el pueblo cubano establecido a orillas de ese Pactólo, se moría de hambre. Por ese mismo camino vamos.

En casa de don Pablo Borrell, abuelo de la condesa, se dispuso alojamiento verdaderamente regio para los ilustres huéspedes, acumulando en su honor todas las ostentaciones, toda la abundancia magnífica de las viejas casas criollas donde el oro no servía para bestializar a su poseedor sino para enaltecerlo y honrarlo. Flores, pájaros, plantas raras, servidumbre numerosa en la que figuraba un gineceo de bellísimas muchachas de color de canela, de todo se hizo allí derroche, produciendo en el general algo así como un deslumbramiento y llenando de gozo a su bella mitad, que se sentía orgullosa de aquel entusiasmo desplegado por su familia en obsequio de su marido. No es decir esto que vamos a decir que Serrano se inclinara del lado del país por tales homenajes, pero sí se mostró hondamente agradecido a los que vinieron después llevados a cabo por lo más escogido de la sociedad trinitaria, con exclusión del comercio, que era entonces muy pobre para meterse en tales gastos. En cambio, la prensa de la Habana, poniendo todo el veneno en la punta de la pluma, tituló aquellos obsequios de fiestas criollas, para señalar la ausencia en ellas de ios elementos integristas. No hacía falta más -para que la camarilla trasmitiera a la Corte informes negros

acerca del peligro que corrían las instituciones, sobre todo la trata del negro, con un gobernante tan aplatanado.

Trinidad figuraba entonces honrosamente entre las ciudades más ricas de Cuba, aun cuando la riqueza fuera exclusivamente azucarera, porque como hemos dicho ya, el comercio era insignificante ; el hacendado lo era todo. También éste se distinguía por sus iniciativas. En el valle funcionaron los primeros trenes de Derosne, que produjeron una revolución en la industria. El señor Borrell, abuelo de la condesa, introdujo en el país el algarrobo y en el valle también, se. instaló, por don Luis Brunet, la primera desgranadora de algodón, cultivo que ha desaparecido de Cuba como el del añil, el del cacao, el del café, para convertir esta tierra en un inmenso cañaveral, donde los cubanos serán siervos trabajando para su señor. Es una resurrección del feudalismo de los tiempos de Velázquez y de Vasco Porcallo.

De vuelta a la Habana, la condesa de San Antonio, que hizo lo que pudo en bien de su tierra y no hizo más porque el tesoro estaba agotado por el marqués de la Habana; inauguró la Escuela de Párvulos en la casa de Beneficencia j prestó su calor y dió su dinero para cuantas instituciones de caridad se llevaron a cabo. Era tan bella como viva de genio y amable, al punto do que durante el mando de su esposo jamás estu-

vieron cerradas las puertas de palacio, aún para los seres más miserables que llamaban a ellas.

Serrano cesó en el mando, sin dejar tras de sí ni sangre ni lágrimas, el 10 de Diciembre de 1862. Cuando habló en el Congreso, pronunció aquella frase memorable que ha merecido el anatema del integrísmo: "Si la suerte de los cubanos no se mejora, tendrán razón para sublevarse''.

La carrera política de Serrano es muy conocida. Después de la revolución de Septiembre alcanzó el puesto más alto que tuvo un militar español : fué Regente del reino con tratamiento de Alteza. Por esta circunstancia bien puede decirse, como ha dicho con mucha razón nuestro estimado colega '¿E1 Mundo", que una cubana fué casi reina de España. Y sin casi también, decimos nosotros. Vivió en plena corte y tuvo a sus pies a muchos, tal vez, de los que después la difamaron.

Ll Exce Homo de Santiago.

Al coronel Celestino Baizán, Gobernador Provincial de la Habana.

E"L 11 de febrero de 1678, entre nueve y diez ■■— de la mañana un formidable terremoto, que el pueblo bautizó con el nombre de el temblor grande, sacudió la ciudad de Santiago y su territorio en muchas leguas a la redonda. Repetidas las oscilaciones durante un período de media hora no quedó allí piedra sobre piedra como se dice vulgarmente ; pero por la misericordia de Dios, un cataclismo que debió hacer las víctimas por centenares, sólo produjo la muerte de una mujer, la devota María Ochoa que se hallaba en oración ante el altar del Ecce-Homo, en su capilla de la Catedral derrumbada enteramente en la primera conmoción del suelo.

Como se ha registrado durante la terrible guerra de que es teatro Europa, en algunos de cu-

yos bombardeos los proyectiles enormes que hacen polvo una fortaleza, respetaron un crucifijo o una imagen de la Virgen María en medio de las ruinas completas del templo, el terremoto de Santiago que derrumbó la Catedral, dejó intacto el Ecce-Homo en su retablo, circunstancia que fué atribuida por la fe sencilla del pueblo, a influencia divina. Los fenómenos, maravillosos tienen el don de impresionar más hondamente que los más brillantes razonamientos. Los temblores continuaron con mayor o menor intensidad durante un mes y huelga decir que este azote, considerado aun en épocas más recientes como un castigo providencial de nuestras faltas, exaltó la devoción del pueblo de Santiago en honor del Ecce-Homo, a cuya protección se encomendaba el religioso vecindario en aquellos días de prueba.

Aun se encontraba el pueblo de Santiago bajo la impresión del terremoto, pues estas convulsiones terrestres tienen el triste privilegio de infundir, ya pasadas, el secreto temor de que se repitan con mayor violencia, cuando otro inesperado peligro vino a amenazar a la población. Fué éste una invasión filibustera. Nos explicaremos. España hallábase entonces en paz con todas las potencias ; pero en el desdichadísimo reinado de Carlos II el Hechizado, ocurría un caso muy singular: que estando España en paz, sus colonias eran atacadas constantemente por franceses, in-

gleses y holandeses apoderados de ciertos puntos estratégicos en el mar de las Antillas, desde los cuales destacaban sus flotas para hacer el corso o para invadir territorios que más tarde aparecían como posesiones adquiridas en guerra por esas potencias. De manera que aunque España se hallase en paz con todo el mundo, perpetuamenté estaba en guerra con una potencia que no por no. hallarse reconocida, dejaba de figurar y hacer ruido constantemente. Esta potencia era el filibusterismo.

Protegido por Francia, mandaba entonces los filibusteros de las Antillas ML de Pouancey, quien gobernaba el Guarico, teniendo por segundo al bien conocido pirata Pierre de Franquesnay, que años después había de sustituir en el gobierno de la parte francesa de Santo Domingo a Pouancey, dirigiendo una expedición contra Guayaquil que tomó con mil hombres y más tarde en Sabana Real murió combatiendo al lado del valiente M. de Coussi. Franquesnay fué el llamado a dirigir el ataque contra Santiago, al frente de ochocientos desalmados de todas las naciones, gente resuelta y de alma atravesada, a quienes desembarcó en Turagua Grande, por la caleta que ahora se llama de Justicia.

Basta para formar juicio de cómo estaban guardadas nuestras costas (que era impotente para recorrer la famosa armada de Barlovento) con decir que en aquel paraje del litoral el vigía

era un loco conocidísimo en Santiago y que &e llamaba Juan Perdomo. Cuando desembarcaron los piratas de sus barcos longos, que eran unas piraguas a propósito para navegar entre cayos, razón por la cual la célebre armada de Barlovento jamás podía dar con ellos y si daba, se le huían entre las manos, el mozo trastornado en funciones de vigía, dormía a pierna suelta en un miserable bohío plantado cerca de la costa.

Los filibusteros, con las finas maneras que pueden suponerse en tales gentes, despertaron a Perdomo, lo maniataron y echándolo por delante, le obligaron, con amenazas de muerte, a conducirlos porel caminode Santiago. Fortuna grande fué para los santiagueros que no condujera un camino a aquella vieja ciudad sino un dédalo de estrechas veredas, una de las cuales cogió el loco a vanguardia de los invasores, temblando de miedo a la vez que encomendándose de todo corazón al milagroso Ecce-Howio que tantas veces había dispensado su protección a su pueblo. Esto ocurría en los últimos días de agosto del año del ten Mor grande, es decir en 1678.

Una luna magnífica alumbraba el sendero y los franceses marchaban con gran confianza y seguridad, persuadidos de que mucho antes del amanecer se hallarían en la ciudad de Velázquez haciendo su botín. Pero según iban avanzando, el sendero iba internándose en monte, la

luz de la luna velada por los espesos maniguales, no alumbraba ya su marcha, y por último, poco después la senda se bifurcaba, ofreciendo a su elección dos caminos. El loco, desorientado o malicioso, se mostró indeciso, los filibustero* sospechosos y Franquesnay, en la duda, tomó el partido peor que podía tomar : dividir su fuerza en dos columnas para que cada una marchase por un sendero. Con el jefe de los filibusteros y siempre a vanguardia, continuó Perdomo, mucho más lleno de miedo que al principio de la jornada, tal vez por presentir que ésta iba a tener un fin desastroso.

Casi en plena oscuridad por lo impenetrable del monte, llevando un convoy de municiones y pertrechos, marchaban los filibusteros cuando Franquesnay, todo lo despierto que debe ir en tales circunstancias un jefe, sintió cerca el tropel de gente armaday dióel alto a su chusma, disponiéndola para el combate. El loco Perdomo que no debía ser tan loco cuando supo aprovechar la ocasión, viendo a los invasores en sobresalto, se escurrió en las sombras y se introdujo en el hueco de un árbol desde donde empezó a dar gritos desesperados que pusieron en mayor cuidado a Franquesnay, quien entendió que provenían de la tropa que se acercaba.

— ¡Cómo el Ecce Homo !... ¡ Atado como ei Ecce-Homo ! — gritaba el loco desaforadamente, escondido en el hueco que sin duda de ante-

mano conocía, porque no de otro modo se concibe que en la oscuridad hubiera encontrado tan salvador agujeró.

Los invasores no esperaron a que el diluvio se les viniera encima y rompieron el fuego de mosquetería sobre la tropa, la otra columna que había hecho marchar Franquesnay por el segundo sendero. Como puede presumir el lector, las dos veredas al cabo de larga jornada, volvían a unirse y queda explicado cómo la columna del jefe entabló combate con su propia gente, en cuyas filas hizo un verdadero destrozo de muertos y heridos. Cuando vino a descifrar el geroglífieo Franquesnay, ya no se hallaba en situación de llevar el ataque contra Santiago y resolvió reembarcarse abandonando su tren de guerra y sus muertos y llevándose con gran trabajo los heridos de ambas partes beligerantes. Estos casos son muy frecuentes en los ataques nocturnos y la historia de las dos guerras de independencia, registra algunos parecidos.

El loco Perdomo, gozoso sin duda de la mala partida que había jugado a los filibusteros, salió a escape para Santiago, donde penetró lanzado los consabidos gritos de: ¡Cómo el Ecce Homo ! . . . ¡ Atado como el Ecce Homo ! . . . y, en efecto, llegó allí con las manos atadas yendo a postrarse ante el milagroso Ecce-Homo de la derruida capilla, de la Catedral, seguido de una multitud de vecinos que habían tendo ya noti-

cias de la invasión y que con Per domo, aceptaban rotundamente que sólo a la misericordia divina debían el haberse salvado de tan grave peligro.

En acción de gracias por tal beneficio el Cabildo de Santiago instituyó la festividad del EcceHomo que desde entonces se celebra el último miércoles de cada año.

Tres días de jolgorio.

Para mi estimado amigo el

Dr. Patricio de la Torre.

C"L capitán general don Francisco Cagigal de la Vega, que gobernó a Cuba de 1747 a 1760, uno de los mandos más prolongados que se registran en nuestra vida colonial, hizo levantar un pilar en el sitio en que se alza el Templete de la Plaza de Armas, para recordar el punto en que, según tradición, se celebró en 1519 la primera misa. Alrededor de ese pequeño monumento se sembraron tres seibas traídas por el capitán don Andrés Acosta, de la estancia de María Ayala, distante legua y media de la ciudad.

Andando el tiempo, ya bajo el mando duro, pero blando (aunque esto parezca a primera vista un contrasentido) de don Francisco Dionisio Vives,, el pobre padrón levantado por Cagigal había casi desaparecido y no porque lo hubiese derribado un huracán devastador sino porque en

torno de aquel monumento se habían ido levantando numerosas barracas que constituían el mercado de la Plaza de Armas, uno de los más concurridos de la época..

Sin duda desde los balcones de palacio vio con dolor el general Vives aquella profanación, ( que profanación es todo lo que trate de borrar atrevidamente un recuerdo histórico o patriótico) y se propuso corregirla perpetuando el recuerdo alzado por Cagigal pero dándole mayor grandeza. Al efecto llamó a consulta al coronel habanero don Antonio María de la Torre y Cárdenas, secretario del gobierno e ingeniero distinguido -encomendándole un proyecto de monumento que es el actual y que mereció el aplauso de Vives.

"En 1827 se colocó la primera piedra y las obras se llevaron a cabo con bastante rapidez, pues no era solo trabajo de construcción sino también de ornamentación y pintura, dándose por terminadas en Marzo de 1828, según se desprende de la siguiente inscripción que se ve en el tímpano del Templete :

"Reinando ál Señor Don Femando VII, siendo Presidente y Gobernador Don Francisco Dionisio Vives, la Fidelísima Habana religiosa y pacifica erigió este sencillo monumento decorando el sitio donde el año de 1519, se celebró la primera Misa y Cabildo : el Obispo Don Juan José. Díaz de Espada solemnizó el mismo augusto sa-

orificio el día 19 d& Marzo de mil ochocientos veinte y ocho"..

Para una ciudad como la de la Habana donde solo se turbaba la quietud por la guerra o por la proclamación de un monarca, la inauguración del Templete no podía pasar inadvertida. El general Vives con los recursos de que podía disponer, decretó en celebración de aquel suceso tres días de fiesta en toda la ciudad ; pero desde luego en la plaza de Armas como centro del movimiento y de los elementos oficiales. Todo el perímetro de ésta, que se diferenciaba bastante de la actual, pues los jardines sufrieron una completa transformación y en lugar de la estatua de Fernando VII existía una fuente de piedra, fué adornado al gusto de entonces : balcones y ventanas con ricos cortinajes de damasco rojo y las fachadas de los principales edificios con caprichosas iluminaciones de vasitos de colores con mariposas de aceite. No tenía esta iluminación la brillantez del gas, desde luego, ni mucho menos la de la luz eléctrica; pero en noches serenas, nosotros que alcanzamos aun estos medios de decorado y adorno, podemos decir que resultaba bellísima.

El palacio estaba igualmente decorado y empa* vesado, luciendo entre los dos balcones centrales un dosel en el cual descansaban los retratos del rey narizotas y de la reina María Amalia.

El centro de la plaza era a la vez que un jardín un salón por donde discurrían las damas

habaneras y en el frente que da al Templete se había levantado un estrado para las autoridades y cuerpo consular.

El día 18 de Marzo de 1828, como ya hemos indicado, se efectuó la inauguración y bendición del monumento celebrando la misa revestido de pontifical el ilustre obispo Espada, tan entusiasta por el adelanto de la Habana y tan unido a Vives siempre que se trataba de oin progreso. Después de la misa pronunció un bello sermón en presencia del Capitán General, dél Superintendente, del general de Marina Almirante Laborde y demás altos funcio^ narios coloniales. De los tres cuadros que encierra el Templete, uno pintado por Verniay reproduce esa ceremonia y a tal extremo de exactitud, personas y trajes, que hoy la tal pintura, (amenazada de destrucción) es un verdadero y valioso documento histórico.

Desde ese día dieron principio las fiestas que mantuvieron en alegre jolgorio aj los habaneros hasta el último de mes. En torno de la Plaza se habían instalado puestos de bebidas, frutas, refrescos, frucanga, zambumbia, bollos, dulces, etc., etc., y los establecimientos de los alrededores se hallaban colmados de público. Dos bandas de música se relevaban en el patio de la Fuerza Vieja para mantener la popular animación con sus alegres sones y la oficialidad del Fijo de la Habana y los Dragones de Amé-

rica daban una nota de color brillante con sus uniformes a aquella multitud de paseantes en que dominaban los vestidos blancos y los fraques verdes.

Al día siguiente se efectuó la segunda ascención aerostática en Cuba, pues la primera se había realizado en 1796. Ya porque Vives lo hubiera traído de New Orleans, ya porque el olor de la ganancia lo atrajera, lo cierto es que se apareció en la Habana duran e las fiestas el aeronauta Robertson, bastante conocido en Europa por sus atrevidos vuelos. El globo partió de la Plaza de Toros en las primeras horas de la tarde y fué a descender a Nazareno, en el potrero del capellán de San Ambrosio don Juan N. Díaz. La función fué para el francés suculenta, pues entre subvención oficial y entradas a ía plaza le produjo el espectáculo la no despreciable suma de quince mil pesos. Cualquiera se expone a romperse a cabeza con la perspectiva halagadora de salir rico del lance. Pero entonces todo se hacía en grande.

¿Y qué diremos de lujo? En las funciones teatrales de aquellos días y en los bailes de palacio, particulares y públicos se derrochó una fortuna. En flores, joyas, banquetes, ostentación y alegría el dinero corrió como un río desbordado y la Habana pareció presa de la locura durante dichas fiestas. Laborde las hizo extensivas a la escuadra surta en puerto y que desean-

saba de las fatigas del constante crucero contra los corsarios de Venezuela, ofreciendo un baile a bordo de uno de los navios, donde lá elegancia y la belleza de las habaneras elevó su pabellón hasta lo más alto del tope. De otras diversiones menos lícitas no hablemos. Hubo para todos los gustos porque si bien Vives : fué honradísimo gobernante, para los fines de su especial sistema de gobierno prestó gran atención a estas tres bases infalibles de la política colonial: baile, baraja y botella. Pueblo que se divierte no conspira. Fué lo que se llamó el gobierno de las tres bes.

De seis a doce.

Al Dr. José Eamón Villaverde, director de ' ' Cuba ' \

QUE son ochenta o cien años en la vida del planeta? Menos que un segundo en la vida del hombre, y sin embargo, ¡ qué de cambios experimenta una ciudad en tan corto tiempo ! Menos de la mitad ha transcurrido desde que éramos jóvenes y nos cuesta trabajo reconocer loe lugares en que discurrió nuestra alegre juventud. Donde existía una alameda se alza hoy un teatro, donde había una plaza hay un hotel . . . todo ha sido transformado por la mano invisible, pero lentamente innovadora del tiempo. Y esta revolución en el escenario de nuestra vida se ha hecho extensiva a las costumbres, causándonos admiración la facilidad con que nuestro pueblo se ha adaptado en menos de medio siglo a una vida completamente distinta a la pasada. La Habana, que a mediados del siglo pasado te-

nía un semblante original, sui generas, que no podía confundirse con el de ninguna ciudad de América, ha perdido rápidamente esa característica y solamente el viajero, el que por primera vez pka este suelo, echa de ver algunas singularidades que más están en nuestro carácter, en nuestro modo de ser, que en nuestras costumbres, similares ya, por no decir idénticas, a las de todas las capitales del viejo y del nuevo mundo. Resucitar nuestro pasado es, por lo tanto, algo pintoresco, bien así como una cinta exótica que al deslizarse en el aparato cinematográfico nos produce una sensación de sorpresa. Algunas veces, recorriendo ese pasado, que es desconocido para esta generación y muy poco familiar para la pasada, porque las actividades del presente monopolizan la atención de todos y maldito lo que se piensa en viajes retrospectivos, sospechamos que habrá quien suponga que hacemos novela y no historia, siendo así que en nuestras páginas de la vida antigua no hemos hecho nunca más que copiar fielmente algunos cuadros viejos, limpiándolos de polvo y telarañas. Si no fuera así, la obra del cronista resultaría hasta un delito, porque no hay derecho para calumniar a los que fueron, a título de contar su vida y milagros.

Recorriendo hoy las arterias principales de nuestra urbe, salta a la vista ante todo, el sal-

to mortal que ha dado la mujer cubana de ochenta años a esta parte. ¡A cualquier hora las damas habaneras se echaban a la calle paira recorrer establecimientos destrozándose loe menudos pies en el infernal pavimento o ensuciando de lodo sus breves zapaticos de raso los días de lluvia ! En vano clamaba la prensa por boca de algunos que habían corrido mundo, excitando a sus compatriotas del bello sexo a que abandonaran el carruaje e hicieran higiénico ejercicio. Ni aun en los paseos, ni aun en la retreta. El Nuevo Prado, que fué para la Habana una revelación, que venía a reproducir en pleno trópico, aunque en dimensiones reducidas, el Bosque de París y el Prado de Madrid, no pudo jactarse en largos años de que los pies de las habaneras pisasen sus enarenadas avenidas. Las mujeres más bellas y distinguidas acudían al paseo o a la retreta a ver y ser vistas; pero sin abandonar su quitrín, aquel precioso canastillo en que lucían como flores y que se diferenciaba del automóvil lo mismo que se diferencia una mariposa de un elefante. Encerradas como en tiempo de Roma las habaneras en sus casas servidas por numerosas criadas, sin tener necesidad de levantarse del sillón para coger un periódico, fueron educadas en la dulce molicie que daba a su persona un sello incopiable, imposible de hallar en ningún otro pueblo de

la tierra, ni aun en Oriente. La guerra, como un terremoto, conmovió esta sociedad en sus raíces y entonces cambió el aspecto de la mujer cubana, que arrostró valerosamente todos los sacrificios, como queriendo compartir con el hombre peligros y responsabilidades. Desde ahí empieza a notarse el cambio en nuestras costumbres. La emigración contribuyó a acentuarlo y puede decirse que al empezar el presente siglo nuestro escenario social habíase transformado radicalmente.

Cuando los que hoy somos viejos éramos niños, no se veía una dama por las calles como no fuera en su volanta. Obispo y Muralla, que monopolizaban la atención femenil en materia de vestidos, joyas, etc., etc., llenábanse desde las seis de la tarde en verano, y desde las cuatro en invierno, de una multitud de, quitrines que hacían cordón ante los establecimientos más en boga. Los dependientes despachaban al lado del carruaje, iban y volvían mostrando los artículos solicitados y en tanto la tienda estaba vacía, la calle estaba llena de compradoras. Y esto no ocurría con un giro determinado, sino con todos. Ante La Dominica, La Lonja, La Marina o Marte y Belona, que eran las confiterías y cafés más reputados, consumían quesitos helados, sorbetes, refrescos y dulces las habaneras recostadas en la concha del quitrín, a cuyo pie muchas ve-

ees las servían y acompañaban los caballeros, vistiendo pantalón blanco, frac negro, verde o azul y sombrero de copa de gran ala, como el que luce Goya en su retrato muy conocido.

Todo el movimiento comercial a esa hora había cesado en la ciudad: escritorios, almacenes y bufetes estaban cerrados y como la hora de comer era a las tres de la tarde, ya a las seis toda persona decente se hallaba de punta en blanco en paseos y plazas. Anocheciendo, iba desfilando la concurrencia, los hombres en gran número, a caballo, y las damas en quitrín, unos a refrescar otros a acicalarse en las peluquerías para asistir al teatro de la Alameda o a la retreta en la Plaza de Armas. Abierto Tacón en las afueras, el paseo se prolongó algo más y construida la acera de Es<- cauriza, después el Louvre, toda la animación afluyó hacia ese lado que alcanzó el movimiento vertiginoso de nuestros días al derribarse las murallas porque ya no era preciso tener en cuenta la hora en que se cerraban las puertas. Antes de esa época no había que buscar público fuera de murallas después de las diez. La Habana quedaba dividida en dos ciudades completamente distintas, cada una con sus diversiones.

Desde que anochecía se iluminaban brillantemente todas las casas por medio de bujías encerradas en fanales de cristal, las tertulias habaneras se contemplaban desde la calle y

e-ste era, a no dudarlo, uno de los más bellos cuadros de la Habana antigua, porque la animación de las reuniones, la belleza y elegancia de las damas, la música, el canto, el baile, constituían de por sí sobrados alicientes para que un extranjero se quedase embobado ante una ciudad donde no se veían de día mujeres por ninguna parte y de noche hacían su aparición fantástica y deslumbradora como en sueño mágico. La propia obscuridad de unas calles que en tiempo de Vives comían, como suele decirse, contribuía a hacer más teatral, más espléndido aquel cuadro animadísimo de las tertulias habaneras donde el lujo y la elegancia, lo numeroso de la servidumbre y la corrección de tales veladas producía sorpresa en quien las contemplara por primera vez. A fuera los carruajes en larga fila esperaban la hora de la retirada, viéndose el original calesero con sus grandes botas charoladas, sus espuelas de plata y su librea con los blasones del amo, agitar impaciente la fusta, como contando los minutos que faltaban para el descanso. Y a las doce, generalmente, muchas veces antes, terminaba la tertulia, donde se jugaba fuerte, y empezaban a rodar los quitrines suavemente en todas direcciones hasta que el silencio reinaba en toda la población entregada, de eso no hay duda, a las fechorías de los criminales, que eran entonces legión.

Tres asesinatos.

Al Sr. Manuel Ajuria, Senador.

QUE la pena de muerte es una reliquia maldita de la barbarie, claro está y que aquellos que la defienden merecían vivir en plena Edad Media, no tiene punto de discusión ; pero es el caso que se sigue matando unas veces criminales y otras veces inocentes, como si fuera un axioma la frase de aquel general español digno de mandar una legión en las huestes de Alarico : Fusilar nunca está de más . . . Algunas veces los que entre los hombres representan la injusticia de la justicia humana, también se dicen : Nunca está de más llevar un hombre al patíbulo aun cuando sea inocente. . . No se espante el lector que así es. Los jueces no se dirán eso, convenido, pero con la mayor frescura le aprietan el pescuezo a un ciudadano aunque éste valga mucho más que

el tribunal cte estúpidos o de malvados ojie lo sentenció a muerte. Y no debiera ser así, porque "más santa cosa es quitar al home de la pena que meresciere, que no darla al que non fizo porqué."

Pero fuérale usted con tales romances al teniente general don Miguel Tacón y Rosique a quien dejara Vives una espantosa herencia de criminalidad y delito con el mando. La isla entera parecía un presidio suelto y la Habana, sobre todo, habíase convertido en otra Corte de los Milagros. En algunos de nuestros "Cuadro Viejos" hemos dibujado aquella época entre los mandos de Cagigal, Mahy y Vives que se alarga hasta el de Tacón, pero en él muere porque con mano de hierro, si bien futrándose en la ley y en las garantías constitucionales, supo poner término a tanta vergüenza y escándalo. Los asesinos más tremendos y empedernidos, alguno de ellos que contaba hasta diez y nueve muertes alevosas, se paseaba libremente por nuestras calles sin que nadie se atreviera a declarar contra ellos. Contribuía a su impunidad un foro desmoralizado y venal que para toda infamia tenía un escape seguro y a, la vez, por cada escape una contribución alzada.

Por esa época, allá por el año de 1835, muy cerca de la Habana, en el camino de Bejucal

se cometió -un crimen alevoso, en tan singulares circunstancias que el proceso se levantó sobre una montaña de irregularidades y los jueces bracearon un año largo en las sombras más espesas como más recientemente, casi en nuestros días, ocurrió con el espantoso crimen de los ancianos Sañudo, que sólo Dios sabe quiénes fueron sus autores. En el camino ya dicho, a menos de tres leguas de la Habana, es decir, a la mitad • de la distancia que separa la ciudad de San Felipe y Santiago de esta capital, existía un taberna completamente aislada con más aspecto de madriguera que de tienda campesina. Era su propietario un isleño entrado en años pero fuerte y vigoroso quien tenía por única compañía y servidumbre a un negro esclavo más viejo que mozo, porque cuanto a edad sólo este dato podemos apuntar, ya que es tan difícil como aventurado echar años a un africano cuya cabeza empezaba a platearse con las canas. Francisco, que éste era su nombre, llevaba encima el peso de aquel ventorrillo en el que había hecho buenas onzas el isleño, de apellido Borroto, dedicado a ejercitar la obra de misericordia de dar de beber al sediento, hacía más de veinte años. Los momentos que le dejaba libres esta ocupación los invertía en dar cuero a Francisco, borracho empedernido, que se había em-

peñado en se«r el consumidor principal del establecimiento, pero sin ninguna utilidad para su amo, que se desesperaba viendo mermar el contenido de las botellas sin que por esto aumentaran las monedas en el cajón. La cuarta andaba boba en la taberna y Francisco no por ello se enmendaba, pues sabido es que a perro huevero aunque le quemen el hocico.

La taberna de Borroto servía a la vez de posada para aquellos pasajeros a quienes sorprendía la noche entre la Habana y Bejucal con una turbonada descargando o con el camino convertido en ciénaga por lluvias anteriores. En ese caso, Francisco sacaba catres a la misma tienda y allí por una pequeña retribución encontraban el ansiado reposo, hasta la aurora, jinetes o peatones. Una de esas noches borrascosas de Septiembre en que ya el equinocio se manifiesta con vientos y chubascos, se alojaron en la taberna dos pasajeros no muy boyantes, a juzgar por la ausencia de cabalgadura, que en nuestro país es cosa que no falta al menos acomodado de los campesinos. Sin embargo, los dos hombres, como de veinticinco y treinta años, respectivamente, eran personas estimables. Hermanos y miembros de una familia decente de Bejucal, la de Melis Abreu, hacían con frecuencia el viaje a la Habana, a Güines o San Antonio, dedicados a esos

AL V ABO DE LA IGLESIA

negocios de pequeña importancia que constituyen, no obstante, el modo de vivir de muchos honrados guajiros. No eran rumberos, aunque no despreciaban, de vez en cuando, uü guateque ; no eran viciosos ni de malos antecedentes ; pero eran pobres, y esto siempre es mirado como un mal antecedente por la justicia.

El día de autos Borróto había aplicado a Francisco la tercera pasada de cuarta, correspondiente a aquella fecha, y cumplido con tan sagrado deber, lo mandó a Bejucal a comprar no sabemos qué provisiones. Tres leguas escasas de trayecto las recorría en un decir Jesús el esclavo, y si no las recorría estaba ya del otro lado de lo que le esperaba al regreso. El tiempo que invirtió en el mandado no se sabe ; lo cierto es que al llegar ya amaneciendo, se encontró a su amo con el cráneo machacado, nadando en un lago de sangre y los catres de los dos huéspedes vacíos. Algo más encontró : una ocasión excelente para empujarse dos trancazos de caña en el mostrador, sin duda para cobrar fuerzas en el duro trance de dar parte a la justicia del crimen cometido en su ausencia. El negro era borracho, pero no perdía el tino y habló como el Evangelio : había salido para Bejucal a las ocho de la noche; allí había tenido necesidad de detenerse hasta las tres para recoger los encargos, se ha-

bía puesto en camino y ya día abierto, llegó para ver a su amo muerto y la tienda vacía. Los huéspedes que dejara durmiendo al marchar se habían juído después de asesinar a Borroto. Junto al cadáver se hallaba la mano de pilón con la cual le dieran muerte. Hay cosas tan claras que ni el sol. El negro, con aquella su primera y espontánea declaración abría un camino franco a las actuaciones judiciales.

No tendremos necesidad de decir que los hermanos Melis y Abreu fueron aquella misma mañana presos por la temible partida de Armona y conducidos a esta capital para permanecer sepultados en la cárcel, (que estaba entonces en los bajos del hoy palacio presidencial, por Mercaderes), para seguir el doloroso Vía Crucis de todos los procesados : declaraciones, careos, visitas de lugares, etc., etc. Cuanto al negro Francisco, probada diáfanamente la coartada con distintas personas de Bejucal en cuyas casas estuvo la noche del crimen, quedó desde el primer momento en libertad. . . relativa, porque como carecía de amo fué a ganar su alimento trabajando como una muía en las obras del Paseo que entonces llevaba con gran actividad el general Tacón. Y llegamos al desenlace.

Los jueces de la causa, cuyos nombres es lástima que no hayan llegado a nosotros pa-

ra por ellos llamarles brutos y salvajes, partiendo de la declaración* de Francisco, e importándoseles un pito los buenos antecedentes de los dos hermanos Melis y Abreu, devolvieron los autos a la Audiencia listos para sentencia, y la Audiencia, que como los jueces del margen, era digna de un aparejo, llevó tan bien las cosas, que en Enero de 1836 los presuntos autores del asesinato del tabernero Borroto subían las gradas del patíbulo, alzado en la siniestra esplanada de la Punta, donde han expirado tantos inocentes.

Andando el tiempo, que es maestro de verdades, se descubrió la verdad y a la vez, el espantoso error judicial que había costado la vida a dos inculpados. Francisco, enconado con Borroto por los malos tratos recibidos, se propuso darle muerte. La noche que salió para Bejucal, se emboscó, hasta que amo y huéspedes estuvieran rendidos por el sueño. Penetró entonces por el fondo de la casa, de un golpe con la mano de pilón destrozó el cráneo al tabernero y después de apoderarse del dinero del cajón, continuó su interrumpida jornada a la ciudad de San Felipe y Santiago, para regresar al amanecer y dar parte del terrible hallazgo a la justicia. El plan le salió a las mil maravillas, porque en él colaboraron inconscientemente la estupidez y la ligereza de

los jueces. Una negra con quien tenía relaciones el negro Francisco, recibió de éste como depósito, la noche del crimen, el dinero y un reloj robado a la víctima. Cuando más tarde pelearon los amantes, la negra lo confesó todo y Francisco fué al palo; pero ¿acaso la vida del criminal pudo compensar el asesinato jurídico de aquellos pobres jóvenes agarrotados impíamente por mandato de una sentencia inicua? Por eso hemos titulado esta tradición Tres asesinatos.

ti primer buque de vapor.

Al Dr. José I. de la Cámara, ilustrado jurisconsulto.

HABLANDO del primer ferrocarril cubano en nuestro reciente artículo Nuestras abuelas en ferrocarril, decíamos que cuando en la metrópoli sólo se pensaba en pelear, los hombres emprendedores de Cuba se ocupaban en establecer la primera línea ferrocarrilera de los dominios españoles. Otro tanto pudiéramos decir hoy recordando el buque de vapor que por primera vez surcó aguas españolas : cuando la política lo monopolizaba todo en la Península y el grito de Riego y sus deplorables consecuencias no dejaban espacio más que para motines, odios de bandería y conspiraciones, un miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País de la Habana gestionaba la real autorización para adquirir un vapor que inaugurara la primera línea de navegación de ese género en dominios españoles. De manera que en Cuba se navegó en

vapor y se viajó en tren antes, mucho antes que soñaran en hacerlo en la metrópoli. No deja de ser un caso singular ese de que se adelante en el camino del progreso, una colonia a su metrópoli : tan singular que no tenemos conocimiento de otro igual ni parecido.

El año de 1819 fué por muchos motivos memorable en nuestra historia. Se fundó la villa de Cienfuegos bajo los auspicios del general de ese nombre, que gobernaba, ya en sus postrimerías esta isla, se suprimió el odioso estanco del tabaco, se declararon puertos libres en Cuba los principales abiertos al comercio, se introdujeron más de veinte mil ne- ^gros a raíz de haber sido, abolida la trata por convenio entre España e Inglaterra (magnífica manera de observar el tratado) y por último, se creó la primera línea de navegación por vapor, según hemos dicho al principio de este trabajo.

El reputado habanero "don Juan O'Farrill, miembro de la Económica y bien conocido por su amor al progreso de su país y su crédito y honorabilidad en los diversos puestos públicos que había ocupado, en vista de los magníficos resultados que en Inglaterra y los Estados Unidos estaba dando la aplicación del vapor a la navegación, solicitó del gobierno un privilegio por quince años para la primera línea que pensaba establecer entre la Habana

ALVABO DE LA IGLESIA

y Matanzas, que en aquella época era una ciudad de gran movimiento y riqueza y no lo que, por desgracia, es hoy merced a su aproximación a la capital por efecto de la rapidez de las comunicaciones. El servicio que trataba de establecer O'Farrill era semanal, y lo mismo Cienfuegos que el intendente Ramírez, con él perfectamente identificados, se interesaron en que la autorización fuese concedida, como lo fué en efecto, sin que ello representara más que un triunfo de amor propio para el fundador de la naciente empresa, porque los beneficios positivos fueron casi nulos.

O'Farrill adquirió en los Estados Unidos el vapor Neptuno, de ruedas, como lo eran todos los buques de <su clase al principio y desde el primero que hizo navegar Roberto Fulton por el Sena a fines de 1803. Los grabados que encabezan este artículo dan una idea exacta de lo que era el Neptuno, de un tonelaje de goleta y no mu3^ grande, y cuyos tambores y chimenea eran lo que más se veía sobre 'las aguas. El Neptuno hizo su entrada en la Habana el 10 de Julio de 1819 y el 19 inauguraba sus viajes a la ciudad de los dos. ríos. Como puede suponerse, la entrada en nuestro puerto de aquel artefacto extraño que corría velozmente sobre las olas sin desplegar una vela al > viento y, lo que era más asombroso, sin que se descubriera ni por el más lince la miste-

riosa maniobra que movía el buque, fué un resonante acontecimiento que hizo memorable aquella fecha. Todo el litoral, todas las techumbres y terrazas de la Habana se hallaban cubiertas de gentío y además surcaban las aguas del puerto, desde el canal a los muelles de Paula, multitud de embarcaciones empavesadas como para la entrada de un rey; y lo era indudablemente aquel pequeño barco de vapor que era el inicio de una gran revolución en todo el mundo : era el rey Progreso que hacía su entrada triunfal en esta tierra donde la luz y las tinieblas reñían ruda lucha, puesto que al lado de tan hermosas manifestaciones del adelanto humano, asomaba su rostro repugnante la odiosa esclavitud, fuente de riqueza y origen de todo género de infamias.

El 18 de Julio de 1819 fué un día de gran fiesta para la Habana y la novelería, que era la misma hace un siglo que hoy, proporcionó al momento pasaje para Matanzas a don Juan O'Farrill, quien pudo hacerse aquel día grandes ilusiones acerca del porvenir de su empresa. Pero pronto lo que era producto del entusiasmo del momento sufrió una reacción notable : circulaban distintos relatos acerca de la facilidad con que uno de aquellos buques en cuyas entrañas debía arder una hoguera infernal, volaba por los aires víctima de una

explosión que nadie podía explicarse. Un solo suceso trágico ocurrido en Hull (Inglaterra) por aquellos meses produjo espanto en los admiradores del nuevo sistema de navegación y retrajo a los más entusiastas de ir en el Neptuno a Matanzas; pero los primeros viajes fueron un gran éxito y las personas más distinguidas de la capital, entre ellas el ilustre Ramírez y el sabio Arango, hicieron aquella excursión que .calculamos no debió ser muy rica en comodidades dado el mezquino tonelaje del vapor. Con todo, ya nadie podía quitar a Cuba la gloria de haber sido la primera región en los dominios de España que había establecido el más grande progreso del siglo.

Al propio • tiempo que el Neptuno surcaba nuestras aguas llevando a su bordo como preciosa carga las mujeres más bellas y distinguidas de la Habana a Matanzas, hacía su aparición prodigiosa el vapor en las fincas azucareras, siendo don Pedro Diago el primer hacendado que movía por esa fuerza sus máquinas en su hermoso ingenio de Colón, donde instaló una bomba condensadora inglesa de las llamadas de alta presión o expansivas. Al año siguiente todos los hacendados de algunos recursos habían hecho en sus fincas igual mejora, que tuvo espléndidos resultados.

El acontecimiento que sirve de motivo a es-

ta página histórica, dió nombre a la Plaza del Vapor. El famoso Pancho Marty, qne en la esquina de Dragones y Galiano, en dicho mercado, poseía una buena fonda, decoró su salón de comer con un cuadro en el cual no sabemos qué artista de entonces, pero no sería un pintamonas, reprodujo la entrada del Neptuno en nuestro puerto. Tal sería, pensamos, la impresión producida en el pueblo por este suceso, que dió en llamársele a la Plaza como dijimos, y llega a nosotros conservando el mismo nombre y riéndose de cuantos se le ponenoficialmente.

En 1823 ya había en Cuba tres vapores que hacían el cabotaje con Vuelta Abajo hasta Bahía Honda. En 1843 cesó el privilegio de O'Farrill, que había durado quince años* estableciéndose otras empresas de vapores, entre ellas la de Batabanó a Cuba. En 1836 se estableció la primera línea entre la Habana y New Orleans, dando algunos viajes el vapor Natchez, pero se suspendieron por no tener éxito la línea hasta 1848, en que se formalizó ya ésta. En 1843 llegaba a la Habana el paquete inglés y en 1850 el primer vapor de España, estableciéndose los primeros vapores correos españoles. Y basta de fechas.

íLl padre nuestro al revés.

Al Sr. Antonio Pardo Snárez, Secretario asesor del Gobernador Provincial.

I A Habana en el primer tercio del siglo ■— pasado no ofrecía grandes alicientes a los amigos de diversiones. El paseo, la iglesia y el teatro constituían todo el programa y esto tratándose de una ciudad ya populosa donde existía una población forastera considerable, daba por resultado que la menor novedad, una compañía de acróbatas, o de perros sabios, un prestidigitador o un equilibrista producían con su llegada el acontecimiento del día. Tacón, Villanueva y la plaza de Toros de Belascoaín que eran los obligados salones de espectáculos se veían colmados de un público ansioso de novedades que. no reparaba en precios siempre que se le distrajera y aun muchas

COSAS PE ANTAÑO

veces porque se le aburriera, pues a la Habana venían entre doce cosas regulares diez que no valían la pena de verse y menos de pagarse.

Entre los artistas que entonces vinieron a hacer su agosto con los habaneros contábase un francés que pudiera disputar a Blondín, el que atravesó más tarde el Niágara en el alambre, la palma del triunfo. Llamábase M. Ribot y lo acompañaba en sus peligrosos y difíciles ejercicios en la cuerda tersa una hermosísima e intrépida mujer, madame Farine, su esposa, según rezaba el cartel sin que nadie se metiera a averiguar dónde habían recibido las bendiciones. Madame Farine que vestía un traje fantástico que daba aun mayor realce a las preciosas redondeces de su cuerpo de estatua, alternaba en el recorrido del alambre con M. Ribot y se llevaba, claro está, la mayor cosecha de aplausos por que la valentía en la mujer y después la hermosura y tras la hermosura la exhibición de ella casi sin velos, siempre atrajeron la admiración de los concursos sobre todo en los pueblos de nuestra raza. Allá por el año 52 o 53 visitaron esta capital y dieron una serie de funciones con el agregado de un tío que bailaba descalzo sobre una plancha de hierro encendido, (debiendo ser aun más de aplaudir que se estuviera quieto sobre ella) y la bárbara y ya generalizada lucha de un toro con varios perros mallorquines, espectáculo cruel

y repugnante que es inconcebible se consintiera en una ciudad culta.

Con este programa no se cabía una tarde de Mayo en la plaza de toros de Belascoaín que era entonces de madera y que años después se alzaba de manipostería en el mismo sitio : Virtudes frente a la Beneficencia donde hoy existe una gran fábrica de tabacos. Por la calzada de San Lázaro, por Virtudes, Lagunas y Animas, desde luego por la calzada de Belascoaín viniendo de Cuatro Caminos llegaban incesantemente carruajes y gente a caballo con rumbo a la plaza y en la entrada de ésta se disputaban casi a puñetazos las localidades los más impacientes aunque faltaba una hora larga para dar principio al espectáculo. A las puertas cuidaban del orden algunos agentes de policía y en torno del edificio rondaban algunos lanceros a caballo haciendo bastante mal el papel que hacen hoy nuestros policías de tráfico.

Dentro de la plaza no se cabía ya con el público y aun las puertas seguían arrojando es pectadores. En aquel tiempo una buena entrada en la plaza de toros producía por encima de cinco mil pesos y muchos hicieron fortunas solidas en tales barracas de madera podrida para ir a malgastarlas miserablemente metiéndose a empresarios de compañías notables.

La autoridad militar había permitido que

una banda de música no sabemos de qué re^ gimiento, prestara mayor animación al espectáculo y a sus sones, según la costumbre española, un piquete de soldados hizo lo que se llamaba " despejo" dando principio el tormento del mansísimo buey que hacía de toro y el tormento también de los corazones sensibles, con la salida de una furiosa jauría de perros mallorquines que no ladraban pero que se prendían como banderillas del infeliz animal colgando en racimos de los orejas, del morrillo y de donde podían en medio de los aplausos del "pópulo bárbaro" de los tendidos que enloquecía de entusiasmo viendo aquel cuadro un tanto parecido a los que ofrecía liorna durante el imperio.

Después de esto, es decir, después que el espectador cruel tonificó sus nervios con aquel aperitivo, hizo su aparición el hombre salamandra invulnerable al fuego. Los preparativos de su ejercicio fueron tan largos que impacientaron al público. Era preciso colocar en debida posición cuatro grandes anafes encendidos y encima de ellos una plancha de hierro o de acero pulimentado que iba poco a poco poniéndose al rojo. Sobre ella salpicaba de vez en cuando el agua de un vaso con la mano el endomoniado artista que vestía traje adecuado : el de Mefistófeles ; pero sin zapatos. Cuando al fin se puso de un brinco sobre la plancha

encendida suscitó los más raros y absurdos comentarios a la vez que provocó nutridos aplausos. Unos creían que ciertamente la plancha estaba enrojecida, otros, como Santo Tomás necesitaban ver para creer y pedían pruebas como si se necesitase otra que el agua evaporándose rápidamente al caer sobre el hierro o los papeles de cigarros que se encendían momentáneamente al ser colocados encima. En resumen, dejando a unos haciéndose cruces y a otros disparatar de un modo tremendo el bailarín sobre fuego terminó su número y a los breves momentos se vió a M. Ribot recorrer los tendidos para examinar el alambre que atravesaba la plaza de un lado a otro a una altura de más de diez varas.

La salida de madame Farine puso el colmo al entusiasmo. Era una magistral belleza con algo más de Minerva que de Juno, por el aire y por la talla. Por una escala de seda subió al alambre que recorrió de extremo a extremo en medio de una ovación extraordinaria debida, creemos, casi tanto a su belleza como a su intrepidez. Desde abajo la contemplaba su esposo que de vez en cuando le dirigía una breve frase en francés, tal vez alguna recomendación. Cuando abandonó el alambre la hermosa mujer ocupó M. Ribot su lugar haciendo verdaderas maravillas con el balancín elegantemente manejado. Su soltura, su despreocu-

pación, la seguridad con que recorría el espacio sin más base que un hilo que podía romperse le atrajeron grandes aplausos y aclamaciones. Alguien dijo entonces, no sabemos con qué fundamento que aquel hombre estaba perdido si se le ocurría a cualquiera rezar el "Pa.- dre Nuestro al revés". La idea es tan peregrina como nueva y jamás se le ocurrió a nadie imaginar tamaño disparate. Vaya usted a averiguar qué congruencia existe entre una oración que santificó al pronunciarla el Divino Maestro y la suerte de un infeliz artista que se gana la vida sobre el alambre. A la superstición no hay quien le corte los vuelos de su estupidez.

Terminó el funámbulo y a una señal madame Farine subió por la escala de seda a su lado y en la punta del alambre que amarraba en los tendidos, trepó en hombros de su esposo y haciendo lanzar una exclamación de asombro a la plaza entera emprendió M. Ribot su paseo con aquella soltura y seguridad que arrebataba la admiración general. Ya iba la pareja de funámbulos muy cerca del término de su peligroso viaje cuando estalló la ovación más enorme y ruidosa que se oyera jamás. Todo el público estaba de pie hasta las damas ; madame Farine desde los hombres de su marido echaba besos a los palcos donde brillaba lo más selecto de la sociedad habanera. Pero de

pronto un grito de espanto que cubrió todos los gritos de la plaza anunció la horrible tragedia. La bellísima artista sin que nadie pudiera darse cuenta del suceso, abrió los brazos y cayó desde tan tremenda altura sobre los tendidos quedando inmóvil. Se había fracturado la base del cráneo. Hacemos, gracia al lector, de una descripción dolorosa y patética. La desesperación del infeliz M. Ribot echado sobre el cadáver de su hermosa compañera arrancaba lágrimas. De allí fué trasladado el cuerpo de la artista sin dar grandes señales de vida a la enfermería de la plaza prestándosele auxilios que parecían perfectamente inútiles. Y caso extraño : al volver en sí, la infortunada pidió que se le administrase el sacramento del bautismo. Era, lo mismo que su esposo, protestante, y quiso morir en el seno de la religión católica. Después de recibir las aguas regeneradoras expiró. Su desesperado viudo recibió también, días después el bautismo en la iglesia de Guadalupe hoy de Nuestra Señora de la Caridad. Después abandonó la Habana sin que de él se haya tenido más noticia. Entre los comentarios que se hicieron entonces no dejó de figurar "el Padre Nuestro al revés" como causa de aquella terrible tragedia.

Baile en honor del príncipe

de Joinville.

Al genial artista Conrado W. Mjassaguer, director de "Gráfico' 7

C" L seis de Mayo de 1838, saludando a la pla- ^— za con su doble fila de cañones, penetraba en el puerto de la Habana el magnífico navio francés Hercule, procedente de Jamaica, y que formaba parte de la escuadra francesa que bloqueaba a México. Conocióse aquella guerra en América con el nombre de guerra de los pasteles, porque aun cuando ya llovía sobre mojado y el gobierno francés, que pretendía hacer de México un Egipto o un Marruecos, había montado en cólera al ver lo estéril de sus empeños, el origen aparente del conflicto fué un pastelero francés a quien algunos soldados mexicanos devoraron las existencias del día, rompiendo, además, algunas sillas. Aque-

lia calaverada puso una escuadra sobre el mar, originó un bloqueo, el bombardeo de Veracruz, la destrucción del histórico castillo de San Juan de Ulúa y algunos centenares de muertos y heridos. Por los pasteles consumidos, abonó el gobierno mexicano seiscientos mil pesos a Francia. Creemos que jamás se pagaron tan caras unas cuantas bandejas de dulces.

Esa fué la guerra de los pasteles, que dejó cojo para siempre al ínclito general Santa Ana, padre de la revolución, y que él mismo se apellidaba enfáticamente el Napoleón del Oeste, cuando está probado que Bonaparte no huyó más que una vez en su vida, y Santa Ana se pasó la vida huyendo.

El Hercule formaba parte, como hemos dicho, de la magnífica escuadra francesa que mandaba en nuestros mares el contralmirante Carlos Baudin. En ella figuraban tan bellos barcos como la Criolla, el Faetón, el Coracero, la Medea, la Gloria, etc. El navio entrado en la Habana venía al mando del príncipe de Joinville, tercer hijo de Luis Felipe I, rey de los franceses, aquel mismo simpático duque de Orleans que, arrojado de Francia por el Directorio, en su peregrinación por América había sido nuestro huésped durante algunos meses en 1789, acompañado de sus hermanos el duque de Montpensier y el conde de Beaujalais, víctimas juveniles de la espantable revolución de

su patria, los que fueron alojados regiamente por dos ilustres familias habaneras.

El rey Luis Felipe fué padre felicísimo, si por felicidad paternal se entiende el verse reproducido en muchos y buenos hijos ; tuvo ocho y todos le hicieron honra : el duque de Chartres, que al advenimiento de su padre al trono de Francia tomó el nombre de duque de Orleans y que pereció trágicamente en lo más florido de su juventud al desbocarse el caballo del carruaje que lo conducía; el duque de Nemours, el príncipe de Joinville, el duque de Aumale, el duque de Montpensier y las princesas Luisa de Orleans, María Cristina y María Clementina de Beaujolais.

El príncipe de Joinville, que mandaba el Hercule, contaba entonces tan solo veinte años y era una legítima esperanza. Valiente, ilustrado, bondadoso como su padre y de excelentes costumbres, había dado ya pruebas de su mérito a pesar de su juventud. El carácter supremamente injusto de la guerra con México, no resta nada al valor, a la intrepidez y a la generosidad desplegada por el príncipe en aquella lucha, donde mandó la fragata Criolla, de 24 cañones, que bombardeó las baterías del Sudeste de Veracruz. Tocóle también, con sus marinos, tomar la casa de Arista, y después impedir que los heridos y los refugiados de

un hospital fueran sacrificados por las tropas de su nación en el encono de la contienda.

Caso curioso y no muy frecuente en los dominos españoles de América : los dos más altos puesto de Cuba en aquella época, estaban desempeñados por dos criollos: don Joaquín de Ezpeleta y Enrile, nacido en el Castillo de la Fuerza, capitán general y gobernador general de la isla, y don Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva, hijo, igualmente, de la Habana y entonces intendente, en cuyo elogio baste decir que elevó las rentas de Cuba, de 1825 a 1837, desde dos millones, hasta treinta y siete millones de pesos. Ezpeleta, sucesor de Tacón, continuó la obra de progreso iniciada por éste, mas no lo siguió en el terreno político, siendo, por el contrario, un gobernante justo, imparcial y blando que se consagró a extinguir las divisiones creadas por aquel gobernante duro como el pedernal.

Como en la Habana no abundaban los acontecimientos, la llegada del Hercule al puerto y el desembarco del príncipe de Joinville, hijo del rey de Francia, que cuarenta años antes, proscripto de su patria había buscado calor de afecto en la hospitalaria isla de Cuba, alcanzó las proporciones de un gran succes y la capital se vistió de fiesta. Tras de las obligadas recepciones oficiales se organizaron fiestas de otro carácter menos serio, figurando en-

tre ellas el espléndido baile ofrecido al príncipe y oficialidad del navio Hercule en el antiguo edificio de la Real Factoría de Tabaco, después Hospital "San Ambrosio" y en la república: Escuelas "Luz Caballero". El barrio en que se encuentra ese gran caserón no era el más a propósito para el caso, porque la Habana, hacia esa parte, a principios del siglo pasado era lo más asqueroso que puede imaginarse ; como que en la calle de la Esperanza, nada menos, estaba el basurero. La marina, entonces, hizo milagros para convertir el litoral de Tallapiedra y todo el emboque del Arsenal en una decorosa antesala del salón de la fiesta, que por su fachada de Diaria y en su segunda entrada por Factoría, deslumhraba con sus brillantes iluminaciones. Por el lado del mar, donde se había construido una lujosa marquesina, con todo el pavimento alfombrado, cientos de banderolas saludaban la llegada de las falúas y canoas de la escuadra. Por allí desembarcó el príncipe de Joinville con su comitiva. Una compañía del Fijo de la Habana, con bandera y música, hizo los honores al regio visitante, a quien lo más selecto de la sociedad habanera había de colmar de distinciones en el sarao dispuesto. Factoría abajo, viniendo del Nuevo Prado y cruzando la calzada, llegaban al edificio de la fiesta multitud de quitrines conduciendo, como en canas-

tillas, las más bellas flores del jardín habanero.

De aquel derroche de elegancia y de riqueza aún conservamos un eco ya desvanecido en algunos periódicos de la época, en los que, si no había nacido la sección de salones, se habla de grandes vestidos de tarlatana blanca y verde con cintas de agua, musgos y rosas del Nilo ; de tul blanco con enrejados de mallas de oro y túnicos de blonda ; de tafetán blanco y rosa con mariposas de oro ; de terciopelo malva con agujetas de oro ; de gasa con randa de plata ; de tafetán pensamiento, forma Czarina, con guarnición de musgo con rosas blancas ; de tafetán azul México con bandas de raso blanco puestas sobre cada costura de los paños e ilustrados con motas de marta . . . Un cuento de las Mil y Una Noches. . . En joyas. . . un Niágara de brillantes, perlas y rubíes.

A ese baile verdaderamente regio, que puso la distinción y la elegancia habanera a gran altura, correspondió a los dos días el príncipe de Joinville con un magnífico sarao a bordo del Hercule. El día 10 partía para New York, no sin antes haber hecho una afectuosa visita, en nombre del rey su padre, al señor Martín Aróstegui, en cuya casa había hallado tanto cariño en su proscripción cuando era sólo duque de Orleans y a quien llamaba siempre mon cher Martín.

Un baile a bordo.

Para mi hija Conchita

L día 11 de Agosto de 1807 el semáforo del Morro señalaba con sus banderas navio francés de guerra a la vista. Dos horas después amplió su noticia señalando : navio francés desmantelado pide práctico. De la Capitanía del puerto salió la chalupa de los prácticos y pronto se vió entrar por el canal el hermoso navio de tres puentes y otras tantas baterías Foudroyant que izaba en el tope la insignia de contraalmirante. Una muchedumbre de todas las clases sociales se agolpaba desde la Punta hasta el muelle de la Caballería, aumentando el popular concurso cuando el Foudroyant saludó a la plaza con sus cañones. En aquel momento pudo apreciarse con exactitud el deplorable estado en que arribaba a nuestro puerto el hermoso barco insignia de la escuadra francesa de las Antillas. En sus amuras se notaba la acción del mar tempestuoso, la arboladura

había sido en parte tronchada por el viento, el velamen era una maraña de girones, al extremo de gobernar tan solo con los foques y arrastraderas, y el bauprés había desaparecido. El Foudroyant acababa de ser sorprendido por un huracán de barlovento en las costas de Charleston y con mil trabajos pudo arribar a la Habana sorteando los peligros de un naufragio y a la vez la acometida de los cruceros ingleses, que tenían erizado de velas y cañones el canal de Bahama.

España era aliada de Francia en aquella época contra la Gran Bretaña. Al año siguiente, por el contrario, sería amiga de Inglaterra y enemiga de Francia. La llegada del navio causó gran regocijo en la ciudad porque era la visita de un aliado, y el general marqués de Someruelos tenía instrucciones precisas del ministerio para atender, obsequiar y socorrer con dinero y con víveres a cuantas naves francesas de la armada lo solicitaran. No se crea por esto que al erario de Cuba le sobraba la plata para tales obsequios. No había un real y las guarniciones de aquí y de la Florida estaban próximas a sublevarse porque se les debían más pagas que botones llevaban en su uniforme. Pero una cosa es no tener sobre qué caerse muerto y otra no quedar como quedan las personas. Quémese la casa y no se vea el hu-

mo. El capitán general, presidente y gobernador general de la isla de Cuba mariscal de campo don Salvador de Muro y Salazar, marqués de Someruelos, se dispuso a echar la casa por la ventana, en honor de los marinos franceses.

Mandaba el Foudroyant y la escuadra de las Antillas que el ciclón de barlovento había dispersado, uno de los más ilustres marinos de Francia : Juan Bautista Filiberto, conde de Willaumez, grumete a los catorce años, contralmirante a los cuarenta y cuatro no cumplidos. Aun no contaba veinte y ya era primer piloto de derrota, habiendo tomado parte en la famosa expedición mandada por Entrecasteaux a Oceanía en busca del explorador La Perouse. Batió a los ingleses en todos los mares, hizo toda la terrible guerra de Santo Domingo, donde se hundió la gloria de los grandes mariscales del imperio y quedó en espera de nuevas hazañas por estos mares al mando de una escuadra que,' por cierto, no recogió en ellos muchos laureles. Había pasado ya su hora gloriosa.

Después de las visitas oficiales de rúbrica, el marqués de Someruelos mandó a bordo del Foudroyant a uno de sus ayudantes para inquirir qué necesitaba el navio y qué deseaban sus tripulantes: claro, lo necesitaban todo y todo lo habían perdido en su terrible lucha con los elementos. El consulado de Francia poco

o nada podía hacer en días de penuria como aquellos y Someruelos suplió su acción colmando de atenciones delicadas al contralmirante Willaumez, a la vez que enviaba a éste todos los auxilios necesarios. En uno de aquellos días ofreció al ilustre marino y a sus oficiales un espléndido baile en la Real Factoría de Tabacos, que es hoy el edificio de San Ambrosio, baile al que asistieron los elementos sociales de mayor distinción de la Habana y donde los vinos y licores más finos, los sorbetes y los dulces se consumieron por toneladas. Fué una gran fiesta, de la que se mostró asombrado el marino francés y a la par lo sumió en un mar de confusiones porque no se le alcanzaba el medio, no de superar, de igualar siquiera con un obsequio suyo el que acababa de hacérsele.

Pero al cabo, nobleza obliga, y Willaumez se dispuso a corresponder a tanta cortesía con la cortesía francesa, la primera en todo el mundo, disponiendo a bordo del navio de su mando, ya reparado de sus averías en el arsenal y astillero, un baile al cual invitó a la primera autoridad, a los altos funcionarios de la Habana, a la colonia francesa y a la mejor sociedad habanera. Este baile, original por celebrarse a bordo de un navio, por primera vez que esto se veía en Cuba, hizo época por el

lujo desplegado en la fiesta, lujo que llenó de admiración a los marinos, y por la incomparable belleza de las mujeres que asistieron a la fiesta.

El Fulminante, nombrémoslo en castellano, atracó a lo que es hoy muelle de la Machina, al cual se penetraba por una puerta verja guardada por centinelas del Apostadero. Este, en obsequio a los marinos franceses, había hecho una calle de rosales desde la entrada hasta el muelle, de donde partía un puente alfombrado bajo lujosa marquesina de damasco rojo, hasta el navio. Embanderado, empavesado con millares de grímpolas y gallardetes y ardiendo en innumerables farolitos de colores desde el mesana al bauprés, el aspecto del Foudroyant era, por cierto, deslumbrador. Puede colegirse lo que sería a las diez de la noche cuando discurrían por el alfombrado puente centenares de bellísimas mujeres luciendo los más variados y elegantes vestidos en que dominaban el brocado, la seda, los guipures más finos y costosos relampagueando en las gentiles cabezas los brillantes y el oro en peinetas y ajorcas.

Además de la banda de música del navio tocaba una orquesta de cuerda de la Habana, y en los intermedios dos bandas de la guarnición situadas en el muelle dejaban oir marchas e himnos militares. La fiesta en que Willaumez

se mostró a la altura de su ilustre apellido, de su título y de la representación que asumía en la armada de guerra de Francia, duró hasta las tres de la mañana, hora en que las habaneras abandonaron el navio llenas de satisfacción y bien ayunas, por cierto, de que antes de un año los franceses serían acuchillados por las calles de la Habana.

Dolor supremo.

A batalla de Las Guásimas es una de las más

^— sangrientas jornadas de la primera guerra de independencia y es a la vez el título más alto que decora la vida militar del inmortal Máximo Gómez. Por primera vez, acaso, cubanos y españoles se hallan de acuerdo en el juicio de ese resonante hecho de armas, conviniendo en que por ambas parte se derrochó la valentía.

Muchos cronistas lejanos de aquella guerra implacable que durante diez años puso a prueba el sufrimiento de este pueblo, se vieron en la dura necesidad de confesar su triste equivocación: las hordas de foragidos, asesinos e incendiarios que solo sabían huir de las tropas, ha-

Para Enrique Ubieta, mi amigo y compañero en ' 'La Discusión' ' , hermano del glorioso héroe de Las Guásimas.

bían inferido una terrible derrota al disciplinado ejército español y no por cierto a favor de la superioridad del número sino todo lo contrario. Mil seiscientos hombres mandados por Máximo Gómez*, destrozaron a cinco mil, con cinco piezas de artillería, al mando del brigadier Armiñán, uno de los más inteligentes, de los más bravos y de los más caballerosos generales de la metrópoli. Todo el mérito que cupo a las tropas españolas fué el de una buena retirada siquiera fuese en ella envuelta la dolorosa confesión de que alguna vez los soldados de España volvieron las espaldas a un enemigo inferior. Digamos como Bruto moribundo: El valor no es más que una palabra vana . .

Era una brillante división la que sacó de las Yeguas, en -Puerto Príncipe, el brigadier Armiñán : cinco batallones, León, Rayo, Cortés, Aragón, Libertad; cinco piezas, quinientos hombres de caballería de los regimientos Pizarro y Colón y las guerrillas de la Trocha. El 15 de Marzo de 1874 pasaron el río San Pedro sobre el rastro de los cubanos con la seguridad que prestan el número y la fortaleza, penetrando en el vasto potrero Las Guásimas. Y desde aquí empieza la epopeya.

Muy cerca, acampados para invadir las Villas, se encontraban allí las fuerzas de esa región, Camagüey y Oriente, con los generales Máximo Gómez, Antonio Maceo, Pigueredo, Mo-

desto Díaz, Julio Sanguily, Calixto García, el Inglesito, Goyo Benítez, José Maceo . . . una legión de titanes, y los jefes José González, Manuel Sanguily, Baldomero Rodríguez, Ricardo Céspedes, Domínguez, Aguirre, Crombet, Ubieta . . . una legión de bravos.

Pasaron los españoles y rompió sobre ellos el fuego una avanzada cubana. Entonces dos escuadrones, los más brillantes de la división de Armiñán, la brida suelta y sable en mano, partieron como un alud, en una carga formidable sobre aquel puñado de patriotas que había osado desafiar su valentía. Entre una espesa nube de polvo levantada por los cascos de los caballos sobre aquella sabana reseca por los vientos invernales, se perdió de vista . . . Momentos después reaparecieron de nuevo, mas ya no eran los mismos ... en una fuga desesperada, en una carrera loca, en dispersión, destrozados, dejando el campo sembrado de cadáveres, manando sangre, sosteniéndose muchos a caballo por un milagro de equilibrio, fueron a acogerse al amparo de la infantería que se había hecho fuerte en la antigua casa de vivienda del potrero.

Aquella fué la carga formidable dada por el general en jefe Máximo Gómez y el general Suárez apoyados por la caballería de González y Rodríguez, y esa carga costó a los brillantes escuadrones españoles treinta y seis muertos, multitud de heridos, armas, caballos, municiones . . .

un horrible descalabro, que era tan solo el prólogo trágico de un drama de sangre que había de durar cinco días. Pues bien; en aquella carga magnífica cayó herido de un balazo en los ojos, el valentísimo trinitario Emilio Ubieta.

Tenía solamente diez y ocho años cuando se alzó, en 1869, en Trinidad, figurando en las fuerzas de las Villas como ayudante de Federico Cabada. Era un niño casi : arrogante, de hermosa presencia, de ojos inteligentísimos y expresivos. Todo corazón y todo entendimiento, parecía llamado a un brillante porvenir. Culto, de gran talento, empezaba a ser acariciado por las musas a la vez que por el amor. Miembro de una familia distinguida gozaba de una posición desahogada y poseía el cariño de todos.

Al dar el grito de independencia Carlos Manuel de Céspedes, todo se estremeció en el juvenil patriota; al organizarse la revolución en las Villas, fué uno de los primeros en ofrecer su brazo a la causa. Tras de sí dejaba todo lo que hace agradable la vida : el calor del hogar, el amor de una gentil prometida ; pero nada pudo sustraerlo al entusiasmo que lo empujaba.

¡ Decretos invencibles del destino ! En sus pláticas con amigos y compañeros de la guerra, decía muchas veces que la aspiración de su alma era contemplar el triunfo de la independencia; pero también llegar a él sin que los combates lo convirtieran en un inválido. Su horror,

su profundo horror era mirarse lisiado, inútil a la hora de la victoria.

Ciertamente, su valentía, su intrepidez temeraria en la pelea no era la mejor garantía de que se realizarían aquellos sueños de gloria. Su corazón era de los que se encienden en la lucha y quitan toda conciencia de la realidad. Emilio Ubieta, siendo un joven, era un veterano. Había asistido a muchas funciones de guerra ; había dado con Baldomero Rodríguez la famosa carga de Palo Seco, haciendo prisionero personalmente, al capitán de caballería La Jara de las fuerzas del comandante Martitegui, que murió no hace mucho en España de teniente general.

Ubieta, cargando al machete sobre la caballería española en Las Guásimas, arrostrando el huracán de fuego que partía del campo enemigo, cayó, como hemos dicho, gravemente herido. Una bala de rifle le vació un ojo, echándole fuera de su órbita el otro. ¡ Lo que más llamaba la atención en su rostro noble y simpático, los ojos, fué arrancado por el plomo ! . . . Desde el campo de combate fué conducido en una camilla al potrero Todos los Santos, donde se había establecido el hospital de sangre y curado con toda solicitud ; pero desde el mismo instante en que se vió herido ya no volvió a pronunciar una palabra. ] Qué sordo, que terrible dolor debió azotar aquella alma sensible y delicada !. Todo lo que había

ansiado, todo lo que en secreto voto se alzara constantemente de su corazón, contemplar el triunfo de la causa, todo había venido a desmoronarse en la ruina del más espantoso desastre. ¡ Ya no podría ver a la hora del triunfo, la bandera que tanto amaba, tremolando gloriosa al viento! ¿Quién sabe todo lo tenebroso del cuadro que en la espesa noche de su ceguera se apareció siniestramente iluminado ante los ojos abiertos de su alma?

Y fué entonces cuando, "sin que nadie lo hubiera sospechado — dice nuestro ilustre amigo Manuel Sanguily, que fué también un valiente soldado de las Guásimas — ni pudiera impedirlo, con crispada mano se arrancó el vendaje y con él desprendió el ojo que le quedara colgando, y así con las órbitas convertidas en dos hoyos sangrientos, murió en las tinieblas, oyendo a lo lejos el retumbar de los cañones y el redoble de las descargas de fusilería, desesperado, taciturno, terrible ! ' '

Y continúa el excelso cronista de la espantable escena : ' ' Los que le conocimos y le hemos compadecido siempre, conservamos su memoria como una ele las más trágicas de la vida humana. Su agonía imponente proyecta sombra espesa que encoje el corazón, pues simboliza la iniquidad del destino, , la belleza pisoteada, la juventud que se malogra, la luz que la fatalidad extingue ! ' '

La figura hermosa y juvenil de Emilio Ubieta, que encarna el supremo dolor humano, el derrumbe de los más hermosos sueños, de las más doradas ilusiones, se destaca en el cuadro de nuestras guerras de independencia con la luz siniestra de una tragedia que reclama el divino estro de Sófocles. Antígona, Edipo y Ayax no encierran mayor intensidad dramática. La agonía del valeroso soldado de Las Guásimas es el dolor supremo.

Corso el Corsario.

AI señor Marcelino de los Bíos, Secretario del Consejo Provincial de la Habana.

CANALIZABA el siglo XVIII. Todas las ' aguas de América se veían infestadas de piratas y filibusteros y la impotencia deí España antes que soñar en ponerlos a raya les daba mayor audacia, prefiriendo aquellos facinerosos del mar al ataque de las armadas, el saqueo de plazas relativamente fuertes, ptero que les brindaban botín más espléndido.

Granmont y el feroz Lorenzo de Graff, más conocido por Lorencülo a causa de lo exiguo de su talla, pero de quien pudo decirse lo que de un héroe portugués :

pequeño de corpa, longo de esforzó, . . acababan de apoderarse por sorpresa nada menos, que de la ciudad de Veracruz, saqueándo-

la a su sabor y cometiendo inauditos abusos con su vecindario, singularmente con las mujeres, extendiendo su incursión salvaje al desprevenido Campeche, que sufrió igual suerte, siendo después reducida completamente a cenizas

M}uy cerca andaba la escuadra de Barlovento, como que había salido hacía algunos días de nuestro puerto en persecución de los piratas, pero. . . . tuvo la desgracia de llegar a los dos escenarios de tantos horrores cuando los autores se habían dado a la vela, como era natural, porque no habían de quedarse allí esperando los barcos de S. M.

Esto era el pan de cada día. Las flotas holandesas ponían a tributo las colonias periódicamente, y las escuadras españolas andaban, también periódicamente, en su persecución sin que la mayor parte de las veces se diera el disgusto de encontrarlas, caso explicable si se atiende a que esto ocurría en la edad heroica en que toda la atención de la monarquía estaba fija en el importante problema de librar al rey de los hechizos. El mando de Cuba partido por gala en dos, pués en lo político mandaba el letrado don Manuel Murgía, y en lo militar el castellano del Morro, don Andrés Munive, que era lo mismo que si no gobernara ninguno, necesitaba de un hombre de gran energía para guardar sus puertos de los ataques de aquella chusma cruel y desarmada, y en tales circunstancias llegó a la Habana la alar-

mante noticia traída por un barco procedente de Campeche, de que Granmont y Lorencillo venían a repetir la suerte de Veracruz. Como una bomba cayó la amenaza sobre este vecindario, tan maravillosamente guardado, que las insignificantes tropas existentes, no pagándoles sus haberes, habían abandonado las fortalezas y vivían en la población a lo baracutey : quién expendiendo vino en una taberna, quién haciendo cosas peores. Murguia y Munive, no en acuerdo sino en desacuerdo, porque jamás pensaron lo mismo ni aun sobre el viento reinante, no teniendo escuadras ni ejércitos que oponer al enemigo que se aproximaba, según rezaban las noticias y el miedo, armaron a quién quiso en corso, para que fuera a habérselas con Lorencillo en el mar. Este y su compañero Granmont, después del suculento golpe de Veracruz y Campeche, resolvieron ir a hacer la digestión a la isla de Siguatey, una de las Lucayas, que era su cuartel general, y para allí enderezaron el rumbo, siendo inútil decir que a pesar del largo costeo que hicieron no tropezaron, ni por casualidad, con la famosa armada de i>ar~ lovento, que andaba persiguiéndolos tal vez por eso mismo : porque no hay como buscar una cosa para no encontrarla.

Entre los intrépidos hombres de mar que solicitaron patente de este doble gobierno, figuraba <el lobo marino Blás Miguel Corso, mozo de empuje, marinero desde que le salió el bozo, en lo

que hay algo de predestinación, porque nada tiene de particular que un individuo que se llame Corso, se meta a corsario. Sus antecedentes eran tan buenos que Murguía le dió el mando de una de las piraguas armadas en aquellos días, 'piraguas que no debían ser, nos figuramos, ningún acorazado ni mucho menos. Esto ocurría en 1687.

Guiábale a Blás Miguel un sentimiento personal en aquella campaña que iba a emprender. Un hermano suyo, también perseguidor de filibusteros, había muerto un año antes a manos de Lorencillo, o así por lo menos se lo figuraba él. Dispuesto a hacer una hecatombe si Dios le ponía en el camino a los asesinos de su hermano, salió a fines de Julio de la Habana con su piragua, otra pequeña embarcación y ochenta y cinco hombres no más, pero ¡ qué gente, amigo lector !.. .por sus obras los conoceréis, como dice la Biblia. Iban armados hasta los dientes y el que menos era tan pirata como los piratas que trataban de cazar.

De costa en costa y de cayo en cayo llegó Corso a saber que su enemigo se encontraba en el apostadero, llamémosle así, de Petit Goave, en la costa occidental de Santo Domingo, y para allá marchó a todo trapo, encontrándose tras del islote de Goave al amanecer o poco antes de uno de los primeros días de agosto. Hemos de decir como necesaria aclaración de ese hecho rigurosa-

mente exacto en su esencia, que a los corsarios de Cuba les estaba recomendado que no saltasen en puertos ocupados por colonos extranjeros, limitándose a combatir en el mar. Corso se rió de la recomendación, porque se había propuesto hacer una sonada aun cuando fuera en tierras del mismísimo rey de Francia y saltó en aquel pequeño puerto de la Española, ocupado por franceses ; asaltó a cuchillada limpia el débil fuerte ; pasó al pequeño poblado, entró a degüello sin distinguir de pluma ni de pelo, hizo huir desnudo al gobernador, que sólo pretendía salvar la cabeza, lo dejó muerto de un tiro en la fuga y cometió tales atrocidades que la menor de todas fué fusilar a la infeliz esposa del gobernador, que se hallaba en cinta. ¿Qué hay de corsarios?

Todos los franceses que pretendieron resistir fueron degollados y sus casas entregadas a las llamas. No se salvaron ni las ratas. Corso el corsario, demostró en aquella ocasión ser tan bruto como los asaltantes de Veracruz y Campeche y tener los mismos hígados que ellos.

Pero falta el último acto de la horrible tragedia. Blas Miguel era aficionadísimo a las mujeres. No hallando botín apropiado a sus gustos en aquella tierra a que llevara la desolación y el dolor, sino producía la rabia y la desesperación en sus enemigos, tuvo la más diabólica ocurrencia que pudiera asaltar una mente ciega por la venganza^ Siguiendo los mismos procedimientos

de los piratas, eligió en el destruido poblado de Peit Goaves dos docenas de las más hermosas mujeres blancas, mulatas y mestizas y se las llevaba ya a bordo, cuando este ultraje pareció galvanizar las muertas resistencias de aquellos infelices colonos : se armaron como pudieron, cayeron sobre los españoles que se habían hecho fuertes en el antes asaltado reducto y les hicieron tal matanza, que sólo quedaron al temible corsario veinticuatro de sus desalmados compañeros, con los cuales se dió por dichoso en alcanzar el puerto de Santiago. Por muy resuelto y valiente que fuera no era posible que hiciera cara a más de quinientos franceses. El patrón de la piragua y el de la otra nave, hechos prisioneros, murieron enrodados, suplicio que aún no había sido abolido entonces en Francia.

7r»?iS?l^^5TÍ/NÍYÍ^Vi\?J^7r»¡T* Pfi7r*7fi7^7^?ri7fmZTlyri7ti <Y* *x» ¿t* 7r» «Y» ■ v. ?í\ #T* iY¿ 7r» «Y* ¿Y» *X»

Nuestras abuelas en ferrocarril.

Para Francisco J. Pérez redactar de '^CLa Discusión ' \

P N 1834 cuando carlistas e isabelinos se ma- ^— taban en España y solo en la metrópoli se pensaba en obras de destrucción, los hombres emprendedores de la Habana se ocupaban en fundar el primer ferrocarril de los dominios españoles y también de la América meridional. La iniciativa de esa obra se debió, como la de otras muchas, a la Real Sociedad Económica de amigos del País, que cuatro años antes había publicado un informe aconsejando la construcción de caminos de hierro en un país como el nuestro, donde las vías de comunicación eran malas y pocas. La Real Junta de Fomento, que

recogió la herencia del antiguo Consulado, adoptó con calor la idea y formalizó un proyecto solicitando, en Agosto de 1833, la autorización indispensable del rey para contraer en Londres un empréstito de 1.500.000 pesos fuertes. Por real orden de 17 de Febrero de 1834 fué aprobado el pensamiento, pero no se comunicó a la superintendencia general de la Real Hacienda, puesto que ocupaba el ilustre conde de Villanueva, ya entonces en dimes y diretes con el general Tacón, hasta Octubre de dicho año.

Villanueva, verdadera alma de esa obra que tanto honra a nuestros abuelos, ampliamente autorizado ya por el gobierno, amplió el empréstito a. dos millones de pesos, amortizables en veinticinco años, siendo negociado en Londres por Mr. A. Robertson con el crédito personal que representaba el alto funcionario que hacía la negociación y la garantía de la Eeal Junta de Fomento. Entonces empezaron los trabajos, que se hicieron con gran rapidez y felicidad no obstante las dificultades que fué preciso vencer en algunos tramos de la línea hasta Bejucal que fué el término por entonces de la línea.

El ferrocarril arrancaba hacia el Sur desde los suburbios de la Habana, en el punto conocido por G-arcini, donde estuvo algo después la casa de salud de ese nombre, y bordeando la falda del Castillo del Príncipe entraba en los terrenos de la Ciénaga, atravesaba el magnífico viaducto del

río Almendares y por medio de un paisaje her mosísimo finalizaba a corta distancia de la ciudad de Bejucal. Los trabajos continuaron después en dirección de Güines. En esa hermosa obra de progreso y prosperidad general, ocupan un lugar distinguido los nombres de Villanueva, Escovedo y Herrera, vocales de la Junta, y Francisco Stoughton y A. Kobertson, sus agentes en New York y Londres.

La solemne apertura del camino de hierro de la Habana se hizo el domingo 19 de Noviembre de 1837, cumpleaños de la reina doña Isabel II. A las fiestas oficiales dispuestas por el general Tacón para ese día, se añadió la inauguración del primer ferrocarril de los dominios españoles a cuya obra con diversos motivos creó cien dificultades aquel mandarín, enemigo declarado del indio. La primera oposición la suscitó al tratarse de la estación de la Habana, prohibiendo, por medio de un dictamen de los ingenieros militares, que se alzara en los terrenos del jardín Botánico, frente al Campo Militar o de Marte, porque a ello se oponían antiguas disposiciones, ya necias, pues al alcance del tiro de las murallas había ya entonces cien construcciones y esta ba levantándose el gran teatro de Tacón. Este general, rompiendo con Villanueva y con la Junta, dispuso que la estación del ferrocarril se construyera en Garcini y así se hizo por entonces, porque al cabo, el conde de Villanueva ganó

el pleito a los militares y a Tacón le costó el relevo aquella terquedad.

*Es inexplicable el efecto causado en el pueblo habanero sin distinción de clases sociales, por aquella obra magna del ferrocarril, que todos veían, pero que muy pocos podían explicarse. De día y de noche estaban los alrededores de la estación llenos de curiosos, el ir y venir de quitrines y gente a caballo era incesante y los trabajos que realizaban más de mil hijos de Canarias contratados al efecto, provocaban toda suerte de comentarios, algunos de ellos muy peregrinos. Pero nada es comparable a la sorpresa despertada por la primera máquina, la primitiva de Stevenson, que en nada, salvo en el principio físico, se parecía a las actuales locomotoras. Larga, con altísima chimenea, sobre diez ruedas, ocho enormes y dos más reducidas, sin tender salvo una pequeña plataforma parecida a la de los tranvías, la primera vez que levantó vapor y empezó a andar majestuosamente, produjo el delirio del entusiasmo en los espectadores. Los coches y no carros afectaban el aspecto de una coleción de carrozas sin pescante ni caballos. Su longitud era de unas seis varas escasas, su anchura de dos solamente y su alto de vara y media. Una verdadera jaula, y téngase en cuenta que salían de los mejores talleres de Londres y eran exactamente iguales a los usados en la primera línea inglesa, de Manchester a Liver-

pool. Una curiosidad : los coches tenían imperial como los ómnibus, y por una escalerilla temible se trapaba a aquel arriesgado puesto que, no obstante, tenía muchos aficionados. Los coches de tercera, pues sólo había dos clases, se diferenciaban tan solo en ser algo más chicos y en la dureza del asiento, cosa esta última que llega a nuestros días y en la que se hallan conformes todas las empresas. La máquina de que hablamos, o sea la locomotiva Stevenson, se llamaba Rochet, en castellano cohete. Sobre velocidad diremos que se le calculaba ocho leguas por hora, pero según nuestras noticias en los primeros tiempos nunca pasó de cinco. La locomotiva consumía en el recorrido de la Habana a Bejucal (seis leguas) diez quintales de carbón. Además de los coches de pasajeros, iba en el tren un cochí más pequeño, especial para la correspondencia, con los necesarios departamentos para la colocación de las balijas. Terminaremos estos datos, de cuya exactitud nos atrevemos a responder, diciendo que el director técnico de la obra del ferrocarril de la Habana a Bejucal, primero, J después a Güines, fué el ingeniero norteamericano Alfredo Cruger, que recibió grandes elogios del conde de Villanueva y de la Real Junta de Fomento.

Los primeros trenes salidos de la Habana desde su estación de Garcini, iban atestados de pasajeros. Atendiendo a la población y al corto trayec-

to que recorría la línea, nos parece un gran éxito el que durante el primer año de explotación haya conducido el ferrocarril muy cerca de once mil pasajeros. Cutro años después de la inauguración ya ascendían a ciento setenta y tres mil.

Bandoleros de levita.

ERMINABA el mando de Ricafort; tran-

■ sición incolora entre el astuto y político Vives y el inflexible Tacón. La Habana., población de ciento treinta mil almas, con todo el aspecto de una aldea de Castilla, era campo hazañoso de una hampa formidable de criminales, malhechores y gentes de mal vivir, que, sin miedo a las autoridades, desprovistas de medios de reprensión por que la policía no naciera aun, limitándose la vigilancia a las rondas medioevales mandadas por los alcaldes, campaba por sus respetos llenando de sumarios las escribanías, pero no de presos las cárceles. Cada día se registraba un nuevo y más escandaloso crimen, que si lograba impresionar la opinión, quedaba impune. El vecindario por temor a las venganzas,

Al Sr. Ricardo Rousset.

negábase a declarar aunque fuera testigo presencial del delito y los criminales, cual si quisieran con una impresión borrar la anterior, apresurábanse a perpetrar un nuevo crimen para que la investigación, que era casi nula, y la persecución más nula aun, siguieran otros cauces.

Rieafort era un excelente soldado, pero Dios no lo había hecho de madera de gobernantes. Con un horror instintivo a los papeles, a las cuestiones administrativas, a todo asunto que no fuera esencialmente de cuartel, no era hombre susceptible, no ya de implantar un sistema de gobierno, pero ni aun siquiera de imaginar que podía existir otro mejor que el vigente. Venía de mandar en Filipinas, convaleciente casi del terrible colocólo, capaz de destruir los resortes todos del más sólido organismo, había peleado cuarenta años sin descanso, tenía la piel como una criba de puro cicatrices y en fin, estaba mortalmente cansado, ansioso de tranquilidad y en tal situación de espíritu ¿ qué puede esperarse* de un gobernante? Todo en torno suyo respiraba igual cansancio: sólo trabajaba infatigable el ilustre conde de Villanueva, que emprendía entonces, con alientos de atleta, las dos más grandes obras públicas que llenan nuestra historia de país civilizado en el primer tercio del siglo XIX: el acueducto y el primer camino de hierro de la isla y de los dominios españoles, porque bueno es

repetirlo : Cuba tuvo ferrocarril mucho antes que España. Cuanto con esas obras se rozara, estuvo a cargo de Villanueva y en él delegó Ricafor toda sus facultades. — Yo no entiendo de eso — decía muy a menudo el viejo general. — Yo de cosas de cuartel ....

Como si Dios hubiera querido poner a prueba la paciencia del gobernante. . .que no quería gobernar, le mandó el cólera que en 1833, casi empezando el fugaz reinado de la careta, daba comienzo a sus estragos. Este cuidado que penetró en todos los corazones y trastornó todos los espíritus, alejó la atención, ya insignificante, que se prestaba a la delincuencia y puede decirse que aquella fué la edad de oro del bandolero y del asesino. Casi nadie se ocupaba de tales nimiedades teniendo delante, con todo su espantoso cortejo, la visión de la muerte. Registráronse entonces tantos audaces robos, sobre todo en los campos cercanos a la capital, que a otro gobernante más lince hubieran delatado la existencia de una perfecta organización criminal de gran radio, inteligente dirección y extensas ramificaciones. Pero el bueno de Ricafort no vió nada de eso y por tal causa los hechos menudearon y los criminales ganaron en audacia. Como que a las mismas puertas de la ciudad se cometían robos de tal importancia que los hacendados, blanco único del bandolerismo, pusieron el grito en el cielo. Porque el procedimiento era siempre el mis-

mo. Un dueño de ingenio salía de la Habana en su volanta para hacer los pagos mensuales de su finca y a un par de leguas de la ciudad, le salían al encuentro seis hombres enmascarados, le ponían una pistola o un puñal al pecho y se apoderaban de las talegas. Después la del humo: nadie volvía a tener noticias de los salteadores hasta un nuevo asalto, que tenía efecto en cualquiera de los caminos de esta capital. Y así continuaron las cosas hasta que vino a sustituir a Ricafort, en el palacio de la Plaza de Armas, el inflexible y vigilante general Tacón, un lince en esto de perseguir el delito, como lo demostró haciendo al poco tiempo de su llegada, que fué en Junio de 1834, una limpia que dejó la Habana como una patena. El derrotado de Popayán había visto mucho en América, tenía la experiencia del gobierno en cuanto a los recursos de policía y al referirle uno de los respetables hacendados habaneros, aquel raro género de bandolerismo que actuaba a las puertas de la capital, que jamás daba un golpe en vago y que era después de darlo invisible, como si los malhechores fueran trasgos o espectros, Tacón se sonrió como quien se ha dado cuenta inmediata del fenómeno.

— Usted, — preguntó — ¿ha sido asaltado? — Por dos veces.

— ¿ Da usted reuniones . . . recibe gente no bien conocida en su tertulia?

— Como todas las familias . . . Un día en la semana... Pero se trata de personas respetables; parientes y amigos . . .

— Como es regular se jugará — dijo Tacón que conocía el paño.

— Desde luego; algunas veces se juega.

— Y cuando piensa usted salir para el ingenio ?

— Según costumbre, a fines de este mes . . . allá sobre el 29 o el 30.

— Pues haga usted una señal a las monedas de oro ; una marca disimulada, por ejemplo, así como ésta — dijo Tacón haciendo una raya casi imperceptible sobre un doblón que sacó del bolsillo. Y ya veremos. Ah, y lleve usted poco dinero consigo . . . algo menos del que acostumbra, por si acaso lo asaltan.

El hacendado se guió en un todo por las indicaciones de Tacón y el programa se cumplió tan fielmente, que a los tres días en el camino de Santiago de las Vegas, los bandidos lo dejaron completamente limpio. Echando chispas regresó a la Habana, poniendo en conocimiento de Tacón el suceso.

— Bueno: esto va bien, — dijo el general — ahora fíjese usted en la moneda de sus tertuliantes cuando apunten una carta ... Y venga a verme.

A las pocas noches nuestro hacendado creyó caerse muerto al ver sobre una sota de bastos uno de los doblones marcados por él. No se le

despintaba. Era un rasgo cerca de la nariz del más que bonachón Carlos IV in titroque felix. . . El "punto" poseedor de la moneda marcada, era un joven elegante, conocido por su prodigalidad en verter el oro y, por cierto, uno de los mejores compañeros de nuestro hacendado en el tapete verde. Cuando lo supo Tacón no demostró la menor sorpresa.

— Eso era de ver — dijo — Solamente en la sociedad de ustedes, conociendo sus costumbres el día que van a su finca y la hora en que acostumbran a dar el viaje puede repetirse con tanta fortuna esa peligrosa suerte del asalto. Es como jugar a cartas vistas ; pero .... ya no se repetirá el juego.

A la mañana siguiente fué detenido el bandolero de levita, acompañado en los momentos de la detención, por otro joven disipado como él y que era precisamente el director de la gavilla. El proceso llevó la deshonra a un hogar respetable, inmerecedor de tal vergüenza, pero Tacón en eso fué inflexible y ni súplicas ni amenazas le hicieron torcer la vara de la justicia. Los miembros de la cuadrilla eran todos jóvenes campesinos de las cercanías de la Habana y todos fueron cazados en pocos días.

En 1836 todo el trozo de la calzada de Galiano entre Concordia y Virtudes, se hallaba obstruido por los materiales de construcción del templo de Monserrate, que ya estaba en cimientos. En-

tre los penados del Presidio que trabajaban abrasados por el sol en aquellas obras, se vera a los dos jóvenes bandoleros, a quienes ni el nombre, ni la pasición, ni la riqueza de sus padres, haoían podido librar de una condena a trabajos forzados. Una dama habanera que aun vive, (y viva muchos años,) nos ha referido esta severa justicia del general Tacón.

5an Marcial y las hormigas.

Para mi viejo amigo y compañero Ricardo Amantó director de "El Reconcentrado \

FINALIZANDO el siglo XVI la Habana era un infierno chiquito. Contando con un castillejo miserable y un puñado de casas de embarrado, muriéndose de hambre el vecindario al extremo de no poder celebrarse el sacrificio de la misa por falta de vino para la consagración y de harina para las hostias, sufría la pesada carga de dos autoridades, el gobernador Luján que no podía ver ni en pintura a Quiñones, castellano de la Fuerza y a Quiñones, que no podía tragar a Luján, goberador de la ínsula. A diario andaban a la greña y lo curioso del caso es que llevaba la de ganar el jefe del castillo, porque co-

mo tenía a su cargo la tropa no podían con él ni el gobernador con toda su autoridad, ni el Ayuntamiento con la alta representación que los municipios tenían entonces en toda América.

Quiñones era una mala persona, si hemos de atender a los informes que de él enviaba Luján al rey Felipe II. "Por la obligación del oficio e descargo de mi conziencia hago saber a Y . M. que el alcaide y su alférez y sargento están públicamente amanzebados con tres mujeres cassadas; y con la tanta 'publicidad como si fueran suyas. Iviendo los maridos el poco remedio que tienen, se las han dejado e aussentado por no ver semejante afrenta. . . . Los demás soldados viven en la mesma libertad tomando a otros vecinos las mujeres y esclavas por fuerza.... No hay justizia ni regidor que osse acudir a la carneceria i pescadería, porque en llegando los soldados rompen las puertas i lo toman por fuerza sin dejarlo pesar e sin pagar; e si se les dice algo amenazan con que romperán la cabeza a la justizia e regidores i ansi se les deja . . . . "

Como se ve el vecindario debía estar divertido y los pobres maridos sobre todo ; pero como si no fueran bastantes calamidades el hambre, la discordia y el adulterio, sobre los míseros hogares de la villa cayó una plaga, la de las hormigas, que arrasaba con cuanta labranza estaba en sazón y aun más : atacaba a los niños de pecho. A tal extremo acreció el peligro, que el hamDre, co-

mo ya dijimos, cosa vieja y conocida en la Habana, amenazó tomar desesperadas proporciones. En tal situación el consistorio habanero tomó una resolución heroica; encomendarse de todo corazón a San Marcial y proclamarlo patrono del cabildo.

No se nos alcanza la congruencia que pudiera existir entre el santo obispo de Limoges quien, según Gregorio de Tours, vivió en el siglo XIII de nuestra era y la bibijagua que desde los primeros tiempos de la colonización arrasa las siembras y llega a nuestros días con la misma voracidad que en los de Velázquez; pero alguna relación debe existir entre ese himenóptero rapaz y el santo citado, cuando el ayuntamiento habanero lo eligió su patrono. A este propósito dice Arrate : ' ' En los primeros tiempos inmediatos a la fundación de la villa padecieron los campos de su jurisdicción la dañosa plaga de las hormigas que talaban los árboles y destruían las labranzas aniquilando de tal suerte los frutos y mieses que ocasionaban a sus habitadores grande inopia de mantenimiento ; pero habiéndose valido su cabildo de algunos cristianos y religiosos medios a fin de que cesase tan violenta y perjudicial plaga, no tuvieron favorable solución hasta que el año 1586 eligió con uniforme acuerdo en cabildo de 31 de Enero por especial patrono y protector al glorioso obispo San Marcial, haciendo voto de celebrar todos los años su fiesta y guar-

dar su día (es el 30 de Junio) cuya providencia autorizó tiempo después el ilustrísimo doctor fray Juan de las Cabezas" Este era el obispo de Cuba.

No estará de más aquí una breve noticia de las hormigas cubanas indígenas y exóticas a título de curiosidad. Al dar principio la conquista se conocían las especies siguientes : bibijaguas, soplillo, de ala, cabezona, muerdehuye y comején. Los españoles hallaron sin duda, conveniente y necesario a la vez que sometían al indio, someter a la hormiga siboney y con celo admirable importaron al efecto las castas superiores (como que eran europeas) de hormigas locas, de ponzoña, de Santo Domingo, leona y boticaria. Tenemos entendido que los conquistadores no trajeron tantas clases de gallinas . . . Descansado debió quedarle el meollo al que imaginó tal importación, aunque es más razonable creer que las hormigas forasteras vinieron a Cuba de polizones. No obstante, no falta autor que afirme fué traída la hormiga loca para destruir la bibijagua resultando que ésta se rió del tal enemigo y siguió multiplicándose con la fecundidad de todo lo pernicioso.

Sólo nos resta decir que el patronazgo o patronato de San Marcial cayó en desuso sin que podamos atinar con el motivo. ¿ Será que los con cejales, desde entonces, se han encargado ellos mismos de matar la bibijagua?

Nuestras abuelas en

el Coliseo.

Para Víctor Bilbao, en ' ' El Mundo '

FINALIZANDO ya el siglo XVIII, los ha- ■ bañeros a menos que algunol de ellos no hubiera estado en Santiago, n)o conocían el teatro Era para ellos tan extraño como subir en globo. El general Fonsdeviela, que dicho entre paréntisis, en nada se pareció a su homónimo el comandante militar de Guanabacoa en la agonía de la colonia, al venir desde Cartagena de Indias a sustituir a Bucarely ascendido al virreinato de México, fué quien, entre otras muy apreciables manifestaciones del progreso, fundó en la Habana la primera casa de comedias que mereciera tal nombre por su aspecto o por su organización que él mismo estableció.

La Habana era entonces solo en el nombre

una ciudad. Sin alumbrado, sin policía de ninguna especie, sin empedrado, sin un periódico siquiera, cabe colegir que nuestros abuelos vivían en el Limbo viendo transcurrir los largos años de su existencia, pues alcanzaban mucha más edad que nosotros, entre el Vía-Crucis y el Rosario y el paseo y la tertulia de confianza. Envidiémoslos: tal vez eran mucho más felices que esta generación sin fe, sin ideales, con el corazón vacío y el cerebro lleno de humo.

Pues bien: el marqués de la Torre don Felipe de Fonsdeviela que acababa de gobernar muy honradamente a Venezuela, chocando con el parecer de algunos timoratos que consideraban aun infame el oficio de cómico y eso que no sabían lo que habría de ser con el tiempo el teatro, fundó el Coliseo que se llamó después teatro de la Alameda y más tarde aun, teatro Principal, (por que ya había otros) en el mismo sitio en que se alza hoy el edificio de Luz, frente al parquecito de Paula. El sitio era ideal por lo acariciado de la brisa, siquiera un poco apartado para aquellos tiempos en que los habaneros tenían que salir de casa a las nueve de la noche acompañados de media docena de servidores armados y con antorchas encendidas. Así estaba la seguridad pública en la capital de la isla a fines del siglo XVIII y aun bien adelantado el XIX.

El Coliseo, según lo que sobre él conservamos escrito, era el más bello y lujoso de toda la

monarquía, que ya es mucho decir, y para la música, ele condiciones acústicas insuperables. Allá por los años de 1824 al 1830, acabando de experimentar grandes reformas y decorado de nuevo, era realmente un lugar digno de servir de albergue a la belleza y a la distinción de las habaneras.

La entrada principal estaba por la plaza de Luz y la de cazuela por Paula. Hemos de decir a este punto que la cazuela estaba destinadas las mujeres. Se le llamó gallinero, unos creen que por lo elevado de aquella localidad y otros porque era tal el bullicio y alboroto de la concurrencia, que muy a menudo se les gritaba desde abajo: !Que se calle ese gallinero!...

El alumbrado consistía en quinqués de aceite para la batería y el escenario y en una gran araña o lucerna con centenares de bujías de esperta para la sala. Además, estaban diseminadas desde el foyer muchas cornucopias de acero pulimentado con cuatro o seis bujías cada una. A pesar de esto la luz era muy pobre y el público se quejaba de ello. Hay que tener en cuenta que estábamos en los albores del siglo de las luces.

Guardaban el orden interiormente algunos alguaciles que recibían sueldo de la empresa y se Tiallaban a las inmediatas órdenes de la autoridad, que presidía, un caballero regidor del Ayuntamiento a quien se le ponía el palco preferente y más adornado que el de los reyes en la

249^

eorte madrileña. Fuera del teatro cuidaban de la seguridad pública, que buena falta hacía, algunos soldados de la guarnición.

El espectáculo empezaba en invierno a las siete de la noche para que se pudiera llegar a buena hora para la cena. Aun se comía a la española. El público, ¡oh témpora! era tan puntual que media hora antes de la función ya se había acomodado. Aun no había entrado la moda de penetrar en el coliseo haciendo ruido después de levantado el telón. La vista de la sala era espléndida. Todo un jardín de flores animadas luciendo vestidos vaporosos, elegantísimos, en los que dominaba el color blanco tan preferido en el trópico. Los palcos abiertos por su frente por una bejuquera dorada dejaban ver los diminuaos pies divinamente calzados : pies cubanos y está dicho todo. Grandes toilettes eran entonces el tisú de Argel guarnecido con randa deoro ; terciopelo azul claro con farfalaes de hilo de plata; tisú o burato de seda adornado de esterilla de plata y de oro. El monillo o corpino con escote de corte, es decir, de los que hacen abrir al curioso tamaños ojos ; las mangas cortas recogidas con cintas color de rosa y trama de oro. Los peinados dé caracoles por delante y recogidos en las sienes, y por detrás en dos cocas, atravesadas por una piocha o flecha de oro y pedrería. Otras peinadas a la italiana con una coca muy baja, los bucles largos y espesos a los

costados y por adorno una ancha cinta de blonda negra entretegida con hilos o con alfileres de oro. Vamos: el cielo con sus querubines.

La compañía de cómicos del país. . .hemos llegado al punto verdaderamente sensible ; pero ¿. qué les iba usted a pedir a un primer galán y una primera dama que ganaban sesenta pesos mensuales? Por fuerza tenía que ser fusilable aquel cuadro dramático en que empezó a revelar años después su genio nuestro insigne Coyarrubtas.

La noche de autos se ponía en el Coliseo el melodrama espeluznante traducido del francés y desarreglado del mismo por un literato que ocultaba su nombre, y hacía bien: Rodolfo o el asesino del bosque . . .L"n verdadero asesinato. Cómo sería él que todo el público lloraba más o menos disimuladamente. Desde el gallinero increpaban al barba o al bárbaro que mataba gente como moscas. Para dar un respiro a aquellos corazones oprimidos por lo trágico del cuadro y a la vez por el sonsonete de los alejandrinos franceses, metro que el arreglador había conservado del original, se dió una tonadilla muy del gusto de la época: El francés y la castañera. Conservamos en la memoria como valiosa joya la letra de esa pieza que, con toda seguirdad no conoce nadie de la actual generación. El público era de sobra contentadizo porque se deshacía de risa con puerilidades que hoy ni nos hacen sonreír.

Salió a escena un tipo grotesco con grandesmostachos, una gorra imposible y un organillo colgado del pescuezo y cantaba dirigiéndose a la castañera, hermosa mujer que sentada ante su asador, se burlaba de los chicoleos del hombre :

Yo estoy murriendo de amor por los ojos de esta castañerra, si esta mochacha quisierra, yo serría el marrido micor...

Tute le jur paso por aquí, y tu no saber que muerro por tí tu no saber, castañerra, que muerro por tí.

Las burlas de la castañera y sobre todo sus desdenes, hacen montar en cólera al francés que se arranca por esta despedida:

Con el órgano voy a partir, se meme jur para mi tierra que vaya al diablo la castañerra

Y a don Felipe le voy a contar

que esta castañerra no me quierre amar.

Calculamos que este don Felipe fuera Luis Felipe rey de los franceses que acababa de subir

al trono por la caída ele Carlos X. A pesar de lo adelantado del siglo XIX en la época que registramos, no había desaparecido del todo entre los españoles la malquerencia para los franceses y ese es el quid de que el público del teatro de la Alhameda extremara sus burlas para el gachó del organillo. No obstante, momentos después, al salir por la repetición de la tonadilla dando la mano a la castañera, los aplausos repetidos y estrepitosos del respetable lo resarcieron de la rechifla pasada. La función del Coliseo terminó con : Muérete y verás, de Bretón de los Herreros, que con Gil y Zárate empezaba a abrir al arte dramático español más nobles derroteros.

Algo más de las diez serían cuando el público empezó a abandonar el teatro como dolido de que tan pronto hubiera terminado la fiesta. A la luz de las lámparas del peristilo, lleno a rebosar de hombres enguantados, fué desfilando aquella concurrencia elegante y perdiéndose ya en el fondo de los quitrines, ya en las sombras de aquellas calles oscuras como boca de lobo.

Lengua larga.

Para Gerardo Ramos, regente de "El Mundo".

C"NTKE las postrimerías del siglo XVIII ^— y los albores del XIX, allá por las cercanías del monasterio de Santa Catalina, en una casuca de esas que hacían y aun hoy hacen rinconada, es decir, que se quedaron atrás en la alineación, cosa muy frecuente en la Habana antigua, reñida con la estética pero muy simpática en sus recovecos, tenía su banquillo de zapatero el maestro Serapio, negro libre, refistolero, con sus puntas y ribetes de catedrático y sobre todo más enamorado que Cupido. Era tinto, retinto, de pasa, como se decía entonces de los hijos de madre y padre africanos; pero como fuerte y bien hecho y de mala entraña no había quien le pusiera el pie delante. Excelente maestro de obra prima, después de haber gemido largos años bajo el poder de un catalán que le adobaba a cuerazos

por la menor falta, había logrado hacerse libre por su propio esfuerzo y establecerse en el oficio, casándose como Dios manda, es decir, cristianamente, con una mulata joven como él a la que había -ayudado con eu trabajo a emanciparse. Eso era muy corriente : el amor unido al instinto de libertad innato en el hombre y en el animal, hacia tales milagros.

Este matrimonio, nacido de la esclavitud, hubiera sido completamente feliz si fuera dado hallar la felicidad en el planeta. La sombra negra era el apetito vicioso del maestro Serapio, quien engañaba por lo menos dos veces cada veinticuatro horas a su mujer, sin que ésta ignorase, por cierto, aquellas travesuras ; pero como, después de todo, su marido la trataba bien y no le pasaba por delante de las narices a sus conquistas, habíase resignado con aquella cruz, como ella decía, porque al fin los hombres tienen todos su matadura, y según el dicho popular castellano :

Al que no juega, ni bebe, ni fuma tabaco se lo lleva el diablo por otro furaco Pero Catalina, que así se llamaba la costilla del zapatero, si se resignaba con la flaqueza de éste no tenía fuerzas para resistir la maldita curiosidad que le cabalgaba por el cuerpo, de saber quién era la afortunada hembra que le robaba una parte considerable de las caricias de su macho. Que éste tenía un apeadero por

los alrededores del recinto de la muralla, no cabía duda ; el caso era dar con él para arrancar unos puñados de pasas a la sinvergüenza que la hacía penar día y noche. Nada : ella tenía que descubrir aquel enredo : era una necesidad de su corazón celoso. Prefería sufrir sabiendo, a sufrir ignorando. Un gusto como otro cualquiera.

— El mejor día, Serapio — decíale a menudo — voy y te saco de la concha como al macao. . . .

— Te librarás mucho, prieta : — respondía él — las mujeres son pa su casa y los hombres pa la calle. . . .

Siempre tenían sus palabras por la misma cuestión ; pero la cosa no pasaba a mayores porque, sea dicho con franqueza, Catalina le tenía un miedo terrible a su marido. A veces la miraba éste de un modo .... No convenía jugar con la candela. Y así, rumiando maldiciones para las descaradas que sonsacaban a los hombres casados haciéndolos perder, poco a poco, la ley a la mujer propia y dándole vueltas a la imaginación para descubrir el güiro del maestro Serapio, pasaba los días la mulata llena de preocupación, pero bien tratada porque los revuelos del mozo no le quitaba su bienestar. Comía bien, vestía como la gente más acomodada de su clase y no le faltaban en el escaparate cuatro onzas para un capricho.

Porque es bueno saber que maestro Sera-

pió no era un remendón de poco más o menos. Calzaba a muchos señores de fuste y era una especialidad para las damas. Llevábanse entonces zapatos escotados de tafilete, rusel o satín, con unas suelas finas como papel y unos taconcitos de cuatro dedos que debían saber a gloria caminando por las desempedradas calles de nuestra buena ciudad en tiempo de Las Casas o del conde de Santa Clara. Pero como en esa época, ni aún andando mucho más el tiempo, las damas habaneras no abandonaban la volanta o el quitrín ni en el paseo, no había peligro de un paso en falso ni de un resbalón. Maestro Serapio había adquirido gran fama en su oficio y le sobraba el trabajo, teniendo a veces que admitir un operario. Generalmente se le veía en su tienda acompañado tan sólo de su aprendiz, muchacho de trece años, negro también, juguetón y goloso como un mono y que más se empleaba en hacer mandados del maestro y de Catalina que en machacar suela.

En el negrito puso los ojos la mujer de Serapio para descubrir el escondrijo de éste, todas las horas que faltaban de la zapatería. No sabía por qué, pero el corazón le decía que el muchacho era el correveidile del maestro. Por el hilo era preciso sacar el ovillo. Ya resuelta a realizar la investigación, procuró ganarse la voluntad del muchacho, halagando sus aficio-

nes, que se reducían a tener siempre lleno el estómago, como el de todos los niños, insondable. Ña Catalina, a espaldas de su marido, le llevaba los pedazos de boniato y los trozos de harina, amén de algunos plátanos que el negrito devoraba en un credo, quedándose como los pájaros aún no plumados, con la boca abierta en espera de nueva pitanza. Después Catalina, con la astucia de toda mujer celosa que persigue el secreto ansiado, fué sacándole del cuerpo, con gran trabajo, hoy un poco y mañana otro ¡poco, casi todo lo que constituía aquel arcano profundamente guardado por el zapatero. A la vez que iba sabiendo, como estaba para reventar de cólera sorda, disputando con Serapio, dejaba escapar frases y saetas que pusieron a éste sobre aviso y aún llegaron a sobresaltarle.

— Por aquí — decía entre dientes — anda un lengua larga.... pero como lo trabe, por el Santo Cristo de la Vera-Cruz, que va a largar la lengua.

Catalina siguió confesando al negrito, y él contando lo que sabía, al extremo de darle las señas exactas del escondrijo donde se pasaba el maestro los grandes ratos en tanto a Catalina se la llevaba pateta. Esta fué la última confidencia del aprendiz y la que hizo estallar la mina. Una noche, cuando el maestro Serapio se hallaba en Citerea, bien ajeno a la tempes-

tad que lo amenazaba, apareció allí su mujer hecha un basilisco, vomitando las mayores atrocidades contra la mala hembra que la robaba el amor de su esposo y contra toda la parentela de los habitantes de aquella mancebía. El maestro, sorprendido en flagrante delito, echando fuego por los ojos agarró, a su mujer por un brazo, sintiendo tentaciones de estrangularla, y se la llevó de allí, temeroso de que el escándalo terminara en el Cuartelillo ; pero Catalina, fuera de sí, se negó a dormir aquella noche bajo el mismo techo, yendo a recogerse no sabemos dónde.

Puede calcularse la cólera que rugiría sordamente en el alma de Serapio, que tenía un genio terrible. Viendo pasar horas en espera de Catalina sin aparecerse ésta, llegó la aurora, y momentos después el negrito, que saludó al maestro con los acostumbrados buenos días. Serapio le lanzó una mirada que era terrible amenaza, y en tanto el muchacho barría la tienda, él se fué a la cocina, tomó café y sobre la misma candela puso a sancochar un huevo. Cuando lo vio en sazón, lo envolvió en un trapo y entró en la tienda donde tal vez esperando la aparición de Ña Catalina que le llenaba el buche, estaba apaciblemente sentado el aprendiz. Maestro Serapio lo cogió por el cogote como a un gato y se lo metió entre las rodillas sujetándolo, al propio tiem-

po que hincándole los dos dedos de su nervuda mano en las mejillas le introducía de un golpe en la boca el huevo abrasado. Después apretó bárbaramente las manos, impidiendo al infeliz niño abrir la boca y lo mantuvo así didiéndole entre el rechinar de sus dientes de chacal :

— Te lo había dicho; lengua larga... anda a contarle a Catalina dónde está el maestro.

Cuando separó las manos la pobre criatura, en un temblor, con los ojos fuera de las órbitas, cayó pesadamente en tierra sin lanzar ni un grito. Maestro Serapio lo echó, rodando de un puntapié, a un rincón y tan fresco como una lechuga, se entregó al trabajo.

No tardó en conocerse con todos sus pelos y señales el horrible crimen. La madre del negrito puso- el grito en el cielo, alguno que tenía envidia a maestro Serapio por sus éxitos en el oficio, se encargó de hacer ruido y a la hora escasa de haber sido recogido inerte del suelo de la tienda el pobre .mártir, el zapatero estaba en la cárcel después de haber prestado declaración ante el alcalde mayor. Pero Serapio tenía buenos padrinos : media población acomodada no podía pasarse sin los zapatos hechos por su mano y se pusieron en juego tantas influencias que al cabo de pocos meses salió en libertad. En aquellos tiempos infelices la vida de un negro valía poco.

A secreto agravio

secreta venganza.

Para Daniel De Pool, en "El Mundo"

A sedición de los vegueros de la provin-

cia de la Habana, resueltos a no permitir el establecimiento en Cuba de la Factoría de tabacos, odioso monopolio que había de nutrirse con la sangre de nuestros agricultores, culminó, como es sabido, en la cobarde fuga del capitán general Raxa. quien con el comisionado real Maraver, prefirió decir: aquí huyó a que otros dijeran : aquí murió.

Aquella desobediencia audaz a la voluntad del monarca, primer hecho de este género que se registraba en la historia de la colonia, produjo una gran indignación en la Corte. Los esclavos, ¡ caso inaudito ! se atrevían por primera vez a desafiar la autoridad de su amo y

señor y era preciso hacer un gran escarmiento. Para castigar a los promovedores del desorden y a la vez .para colocar en su debido sitio el principio de autoridad escarnecido, fué nombrado gobernador y capitán general don Gregorio Guazo Calderón, natural de Osuna, donde naciera en 1675. Contaba, por lo tanto, cuando empieza nuestra narración, tan sólo cuarenta y dos años ; pero ya era un verdadero soldado y lo fué siempre, porque los entorchados no habían logrado borrar de su empaque ni de sus corazas, que se había hecho polvo peleando en defensa del primer Borbón, el señor don Felipe V, a quien como puede suponerse no conocía ni de vista. Así es costumbre en las guerras; rifarse la vida por un buen sujeto que. . . no nos importa un pito. Pero ¿de qué va a vivir un buen militar sino de lo que mata?

Presentóse el general Guazo en la Habana a principios de Junio de 1718, dispuesto, figúrese el lector, a hacer una atrocidad o las que fueran necesarias, para que jamás se le ocurriera al pueblo, en lo sucesivo, poner en tela de juicio las resoluciones de la metrópoli. Al efecto, como razones de peso, trajo consigo dos barcos de guerra, y mil hombres de tropas veteranas que venían armadas, por primera vez, con fusil y bayoneta, armas que sustituyeron al mosquete y la pica. La Habana se

encontró guarnecida, de pronto, con mil setecientos soldados de infantería, una compañía de artilleros, y dos escuadrones de caballería, cosa nunca vista en esta tierra. Era la primera fuerza montada que llegaba a Cuba.

Boca abajo todo el mundo: ante los argumentos de Guazo comprendieron los vegueros que era toda discusión inútil y cada uno se metió en su vega dispuesto a aguantar el chubasco. A la fuerza ahorcan. Porque es casi inútil decir que Guazo llevó adelante el establecimiento de la Factoría de tabacos y tan adelante, que encomendó su implantación al visitador don Manuel de León, una fiera con credencial, capaz de sublevar con sus atracos a los mismos ángeles del cielo.

En vano el obispo don Jerónimo Valdés, de grata memoria y don José Bayona Chacón, viendo venir el nublado, trataron de persuadir al gobernador de que a seguir así las cosas aquello iba a dar un estallido. Guazo, partidario de la sentencia cuartelaria de que quien manda, manda y cartuchera en el cañón, no les dió oídos y en cambio dejó al León del margen que ejercitara sus garras, llevándose en ellas el mísero patrimonio de los infelices vegueros.

Pensando éstos, sin duda, que como habían rajado a Raxa, bien podían desguasar a Guazo Calderón, se hablaron en secreto, afilaron

los machetes, aparejaron los caballos y un buen día, a principios de Febrero de 1723, después de destruir todo el tabaco contratado con los vegueros de Santiago de las Vegas y Bejucal (la Habana era entonces la zona tabacalera) que se habían sometido a las leoninas condiciones de León, presentáronse en número de más de quinientos, armados y montados no lejos de la capital, dispuestos a repetir la suerte de Raxa.

Pero con razón se ha dicho que nunca segundas partes fueron buenas ; Guazo en tanto los entretenía astutamente con fingidas negociaciones, lanzó sobre ellos una compañía de caballos, como quien dice un escuadrón, al mando de don Ignacio Barrútia, quien encontrando a los alzados cerca de Santiago cayó sobre ellos a lanzadas, haciendo una carnicería y doce prisioneros, que condujo a la población. Guazo, más bárbaro aún que Barrútia, sin formación de causa los hizo ahorcar aquel mismo día de los árboles de Jesús del Monte. Las cosas en caliente ; sólo así podían mantenerse en obediencia los vastos dominios ultramarinos del rey de España. Los vegueros dispersos, tomaron cada uno por su lado y todo quedó en paz como ocurriría muchos años después en Varsovia. Dados estos antecedentes históricos podemos dar principio a nuestra narración de la caal aún no está justificado el título.

Huyendo a corre que te cojen. uno de los vegueros más gravemente comprometidos en aquella abortada insurrección, suponiendo que no iba a quedar mata en toda la jurisdicción que no fuera cacheada ipor las tropas de Guazo, entendió que el único punto seguro para ocultarse durante algún tiempo era la misma Habana y a favor de un disfraz de carbonero penetró en la población y fué a pedir ampara a un antiguo amigo con quien había tenido negocios de ganado en otro tiempo. Vivía éste tras de la iglesia del Angel, en su primitiva construcción por el obispo Compostela. Allí, en lo que se llamaba Peña Pobre y en una de las pocas casas de manipostería que existían, porque en aquella época el hermoso barrio que se llamó hasta ayer, como quien dice, del Cangrejo, era un páramo donde a las doce del día lo rajaban a uno de una puñalada sin alcanzar la unción, buscó nuestro fugitivo un cariñoso refugio. La casa miraba al poniente y es- . taba respaldada contra la misma loma haciéndola esta circunstancia aún más solitaria e invisible. Su propietario recibió la inesperada visita con grande y justificado temor ; pero alma noble y corazón abierto a la piedad, acogió al antiguo amigo y le buscó un escondrijo en el só.tano, más que sótano, cueva, porque carecía de tocia abertura al exterior y abría sólo por una mezquina trampa a la cocina. Allí

encontró seguro asilo el veguero a quien atendía con toda solicitud la esposa del propietario, una real hembra, tal vez demasiado hermosa y joven para un compañero que iba a coger los sesenta.

Este, realizada su buena obra, se entregó a sus habituales ocupaciones y cuando ya entrada la tarde regresaba a su hogar, comunicaba al recluso las noticias que había podido adquirir por la Habana referentes a la batida de las tropas por los contornos.

Bien dice el adagio que el hombre es fuego y la mujer estopa.... la proximidad, la frecuencia en el trato y quien sabe si las malditas artes de la seducción femenina, llevaron a aquellos dos dedichados al delito, doblemente repugnante por envolver el ultraje para un hombre que recibía la ofensa a cambio de un beneficio. ¿Cómo descubrió él aquella felonía? No se sabe. Es inexplicable, como a veces la fatalidad y el acaso realizan esas terribles revelaciones. Un día, sin medir las consecuencias de aquel hecho, penetró en su casa antes de la hora regular y sorprendió el secreto de su deshonra. Asomado a las rendijas de la puerta del sótano pudo ver .... lo que ningún marido a no ser manso, puede ver sin convertirse en fiera. Pero no se entregó a ningún arrebato, volviendo a salir a la calle, no sin decir a la negra esclava que le había abierto la puerta :

— Si dices una palabra de que he estado aquí, te hago tasajo. . .

La negra se calló como una muerta por temor al castigo ; los adúlteros pudieron, descuidados, seguir entregándose a su criminal pasión y el marido burlado pudo, a su vez, rumiar tranquilamente su venganza. Días después la esclava era llevada por un nuevo amo al campo y quedaban solos en la casita de Peña Pobre las tres personas entre quienes iba a desarrollarse el espantoso drama. Valiéndose de sus medios, el esposo engañado propinó un narcótico en la comida a su mujer y al veguero desleal, cayendo ambos en profundo sueño sobre aquel mismo lecho del sótano en que habían pecado. Cuando los vió inermes, cerró fuertemente la pequeña puerta, que era su única entrada, y con los materiales dispuestos al efecto tapió el hueco que era espacioso como en todos los muros que en aquellos tiempos se construían. Horas después nadie podría sospechar que allí había existido una puerta. Y allí quedó encerrado el delito con los delincuentes, como se encierra un cadáver en su tumba. Dejamos al impresionable lector la tarea de representarse con la imaginación el espantoso drama que se habrá desarrollado en las tinieblas, entre aquellos dos infortunados seres enterrados vivos. Cerca de un siglo después, al abrirse^ el tramo de la calle de Cuarteles desde la iglesia del An-

gel a las murallas, los que practicaban la excavación descubrieron, a algunas varas de profundidad, un hueco y en él una cama casi destruida por la acción de la humedad. Sobre aquella cama vieron horrorizados el pelado esqueleto de una mujer. ¿Qué se había hecho del hombre? Nadie pudo averiguarlo.

ti castigo del pirata.

Al doctor Sr. Pablo Folch, cura párroco de Ntra. Sra. de la Caridad.

P" N 1553 entraron los corsarios franceses en Santiago y no se fneron de allí hasta cargar con cuanto numerario había, unos ochenta mil pesos que se les entregaron a título de rescate. Cincuenta años después, día por día, entraron de nuevo en la ciudad de Velázquez los infrascritos y no dejaron allí títere con cabeza. Esta vez iban mandados por el caballero Gilberto Girón, señor de la Ponfiera. En aquella época los señores ejercían de facinerosos, por lo cual vemos en la historia del corso y la piratería muchos personajes de campanillas, el señor de Eobertbal, el caballero Morgan, el caballero de Grantmont .... Podía decirse con el otro :

que todos son caballeros y la capa no parece

El pueblo de Santiago que tenía muchos motivos para eludir la visita de tales caballeros, no esperó al señor de la Ponfiera con sus desalmados y siguiendo las costumbres de la época puso pies en polvorosa, trasladándose con armas y bagajes a Bayamo, que como pueblo mediterráneo, que se decía entonces, ofrecía más garantías de seguridad aunque no todas las que eran de desear.

Cuando a principios de Abril de 1603 penetró Girón por las empinadas veredas de Santiago, vió con asombro que aquello era un desierto. El vecindario no había dejado ni clavos y ésto le produjo tal arrebato de cólera que no pudiendo desahogarla en las personas, la desfogó en el pobre y ya desencuadernado templo mayor al que por su dignidad se le llamaba Catedral, pero que no merecía ni el nombre de ermita. Pero malo como era, lo encontró Girón de perlas para alojamiento suyo y de sus bandoleros consagrándose desde que de él tomó posesión a saquearlo con todas las reglas del arte, es decir no dejando en ella nada que valiera la pena. Ornamentos, vasos sagrados, plata labrada, todo lo metió en su equipaje, sin que tan pobre botín lograra calmar su rabia, antes por el contrario, despertándola en términos que se hallaba en situación de pelear hasta con su sombra. Vino a poner el colmo a su iracundia la noticia que le trajeron

COSAS DE

ANTAÑO

los suyos de que en dos leguas a la redonda no se encontraba una sola res. De las demás iglesias de Santiago, no había sacado para la fuma, como se dice por estos valles. El caballero Girón, que debía ser todo un bárbaro y además un pagano terrible, se sintió poseído del espíritu maligno y además del espíritu de destrucción y cogiendo un montante de aquellos que hoy se ven en los museos y que nos parece mentira pudiera manejarlos un hombre, y la emprendió a mandobles y cintarazos contra las imágenes haciendo un degüello que ni el de Sapor, rey de Persia en los cristianos.

Hecho un montón con todos aquellos santos, martirizados dos veces, una en vida y otra eD efigie, destruyó las pilas del agua bendita y la pila bautismal, arrancó de su sitio las mezquinas esquilas, que no campanas, echó por tierra los altares y tras de tanta barbaridad echó una mirada en torno para ver si algo quedaba en pie. Sólo quedaba la Virgen María, dentro de un cerrado camarín, razón por la cual había pasado inadvertida para aquel iconoclasta de mil demonios. Echando espumarajos trepó al altar, rompió de un puntapié los cristales emplomados del camarín y blandiendo su satánico alfanje empezó a descargar cuchilladas sobre la imagen de la Madre de Dios, hasta cortarle a cercén la cabeza que .fué rodando hasta la verja del presbiterio, donde se

hallaban tumbados los piratas haciendo la digestión del aguardiente consumido en aquella jornada.

No es nuevo el caso, aún en nuestros días de descreimiento, para no serlo en aquellos de ciega fé, de que los criminales más empedernidos sean devotos, No ha faltado asesino que antes de dar el golpe se encomendase a la Virgen o al santo de su devoción. Será tal vez que la -fe religiosa es lo último que se pierde quedando siempre en el fondo de los corazones por perversos que sean, las creencias que les fueron inculcadas en la cuna. Lo cierto es que no todos los piratas tomaron a bien la barbarie sacrilega de su endemoniado caudillo y aún alguno se atrevió a decir que empezaba mal aquella empresa para que pudiera tener feliz desenlace. Había allí muchos que tenían sobre su conciencia varios asesinatos y un número incalculable de delitos y no obstante, no se sintieron con ánimos para aplaudir el degüello de la Virgen y las profanaciones realizadas por Gilberto Girón.

No teniendo éste ya nada que hacer en Santiago hizo rumbo a Manzanillo, donde había destacado con anticipación una balandra armada. Aun antes de que llegara con sus gerifaltes a Manzanillo había llegado la noticia de sus fechorías a Bayamo, en donde, como ya hemos dicho, se habían refugiado los habitan-

tes de Santiago a la aproximación de sus naturales enemigos. Lo que más dolió a los santiagueros, fué la serie de sacrilegios cometidos por los franceses en la catedral y sobre todo la decapitación de la imagen de la Virgen, que tenían en gran veneración. Pero si todo esto fuera poco para despertar su ira y también su valor adormecido con la rápida agresión, vino a saberse entonces por un guajiro ele Manzanillo, que había llegado devorando leguas, el secuestro del obispo don Juan de las Cabezas Altamirano. que con el canónigo Puebla y el fraile Diego Sánchez, habían sido sorprendidos en la hacienda de Paradas y conducidos hasta aquella bahía desnudos y descalzos, recibiendo tratamiento inicuo durante la jornada.

El hombre de acción en Bayamo. era entonces Jacome Milanés, de quien desciende la familia de este apellido, Gregorio Kamos. el negro esclavo Salvador Golomón y otros intrépidos bayameses, dispuestos a jugarse la vida en defensa del prelado. Pero la reflexión les aconsejó no llevar adelante un ataque donde pudieran perder la vida aquellos mismos que pretendían salvar y en primer término, apelaron a las negociaciones. Como Girón nada sacaba de llevarse a los cayos unos pobres sacerdotes, aceptó proposiciones de rescate, conviniendo en entregar a los prisioneros en cuanto

se hallaran en su poder mil pieles de res sin curtir, las que le llevaron sin pérdida de tiempo, quedando emboscada la fuerza bayamesa en tanto, para ver en que paraban las negociaciones. Los piratas, su caudillo el primero, bien seguros de que nadie habría de acometerlos, circulaban por la campiña y la playa completamente descuidados, esperando sólo el rescate acordado para embarcarse. Milanés y sus compañeros, haciéndose cargo de la situación, cayeron como un rayo sobre los franceses, haciendo en ellos gran carnicería y Girón murió a manos del negro Salvador Golomón, que le cortó la cabeza. Véase de que modo el que había degollado la Virgen de Santiago, sólo tardó algunas horas en ser degollado. De la hazaña de Golomón queda como recuerdo una de las producciones poéticas más antiguas de nuestro Parnaso, en la que perpetúa el hecho el poeta canario Silvestre de Balboa Troy, con estos versos :

Oh Salvador, criollo, negro honrado, vuele tu fama y nunca se consuma que en alabanza de tan buen soldado es bien que no se cansen lengua y pluma . . .

Herencia de sangre.

Para Eduardo Alonso (Amadís) en "El Mundo".

A L ser destruido por un huracán en Octubre de 1846, (el más furioso de cuantos se recuerdan) el teatro de la Alameda, empezó a alcanzar gran auge el de Tacón, construido por el famoso Pancho Marty, quien se esforzó en traer las mejores compañías que entonces actuaban en los teatros nacionales. Entre estas figuró una de zarzuela, género que arrebataba al público habanero, en la que trabajaban dos artistas muy notables, Juanita González y Francisco Domínguez. Desde las primeras funciones lograron apoderarse del afecto del público que premiaba su labor casi diaria, con el aplauso. El repertorio de zarzuela española, que acababa de nacer a la vida teatral, era entonces muy reducido figurando entre sus más apíau-

didas obras, El duende, de Olona y Hernadon, Todos son raptos, Un embuste y una boda, de Genovés, La picaresca, de Gaztambide y Barbieri, Jugar con fuego, de Vega y Barbieri Por seguir a una mujer, de Olona, El secreto de una artista, El valle de Andorra, música de Gaztambide, que daba un lleno diario y alguna otra.

Nuestros dos artistas, tras de una temporada en la Habana, hicieron una excursión por el interior, recogiendo muchos aplausos y ganando buen dinero. Al fin se fijaron por algún tiempo en Cienfuegos. Era un matrimonio joven, bien llevado que parecía quererse mucho y cuya ventura había centuplicado el nacimiento de una preciosa niña a la que pusieron el nombre de Matilde, sin duda como un homenaje de los dos artistas a la eminente actriz Matilde Diez, que llenaba la escena en los principales teatros de habla castellana.

Cuando empieza nuestra relación, esto es, por los años de 1837 a 38, la niña tenía unos catorce o quince años y hacía ya algunos papeles con tal disposición y gracia que anunciaban una prematura celebridad. Con un despejo poco común, facultades excepcionales, admirable belleza y preciosas formas, Matilde se apoderó despóticamente de todas las voluntades. Poseía una voz muy agradable y bien timbrada, aunque de poco volumen, y en todas las

obras monopolizaba el aplauso del público, cualquiera que fuese el teatro en que trabajara.

En el principio de su carrera artística, cuando recogía las primicias de su labor lírico-dramática, una gran desdicha vino entenebrecer su juvenil existencia, Francisco Domínguez, su padre, en un arrebato de locura celosa, cosió a puñaladas a su amante compañera y después se quitó la vida, drama sangriento que se desarrolló en Cienfuegos, donde estaban avecinados y gozaban de general estimación. Matilde quedó profundamente afectada por aquel terrible golpe, capaz de quitar el juicio al ser más flemático, pero huérfana y necesitada de buscar en su arte el sostén de la vida, continuó su carrera artística doblemente querida del público por ver en la joven la víctima de un gran infortunio. Lo que en otros es todo lo contrario, el dolor en Matilde Domínguez, acendró sus aptitudes artísticas y día por día se vió desenvolver su genio hasta llegar a ser, (que por tal se le considera) la que fundó en Cuba la zarzuela y la deparó sus más brillantes triunfos. Ella dió a conocer en esta isla las mejores producciones del género y sin desdoro del público, hubiera podido actuar con aplauso en los principales teatros de América.

El día 22 de Noviembre de 1853, acabando casi de cumplir los veinte años, estaba escrito por el destino que había de ser el último día

de sus triunfos. Poníase en escena en Tacón, la bella zarzuela El valle de Andorra, en la que

Matilde hacía de una manera inimitable el papel de Luisa. Cantó aquella noche como nunca, obteniendo una ovación delirante. Aplausos, coronas, flores, palomas, todo le fué tributado por un público entusiasta y conmovido, que tanto admiraba en ella la artista como la mujer en el apogeo de la gracia y la belleza. ¿Qué pasó entre los bastidores del coliseo, en la platea o en el camerino de la artista aquella noche memorable? Nadie llegó a saberlo con certeza. Matilde, acompañada de su esposo, se retiró a su domicilio arrullada por el eco de los últimos aplausos. ¿Tuvieron los esposos en su casa un nuevo altercado? Tampoco se ha sabido ; lo que se supo fué que él, loco, furioso la dió treinta puñaladas que destrozaron aquel cuerpo encantador, el día 23 a las siete de la mañana. Al ver a la que amaba convertida en un despojo horrible, nadando en un lago de sangre, se clavó el cuchillo en el pecho varias veces, muriendo días después.

La noticia cayó sobre la ciudad como una bomba y el sentimiento público fué sincero y profundísimo, siendo el entierro de la amada artista un homenaje como se ven muy pocos. El cadáver iba en hombros de sus admiradores, que eran miles y se disputaban, por lo tanto aquel dulce consuelo. Matilde fué embalsama-

da por el notable médico Nicolás Manzini, a quien ayudó el doctor Patrocinio Freixas. Una gran orquesta, las primeras partes de la compañía de zarzuela que actuaban en Tacón y el .cuerpo de coros prestaron su concurso al acto. Sobre la sepultura de Matilde, según la moda de entonces, se leyeron poesías y se pronunciaron discursos en elogio de la inolvidable artista a quien veía muerta nuestro pueblo resistiéndose a creerlo. Verdaderamente quédase uno absorto ante esa fatal y extraña coincidencia de destinos; madre e hija apuñaleadas por sus esposos en el apogeo de su -.talento y de su belleza...

Una fiesta en honor del príncipe Alexis.

Para Antonio Jiménez, celebrado dibujante.

ENTRE todas las grandes fiestas sociales que registran los anales de esta ciudad en el siglo pasado, descuella por su ostentación y grandeza la recepción hecha al príncipe Alexis, hijo tercero del Czar de todas las Rusias. Ninguna fiesta real de las que se recuerdan en Cuba supera a ésta, que ha hecho época sin que fuera causa para deslucirla la guerra que ardía en nuestros campos y que había alcanzado entonces, precisamente, su mayor grado de virulencia y encono.

El 27 de Febrero de 1873 entró en nuestro puerto una escuadrilla rusa compuesta de la

fragata "Bogatir", de ocho cañones, el clipper "Abrek" de siete y la fragata "Swetlana", a bordo de la cual viajaba como teniente el Gran Duque Alexis, formando parte de su tripulación como lo hacen los príncipes reales de la Gran Bretaña, que no obstante su jerarquía son a bordo simplemente marineros sujetos a la más severa disciplina. Tanto es así , que al pasar a bordo de la "Swetlana" después de los saludos de ordenanza por las baterías de la plaza, el general segundo cabo con su estado mayor para saludar al príncipe y una comisión del Ayuntamiento de la Haban para invitarlo a ser huésped de la ciudad, el Gran Duque contestó que aceptaba el honor que se le hacía, pero que hasta el día siguiente no podría desembarcar por hallarse prestando servicio. Mientras tanto una multitud extraordinaria cubría los muelles por presenciar el desembarco que tuvo efecto el día 28 a las cuatro de la tarde en medio del estampido de los cañonazos y el acorde de las músicas situadas en el muelle de Caballería, donde esperaban para dar la bienvenida al príncipe, el capitán general conde de Valmaseda con sus ayudantes y Estado Mayor, el Ayuntamiento acompañado de su maceros, el general segundo cabo, el cuerpo consular y diferentes corporaciones, además de un público numerosísimo.

El Gran Duque llegó en la canoa de gala del vice-almirante de la escuadra rusa y tras de la

canoa, dándole escolta, seguía la falúa de vapor del Apostadero, en la que iba el general de marina Suances con otros jefes de la armada española. En la canoa del gobierno general iban los oficiales de la escuadra rusa y aficiales del Apostadero, ofreciendo el contraste de sus uniformes un cuadro lleno de color. Valmasecla saludó en francés al príncipe que, sombrero en mano, recibió los saludos dé las corporaciones allí presentes. Una banda tocó entonces la marcha nacional rusa y la comitiva, en lujosos carruajes a la Dumont, llevando al estribo generales y jefes de alta graduación, tomó el camino de la famosa quinta de Santovenia que había sido lujosamente amueblada y decorada para residencia del regio huésped. Las tropas y fuerzasde voluntarios cubrían toda la carrera y las calles del tránsito se veían vistosamente engalanadas, luciendo como ramos de flores vivientes, las más distinguidas y bellas damas.

Los jardines de la quinta, a donde llegó el 'Gran Duque a la seis de la tarde, se hallaban iluminados de una manera fantástica. El príncipe Alexis invitó a sentarse a su mesa al capitán general, al segundo cabo, al gobernador político y otras señaladas personas. Después de la comida salió de incógnito a recorrer la ciudad, regresando a su alojamiento muy avanzada la noche. Al día siguiente se le dió un banquete en el palacio de la Plaza de Armas, asistiendo el

cuerpo diplomático y cuanto de brillante y distinguido encerraba la capital, que estaba toda iluminada con guirnaldas de gas en los edificios oficiales y de las maneras más caprichosas en los particulares. Después del banquete asistió el principe a la función de Tacón, cuya compañía de ópera ponía aquella noche "Don Crispino e la Comare".

No seguiremos uno a uno los números del programa de festejos porque ello haría este artículo interminable. El día 3 ofreció el Ayuntamiento al Gran Duque un baile de gala. El palacio se hallaba maravillosamente iluminado, luciendo en el arco del pórtico un letrero de luces de gas que decía: ¡Viva Amadeo! Cosas del muy ilustre, porque lo natural sería un saludo al huésped. El rigodón de honor lo formaron las siguientes parejas: El príncipe Alexis. y la bella condesa de Jibacoa, vis-a-vis con el conde de Valmaseda y la señorita Duquesne ; el conde de Cañongo y la señora de Zulueta, el general Ceballos y la elegantísima Lola Morales de Sandoval ; el ayo del príncipe y la señora Dolores Pedroso de O'Reilly y el capitán Claimer de la armada rusa y la hermosa condesa de Romero. El baile resultó suntuoso y brillante hasta deslucir cuantos desde veinte años antes se recordaban en la Habana.

Un Gobernador que

no gobernó nunca.

A mi ant,iguo amigo y compañero en letras José de Franco y Ors, secretario de Redacción del "Diario de la Marina".

P" N nuestra vieja historia colonial, perdidos en el grueso fárrago de los sucesos más disímiles, se tropieza a veces con episodios que no hubieran desdeñado los grandes trágicos griegos para sus composiciones y sin transición, con motivos los más encantadores para una farsa. Sófocles y Eurípides palpitan en la misma página en que lanza carcajadas Aristófanes. ¿Y qué es la vida, por otra parte, sino eso mismo r un coro incesante de gemidos y carcajadas?

En el largo período de las guerras marítimas que tiñen de sangre los mares del mundo, síngu-

larmente los de América y más que todos ellos, los de las Antillas, ya cuando la piratería, después de haber llegado a su apogeo iniciaba, por ley inmutable de la existencia, su declinación, tropezamos con un personaje muy interesante y singular: el maestre de campo, en tierra y general de galeones en el mar don Alonso de Campos Espinosa, militar valeroso por los cuatro costados; pero como no siempre al valor acompaña la fortuna, el hombre más desgraciado que vistió uniforme y cambió cañonazos con el enemigo. Los cronistas de aquella época se ocupan en él con cierta melancólica ironía, bien así como si por epitafio de sus proezas, lanzaran la exclamación, corriente en nuestros días, de : ¡El pobre don Alonso! Y el caso es bien explicable: nuestro héroe, con una pujanza igual a la del Cid de todos sus encuentros con piratas y corsarios salió siempre invariablemente, sin una sola excepción, con las manos en la cabeza. Era mala sombra implacable, desgracia persistente, como si las malas hadas en la cuna le hubieran dicho i Tu lote en este mundo será no ver jamás la tuya. Todo te saldrá al revés. No te metas a sombrerero porque al día siguiente empezarán a nacer los chicos sin cabeza. . .

O'Exmeling, cronista de los filibusteros, ocúpase, en muchas páginas, de la vida y milagros bélicos de nuestro general de galeones, y aun aceptando que algo exagere en su relato, por

que es probado que más tenía de pirata que de historiador, queda sobrado margen para deducir que don Alonso de Campos Espinosa no distaba mucho en lo físico y en lo moral del famoso Caballero de la Triste Figura, a quien al desfacer entuertos costó en la vida tantos palos.

Dejemos por un momento sobre las olas a don Alonso en busca de aventuras y echemos una ojeada a la isla de Cuba, que entonces atravesaba uno de sus períodos más críticos. Era su gobernador desde el año de 1670 el maestre de campo y caballero del hábito ele Santiago don Francisco Rodríguez ele Ledesma, quien hacía frente, como Dios le daba a entender, a dos cuidados muy graves : la continuación de las murallas empezadas por su antecesor Dávila Orejón, y la plaga de piratas que infestaba nuestras aguas con la protección descarada ele las naciones que disputaban. a España el usufructo de su inmenso imperio colonial, tan inmenso como mal guardado. Como lo primero que hace falta para guerrear es el dinero y Ledesma, bajo el cetro de Carlos II, estaba a la cuarta pregunta, ni por mar ni por tierra hizo milagros. Estaba además entre la espada y la pared ; porque si armaba en corso algunas naves, éstas en vez de perseguir a los filibusteros se dedicaban a hacer un furioso contrabando. Desde el mando anterior habían menudeado las agresiones piráticas, siendo por segunda vez saqueado San

Juan de los Remedios, invadido Santiago y asaltado Puerto Príncipe. Para que nada faltara en punto a calamidades en 1678 un espantoso terremoto azotó a la antigua ciudad de Velázquez, destruyendo su catedral y arruinando la población.

No debían ser éstas muy grandes satisfacciones para Ledesma que ya llevaba ocho años en el mando, por cuya causa solicitó su relevo con profundo regocijo de los contrabandistas, mal llevados con la severidad del gobernador. A la hora menos pensada recibió la grata noticia • de haber salido de España su sustituto. Era éste nada menos que Don Alonso de Campos Espinosa, quien cansado de quedar en los mares como su homónimo el criollo don Alonso, dejaba el mando de sus naves maleventuradas por el gobierno de esta isla.

Ledesma desde que le llegó la ansiada noticia empezó a contar impaciente los días que lo separaban del terruño; pero con asombro suyo y de los que ya tenían noticia del relevo, no llegaba éste ni siquiera nuevas de la flota que conducía al nuevo gobernador. Y en tal situación no transcurrieron dos ni cuatro ni seis meses, sino doce largos, de talle mediando entre lo Corte y Ledesma una serie de preguntas y respuestas tan extensa como el Catecismo.

— ¿Ha llegado ahí don Alonso?

— Ni por pienso. . .Estamos esperándolo... — ¿Pero salió de Cádiz?

— Sí, señor... En Abril... hace de esto ocho meses.

Y fué andando el tiempo sin que don Alonso de Campos Espinosa apareciera por parte alguna y con cada nave y con cada flota iban y venían preguntas :

— ¿Llegó por fin el hombre?

— Ni los polvos . . .

— Habrá naufragado ... no puede ser de otro modo.

— Pero se habría salvado' algún buque . . . Además, ¿llegaron a España noticias de algún naufragio ?

— Ninguna . . .

— ¿Pues dónde se ha metido entonces don Alonso ?

El paradero de nuestro general de galeones fué siempre un jeroglífico para la metrópoli y lo mismo para la colonia. Debió habérsele tragado el mar o lo que es más probable, al atravesar el Atlántico tuvo el último encuentro, desgraciado, no hay para qué decirlo, con los piratas, y éstos se dieron el gusto de echarlo a fondo por los siglos de los siglos. He ahí como en nuestra historia figura un gobernante que ... no gobernó nunca.

Al ver que Ledesma había cumplido ya diez años en el mando y Don Alonso no daba señales de vida, se anuló su nombramiento, viniendo en su lugar el maestre de campo don José Fernández de Córdova, y Ponce de León.

Para Miguel Angel Quevedo* director de "Bohemia".

CRISTIANIZAR un muchacho en nuestros días tiene muy poco que ver: hasta les sacramentos de la Iglesia tuvieron su época de moda. Aun nos atreveríamos a decir que la moda actual es dejar a los niños judíos. Pero en el siglo pasado y en los antepasados u** bautizo era una gran fiesta del hogar, un día de hondo regocijo, un motivo para que las clases elevadas de la sociedad echaran la casa por la ventana.

Tenemos a la vista, como documento precioso en apoyo de nuestra afirmación, una ennegrecida vitela, (como que cuenta de impresa la frió lera de noventa y pico de años), invitación para un bautizo en el gran mundo y para regocijo de curiosos y sorpresa de los que no ven las cosas como las veían nuestros abuelos, que eran mejores gentes que nosotros, desde luego, vamos

290 COSAS DE ANTAÑO

a reproducir sin alterarle punto ni coma. Dice así :

"Sr. Don

El nacimiento del primer vástago, consecuencia de la unión de los Seres a quienes tiene enlazados en dulce consorcio la cadena del hime neo, es un hecho altamente significativo que contribuye a estrechar más y más los vínculos que los ligan. Con tal motivo y debiendo administrarse el santo sacramento del bautismo a mí amada hija la niña Clara Victoria América, el día 14 del actual, espero de la amistad de V. se sirva amenizar con su presencia la reunión familiar que he proyectado y que . tendrá efecto en mi nueva morada calle de Dragones núm. 102, en concepto, de que la presente esquela se dignará entregarla a la comisión que con tal objeto estará situada a la entrada del edificio.

Habana 11 de Mayo de 1824".

Esta curiosa invitación no lleva al pie la firma del feliz esposo que ofrece la fiesta; pero a] través de los nombres, en cierto modo simbóil^ eos de la niña, Clara Victoria América, creemos hallar un simpatizador de la causa americana triunfante entonces por el genio y la perseverancia de Bolívar. Otra singularidad de la invitación es no señalar hora para el acto pero se comprende ciado que era tradicional celebrar los bautizos entre las cinco y las seis de la tarde.

A la seis de la tarde la fila de lujosos quitrines alcanzaba desde la casa ya designada, el 102 de Dragones entre Lealtad y Campanario, para arriba hasta Manrique y para abajo hasta el cuartel de la caballería. Una rica alfombra se hallaba tendida desde la casa hasta la Iglesia de Guadalupe o del Santo Cristo de la Salud. Algo más de dos cuadras de extensión. Un numeroso público cubría las dos aceras frente al 102, apiñándose en la esquina de Campanario y Dragones por donde había de pasar precisamente el cortejo. No tardó en asomar en la gran puerta del zaguán completamente franqueada. Una hermosa mestiza elegantemente vestida llevaba en brazos al neófito envuelto en un mar de batista y de encajes; seguían el padrino, señor de muchas campanillas bien poseído del principal papel que desempeñaba en aquella fiesta, dando el brazo a una bella jovencita, la madrina, que trajeaba de blanco, escotada al estilo de la época, calzando zapaticos con galgas y tocada su gentil cabeza con una capota de paja de Italia adornada de flores. En la mano llevaba una preciosa pucha. Detrás damas, damitas, caballeros y jóvenes en número suficiente para llenar aquel extremo de la calle de Dragones donde no podía uno revolverse; tan grande era el gentío.

Repicaban alegremente todas las campanas de la Salud colocadas ya en el balconcillo que

servía de campanario y que dio a la calle de Manrique el nombre de Campanario Nuevo; por Salud no podía romperse para penetrar en el templo y en torno, tomando posiciones para el regreso, se veía una turba de chiquillos de todos los colores hasta del indefinido que presta la ausencia del agua. Era una horda parapetada a la sombra de los pórticos y mezclada en el concurso, dispuesta a hacerse polvo en el suelo cuando empezaran a caer de manos del padrino los primeros puñados de medios de plata. Entonces éramos verdaderamente ricos : en Cuba no existía el centavo que es una señal de miseria aun cuando traten de desmentirme ios economistas. No se por qué dijo ni en que ocasión cierto publicista cubano que el día en que hubiera un gobernante bastante imbécil o bastante malvado para introducir en esta tierra ]a moneda fraccionaria, aquel día habría hecho a Cuba tan miserable, a pesar de sus zafras, como el último pueblo europeo. Los hechos posteriores no han desmentido el vaticinio.

La ceremonia en el templo fué solemnísima porque toda la vida hacer cristiano a un haby opulento se diferenció mucho del bautizo de un desgraciado. Curas y sacristanes hicieron una zafra de peluconas y ochentines habiendo por lo tanto iluminación brillante, cruz alzada, roquetes y pellices acabaditos de salir de la planchadora y marcha triunfal a todo órgano que

presta majestad y grandeza a toda fiesta religiosa.

La comitiva, siempre delante la infantica sobre cuya gracia y buen humor se hacían por los invitados grandes comentarios, pues no había llorado al echarle el agua regeneradora ni tampoco al ponerle la sal en la boca, primer trago desagradable de su incipiente existencia, salió de la Salud con el mismo orden que había entrado ; pero en cuanto salió ya la cosa fué distinta porque una infernal gritería saludó su aparición. Eran los chiquillos pidiendo el consabido medio que en forma de verdadera lluvia cayó sobre sus cabezas. El padrino para facilitar el paso al cortejo que recorría el pavimento alfombrado, arrojaba a un lado y otro puñados de monedas que al caer provocaban una lucha feroz llena de interjecciones no muy parlamentarias, de gritos y como es consiguiente de golpes porque en ella habían para coger su parte de botín hombres barbados y mujeres de rompe y rasga. Así, entre aquel tumulto, símbolo fielde la vida donde por el dinero se pierde el decoro, se muere y se mata, llegó el cortejo a la casa de donde había salido, a cuya puerta se agolpaba la numerosa servidumbre de una familia cubana en aquellos tiempos de opulencia y despilfarro.

Ya anochecía; entonces no había alumbrado público más que en intramuros; unas morteci-

ñas linternas de aceite que hacían más densas las tinieblas en derredor. La casa, no obstnte, era un ascua de oro a favor de las arañas, algunas de más de cien bujías y de numerosas cornucopias de pulimentado acero que servían de reflectores multiplicando las luces. Los salones se llenaron en tanto los padrinos iban a entregar la preciosa carga a los dichosos padres, con la frase sacramental de : "Nos la entregaron judía y se la devolvemos cristiana". El piano dejó oir la primera contradanza al mismo tiempo que dos jóvenes criadas llevando cada una un canastillo, iban repartiendo a la concurrencia las cintas del bautizo de las que colgaban relucientes doblones que ha bían sido agujereados al efecto.

Notábase el activo movimiento en las cocinas precursor de una comida digna de Lúculo. La servidumbre iba y venía repartiendo refrescos y dulces y en uno de los gabinetes los hombres serios dejando mariposear a la juventud, arrojaban al aire los torbellinos de humo de sus magníficos habanos.

A las siete y media inició la retirada, cambiendo fervorosos parabienes, una parte considerable de los invitados, por la sencila razón de que viviendo en la Habana, es decir, dentro de las murallas, tenían que recogerse antes del cañonazo de las ocho, hora en que se cerraba puer-

tas y rastrillos y se alzaban los puentes como en tiempo do las agresiones de los corsarios.

Empezó entonces el desfile de los quitrines, algunos de los cuales iban seguidos de criados con faroles, sobre todo aquellos que no penetraban en la ciudad por la Puerta de Tierra teniendo que dar mucho mayor rodeo para después de atravesar el puente de Galiano y Neptunt* entrar por la Puerta de Monserrate.

Aun con aquella disminución de invitados quedaron bastantes en la casa de Dragones para mantener la animación en la sala de baile, en la mesa y en las partidas de faraón y tresillo que se habían improvisado. Entonces no había fiesta sin juego y se jugaba fuerte. Una hermosísima noche tropical mantenía abiertas todas las ventanas a las que se agolpaban curiosos los vecinos y por las cuales salía en bocanadas al exterior, el perfume de las damas, que recorrían del brazo de sus caballeros luciendo sus tocados en que flameaban al soplo de la brisa cintas y plumas. Dominaba el color blanco en los vestidos así como en los hombres el profundo ciruela, él granate y el negro con chaleco y pantalón blanco, sobre todo los jóvenes. Por no hacer más larga esta crónica de salones no descendemos a otros curiosos pormenores sobre el figurín masculino. En otra será.

A las dos o muy cerca de ellas empezó el desfile, cosa extraordinaria dadas las sencillas eos-

tumbres de equella época ; pero aquel día se había echado una cana al aire en honor de la interesante Clara Victoria América,- primer vástalo de un felicísimo matrimonio que, seguramente, entusiasmado con el resonante éxito de la fiesta, habrá hecho esa noche fervorosos votos por la repetición en el año venidero. He ahí un bautizo a principios del siglo pasado.

La casa de Pasajeros.

Para Nelson Polhamus.

A L morir envenenado el gobernador de la ** isla de Cuba, capitán don Francisco de Carreño, a fines de abril de 1570, ya tenía nombrado por sucesor al capitán Gabriel de Lujan, tal vez porque la severidad y la rectitud inquebrantables del difunto suscitaron contra él poderosos enemigos en la Corte (Je España. Pero la Audiencia de Santo Domingo, eu tanto no llegaba el propietario, nombró interinamente al licenciado Gaspar de Torres, que fué plena confirmación de cuán fundado era el cemor en América al mando letrados.

Torres, de cuyo origen no tenemos noticia, residía de muy antiguo en la Española y puede decirse que trajo a la Habana, como equipaje, todas las inmoralidades y granjerias que carac-

terizaban la pública administración en los primeros años del coloniaje.

Carreño, que había gobernado con mano de hierro y que jamás transigió con la más pequeña transgresión de las ordenanzas, había reprimido la mayor parte de los abusos, y a la hora de morir empezaba una era de orden y tranquilidad para el país entero.

En pocas semanas Gaspar de Torres echó por tierra la obra de su honrado antecesor con su malos ejemplos, su codicia y su tolerancia con los vicios que le rodeaban. La guarnición de la Fuerza pernoctaba fuera del Castillo, la soldadesca vivía con la misma anchura que el clero que había alcanzado el último extremo de la desmoralización, y Torres, en connivencia con el contador Pedro de Arana, guardián y responsable de los fondos públicos, los empleaba en especulaciones. Los dos tenían su* barco para llevar y traer mercaderías, y mientras los corsarios saqueaban los pueblos de la costa, Torres y Arana, con la mayor tranquilidad se entregaban a sus partidas de dados y naipes, sin despachar más asuntos que los que les convenían.

Como esta conducta llevaba aparejada una grave responsabilidad, de la que había de pedírsele estrecha cuenta a la llegada de su sucesor Luján, Torres no esperó que estallara la

tormenta, y al saber que la flota en que llegaba aquél había tomado puerto, desapareció como por encanto, llevándose, además del fruto de sus rapiñas, cerca de diez mil ducados que pidió a préstamo en el vecindario, además de cuatro mil que había sacado de las arcas reales. De él no se tuvo más noticia ; pero se dice que supo eludir la acción de la Audiencia y que más tarde se apareció en la Península. El 15 de mayo de 1581 abandonó el gobierno.

Unido al nombre de este malandrín nos queda una institución muy curiosa, de la que muy pocos tendrán noticia. No fué Torres su fundador, sino Carreño ; pero la muerte impidió que desenvolviera en la práctica lo que había dejado escrito.

El honrado gobernante, sin una ordenanza ni un reglamento, sin instrucciones especiales para el caso, había imaginado un método sencillo para la distribución de mercedes de terrenos, de cuya facultad había abusado extraordinariamente y seguía aun abusando el Ayuntamiento de la Habana, al efecto de evitar en el reparto la confusión que se advirtió desde que los municipios hicieron uso, sin reglas, de aquellas adjudicaciones.

Reducíase el método a que el pretendiente de una merced, presentase una petición al Cabildo, ordenando el municipio que se reconociese antes si la extensión territorial pedida apare-

cíe libre de otro clercho. Practicábase esta investigación por medio de nna información de tres testigos, y de no presentarse reclamación después de cierto tiempo, se concedía la merced, "sin perjuicio de parte", con la expresa condición de empezar a criar ganado en el término de un año y de levantar en el centro de la hacienda una vivienda llamada "Casa de Pasajeros", porque al recibir la merced contraían los beneficiados la obligación de dar asilo y hospitalidad bajo su techo a los caminantes, teniendo provista siempre aquella vivienda de un barril de agua, y de fuego en el hogar.

Esta curiosa institución de la "Casa de Pasajeros", tuvo la misma vida que las mercedes, y contribuyó mucho al fomento de la ganadería, porque entonces ésta constituía el principal ramo de riqueza del país, que aun no había desarrollado sus tesoros agrícolas.

En esta época fué adoptada la "caballería", como unidad agraria para la distribución de las mercedes. No es medida superficial de Cuba, sino importada de México y Costa Firme, sin que aparezca su origen consignado en parte alguna. Es medida mayor que las más grandes de Europa, explicable en países como los de América, dondo sobran tierras y faltan brazos. Consta la caballería de 192.492 varas castellanas, superficie equivalente a más de veinte fanegas de Castilla.