Cosas de antaño: tradiciones cubanas (tercera serie) · Unidad 17 de 24

Unidad 17 · COSAS PE ANTAÑO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

COSAS PE ANTAÑO

veces porque se le aburriera, pues a la Habana venían entre doce cosas regulares diez que no valían la pena de verse y menos de pagarse.

Entre los artistas que entonces vinieron a hacer su agosto con los habaneros contábase un francés que pudiera disputar a Blondín, el que atravesó más tarde el Niágara en el alambre, la palma del triunfo. Llamábase M. Ribot y lo acompañaba en sus peligrosos y difíciles ejercicios en la cuerda tersa una hermosísima e intrépida mujer, madame Farine, su esposa, según rezaba el cartel sin que nadie se metiera a averiguar dónde habían recibido las bendiciones. Madame Farine que vestía un traje fantástico que daba aun mayor realce a las preciosas redondeces de su cuerpo de estatua, alternaba en el recorrido del alambre con M. Ribot y se llevaba, claro está, la mayor cosecha de aplausos por que la valentía en la mujer y después la hermosura y tras la hermosura la exhibición de ella casi sin velos, siempre atrajeron la admiración de los concursos sobre todo en los pueblos de nuestra raza. Allá por el año 52 o 53 visitaron esta capital y dieron una serie de funciones con el agregado de un tío que bailaba descalzo sobre una plancha de hierro encendido, (debiendo ser aun más de aplaudir que se estuviera quieto sobre ella) y la bárbara y ya generalizada lucha de un toro con varios perros mallorquines, espectáculo cruel

y repugnante que es inconcebible se consintiera en una ciudad culta.

Con este programa no se cabía una tarde de Mayo en la plaza de toros de Belascoaín que era entonces de madera y que años después se alzaba de manipostería en el mismo sitio : Virtudes frente a la Beneficencia donde hoy existe una gran fábrica de tabacos. Por la calzada de San Lázaro, por Virtudes, Lagunas y Animas, desde luego por la calzada de Belascoaín viniendo de Cuatro Caminos llegaban incesantemente carruajes y gente a caballo con rumbo a la plaza y en la entrada de ésta se disputaban casi a puñetazos las localidades los más impacientes aunque faltaba una hora larga para dar principio al espectáculo. A las puertas cuidaban del orden algunos agentes de policía y en torno del edificio rondaban algunos lanceros a caballo haciendo bastante mal el papel que hacen hoy nuestros policías de tráfico.

Dentro de la plaza no se cabía ya con el público y aun las puertas seguían arrojando es pectadores. En aquel tiempo una buena entrada en la plaza de toros producía por encima de cinco mil pesos y muchos hicieron fortunas solidas en tales barracas de madera podrida para ir a malgastarlas miserablemente metiéndose a empresarios de compañías notables.

La autoridad militar había permitido que

una banda de música no sabemos de qué re^ gimiento, prestara mayor animación al espectáculo y a sus sones, según la costumbre española, un piquete de soldados hizo lo que se llamaba " despejo" dando principio el tormento del mansísimo buey que hacía de toro y el tormento también de los corazones sensibles, con la salida de una furiosa jauría de perros mallorquines que no ladraban pero que se prendían como banderillas del infeliz animal colgando en racimos de los orejas, del morrillo y de donde podían en medio de los aplausos del "pópulo bárbaro" de los tendidos que enloquecía de entusiasmo viendo aquel cuadro un tanto parecido a los que ofrecía liorna durante el imperio.

Después de esto, es decir, después que el espectador cruel tonificó sus nervios con aquel aperitivo, hizo su aparición el hombre salamandra invulnerable al fuego. Los preparativos de su ejercicio fueron tan largos que impacientaron al público. Era preciso colocar en debida posición cuatro grandes anafes encendidos y encima de ellos una plancha de hierro o de acero pulimentado que iba poco a poco poniéndose al rojo. Sobre ella salpicaba de vez en cuando el agua de un vaso con la mano el endomoniado artista que vestía traje adecuado : el de Mefistófeles ; pero sin zapatos. Cuando al fin se puso de un brinco sobre la plancha

encendida suscitó los más raros y absurdos comentarios a la vez que provocó nutridos aplausos. Unos creían que ciertamente la plancha estaba enrojecida, otros, como Santo Tomás necesitaban ver para creer y pedían pruebas como si se necesitase otra que el agua evaporándose rápidamente al caer sobre el hierro o los papeles de cigarros que se encendían momentáneamente al ser colocados encima. En resumen, dejando a unos haciéndose cruces y a otros disparatar de un modo tremendo el bailarín sobre fuego terminó su número y a los breves momentos se vió a M. Ribot recorrer los tendidos para examinar el alambre que atravesaba la plaza de un lado a otro a una altura de más de diez varas.

La salida de madame Farine puso el colmo al entusiasmo. Era una magistral belleza con algo más de Minerva que de Juno, por el aire y por la talla. Por una escala de seda subió al alambre que recorrió de extremo a extremo en medio de una ovación extraordinaria debida, creemos, casi tanto a su belleza como a su intrepidez. Desde abajo la contemplaba su esposo que de vez en cuando le dirigía una breve frase en francés, tal vez alguna recomendación. Cuando abandonó el alambre la hermosa mujer ocupó M. Ribot su lugar haciendo verdaderas maravillas con el balancín elegantemente manejado. Su soltura, su despreocu-

pación, la seguridad con que recorría el espacio sin más base que un hilo que podía romperse le atrajeron grandes aplausos y aclamaciones. Alguien dijo entonces, no sabemos con qué fundamento que aquel hombre estaba perdido si se le ocurría a cualquiera rezar el "Pa.- dre Nuestro al revés". La idea es tan peregrina como nueva y jamás se le ocurrió a nadie imaginar tamaño disparate. Vaya usted a averiguar qué congruencia existe entre una oración que santificó al pronunciarla el Divino Maestro y la suerte de un infeliz artista que se gana la vida sobre el alambre. A la superstición no hay quien le corte los vuelos de su estupidez.

Terminó el funámbulo y a una señal madame Farine subió por la escala de seda a su lado y en la punta del alambre que amarraba en los tendidos, trepó en hombros de su esposo y haciendo lanzar una exclamación de asombro a la plaza entera emprendió M. Ribot su paseo con aquella soltura y seguridad que arrebataba la admiración general. Ya iba la pareja de funámbulos muy cerca del término de su peligroso viaje cuando estalló la ovación más enorme y ruidosa que se oyera jamás. Todo el público estaba de pie hasta las damas ; madame Farine desde los hombres de su marido echaba besos a los palcos donde brillaba lo más selecto de la sociedad habanera. Pero de

pronto un grito de espanto que cubrió todos los gritos de la plaza anunció la horrible tragedia. La bellísima artista sin que nadie pudiera darse cuenta del suceso, abrió los brazos y cayó desde tan tremenda altura sobre los tendidos quedando inmóvil. Se había fracturado la base del cráneo. Hacemos, gracia al lector, de una descripción dolorosa y patética. La desesperación del infeliz M. Ribot echado sobre el cadáver de su hermosa compañera arrancaba lágrimas. De allí fué trasladado el cuerpo de la artista sin dar grandes señales de vida a la enfermería de la plaza prestándosele auxilios que parecían perfectamente inútiles. Y caso extraño : al volver en sí, la infortunada pidió que se le administrase el sacramento del bautismo. Era, lo mismo que su esposo, protestante, y quiso morir en el seno de la religión católica. Después de recibir las aguas regeneradoras expiró. Su desesperado viudo recibió también, días después el bautismo en la iglesia de Guadalupe hoy de Nuestra Señora de la Caridad. Después abandonó la Habana sin que de él se haya tenido más noticia. Entre los comentarios que se hicieron entonces no dejó de figurar "el Padre Nuestro al revés" como causa de aquella terrible tragedia.

Baile en honor del príncipe

de Joinville.

Al genial artista Conrado W. Mjassaguer, director de "Gráfico' 7

C" L seis de Mayo de 1838, saludando a la pla- ^— za con su doble fila de cañones, penetraba en el puerto de la Habana el magnífico navio francés Hercule, procedente de Jamaica, y que formaba parte de la escuadra francesa que bloqueaba a México. Conocióse aquella guerra en América con el nombre de guerra de los pasteles, porque aun cuando ya llovía sobre mojado y el gobierno francés, que pretendía hacer de México un Egipto o un Marruecos, había montado en cólera al ver lo estéril de sus empeños, el origen aparente del conflicto fué un pastelero francés a quien algunos soldados mexicanos devoraron las existencias del día, rompiendo, además, algunas sillas. Aque-

lia calaverada puso una escuadra sobre el mar, originó un bloqueo, el bombardeo de Veracruz, la destrucción del histórico castillo de San Juan de Ulúa y algunos centenares de muertos y heridos. Por los pasteles consumidos, abonó el gobierno mexicano seiscientos mil pesos a Francia. Creemos que jamás se pagaron tan caras unas cuantas bandejas de dulces.

Esa fué la guerra de los pasteles, que dejó cojo para siempre al ínclito general Santa Ana, padre de la revolución, y que él mismo se apellidaba enfáticamente el Napoleón del Oeste, cuando está probado que Bonaparte no huyó más que una vez en su vida, y Santa Ana se pasó la vida huyendo.

El Hercule formaba parte, como hemos dicho, de la magnífica escuadra francesa que mandaba en nuestros mares el contralmirante Carlos Baudin. En ella figuraban tan bellos barcos como la Criolla, el Faetón, el Coracero, la Medea, la Gloria, etc. El navio entrado en la Habana venía al mando del príncipe de Joinville, tercer hijo de Luis Felipe I, rey de los franceses, aquel mismo simpático duque de Orleans que, arrojado de Francia por el Directorio, en su peregrinación por América había sido nuestro huésped durante algunos meses en 1789, acompañado de sus hermanos el duque de Montpensier y el conde de Beaujalais, víctimas juveniles de la espantable revolución de

su patria, los que fueron alojados regiamente por dos ilustres familias habaneras.

El rey Luis Felipe fué padre felicísimo, si por felicidad paternal se entiende el verse reproducido en muchos y buenos hijos ; tuvo ocho y todos le hicieron honra : el duque de Chartres, que al advenimiento de su padre al trono de Francia tomó el nombre de duque de Orleans y que pereció trágicamente en lo más florido de su juventud al desbocarse el caballo del carruaje que lo conducía; el duque de Nemours, el príncipe de Joinville, el duque de Aumale, el duque de Montpensier y las princesas Luisa de Orleans, María Cristina y María Clementina de Beaujolais.

El príncipe de Joinville, que mandaba el Hercule, contaba entonces tan solo veinte años y era una legítima esperanza. Valiente, ilustrado, bondadoso como su padre y de excelentes costumbres, había dado ya pruebas de su mérito a pesar de su juventud. El carácter supremamente injusto de la guerra con México, no resta nada al valor, a la intrepidez y a la generosidad desplegada por el príncipe en aquella lucha, donde mandó la fragata Criolla, de 24 cañones, que bombardeó las baterías del Sudeste de Veracruz. Tocóle también, con sus marinos, tomar la casa de Arista, y después impedir que los heridos y los refugiados de

un hospital fueran sacrificados por las tropas de su nación en el encono de la contienda.

Caso curioso y no muy frecuente en los dominos españoles de América : los dos más altos puesto de Cuba en aquella época, estaban desempeñados por dos criollos: don Joaquín de Ezpeleta y Enrile, nacido en el Castillo de la Fuerza, capitán general y gobernador general de la isla, y don Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva, hijo, igualmente, de la Habana y entonces intendente, en cuyo elogio baste decir que elevó las rentas de Cuba, de 1825 a 1837, desde dos millones, hasta treinta y siete millones de pesos. Ezpeleta, sucesor de Tacón, continuó la obra de progreso iniciada por éste, mas no lo siguió en el terreno político, siendo, por el contrario, un gobernante justo, imparcial y blando que se consagró a extinguir las divisiones creadas por aquel gobernante duro como el pedernal.

Como en la Habana no abundaban los acontecimientos, la llegada del Hercule al puerto y el desembarco del príncipe de Joinville, hijo del rey de Francia, que cuarenta años antes, proscripto de su patria había buscado calor de afecto en la hospitalaria isla de Cuba, alcanzó las proporciones de un gran succes y la capital se vistió de fiesta. Tras de las obligadas recepciones oficiales se organizaron fiestas de otro carácter menos serio, figurando en-

tre ellas el espléndido baile ofrecido al príncipe y oficialidad del navio Hercule en el antiguo edificio de la Real Factoría de Tabaco, después Hospital "San Ambrosio" y en la república: Escuelas "Luz Caballero". El barrio en que se encuentra ese gran caserón no era el más a propósito para el caso, porque la Habana, hacia esa parte, a principios del siglo pasado era lo más asqueroso que puede imaginarse ; como que en la calle de la Esperanza, nada menos, estaba el basurero. La marina, entonces, hizo milagros para convertir el litoral de Tallapiedra y todo el emboque del Arsenal en una decorosa antesala del salón de la fiesta, que por su fachada de Diaria y en su segunda entrada por Factoría, deslumhraba con sus brillantes iluminaciones. Por el lado del mar, donde se había construido una lujosa marquesina, con todo el pavimento alfombrado, cientos de banderolas saludaban la llegada de las falúas y canoas de la escuadra. Por allí desembarcó el príncipe de Joinville con su comitiva. Una compañía del Fijo de la Habana, con bandera y música, hizo los honores al regio visitante, a quien lo más selecto de la sociedad habanera había de colmar de distinciones en el sarao dispuesto. Factoría abajo, viniendo del Nuevo Prado y cruzando la calzada, llegaban al edificio de la fiesta multitud de quitrines conduciendo, como en canas-

tillas, las más bellas flores del jardín habanero.

De aquel derroche de elegancia y de riqueza aún conservamos un eco ya desvanecido en algunos periódicos de la época, en los que, si no había nacido la sección de salones, se habla de grandes vestidos de tarlatana blanca y verde con cintas de agua, musgos y rosas del Nilo ; de tul blanco con enrejados de mallas de oro y túnicos de blonda ; de tafetán blanco y rosa con mariposas de oro ; de terciopelo malva con agujetas de oro ; de gasa con randa de plata ; de tafetán pensamiento, forma Czarina, con guarnición de musgo con rosas blancas ; de tafetán azul México con bandas de raso blanco puestas sobre cada costura de los paños e ilustrados con motas de marta . . . Un cuento de las Mil y Una Noches. . . En joyas. . . un Niágara de brillantes, perlas y rubíes.

A ese baile verdaderamente regio, que puso la distinción y la elegancia habanera a gran altura, correspondió a los dos días el príncipe de Joinville con un magnífico sarao a bordo del Hercule. El día 10 partía para New York, no sin antes haber hecho una afectuosa visita, en nombre del rey su padre, al señor Martín Aróstegui, en cuya casa había hallado tanto cariño en su proscripción cuando era sólo duque de Orleans y a quien llamaba siempre mon cher Martín.

Un baile a bordo.

Para mi hija Conchita

L día 11 de Agosto de 1807 el semáforo del Morro señalaba con sus banderas navio francés de guerra a la vista. Dos horas después amplió su noticia señalando : navio francés desmantelado pide práctico. De la Capitanía del puerto salió la chalupa de los prácticos y pronto se vió entrar por el canal el hermoso navio de tres puentes y otras tantas baterías Foudroyant que izaba en el tope la insignia de contraalmirante. Una muchedumbre de todas las clases sociales se agolpaba desde la Punta hasta el muelle de la Caballería, aumentando el popular concurso cuando el Foudroyant saludó a la plaza con sus cañones. En aquel momento pudo apreciarse con exactitud el deplorable estado en que arribaba a nuestro puerto el hermoso barco insignia de la escuadra francesa de las Antillas. En sus amuras se notaba la acción del mar tempestuoso, la arboladura

había sido en parte tronchada por el viento, el velamen era una maraña de girones, al extremo de gobernar tan solo con los foques y arrastraderas, y el bauprés había desaparecido. El Foudroyant acababa de ser sorprendido por un huracán de barlovento en las costas de Charleston y con mil trabajos pudo arribar a la Habana sorteando los peligros de un naufragio y a la vez la acometida de los cruceros ingleses, que tenían erizado de velas y cañones el canal de Bahama.

España era aliada de Francia en aquella época contra la Gran Bretaña. Al año siguiente, por el contrario, sería amiga de Inglaterra y enemiga de Francia. La llegada del navio causó gran regocijo en la ciudad porque era la visita de un aliado, y el general marqués de Someruelos tenía instrucciones precisas del ministerio para atender, obsequiar y socorrer con dinero y con víveres a cuantas naves francesas de la armada lo solicitaran. No se crea por esto que al erario de Cuba le sobraba la plata para tales obsequios. No había un real y las guarniciones de aquí y de la Florida estaban próximas a sublevarse porque se les debían más pagas que botones llevaban en su uniforme. Pero una cosa es no tener sobre qué caerse muerto y otra no quedar como quedan las personas. Quémese la casa y no se vea el hu-

mo. El capitán general, presidente y gobernador general de la isla de Cuba mariscal de campo don Salvador de Muro y Salazar, marqués de Someruelos, se dispuso a echar la casa por la ventana, en honor de los marinos franceses.

Mandaba el Foudroyant y la escuadra de las Antillas que el ciclón de barlovento había dispersado, uno de los más ilustres marinos de Francia : Juan Bautista Filiberto, conde de Willaumez, grumete a los catorce años, contralmirante a los cuarenta y cuatro no cumplidos. Aun no contaba veinte y ya era primer piloto de derrota, habiendo tomado parte en la famosa expedición mandada por Entrecasteaux a Oceanía en busca del explorador La Perouse. Batió a los ingleses en todos los mares, hizo toda la terrible guerra de Santo Domingo, donde se hundió la gloria de los grandes mariscales del imperio y quedó en espera de nuevas hazañas por estos mares al mando de una escuadra que,' por cierto, no recogió en ellos muchos laureles. Había pasado ya su hora gloriosa.

Después de las visitas oficiales de rúbrica, el marqués de Someruelos mandó a bordo del Foudroyant a uno de sus ayudantes para inquirir qué necesitaba el navio y qué deseaban sus tripulantes: claro, lo necesitaban todo y todo lo habían perdido en su terrible lucha con los elementos. El consulado de Francia poco