Cosas de antaño: tradiciones cubanas (tercera serie) · Unidad 24 de 24
Unidad 24 · 290 COSAS DE ANTAÑO
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290 COSAS DE ANTAÑO
a reproducir sin alterarle punto ni coma. Dice así :
"Sr. Don
El nacimiento del primer vástago, consecuencia de la unión de los Seres a quienes tiene enlazados en dulce consorcio la cadena del hime neo, es un hecho altamente significativo que contribuye a estrechar más y más los vínculos que los ligan. Con tal motivo y debiendo administrarse el santo sacramento del bautismo a mí amada hija la niña Clara Victoria América, el día 14 del actual, espero de la amistad de V. se sirva amenizar con su presencia la reunión familiar que he proyectado y que . tendrá efecto en mi nueva morada calle de Dragones núm. 102, en concepto, de que la presente esquela se dignará entregarla a la comisión que con tal objeto estará situada a la entrada del edificio.
Habana 11 de Mayo de 1824".
Esta curiosa invitación no lleva al pie la firma del feliz esposo que ofrece la fiesta; pero a] través de los nombres, en cierto modo simbóil^ eos de la niña, Clara Victoria América, creemos hallar un simpatizador de la causa americana triunfante entonces por el genio y la perseverancia de Bolívar. Otra singularidad de la invitación es no señalar hora para el acto pero se comprende ciado que era tradicional celebrar los bautizos entre las cinco y las seis de la tarde.
A la seis de la tarde la fila de lujosos quitrines alcanzaba desde la casa ya designada, el 102 de Dragones entre Lealtad y Campanario, para arriba hasta Manrique y para abajo hasta el cuartel de la caballería. Una rica alfombra se hallaba tendida desde la casa hasta la Iglesia de Guadalupe o del Santo Cristo de la Salud. Algo más de dos cuadras de extensión. Un numeroso público cubría las dos aceras frente al 102, apiñándose en la esquina de Campanario y Dragones por donde había de pasar precisamente el cortejo. No tardó en asomar en la gran puerta del zaguán completamente franqueada. Una hermosa mestiza elegantemente vestida llevaba en brazos al neófito envuelto en un mar de batista y de encajes; seguían el padrino, señor de muchas campanillas bien poseído del principal papel que desempeñaba en aquella fiesta, dando el brazo a una bella jovencita, la madrina, que trajeaba de blanco, escotada al estilo de la época, calzando zapaticos con galgas y tocada su gentil cabeza con una capota de paja de Italia adornada de flores. En la mano llevaba una preciosa pucha. Detrás damas, damitas, caballeros y jóvenes en número suficiente para llenar aquel extremo de la calle de Dragones donde no podía uno revolverse; tan grande era el gentío.
Repicaban alegremente todas las campanas de la Salud colocadas ya en el balconcillo que
servía de campanario y que dio a la calle de Manrique el nombre de Campanario Nuevo; por Salud no podía romperse para penetrar en el templo y en torno, tomando posiciones para el regreso, se veía una turba de chiquillos de todos los colores hasta del indefinido que presta la ausencia del agua. Era una horda parapetada a la sombra de los pórticos y mezclada en el concurso, dispuesta a hacerse polvo en el suelo cuando empezaran a caer de manos del padrino los primeros puñados de medios de plata. Entonces éramos verdaderamente ricos : en Cuba no existía el centavo que es una señal de miseria aun cuando traten de desmentirme ios economistas. No se por qué dijo ni en que ocasión cierto publicista cubano que el día en que hubiera un gobernante bastante imbécil o bastante malvado para introducir en esta tierra ]a moneda fraccionaria, aquel día habría hecho a Cuba tan miserable, a pesar de sus zafras, como el último pueblo europeo. Los hechos posteriores no han desmentido el vaticinio.
La ceremonia en el templo fué solemnísima porque toda la vida hacer cristiano a un haby opulento se diferenció mucho del bautizo de un desgraciado. Curas y sacristanes hicieron una zafra de peluconas y ochentines habiendo por lo tanto iluminación brillante, cruz alzada, roquetes y pellices acabaditos de salir de la planchadora y marcha triunfal a todo órgano que
presta majestad y grandeza a toda fiesta religiosa.
La comitiva, siempre delante la infantica sobre cuya gracia y buen humor se hacían por los invitados grandes comentarios, pues no había llorado al echarle el agua regeneradora ni tampoco al ponerle la sal en la boca, primer trago desagradable de su incipiente existencia, salió de la Salud con el mismo orden que había entrado ; pero en cuanto salió ya la cosa fué distinta porque una infernal gritería saludó su aparición. Eran los chiquillos pidiendo el consabido medio que en forma de verdadera lluvia cayó sobre sus cabezas. El padrino para facilitar el paso al cortejo que recorría el pavimento alfombrado, arrojaba a un lado y otro puñados de monedas que al caer provocaban una lucha feroz llena de interjecciones no muy parlamentarias, de gritos y como es consiguiente de golpes porque en ella habían para coger su parte de botín hombres barbados y mujeres de rompe y rasga. Así, entre aquel tumulto, símbolo fielde la vida donde por el dinero se pierde el decoro, se muere y se mata, llegó el cortejo a la casa de donde había salido, a cuya puerta se agolpaba la numerosa servidumbre de una familia cubana en aquellos tiempos de opulencia y despilfarro.
Ya anochecía; entonces no había alumbrado público más que en intramuros; unas morteci-
ñas linternas de aceite que hacían más densas las tinieblas en derredor. La casa, no obstnte, era un ascua de oro a favor de las arañas, algunas de más de cien bujías y de numerosas cornucopias de pulimentado acero que servían de reflectores multiplicando las luces. Los salones se llenaron en tanto los padrinos iban a entregar la preciosa carga a los dichosos padres, con la frase sacramental de : "Nos la entregaron judía y se la devolvemos cristiana". El piano dejó oir la primera contradanza al mismo tiempo que dos jóvenes criadas llevando cada una un canastillo, iban repartiendo a la concurrencia las cintas del bautizo de las que colgaban relucientes doblones que ha bían sido agujereados al efecto.
Notábase el activo movimiento en las cocinas precursor de una comida digna de Lúculo. La servidumbre iba y venía repartiendo refrescos y dulces y en uno de los gabinetes los hombres serios dejando mariposear a la juventud, arrojaban al aire los torbellinos de humo de sus magníficos habanos.
A las siete y media inició la retirada, cambiendo fervorosos parabienes, una parte considerable de los invitados, por la sencila razón de que viviendo en la Habana, es decir, dentro de las murallas, tenían que recogerse antes del cañonazo de las ocho, hora en que se cerraba puer-
tas y rastrillos y se alzaban los puentes como en tiempo do las agresiones de los corsarios.
Empezó entonces el desfile de los quitrines, algunos de los cuales iban seguidos de criados con faroles, sobre todo aquellos que no penetraban en la ciudad por la Puerta de Tierra teniendo que dar mucho mayor rodeo para después de atravesar el puente de Galiano y Neptunt* entrar por la Puerta de Monserrate.
Aun con aquella disminución de invitados quedaron bastantes en la casa de Dragones para mantener la animación en la sala de baile, en la mesa y en las partidas de faraón y tresillo que se habían improvisado. Entonces no había fiesta sin juego y se jugaba fuerte. Una hermosísima noche tropical mantenía abiertas todas las ventanas a las que se agolpaban curiosos los vecinos y por las cuales salía en bocanadas al exterior, el perfume de las damas, que recorrían del brazo de sus caballeros luciendo sus tocados en que flameaban al soplo de la brisa cintas y plumas. Dominaba el color blanco en los vestidos así como en los hombres el profundo ciruela, él granate y el negro con chaleco y pantalón blanco, sobre todo los jóvenes. Por no hacer más larga esta crónica de salones no descendemos a otros curiosos pormenores sobre el figurín masculino. En otra será.
A las dos o muy cerca de ellas empezó el desfile, cosa extraordinaria dadas las sencillas eos-
tumbres de equella época ; pero aquel día se había echado una cana al aire en honor de la interesante Clara Victoria América,- primer vástalo de un felicísimo matrimonio que, seguramente, entusiasmado con el resonante éxito de la fiesta, habrá hecho esa noche fervorosos votos por la repetición en el año venidero. He ahí un bautizo a principios del siglo pasado.
La casa de Pasajeros.
Para Nelson Polhamus.
A L morir envenenado el gobernador de la ** isla de Cuba, capitán don Francisco de Carreño, a fines de abril de 1570, ya tenía nombrado por sucesor al capitán Gabriel de Lujan, tal vez porque la severidad y la rectitud inquebrantables del difunto suscitaron contra él poderosos enemigos en la Corte (Je España. Pero la Audiencia de Santo Domingo, eu tanto no llegaba el propietario, nombró interinamente al licenciado Gaspar de Torres, que fué plena confirmación de cuán fundado era el cemor en América al mando letrados.
Torres, de cuyo origen no tenemos noticia, residía de muy antiguo en la Española y puede decirse que trajo a la Habana, como equipaje, todas las inmoralidades y granjerias que carac-
terizaban la pública administración en los primeros años del coloniaje.
Carreño, que había gobernado con mano de hierro y que jamás transigió con la más pequeña transgresión de las ordenanzas, había reprimido la mayor parte de los abusos, y a la hora de morir empezaba una era de orden y tranquilidad para el país entero.
En pocas semanas Gaspar de Torres echó por tierra la obra de su honrado antecesor con su malos ejemplos, su codicia y su tolerancia con los vicios que le rodeaban. La guarnición de la Fuerza pernoctaba fuera del Castillo, la soldadesca vivía con la misma anchura que el clero que había alcanzado el último extremo de la desmoralización, y Torres, en connivencia con el contador Pedro de Arana, guardián y responsable de los fondos públicos, los empleaba en especulaciones. Los dos tenían su* barco para llevar y traer mercaderías, y mientras los corsarios saqueaban los pueblos de la costa, Torres y Arana, con la mayor tranquilidad se entregaban a sus partidas de dados y naipes, sin despachar más asuntos que los que les convenían.
Como esta conducta llevaba aparejada una grave responsabilidad, de la que había de pedírsele estrecha cuenta a la llegada de su sucesor Luján, Torres no esperó que estallara la
tormenta, y al saber que la flota en que llegaba aquél había tomado puerto, desapareció como por encanto, llevándose, además del fruto de sus rapiñas, cerca de diez mil ducados que pidió a préstamo en el vecindario, además de cuatro mil que había sacado de las arcas reales. De él no se tuvo más noticia ; pero se dice que supo eludir la acción de la Audiencia y que más tarde se apareció en la Península. El 15 de mayo de 1581 abandonó el gobierno.
Unido al nombre de este malandrín nos queda una institución muy curiosa, de la que muy pocos tendrán noticia. No fué Torres su fundador, sino Carreño ; pero la muerte impidió que desenvolviera en la práctica lo que había dejado escrito.
El honrado gobernante, sin una ordenanza ni un reglamento, sin instrucciones especiales para el caso, había imaginado un método sencillo para la distribución de mercedes de terrenos, de cuya facultad había abusado extraordinariamente y seguía aun abusando el Ayuntamiento de la Habana, al efecto de evitar en el reparto la confusión que se advirtió desde que los municipios hicieron uso, sin reglas, de aquellas adjudicaciones.
Reducíase el método a que el pretendiente de una merced, presentase una petición al Cabildo, ordenando el municipio que se reconociese antes si la extensión territorial pedida apare-
cíe libre de otro clercho. Practicábase esta investigación por medio de nna información de tres testigos, y de no presentarse reclamación después de cierto tiempo, se concedía la merced, "sin perjuicio de parte", con la expresa condición de empezar a criar ganado en el término de un año y de levantar en el centro de la hacienda una vivienda llamada "Casa de Pasajeros", porque al recibir la merced contraían los beneficiados la obligación de dar asilo y hospitalidad bajo su techo a los caminantes, teniendo provista siempre aquella vivienda de un barril de agua, y de fuego en el hogar.
Esta curiosa institución de la "Casa de Pasajeros", tuvo la misma vida que las mercedes, y contribuyó mucho al fomento de la ganadería, porque entonces ésta constituía el principal ramo de riqueza del país, que aun no había desarrollado sus tesoros agrícolas.
En esta época fué adoptada la "caballería", como unidad agraria para la distribución de las mercedes. No es medida superficial de Cuba, sino importada de México y Costa Firme, sin que aparezca su origen consignado en parte alguna. Es medida mayor que las más grandes de Europa, explicable en países como los de América, dondo sobran tierras y faltan brazos. Consta la caballería de 192.492 varas castellanas, superficie equivalente a más de veinte fanegas de Castilla.