Crisis política de España · Unidad 7 de 9
Unidad de lectura 7
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
(1) Un periódico liberal, El Español, escribía en Agosto de 1901 : «... No es que no haya habido nada que hacer, ¿Cómo, si todo está por hacer en el Estado, y casi todo por crear en la Nación? No hay un problema en estos días de regeneración á todo trapo, que no existiera y que no alcanzara toda importancia hace veinte años.— Lo que hay es que ni liberales ni conservadores, constituidos en partido, han tenido ideas sobre ellos, ni se han considerado con misión alguna colectiva que realizar. Aparte la consolidación de la Restauración (los conservadores) y los proyectos democráticos (los liberales), cada cual iba por su lado ó no iba por ninguno... Y en ese aparte no había casi nada: la política colonial, la política financiera, la política militar, la política internacional, la política pedagógica, la agricultura, el comercio, la industria, las relaciones sociales. ¡Una friolera! ¿Qué fuerzas habían de tener
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pañola ha sido entera una inmensa y continuada omisión, una inmensa negligencia!
La consecuencia no puede ser más obvia. Por la misma razón que el contralmirante Montojo ha sido expulsado de la Armada, los otros almirantes y contralmirantes de la nave del Estado deben ser expulsados de la gobernación. Esta consecuencia viene con retraso; pero miremos que no venga además con daño. El día del protocolo de Washington á más tardar, y en su defecto, el día del tratado de París, la nación tumultuosamente, sin formación de proceso, como Francia el día de la capitulación de Sedán, debió expulsar de los Ministerios y Consejos á todos esos Montojos de la política, así civiles como militares, que habían conduci-
ni qué habían de hacer partidos que no eran nada ni significaban nada en nada de eso?» (23 Agosto 1901.)
En 1895 el Sr. Silvela (D. Francisco) había escrito lo siguiente: «Asombra y entristece contemplar lo poco que en veinte años de monarquía y de paz hemos hecho para mejorar los organismos administrativos, el estado de nuestro crédito, la regularidad de nuestra vida municipal y provincial, el régimen mercantil con nuestras provincias hermanas de Ultramar, nuestra situación monetaria, nuestras cuestiones de ferrocarriles y de obras públicas; habiendo vivido al día, sin hacer ni intentar nada que salga de la rutina conocida en cosas y personas». (De una carta política publicada en el diario El Tiempo.)
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do á España al deshonor y á la muerte, y declararlos incapacitados para gobernar, lo mismo que á sus antecesores desde la fecha de la pacificación de 1875, y eso por dos razones: por una razón de prudencia política, y por una razón de pública honestidad. No lo hizo; no se dio cuenta: la aldea se fué á la iglesia á orar por sus soldados muertos; la ciudad se marchó á los toros; ni la aldea ni la ciudad miraron por lo suyo: fueron negligentes. Pero un año después, cuando se hizo pública la sentencia del Consejo de Guerra y Marina contra el bravo vencido de Cavite, ¿cómo fué posible que la conciencia pública no se conmoviera, que la nación consintiera que de varios culpables se inhabilitase á uno, cabalmente el menor, y se rehabilitase á los demás, dejándoles volver á gozar del país, ni más ni menos que si hubiesen triunfado sobre yankees y sobre tagalos? Hablo del pueblo, me dirijo á la conciencia nacional; porque del Parlamento, de ese mecanismo creado artificialmente por los culpables para brazo suyo, estaba descontado que se limitaría á acusar la categoría. — Al llegar á Madrid la noticia del desastre de Cavite, un grupo de diputados liberales presentó al Congreso una proposición pidiéndole «que expresara su dolorosa indignación por el hecho de que la
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negligencia é imprevisiones del actual Ministro de Marina y de otros que anteriormente ocuparon aquel cargo, convierte en estériles para la patria los sacrificios de nuestros marinos» (3 Mayo 1898); y un diputado republicano y otro diputado carlista demostraron en la misma sesión que las negligencias de los ministros de la Guerra y de Marina habían determinado aquella derrota. Efectivamente, los ministros de la Guerra y de Marina habían sido mucho más negligentes que Montojo. Pero ahí paró todo. — Hace dos meses, un senador, jefe de grupo, apoyó una enmienda al proyecto de contestación al discurso de la Corona, fundada en la tesis de que el Jefe del Gobierno se halla incapacitado para gobernar, por haber dado lugar con sus imprevisiones y negligencias á que estallase la guerra y después á que se resolviese tan trágica é infaustamente (1). Pero todo ha
(1) El señor Duque de Tetuán, sesiones del 6 á 10 de Julio.— En igual sentido el señor Conde de Esteban CoUantes, el día 15: «En todo país, sin excluir los más prostituidos, aquellos que por su imprevisión y por su desgracia llevaron á la Nación al desmembramiento y á laruina, por un sentimiento natural de decoro, de patriotismo y de prudencia se han retirado á la vida privada; y constituye un escarnio y una provocación al país, además de un peligro para el porvenir, llamar á tales hombres al poder, en tanto grado, que si el país lo to-
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quedado en eso. — Otro senador, en el mismO' día, hizo ver que no era natural ni prudente que ocuparan el poder, á los pocos meses de la catástrofe, aquellos á quienes la opinión señala como causantes, diciendo de ellos que habían engañado al país y á la reina y prevaricado por ignorancia inexcusable; y anunció que presentará una proposición para que se depuren esas responsabilidades, á fin de que antes de las nuevas elecciones sepa el país, sepan las clases neutras que se congregaron en Zaragoza, quiénes son los verdaderos culpables y responsables... No se canse, señor Duque de Tetuán; no se canse, señor Conde de Esteban Collantes; no se canse, señor Portuondo: nada de eso fué menester hacer en 1868 en España, en 1870 en Francia; sabemos ya quiénes son los culpables y responsables: son los acusados, y son además los acusadores; y ¡no se trata ya de instruir un sumario, sino de ejecutar una sentencia! Na tendrá ya el Cid que preguntarles si han sido parte en la muerte de su soberano, el pueblo,.
lera y no se han de producir por ese solo hecho más trastornos y catástrofes que las que ya se entrevén, e& preciso afirmar que España ha caído en un estado no sólo de postración, sino de abyección además, que justifica el que en los países civilizados se la tenga por un país perdido.»
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€n la muerte de su madre, la Nación; no tendrá que tomarles juramento, porque están confesos: es hecho probado. La cuestión no es ya esa: la cuestión es si sabremos ser en nuestras circunstancias justos, dignos y previsores como \o fué en las suyas el Campeador; si nos decidiremos en sazón á abrir el sepulcro del gran Justicia castellano para que reponga en el fiel 4a balanza del derecho, desequilibrada por nuestro abandono y nuestra cobardía, dando á Montojo la satisfacción que le es debida, lanzando de la vida pública á los que delinquieron como él y sustituyéndolos por hombres nuevos.
¿Lo hacemos? Habremos vuelto por España, por su honor y por su interés; y acaso todavía la veamos levantarse de entre los muertos y gozar una segunda juventud. ¿No lo hacemos, no lo hace el pueblo, la Nación, y sigue ésta sumisa á aquellos sus sayones y depredadores, abrazada á ese su pecado mortal? Pues la sentencia de Montojo le será aplicada á ella.
La sentencia de Montojo aplicada subsidiariamente á la nación.
No creáis, no, que todo ha concluido; que la historia se contentará con decir: «una injusticia más>. No penséis que Montojo va á quedarse
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solo. También el mundo moral busca su nivel. Esa sentencia que el pueblo español, por ne« gligencia, deje de aplicar á los negligentes de la gobernación, le será aplicada á él por una sanción más alta que la de estos menudos tribunales que conocemos.
«Considerando, dirá el tribunal de la historia, que España se ha hecho digna de elogio, coma el contralmirante Montojo, por su bravura y presencia de ánimo en la guerra, pero que, como Montojo también, y más calificadamente que él, se ha hecho culpable de una omisión punible, absteniéndose de incapacitar para la gobernación á los que con sus omisiones punibles ocasionaron el desastre de 1898, — se la separa del servicio activo de la historia, con incapacidad para desempeñar destino alguno en la humanidad, pasando á situación de jubilada, lo mismo que Roma, que Egipto, que Grecia, que Cartago; lo mismo que Polonia...»
Orientados los sucesos en esa dirección, no es difícil adelantarse á la primera etapa. Puede temerse que los españoles seguirán mostrándose dignos de tales repúblicos; que se resolverán á despedirlos y poner otros, como ellos se resolvieron á mandar torpedos á Manila y autonomía á Cuba, quiero decir, en última extremidad, forzados por los sucesos, en el ins-
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tante preciso en que el cambio de personal, por tardío, no sirva para nada. Los nuevos gobernantes nombrados, elegidos ó aclamados atropelladamente y renovados de quince en quince días, se encontrarán consumido el caudal de tiempo que la reconstitución y transformación de Espafía reclamaba, y que Europa, forzada por sus circunstancias, nos concedía; y sucederá esto que, para una hipótesis casi igual, anunciaba en el Senado hace dos meses el señor Duque de Tetuán: «en vez de ser considerada España como factor de segundo, tercero ó ulterior grado, será estimada como materia de compensaciÓTiy teniendo que sufrir nuevos sonrojos y nuevos despojos territoriales todavía más dolorosos que los ya sufridos en Ultramar.»
Las mujeres de Salamanca contra los cartagineses.
Acaso pensaréis que debo tener muy fría la sangre para poder hacer así, serenamente, cálculos que valen poco menos que por una autopsia. Pero isi vieseis cómo tengo escaldados los labios por la hiél que me sube á borbotones del pecho, no ahora, desde hace mucho tiempo, al sentir frío y yerto el pecho de los demás! Hace años que vengo aplicando el ter-
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mómetro á la sangre de los españoles, y observo con espanto cómo va descendiendo rápidamente la temperatura, á punto de que ya hoy empiece á dudar de si en las venas de los españoles queda todavía alguna sangre. ¡Todo el calor se les ha concentrado en la lengua! ¿Comprendéis ahora cómo ha podido ser que de una sangre en ebullición saliesen tan sombríos augurios? Es, señores míos, que no tengo ninguna fe en vosotros: si alguna me quedara, la pondría más bien en las mujeres.
Hace tres meses, cuando la ilustre Pardo Bazán, honor de las letras españolas, leyó en los Juegos Florales de Orense aquel discurso varonil, de tanta resonancia, sobre los males de la patria, hube de decirle, al felicitarla, que me parecía que en España no quedan ya más hombres... que las mujeres. En ninguna parte podría esto decirse con tanta razón como en Salamanca, donde ya una vez las mujeres rescataron la patria que los hombres habían dejado perder.
Refiere el suceso un escritor griego, Plutarco. Sitiada la ciudad por un cuerpo de ejército que acaudillaba Aníbal, tuvo que someterse y capitular. Pero no bien Aníbal hubo vuelto la espalda. Salamanca hizo con lo capitulado lo que, andando los siglos, había de hacer impía-
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mente España con el pacto del Zanjón y con el pacto de Biacnabató: negarse pasivamente á cumplirlo. Como era natural, Aníbal volvió á sitiar á Salamanca, y ya no se contentó con menos que con expulsar de la ciudad á la población libre y combatiente, que se había rendido á discreción, y despojarla de todas sus riquezas, especialmente de las armas. Acampó Aníbal á los capitulados, prisioneros de guerra, en un barrio extramuros, confiando su custodia á una guarnición africana. Pero no había hecho cuenta con las mujeres; y las mujeres habían discurrido sacar escondidas debajo del vestido las espadas, á su salida de la ciudad; y con ellas, mientras el grueso del ejército vencedor estaba entregado al saqueo, arremetieron á los guardas, armaron á sus maridos y los excitaron á huir á los montes, para que llevaran á otra parte la guerra contra el extranjero, uniéndose á los ólcades y á los carpetanos. Así lo hicieron, con efecto; y cuenta Polyeno, uno de los escritores de estrategia de la antigüedad, que Aníbal, maravillado del valor y fortaleza de aquellas arrojadas hembras, no sólo las devolvió á sus maridos, sino que «les restituyó, además, la ciudad y los bienes». ¿Lo oís, señoras? La patria que los hombres no habían sabido defender, las mujeres la rescataron. ¿Estaban
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justificados unos Juegos Florales, centenario puede decirse de aquel suceso, donde se rindiera pleito homenaje á una reina de Salamanca?
Alguna vez, cuando me acuerdo de aquella reflexión del P. Guevara, que los malos triunfan en este mundo por la cobardía de los buenos, sueño que las mujeres españolas, á la voz de las salmantinas, empuñan otra vez las armas y salvan la patria perdida por nosotros, acometiendo, no ya á los cartagineses, quiero decir á los ingleses ó á los yankees, sino á los españoles mismos, á sus propios maridos... ¡por cobardes!
Sí, señoras mías: aquellos tagalos de Filipinas, á quienes nos costaba trabajo tomar en serio y reconocer por hombres, han sabido vencer á nuestros gobernantes; han sabido vencerlos los cubanos; ¡y nosotros nos dejamos vencer de esos vencidos! ¿Tendrán razón los rifeños de Meíilla para zaherirnos y denostarnos llamándonos «gallinas»?
Una crisis constitucional dentro de la total crisis de la nación.
En este punto, ignoro por qué género de asociación de ideas, llama otra vez á mi memoria aquel concepto de doña Emilia Pardo Bazán,
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conforme al cual, los Juegos Florales serían una como tribuna supletoria de la parlamentaria, para decir desde ella al país, á las instituciones, á los Poderes lo que en las Cortes no se haya podido ó no se haya querido decir. Y me retrae la memoria este concepto, porque en las Cortes acaba de presentarse una cuestión de suma delicadeza y transcendencia, relacionada estrechamente con la materia de este discurso, y sobre la cual los iniciadores de ella no se han pronunciado; y puede ser de alto interés para la causa pública que suplamos aquí ese, al parecer, no justificado silencio.
Me refiero á la agravación que supone en la crisis general de la nación la crisis del Poder moderador. Hace hoy justos dos meses, un tan sincero monárquico y dinástico como el señor Conde de Esteban Collantes, pronunciaba en el Senado estas palabras, que copio textualmente: «Se aproxima una época crítica para la historia de España: la mayoría del rey D. Alfonso XIII; ese augusto joven va muy pronto á regir un pueblo para él completamente desconocido» (15 Julio 1901). Yá la misma hora, en el Congreso de los Diputados, otro monárquico tan fervoroso é incondicional como el Sr. Maura, afirmaba la misma crisis con más graves conceptos: «No esperemos, no mintamos, porque no lo
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creerá nadie, que un niño de diez y seis años no sólo va á poder ejercer las prerrogativas atribuidas á la Corona por la Constitución, sino que va á poder suplir la ausencia de las Cortes, de los comicios, de la oposición, de la prensa y de los partidos; que va á poder hacer veces de todo esto» (15 Julio). ¿Queréis ahora, señores, que os diga lo que tal hecho significa? Pues significa que encima de no tener España Parlamento, que encima de no tener poder legislativo, va á carecer también de Poder moderador; significa la concentración de los dos poderes en el ejecutivo, que ya antes había absorbido al judicial.
Pues todavía no está en eso el mayor peligro; hay algo peor: que se cierren los ojos á él y quieran cerrársele al país para que no lo vea; que se resuelva la cuestión por el cómodo arbitrio de suprimirla. El Sr. Canalejas, que al día siguiente, en el Congreso también, hablaba de las «naturales deficiencias de la edad» y afirmaba que «la Monarquía naciente carece de preparación» (16 Julio), un mes más tarde, sin que las premisas de hecho hayan cambiado lo más mínimo, sin que se haya obrado ningún milagro, «se felicita de la próxima transmisión de poderes al rey, pues aunque éste ha permanecido alejado hasta ahora de los negocios del
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Estado, llegará á ellos con la madurez de espíritu y la excelente preparación que requieren las actuales circunstancias de la nación» (1). ¡El que se diga ésto, el que pueda decirse ésto, es más grave que el eclipse mismo del poder moderador! A esa próxima transmisión de poderes al rey, un hombre á quien nadie tachará de radical, de apasionado ó de irreflexivo, el Sr. Qamazo, la califica de demendüy como no se logre improvisar una cosa que el Sr. Canalejas dice que no puede improvisarse: el saneamiento de la representación parlamentaria. «¿Habrá quien pretenda (dice el jefe de la disidencia liberal, también en el Congreso de los Diputados) que el nuevo monarca, á quien no asiste la experiencia que su augusta madre pudo adquirir en los cinco años en que compartió el trono y ha podido cultivar y aumentar por su directa intervención en los negocios públicos durante los catorce años de regencia; habrá quien pretenda, digo, que al nuevo monarca se le reserve como ensayo la resolución de las crisis políticas posibles, sin la brújula
(1) Le Fígaro de París («la transmission des pouvoirs n'est pas tout á fait Tinconnu, etc.»), el Heraldo de Madrid y La Correspondencia de España y del día 16 de Agosto de 1901.
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indispensable del Parlamento y la opinión? Eso sería una demencia; eso no se podrá pedir...» (10 Diciembre 1900.) Bueno es hacer constar que, en opinión del Sr. Gamazo, lo que llamamos Parlamento, propiamente no lo es, porque no es el país quien lo engendra: «una persona recibe la confianza de la Corona (dice), y esa persona nombra á los diputados, y esos diputados juzgan, para absolverlo siempre, al que los nombró». Y el Sr. Canalejas, con su indiscutible autoridad, añade que al examinar los poderes de los diputados como presidente de la Comisión de actas, «ha confirmado su juicio de que en España no se han realizado verdaderas elecciones ni vamos en camino de que se realicen». (Congreso, 16 Julio.)
Como veis, parece que hemos desembocado en un callejón sin salida. Sin embargo, la tiene; tiene dos, ambas lógicas, ambas naturales: una, desde el punto de vista republicano; otra, desde el punto de vista monárquico, consistente ésta en cosa tan sencilla y tan obvia como aplazar la mayor edad del rey. El legislador de la restauración. Cánovas del Castillo, la fijó en los diez y seis años por una circunstancia accidental, según es sabido; mas ahora, las circunstancias han cambiado, y dice una máxima de derecho distingue témpora, concordabisjura.
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