Crónicas de viaje : (1905-1906) · Unidad 108 de 177
Unidad 108 · CBONICAS DE VIAJE 157
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CBONICAS DE VIAJE 157
gran parte cuestión de coquetería y de tedio, cuando no simple deseo de evocar el recuerdo de lejanas Carlotas que sueñan con Werthers imaginarios.
Más allá, con desvencijada fisonomía de espantabqbos, como antigua máscara de tragedia ateniense, la mueca de una suegra amenaza a las olas, al viento, al sol, al buque, a los pasajeros. Cruzadas las manos sobre el abdomen excesivo, los dedos pulgares jugando a perseguirse en una translación sin fin, vigila al yerno desgraciado : tanto que una viudez prematura le privó de la esposa sin libertarle de la suegra. Esta reniega a media voz, protesta contra la naturaleza, maldice los elementos, regaña a los que no se marean como ella. Y de pronto, dando más de seis barquinazos para andar menos de un metro, se llega al pasamanos de estribor y allí se esfuerza en vano por desperdiciar alimentos que no ha ingerido. Esa crisis produce agriación en su carácter, de suyo avinagrado, estableciéndose proporciones entre el mareo y sus acometividades agresivas.
Sobre la cubierta esmerilada por el salitre se marea un comerciante neoyorquino. Su mayor problema es la conservación del equilibrio ; cree poseer un talismán en el whisky, de que abusa sin reparos. Camina a toda hora, separando los pies en busca de una ancha base de implantación que lo reconcilie con el perdido centro de gravedad; el sonoro taconeo de sus zapatos rememora un alegre compás de cakewalk. Huye del camarote, aborrece las sillas de viaje, no se acostumbra a los bancos; tiene, él también, su teoría, atribuyendo a la inmovilidad todos los males. Por eso está siempre de pie, pasea a trancos, y traza más eses que las pronunciadas por los extranjeros al ensayar por vez primera el estropeo del habla castellana. Sin embargo, nadie podría decir cuánto hay de mareo y cuánto de ebriedad en sus oscilaciones, pues el mar y el alcohol parecen cobrarle un mismo impuesto.
En cambio, un brusco hacendado vive sumergido en la camilla de su camarote. Entre dos boquees se recomienda a varias vírgenes de su predilección, y particularmente a la del Carmen. No come porque lo traiciona el estómago, aunque siente nostalgias de inolvidables ravioles y minestrones ; no duerme por estorbárselo el ruido del vajpor ; no se levanta para esquivar loa tormentos de una equilibración imposible; no fuma; no lee porque es analfabeto; ni siquiera piensa. No piensa, natural-
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